LA SOMBRA DE LAUREANO

Unos, Uribe y sus amigos, encarnan a Laureano en la consigna “calumniad, calumniad, que de la calumnia algo ha de quedar”. El otro, Santos, comparte con ellos amigos impresentables como J.J. Rendón y Germán Chica, que al parecer reciben dinero de la mafia. Y ambos, Uribe y Santos, se disputan a dentelladas el favor del viejo PIN, tenido por fortín de la parapolítica. Pero en el fondo del fangal se juega una apuesta de dimensiones colosales: la guerra o la paz. Apunta el Presidente a cerrar un conflicto de medio siglo entre contendientes sanguinarios que se ensañaron en la población civil. Y el uribismo, a consolidar por las armas el ascenso de la Colombia que ha emergido mayormente al amparo del crimen, la ilegalidad y la violencia.

Con tan malas compañías –jotajotas, Musas, Pines- mina Santos la credibilidad de su emblema de paz. Por frivolidad y politiquería, da papaya. El Centro Democrático actúa en cadena y se la devora entera. El senador del Ubérrimo sindica al Presidente de recibirle a Rendón dos millones de dólares de la mafia. No aporta pruebas. Pero, maestro en propaganda negra, sabe que convulsiona así al país en vísperas de comicios. Fernando Londoño se explaya en sindicaciones de calado mayor. En su columna de El Tiempo, llama al Jefe de Estado truhán, delincuente,  le adjudica el propósito de matar a Álvaro Uribe y de asesinarlo a él. Tampoco éste presenta pruebas. Pero, familiarizado de cuna con el ideario y las formas de lucha de Laureano –falangista confeso- y de los rugientes Leopardos, facción filofascista del conservatismo, confía en agudizar así la conmoción en la opinión.

Conforme avanzaba la Revolución en Marcha de López Pumarejo –reformas agraria y tributaria, separación entre Iglesia y Estado, educación laica, promoción del sindicalismo-, escalaba el dirigente conservador, uno a uno, todos los peldaños que condujeron a la Violencia: del verbo intrépido a la acción intrépida y de ésta al atentado personal, hasta coronar en la guerra civil. Dizque para conjurar al demonio liberal, tronó el caudillo godo en 1940: “¡Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal… y haremos invivible la república!” Silvio Villegas remató: “Las masas desencantadas de la actividad democrática terminarán por buscar en métodos fascistas la reivindicación de los derechos conculcados”.

Tras ocho años de incitar con la palabra a la violencia y ahora, en la inminencia de una elección dramática de Presidente, Uribe y los suyos echan mano, sin medirse, de la calumnia y el insulto a la persona de sus adversarios. Paso que podría mover el gatillo de algún magnicida intrépido para perpetuar esta guerra sin retorno, paraíso de la república invivible.  Óscar Iván aporta su granito de arena. Engancha en su campaña a un Hacker fanático de la ultraderecha colérica, eficiente espía de las conversaciones de La Habana. Y todos a una propalan especies dantescas de aquel proceso, de fácil recibo en un país que odia más a las Farc que al narcotráfico, tan pródigo en irrigar dinero acá y allá, en empujar el ascenso social de legiones de colombianos hartos de pobreza y exclusión. Groseros embustes que buscan malograr la desactivación del conflicto, frustrar las reformas que el país anhela, y redoblar la guerra.

Advierte el fiscal Montealegre sobre una “guerra sucia de la ultraderecha colombiana contra la solución negociada del conflicto”, contra la democracia y el Estado de derecho. Como el nacionalsocialismo –agrega- que se gestó en grupos violentos entregados a desinformar y echar a rodar rumores falsos, así peligrosos grupos de neofascistas operan en Colombia, de la mano de agentes de la inteligencia militar, para sabotear la paz. La sombra de Lauareano.

CLARA LÓPEZ: NUEVOS AIRES

Ni revolución del proletariado, ni imperialismo yanqui, ni lucha de clases: nada en la terminología de Clara López designa o evoca a la izquierda ululante, confiscatoria que desapareció hace rato en medio continente y no se disipa en Colombia del todo. Pero la ponderación en la palabra no le impide a López distinguirse como la única candidata que apunta al cambio de modelo económico y social. Y su tono no parece ser cosa formal. No va ella en pos del castro-chavismo –como lo insinuó algún orate del uribismo. De su crítica sin atenuantes al estatus quo adobada con ocasionales referencias al humanista Gandhi, al arrepentido Stiglitz, a Carlos Lleras, mentor del modelo cepalino en Colombia, se infiere la búsqueda de nuevos aires.

