El modelo Uribe

Se resquebraja en la renegociación del Acuerdo el pretendido liderazgo de Uribe entre los promotores del No; pero el senador cuenta con ellos para una propuesta de largo aliento. Conforme se difunden las reformas de calado liberal y democrático que aquel incorpora, afina él su programa de sabor feudal, en torno al cual aspira a reagrupar las derechas para disputarse el poder en 2018. (No serán de gran calado las coincidencias  registradas en sesión con el Gobierno el pasado sábado). Celosos de su propio protagonismo en la hora, Martha Lucía Ramírez, Pastrana, los evangélicos, Ordóñez han marcado en sus encuentros con el Ejecutivo distancia frente a Uribe. Acaso teman, por contera, terminar mimetizados con el extremista que, por salvar el pellejo, pueda reavivar la guerra. Y no sabrían estos cómo responder después ante la historia. Pero una cosa es la clavija, más apretada o más blanda, que calibre sanciones y condiciones de participación política para las Farc, y muy otra, el modelo de país interpelado por la propuesta de La Habana.

Así respetara el nuevo acuerdo los pilares de las reformas rural y política, no cejará el uribismo en batirse por la contrarreforma agraria y los privilegios del estamento terrateniente, hoy engrosado con paramilitares y su brazo político y empresarial en el Congreso y el poder local. Para todos ellos reclama impunidad. Títulos en regla para las tierras arrebatadas al campesino o usurpadas al Estado. Condescendencia de la justicia con uniformados sindicados de atrocidades, antes que puedan cantar. Que le teme Uribe a la verdad como a su propia sombra; por eso quiere eliminar el capítulo de justicia, corazón del acuerdo de La Habana.

Este propone formalizar la propiedad, expropiar los predios robados o adquiridos bajo presión violenta y devolverlos a sus dueños, declararles a narcos extinción de dominio y rescatar los baldíos tomados por asalto. Pero Uribe va por titulárselos a “ocupantes de buena fe” y legalizar a segundos “ocupantes de buena fe” en tierras adquiridas con sangre. Más aún, apunta contra la legislación vigente, que rige desde mucho antes del acuerdo con las Farc. Quiere tumbar la ley de baldíos; revertir la de restitución de tierras; desconceptuar la extinción de dominio por burla a la ecología, y la expropiación administrativa por razones de utilidad pública o  interés social. Sus proyectos de recuperación de baldíos y antirrestitución   denuncian nostalgias de algún señorío de zurriago y motosierra.

Punto aparte merece la actualización del catastro rural, al que conjuró Uribe siempre con un vade retro Satanás. Y dice ahora que el catastro sólo serviría para violar la propiedad privada. La verdad es que establecería quién es propietario de cuál predio, sea particular o del Estado, y para qué lo usa. Y, horror, pondría por vez primera a tributar al latifundismo.

Ni hablar de la reforma política, enderezada a ampliar la democracia y la participación. Pues Uribe se opone a cobijar al partido de las Farc con el estatuto de oposición. A reducir el umbral a los partidos pequeños o nuevos, es decir, que sólo puedan hacer política los que la hacen hoy. Que acaparen, también ellos, las curules transitorias de paz. Y repudia la participación ciudadana. Ya lo veremos descalificar los cabildos abiertos que despiertan en defensa de la paz. Sólo le sirven los consejos comunitarios que se copió de Fujimori.

Consenso nacional de paz no habrá. Porque Uribe apunta al modelo policivo y cavernario que ya Colombia le padeció y sólo puede exacerbar la guerra. Lo que no obstruye una eventual confluencia de las derechas alrededor de esa propuesta. Si es que todas la suscriben, reconstruída, como parece, sobre el veto a la paz.

Iglesias pelan los colmillos

No se trataba sólo de derrotar la paz; había también que compactar el bloque estratégico de los inquisidores. Desbordando la renegociación del Acuerdo y con pretexto de que éste “hiede” a ideología de género, apuntan los coligados a restaurar un Estado de confesión religiosa sustentado en la exclusividad de la familia patriarcal. Se proponen suprimir la legislación que reivindica a la mujer y ordena respeto a la diversidad sexual, normas que escandalizan a la Colombia fanatizada y violenta: a la minoría que votó “berraca”, biblia en mano, por seguir la guerra. Ya la coalición de uribismo impetuoso, iglesias evangélicas, jerarquía católica –con notables excepciones– y el exprocurador había pavimentado el camino de su triunfo agónico en el plebiscito.

