por Cristina de la Torre | Dic 16, 2014 | Conflicto interno, Diciembre 2014
“Recuerdo bien el piso blanco del baño, la costra de sangre que se iba formando. Las marcas de la tortura forman parte de mí, yo soy eso”. Y rompió en llanto, mientras el auditorio la ovacionaba de pie. Hablaba la exguerrillera-presidenta, Dilma Rousseff, al evocar sufrimientos de prisión a sus escasos 20 años durante la dictadura de los sesenta y setenta en su país. “Brasil y sus nuevas generaciones merecen la verdad”, agregó. Presentaba la mandataria el más espeluznante informe de la Comisión de la Verdad sobre los crímenes de aquel régimen, una política de Estado sistemática y brutal. El Senado de EE.UU. denunciaba a su turno los de la CIA en la prisión de Abu Ghraib, donde la tortura rebasó toda frontera de imaginación: hombres con las piernas fracturadas, de pie por días enteros; ahogamientos; vigilia forzada durante semanas; empalamientos, muerte a golpes. Pero el exvicepresidente de Bush, coordinador de la infamia, agradeció el “excelente” trabajo de la CIA, y calificó el informe de “puro excremento”.
Además, un fallo de la Corte Interamericana condena al Estado colombiano por asesinato, desaparición o tortura de 17 civiles en la retoma del Palacio de Justicia (tan criminal como la toma). Confirma que el magistrado Carlos Urán salió vivo del edificio y rodeado de militares. Que su cadáver apareció después con signos de tortura y un tiro de gracia. Que otras cuatro personas inocentes sufrieron torturas y tratos crueles.
Ya en las caballerizas de Usaquén, en el Gobierno de Turbay, se había vertido la tortura oficial que las dictaduras del Cono Sur propalaban. Masiva, indiscriminadamente, por la sola sospecha que podía despertar un poeta, un sindicalista, un profesor; o bien, a la comprobación de que se era guerrillero, violando todas las reglas de la guerra, pocos escapaban al ritual: terror sicológico, frío, hambre, vigilia forzada durante semanas; golpes brutales, ahogamientos, corrientes eléctricas y, a veces, empalamiento. Todo, al amparo de un Estatuto de Seguridad que concebía como enemigo interno, no sólo a los alzados en armas, sino a los adversarios políticos del Gobierno. Tónica que reeditaría después la Seguridad Democrática de Álvaro Uribe, para quien todo librepensador era guerrillero vestido de civil. Una de sus secuelas ominosas: el espectáculo de señores divinamente que sueñan con la eliminación de todo apátrida proclive a la paz, cobra nueva vida bajo el paraguas del Centro Democrático.
Pero aquí la tortura no se contrae a los cuarteles. Muchos paramilitares, guerrilleros y miembros de la Fuerza Pública la han practicado contra sus adversarios y, sobre todo, contra la población civil. En la degradación de esta guerra, parecieron ellos rivalizar en inhumanidad, en el propósito de causar el mayor sufrimiento a sus víctimas. Las prácticas de crueldad y de sevicia podían ir desde jugar fútbol con las cabezas de sus víctimas, hasta el ritual macabro de descuartizarlas vivas.
Uso primitivo que acaso ninguna civilización ha conjurado, la tortura demuele la humanidad de la víctima; busca destruirla en el dolor, en la humillación, en la violencia contra su sentido moral. Pero también degrada al régimen que la ejecuta o la tolera. Llámese pretenciosamente la primera democracia del mundo, o la más envilecida dictadura. Con una reflexión aleccionadora para Colombia cerró su discurso Rousseff: “los que creemos en la verdad esperamos que este informe contribuya a que los fantasmas de un pasado doloroso y triste no se puedan esconder más en las sombras del silencio”.
Coda. Por error inexcusable, en mi pasada columna atribuí a Tennessee Williams la obra de Arthur Miller La muerte de un viajante. Mis más rendidas disculpas al lector.
por Cristina de la Torre | Dic 9, 2014 | Diciembre 2014, Internacional
Víctima de su propio invento, se va quedando solo el chavismo. Terminó por prevalecer en Suramérica una versión remozada de Socialismo Siglo XXI, a leguas del modelo confiscatorio y revanchista que se ofreció en Venezuela como alternativa a la hegemonía de élites que gobernaron en su exclusivo beneficio. A leguas del Leviatán bicéfalo en que derivó la esperada revolución bolivariana, mezcla de Nomenklatura estalinista y dictadura tropical. Quebrada por sus gobernantes la economía del vecino país; envilecido allí el ejercicio del poder hasta emular los más odiosos regímenes de fuerza, hoy brillan por contraste viejos socios del omnipresente Chávez, que escogieron otro camino.
