por Cristina de la Torre | Ago 5, 2014 | Agosto 2014, Mujer
No goza la mujer en la vida de García Márquez del protagonismo que el escritor les concede a sus Úrsulas y Pilarterneras en Cien Años de Soledad. Bastión de potencia moral en Macondo, aquí desciende ella a partícula invisibilizada, silenciada, anónima del género que desfallece bajo el poder del varón. O naufraga -¿será el caso?- bajo el torbellino de la gloria ajena, en la pasiva complacencia del amante y, acaso, en la de su compañera también. Uno y otra parecen allanarse a los designios de “la naturaleza” que a él lo exalta y a ella la desdibuja casi hasta desaparecer. Señora “doña Gaba” o “La Gabita”/ ¿quién eres tú?/ –indaga la socióloga Nora Segura- ¿tienes acaso un nombre?/ no adivino cómo puedo llamarte/ sin la sombra/ del árbol que te oculta/… sombra muda de aquel hombre… Artistas y legos a una, así responde nuestro país al dictado de una cultura entroncada en la Biblia que maldijo a la mujer –perdición de la humanidad- y la redujo a adminículo de Adán. Bajo esa égida subordina la sociedad a todas las Evas que sucedieron a la pecadora del Edén, convierte en inferioridad su diferencia biológica, y las violenta.
Dijo Natalia Sánchez, sicóloga de la Casa de la Mujer, que Colombia odia a sus mujeres: ha construido un símbolo de fémina que no se pertenece a sí misma sino a otro. A algún agresor que cree remediar sus inseguridades íntimas, también insufladas por el medio, ejerciendo como propietario de la vida física, sexual y afectiva de la mujer. En Colombia se asesina a cuatro de ellas cada día y cada media hora se agrede a una sexualmente.
Mas esta violencia no es sólo física. Lo es también moral y sicológica. Ya aludíamos en este espacio a la violencia moral y simbólica, sutil, difusa, antesala de la agresión física, que se ejerce minuto a minuto y destruye la estima de su víctima. Porque se construye sobre la ficción del “sexo débil” y sobre su recíproca, que cifra la virilidad en la disposición del varón a oprimir, humillar, golpear. Pero también a ocultar sus emociones, dizque por ser ellas cosa de mujeres. Violencia rudimentaria de una cultura edificada en la tiranía de un sexo sobre el otro y en la atrofia de la afectividad masculina. Violencia moral que se expresa a veces en menosprecio intelectual de la mujer, en silencio impuesto. Y entonces no se le oye a ella, no se le ve. Simplemente desaparece. O ésta coopta, por miedo, la mirada del agresor, y termina por aceptarse como estereotipo sexual o criada de su compañero. O como acompañante en la trastienda de una celebridad. ¿De un premio Nobel?
Pero otras salvan el abismo y descuellan en territorios que les fueron vedados. Y no por imitación del hombre, sino por despliegue natural –ese sí- de inteligencia, carácter y genio creador, atributos que florecen lo mismo en hombres y mujeres. Aunque muchos porfían en consagrar jerarquías de género y ocultan con celo todo mérito de la mujer. El columnista Ricardo Bada alude a lista de los diez genios de la humanidad en los últimos cinco siglos que una profesora de Stanford elaboró. Ni una mujer. Ana Cristina Restrepo protesta y evoca los nombres de Hipatia, Virginia Wolf, Hanna Arendt, Marie Curie. Y advierte: “sigan los hombres creyendo que el mundo gira en torno a ese eje imaginario que tienen entre las piernas”.
Falta, a gritos, una revolución cultural, educativa capaz de acoplarse al cambio social, que lanzó en masa a las mujeres hacia oficinas, fábricas, universidades; y las entronizó, par y pasu con los hombres, en letras de molde, laboratorios de ciencia y salas de arte. Falta, a gritos, mente abierta a la posibilidad de llamar a Mercedes Barcha “la Gabita”, y a Gabriel García Márquez, “el Mercedito”.
por Cristina de la Torre | Jul 29, 2014 | Educación, Julio 2014, Salud
Vergüenza. Luis Carlos Villegas, embajador en Washington, lejos de velar por los intereses de su país, oficia como recadero del Tío Sam ante el Gobierno de Colombia. Informa Pablo Correa en El Espectador que este funcionario transmitió al ministro de Salud “preocupaciones” de las farmacéuticas norteamericanas por nuestro decreto en ciernes sobre medicamentos biotecnológicos y la tácita amenaza de desarrollar aquí esa industria. Se atentaría, pues, contra intereses comerciales de extranjeros que Villegas asume, rodilla en tierra, como propios.