 Mucho sugiere que el suyo es un modelo de transformaciones de fondo matizado con elementos entresacados al experimento socialdemocrático del Estado promotor del desarrollo en la América Latina de los años 60. Tal como se dibuja hoy en el perfil de su nueva izquierda, con Brasil, Uruguay y Chile a la cabeza. En la región saltó esta fuerza de la insurrección a la elección y al frente amplio democrático. Pero bebió también del alzamiento popular contra la aplanadora del ajuste neoliberal. López propende, como aquella, al pleno empleo mediante la industrialización y el desarrollo en el campo, puesta la mira en la justicia social y en una radical disminución de las desigualdades. Con respeto a la propiedad privada. Con restitución al Estado de su función redistributiva, y su iniciativa para orientar la economía y regularla.

 Según ella, el modelo económico que nos impusieron por la puerta de atrás de la Carta del 91, acentuado por 35 reformas posteriores,  fracasó rotundamente. Fue la negación de un admirable catálogo de derechos. Su producto más vergonzoso, el desempleo, que el Gobierno no consigue ocultar inflando estadísticas con desempleados a los que considera ocupados si trabajan desde una hora a la semana. López convoca a todas las fuerzas sociales y productivas, a empresarios y trabajadores, a la brega por el pleno empleo. El motor del desarrollo –dice- es el aparato productivo nacional.

 De donde propone renegociar los TLC, porque éstos someten los productos colombianos a una competencia demoledora que liquida la industria nacional y nuestro aparato productivo, cuyo eje es el agro. “Si se aprueba el TLC con Corea –advierte- se quiebra la industria automotriz colombiana (…) al país le costará 200 mil empleos. Las empresas del sector han empezado a licenciar trabajadores, porque con los TLC resulta más barato importar los vehículos que producirlos”. Dicho y hecho: hace cinco días cerró la Compañía Colombiana Automotriz y la Mazda emigró a México.

 Para López, no habrá paz sin atacar las causas de la guerra. Preciso será frenar los modelos que restringen el progreso de las personas y producen desigualdad e inequidad, con una política industrial en defensa del aparato productivo del empresariado nacional; y una política rural consistente que garantice la seguridad alimentaria, la soberanía del trabajador del campo y su competitividad.

 Nota discordante en el abanico de candidatos porque armoniza con el sentir de tantos colombianos que se sienten burlados por la clase política, Clara López sorprende con una propuesta capaz de jalonar el desarrollo que gobiernos, importadores y banqueros enmochilaron hace décadas. Su iniciativa podría obrar como uno entre otros puntos de convergencia en la constitución de un Frente Amplio de izquierda, centro y fuerzas sociales que sea pivote político de las reformas de posconflicto. Votar por Clara será votar por el cambio que conduce a la paz.

PAPA NON-SANCTO

Maestro en espectáculo de masas –como su antecesor Juan Pablo Superstar-, con la ruidosa canonización de dos papas antagónicos pretende Bergoglio disolver agua en aceite. Meter en el mismo saco revolución y contrarrevolución. Como si existiera solución de continuidad entre un Juan XXIII que estremeció a la Iglesia con su activa opción por los pobres y la reacción rotunda de un Juan Pablo II que la liquidó con ímpetu de cruzado. Aunque algo indica que el papa quiere devolverle presencia a la Iglesia. Y nada más útil que evocar, si no la ruptura esencial que produjo el papa campesino y su expresión en el activismo cristiano de base y en la Teología de la Liberación, por lo menos la recuperación simbólica de aquella sublevación del espíritu evangélico.

 La santificación de Juan XXIII al lado de su contrario sugiere el intento de ostentar un justo medio que saque del ostracismo a la Iglesia pero sin renunciar a sus poderes tradicionales. Tal vez a ello obedezca la calculada ambivalencia de Bergoglio en su campaña de reconquista del rebaño. Del latinoamericano en particular, el más numeroso y apetecido. Si no el cambio, un gesto de readaptación a los tiempos cuando el regreso a la democracia en este continente cogió por el flanco de la izquierda. Aunque no dirá, como lo dijo Juan XXIII, que la Iglesia debía abandonar el gueto sin perder tiempo “tirándoles piedra a los comunistas”.

 Indigna, no obstante, la pretensión de Bergoglio de romper el gueto canonizando a un hombre como Wojtyla. Un papa que, en su manía ultraconservadora, desprotegió a sabiendas a monseñor Romero, obispo de El Salvador; y cuando un escuadrón de la muerte lo mató en plena misa de un disparo en el corazón, el pontífice miró para otro lado. Para el lado de la estrella polar, hasta terminar abrazado a Pinochet en un balcón de Santiago. Como abrazado se le vio, una y otra vez, a Marcial Maciel, obispo emblema de la pederastia atrincherada en la disciplina del silencio que el Vaticano impuso para cuidar, hipócrita, su imagen. Wojtyla abandonó a Romero, amado de su pueblo, y encubrió a Maciel, el miserable. Pregunta: ¿el perdón por estos pecadillos que con tanta largueza concede el papa a Juan Pablo se extiende a la iglesia argentina por su connivencia con el dictador Videla cuando el propio Bergoglio oficiaba como obispo de Buenos Aires?

