U.S.A: del miedo, a la ira en las calles

En la mayor movilización callejera que Estados Unidos recuerde, millones de personas lideradas por mujeres se declararon “más fuertes que el miedo”, listas a “devolver el golpe” contra el maestro de la estafa y dictador en ciernes que asumía como presidente en ese país. Epítome de la fuerza bruta que es sello del fascismo, este mandatario encarna el odio a las mujeres, a negros, inmigrantes, musulmanes, homosexuales, a las prensa libre y el medio ambiente. Odios que se creyeron enterrados con el ocaso del macartismo, hoy renacen azuzados por el propio núcleo de poder que empobreció a los trabajadores cuyos votos, ay, le dieron la primera magistratura. Pero se despabila, a su turno, el expediente primigenio de la democracia moderna: el pronunciamiento de la ciudadanía en las calles. Para protestar, para controlar el poder instituido, para reivindicar libertades y derechos. Para ejercer oposición política.

Tres factores sugieren que tal resistencia no caerá en el vacío. Primero, una tradición de participación y organización de la sociedad desde el poder local, ADN de la democracia en ese país que maravillara a Tocqueville. Segundo, la existencia del Partido Demócrata, que podrá obrar como receptáculo del cambio, si consigue reinventarse llamando a cuentas a su dirigencia neoliberal y en torno al programa socialdemocrático de Bernie Sanders. Tercero, el legado de los años 60 y 70, con sus luchas entreveradas de negros, mujeres y rebeldes contra la guerra de Vietnam. Movimientos distintos pero con causa común, que las oleadas contra el nuevo régimen de fuerza evocan.

Deliró en Washington la multitud con la energía de una Ángela Davis que, a sus 70, daba nuevo hálito a batallas ya libradas desde el feminismo, el poder negro y la revolución del pacifismo. Millones de mujeres, hombres, trans presentes en esta marcha –dijo– representamos las poderosas fuerzas del cambio, decididas a evitar que las culturas moribundas del racismo y el heteropatriarcado se levanten de nuevo: somos agentes colectivos de la historia. Ni la xenofobia, ni los muros podrán borrar la historia. Invitó a luchar sin desmayo contra los especuladores financieros, contra los corsarios de la salud, contra los cazadores de musulmanes e inmigrantes.

Davis es remembranza del movimiento negro en los 60, la no violencia en labios de Luther King. Había asociado el antirracismo y pacifismo en un mismo haz: “Hablo –exclamó– para los pobres de este país que pagan el doble precio de los sueños rotos en su patria, de muerte y corrupción en Vietnam”. Medio siglo después, la Policía sigue asesinando negros en las calles. Acaso otras 1.412 manifestaciones como las que protagonizaron en 1963 logre maniatarla. Entre 1964 y 1972, la primera potencia del mundo dirigió todo su poderío militar contra nacionalistas de un paisito campesino. Y perdió. La oposición nacional a aquel horror decidió esa derrota. Por su parte, marcharon las mujeres en primera línea de la acción colectiva que resultó de aquella heterogeneidad, bajo una bandera común: la de los derechos civiles. Y daba el feminismo sus primeras puntadas, cuando una de sus líderes escribió: “Recuerda la dignidad de tu condición de mujer. No pidas, no ruegues, no te humilles. Empodérate.”

Ha nacido en Estados Unidos una nueva oposición, evocación de la más formidable concentración de movimientos de cambio, que acaeciera en los 60. Ahora adaptada a la aparición de un prehistórico rugiente batiendo mazo en la Casa Blanca; rodeado de codiciosos de Wall Street, nostálgicos del Ku Klux Klan y guerreros con ganas de conflagración mundial. Pero medio país advirtió ya: somos más fuertes que el miedo; ¡no nos detendremos!

No combatir la corrupción. ¡Destruirla!

Ya no cabe duda: en Colombia, el sistema político es la corrupción. Vale decir, la estructura del poder, de Bogotá a Montería o a Yalí, se cimenta y apuntala en larga cadena de transacciones entre la clase política y delincuentes de toda laya para robarle hasta $50 billones al erario cada año. Diga usted seis veces lo esperado por reforma tributaria. Narcotraficantes, Gatas, contratistas de cuello blanco y de otros no menos turbios, contrabandistas, timadores y aprendices del oficio que pasan por jóvenes emprendedores financian a los políticos que, llegados al poder, retribuyen con contratos a sus beneficiarios. Y todo queda en familia. Botones de muestra recientes: Reficar, el mayor desfalco en la historia de Colombia, arroja a la fecha $12 billones en sobrecostos y $8,5 billones en pérdidas; uña de Saludcoop por $4,5 billones, sin que el ministro de la cartera mueva un dedo para apretar al responsable; coimas de Odebrecht por $US 11 millones repartidos entre un senador y encumbrados funcionarios de los dos últimos Gobiernos.