Despegó la campaña por el No con movilización de padres asustados con la bufonada de que el Gobierno volvería homosexuales en los colegios a los niños. Hubo entonces intercambio de falacias en el haz de las derechas: castrochavismo, colectivización del campo, ideología de género caerían en lenguas de fuego sobre la rosada patria de los ancestros, para instaurar una dictadura comunista, atea y gay. Con verbosidad de iluminado iniciático, exclamó el pastor Miguel Arrázola: “El acuerdo de La Habana [se pactó] con brujería… ¡Fuera el enemigo! Decretemos juicio de Dios Santísimo contra los hijos del comunismo y quienes pervierten el diseño de justicia del Rey”. Desperdicio. No consigue la hipérbole disimular la razón mundana que anima a tanta iglesia evangélica: el vil metal. Arrancados sin clemencia a la feligresía, estas iglesias amasan $10 billones por año. Para gloria y prosperidad del Señor encarnado en sus pastores.

A la Santa Alianza se sumó la jerarquía católica, diestra en la siniestra aleación de religión y política. Si ayer promovió la violencia entre partidos desde el púlpito, desde él instaron hoy cientos de curas a votar No en un plebiscito convocado para sellar la paz. Dizque por sindéresis y respeto a la libertad de conciencia, había decretado el Cardenal Rubén Salazar neutralidad ante aquella consulta. Como si neutralidad cupiera cuando se juega la vida de tantos. Como si se pudiera permanecer quieto y mudo, neutral, a la vista del hombre que, vendado, amaga el paso hacia el abismo. Más atento al interés político que al mandato evangélico de defender la vida, descalificó el prelado al obispo Darío Monsalve por invitar a refrendar la paz.

Postura absurda, mas no casual. Es solución de continuidad de la batalla compartida no ha mucho entre pastores, ensotanados y el padre Marianito en las carnitas de Uribe contra la vilipendiada ideología de género. Eufemismo que designa, sin nombrarlos, el odio milenario a la mujer, el miedo a la diferencia y la diversidad. Toda una plataforma para pelearse el poder en el siglo XXI con ideas extraídas de los socavones de la Edad Media, cuando renace, impetuoso, el fanatismo religioso.

Pero no la tendrá fácil. La lucha por una integración activa, libre e igualitaria de la mujer parece imparable. Se revuelve ella contra prácticas ancestrales que la discriminan y violentan, en sociedades regidas por hombres. Apunta Ana Cristina González: “lo que pretenden los líderes que representan la más recalcitrante derecha es mantener un orden desigual, ‘natural’, dictado por su Dios e impuesto por sus pastores; no un orden que nos incluya y nos permita ser libres”. Respuesta a la ideología cavernaria que rodea este proyecto de derecha ultramontana, semejante a la dictadura teocrática que una oligarquía puritana instauró en Estados Unidos en el siglo XVII. No permitirán las colombianas borrar el trato igualitario que el Acuerdo de La Habana le dispensa la mujer.

La rebelión de las masas

Cuando todo se vio perdido y mostró la guerra sus fauces otra vez, un como instinto de vida despertó. Se alzó la sociedad para exigir su puesto en decisiones de vida o muerte que la convocan hoy. Y para augurar, quién quita, nuevas formaciones políticas que abran el abanico del pluralismo y desborden la degradación de los partidos que dominan en Colombia. Riadas de marchantes clamaron por revisar de consuno y sin demora el Acuerdo de paz; marginaron a los políticos por su inutilidad en causas nobles, y por la vileza de otros que se impusieron en las urnas mediante sórdida campaña de mentiras. Al adalid de la guerra perpetua se le insubordinó la gente: la amordazada; la esperanzada; la desentendida; la que creyó con fe de carbonero que Uribe renegociaría el Acuerdo de La Habana pero lo vio, atónita, repetir sus exigencias de siempre, para dinamitar la paz.

Podrá aventurarse con la periodista Marcela Osorio que quizá se esté marcando un punto de inflexión en la sociedad colombiana. Con reanimación de la ciudadanía, unión de fuerzas sociales y creación de escenarios de debate en plazas, auditorios, universidades, periódicos, cabinas de radio e internet. Víctimas, indígenas, afrocolombianos, minorías LGBTI, empresarios, académicos y estudiantes convergen en la necesidad imperiosa de allegar consensos entre favorecedores y críticos del acuerdo suscrito con las Farc, bajo una divisa común: desempantanar la paz que por indolencia se nos escurría de las manos, y sepultar al monstruo que puja por devorarse a otros 300.000 colombianos.