El hábito inveterado. Insolencia de multinacionales que aspiran a mantener precios de monopolio, astronómicos en medicamentos de marca cuya forma genérica ofrece el mismo principio activo pero su precio baja hasta una veinteava parte. Prepotencia gratuita del amo que prevalece por bloqueo de la industria de sus satélites. Y, ¡ay!, indignidad del diplomático que ostenta el cargo más obligante en el exterior y así hiere el honor de su país. Nadando contra la corriente de otros como India, Sudáfrica y Brasil que se sacuden el yugo y producen medicamentos genéricos de probada eficacia y calidad, a precio de huevo, o regalados a su gente. Medio de universalizar el acceso a ellos, que resulta vital en la democratización de la salud.
Tanto elevaron aquellas multinacionales los precios de sus productos, que a ellos sólo acceden los elegidos de la fortuna. Entre 2008 y 2011 invirtió Colombia casi 2.8 billones en sólo 48 medicamentos biotecnológicos, casi todos contra el cáncer. Y, con ayuda de las EPS, quebraron el Fosyga. Ahora el Gobierno apunta a abrir el mercado y, en aras de la competencia con genéricos, reducir precios. No será fácil. Según Alberto Bravo, presidente de Asinfar -gremio de los laboratorios nacionales- la Oficina Comercial de EE.UU. y la Embajada de ese país habían presionado ya en el pasado para cerrar toda posibilidad de competencia doméstica a los fármacos de sus empresas.
En su mensaje, también alerta Villegas contra el decreto que, según aquella Oficina, “promueve… la intención comercial (de crear) una agencia para el desarrollo de la manufactura de productos biológicos en Colombia”. Mientras tanto, la India ha montado una industria formidable de genéricos, contra el viento y la marea de las multinacionales farmacéuticas. Su Gobierno las presiona para que bajen precios, otorgando licencia a quien pueda fabricar el mismo medicamento pero a precios irrisorios y con idénticos estándares de calidad. Así impulsa la industria nacional de genéricos y favorece a los más pobres. El mismo objetivo persigue en Brasil la política pública de producción, distribución y venta de medicamentos genéricos. Resultado: éstos representan ya un tercio del mercado de fármacos en ese país. El Gobierno incentiva a la industria nacional de medicamentos y negocia con firmas extranjeras la transferencia de tecnología y los precios de importación de insumos.
Pero no basta con el control de precios. Siendo los genéricos de calidad óptima y muchísimo más baratos, debería el Estado, no sólo fomentar la competencia y la industria nacional de tales medicamentos, sino producirlos. Centralizar las compras y proteger el autoabastecimiento nacional de genéricos. Y multiplicar la inversión en ciencia y tecnología.
El decreto de la discordia es producto de un trabajo colectivo y responsable presidido por el ministro de Salud, con aportes inestimables de la Federación Médica Colombiana, Fundación Infarma, Fundación Misión Salud y la Conferencia Episcopal Colombiana. Para comenzar, a este Comité de Veeduría ciudadana tendrá que responder por sus actos el inefable Luis Carlos Villegas. Cuando levante la testa y la rodilla.
por Cristina de la Torre | Jul 22, 2014 | Régimen político, Uribismo
Si el recién creado partido uribista deriva en organización moderna y ejerce oposición creadora, será una contribución sustantiva a la democracia. Pero poco en su natural lo promete. El que se anuncia como partido de cuadros –de militantes informados y con carnet- probablemente expire antes de ver la luz, bajo la bota del caudillo cuya palabra es la ley. Su destino parece trazado ya por la pasión populista, proclive a la masa crédula que el nuevo partido seguirá cultivando en talleres democráticos como extensión de los eficacísimos consejos comunales del entonces Presidente Uribe y por medio de emisoras locales. Asambleas y arengas por radio que potencian el llamado Estado de opinión, matriz común a Uribe, Chávez y Fujimori. Tal vez por eso publicita el expresidente a su colectividad, no sólo como partido de cuadros, sino de opinión.
Por otra parte, tendrá el uribismo que buscar con lupa autoridad moral y política para librar sus debates como fuerza de oposición. Contra la mermelada, habiendo sido el uribato el experimento político más corrupto en la historia reciente de Colombia. Contra la supuesta impunidad que favorecería a las Farc, desde un uribismo que persiguió con saña a la Corte que juzgaba a su bancada de parapolíticos, favoreció como desmovilizados a miles de narcotraficantes que pasaron por autodefensas, y propició la fuga de dignatarios de su Gobierno reclamados por la justicia. Anuncia el senador uribista Alfredo Rangel la oposición de su partido a una “paz con impunidad… queremos que los responsables de los crímenes de la guerrilla paguen cárcel”. Mas Iván Cepeda, senador del Polo, hará debate “por la responsabilidad que le cabe a Uribe en el tema del paramilitarismo”; y otro, Claudia López, para que se defina cuáles expedientes del ahora senador deben pasar a la Corte Suprema. Cosa distinta podrán ser las iniciativas legislativas del Centro Democrático como gabinete en la sombra, por el rigor y la calidad del debate que cada contrapropuesta de gobierno exige.