Explicaciones le debe al país el expresidente Uribe por la adjudicación de la Ruta del Sol a esa firma, mediante soborno de $US 6,5 millones a su viceministro de Transporte. Y explicaciones debe el Presidente Santos sobre adición a ese contrato por la ANI, suscrito sin licitación pública y gracias a soborno de $US 4,6 millones  al senador Otto Bula. Inverosímil declararse aquí traicionado por el viceministro y “con dolor de patria”, como lo hizo el senador Uribe, hombre de astucia sin par. Y pueril la solución de suprimir casa por cárcel para los corruptos, que el Presidente Santos avanzó.

Ha invadido la carroña todos los intersticios del sistema. El país se exaspera. Y la senadora Claudia López se lanza en pos de una coalición ciudadana contra la corrupción, capaz de suplantar a la clase política y su Congreso, foco de pestilencia irrespirable. Apunta ella al 80% de los colombianos que no militan en partidos tradicionales, con una divisa revolucionaria: vamos por la Presidencia sin comprar votos, y a gobernar sin comprar congresistas; vamos a cambiar la lógica de que una minoría decente denuncia y un establecimiento corrupto gobierna.

Se dirá que el cambio debería principiar por los partidos. Improbable. Estos derivaron hace rato en cascarones sin ideas y sin honor. Desechos del Frente Nacional que castró su imaginación política, muchos de sus círculos fraternizan hoy con el narcotráfico. Mercado negro que se montó sobre las estructuras ocultas de comercialización del contrabando y la exportación ilegal de esmeraldas. Y terminó por medrar en los partidos tradicionales, reeducados en la regla turbayista de reducir la corrupción a sus justas proporciones. Tal vez por eso a Cambio Radical le resulte natural brincarse su responsabilidad por dar aval político a un Kiko Gómez, sentenciado a 55 años de prisión por cohonestar tres asesinatos. Como elegante le parecerá a Juan Lozano sumarse ahora a la “rebelión ciudadana contra funcionarios y políticos corruptos”; tras 15 años de apasionado silencio sobre los parapolíticos que acompañaron el Gobierno de la Seguridad Democrática y que Claudia López había denunciado.

Entre medidas urgentes por tomar, insta el Contralor a centralizar el control fiscal en una única Contraloría, a restablecer el control previo en la contratación pública que la Carta del 91 suprimió, y a crear un sistema único de selección de contratistas. A aplicar penas efectivas contra los corruptos, sanción social comprendida. Pero clama, sobre todo, por cambiar toda la estructura del poder político afirmado en la contraprestación de leyes por contratos. Y sentencia: a la corrupción no hay que combatirla sino destruirla.

Las sobrevivientes de Orión

En la mar de civiles violentados por la Operación Orión de 2002 contra la Comuna 13 de Medellín, cuatro liderezas de la comunidad sobrevivieron para contarlo. No así Ana Teresa Yarce, que murió acribillada por un sicario en el comedor de su casa mientras apuraba un cigarrillo. 14 años después, testifican ellas al amparo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que, en fallo sin precedentes, condena al Estado colombiano por el asesinato de Yarce y por vulnerar derechos de las otras dirigentes. Socorro Mosquera y Mery Naranjo, entre ellas, restauran el cuadro de infierno desatado aquel día de octubre por fuerzas combinadas de Ejército, Policía y paramilitares. Confabulación que avergüenza. La incursión con tanques y bombas y fusiles cobró centenares de encarcelados sin motivo; hubo torturados, desaparecidos enterrados a hurtadillas en La Escombrera –mayor fosa común del mundo– y 4.196 desplazados. Se hablaba de 300 sepultados en aquel camposanto;  casi todos, civiles inermes. Uno más entre los 200 cementerios clandestinos que albergan, según autoridades, unos 105.000 NN. Así debutaba el Gobierno de la Seguridad Democrática, Álvaro Uribe en la Presidencia, Luis Pérez en la Alcaldía de Medellín.

Propósito publicitario de la operación, limpiar la zona de milicianos. Propósito enmascarado, recuperar ese territorio en disputa entre Farc-ELN y paramilitares, de inmenso valor estratégico, pues la Comuna es puerta de entrada a la cadena de montañas que abre corredor al tráfico de armas y de drogas hacia Urabá. Al frente de la operación, sobre las famélicas calles de la localidad, se vieron hombres del Bloque Cacique Nutibara (comandado por Don Berna) ataviados de camuflado, pasamontañas y botas pantaneras. Jesús Abad inmortalizó en celuloide la escena. Hombro a hombro con 1.500 uniformados de la Fuerza Pública, desplegaron 800 paramilitares toda su fuerza hasta cantar victoria. Y fue Don Berna quien tomó posesión del  territorio recuperado, sin que autoridad alguna dijera esta boca es mía. Antes bien, extendió aquel su poder a Medellín entera, donde instauró su “donbernabilidad”. Declaró el general Gallego, entonces comandante de Policía de la ciudad, que la Operación Orión fue legítima: se desarrolló “por disposición del Gobierno Nacional, con apoyo de la Alcaldía de Medellín y de la Gobernación de Antioquia”.