 Si el propósito es revivir el Concilio Vaticano II que Juan XXIII promovió, ardua tarea le espera a Francisco. Porque aquello de modernizar la Iglesia y ponerla al servicio del cambio amenaza el oscurantismo y el autoritarismo de Roma. Anatema será convertir en práctica cotidiana la opción  por los pobres, y el principio que ata la salvación cristiana a la liberación económica, social y política de los oprimidos. Punto de inflexión histórico que la Conferencia Episcopal de Medellín remarcó en 1968. Pero la oposición del Vaticano desanduvo el camino. En cabeza de Juan Pablo, el Celam de Puebla declaró la contrarreforma en 1972. Desde entonces, todo fue persecución  contra los cristianos que trabajaban por la justicia social. Y, claro, contra las corrientes que en la Teología de la Liberación no vieron cómo disociar aquella práctica de su sentido político. Sentido inverso con el que Wojtyla impregnaba la suya.

 El gesto de Francisco podrá ser flor de un día. Contingentes   enormes de católicos desesperan de que este papa pase de las palabras a los hechos. De sonrisas benevolentes ante las cámaras a un timonazo que cuestione la raíz de la injusticia y la pobreza. Pero fracasará todo intento por resucitar la obra de Juan XXIII bajo la divisa de Juan Pablo II, su enemigo supremo. Por un camino seguirá el papa santo; por otro, el papa non-sancto.

DOMESTICAR EL ODIO

Las heridas que esta guerra ha abierto en el alma de millones de colombianos no ofrecen el rojo espectáculo del puñal hendido en la carne del sacrificado; pero pueden doler más. Son laceraciones infligidas por una violencia que arrebata los seres amados, humilla en el dolor, desarraiga, puede aniquilar la identidad y matar toda ilusión. Violencia sin pausa ni distingos que, en los apremios de la huída, les hurtó a padres, madres, hermanos, hijos hasta el tiempo para la tristeza. Pero todo se envolvió en silencio, en indiferencia o en aplauso a quienes desde la cima del poder permitieron que el deber anti-insurreccional del Estado derivara en masacre de un pueblo inerme. Y los insurrectos respondieron con moneda parecida.

En el sur del país, la tercera parte de la población sufre de angustia y depresión. En Montes de María, 90 por ciento de las víctimas padecen el mismo mal. El duelo de las víctimas se ha congelado en el tiempo, escribe la sicóloga y representante a la Cámara Ángela María Robledo. Aquel mutismo, aquel ocultamiento intencional de lo vivido terminaron por sumirlas en la melancolía, en la culpa absurda de sentirse sobrevivientes, en la rabia. Rabia humillada, rabia ansiosa, rabia triste. Rabia de quienes, desaparecida su familia, no pueden elaborar el duelo, reconocer la pérdida para volver a ser los mismos. De no encararse a derechas, tal sentimiento podría reeditarse en odio y venganza y potencia recargada para la barbarie, advierte Robledo. Las víctimas piden condiciones para elaborar el duelo, verdad, reparación y justicia: justicia retributiva, vecina del castigo; justicia restaurativa, vecina del perdón; justicia transicional, para pasar de la guerra a la paz.

 Datos de espanto trae el Informe Basta ya del Centro de Memoria Histórica: entre 1958 y 2012, 220.000 personas murieron a causa del conflicto, casi todas civiles. Hubo 1.982 masacres, 27.000 secuestros, casi 30.000 desaparecidos (el doble de las dictaduras latinoamericanas juntas), 6 millones de desplazados, 5 millones de víctimas, y medio millón de mujeres y menores sometidos a violencia sexual. Marta Nubia Bello, coordinadora del trabajo, explica que tantas vivencias de terror y de barbarie han provocado miedo, tristeza, angustia y alteraciones en las víctimas que comprometen la integridad de su ser. El sufrimiento no atendido por profesionales preparados para otra Colombia, puede derivar en locura o en suicidio. Y acota: “el fin del conflicto armado es una condición para que las víctimas puedan sentirse seguras y reconocidas; para que puedan hablar, elaborar sus duelos, reclamar y retomar los proyectos que los armados destruyeron”.