Bien equipado de propuestas anda el movimiento social. La Federación de Estudiantes Universitarios, verbigracia, promotora de las marchas que el país no olvidará, pide participación de la sociedad civil en las sesiones de renegociación del Acuerdo, mientras promueve movilización deliberativa en otros ámbitos. Reivindica a las víctimas como centro del Acuerdo Ya, mantener el cese el fuego, superar la polarización; concebir las propuestas como un avance, no un retroceso en lo acordado ya;  no negociar la verdad; impedir la transformación del diálogo nacional en “conversación entre caballeros” de canapé republicano. Y no conceder  una vida más a los violentos. Declara María Alejandra Rojas, dirigente de la FEU: “la articulación de la paz no termina en la firma del Acuerdo, es allí donde comienza; así, nuestro trabajo seguirá”.

Por su parte, el cabildo abierto, creado por la Carta del 91, ofrece escenario sin par para discutir cambios y ajustes al convenio de La Habana. Convocado por el 0,5% de electores, podrá pedirle al Concejo municipal considerar peticiones de la ciudadanía, y el Congreso, reconocerles fuerza vinculante a las deliberaciones populares de estos cabildos. A la larga, podrán ellos implementar también los planes de desarrollo con enfoque territorial que el Acuerdo de paz contempla.

A la luz de los cambios posibles que dirigentes del No han formulado, tres condiciones vitales tendrán que ceder las Farc. Definir condiciones de privación de libertad para para sus responsables de crímenes atroces, restringir su participación en política mientras pagan pena, y reparar con  dinero propio a las víctimas. No sorprendería que fuera Uribe el único líder del No en desechar esta salida. Acaso prefiriera seguir jugándose su suerte en cruzada interminable contra la paz, así se aprobara un acuerdo reformado con las Farc. Claro, le asistiría el derecho de seguir apadrinando la opción de ultraderecha, bien trajeada en su gobierno de ocho años. Mientras no acuda a la combinación de formas de lucha que le daría a su oposición rango de subversión armada contra el Estado de derecho, y sería antípoda de la rebelión de las masas depurada en movimiento democrático.

La primavera criolla

Dos expresiones de indignación, de cepas opuestas, protagonizaron la crisis que rodeó a la derrota del Sí en el plebiscito. Una, prefabricada por el uribismo, retorció estratagemas de campaña montadas sobre el miedo y la mentira para mover a votar con rabia contra el acuerdo de paz. Alcanzó la cima de envilecimiento de la política inmortalizada en Ñoños y Pretelts y Palomas y Ubérrimos y Mancusos. Y ganó. Otra, abanderada por decenas de miles de jóvenes, se tomó calles y plazas para exigir la paz que se embolataba entre aquellos vericuetos repulsivos.

Así se sumaba la muchachada, como actor de primera línea en momento de definiciones dramáticas, a las víctimas y a los centenares de iniciativas de reconciliación y reconstrucción del tejido social que los dolientes de la guerra desarrollan en las regiones olvidadas, donde ganó el Sí. Cuarenta mil personas se atiborraron en la Plaza de Bolívar de Bogotá, en silencio sobrecogedor, solo quebrantado para entonar, entre lágrimas, el himno nacional. Quince mil desfilaron en Medellín, al grito de “Antioquia no es Uribe”. Histórico. Y en Cali, miles también. Votantes del Sí y votantes del No, compactados en la divisa de “abrazar lo que nos une, rechazar lo que nos divide”, en pos de la paz, pues “volver a la guerra es éticamente imposible”. Exigieron eludir el embeleco de una constituyente; negociar sobre lo ya firmado, sin aventurar borrón y cuenta nueva; mantener el cese el fuego bilateral; y renegociar aprisa, de modo que la mesa de diálogo no derive en instrumento de campaña para las elecciones de 2018. Al campamento por la paz que crece en carpas día a día y sólo se levantará cuando haya acuerdo, se unirán indígenas y campesinos que marchan hacia Bogotá desde distintas zonas del país.

Prometedores, los pronunciamientos de la sociedad civil. Pero no porque puedan ellos suplantar en un suspiro a la política tradicional, sino porque movilización tan afirmativa e inesperada presiona una renegociación más equilibrada y expedita de lo que Álvaro Uribe quisiera. Empeñado como parece en ondear las mismas banderas de campaña, provocaría dos efectos demoledores: primero, insistir en condiciones de rendición para una guerrilla no derrotada, será dinamitar el acuerdo alcanzado y volver a la guerra. Segundo, malograr la reforma rural del acuerdo será reavivar la llama de la conflagración. Ambos caminos conducen al boicot de la paz.

Más ahora, cuando el destape de la oscura campaña del Centro Democrático que deja estupefactos a propios y extraños le niega legitimidad, autoridad moral y política para pretenderse vocero del No que sí quería la paz, y hoy se siente estafado por sus dirigentes. Y cuando su contraparte en la negociación es el hombre ungido con la más elevada distinción que el mundo concede a hacedores de paz. Al presidente Santos, admirable batallador por el derecho a la paz.