Apresadas ese día Mosquera y Naranjo por miembros de la Cuarta Brigada, les oyeron a éstos pedir que avisaran “a los primos” que ya llevaban su presa. ¿Quiénes son los primos?, preguntó Mosquera a su compañera. “Son los paramilitares”, repuso la otra. “Querían desaparecernos”, le dijeron a la periodista Diana Durán (El Espectador, enero 14). Pero nos salvó que los familiares siguieron a la patrulla y ésta terminó por entregarnos a la Sijín. Naranjo afirmó que vio morir a su amiga Yarce de 4 tiros que le disparó un sicario el 6 de octubre de 2006. Cuando quiso dispararme a mí –dijo– “me escondí detrás de un árbol y él salió corriendo […] Hacia la una de la tarde me llamaron a decirme que en la terminal de San Javier estaban celebrando el asesinato de Teresa […] Ahí funciona (un) grupo de paramilitares”.

María Victoria Fallon, directora del Grupo Interdisciplinario de Derechos Humanos que representó a las víctimas ante la Corte Interamericana, afirmó: “A pesar de que Diego Fernando Murillo alias Don Berna declaró que el Ejército y la Policía actuaron con ellos (en la Operación Orión), las investigaciones no avanzan. (Pero) queremos una investigación integral para llegar a la verdad”. Que se establezca –agregó– la responsabilidad, no sólo de quienes ejecutaron la Operación, sino de quienes la ordenaron desde la cumbre.

Medellín le apuesta a la ciencia

Pese a la avaricia con que el Estado Central deshonra a la ciencia en Colombia, Medellín ostenta un prolongado recorrido de investigación que en más de un campo le ha merecido reconocimiento mundial. Ha sido esta ciudad pionera en trasplante de órganos; liderada por Francisco Lopera, en neurociencia para buscar la cura del Alzheimer; en investigación biológica proyectada a salud, biodiversidad y ciencias agrícolas, con las tecnologías más desarrolladas. No sorprende, pues, que sea ésta la única capital del país en otorgar premio oficial a estudiantes universitarios y profesores destacados en investigación. Y a una vida de entrega al conocimiento y la innovación que, tras once años consecutivos, recayó esta vez en la médica María Patricia Arbeláez. A fuer de estímulo adicional, el Gobierno de Medellín y la Academia Colombiana de Ciencias crearon la agencia Sapiencia, con impacto sobre el modelo pedagógico en la escuela y presupuesto de $85 mil millones para 2017.

Exalta la doctora Arbeláez la investigación como núcleo de excelencia en la academia, y la creación de semilleros de investigación en la Universidad de Antioquia. 105 a la fecha. Subraya la dimensión interdisciplinaria de la investigación, que termina por salvar fronteras entre biología molecular, epidemiología, antropología y economía; “tal como lo demanda la complejidad de los problemas que nos aquejan como sociedad y que permiten proyectar nuestros hallazgos a la comunidad internacional”. Para el desarrollo, agrega, es imprescindible el conocimiento. Y éste –se sabe– demanda recursos que Colciencias mezquina y el investigador Darío Valencia entiende como deriva de un Estado sin políticas de promoción de la ciencia o de estímulo a la inclinación científica en la educación. Mientras Corea del Sur invertía en 2013 el 4,1% del PIB en investigación, no pasa Colombia del 0,2%. El país asiático presentaba en los años sesenta el mismo nivel de desarrollo de Colombia. Aquel es hoy una potencia económica y Colombia sigue detenida en el subdesarrollo.

Nuestra Corporación para Investigaciones Biológicas (CIB), verbigracia, trabaja en la frontera del conocimiento y al borde del precipicio financiero, escribe Moisés Wasserman. Por falta de financiamiento de Colciencias, como todos los centros de su especie en el país, vive mirando al abismo. En los dos últimos años, los recursos girados a la CIB se desplomaron de $4.000 millones a $600. Estocada de muerte contra la institución que en 46 años ha formado centenares de investigadores comprometidos con la divisa de poner la ciencia al servicio de la vida. A la cabeza de este centro de excelencia en el mundo en microbiología médica estuvo siempre Ángela Restrepo, miembro de la Misión de Sabios en 1994. El salvavidas vino, por milagro y casi todo, de universidades y empresas particulares.