 Ángela Robledo, por su parte, apunta que el mal sufrido ha de inscribirse en la memoria colectiva “para darle una nueva oportunidad al porvenir”. Oportunidad rubricada por la paz. Pero no una paz de vencedores, sino una negociada desde la política, que asigne responsabilidades a todos por igual.  Reconciliación habrá cuando guerrilleros, paramilitares y uniformados sin honor reconozcan sus culpas y pidan perdón.  Cuando también los vengadores hagan lo propio. Éstos, que se presentan como justicieros inocentes, deberán reconocerse como víctimas trocadas a su vez en victimarios.

 ¿Comprenderán Uribe y sus candidatos confesos –Ramírez y Zuluaga- que su boicot al proceso de paz es un llamado a perpetuar esta guerra atroz? En la disyuntiva inescapable que se ha abierto entre la guerra y la paz, ¿asumirán ellos la responsabilidad política por otros 220 mil muertos y otros 5 millones de almas desgarradas, o bien, aceptarán que a la paz  se llega por el perdón, y que su camino es la domesticación del odio?

EDUCACIÓN, VIDA Y DESARROLLO

Inventor, prodigio en ciernes, Miguel Ángel Olea no sobrevivió al veneno que tomó para matar su frustración. Tras darle a Colombia el segundo lugar entre 70 países en concurso científico convocado por la NASA, sus maestros del colegio San Cayetano lo reprobaron por fallas de asistencia. En los últimos meses había faltado a clases sobre todo por actividades extracurriculares en las que, según su familia, participaba precisamente en representación del colegio. Pero allí primó la rigidez de la disciplina aplicada a rajatabla y terminó por sacrificar en el huevo el raro tesoro de una potencia creadora. Episodio alarmante de desprecio por el talento que, cultivado con inteligencia y con amor, sería el principio activo de lo que cualquier país civilizado considera educar: predisponer al deslumbramiento ante la vida y al goce del arte; desarrollar conocimiento, ciencia, creación para saltar hacia un país mejor. Pero Fecode, ocupada como vive en su grosera plañidera por más salarios y ventajas para el gremio, no se pronunciará. Dirá que el caso no le incumbe. Se sabe. Ni maestros ni clase dirigente entienden el sentido de la educación. Tampoco les importa. Mientras la de Colombia ocupa los últimos renglones en el mundo, Chile y Ecuador verbigracia apuntan al ideal alcanzado por otros que, como Corea, compartían no hace mucho con nosotros la retaguardia del desarrollo y hoy les disputan  a los más avanzados la corona.

 Ecuador se decide por una sociedad del conocimiento. Acaba de lanzar la universidad pública de Yachay que, inscrita en la política de ciencia, tecnología e innovación, busca cambiar la “matriz productiva” del país desde el conocimiento. El centro educativo será corazón de toda una ciudad proyectada para la ciencia y la aplicación de hallazgos de investigación. Con decisiones de este tenor que sorprenden a sus críticos, está Ecuador logrando a la vez crecimiento económico y reducción de la pobreza.

 Iván Montenegro llama la atención sobre el modelo de gestión de ciencia, tecnología e innovación en Chile. Con fines semejantes a los del Ecuador, este país creó en 2006 un Consejo Nacional de Innovación integrado por elementos del sector público, la academia y la empresa privada. Pero además creó una regalía sobre la renta gravable de las empresas mineras. Así, la explotación de recursos no renovables debe contribuir a la “acumulación de recursos renovables en la forma de conocimiento, ciencia e innovación”. Este fondo ha sido esencial para financiar investigación e innovación, estrechamente ligadas a las necesidades del sector productivo y de la sociedad. Bachelet conectará ahora esta política con la reforma educativa, que es divisa primera de su Gobierno.

 Siempre rezagada, no avanza Colombia hacia la producción de bienes sofisticados porque aquí no se produce nuevo conocimiento ni la educación desarrolla habilidades. El país se desindustrializa aceleradamente: hace 30 años, la industria representaba la cuarta parte del PIB; dentro de 5 años será sólo la décima parte. No se reconocen aquí la ciencia, la tecnología y la innovación como factores decisivos del desarrollo. Ni se sueña con aprovechar el emporio de riqueza biológica que somos para verter la biotecnología en una industria de punta.

 Pero nunca es tarde para dar el vuelco. Para enseñar a todos nuestros niños y jóvenes a leer, a escribir, a pensar, a criticar, a discutir, a conciliar, a imaginar, a crear, a formular problemas y proponer soluciones. Nunca es tarde para trazar una política agresiva de ciencia y tecnología en función del desarrollo. Urge que cualquiera de nuestros niños pueda llegar a ser un Miguel Ángel sin que deba morir en el intento.