Emulando a los partidos comunistas del siglo pasado, la nueva organización impone representación de mandato imperativo y disciplina de voto a su bancada parlamentaria. Pero ni el mandato ni el voto de los congresistas obedecen aquí a programa dictado por las bases del partido sino por un jefe todopoderoso. Sometido a disciplina rigurosa, ningún parlamentario del CD podrá votar por convicción propia, ni dialogar con ministro o agente de organismo de control sin visto bueno del partido-jefe. A la manera de todos los autoritarismos que en el mundo han sido. Será Uribe sol, norte y guante de hierro para ellos. Como lo ha sido desde el nacimiento del CD, en la convención que prefabricó la candidatura de Zuluaga y en la más reciente, donde se apoderó del micrófono y ofició de maestro de ceremonias durante cinco largas horas, en ejercicio redivivo de consejo comunal.
Personalismo obsesivo reorganizado sobre los poderes regionales más violentos y retardatarios que fueron bastión del uribismo. Así desvirtúa este líder carismático al partido y su programa que dijo fundar, lo reduce al humor de sus carnitas y sus huesitos. A su acomodaticio Estado de opinión, que se resuelve en adulación plebiscitaria de una celebridad que aspira a vivir siempre de la democracia del aplauso. Aunque merma en Colombia la audiencia de quienes entregan su libertad al anhelo de obedecer sin mirar a quién, y terminan por rendirse al poder único, tutelar, terrible de un demagogo, de un patriarca, de un tirano. De algún egócrata. Y en el trasfondo, como escribe Michels, “entre las ruinas del viejo mundo moral de las masas queda intacta la columna triunfal de la necesidad religiosa”.
por Cristina de la Torre | Jul 15, 2014 | Actores del conflicto armado, Julio 2014, Partidos
No sorprende: según el Barómetro de las Américas, Colombia es –después de Surinam- el más conservador entre 24 países. Pero sí alarma la mutación de conservadurismo en tolerancia de hechos que lindan con el crimen. En ninguna democracia madura se verían con tanta naturalidad fotografías de la parlamentaria uribista Maria Fernanda Cabal recibiendo jubilosa ágape en su honor de neonazis confesos. Ni habría tan copiosa votación por un expresidente cuyo gobierno registró más de cuatro mil asesinatos de inocentes presentados como “positivos” de la guerra, sin que aquel lamentara siquiera los hechos. Con todo, el triunfo de la paz en la última elección está introduciendo aires inesperados en la política. Primero, la probable caída del procurador Ordóñez, apasionado antagonista de la paz, presagia tiempos menos amables para la derecha ultramontana. Segundo, este conservadurismo rabioso acusa fisuras.
Rafael Guarín, señalado exponente del Centro Democrático, invita al uribismo a conciliar con Santos procedimientos de paz en vez de “atravesarse como una vaca muerta en la coyuntura”. Ya el candidato Zuluaga, plegándose a Marta Lucía Ramírez, había ablandado en el epílogo de la campaña sus críticas al proceso de La Habana; e invitado al Presidente a considerar la opinión de siete millones de electores que secundaban la suya. Casi al unísono lo desautorizaba Uribe, cabeza única, intocable del movimiento. Lo que en pluralismo pasaría por libre confrontación de ideas, aquí podrá interpretarse como afrenta al caudillo, como hachazo que abre grieta. En todo caso, al país le llega la imagen de una coalición de derecha que alberga desde el extremismo cavernario de la Mano Negra hasta el reformismo civilizatorio de un Juan Mario Laserna.
Porque una cosa es discrepar de las condiciones de negociación con las Farc, si mejorarlas aconsejara cesar el reclutamiento de niños, exigir mapas de terrenos minados, parar los atentados contra la población civil y exigir castigo para guerrilleros incursos en crímenes atroces. Otra, querer perpetuar por conveniencia propia la guerra ciega contra una imaginaria, inventada amenaza del castro-chavismo, cuando la guerrilla marxista más antigua del mundo acepta permutar sus armas por un programa reformista liberal.