Ya se recordaba en este espacio que el Hospital San Vicente de Paul, patrimonio moral y científico de los antioqueños y de Colombia, pionero en trasplante de órganos en América Latina, se vio el año pasado al borde del cierre. Le burlaban sus deudas las EPS, y el Gobierno, ni las obligaba a pagar ni giraba él mismo lo debido. Hace 53 años practicó este Hospital el primer implante de mano. El mundo registró la hazaña con asombro, y las que le siguieron. Hitos en la historia de la medicina. Colciencias asfixia a la CIB, como el Ministerio de Salud, a cientos de hospitales en el país.

Aplausos a la apuesta de Medellín por la ciencia. Ojalá se replicara su ejemplo en otras ciudades. Y se unificara el reclamo airado de todas al Gobierno para que financie a derechas actividades que son opción de vida para la paz. Feliz Navidad a mis pacientes lectores, y hasta la vista en enero.

En pie de paz

En el gran salón de la Alcaldía de Oslo, tocado de claveles, rosas y orquídeas colombianas, hubo honores repartidos: para el líder que clausuraba una guerra de medio siglo; y para las víctimas, pivote de un modelo de paz que es divisa en el mundo. Recibió el Presidente Santos, con ovación de pie, el Premio Nobel de Paz por jugársela con valentía invencible para alcanzarla. Y vítores mereció, entre otros dolientes, Leyder Palacios (dirigente comunitario que perdió a todos los suyos en la masacre de Bojayá), por allanarse al perdón y a la reconciliación con sus victimarios. Mentís a una derecha desangelada y cerril que sigue soñando con la guerra; que se opuso a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras y, vencida en el Capitolio, ejerce sin pausa todas las formas de lucha contra ella.

No se llegó al fin del conflicto con las Farc por un camino de rosas. Mil obstáculos, insidias y reveses han debido sortearse. El último, la derrota en plebiscito que negó el acuerdo con esa guerrilla, la inmediata convocatoria del Jefe de Estado a los inconformes para configurar uno nuevo y suscribir un pacto nacional de paz. Reveló Berit Reiss-Andersen, vicepresidenta del Comité del Nobel, que, vista la paz al borde del naufragio aquel 2 de octubre, decidió el organismo no aplazar la entrega del premio al hombre que había sido motor de un proceso histórico que demandaba entonces apoyo cerrado de la comunidad internacional. La desmovilización de las Farc es ahora  irreversible y, auspicioso, el camino de la paz.

Ha sido la nuestra una guerra de costos humanos incalculables: con masacres por miles, secuestros por decenas de miles, asesinatos de civiles por cientos  de miles y crueldades que desafían la imaginación más desbocada. Entre la multitud de relatos que el Grupo de Memoria Histórica recoge y dan fundamento a la inescapable verdad, sobrecoge en particular el de Bojayá. El 2 de mayo de 2012, una batalla de varios días entre paramilitares y guerrilleros de las Farc, obligó a los pobladores a refugiarse en la iglesia. Un cilindro bomba disparado por la guerrilla cayó sobre el techo de la edificación, impactó el altar y estalló en el corazón de la muchedumbre apiñada. Sólo hasta el día siguiente le permitieron las Farc a un puñado de vecinos ingresar a ese infierno para rescatar a los heridos que quedaban. 79 muertos, 32 de ellos familiares de Leyder Palacios. Epílogo repetido hasta la saciedad en esta guerra: 5.771 pobladores del municipio huyeron despavoridos hacia Quibdó. Los desplazados suman 7 millones. Hace un  año fueron las Farc a Bojayá, pidieron perdón y el pueblo se los concedió. Todavía no han pedido perdón los paramilitares, que ejecutaron la mayoría de masacres. Ni los políticos y ganaderos que fueron sus aliados.

Para negociar el fin de tanto horror, se ideó Colombia un modelo que la Universidad de Notre Dame reputa ideal, y el propio galardonado lo resumió así: fijar una agenda de negociación realista, concreta y sobre asuntos exclusivos del conflicto. Negociar en confidencialidad. A veces, combatir y dialogar a un tiempo. Ganar el apoyo de los países vecinos. Tomar decisiones difíciles, a menudo impopulares. Convenir un modelo de justicia transicional que ofrezca el máximo de justicia sin sacrificar la paz. Y poner a las víctimas en el centro mismo del proceso.

Es mucho más difícil hacer la paz que hacer la guerra, dijo. La gran paradoja es que “mientras muchos que no han sufrido en carne propia el conflicto se resisten a la paz, son las víctimas las más dispuestas a perdonar…” Es hora de desoír el llamado machista a seguir en pie de guerra, y situarse más bien en pie de paz. Como lo demandan el humanismo y la democracia.