Mientras carecen los venezolanos de todos los bienes básicos, Evo Morales más que duplicó el nivel de vida de los bolivianos y convirtió a su país –antaño el más pobre después de Haití– en el milagro latinoamericano. Bolivia presenta el nivel más bajo de desempleo en la región. En tierra de Maduro se dispara sin escrúpulo sobre los inconformes en las calles, se encarcela o expatria a los líderes de oposición, se arrincona lo que queda de empresa privada. Pero en Bolivia florece una ciudadanía más plena y, no bien reelegido por aplastante mayoría, Morales concierta políticas con la burguesía empresarial que quiso derrocarlo. Mientras Maduro compra con asistencialismo el apoyo popular, hostiliza a las clases media y alta y enriquece al filochavismo corrupto en el poder, Morales gobierna para todos. Sin alienar la divisa de Estado plurinacional que reconoce entidad histórica a todas las etnias y culturas nativas.
Morales debutó en 2005 con la renacionalización de la riqueza minera de Bolivia, que se había convertido en pasto de multinacionales. Renegoció con ellas contratos y regalías, y canalizó los nuevos ingresos por impuestos y exportaciones hacia la economía productiva. Industria, agricultura, transporte, vivienda, artesanía han crecido aceleradamente y, con ellas, el empleo. Desde su originaria radicalidad anticapitalista y anticolonialista, tan apetitosa para el fosilizado izquierdismo de Hugo Chávez, ha evolucionado Evo Morales hacia una opción socialdemócrata que produce el cambio sin decapitaciones.
Como en el Uruguay de Tabaré Vásquez y Mujica, en el Chile de Bachelet, en el Ecuador de Correa y en el Brasil de Rousseff, ha logrado Morales niveles sustanciales de inclusión y redistribución sin poner en riesgo la estabilidad de la economía. Y, en política, amplió el espectro. Ahora apunta lo mismo a indígenas y trabajadores que a las clases medias y al mundo empresarial. Su Vicepresidente, García Linera, declaró: “Somos un gobierno socialista, de izquierda y dirigido por indígenas. Pero en este proyecto nacional caben todos”. Liberado de discurso y programa paralizantes de la izquierda arcaica, el más fogoso amigo de Chávez ingresa en las ligas del otro Socialismo Siglo XXI. El que ha probado con creces ser alternativa, mientras el chavismo se hunde en sus miserias.
Coda. Discrepo cordialmente del panegírico que el columnista Plinio Apuleyo Mendoza le dedica a la adaptación teatral de la novela Pantaleón y las visitadoras, por Jorge Alí Triana. Lejos de una “hazaña”, este montaje es un desacierto que nuestro director jamás debió permitirse. Con recurso al teatro de vodevil, no se crean aquí personajes y de ninguno de los “actores” puede decirse que interprete “magistralmente” papel alguno. Ni afirmarse, contra toda evidencia, que “Jorge Alí supo conformar un equipo de primer orden, digno del más exigente ámbito teatral”. Apreciación que debería reservarse a montajes de Triana dignos de las mejores salas. Como su insuperable Muerte de un viajante, de Tennessee Williams.
por Cristina de la Torre | Dic 5, 2014 | Diciembre 2014, Izquierda, Personajes
Contrario al consejo de Maquiavelo, el alcalde Gustavo Petro no parece adaptar sus ideas a las circunstancias; más bien se inclina por doblegar la realidad a los imperativos de su temperamento. Confía más en la potencia movilizadora de una noción primaria que en la laboriosa construcción de los medios para darle a aquella cuerpo y consistencia. Que es político, se ha dicho, y no gerente. Sí. Pero político ajeno al arte de gobernar. En ello ven algunos la superioridad del hombre que no negocia principios, la del batallador comprometido con su destino. Otros lo asocian con el viejo caudillo de provincia latinoamericana. Les representa, con mucho, copia deslucida de Hugo Chávez.
Si ordenaba el venezolano expropiar edificios de ricos para acomodar en ellos a la pobrecía, así decidiría Petro montar enclaves de desplazados en barrios de la burguesía bogotana. Sin previsión de los recursos necesarios para llevar vida digna e integrarse en comunidad. Obraría el alcalde como embriagado en la sonoridad de su propia invectiva: “la estratificación social en Colombia es un sistema de castas, antidemocrático, antirrepublicano, antihumano”. Verdad de a puño –lo reconocerán– pero sin eficacia, pues no alcanza la palabra a transformarse en hecho. Sus luces podrán apagarse con la misma celeridad con que el burgomaestre precipita decisiones. ¿Es el iluminado que desdeña el prosaico quehacer de la política pública?
Deriva no imaginada, sin embargo, en el orador magnífico que se atrevió a señalar con fundamento al entonces presidente Uribe y denunció la parapolítica. Que se hizo con el poder en Bogotá por su lucha contra el cartel de contratistas que desde el despacho del alcalde Moreno se robaba la ciudad. Que se perfiló como alternativa de cambio a los ejércitos de las extremas políticas, y a la izquierda doctrinaria. Al Palacio Liévano arribó con una idea nueva de ciudad: reducir en ella la segregación social, planificar su desarrollo con cuidado del ambiente, promover la participación de los excluidos y devolver al Estado el control de los servicios públicos.