Movilización de la sociedad civil, acompañamiento irrestricto de la comunidad internacional y dignidad de las víctimas desvanecen el temor de que pueda gestarse una componenda entre elites, como la del Frente Nacional. Los partidos tradicionales no son hoy las colectividades de adscripción ciudadana masiva que en 1957 obraban como factor esencial de cohesión en la sociedad. Han derivado en cascarones de corrupción, sin ideas, ajenos a los anhelos del pueblo e infectados de paramilitarismo.

Aclarar y corregir puntos específicos del acuerdo de La Habana, como lo prometieron en campaña los promotores del No, no deberá comprometer el tratado de paz más consistente que se conozca con una guerrilla. Para asegurarlo está el ojo vigilante de la aplastante mayoría que quiere la paz. Y la primavera criolla que seguirá copando nuestras plazas de Bolívar.

Castrochavismo posplebiscito

Ganaron el odio a las Farc y la ficción aquella de que el voto por el Sí sentaría al punto a Timochenko en la silla presidencial, e implantaría el castrochavismo en Colombia. Ganó el expresidente Uribe silla primera en una eventual renegociación de paz. Ganó el Centro Democrático posibilidades ciertas  de disputarse la presidencia en 2018. Ganó espacio la contrapropuesta de la ultraderecha al programa de cambio rural y ampliación de la democracia que el acuerdo de La Habana incorporaba. Reformas capaces de desactivar la bomba social que reverbera en la desigualdad sin esperanza y es caldo de cultivo para cualquier solución heterodoxa. Si logra esa fuerza política  imponerse contra ellas, le habrá despejado el camino al castrochavismo. No son los Rodrigo Londoño, Timochenko ayer, quienes puedan encarnar esa amenaza. Esta se sazona es en la impaciencia del país vejado en la injusticia, hoy en rebeldía contra el miedo que lo paralizaba. Un proyecto tal en cabeza de su único doliente, el partido de las Farc con 4% de favorabilidad política, no tiene porvenir. Además, no pega aquí el castrochavismo que germinó en las particulares condiciones de Venezuela.

 El No, opción que una dirigencia de extrema derecha vendió como panacea para la patria, niega el cambio democrático y gradual que Colombia pide a gritos, y propicia así un estallido social que desemboque en el  régimen de marras. Con pretexto de amenaza marxista, exacerbó el uribismo el imaginario anticomunista de la Guerra Fría, en esta democracia de mentirijillas que lo mismo elige al brazo político del narcoparamilitarismo que le niega, inflexible, un espacio a la opción socialista que discurre en la legalidad.

Es que la sociedad se despabila. A la voz de paz y democracia, tras una vida de sufrimiento y rabia contenida, renace, verbigracia, el movimiento campesino, tras el aplastamiento de la ANUC. Y otra sacudida emblemática: la población LGBTI da la cara, conquista en pocos años todos sus derechos; y se deja representar en el coraje de dos parlamentarias y dos ministras que se presentan ante el mundo como pareja. Viene  esta comunidad de ser blanco de limpieza social, vergonzoso método de profilaxis en sociedades enfermas. Logros impensables en un país donde un pastor cristiano denuncia la llegada del Anticristo vomitando desde La Habana lenguas de fuego para imponernos una dictadura gay; donde otros de su estirpe amenazan con cambiar la Biblia por el fusil, si gana el Sí a la paz.

Claro que las Farc ponen la mira en el castrochavismo; pero no hay con quién. La ventaja es que este reto forzará al resto de partidos a definir nítidamente sus propuestas. Para la izquierda democrática, una eventual alianza con el de las odiadas Farc podrá ser el abrazo del oso. Por otra parte, no podría replicarse a pie juntillas aquel modelo en Colombia, como lo señala Juanita León. No hay aquí mito fundacional en cabeza de un héroe histórico: Tirofijo no es Simón Bolívar. Ni cuenta nuestra izquierda con un caudillo capaz de llenar el vacío de la vieja política, ahogada en corrupción. Peor aún, más antipatía despiertan las Farc que los partidos tradicionales. Y con Cuba no se cuenta, como contó Chávez, porque ahora Raúl Castro liba mojitos con Obama. Para rematar, la imagen de una Venezuela que se desmorona no invita a suscribir su Socialismo del siglo XXI.