Galardones a la paz

Sino fatal: a cada abrazo entre contendientes suenan clarines de guerra, a veces a cielo abierto, a veces amortiguados con sordina. En ceremonia que distinguió a Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica, con el premio al liderazgo por la paz, dijo el galardonado: en el compromiso definitivo de superar el conflicto hay un nuevo aliento, una esperanza cierta de paz. Diríase aliento, esperanza ante todo de las víctimas; anhelo de la democracia. Pero al propio tiempo, en su carrera electoral de apuesta por las armas, afianza el Centro Democrático su vocación de derecha irredenta con el nombramiento de Fernando Londoño, doctrinero del boicot a la paz, como director de ese partido. Al heredero del Laureano que incendió la república, amargo le sabrá  el premio otorgado a los negociadores de ambas partes por lograr un acuerdo que el mundo aclama. Amargo, el reconocimiento a la comunidad de Bojayá por su extraordinario ejemplo de generosidad al marcar la ruta del perdón y la reconciliación. Bojayá, una entre centenares de nuestras localidades que suplican parar la sangría.

“Colombia apenas empieza a esclarecer las dimensiones de su propia tragedia”, escribe Sánchez en el prólogo de la obra Basta ya del CMH. Una modesta glosa del texto despejará aristas de la insania, que pasa por la derecha sin romperla ni mancharla. No es esta violencia una simple expresión de delincuencia o bandolerismo, apunta el investigador; ella expresa problemas de fondo en la configuración de nuestro orden político y social. Y no se corrige exterminando al adversario ni se acaba sin cambiar nada en la sociedad. Los actores armados violentaron a la población civil para someterla por el terror. Lógica contra la población inerme que entraña otra lógica, más amplia, de la guerra: el control del territorio, el despojo de tierras, el dominio electoral, la apropiación de recursos legales e ilegales.

La guerra de hoy exacerbó viejos sectarismos políticos que ven en la oposición una amenaza, recava el autor. Esta concepción excluye al otro y niega la pluralidad, en favor del dogma y del pensamiento único; y es vía expedita a la eliminación del adversario. Así, el sectarismo de la política se extiende a las armas y el sectarismo de las armas se proyecta en la política.

La reconciliación que todos anhelamos, señala Sánchez, no puede fundarse sobre la distorsión, el ocultamiento y el olvido, sino sobre el esclarecimiento. Es “un requerimiento político y ético que nos compete a todos […]. La memoria en Colombia es una aliada de la paz, no el instrumento fácil y primitivo de movilización del resentimiento y la venganza”. Elocuente reivindicación de la verdad como presupuesto de paz.

Aclaración. En amable nota me pide la senadora Paloma Valencia “rectificar” mi afirmación de la pasada columna según la cual el objetivo del Centro Democrático “no era la paz sino la campaña electoral que –confiesa Paloma Valencia– le devuelva a Uribe la Presidencia”. Ella niega haber emitido tal aseveración.  No dijo ella que su partido se volcara a hacer campaña en vez de buscar la paz. Pero, en lo que a Uribe atañe, mi afirmación se atiene a declaraciones que la parlamentaria emitió el pasado 22 de noviembre a la salida de la Comisión Primera del Senado ante periodistas de varios medios, entre ellos, Hugo García, editor político de El Espectador. En artículo titulado “Nuevo acuerdo de paz será firmado el jueves y refrendado en el congreso”, este periódico registró así sus declaraciones: “si (el Gobierno quiere) jugar rudo, ‘hay herramientas para jugar rudo’, dijo, planteando la posibilidad de recoger firmas, por ejemplo, para convocar a un referendo como vía para revocar el Congreso o, incluso, habilitar la reelección de Uribe”.

Conejazo del uribismo

No bien debilitó la ultraderecha las reformas que el Acuerdo de La Habana contemplaba, cuando volvió aquella a sus andadas. Tras 40 días de papelón dialogante, se caló el uribismo dos preseas: cambió lo que quiso en el Acuerdo; y lo que no pudo, le quedó como bandera desempolvada para seguir buscando votos contra la paz. Peló el cobre: no era su objetivo la paz, sino la campaña electoral que –confiesa Paloma Valencia– le devuelva a Uribe la Presidencia. Conejo descomunal para quienes creyeron que esta vez sí se jugaba el expresidente por causa noble. Moñona, dirán. Mas, sólo si el hastío de los colombianos con la guerra y la esperanza de un país mejor no convierten esta dudosa victoria en bumerán. Pero el Centro Democrático recibió como maná del cielo la negativa de las Farc a cambiar sus armas por cárcel y ostracismo político. Línea roja de toda guerrilla que se desmoviliza, a ella apuntó el uribismo, precisamente por no ser negociable. Y respiró aliviado con el previsible rechazo a su propuesta de rendición por una guerrilla a la que tampoco él pudo derrotar en el campo de batalla. Necesitaba Uribe mantenerla en armas y recuperar, así, su razón de ser política: sin Farc no hay paraíso.

