Lo que se derrumba en el subcontinente no es la opción socialdemocrática con que la izquierda replicó al neoliberalismo; es su envilecimiento en caudillismo y corrupción. A menudo también en ruindades autoritarias como la de truncar la libertad de prensa. Venezuela es caso aparte. Allí se desploma con estruendo una charada de comunismo hirsuto, apolillado, que destruyó el aparato productivo del país y degeneró en dictadura. Grosso modo, había vuelto la región por los fueros del modelo cepalino, con Estado social promotor del desarrollo. Se trataba de cerrar las heridas infligidas por las inclemencias de mercados sin control y de revivir la economía productiva, ahora en condiciones de globalización.

Con bonanza de precios en materias primas y trocando doctrinarismo por realismo político, la nueva izquierda en el poder protagonizó cambios de fondo. Para escándalo de los pontífices del mercado, se le devolvió al Estado el control de la banca central y autonomía para trazar la política económica. Muchas empresas de actividades estratégicas tornaron al sector público. Y recuperó su impulso la política social. Entonces cayó la pobreza, subió el empleo y la mortalidad infantil se redujo 70%. Mas el nuevo pragmatismo fue derivando en venalidad y nepotismo. Se reeditó el añoso mesianismo que hizo del gobernante latinoamericano un semidios… de barro. Y cayeron los precios de los productos primarios.

Hoy se cosecha lo sembrado. Tras 18 años de gobiernos de izquierda en la región, Argentina da el primer paso en la destorcida que se insinúa,  estancada allá la economía y su presidenta investigada por lavado de activos. Le seguirá Venezuela este domingo con triunfo de la oposición –haya fraude o no–. En todo caso, Maduro anunció que ganará la Asamblea “como sea”; que, si la pierde, instaurará gobierno cívico-militar. Con todo, que 85% de venezolanos no vean horizonte en su país es ya derrota colosal del llamado socialismo del siglo XXI. Debacle del chavismo que debutó con la renacionalización de su petróleo –hito admirable contra los capitales privados que se merendaban Pedevesa–. Otros llegarían después con idéntico apetito de merienda, hasta reducir la gran empresa en tienda deleznable de república bananera. Se derivó en ese país en gobierno de una camarilla de indeseables que ejerce para peculio propio. Transparencia Internacional cataloga a Venezuela como el país más corrupto del continente. Se apoya el régimen en paramilitares motorizados, mientras encarcela a los líderes de oposición y cree comprar popularidad con dádivas que no le alcanzan ya al pueblo para sobrevivir.

Brasil, por su parte, joya de la corona en la nueva izquierda latinoamericana, que había convertido en clase media a 40 millones de pobres, enfrenta su peor crisis económica en muchos años y a su presidenta sólo la respalda un décimo de la población. El Partido de los Trabajadores, gloria y amparo de los desfavorecidos, dio en los peores delitos de corrupción como partido en el poder. Triste desenlace para una organización que supo adaptarse al reformismo de Getulio Vargas y asimilar sus secretos para llegar al corazón del pueblo. Fue Brasil el único país de la región donde el desarrollismo de la Cepal tuvo solución de continuidad hasta hoy.

Si los gobiernos de izquierda tuvieran el valor de la autocrítica y la energía para resignificarse en la adversidad, podrían evitar el efecto dominó que muchos temen desde la victoria de Macri en Argentina; y el nuevo aire que éste le daría al neoliberalismo en la región. No sólo sería involución al negro pasado, sino pretexto para tratar de levantar de sus cenizas a la revolución bolivariana.

Comparte esta información:
Share
Share