Pero el de Petro es gobierno de minoría. La izquierda, el electorado independiente y un ingrediente de pueblo sumaron el tercio de la votación que le dio la victoria. Mas a poco, vistos los yerros de su gestión, lo abandonó el electorado contestatario de Bogotá. Repentismo, intemperancia verbal y la incuria extendida como norma de su Administración opacaron logros que a los oprimidos les vinieron como maná del cielo: agua gratuita, subsidio de transporte, avances en salud y educación. A la crisis de credibilidad se sumó la hostilidad de la prensa y del Concejo Distrital. Entonces le bajó a Petro su propio maná del cielo: la destitución, por mano de su archirrival político, el procurador Ordóñez.
Y maná fue: Petro convirtió la crisis en punto de inflexión política, y la resolvió en su favor. El atropello del procurador se le ofrecía como oportunidad providencial para virar hacia territorio exclusivo del pueblo llano. Con apenas funcionarios de la Alcaldía, miles de descamisados bogotanos coparon tres veces la Plaza de Bolívar para vitorear al líder que desde su balcón emulaba a Gaitán. Conforme multiplicaba saetas contra “las oligarquías”, fracturó el compacto respaldo de opinión y se quedó con el afecto de los pobres. Trocó la opción pluriclasista por la más retadora de los desheredados. Y cambió el discurso: no se trató ya de romper el apartheid social en un centro ampliado de ciudad, sino de escenificar la segregación allí donde más podía doler, pero donde faltaba todo para disolverla.
Hoy polariza Petro más con el síndrome de la lucha de clases que con un programa de cambio. Su voluntarismo izquierdizante seduce a los marginados; ceba las estridencias de la derecha, que lo considera un intruso; y lo divorcia de la izquierda ortodoxa, que lo tiene por hereje. Con su predilección por las ideas-fuerza y el exceso de confianza en su propia valía, tal vez nunca llegue Petro a sacrificar su hálito de héroe a la catadura, más moderna, del antihéroe.
por Cristina de la Torre | Dic 2, 2014 | Diciembre 2014, Mujer
Todos lo vimos en pantalla: el senador Roberto Gerlein, tenido por príncipe de las tinieblas machistas, se allanaba dulcemente a que la actriz Alejandra Borrero le pintara los labios de carmín, en pleno Capitolio Nacional. Rasgo de pundonor siempre ausente en sus diatribas de patriarca extemporáneo cuando de moral sexual se trata, el Mayor de la tribu parlamentaria se prestaba sin embargo al juego de símbolos que se proponía para expresar solidaridad con la Mujer y “el lado femenino del varón”. Como anticipación a esta sofisticada performance en país perdido en el trópico, otra actriz sorprendía desde Europa con su versión transgresora de feminismo.
Ni bigotuda ni terror del sexo masculino, la actriz Emma Watson, la frágil Hermione de Harry Potter, alza su voz en defensa de la mujer por un camino inesperado: convoca a los dos sexos por los derechos de la mujer. En discurso que la prensa del mundo desplegó el 25 de septiembre, la nueva embajadora de la ONU-Mujeres reivindicó el feminismo no como guerra contra los hombres sino como el movimiento que persigue derechos y oportunidades iguales para hombres y mujeres.
Desde niña –dijo–, empecé a cuestionarme sobre la igualdad de géneros. A mis 8 años me dijeron mandona por querer dirigir una obra de teatro; pero a ninguno de los niños que tomaron la misma iniciativa lo recriminaron. A los 14, cuando ya incursionaba en el cine, quisieron algunos medios tratarme como símbolo sexual. A los 15, mis amigas abandonaban el deporte para no parecer masculinas. A los 18, mis amigos varones no podían expresar sus sentimientos. Entonces me decidí por el feminismo. Watson reivindica como derechos el mismo pago por el trabajo que el de sus compañeros hombres, negarse al papel de simple objeto de deseo, decidir sobre el propio cuerpo y la maternidad, participar en política. “Creo merecer el mismo respeto que un hombre”. Dijo Watson sentirse privilegiada porque sus padres no la quisieron menos por ser niña. Ni sus maestros y directores de cine se lo hicieron sentir. Son ellos los “feministas inadvertidos” que nuestro mundo necesita.