Pese a que el nuevo acuerdo cooptaba casi todas las modificaciones y precisiones que el No formuló, inesperadamente la derecha sólo vio en ello  maquillaje y la misma impunidad que le adjudicara al pacto original. Nada le sirve a Uribe. Ni siquiera los logros adicionales que pudiera apuntarse en los debates que signarán la implementación de los acuerdos. Su intransigencia reabre camino a la guerra, a la que nunca renunció. Y a la reconquista del poder, desde donde podrá desmontar un pacto de paz jamás soñado; y limpiarle el prontuario a su gente: a familiares y amigos, a civiles y uniformados responsables de atrocidades, al compadrazgo comprometido en desplazamiento y usurpación de tierras. No alcanzó la ultraderecha a estirar la renegociación hasta reventar la delgada cuerda de cese el fuego en nuevos estallidos de guerra. Y miró para otro lado cuando una campaña de exterminio político renacía con el asesinato de 70 líderes populares este año, 7 de ellos en la última semana. Salvo para apoyar a Humberto Sánchez, Alcalde de San Vicente del Cagúan por el CD, señalado de ambientar el asesinato del líder agrario Monroy la semana pasada.

La renegociación golpeó la pepa de las reformas que podían rescatar de la premodernidad a este país. Menguadas quedaron. Se debilitaron los mecanismos de participación política en las regiones. Se limitó la sindicación de civiles y militares responsables de delitos atroces. Se multiplicaron concesiones a terratenientes y protagonistas de la contrarreforma agraria. Hoy se sienten ellos más equipados para torpedear la restitución de tierras. Y, gravísimo, no habrá nuevo catastro: seguirá la ambigüedad en la propiedad agraria, la impunidad en la apropiación de baldíos, el escamoteo al impuesto predial de los ricos del campo.

En la sala contigua a este escenario se dibuja, sin embargo, su contrapartida. La del país que registra maravillado la concentración de guerrilleros por miles listos a entregar las armas; los otros 300.000 muertos y 60.630 desaparecidos que ya no serán, la transformación  del campo. Acontecimientos sin precedentes en largo periplo de nuestra historia, que otra concentración multitudinaria de síes y noes y abstencionistas saluda hoy desde la Plaza de Bolívar. Jubilosa premonición de la lucha que la sociedad civil prepara en democracia contra los amigos agazapados o confesos de la guerra. Sí, la paz está andando y nadie podrá detenerla, escribió Enrique Santos Molano. Ni siquiera el conejazo del uribismo.

El desinfle de la globalización

Se pifió Francis Fukuyama. El utopista estadounidense vaticinó en 1989 el fin de la historia, en un Estado homogéneo universal cimentado en el liberalismo económico y político. Y elevó  EEUU a panacea de igualitarismo en la sociedad sin clases que Marx imaginara. Pero no vio las fauces, abiertas ya, de la fiera que a fuer de globalización terminaría por manduquearse medio mundo: el libre mercado sin competencia ni control, que banqueros y caballeros de industria impusieron en el orbe, para contento de una minoría sin hígados y desgracia de pueblos enteros. No columbró Fukuyama la caída de su opulenta “América” en pantanos de pobreza y desempleo que parecían reservados al Tercer Mundo… o a Europa. Menos aún imaginó que uno entre los causantes de la debacle, Donald Trump, se erigiera en heraldo de una clase media pauperizada que desafía con broncos atavismos las buenas maneras de la democracia.

Sorprende a Juan Carlos Botero que el rechazo a las élites en ese país terminara en la elección de un magnate con retrete de oro; que el nuevo líder del obrero gringo sea un dueño de rascacielos evasor de impuestos; que el héroe del hombre común piense recortar la asistencia social y reducir aún más impuestos a los ricos. Clamó Trump en su campaña por repatriar a la brava las empresas gringas fugadas al extranjero para reemplazar el trabajo nacional por el foráneo. Pero todos sabían que también los productos de sus fábricas se cuecen con salarios de hambre en el exterior. Que el flamante magnate de finca raíz quintuplicó ganancias con la crisis del 2008 que arrebató su casa a cientos de miles de las familias que hoy votaron por él. Mas, sabedor de que el descontento apunta a la plutocracia de Wall Street, contra ella despotricó. ¡Y meneó nombres de aquellos figurones para dirigir la economía en su Gobierno!