Glosemos la columna de Guarín en Semana. Que Zuluaga y Santos tienen razón en plantear un punto de encuentro, escribe. Invita a Uribe y Zuluaga a dialogar con el Gobierno, toda vez que el entonces candidato se plegó a la fórmula de “paz negociada” y que el Presidente invitó a todos los demócratas, Zuluaga comprendido, a hacer causa común por la paz. Una paz pactada sin el concurso de las minorías, agrega, sería un espejismo. “El único seguro es un acuerdo político del que haga parte el Centro Democrático”, y el uribismo no debe rehuirlo; debe proponerle a Santos un pacto por la paz. “Me da pena con los extremistas de derecha, pero (si) el uribismo quiere ser alternativa de poder no se puede quedar atravesado como una vaca muerta en la coyuntura… Hay que jugar, o resignarse a que Santos y Timochenko redacten las reglas de la política para el próximo cuarto de siglo”.
Tampoco Santos lleva todas las de ganar. La paz demandará a un tiempo el concurso de su coalición de Gobierno, de la izquierda, del movimiento popular, de los conservadores demócratas y de Álvaro Uribe. Aunque Monseñor Luis Augusto Castro acusa a Uribe de guerrerista y lo invita a considerar que “se cogen más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”. Y este desafío de la paz podrá definir la encrucijada de la derecha: o se divide entre ubérrimos y republicanos, o da el salto hacia una coalición democrática que admita la discusión en su seno.
por Cristina de la Torre | Jun 24, 2014 | Junio 2014, Partidos, Uribismo
Le llegó a Santos el momento de las definiciones ineludibles. Entró en crisis su equilibrismo paralizante que, por dar gusto a todos, borra siempre con el codo cada letra escrita con la mano. Si se la jugó por acabar la guerra, tendrá ahora que apostar todos sus reales a las reformas que conducen a la paz. Se impone el diálogo con el uribismo, claro. Y tendrá que gobernar con los partidos de la Unidad Nacional, a los que habrá de comprometer con el cambio. No sacrificar a precio de Ñoño las reformas que las mayorías reclaman hoy por boca de la izquierda, del movimiento social, de vastos sectores de opinión. Fuerzas decisivas en la reelección, harán ellas sentir su peso político y electoral. Desde la independencia o desde la oposición creadora, procederán ya para defender los acuerdos de La Habana; ya para batallar por un estatuto de oposición; ya para impugnar el adefesio de la reforma tributaria en ciernes que, lejos de afectar a terratenientes y banqueros o gravar las rentas del capital, reducirá el impuesto al patrimonio y elevará el IVA.
Dato inesperado del nuevo cuadro político: nace la izquierda como fuerza decisoria. Como Frente Amplio por la Paz y en perspectiva de coalición electoral para los comicios regionales de 2015 y los presidenciales de 2018. Las organizaciones de izquierda apuntan, por fin, a convertirse en alternativa de poder. Marchan hacia un frente social y político, la mira puesta también en campesinos, indígenas, afros, trabajadores, mujeres y población LGBTI.
Al extremo derecho del escenario se dibuja el otro hecho extraordinario: por vez primera en casi un siglo un conservadurismo hirsuto preside la oposición. Porfía Uribe en protagonizar aquella oposición, en ser destinatario único de cualquier avenimiento con el poder, y gratuito beneficiario de los siete millones de votos que Zuluaga recibió. No bien reconoció gallardo este candidato el triunfo de su rival, lo desautorizó Uribe descalificando la elección. Y cuando se adivinó en Zuluaga disposición a conversar con Santos sobre la paz, corrió Uribe a nombrarlo presidente del Centro Democrático mientras se arrogaba la jefatura inapelable del movimiento. Tenía que cooptarlo antes de aquel desliz, que confinaría a Uribe por descarte en el corral solitario de sus odios y terrores.
Hasta razón tendrá. Tras la obsesión punitiva y vengativa contra las Farc parece agazaparse su propio pánico al castigo por crímenes semejantes a los prohijados por los jefes de la guerrilla. Según Noticias UNO, en la Comisión de Acusaciones de la Cámara cursan 276 demandas contra Uribe, 17 de ellas por vínculos con el paramilitarismo. Más allá de ajustes de procedimiento en los diálogos de paz que pudieran convenirse con la derecha, la pepa de un acuerdo posible apunta a la supervivencia de los jefes en ambos bandos. Los comandantes de las Farc esperan que no los maten. Y la contraparte podrá reivindicar trato simétrico de justicia transicional, con iguales prerrogativas judiciales y políticas para todos.