La igualdad de género –apuntó Watson– no es cosa de mujeres, compete también a los hombres. “He visto a hombres jóvenes sufrir enfermedades mentales, incapaces de pedir ayuda por miedo a parecer menos hombres… he visto a hombres sentirse frágiles e inseguros frente al modelo de éxito masculino, porque tampoco los hombres gozan de igualdad”. Razón le sobra. En Inglaterra, en Colombia y en Cafarnaún son los varones los primeros en sentirse obligados a marchar a la guerra. Obligados a dominar, a proteger, a ser cabeza de familia, a ostentar fuerza física y control emocional. A ocultar la “vergüenza” de un pene pequeño. Les impone el medio un estereotipo de masculinidad cargado de privilegios que conducen a violentar a la mujer. Bajo mil modalidades que van desde el feminicidio, hasta la violación, el acoso, la invisibilización en el espacio público y la desigualdad laboral; y adquieren proporciones faraónicas.
Si cambia este paradigma de hombría, cambiará el no menos nefasto del eterno femenino. Cuando los hombres no necesiten la agresividad para hacerse aceptar –remata Watson– no se verán las mujeres obligadas a la sumisión. Si los hombres no necesitan controlar, las mujeres no tendrán por qué ser controladas. Tendrán ellos y ellas el mismo derecho a la fuerza y a la emoción. Presupuestos enderezados a romper estereotipos de género y a incorporar en la lucha contra la violencia hacia las mujeres nuevos contingentes cada día de hombres feministas. Acaso por pirueta del destino, en gracia al respeto que le prodigó a Alejandra Borrero, derive el propio senador Gerlein en feminista inadvertido.
por Cristina de la Torre | Nov 24, 2014 | Conflicto armado, La paz, Noviembre 2014
El júbilo que la captura del general Alzate desencadenó en filas del uribismo volvió a desnudar la inveterada vocación de guerra de esta derecha extrema. Montaje, o error militar, la gravedad del incidente prometía destruir de un solo golpe el proceso de paz. Abundaron en el Centro Democrático imprecaciones que relanzaban la divisa inicial de Óscar Iván Zuluaga de levantar la mesa de diálogo, no bien ganara él la presidencia. Álvaro Uribe llegó a responsabilizar a las Farc del asesinato de los 43 estudiantes mexicanos. Pero, lejos de volar en átomos la paz, el desenlace se precipitó en sorpresas. Una crecida ola de opinión censuró la que consideró alevosa reincidencia de esa guerrilla en el secuestro, ahora contra un general que ostentaba la majestad del Estado. Pero también alertó sobre la catástrofe que significaría otro medio siglo de guerra. Entonces las Farc ordenaron liberar al oficial en el acto y sin contraprestación.
A tan inesperada decisión le siguieron declaraciones de Pablo Catatumbo en RCN Radio para aludir a la caducidad de la lucha armada, reafirmar su compromiso con la paz y el propósito de firmarla en 2015. En cosa de días, cambiaban las Farc de medio a medio. Un abismo separaba estos pronunciamientos del temible juicio revolucionario que el bloque Iván Ríos insinuó de entrada contra el oficial; y de la tentación de forzar un cese bilateral del fuego. Cese improbable, porque sólo beneficiaría a la guerrilla, cuando la mesa contempla ya el desescalamiento del conflicto: desminar, parar la voladura de torres, devolver los niños de la guerra, medir bombardeos.
Mas la metamorfosis no se contrajo a las Farc. Matizando exigencias que reventarían el proceso porque implican rendición del grupo armado, el pasado jueves contemporizó Uribe con la idea de propiciar un cese el fuego unilateral concentrando a la guerrilla en una zona protegida por la Fuerza Pública. Viable, o no, importa aquí el cambio de actitud. Suceso notable que sugiere preguntas: ¿Es ésta una táctica para reconquistar simpatías sacrificadas a su cruzada contra la paz que casi todos anhelan? ¿Empieza Uribe a abandonar su referente en las Farc, que durante años le ha permitido definir su identidad política por antagonismo con la del enemigo? La invitación al diálogo del grupo armado al senador ¿será huera cortesía con el hombre que le dio nombre de Patria a la venganza contra aquellos a quienes responsabilizaba por la muerte de su padre?
También las Farc acoplaron su razón de ser al desafío bélico del entonces presidente, y del paramilitarismo que sumó sus motosierras a la contienda. Uribe y Farc se retroalimentaron. Y, librando guerra sucia, unos y otros pescaron entre el río revuelto del pueblo que ponía la mayor cota de muertos y abandonaba la tierra al usufructo de los beligerantes. Ambos fracasaron: ni las Farc pudieron tomarse el poder, ni consiguió Uribe derrotarlas. Y esta derrota recíproca rubrica el sinsentido de la guerra. Una guerra que sólo favorece a minorías selectas, experimentadas en técnicas de sabotaje a la paz.