Sin embargo, ataviado de rebelde mayor contra la globalización neoliberal –contra el libre comercio y el flujo de migrantes que se apoderan de los puestos de trabajo- Trump encabeza la agitación de las derechas contra el modelo de marras. Que encarne la paradoja de rebelde anti-stablishment mientras engorda de su propia entraña, no le impide encabezar la rebelión de las derechas contra la globalización. A lo menos de palabra. Al aquelarre se suman las fuerzas más retardatarias de Europa, el neonazismo comprendido, que antier saludó exultante su elección por las calles de Estocolmo; como desfilará esta semana el Ku Klux Klan por varias ciudades de EE. UU.

Mas la reacción contra la globalización no es patrimonio exclusivo de las derechas. De ella bebieron Podemos en España, Syriza en Grecia, Occupy Wall Street en EEUU y, ¡sorpresa!, la renacida socialdemocracia en este país, que pudo llevar a Sanders a la Casa Blanca. Una comparación entre programas de Trump y Sanders mostraría el abismo que separa la crítica al poder establecido, desde la derecha y desde la izquierda. Aunque ambos retoman el programa de Roosevelt de inversión masiva en obras públicas, como fuente creadora de empleo en el país que terminó por descollar entre los más desiguales del mundo.

Hace 45 años, la clase media estadounidense aportaba 62 % al ingreso nacional; hoy aporta 43 %. Y la clase alta pasó de recibir 29 % de esos ingresos, a 49 %. Empieza a desaparecer la clase media. En las dos últimas décadas, la desindustrialización cerró 90.000 fábricas: entre 2001 y 2010 el empleo industrial bajó 42 %. Pobreza, rabia, resentimiento y refugio en las más oscuras cavernas dan cuenta de su desgracia. Efecto brutal de una globalización que malogró el paraíso de Fukuyama, soñado para las democracias “posthistóricas” como la de EEUU Pierde el globo su aire, se desinfla. Ya era hora.

Colombia: el sistema político de la corrupción

El clientelismo, savia del poder en Colombia, cede su espacio a la corrupción. Mutación extraordinaria del sistema político, cuyo mecanismo desentraña Juan Fernando Londoño. No ya como incidente fortuito sino como eje del modelo. En el naufragio de los partidos, se desplaza el mando desde la dinámica menuda de favores y contraprestaciones hacia un torrente de candidatos financiados por criminales o por contratistas que terminan apoderándose de los recursos públicos. Es éste el mango del abanico que se abre en astas de millonarios evasores, chupasangres de la salud y un enjambre de contratistas que hacen su agosto. Casi todos ellos esconden lo malhabido en paraísos fiscales. Revela la Sociedad Colombiana de Economistas que en las dos últimas décadas ha perdido el Estado $189 billones a manos de corruptos. Fernando Carrillo, que es en su pundonor antípoda del destituido Ordóñez, advierte: la corrupción hace más daño que la guerra; ¡tiemblen los corruptos! Dura cuesta habrá de remontar.

Para Londoño, como resultara insuficiente la financiación oficial de los partidos, los más avezados de la clase política buscaron en el crimen otra fuente de recursos: en el narcotráfico, en el paramilitarismo. Acudieron al mercado de empresas o de individuos interesados en contratos del Estado. Suministran los contratistas avances a los políticos para sus campañas y éstos les retornan con contratos la inversión. Y participan de las ganancias. Podrán evocarse como emblema de tales mañas los 61 parapolíticos que por asociarse con delincuentes pagan cárcel; miembros que fueron de la bancada uribista en tiempos de la Seguridad Democrática.

Colombia es lunar del continente. Prolifera aquí la parentela que releva al politicastro subjúdice, en curul del parlamento, en alcaldía o gobernación. O el familiar que hereda al funcionario enriquecido en la administración pública. Ni soñar con juicios por corrupción a tres expresidentes, como los que se siguen en El Salvador. Menos aún conque ponga su mano la justicia sobre ningún contratista. Nuestras eminencias del poder parecen inmunes a la acción de la justicia. Ahí está Alejandro Ordóñez, flamante cabeza del Ministerio Público destituido por abusar del cargo en provecho propio, libre y espetando frases lapidarias, como de ultratumba, contra la paz que el país anhela. Un sinvergüenza.

Privilegiadas de la contratación pública son las muy lucrativas entidades sin  ánimo de lucro. Pululan entre ellas iglesias evangélicas que extorsionan a sus fieles y hasta lavan activos del narcotráfico. Pagan las entidades sin ánimo de lucro impuestos irrisorios, o ninguno; y se brincan los controles de la ley 80 de contratación pública. En los últimos 4 años, departamentos y municipios cerraron contratos con ellas por $14.5 billones; 85% de ellos en forma directa, a dedo, sin licitación pública.