Pero si, envalentonado con el triunfo del No, concurre el uribismo al gran pacto nacional por la paz que el Presidente Santos convoca, para desmontar las reformas acordadas en La Habana, habrá creado esa derecha las condiciones para una deriva castrochavista. No está el palo para cucharas de ninguna iglesia, menos aún la de la nomenclatura venezolana

Descanse en paz la guerra

Para felicidad de millones y millones de colombianos, se selló ayer en Cartagena el fin de la guerra con la insurgencia más feroz y longeva del continente; el cierre de un conflicto degradado en crueldades que desafían la imaginación y arrojó 300.000 muertos. La trascendencia histórica del acontecimiento responde al sufrimiento causado. Cumplido el sueño, nuevas oleadas de colombianos se suman con el paso de las horas a una convicción venturosa: a partir del 3 de octubre podrá el país comprobar la desaparición de las Farc como guerrilla; y disponer de un derrotero de cambio capaz de remontar el atraso y la desigualdad que lo sembraron en un pasado sin esperanza. Le bastaría para ello con ejecutar el ambicioso Acuerdo de La Habana, de casta liberal, no comunista. Entonces será el tránsito hacia la paz.

Pero esta no podrá allegarse por mandato voluntarioso de nadie: será fruto del empeño colectivo en construir un país para todos, o no será. Eso sí, desde el más amplio abanico de banderías, con garantías plenas e iguales para todas, y mientras no vuelvan ellas a medrar en política disparando. No se trata de eliminar el conflicto, ni siquiera entre fuerzas antagónicas, sino de tramitarlo civilizadamente. Regla de oro en democracia, esta podrá refinarse aún más en el imperativo de labrar identidades políticas, o de reinventarlas, suscribiendo o negando las reformas pactadas en La Habana. De acometer con lealtad y madurez este experimento, bien podría llegarse a descontinuar la politiquería, el asalto a los recursos públicos y el crimen al servicio del poder. También  a ventilar agendas de desarrollo y justicia social abandonadas en la trastienda de nuestra historia, o como fruto de nueva imaginación política.

Debe saber el uribismo que no corre riesgo la democracia porque florezcan en ella extremos de izquierda o de derecha. Lo mismo aspirarán al poder las Farc desde la legalidad agitando banderas rojas, que el uribismo agitando banderas negras de ingrata recordación en la Italia de entreguerras. Peligra, sí, la democracia, si queda todavía quien quiera embozalar a esos partidos. Si no adopta el país un estatuto de oposición que favorezca, para comenzar, al Centro Democrático, primer partido alternativo de poder. Y, claro, si porfía la derecha violenta en combinar acción legal con lucha armada. Probado está que esa táctica ha sido obstáculo formidable para sofocar nuestras fuentes consuetudinarias de violencia: la tradición de callar al contrincante a rugidos o a bala; la extrema concentración de la tierra, y el sentimiento religioso puesto al servicio de la política o de la guerra.

Mucho sugiere, empero, que el futuro premiará a una coalición de centro-izquierda que abra camino a cambios de fondo, graduales y democráticos. Capaz de rescatar a Colombia de su condición de anomalía histórica: un orangután con sacoleva, diría Francisco Gutiérrez, donde conviven democracia y violencia. Un país con separación de poderes, control constitucional y elecciones periódicas, pero que paralizó a la sociedad en un pasado oscuro y brutal. Con democracia (diríamos precaria) en el régimen político, mas no en el orden social y económico. Porque las élites privatizaron en Colombia la seguridad y la justicia para imponer a la brava sus derechos sobre la tierra. El uribismo es su encarnación de la hora, y su próxima batalla, el referendo.

Lo que se juega este domingo no es impunidad o castigo para las Farc. La disyuntiva real será si pueda el país avanzar hacia la paz y la modernidad, o  siga anclado en el atraso y la violencia. Dilema de vida o muerte: si gana el No, vuelve la guerra; si gana el Sí, podremos entonar el responso feliz: descanse en paz la guerra.

¿Ocaso del lenguaje traqueto?

Acaso por un cansancio de guerra –que aflora a los primeros coquitos de paz– va limando la ciudadanía el lenguaje contumaz que se apoderó de este país arrojado al deschavete y la violencia. Tono y palabras van cambiando en parcelas enteras de la sociedad, conforme se acerca el momento de decidir si parar el conflicto o perpetuarlo. Si parar o perpetuar el discurso de odio, venganza y crimen que el narcotráfico generalizó y algún expresidente adoptó como estética de guerra; como la guerra por otros medios, diría el marxista. No es poca cosa. En la nueva atmósfera que empieza a oxigenar el debate marca pauta el timonazo de los jefes enfrentados un día en la contienda. Llámese presidente Santos, cuando reconoce responsabilidad del Estado en el exterminio de la UP. Llámese general Mejía, cuando exclama ante su tropa que la paz es la victoria. Llámese Timochenko, cuando declara ante la suya que la mayor satisfacción de las Farc es haber ganado la paz. Llámese Pablo Catatumbo quien, “con humildad sincera” y bañado en lágrimas, les pidió perdón a las familias de los diputados que su guerrilla asesinó. Pero pesa, como nada, el reclamo airado de esas víctimas a sus victimarios, preludio de su disposición al perdón. Colorida pincelada del fresco que podrá ser una Colombia reconciliada.