No se sabe si se perfila Zuluaga como mediador entre Santos y Uribe, o si, en tratándose de supervivencia, pretenda el expresidente capitalizar cualquier interlocución posible. El alcance transformador del posconflicto bien podrá encauzarse como lucha partidista y popular en el Congreso y en las calles. Ojalá no reincida Santos en sus ambivalencias y responda con valor a las exigencias de la hora. Que reconozca en la izquierda y el movimiento popular protagonistas de primer orden en la búsqueda de un país nuevo. Y en la ultraderecha, la oposición conservadora, interlocutor válido para alcanzar una paz sin fisuras. Es tiempo de desterrar ambigüedades y equilibrismos de patria boba.
por Cristina de la Torre | Jun 17, 2014 | Junio 2014, La paz, Proceso de paz, Sin categoría
En plebiscito clamoroso por la paz, una mayoría de colombianos ratificó su respaldo a un hito de nuestra política en décadas: la solución negociada del conflicto que avanza en La Habana. El reelegido Presidente Santos declara no reconocer enemigos y convoca a la unidad de todos alrededor de aquel propósito supremo, el de una paz justa, duradera, sin impunidad, que acometa las “profundas reformas” que el país demanda. Hace bien pues, por otra parte, siete millones de sufragantes preferirían la solución militar del conflicto, o bien, endurecer las negociaciones en Cuba. Hecho de bulto que ningún demócrata podrá ignorar. Con más veras si se trata de la paz, finalidad moral del Estado de derecho que prevalece sobre todo interés de persona o de partido, pues apunta a evitar más muerte y destrucción. El nuevo Gobierno deberá tender la mano al Centro Democrático, fuerza primera de oposición, crear instancias de participación para que pueda oírse su voz y la de todas las colectividades políticas, y conciliar sobre lo fundamental -dirían los ingleses. Podrá ser una mesa de diálogo y negociación pluripartidista. Sin lo cual un eventual acuerdo con las guerrillas estaría cojo, pues quedarían en la contraparte cabos sueltos de violencia.
También Clara López, candidata de la izquierda, reivindica la paz como política de Estado, de interés nacional, y ata el reconocimiento de la oposición a su participación en la confección de esa política. De donde desprende la propuesta de llevar a la mesa de La Habana no sólo al uribismo sino a la izquierda y a las organizaciones sociales. Lance que podría diluir el poder decisorio de la comisión del Gobierno -presidida con lujo de inteligencia y energía por Humberto de la Calle-, anarquizar las negociaciones de paz y liquidar todo lo logrado a la fecha.
Es que el presidente Santos es a la vez cabeza del Estado y jefe del Gobierno. En su iniciativa de paz traduce ya una decisión de Estado y, como Gobierno, la ejecuta. Además, lo pactado se someterá a referendo, de modo que puedan pronunciarse amigos y enemigos de los acuerdos de paz. Y, por si fuera poco, en el Congreso debatirán lo mismo Jorge Enrique Robledo y representantes del vetusto poder de los señores de la tierra… y de la guerra. Cosa distinta, aunque no menos eficaz, sería esta mesa multipartidista, cuyas deliberaciones tendrán que iluminar las negociaciones de La Habana. Y un complemento crucial, siempre postergado, será el estatuto de oposición. Sin garantías de igualdad para todos los partidos en la competencia política, la democracia es un decir. Así lo reclaman López, Ramírez, Zuluaga y Uribe, voceros señalados de los partidos de oposición en Colombia.
En su discurso de victoria, no ocultó el Presidente el talante reformista que animará su nuevo Gobierno, enderezado a “construir un país más justo e igualitario”, Paz con Justicia Social. Obligante ha de resultarle esta perspectiva, visto el aporte decisivo de izquierdas e independientes en la ratificación de su mandato. Y previsible también pues, no hipotecado ya a una segunda reelección, sin nada que perder y todo por ganar, podrá Santos salvar ambigüedades y vacilaciones para pasar a la historia como el reformador liberal que lo fueron sus ancestros. Aunque nada será fácil, a lo menos volverá el país a la deliberación libre entre ideologías y propuestas diferenciadas. Precondición ideal de democracia.
Si de edificar la paz se trata, el nuevo Santos tendrá que pasar de las palabras a los hechos: emprender las reformas que las elites colombianas le birlaron siempre a su pueblo, llámense reforma agraria, o salud como derecho ciudadano hoy convertido en negocio de EPS. Que se vea.
por Cristina de la Torre | Jun 3, 2014 | Junio 2014, Modelo Político
SÍ, la de este domingo no será una simple elección de Presidente; en ella se juega el país su suerte para las décadas venideras. Y no sólo la paz. También la democracia, el Estado de derecho y la posibilidad de avanzar en el posconflicto hacia una sociedad más justa y moderna. Se juega el modelo de país. Se decide entre seguir la guerra y regresar al régimen autoritario de Álvaro Uribe, ahora con ribetes de dictadura civil, o bien, se silencian los fusiles y se les abre una oportunidad a reformas largamente represadas, por cuya ausencia ocupa Colombia el segundo lugar del continente en desigualdad.