NEOGOLPISMO

Cuando se ve la paz más cerca que nunca en medio siglo, una constituyente de Uribe y las Farc destruiría esta oportunidad irrepetible; peor aún, podría la ultraderecha soñar con trocar esa asamblea en instrumento del golpe de Estado que se estila hoy: el poder por asalto, guardando formas de legalidad. El poder que anhela Uribe para repetirse en él indefinidamente, cada vez más sometidos los poderes públicos a su égida personal y, derrotada toda idea de cambio, dar nuevas alas a la guerra. Y las Farc, ilusas, creyéndose con respaldo suficiente para neutralizar al contendor, se prestarían al juego marchando con los ojos vendados a liquidarlo todo. Primero, los acuerdos sudados en La Habana. La constituyente no sería entonces medio de refrendación de lo firmado sino escenario de nueva deliberación, librada ahora a lobos de la guerra para quienes dialogar y concertar es anatema. Como no sea dialogar y concertar y perdonar sin fórmula de juicio a los paramilitares.

 El uribismo es divisa política por antonomasia del nuevo país que emergió a la sombra del narcotráfico y sus ejércitos; de sus aliados en los partidos, en el notablato regional, en la Fuerza Pública. El haber gobernado con ellos ocho años menoscabó la legitimidad que hubiera asistido a la exitosa cruzada del entonces mandatario contra una guerrilla que sacrificaba sus ideales a la guerra sucia. La llamada seguridad democrática terminó al servicio de sórdidos núcleos de criminales. Como el DAS. Siendo política pública, derivó no obstante en aparato armado de la caverna contra la subversión, que lo eran todos: opositores, cortes que juzgaban a parapolíticos, sindicalistas y, claro, guerrilleros. Endosó el Estado su neutralidad al interés particular de fuerzas emergentes que se sintieron representadas en el propio Presidente. Éste recibió sus votos y los dejó cogobernar.

 El otro fundamentalista de la hipotética constituyente son las Farc. Ellas nacieron, es verdad, pidiendo la tierra que se le sigue negando al campesino, pidiendo reconocimiento político para los marginados y los perseguidos desde la Violencia y el Frente Nacional. Y hoy se allanan a negociar una salida política al conflicto. Enhorabuena. Mas la salida implica no sólo destapar verdades, orígenes y responsables del conflicto armado. Obliga también a las Farc a reconocer sus crímenes contra el pueblo al que dijeron defender y que las emparejan con el paramilitarismo.

 La menguada representación parlamentaria que el uribismo obtuvo el 9 de marzo lo moverá, sin duda, a buscar una constituyente de bolsillo. Y acaso a trocarla en medio para un proyecto autoritario que ya Laureano había intentado, por imitación del corporativismo fascista. Pero hoy el golpe de Estado convencional, sangriento, ha cedido el paso a la estocada que se camufla de legal y, en nombre de la democracia, se propone  instaurar un orden nuevo. Neogolpismo llama Juan Gabriel Tokatlián a esta modalidad de golpe “institucional” encabezado por civiles, que se ofrece como solución providencial a una crisis calificada de insufrible. Caos prefabricado por un uso intensivo de propaganda negra contra el régimen establecido. Hasta justificar la convocatoria de una constituyente.

 El escenario de ingreso al posconflicto no podrá ser esta constituyente de Uribe cortejada por las Farc. Porque no se convocará para suscribir acuerdos moderando antagonismos sino para prolongar el conflicto entre rivales que querrán dar, cada uno, su propio golpe de mano contra una democracia “tan precaria que bien cabe disolverla”. Pero saben que la norma vigente albergaría hasta el cambio más audaz. Tal vez por eso quisiera Uribe remplazarla por un estatuto de extrema derecha.

COLOMBIA, EL LUNAR

No sufrió nuestro país las dictaduras sanguinarias que menudearon en Suramérica; y, sin embargo, es el único de la región donde la izquierda no conquista el poder o lo determina con agendas que los gobiernos deben cooptar. También es Colombia todavía la meca del neoliberalismo, cuando casi todo el vecindario recogió esas velas y escogió otros caminos. Papel protagónico jugaron en este viraje las izquierdas. Templadas en los horrores de la dictadura y desafiadas por el modelo de Reagan y Thatcher, con el retorno a la democracia se adaptaron ellas a realidades inéditas, matizaron sus banderas y saltaron de la revolución a la reforma. Salvo en Venezuela, donde el despotismo asoma su fea cabeza. Y la izquierda colombiana, si dogmática y caudillista, puja no obstante por vencer el doble cerco que la asfixia.