La corrupción es de doble vía: del funcionario y del empresario privado. Como en otros países, deberá la autoridad electoral contar con instrumentos de vigilancia y sanción. Abordar el financiamiento privado de las campañas. Publicarlo. Y marginar de la contratación al aportante cuando su favorecido corone en el poder.

Consuela comprobar que nada nos llega demasiado tarde. Si, mal que bien,  se allanaron las Farc a los cambios que los del No pedían; si con ello podrá terminar la guerra, el relevo en la Procuraduría pone punto final a 8 años de desafueros en el órgano de control. Carrillo ofrece todas las credenciales para invitar a “superar la bancarrota ética» que agobia a Colombia. Para combatir sin miramientos este nuestro sistema político de la corrupción. Y no para tornar al clientelismo, sino para construir un país en paz y democracia.

Trump o el sello Ku Klux Klan

Gane o pierda la elección, Donald Trump produjo ya un hecho capital: interpretó con exquisita fidelidad la indignación y el conservadurismo de un segmento vital de la clase media estadounidense; su derechismo soterrado en tiempos de prosperidad y, descarnado, en las vacas flacas. Exacerbó la reacción de los golpeados por las precariedades del trabajo, contra el inmigrante advenedizo que se arrima a la ubre exausta. Y removió la gama entera de prejuicios adormecidos en el ADN de aquel segmento social: xenofobia, misoginia, homofobia, fundamentalismo religioso, patrioterismo; y, vergüenza de la primera democracia del orbe, un odio hacia los negros que arde periódicamente desde 1866 en las cruces de fuego del Ku Klux Klan. Héroe de los neonazis en ese país y de David Duke, refundador de la orden de marras en 1974, unos y otro comparten el ideario de Trump. Es éste a un tiempo adalid del racismo agazapado y del confeso, que ha vuelto a apuntarse asesinatos  de negros aquí y allá. Luis Cambustón descubre el racismo de Trump también en la sindicación de que Obama no nació en Estados Unidos y es musulmán. En esto lo siguen quienes deploran el Gobierno de un negro, verdadera “afrenta contra la grandeza de América”.

Racismo puro y duro, como el del Ku Klux Klan, que mereció elogios de Trump: un chovinismo anti-negro predicado por la secta homicida, dizque guardiana de la civilización americana. Los negros de ayer y de hoy llevan en el alma el fardo de la esclavitud, la segregación, el linchamiento, la humillación. Sus blues esconden rabia, y el jazz, tan gozoso, rebeldía. La que condujo al sacrificio de miles de negros en ese país, al asesinato de Luther King, pese al compromiso de no-violencia en la lucha. Resistencia pasiva que en 1960 llegó a movilizar 50.000 personas por las mismas calles que 35 años atrás hubieran ocupado 50.000 marchantes del Ku Klux Klan, tocados de cruz y blanca capucha que simbolizó el terror.

Todo comenzó, como se sabe, en 1866. Con la derrota en la guerra de cesesión, surgió en el Sur la sociedad secreta que se propuso restarurar la primacía blanca-protestante y tornar a la esclavitud matando negros.  Fundamentalismo racista sustentado en el asesinato y la violencia, hoy se extiende con parecidos expedientes a la población latina de Estados Unidos. Brutales como el Ku Klux Klan, empiezan a manifestarse los supremacistas raciales. Por poco matan a toda una familia de hispanos el 28 de febrero en un parque del Valle del Antílope, mientra vociferaba Trump contra los mexicanos, por “violadores y ladrones”. Ya el Klan se había revestido de religión y apuntaba contra los extranjeros, que “pervierten” las costumbres. Dios, Raza y Nación reza su escudo. Diríase esculpido por los neonazis que veneran al candidato republicano.

Contrapartida de negros y latinos, esta población blanca responde a sus propias raíces. Entre fundadores de la nueva nación, organizaron los calvinistas la sociedad sobre la autoridad de los elegidos de Dios. Fundió la congregación puritana poder político y religión, para configurar una dictadura teocrática tan inclemente como la que instaurara Calvino en Ginebra. Crudo precedente cuya impronta se percibe en la sistemática reanimación del Ku Klux Klan, la expansión del neonazismo, el franco abrazo de medio país al arcaísmo más discriminatorio y belicoso. Y la emergencia misma de un Trump capaz de disolver la democracia.

Los votantes de Trump deploran la crisis económica pero, sobre todo, que su país derivara en tierra de migrantes. Temen la arremetida de una opción pluricultural contra la suya, blanca y protestante. No es sólo Trump el que asecha, escribe Cambustón; son también el racismo y el miedo.