Se ha dicho que el caso Alzate terminará por fortalecer el proceso de paz. Pues hacia allá marchan cambios impensables no hace mucho en los actores que deciden de la guerra y la paz. Si planificado el incidente del Chocó para dinamitar el proceso de La Habana, a sus autores les salió el tiro por la culata. Pero también a las Farc se les volverá bumerang si no multiplican hechos de paz, si en vez de medidas de fuerza no se ganan el beneplácito de la opinión. Si no transitan del militarismo a la política. Como parece intentarlo, por su parte, el expresidente Uribe, con sus amagos de participación en el proceso de marras.
por Cristina de la Torre | Nov 18, 2014 | Educación, Noviembre 2014, Proceso de paz
En su afán por malograr toda idea buena de ciudad, cree Petro eliminar el apartheid social de Bogotá sembrando enclaves de desplazados en el odiado norte. Sin precaver soluciones de empleo, transporte, educación y espacios de convivencia que aterricen el derecho a la ciudad en medios tangibles de integración social, el alcalde aborta ese anhelo en propuesta tan onerosa para los beneficiarios como para las finanzas de la capital. Por el valor de los terrenos, bien pudieran quintuplicarse esas viviendas en el centro ampliado de la ciudad, con todos los recursos a la mano. Que son la garantía de equidad. Pero no. La Alcaldía obra como si todo se cifrara en el ladrillo. Y, no contenta con ello, en el frente educativo se dispone a cortarle la financiación al Instituto Cerros del Sur, Ciudad Bolívar, un modelo de educación integral que tiende lazos hacia la comunidad y desarrolla en los alumnos sentido de pertenencia a su territorio. Ahora los reubicarán en megacolegios, moles de cemento a tres horas de bus, ida y regreso. Se sumarán al mar de receptores pasivos de datos sin ton ni son, sin horizonte para crear y soñar; para echar al vuelo la imaginación en respuesta a los retos de su entorno. Como si todo se cifrara en el ladrillo. Allá y acá, desdeña la construcción de comunidad.
Rompiendo el aula, no es el estudiante el referente único de este colegio; lo es también su medio. El Instituto liga el conocimiento a la acción solidaria y proyecta las materias del currículo a la realidad social. Cada profesor es a un tiempo jefe de área académica y líder de los proyectos que de allí derivan. De Sociales, verbigracia, se desprenden trabajos sobre vivienda, entorno, servicios públicos y convivencia, mediante asambleas comunitarias que se apropian de la vida pública. Parte medular del potencial artístico del estudiantado, insospechado en música, danza y teatro, se frustra por falta de recursos. En deportes, el profesor Giovanni Castro, director del área, logró enviar participantes a los Olímpicos de Londres y de Beijin.
Más que en acartonado formalismo, se pone el acento en la formación crítica del estudiante y se desarrolla en él sentido de responsabilidad con los problemas del país, en perspectiva de justicia y democracia. No es su finalidad alcanzar buen puntaje en el examen del Icfes –aunque lo logran- sino la calidad y el proyecto de vida de los niños. En lucha sin cuartel por preservar a sus muchachos de la violencia y el delito, merman los reclutados por las Farc, las Águilas Negras o el Bloque Capital. A lo cual contribuye la escuela nocturna del Instituto, educación para 400 adultos desplazados y reinsertados que los mismos profesores imparten en forma gratuita. Estirando el centavo y robando horas al sueño.
Para ninguno de los dos casos piensa Petro en el llamado tejido social, que es telaraña de comunidad sin la cual resulta imposible la convivencia. En el norte, porque levantar islotes de edificios no genera por sí solo integración social. Sin planificación, tal solución de vivienda podría segregar aún más a los ya segregados: los encerraría en nichos para “otros”. En Ciudad Bolívar, porque destruye la laboriosa construcción de comunidad desde el colegio Cerros del Sur. Más grave aun cuando se avecina la edificación de un país nuevo, que comienza con la reconstrucción de las comunidades tras la guerra. Como lo hacen ya las mujeres en Montes de María. Nada tan vergonzoso como la segmentación espacial de Bogotá por clases sociales. Nada tan democrático como atacarla. Pero nada tan irresponsable como confiar semejante empeño a la demagogia y la improvisación. O desmantelar los Cerros del Sur, un esforzado antídoto al conflicto y modelo para el posconflicto. Anda Petro descaminado.
por Cristina de la Torre | Nov 11, 2014 | Educación, Noviembre 2014
Pueda ser que le caiga la justicia a Mariano Alvear, dueño del sórdido negocio llamado Universidad San Martín; ya que, para solaz del ministerio de Salud, aquella hizo la vista gorda con Palacino, el escurridizo presidente de la EPS Saludcoop. Pues uno y otro se llenaron los bolsillos con dineros de la educación y la salud, pilares del servicio público sacrificados a la avaricia que navega sobre la más grosera mercantilización de los derechos fundamentales. La Contraloría probó que Saludcoop se apropió billones arrancados a fondos públicos del sistema de salud para invertirlos en negocios privados de sus dueños; pero el sector sigue bajo la enseña del paseo de la muerte. A Alvear se le imputa desviación masiva de matrículas que familias pagan con sacrificio por equipar a sus hijos para una vida mejor. Se espera que la valiente ministra de Educación no se conforme con una intervención de circunstancia en esta universidad y en otras 40 que tiene en la mira, si también sus dueños resultan mercaderes disfrazados de educadores. De 235 universidades privadas, sólo 20 acreditan elevada calidad.