Ya se anticipan señales de lo que vendría si la suerte le sonríe al uribismo. José Obdulio Gaviria anuncia “juicio político criminal” contra el Presidente Santos. Por Hora 20 de Caracol se sabe que ejércitos anti restitución de tierras aceitan sus fierros contra los campesinos beneficiarios. La senadora Gómez, de aquel movimiento, anuncia que con el regreso del uribismo vendrá, “más temprano que tarde”, el fin de la prensa irresponsable. Y María Fernanda Cabal le pone a todo ello el colofón espiritual: “Agradecemos a Dios todopoderoso, al pueblo colombiano y al expresidente Uribe por no dejar caer la patria en manos del comunismo ateo. Amén”.
La radical polarización que proyectó esta campaña entre Santos y Uribe no es frivolidad. Desnuda una fractura de las elites que podría extenderse a la sociedad toda y poner en jaque a la democracia. Esta ruptura evoca la puja, a medias resuelta, entre el reformismo liberal de los años 30 y un conservadurismo a ultranza que bebió en la fuente del fascismo. Evoca también su desenlace en guerra civil, cuando al reformismo de López Pumarejo respondió la derecha con la Violencia. No sorprendería que la lid de medio siglo entre Estado e insurgencia derivara hoy en enfrentamiento entre hermanos.
Reprimida la llamada Revolución en Marcha, ahora parecen reanimarse puntales de aquella bifurcación ideológica de la política tradicional, en particular el de la tierra. Y van cristalizando, aún en los acuerdos de La Habana, de inconfundible cuño liberal. Intolerables para un hombre como Uribe, discípulo de Laureano Gómez, el conspicuo promotor de la Violencia, la espada en una mano, en la otra la cruz, para darle a la contienda impronta de guerra santa. Pero, además de encarnar la ideología de marras, funge Uribe como mentor esclarecido de la nueva Colombia que ha emergido al calor del narcotráfico. Protagonista de la crisis, potente motor de la guerra, la dinámica del narcotráfico es profundamente conservadora. Porque trafica con la muerte, se amanceba con los poderes más retardatarios, coopta sus valores autoritarios y lidera una contra reforma agraria a sangre y fuego.
Santos es el republicanismo liberal edificado sobre el clientelismo. Se aplica a la paz, reivindica a las víctimas, inicia la devolución de sus tierras. Pero su modelo económico desindustrializa y frustra el desarrollo. Su reforma tributaria es grosero tributo a los ricos. Santos es aleación de reformismo y neoliberalismo. Uribe encarna al viejo caudillo latinoamericano en clave populista. Inscribe su discurso en disyuntivas inapelables entre Dios-patria-guerra y comunismo terrorista. Encarna la alianza de terratenientes y poderes económicos del notablato regional. Y la nueva sociedad surgida del narcoparamilitarismo, con el que cogobernó.
Ya Colombia tuvo suficiente con la Violencia liberal-conservadora y con la guerra del último medio siglo. Es hora de acometer las reformas que vienen represadas, para que haya paz. Para que la disyuntiva jamás vuelva a platearse entre democracia y dictadura. Y el primer paso será votar por Santos, el personero de la paz.
por Cristina de la Torre | Jun 3, 2014 | Izquierda, Junio 2014, Partidos
Pueda ser que la historia no tenga que cobrarle un día a Jorge Enrique Robledo su ayuda por omisión a la extrema derecha que se propone frustrar la paz y volver al poder con todos sus fierros. Tras mucho forcejeo, el brillante senador consiguió que el Polo no respaldara al candidato de la paz y él invitó a la abstención o al voto en blanco. Es decir, al voto indirecto por Zuluaga. Todo, desde la engañosa defensa de una oposición inmaculada que no transige con ningún candidato de la derecha, llámese Santos o Zuluaga o Uribe, pues todos le parecen “hojas del mismo árbol”.
Y es engañosa porque transige, desde la izquierda, con la caverna, al favorecer sus posibilidades de triunfo. ¿O es que no calcula que en elección tan reñida los votos del Polo que él controla cuentan? ¿Creerá vender sus principios si respalda la paz por una vez en la persona de su mentor, cuando amenazan derrumbar el proceso de La Habana? Y no todo es coherencia. Ayer se opuso Robledo, con mística de cruzado y al lado del uribismo, a la ley de Víctimas y Restitución de Tierras. Hoy coloca a su persona por encima del derecho de los colombianos a la paz y a construir un país mejor. Saltar del barco no es acto de heroísmo, apunta Catalina Uribe.