 Por un lado, el de guerrillas que, creyéndose vanguardia excelsa de la revolución, desconceptuaron en su prepotencia a la izquierda legal; o quisieron asimilársela, con resultados nulos o irrisorios que la derecha magnificó o se inventó. Tendió así el otro cerco, de eficacia imponderable en un país conservatizado hasta la insania por demagogos expertos en manipular por el miedo. Miedo a los rojos, anacronismo de Guerra Fría. A todo sindicalista o campesino inconforme o ciudadano pensante o gay o militante de algún socialismo la caverna le ha tenido por guerrillero vestido de civil. Si no concurre a las misas del procurador, si no responde a los 72 parlamentarios reelegidos por el partido de Mancuso, sospeche usted. Y proceda como  la patria manda para conjurar al Enemigo Malo.

 Según Benjamín Arditi (Barditi@unam.mx) el giro a la izquierda en el subcontinente se comprueba en resultados electorales de esta fuerza, en su poder de iniciativa y en su capacidad para redefinir el núcleo de la ideología y la política. Ha pasado de la insurrección de los años 60 a las elecciones y a los frentes amplios que desbordan el solo componente popular. La nueva izquierda es la vieja izquierda que desfetichiza la economía de mercado, la lucha de clases, el imperialismo. En su lugar, habla de reconfiguración de bloques en el mundo; de órganos supranacionales cuyas decisiones aceptan los Estados.

 Apunta Arditi que cuando el Consenso de Washington se ofreció como modelo económico del conservadurismo, ya casi toda la izquierda parlamentaria aceptaba la necesidad de ajustar la política social a la estabilidad monetaria. Pero el posterior ablandamiento del arquetipo inicial obedeció a la avalancha de protestas en las calles y en las urnas contra las privatizaciones y la brutalidad de las políticas de choque. A poco, el repliegue intelectual y político de la ortodoxia neoliberal creó el espacio propicio al resurgimiento de la izquierda. Fuerza menos ligada hoy al marxismo, menos hostil a la propiedad privada y al mercado, conserva no obstante al Estado como instancia decisiva de regulación y redistribución. Tras el ocaso del neoliberalismo, triunfó como alternativa  en torno a la igualdad, la redistribución y la inclusión, sin abolir el capitalismo ni la ciudadanía liberal. Divisas que la derecha ha debido acatar.

 Mientras la izquierda latinoamericana ocupa el centro de la política, la nuestra no consigue zanjar sus dilemas existenciales ni integrarse al movimiento popular. Pero sabe que el fin del conflicto romperá la tenaza de las extremas que la ahogan. Que podrá entonces aplicarse a la edificación de un país nuevo. Como lo hicieron sus parientas del vecindario, no bien se desplomó el militarismo de los generales que se hicieron a tiros con el poder; y el de los comandantes guerrilleros, desbordados hace ya tres décadas por el periclitar generalizado de la lucha armada.

SANTOS Y PETRO JUEGAN CON CANDELA

En Venezuela, el chavismo encarcela al opositor; en Colombia la derecha se engavilla y lo arroja al pavimento. Leopoldo López allá, Gustavo Petro acá, desde orillas opuestas termina la arbitrariedad por abrevar en la misma charca. A la búsqueda incierta de votos uribistas, es Santos quien asesta el golpe de gracia, y desconceptúa la democracia. Por congraciarse con el conservadurismo de camándula o de gatillo fácil, reaviva el presidente el imaginario (y el procedimiento) del autócrata que prevalece por golpe de mano contra el disidente. Evocación natural en esta Colombia de curas y mafias y elites glotonas, donde a casi todo se responde blandiendo crucifijos o a tiros o rompiéndole al otro la cara, marica. Porque destituir a un burgomaestre elegido por el pueblo, no por crímenes o corrupción sino por ineficiencia, es romperle la cara; como lo es decretarle muerte política porque, en su carrera sin freno hacia la Presidencia, necesita el inquisidor  desaparecer a sus rivales políticos. A éste, en particular, cuyas denuncias de corrupción en la capital le merecieron la elección; y su empeño en devolver al Estado el manejo de servicios públicos provocó la más fiera embestida de miembros de los partidos de gobierno que los monopolizaban o que pertenecieron al carrusel de la contratación.