Una Colombia ajena al modelo ético que Medófilo Medina califica como contrarrevolución cultural: “emanaciones tóxicas de la guerra sin reglas y de la violencia difusa” que invadieron la cultura colombiana. Sus elementos, mentalidad y conducta marcados por el todo vale; pragmatismo amoral; violencia en las relaciones personales, de buen recibo en todas las clases sociales; culto al militarismo estatal, insurgente o paramilitar; revanchismo y la mentira como norma en el debate político; invasión de la estética del traqueto, e íntima convivencia de valores de muerte y de legalidad. En tal exaltación de la doble moral, el país denigra más de las Farc que de su émulo en violencia, el narcotráfico. Tal vez porque fue este pródigo con los excluidos. Y no por caridad cristiana. Atentos solo al pragmatismo del negocio y su estela de muertos, irrigaron los narcos dinero acá y allá, con lo que abrieron compuertas de poder y ascenso social a los siempre segregados por una oligarquía despótica y sin méritos.

Recuerda Duncan que, además, en lejanías abandonadas de la patria, ofrecieron los narcotraficantes el orden y la protección que las comunidades demandaban. Así, la organización de la violencia privada canalizó el ascenso de los olvidados. Y, súbitamente, se transformaron las jerarquías sociales, la división del trabajo y la distribución de la riqueza. Mafias y señores de la guerra se tomaron el poder local. Tras ellos, los grandes beneficiarios: parte de la clase política y señorones divinamente que blanqueaban el dinero en operación de profilaxis regada con un whiskicito, ala.

Aquella revolución social lo fue también estética y moral. Y sin fronteras. Un matoneador del profesor Daniel Segura Bonett, estudiante de Los Andes, cuenta cómo se burlaban de Segura en el colegio hasta que se ponía “rojo” de indignación. “A la cara roja que vieron quienes pasaban por la calle cuando Daniel se votó (sic) desde su apartamento y dejó pintado el piso de sangre […] nosotros todavía teníamos tiempo para vivir, así que decidimos reír otro rato”.

Moral de alcantarilla, desalmada, en los escenarios más exclusivos.

Vencer la guerra este 2 de octubre será empezar a derrotar también patrones de comportamiento prestados por un conflicto envilecido, despiadado, que se expresa todos los días en el lenguaje traqueto que naturalizó el discurso del horror. Primer paso para lograrlo, votar Sí

Impunidad de cuello blanco

No, no todos quieren la paz: la cúpula del uribismo, hija doctrinaria de quienes promovieron hace 70 años la carnicería de la Violencia, toca sin pudor a la guerra. Así diga que también ella busca la paz, para protegerse con el mismo manto de impunidad que sus antecesores se echaron sobre los hombros. Mientras tanto, parece desplomarse el número de quienes por justificado resentimiento hacia las Farc votarán No. Y se multiplican líderes de la comunidad internacional –el Papa comprendido– escandalizados de que haya todavía quien quiera oponerse a la paz en este país, tras medio siglo de guerra crudelísima. Desnuda brutalidad que volvió a proferir amenazas de muerte este 5 de septiembre a las 6 am por la línea telefónica de Leonard en Buenaventura. Ejemplo de elocuencia y entereza, el joven dirigente popular venía de arrojar cuatro verdades al rostro del temible Álvaro Uribe. Le dijo, “con todo respeto”, que no podía el expresidente seguir envenenándolo todo y sembrando incendios en un país abierto por fin a la reconciliación. Que “somos los pobres los que ponemos los muertos, [pues] los ricos no van a la guerra”.

Pero, hoy como ayer, querrán los animadores de la conflagración ocultar su feo rostro tras la máscara del héroe o el santo. No rinden cuentas, nadie los juzga, nada arriesgan. Y la jerarquía de la Iglesia traiciona su deber moral de defender la vida, tras una supuesta neutralidad ante el plebiscito, que podrá resolverse en masacre continuada de inocentes. Manes de su papel en la Violencia. Querrá pasar esta élite, como aquella, sin romperse ni mancharse por la historia. Sin verdad, sin juicio, sin castigo. Sin reparación a las víctimas de la incontinencia verbal y política que en los ejércitos de la extrema derecha movió el gatillo contra la población inerme. Quienes hoy peroran contra la impunidad son los herederos de los que azuzaron aquel salvajismo.