Si diera Parody el paso en firme, eliminaría el síntoma más repelente de una educación superior librada al interés particular. Pero, de no inyectar a la vez nuevos recursos a la universidad pública, crecerá al apartheid educativo: buenas universidades privadas para los menos, y malas –de garaje y públicas desfallecientes– para las mayorías. Es que el modelo va matando por inanición a la universidad pública mientras privilegia a la privada. Con enriquecimiento lícito o ilícito de sus dueños. Acaso sigan reventando entonces purulencias como esta de la San Martín que, en vez de invertir el dinero de sus estudiantes en investigación, en laboratorios, bibliotecas y docentes pagados a derechas, les monta a sus dueños negocio de carnes y restaurantes.
Los Alvear crearon la distribuidora de carne Qualité, que ofrece “alta calidad… resultado de un riguroso proceso que va desde la genética y nutrición de los animales hasta el sacrificio, maduración y comercialización de los distintos cortes de carne”. Y abrieron la cadena de restaurantes Burguer Market. Para la Fiscalía, ellos habrían incurrido en captación ilegal de rentas, desviación de fondos y enriquecimiento ilícito. Además, la San Martín estafa a sus estudiantes con carreras no aprobadas. Paga mal a sus docentes y empleados y les birla las prestaciones sociales, según revelan docenas de demandas laborales en curso. Mas, entre empresas, apartamentos y depósitos en Aruba, la Fiscalía tasa en $100 mil millones el patrimonio de los Alvear.
De las 40 universidades investigadas, al menos 15 recibirían sanción similar a la de San Martín. A la Grancolombia se la investiga por creación de un fondo extra y por financiar en 2009 la campaña presidencial de su rector, José Galat. Silvia Gette, exrectora de la Autónoma del Caribe, habría incurrido en autopréstamos, compra de acciones en clubes sociales y transferencia de un millón de dólares al extranjero. A la manera de la integración vertical de las EPS, subcontratan estas universidades con empresas de los mismos propietarios, así que todo queda en casa.
Difícil alegar autonomía universitaria para justificar el enriquecimiento de sujetos que asumen la educación como un negocio más. Parody apunta a defender la educación como derecho fundamental y servicio público con función social. Enhorabuena. Aunque esta su primera incursión apenas toca la punta del iceberg de un modelo privatizador que acentúa las desigualdades, merece el aplauso de la sociedad. De momento, que den la cara los Gette, Galat, AlibAlvear y las otras 40 universidades que esconden alforjas sospechosas.
por Cristina de la Torre | Nov 3, 2014 | Actores del conflicto armado, Conflicto interno, Noviembre 2014, Proceso de paz
Por primera vez en su historia reconocen las Farc haber afectado a la población civil y se declaran dispuestas a asumir responsabilidad frente a sus víctimas. Brusco timonazo desde su discurso de hace dos años en Oslo, donde se reivindicaron como víctimas, hoy se reconocen victimarios. Paso trascendental hacia la paz, este pronunciamiento se suma a la presencia casi plena del estado mayor de las Farc en la mesa y a la conjunción de jefes militares de ambos bandos para acordar el cese definitivo de la confrontación. El proceso parece irreversible. Mas, temiendo una dura calificación de sus delitos contra civiles inermes, y penas inescapables, las Farc invocan “particularidades” del conflicto colombiano y la “juridicidad guerrillera”. Pero, ni el Marco Jurídico para la Paz ni el derecho internacional humanitario amnistían crímenes de lesa humanidad. Tampoco reconocer la existencia de conflicto armado en Colombia erige en Estado a esa guerrilla. Podrá su “juridicidad” darle un código interno de conducta, pero no la exime de la norma del Estado de derecho bajo cuya égida se ha negociado en La Habana. Ni podrán aceptarse como accidentes o excesos esporádicos de la guerra prácticas deliberadas y sistemáticas como el secuestro (26.800 le atribuyó Clara Rojas a ese grupo armado), minado de campos, reclutamiento de menores, ataques indiscriminados contra la población y desplazamiento.
En esto de querer blindarse contra los rigores de la justicia no andan solas las Farc. También se acorazan los militares con un estatuto que amplía su fuero hasta garantizar impunidad por delitos atroces cometidos o por cometer. Como el de falsos positivos. Más de 2.000 casos de uniformados sindicados de este delito se transferirían de la justicia ordinaria a la militar. A tribunales que juzgan con vara de “yo con yo”. Se favorecerían además crímenes de violencia sexual, trato inhumano y mutilación, terrorismo, tráfico de armas y concierto para delinquir. Aun si el concierto es con paras y se resuelve en tortura, desaparición forzada y narcotráfico. Blindados o no, acaso la comisión Histórica del conflicto permita identificar a los máximos responsables en todos los bandos de esta guerra.