 El golpe ampliaría la popularidad de Petro, si no aventurara él decisiones que la disuelven en el acto. Como aquella de sumarse al proyecto constituyente de las extremas, Uribe y Farc, sabiendo que estas asambleas se erigen por lo general en poder de facto, más arbitrario aún que la imperfecta democracia parlamentaria. El experimento de marras sólo podría arrojar reelección indefinida de la patria refundada en Ralito; borrón y cuenta nueva de todo lo acordado en la laboriosa puja de La Habana; descalabro del movimiento cuyo dirigente, por irresponsabilidad o megalomanía, se presume en igualdad de condiciones, y hasta indispensable, para negociar un “verdadero pacto de paz”. Igual que Uribe, deslegitima Petro al Congreso y declara que el voto no vale. Convierte en ilegitimidad las falencias de representación política. Claro, más de uno quisiera ver en tamaña deformación una invitación a clausurar el Congreso. Y le marcharía a toda prisa. Como marcharon tantos constituyentes de 1991 que, no contentos con haber cerrado el parlamento, quisieron prolongar aquella constituyente como cuerpo legislativo permanente. Ver para creer.

 Pero la acción de Santos le da alas a esta opción antidemocrática y pone en ascuas la paz, bien público supremo. Y no sólo porque siembra duda sobre eventuales garantías de igualdad política para reinsertados de la guerrilla, y para el medio país que protesta y disiente y crea partidos ajenos al establecimiento. También, y sobre todo, porque es acto brutal de exclusión de un movimiento político. Una puñalada al corazón de la democracia en cualquier país que se precie de tal.

 En sus hesitaciones electorales, Santos se decide por la derecha y sacrifica el apoyo de la izquierda que, en él, hubiera votado por la paz. Pero la reacción va por sus candidatos. Suponiendo que la destitución de Petro lo acercaba al uribismo, invitó a ese partido a hablar de paz, para recibir la negativa punzante del inmaculado José Obdulio. Lances de corto vuelo en un mandatario que lo ha arriesgado todo por terminar la guerra, gesta que demanda más valor que hacerla. No quiera él –ni el ofendido, Petro- levantarle nuevos obstáculos a la paz agrediendo a la ya frágil democracia. Si cupieran rectificaciones, no vendrían ellas de animar una constituyente uribista, ni de los esquivos votos de la caverna. No jugando con candela.

POLO-UP: PUJA EN LA UNIDAD

Feriaron su cuarto de hora: ciegos de vanidad, perorando catecismos, fascinados en la contemplación del propio ombligo, líderes de la izquierda malograron en un santiamén su convergencia en una tercería que pintaba, aún, para presidencia. Le cedieron todo el espacio al impredecible Peñalosa, que se alzó con dos millones de votos en la consulta verde y emulará en segunda vuelta al mismísimo Santos. Tras la debacle electoral de la izquierda, a desgana de Robledo y de Carlos Gaviria, formalizó la dirección del Polo coalición con la UP. Pero es una alianza tardía, como de consolación, entre ortodoxias irreductibles, cuando todas las circunstancias parecieron favorecer la integración de un frente amplio, no resignado a la oposición sin esperanza sino con vocación de poder. Por supuesto, a Clara López le sobran credenciales para aspirar a la primera magistratura. Y Aída Avella, coequipera, es heroína sobreviviente al exterminio de su partido, las banderas siempre en alto, aún en el exilio. Falta ver si al pacto con la UP –tan sugerente como retorno del hijo pródigo tras la expulsión de los comunistas por el Polo-  se allanan en los hechos Robledo y Gaviria, pivotes ideológicos de este partido.

 Dizque hubieran ellos preferido una alianza más amplia, aunque siempre condicionaron todo amago de unidad a la subordinación de los aliados al credo del Polo. Talanquera formidable, en política de alianzas Gaviria es tajante: los partidos que puedan compartir la propuesta política del Polo deberían adherírsele (El Tiempo, 3,11). A lo que Avella replica: “la construcción de un frente amplio no puede ser sólo en torno al Polo. La convocatoria no es para restarles autonomía a los demás”; y extiende el llamado a “todos los sectores progresistas del país”. Pero hablan aquí silencios interesados de parte y parte. No confiesa Gaviria que su candidato a fórmula de López, militante del Moir, fue derrotado en votación del Ejecutivo del Polo. Y Tampoco dice Avella si su liberalidad  rompe los confines de la Marcha Patriótica. En fotografía de El Espectador (3,16) figuran 9 congresistas del Polo y la Alianza Verde que acuden en defensa de Petro. Pero, sobre todo, para fraguar un frente amplio democrático que apunte a las reformas del posconflicto por la paz. No aparece en ella Robledo.

 En otros campos parece no haber duda. ¿Qué dirá el senador del Moir a las fervorosas invocaciones de paz de Avella, cuando aquel le profesa al proceso de La Habana desprecio comparable al de Uribe y lo sitúa, a su pesar, como aliado del Mesías con prontuario? Peca Robledo en materia grave, sólo porque la paz es iniciativa de Santos. Como pecó, acaso por idéntico motivo, cuando se opuso a dentelladas a la ley de víctimas y restitución de tierras.

