MATONEO, UN JUEGO FATÍDICO

por | Jun 12, 2012

Localidad de Bosa, Bogotá, 12 de mayo. Freddy Forero, estudiante de once grado, vigila la salida del colegio José Francisco Socarraz. Espera a su hermano. Pero otros colegiales se le adelantan y lo matan a puñaladas. El pequeño Wilmer no tendrá ya quién lo defienda del matoneo de sus compañeros de estudio. Y la madre llora sin consuelo: “alumnos del colegio amenazaban a mi hijo con matarlo –dijo- porque él puso en conocimiento de las directivas una persecución en su contra y amenazas contra una niña embarazada. A mi otro muchacho lo apuñalearon por irlo a proteger a la salida de clases” (El Tiempo, 7-5-12). ¿Emularán estos victimarios después con los universitarios que presuntamente asesinaron a patadas y botellazos a su condiscípulo Andrés Colmenares? ¿Qué historia familiar traen; cuánto criminal exaltado a héroe ven en televisión; cuánta seducción de gobernante que presuma de varón porque ande “cargado de tigre”, los madura en adolescentes homicidas? ¿Alguna afinidad con Javier Velasco (el empalador de Rosa Elvira) agredido desde niño por un padre fiero que llegó a propinarle una puñalada?  Un porcentaje alarmante de matoneo escolar  se resuelve en asesinato. Y otro tanto, en suicidio de la víctima. Epidemia que deja, sin embargo, impávidas a directivas de planteles y autoridades educativas.

Lectores de columna sobre el tema publicada en este espacio el pasado 1 de mayo detallan este escenario de horror. Aunque algunos firmados con seudónimo, acotémoslos también a título de ilustración. Hace años –escribe “Boyancio”- en un colegio de curas  de Bogotá, “un alumno de bachillerato se suicidó porque todos los compañeros, su familia y hasta los profesores lo tenían por pendejo. Sólo recibía burlas, menosprecio y nada de cariño. (Se quitó la vida), pero de nada sirvió, pues los curas del colegio ni se inmutaron. No obstante, una abogada habló del caso en reunión de padres de familia. El rector casi se la come viva y cerró de tajo el debate, pues primero estaba la imagen del Corazón de Jesús que la de un pobre muchacho acomplejado, jodido, injustamente abandonado por la puerca sociedad que le tocó vivir (…). La anterior anécdota me la sé y la cuento con dolor porque ese muchacho era nieto mío…”. Inmoral escamoteo de toda responsabilidad en la desgracia: matoneo desde arriba. Al médico Ramiro Arteta le escandaliza “la indiferencia de los directivos y profesores de los colegios ante el matoneo. Indigna y preocupa tanto silencio, tanta indolencia, ante acontecimientos verdaderamente trágicos que causan dolor y constituyen una vergüenza”.

Pero el matoneo no se contrae a la escuela: anida en el hogar, se proyecta hacia el aula, torna a la familia y se expande, por fin, a los ámbitos todos de la vida social. “Paisajecoraje” conjuga la “cultura del protomacho” con la laxitud moral que deriva del todo vale, de la vindicta, del ojo por ojo y diente por diente. Es “la violencia y la intemperancia que se incuban desde los primeros años en el entorno hogareño, donde el niño es testigo y víctima de toda clase de agresiones físicas y verbales”. Y “Dalpin” remata: “Cómo no vamos a encontrarnos en esta postración con 60 años de violencia pura, una de las inequidades más altas del mundo, un sistema socio-económico excluyente. Y lo que no es causa sino síntoma: (Somos) el segundo país con más enfermos mentales del mundo, después de Estados Unidos”. No todo va, pues, en los jueces. Repare en ello la senadora Gilma Jiménez, tan proclive al linchamiento de “bestias” y “alimañas”. La justicia castiga pero no ejerce venganza. Se cuida de obedecer al ardor ciego que quema, precisamente, al fanático que mata y matonea.

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