Esta arrogancia rudimentaria de oposición blanco-o-negro, que no contempla matices ni circunstancias ni abismos, es la menos eficaz y creativa de las que medran en la democracia. Más aun, de la que pueda practicar una izquierda abierta a lo imprevisto, en sintonía con la gente, con vocación de poder y visión de mundo; no resignada a marchitarse en su pureza. Si de virginidad se trata -y si a ésta se le considera virtud, no hay mérito en la de la doncella que rehúye los avatares del amor. Y la doncella salta a escena cada tanto. Hoy, en el apreciable columnista Esteban Carlos Mejía, quien exalta al viejo candidato Jaime Piedrahita por atacar sin tregua al “imperialismo, fase superior del capitalismo” y que en 1978 sacó 27.059 votos. Pero este líder honesto y valiente “nunca se afligió por su magra votación. Era consecuente con sus ideales. Paradigma de oposición”. Piedrahita tendrá su conciencia tranquila y despertará admiración, una cara compensación existencial. Pero la realidad va por otro lado.
Toda la nueva izquierda de América Latina superó hace rato esta concepción de oposición. Y llegó al poder. La de Robledo sigue siendo anacronismo de Guerra Fría, como lo es la existencia de guerrillas marxistas en Colombia, y la de su recíproco uribista de la otra orilla, en perorata incesante contra el comunismo que lleva un cuarto de siglo sepultado bajo las piedras de Muro de Berlín. Otra es la búsqueda de Clara López de una nueva izquierda “democrática, moderada, con ganas de llegar al poder”. Su extraordinaria votación respondió, sin duda, a la distancia sideral que tomó ella frente a la ortodoxia del sector que tiraniza a su partido. Se sintonizó con el país y le triplicó la votación a un Polo que había quedado en cuidados intensivos en parlamentarias. Pero ahora le imponían el chantaje de la unidad, y el sacrificio de la paz.
Cuandoquiera que se intentó unidad de la izquierda o formación de un Frente Amplio Democrático, descolló la voz airada de Robledo: convergencia sólo habría por adscripción de todas las fuerzas al partido del senador. Así se malogró –y no sólo por acción suya, valga decirlo- la tercería de izquierda que pintaba como opción real para las elecciones de este año. Ahora renace la idea como Frente Amplio por la Paz, para cerrar la “fábrica de víctimas en Colombia”. Ojalá corrija Robledo su pifia pues, de ganar Zuluaga, no habrá paz ni Frente ni reformas, y el primer perseguido será el parlamentario de marras.
por Cristina de la Torre | May 27, 2014 | La paz, Mayo 2014, Proceso de paz
Paso decisivo hacia la paz, un acuerdo con las guerrillas en La Habana será, no obstante, la mitad de la faena. Si se quiere conjurar todo factor de violencia política y propiciar el advenimiento de un país más justo, será preciso acometer la segunda fase de la tarea: negociar con la ultraderecha, representada en el uribismo duro. Se habrá encarado así a los dos extremismos del conflicto armado. A las Farc, por un lado, trocada su infinita capacidad de daño (en particular con el secuestro) por el derecho de ingresar en la política. A la derecha impenitente, por el otro, a donde vinieron a parar narcotraficantes, paramilitares autores de masacres sin fin y sus aliados militares y políticos. Fuerza no menos perniciosa que las Farc, rebosa el uribismo indulgencia con el delito; pero su ascendiente en sectores considerables de la sociedad no siempre lleva esa impronta. De otro lado, sin el debilitamiento militar que su líder causó a la guerrilla, no estaría ella sentada a la mesa de diálogo.
Se empezaría por dar trato simétrico de justicia transicional a todos los actores de esta guerra: a guerrilleros, paramilitares y miembros de la Fuerza Pública, incursos en crímenes asociados al conflicto. Para no repetir la afrenta de favorecer a unos y a otros no. Como sucedió con el Palacio de Justicia, por cuyos excesos pagan cárcel oficiales del Ejército y ningún jefe del M19. Por lo que hace a reformas sociales y políticas, se impone respetar la movilización popular que las demanda, y garantizar la plural concurrencia de propuestas en el Congreso, escenario natural del proceso que da al cambio figura de ley.
Desde luego, si fuera el Centro Democrático el agraciado en segunda vuelta, resultaría superflua una negociación de “yo con yo”. Entonces deberá permitirse y responder con eficacia a la expresión libre, plena de partidos y movimientos sociales en procura del derecho a la paz, a la reconciliación, a la recuperación de la tierra arrebatada y la satisfacción de las víctimas, como lo dicta la ley. Al derecho de edificar una Colombia nueva. Cosecha que en otro escenario hubiera resultado de una mesa de diálogo con el uribismo. Y, en todo caso, entregar al pueblo la decisión última de la paz, pues ésta no podrá ser prerrogativa exclusiva de las minorías beligerantes.
El acuerdo de La Habana no concede amnistía general. Pero ofrecería elasticidad en ciertas penas, siempre al tenor del derecho internacional, con trato igual para todos los señores de la guerra. A muchos financiadores forzosos del paramilitarismo podría exonerárseles de culpa. Piensa Gustavo Duncan que en zonas azotadas por la guerrilla sólo se legitimaría el proceso de paz si las concesiones judiciales que se le den a la guerrilla se extienden a los ganaderos, empresarios, políticos y población civil víctimas de la guerra. No se trataría de legitimar a los paras o a las Farc, sino al proceso de paz.