 El momento propicio a una tercería de la izquierda ampliada vino con el estallido campesino; con el rechazo a la arbitrariedad del procurador que catapultó, por rebote, la imagen de Petro y, con ella, una deriva electoral prometedora para la izquierda; con la posibilidad de capitalizar el descontento de medio país ajeno a la polarización Santos-Uribe. Pero la izquierda  destruyó en el huevo esta oportunidad feliz. Divisionismo, indigencia propositiva, desgaste de un alcalde incapaz de rescatar su modelo de ciudad de entre las miserias de la ineptitud y la arrogancia. Por ahora, no será de izquierda la tercería. Será de Peñalosa, receptáculo de una hinchada variopinta que abarque desde brotes renacidos de ola verde, hasta conservadores y uribistas. Bloque desafecto a Santos, cuyas bases votan para presidente más libremente o inducidas  por politicastros que apuntan siempre al tren de la victoria, sea rojo, azul o verde.

DE REVOLCÓN EN REVOLCÓN

Primero fue César Gaviria: con ruidosa bienvenida al futuro –metáfora de progreso- anunciaba él hace 23 años el revolcón de la apertura como pasaporte a la modernidad y la abundancia. Pero su futuro se resolvió en opulencia de pocos, ruina de muchos y contramarcha al pasado. Sin política industrial previa, la apertura económica atrasó aún más el campo, desindustrializó el país y lo devolvió a la economía de enclave que prevaleció hace un siglo. La minería rentista no crea desarrollo ni da empleo. El turno es ahora para el ministro Lizarralde, que anuncia su revolcón en agricultura: promete, cómo no, desarrollo productivo, competitivo y sostenible para el sector. Se le concedería el beneficio de la duda, si no obraran tantos  hechos en contrario. Por ejemplo, la Alianza Pacífico (TLC a escala mayor) elimina las salvaguardias agropecuarias, último mecanismo de protección para el campo. Ya veremos llegar, sin aranceles y con sello mexicano, cárnicos de grandes firmas norteamericanas que montaron planta en el país azteca. Lo propio sucederá con la importación de autopartes, entre cientos de productos.

 Orgullo de Gaviria, la Constitución del 91 se cocinó al calor del retorno continental a la democracia. El proceso clausuró las dictaduras del Cono Sur, pero no el modelo de mercado que era su corolario económico y cuyo laboratorio fue el Chile de Pinochet. Por extensión de las anheladas libertades políticas, estalló también fiebre de libertad económica sin control. En Colombia, la secta neoliberal se sumó con sus tecnócratas al arquetipo bifronte: en política (aparte  la admirable ampliación de derechos), reemplazar la “partidocracia clientelista” por una democracia directa de ciudadanos limpios. Mas ésta derivó en democracia plebiscitaria, siempre funcional a la autocracia; en el Estado de Opinión de Uribe, mesiánico e infestado de malhechores. En economía, el modelo de mercado, con su apertura a la brava, sin una política industrial que le hubiera permitido al país integrarse a la economía del globo preservando los nichos de su desarrollo potencial. Como lo hicieron todos los países industriales,  Sudeste asiático incluido.

 Sostiene el analista Jaime Acosta (Razón Pública) que esta apertura sin política industrial ni de innovación nos mantiene al margen del avance económico del mundo. La nuestra es una industria rezagada, sin transformación productiva: no ofrece nuevos productos ni abre nuevos mercados. Porque no empuja la educación, la investigación y la innovación que cambiarían la estructura de la economía. Nos estancamos en la oferta de materias primas no elaboradas mientras importamos manufacturas de alto valor agregado. Y los TLC ahondan las asimetrías que nos subordinan al interés del socio mayor. Colombia firmó TLC a largo plazo, con su actual estructura productiva y no con la potencial que le aseguraba un futuro. Ahora habrá de buscar con lupa nichos de innovación para crear nuevas empresas, cuando ya la desgravación bloquea la producción de nuevos bienes. Con todos los espacios regalados, difícil avanzar. Según Acosta, seguiremos dependiendo del sector energético y de la economía ilegal.

  Mucho politicastro vive de ella. Como los 131 aspirantes al Congreso aliados de paras, narcos y contratistas venales. Pero reconforta el frente de candidatos que se la jugará por reinventar el país. Rodolfo Arango, Ángela Robledo, Germán Navas, Angélica Lozano, Guillermo Rivera, Humberto Molina…Si de revolcones se trata, dos podrían discutirse para compactar una estrategia de desarrollo: la reforma rural integral que la Misión Rural propondrá, producto de un gran acuerdo nacional que incluye los acuerdos de paz; y, a su lado, la industrialización.