A ese blanco apunta fallo que el Tribunal Superior de Bogotá acaba de proferir contra el jefe paramilitar Salvatore Mancuso. Se argumenta allí que el apoyo de miembros de la Fuerza Pública, entre otros, le permitió a aquel criminal asentar sus huestes en Norte de Santander. Que elementos de la Fiscalía, del DAS, de la Policía y el Ejército convirtieron ese apoyo en “política de Estado”. Mancuso declaró que “las AUC fueron apoyadas militarmente por la Fuerza Pública”, de la que recibieron ayuda, protección y armas. Que recibieron fondos de ganaderos, hacendados y aspirantes al Congreso y a las gobernaciones en la Costa Norte. El fallo aboga por juzgar en adelante a miembros de la Fuerza Pública, funcionarios del Estado, comerciantes y empresarios por los crímenes de paras contra civiles: si ellos formaban parte orgánica de esa estructura, resultarán igualmente responsables de los delitos cometidos por su ala militar.
Aquí el secuestro fue invento de las guerrillas, atrocidad que obró como palanca de polarización y escalamiento de la barbarie. De monstruosidades como descuartizamiento con motosierra dan cuenta los paramilitares, tantas veces a sabiendas de militares, empresarios y políticos. En la difícil búsqueda de un consenso mínimo de verdad, de equilibrio entre justicia y paz, mucho enseña la justicia transicional aplicada dondequiera se superó el conflicto. Como tratar con el mismo rasero a sindicados de ambas partes. Y siempre en vista del bien supremo: la paz.
por Cristina de la Torre | Oct 28, 2014 | Actores del conflicto armado, Conflicto armado, Octubre 2014
“La orden era matarlo sin hacer ruido. Le corté la yugular. No más”. Después el comandante le entregó una pala para que ella misma hiciera el hueco y lo enterrara. “Lo hice para demostrar que era capaz de matar”. Eran amigos. Ella, guerrillera iniciática de las Farc, tenía 17 años; él, 24. Era Karina. (Tomado de Maria Paula Ortiz, revista Don Juan). Terror de Caldas y Antioquia como comandante del Frente 47, la sola evocación de su paso por la guerra sobrecoge. Y muchos se indignan todavía de que el entonces presidente Uribe la nombrara gestora de paz en 2009. Como tantos otros repelen hoy la presencia del desalmado ‘Romaña’ en La Habana. Fue él artífice de los secuestros en masa que nutrieron la cifra escandalosa de los 24.482 perpetrados por las guerrillas en 40 años. Para el uribismo el hecho es bofetada a la sociedad y a su Ejército. Pero acaso lo que resiente es que la presencia de los comandantes militares de las Farc en la mesa prueba su unidad por la paz y acusa el abordaje decisivo del proceso. Si bien Uribe y Santos comparten disposición a conversar con actores de esta guerra degradada, no son simétricas las circunstancias. El proceso de hoy se da todas las formalidades y avanza con escrutinio de la comunidad internacional. La cooptación de Karina, en cambio, parece acto antojadizo, al azar, sólo para inducir deserciones en las Farc, pues no cuajaba el proceso formal de paz que Uribe perseguía. Y, mientras tanto, se estrechaba la vieja alianza del Estado con el paramilitarismo.
Los prontuarios de ‘Romaña’ y ‘Karina’ ofenden. Contra el sucesor de ‘Jojoy’ obran 70 expedientes por asesinato, secuestro, terrorismo, narcotráfico y presunta conexión con el cartel de Sinaloa. En 2002 ordenó ejecutar a los ancianos secuestrados Carmenza y Gerardo Angulo, porque la pareja no podía ya caminar por el monte. Por su parte, entre asesinatos, secuestros, desapariciones y desplazamientos forzados, ‘Karina’ reconoció 218 delitos. Se le acusa de asesinar por mano propia a camioneros en la vía Bogotá-Medellín; de ejecutar masacres en La Chinita, Churidó, Los Cunas y Carepa. Ordenó fusilar por la espalda al agrónomo Fidel Jaramillo cuando el joven supervisaba créditos del Banco Agrario entre campesinos. Era el hijo de Jaime Jaramillo Panesso, Comisionado Nacional de Reparación. En incursión de su guerrilla a Caldas, hizo quemar viva a una mujer, sólo por ser la esposa de un policía. Un juez la condenó a 33 años de prisión, pero gracias a la ley de Justicia y Paz, la pena se redujo a 8.
Tampoco exhibe Uribe suficiente rigor hacia otros actores del conflicto. El General Rito Alejo del Rio, brazo auxiliar del jefe paramilitar Carlos Castaño en Urabá, recibió todo su amparo y sus afectos. Aunque en informe de 1988 el Departamento de Estado de EEUU informó que generales como Del Río “tienen vínculos con paramilitares”. Pero Uribe le rindió homenaje que hizo historia, con asistencia de 1.500 prohombres de la política y los negocios. Exaltó al “pacificador de Urabá (…) ejemplo para los policías y soldados de Colombia”.