Todas las investigaciones y testimonios coinciden en que la violencia de mediados del siglo pasado fue concebida, calculada y desatada desde arriba. Monseñor Germán Guzmán, coautor de la obra La Violencia en Colombia, dijo que “mientras algunos [altos políticos] vengan al Congreso otorgando respaldo moral a los asesinos a cambio de votos […] es inútil pretender que cese la violencia. Si los bandidos hablaran, saltarían en átomos muchos prestigios políticos de quienes condenan el delito pero apelan a sus autores”. Y todo se cocinó en la consigna de hacer invivible la república. De no escatimar en ello la acción intrépida y el atentado personal, al uso entre los fascios de Mussolinni, de quien Laureano Gómez se proclamó seguidor.

León María Lozano, el Cóndor de Tuluá, y Leonardo Espinosa en Trujillo, por ejemplo, fueron patrocinados por el Directorio Conservador y, después, por la propia gobernación del Valle. Les ofrecieron dinero, respaldo político y armas para volver azul la cordillera occidental del departamento. De allí resultó, entre crímenes sin cuento, la masacre de Betania, donde murieron 300 pobladores. Cualquier parecido con las Convivir, huevo del paramilitarismo, no es coincidencia.

Si la opción del No (a la paz) se impone en el plebiscito, ¿cómo responderán sus promotores ante la historia, ante el pueblo de Colombia y ante el mundo por los nuevos muertos de la guerra? ¿Mandarán a sus hijos al frente de batalla? ¿O todo el peso de esta infamia recaerá de nuevo sobre los sacrificados de siempre: los soldados y los Leonard y los  guerrilleros sin oportunidades ni futuro, para que los niños bien puedan indignarse todavía contra el Gobierno afeminado que se rinde al comunismo? Será coartada perfecta para la impunidad de cuello blanco. La de ayer y la de hoy.

Pánico en la caverna

Carambola a tres bandas quiso anotarse el renacido integrismo católico. Acaso sueña la Iglesia en volver a controlar cada resquicio de la sociedad a golpes de Biblia. Flanqueada por evangélicos de idéntico propósito, aquella transmutó el legítimo derecho de los padres a intervenir en la educación de sus hijos –que nadie negaba– en batahola de creyentes desinformados. Y el uribismo, en arma de guerra. Degradando el derecho a la igualdad en “ideología de género”, las fuerzas de nuestra Colombia cerril reaccionaron en proporción a las conquistas legales de la población LGBTI. “Mi hijo, antes muerto que marica”, rezaba la pancarta de un manifestante. Aunque una cosa diga la norma escrita y otra la manera de sentir y de pensar entre incautos de comunidad cerrada, unívoca, inmóvil, ya nada podrá arrebatarle sus victorias a aquella minoría. Por su parte, el Centro Democrático apuntó a trocar la celada contra la Constitución en votos por el no a la paz. No permitiremos que se negocie la política de género con lafar, apostrofó Álvaro Uribe en el Senado. Como si al debate le faltaran disparates, oportunismo y ruindad. Y, pretensión descabellada, ambientaron ellos, todos a una, el retorno a la educación confesional, eje del integrismo católico.

Lastre vergonzoso de la república, apenas ablandado en 1872 y en 1936, desde 1991 gana sin embargo terreno la escuela laica en el país. Pese a los esfuerzos del episcopado por preservar desde las aulas su poder sobre el sentimiento religioso de la gente. Poder multiplicado con su pericia en política, en negocios, en violencia, que sacó a relucir la semana pasada en la Casa de Nariño. Y el presidente Santos, hacedor de paz contra viento y marea, dobló la rodilla al primer taconeo de los purpurados en Palacio, insubordinados como venían contra la disposición constitucional de conjurar en los colegios toda  discriminación por raza, clase, religión u orientación sexual e identidad de género. Brilló, por contraste, la enhiesta ministra Parody, que ni inclinó la testa ni se postró de hinojos.

Y es que venía la jerarquía católica habituada a prevalecer sobre el Estado y sobre la sociedad colombiana. A la más ambiciosa reforma educativa que el llamado radicalismo liberal introdujo en 1872 respondió con la guerra. La nueva escuela prescindía de la escolástica regentada por la Iglesia y entronizaba, en su lugar, la “ciencia útil”. Se instituyó la educación obligatoria, neutra en materia de religión, abierta a la libertad personal, a la independencia crítica y al respeto entre condiscípulos. Quiso reemplazar la iglesia por la escuela y el cura por el maestro. Anatema. El obispo Bermúdez sentenció: “No importa que el país se convierta en ruinas y escombros, con tal que se levante sobre ellos triunfante la bandera de la religión”.

