LA OPINIÓN, ARMA DE GUERRA

por | Feb 10, 2008

No obstante el grado considerable de independencia que exhibió la marcha del 4 de febrero, los Wilson Borja repetirán que fue un montaje guerrerista del gobierno, y los José Obdulio la considerarán resultado de la seguridad democrática. Mucho dependerá ahora de las interpretaciones interesadas y de la destreza para vendérselas al público. Que en ello se cifra la posibilidad de revisar políticas o de relanzarlas.

Ya se filtran indicios de que el gobierno asume la protesta contra las FARC  como tácita refrendación de apoyo a su ardoroso contendor de años, el presidente Uribe; y, en consecuencia, a un horizonte de guerra sin retorno. En esta perspectiva, el Presidente podrá darse por reelegido. Habrá cosechado el fruto de un gobierno montado sobre armas y artificios, tan caros a iluminados que no pueden menos que plegarse a los designios de la Providencia para eternizarse en el poder.

Pero a tal hazaña abrían contribuido otros. Primero, las monstruosidades de las FARC. Las pruebas de “supervivencia” de secuestrados arrancaron al país de su letargo y lo lanzaron a las calles en grito unánime de rabia contra los villanos. Segundo, los insultos de Chávez y sus amenazas se estrellaron contra un Uribe inesperadamente digno, anverso calculado de su natural pendenciero y lenguaraz, para incubar un nacionalismo siempre funcional al poder del príncipe. Y, por último, el autogolpe del Polo, cuya vocación suicida le devolvió a la derecha el monopolio de la política.

Aturdido en sus ires y venires, todo ambigüedad y eufemismo, va feriando el Polo su capital político. Carlos Gaviria, primero en darle a la izquierda tres millones de votos, es su víctima suprema. Petro, De Roux, Navarro, le siguen camino del cadalso. Quiere Gaviria juntar el agua con el aceite. Pero no es dable la unidad con sectas despóticas, esclavas de un purismo propio de iglesias que se resuelve en la divisa increíble de no mezclarse con la masa. Si Uribe juega a la tiranía de las mayorías, éstas juegan a la tiranía de las minorías. Tanto peor.

Aprisionado el país en la disyuntiva mentirosa de escoger entre las FARC o el gobierno perpetuo de Uribe, gana el Presidente por KO. Es que la marcha vino precedida de un espíritu pugnaz  cultivado con esmero desde arriba, para involucionar a la ética de la acción intrépida y el atentado personal. Seis años disparando balas y consignas de guerra no habrán pasado en vano. Los conatos de linchamiento contra Piedad Córdoba no son sino sombra de extremos inconcebibles en señoras de su casa que hallaron micrófono expedito en alguna emisora para glorificar la masacre y el sicariato. En carta dirigida por estos días a El Tiempo, A. Mejía no justifica la liberación de Consuelo y Clarita , ni sacrificar la seguridad de 43 millones de colombianos por 45 o 750 secuestrados; la guerra le parece un “mal menor”.

No hubo entre los millones de manifestantes llamados a la guerra, no. Pero ellos marcaron un punto de inflexión que el Presidente asumirá como carta blanca para decidir desde su Olimpo la suerte de Colombia, apenas perturbado -¡horror!- por una oposición desacreditada que se ahoga en su perplejidad. Acaso el cerco a las FARC ande ya en camino para “rescatar” a los secuestrados, por cerco o por asalto, así mueran en el intento. Su consejero de cabecera  le recordará que el cerco representa “la esencia de la seguridad democrática”, que “paralizarse” o debilitar la ofensiva sería “traicionar su mandato”. Una hecatombe.

Pero nunca se sabe. Sobre todo cuando el destino de un pueblo depende por entero de la índole del príncipe, de su personalísima manera de entender la patria. Tantos decibeles ha alcanzado el tono del conflicto, que a lo mejor el Presidente se debate hoy en el dilema de entresacar el anhelo de paz que gravitaba en la marcha y sintonizarse con él; o bien, interpretarla como un plebiscito en su favor y porfiar en el uso de un recurso que a otros convirtió en dictadores:  trocar la opinión pública en arma de guerra.

Temas relacionados 

Categorías

Columnas relacionadas

Nuestro sino de muerte al contradictor

Humberto de la Calle canta verdades del corazón de los colombianos: “No más, carajo, no más! -exclama. ¿O sea que deseamos que el odio sea nuestra canción de cuna? No, señor Uribe. No puede condenar a un expresidente porque asiste a las honras fúnebres de un joven político. Razón tiene Petro cuando se duele por ser acusado de manera injusta de ser el autor del magnicidio. Pero eso no lo exime de pedir perdón por sus tres años destruyendo desde el frontispicio de la jefatura del Estado la honra de sus opositores, dibujando una sombría historia...

leer más

El juicio de la sociedad

En ejercicio paralelo al de la jueza Sandra Heredia, los colombianos reafirmaron su derecho de sanción ética y política a adalides de los bandos enfrentados en un conflicto que ha cobrado la vida a mares de inocentes. Este proceso aguzó el despertar de la conciencia colectiva sobre la verdad del conflicto, el suplicio del país y el dolor de las víctimas. Sanción social contra el expresidente Uribe y contra la cúpula de las Farc, para comenzar, por su responsabilidad última en crímenes de guerra y de lesa humanidad, que en Colombia tocaron...

leer más

Territorios: gobierno de legales e ilegales

En vastos territorios de Colombia se transita hacia un sistema híbrido de poder compartido entre Estado y grupos armados que exhiben creciente capacidad de fuego, control de economías ilegales y mando dictatorial sobre la población. Es consideración que prevalece entre expertos convocados esta semana por la revista Cambio para señalar nuevos desarrollos del conflicto. Aunque este cogobierno de legales e ilegales había ya recibido carta de ciudadanía con la ominosa ovación del Congreso a Mancuso y su cúpula del paramilitarismo. Se preciaban...

leer más