Gane quien gane la Presidencia, sin una voluntad titánica de concertación que salve abismos entre elites, no podrá el elegido gobernar. Peor aún, podrá redoblarse esta guerra demencial, aupada desde la cumbre uribista por el odio, el revanchismo y la ciega determinación de prevalecer demoliendo las instituciones democráticas. Ya reaparecen síntomas de involución a un pasado reciente que parecía superado. El anónimo comentarista de una columna donde Andrés Hoyos le pide con argumentos a Zuluaga renunciar, escribe un libelo de vivas a Uribe, el “salvador de Colombia”, y remata: “que mueran todos los guerrilleros y asquerosos perros comunistas de la izquierda”. Es hora de diversificar el diálogo. De devolverles a los enemigos su noble condición de adversarios políticos.
por Cristina de la Torre | May 20, 2014 | La paz, Mayo 2014
Acuerdo trascendental: las Farc se comprometen a abandonar el narcotráfico y, con el Eln, decretan cese unilateral del fuego para elecciones; pero los cruzados de la guerra reaccionan destilando hiel contra el mandatario que logró la hazaña. Oscar Iván, el primero, en honor a su manguala con el hacker espía de la paz. Como se desprendería de video publicado por Semana donde aparece Zuluaga con su contratista trazando estrategias de campaña con información reservada de inteligencia militar sobre el proceso de La Habana. Espiando secretos de Estado, y no de pasadita incidental, como lo había dicho. El video causó estupor. Quedaba en evidencia el candidato del uribismo como miembro indiferenciado de aquella cofradía, célebre por su sangre fría para manipular, conspirar y mentir.
A este convenio histórico sobre drogas se suman los ya suscritos en reforma rural y ampliación de la democracia, para decirnos que el fin de la guerra no es ilusión sino puerto a la vista jamás vislumbrado en medio siglo. Que las reformas acordadas desbordan el interés exclusivo de las Farc, pues interpretan el anhelo general de justicia y equidad. Que son propuestas de sello liberal, antípoda de la rúbrica “castro-chavista” que la derecha ultramontana ha querido imprimirles, por ver de repetir uribato en la casa de Nari. Y no sólo con el fin de eternizar la guerra sino de revitalizar con nuevas cargas de odio y ultraconservadurismo los expedientes de aquel despotismo purulento. Anacrónico patriarca de estos trópicos, quiere Uribe reinstalarse en la silla de Bolívar para ridiculizar la democracia; perseguir a sable limpio, en nombre de Dios, a sus contradictores, a sus jueces, al pueblo si reclama lo suyo; y enriquecer a sus compadres con un capitalismo premoderno. Para perpetuar su idea de patria, cavernaria y violenta.
No es otra la contraoferta agazapada tras la leyenda negra que el uribismo ha tejido con esmero para demonizar los acuerdos de La Habana. Se desgañita diciendo que son una cloaca de impunidad, que en ellos abandona el comunista Santos al país en brazos de las Farc. Con tan frenéticas tergiversaciones busca también ahogar en ruido el prontuario del gran jefe que acumula 250 demandas. Y el probable de Zuluaga, por espionaje y traición a la patria. La verdad del proceso de paz es otra y sus detractores lo saben, pero se inventan la suya propia. Mienten por oficio.
En materia de drogas, habrá sustitución masiva de cultivos por planes integrales de desarrollo rural con participación de la comunidad; lucha redoblada contra las organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico y al lavado de activos; compromiso de las Farc de romper todo vínculo con el fenómeno, de contribuir al desminado de los campos; y enfoque de salud pública al consumo de drogas. El programa forma parte de la reforma rural acordada, enderezada a dar tierras recuperadas de la ilegalidad al campesino; a fortalecer su economía, articulándola con la agroindustria y los mercados. El acuerdo político amplía la democracia y la inscribe en un modelo de integración territorial. Aspira a romper el vínculo entre política y armas: que nadie recurra a las armas para defender sus ideas políticas, y que nadie lo mate por hacerlo.
La paz no es el demonio que la ultraderecha nos vende. Es la oportunidad para apalancar reformas elementales largamente represadas. Es la vocación de cualquier democracia sensata. Pueda ser que no triunfe la insensatez de reelegir a Uribe en la persona de Zuluaga –si porfía-, conspicuos animadores de la guerra. Acaso no les importe a ellos que ésta traiga otros 220 mil muertos. Al fin y al cabo no son sus hijos los que se juegan la vida en el frente de batalla.