Ya los esfuerzos de Uribe por dialogar con Farc y Eln contradicen su publicitada repugnancia a tratar con “terroristas”. Ahora, el tenebroso rasero que hermana a ‘Karina’ –favorecida de Uribe– con ‘Romaña’ –negociador en el proceso que Santos apadrina, cuestiona los escrúpulos del senador hacia esta iniciativa de paz. Entonces, ¿a qué precipitar negros vaticinios sobre asuntos no tratados aún, o mentir sobre lo acordado? ¿Teme Uribe una reforma liberal del campo? ¿Teme que un horizonte de conflicto sin armas cambie la ecuación de la política en detrimento de la extrema derecha y del sector militar que ha deshonrado el uniforme tanto como ‘Romaña’ y ‘Karina’?
por Cristina de la Torre | Oct 21, 2014 | La paz, Narcotráfico, Octubre 2014, Uribismo
Ya se habrán dado por notificados: la pesada de los ganaderos, latifundistas de todo pedigrí, parte sustantiva del poder local, narcotraficantes y bacrim andarán apuntalando sus ejércitos antirrestitución de tierras. En la exaltada campaña por perpetuar una guerra que sólo premia a esos señores, el uribismo les espolea la beligerancia allí donde más duele. Dizque descubre en los acuerdos de La Habana un atentado contra la inmaculada propiedad privada en el campo, habida tan a menudo a bala. Sabe, cómo no, que desde hace 80 años la ley permite extinción de dominio sobre tierras inexplotadas; y, desde hace 20, su expropiación por razón de interés social o utilidad pública. Pero tergiversa. Apuesta a dinamitar la paz con el fantasma confiscatorio del comunismo. Más aún, cuando se indigna porque lo convenido “pone en riesgo la democracia” y excusa a las Farc por sus vínculos con el narcotráfico.
Vaya, vaya. Cuánto patriotismo, cuánta integridad moral, cuánto sentido del honor. Como si no hubiera sido el propio gobierno de Uribe el que puso esta democracia al borde del abismo, bajo la bota de un Estado policivo. Como si entonces no hubieran alcanzado el Estado y sus socios paramilitares cotas inéditas de terror contra la población civil, expulsión en masa del pequeño campesinado y su expropiación violenta comprendidas. Como si el 88% de las 6.000 denuncias por falsos positivos en los últimos 16 años no correspondiera a ese período de gobierno.
Acaso en los intentos de Uribe por dialogar con las guerrillas pesara tanto la voluntad de acercarse al enemigo como el imperativo de encubrir su prodigalidad con el paramilitarismo. La negociación de Ralito se brincó a las víctimas, elevó los crímenes de paras y narcos a categoría de delito político y fue irónico colofón de la sangrienta contrarreforma agraria que ellos ejecutaban. Asociada al Estado, esta fuerza exterminadora colonizó áreas cardinales del poder público y ocupó el 35% de las sillas del Congreso. Se reclamó bancada parlamentaria del uribismo y su mentor, lejos de desdeñarla, la abrazó. En alarde autoritario que entronizaba en Colombia la democracia plebiscitaria de Chávez y Fujimori, Uribe persiguió a la Corte Suprema de Justicia y la llamó instrumento del terrorismo. Doble era su propósito: primero, debilitar la independencia de poderes, que es prenda de democracia; segundo, desconceptuar al tribunal supremo que juzgaba a sus congresistas, 60 de los cuales cayeron en manos de la justicia.
Por lo visto, no le asiste al uribismo autoridad para erigirse en heraldo de la democracia y las buenas costumbres. Pero la temeraria oposición del expresidente a la paz mientras se conocen sus esfuerzos por negociarla con la insurgencia, suscita interrogantes. Férreo defensor de un modelo anacrónico para el campo, en la inminencia de una reforma rural, ¿apunta Uribe a dar alas al rearme pleno de la ultraderecha violenta si decidiera ella jugársela por sus tierras inexplotadas o malhabidas? ¿Se insubordina contra la ley vigente y quiere revivir la Violencia con que respondió el latifundismo a la Ley de Tierras de López Pumarejo? O bien, sabedor de que paz con fisuras no será paz, ¿estará reclamando espacio decisorio en el proceso de negociación? Conjetura plausible si se recuerda la generosidad de sus ofertas a las Farc: despeje militar, cese bilateral del fuego, negociación de paz y reforma que le permita a la guerrilla llegar al Congreso.
La disyuntiva sigue siendo dramática: guerra o paz.; y su pepa, la tierra. Un paso de gigante se habrá dado si el uribismo comprende que ya ni la guerra evitará una mínima redistribución de la propiedad en el campo. Que ya no es dable la república de la motosierra.