A intento parecido de introducir la escuela laica y despojar a la Iglesia del monopolio sobre la educación, respondieron ésta y su aliado, el Partido Conservador, con otra guerra: la Violencia de mediados del siglo XX. Había declarado Laureano Gómez que “de ningún modo se debe obedecer a la potestad civil cuando manda cosas contrarias a la ley divina”. Dijéranse palabras en boca de Ordóñez, de Álvaro Uribe o del cardenal Rubén Salazar, hoy cabezas de la subversión contra la democracia en la escuela.

Hay miedo en la caverna y ella lo azuza entre los más vulnerables, porque las conquistas de los estigmatizados son una realidad palpitante. Como realidad es el mandato constitucional de respetar en la escuela toda diferencia, la sexual comprendida. Tan radical la reacción del conservadurismo como desafiantes le resultan la diversidad y el pluralismo. Un peligro para la idílica uniformidad del integrismo católico.

A la Iglesia de Dios Ministerial

En columna del 12 de julio pasado, “Pícaros degradan la libertad religiosa”, escribí que a doña Maria Luisa Piraquive, cabeza de la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, la investigaba la justicia por presunto enriquecimiento ilícito, lavado de activos, estafa y abuso de confianza al forzar la entrega de bienes y donaciones a su iglesia. Que a las finanzas de esta institución contribuía “el poder que emana de oficiar a un tiempo como iglesia y como partido bajo la divisa de ‘un fiel, un voto’”. En amable comunicación,   me pide su apoderada aclarar que contra la líder de esa iglesia no obran ya investigaciones por estafa y abuso de confianza ni vinculaciones por delito alguno dentro del sistema penal acusatorio. Que la iglesia es entidad distinta del partido MIRA y que no se practica en ella “voto por fiel”.

Adjunta, en su abono, copia de oficio 22-07-2016 expedido por la Fiscalía según el cual no figuraba en esa fecha información sobre procesos penales contra la señora Piraquive. Advierte el documento, no obstante, que “esta información se brinda con base en los datos que a la fecha se encuentran en los sistemas misionales de la Fiscalía General de la Nación, sin que ello constituya certificación, ya que los mismos son un marco de referencia”. En el mismo sentido y salvedad obra oficio 01-08-2016, para reconfirmar que en  el mencionado sistema de información no figuran investigaciones contra ella por enriquecimiento ilícito, lavado de activos, estafa o abuso de confianza.

En efecto, la Fiscal Quince penal de Bucaramanga certificaba el 5 de febrero de este año que el 24 de diciembre de 2015 se archivó en ese despacho investigación penal adelantada, entre otros, contra la señora Piraquive, “por los presuntos delitos de estafa, enriquecimiento ilícito de particular, constreñimiento al sufragante, falsedad material en documento público, falsedad personal, lesiones personales, acceso carnal, tráfico, fabricación o porte de estupefacientes, homicidio y concierto para delinquir”.

El Juzgado Federal Criminal de Lomas de Zamora, Argentina, certifica también que a la señora Piraquive “no se le ha efectuado imputación alguna”; y varias certificaciones expedidas en Estados Unidos así lo declaran.

Si imprecisión hubo en este espacio, fue de tiempo verbal, y por ella ofrezco excusas. Como se infiere de lo dicho, la investigación penal por la abultada lista de imputaciones se había archivado seis meses antes de mi escrito. Di entero crédito a profusa información de prensa no desmentida, uno de cuyos episodios más sonados había sido la comparecencia de la señora pastora en la Fiscalía el 12 de febrero de 2014 a responder interrogatorio sobre presunta participación en lavado de activos. Cientos de  seguidores la acompañaban.

No dice mi columna que la Iglesia de Dios Ministerial y el Mira sean la misma entidad. Sugiere, como es de dominio público, que las actividades de una y otra se retroalimentan. Lo prueba el célebre video de difusión masiva en 2004, donde aparece el entonces pastor de esa iglesia y concejal de Bogotá por el partido Mira, Carlos Baena, instando a sus fieles a conseguirle, no un voto por fiel, sino diez, para la elección de 2006. Tras la predicación, los exhorta Baena  a obrar con la misma astucia de los políticos tradicionales, que van por los votos, aun comprándolos.

Daño letal, hasta guerra santa, ha provocado en Colombia esta aleación de fe y política. Su última edición, la tronante explotación del fanatismo religioso para convertirlo en votos por la guerra. Manes del uribismo contra el derecho a la igualdad, secundado por obispos y pastores a granel. ¿También de la Iglesia de Dios Ministerial?