Trump o el sello Ku Klux Klan

por | Nov 6, 2016

Gane o pierda la elección, Donald Trump produjo ya un hecho capital: interpretó con exquisita fidelidad la indignación y el conservadurismo de un segmento vital de la clase media estadounidense; su derechismo soterrado en tiempos de prosperidad y, descarnado, en las vacas flacas. Exacerbó la reacción de los golpeados por las precariedades del trabajo, contra el inmigrante advenedizo que se arrima a la ubre exausta. Y removió la gama entera de prejuicios adormecidos en el ADN de aquel segmento social: xenofobia, misoginia, homofobia, fundamentalismo religioso, patrioterismo; y, vergüenza de la primera democracia del orbe, un odio hacia los negros que arde periódicamente desde 1866 en las cruces de fuego del Ku Klux Klan. Héroe de los neonazis en ese país y de David Duke, refundador de la orden de marras en 1974, unos y otro comparten el ideario de Trump. Es éste a un tiempo adalid del racismo agazapado y del confeso, que ha vuelto a apuntarse asesinatos  de negros aquí y allá. Luis Cambustón descubre el racismo de Trump también en la sindicación de que Obama no nació en Estados Unidos y es musulmán. En esto lo siguen quienes deploran el Gobierno de un negro, verdadera “afrenta contra la grandeza de América”.

Racismo puro y duro, como el del Ku Klux Klan, que mereció elogios de Trump: un chovinismo anti-negro predicado por la secta homicida, dizque guardiana de la civilización americana. Los negros de ayer y de hoy llevan en el alma el fardo de la esclavitud, la segregación, el linchamiento, la humillación. Sus blues esconden rabia, y el jazz, tan gozoso, rebeldía. La que condujo al sacrificio de miles de negros en ese país, al asesinato de Luther King, pese al compromiso de no-violencia en la lucha. Resistencia pasiva que en 1960 llegó a movilizar 50.000 personas por las mismas calles que 35 años atrás hubieran ocupado 50.000 marchantes del Ku Klux Klan, tocados de cruz y blanca capucha que simbolizó el terror.

Todo comenzó, como se sabe, en 1866. Con la derrota en la guerra de cesesión, surgió en el Sur la sociedad secreta que se propuso restarurar la primacía blanca-protestante y tornar a la esclavitud matando negros.  Fundamentalismo racista sustentado en el asesinato y la violencia, hoy se extiende con parecidos expedientes a la población latina de Estados Unidos. Brutales como el Ku Klux Klan, empiezan a manifestarse los supremacistas raciales. Por poco matan a toda una familia de hispanos el 28 de febrero en un parque del Valle del Antílope, mientra vociferaba Trump contra los mexicanos, por “violadores y ladrones”. Ya el Klan se había revestido de religión y apuntaba contra los extranjeros, que “pervierten” las costumbres. Dios, Raza y Nación reza su escudo. Diríase esculpido por los neonazis que veneran al candidato republicano.

Contrapartida de negros y latinos, esta población blanca responde a sus propias raíces. Entre fundadores de la nueva nación, organizaron los calvinistas la sociedad sobre la autoridad de los elegidos de Dios. Fundió la congregación puritana poder político y religión, para configurar una dictadura teocrática tan inclemente como la que instaurara Calvino en Ginebra. Crudo precedente cuya impronta se percibe en la sistemática reanimación del Ku Klux Klan, la expansión del neonazismo, el franco abrazo de medio país al arcaísmo más discriminatorio y belicoso. Y la emergencia misma de un Trump capaz de disolver la democracia.

Los votantes de Trump deploran la crisis económica pero, sobre todo, que su país derivara en tierra de migrantes. Temen la arremetida de una opción pluricultural contra la suya, blanca y protestante. No es sólo Trump el que asecha, escribe Cambustón; son también el racismo y el miedo.

Temas relacionados 

Categorías

Columnas relacionadas

¿Ejército politizado?

Eduardo Pizarro enciende las alarmas. Recoge el analista el registro de investigadores sobre prácticas de este Gobierno que comprometen la neutralidad de las Fuerzas Armadas, y arriesgan convertir las armas de la república destinadas a proteger a la sociedad toda en instrumento del partido de gobierno. Se refiere Pizarro a coroneles premiados con ascenso a general, no por méritos del servicio sino por adhesión al Pacto Histórico.  A oficiales en retiro que regresaron al Ejército para ser promovidos por haber trabajado en la campaña de Gustavo...

leer más

Iván Cepeda y los retos de la paz

Abelardo traza línea y Paloma procede: esta inaugura en campaña el plan de destripar a la izquierda. No otra cosa persigue su vileza de relacionar sin pruebas a Cepeda con el infame asesinato de Miguel Uribe, cuando la Fiscalía sindica del crimen a la Segunda Marquetalia. Grupo criminal con el cual estaría negociando hoy el candidato de izquierda, según Valencia. Para rematar, pregunta Álvaro Uribe dónde están los instigadores, Petro y Cepeda. Mienten. Tergiversan. Todos saben que conversaciones de paz hubo con este grupo armado, pero antes...

leer más

Colombia, entre autoritarismo y democracia

Por dos caminos regresa el fascismo al continente. Uno, Por la ancha avenida pedregosa que da paso a un Trump, déspota vociferante, atropellador. Dos, por senderos perfumados de flores carnívoras que al primer contacto pelan sus fauces. En el primero se agita el mazo prehistórico; en el segundo se van minando las conquistas de la convivencia civilizada, el mazo prehistórico en la mira, pero vestido de caudillo populista. Y ambos trayectos conducen al autoritarismo como alternativa a la democracia liberal.  Quiero tomarme a Cuba, hacer lo que...

leer más