por Cristina de la Torre | Mar 5, 2013 | Marzo 2013, Salud
Lapsus dolorido de Jaime Arias, no bien supo que a sus representadas, las EPS, se les derretía el negocio fabuloso de la intermediación financiera en salud. El Gobierno anunciaba la supresión de tal privilegio, para crear en su lugar un fondo único del Estado que centralizará la afiliación, el recaudo y la colocación directa de los recursos en clínicas y hospitales. El patetismo de Arias denuncia la envergadura del robo y el dolo que al amparo de la Ley 100 enriquecieron a un puñado de mercaderes y precipitaron la más aguda crisis del sector. Crisis por desatención a las mayorías, y por olímpica apropiación de los fondos de salud por EPS cuya deuda asfixia a los hospitales: hoy alcanza ésta los 6.3 billones de pesos. A la creación de Misalud se sumaría la de un plan universal de beneficios, la eliminación del Fosyga y la descentralización del sistema en redes territoriales de salud a cargo de alcaldes y gobernadores. Tras largas consultas con los gremios del sector, el gobierno de Santos coopta reformas que apuntan hacia un modelo de salud como derecho inalienable de todos y no como la guarida de carteristas que es hoy. Entre otros gremios, la Federación Colombiana de Medicina que lidera el facultativo Sergio Isaza habría coronado parte sustancial de su brega de 17 años contra la privatización de la salud y la corrupción que la rodea.
Si aquellos contactos inspiraron algunas de las propuestas iniciales del Gobierno, bien haría él en explorar también el proyecto de Ley estatutaria que regula el derecho fundamental a la salud y lo protege. En cabeza del senador Luís Carlos Avellaneda, éste acumula las iniciativas del sector y goza del apoyo de todos los partidos en el Congreso. Al tenor de la Corte Constitucional, concibe la salud como derecho fundamental de carácter público, universal y regido por criterios de rentabilidad social, no de lucro particular. El servicio abarca a todos, tengan o no cómo pagarlo. Prohíbe “cualquier tipo de intermediación financiera”; y señala al Estado como “exclusivo responsable y operador de su recaudo, administración y distribución”, mediante un fondo público de salud que nutre a las regiones. Como política social del Estado, la atención primaria se erige en eje de la salud pública, con criterio más preventivo que curativo. El proyecto contempla la elaboración de planes decenales de salud, con participación, veeduría y control de la ciudadanía. Como en Canadá, Inglaterra y Costa Rica, instituciones privadas sin ánimo de lucro podrán complementar el servicio de la red pública.
Ya se alza el coro de los que vaticinan el naufragio de Misalud en un mar de clientelismo y corrupción. Como si Saludcoop y sus compinches no fueran doctores en la materia. Isaza propone, no obstante, vigilancia rigurosa sobre el Fondo desde los organismos de control del Estado y desde la propia sociedad: que organizaciones de pacientes, hospitales, médicos y veedurías ciudadanas tengan asiento en su junta directiva. Pero estima que, en otros sentidos, la iniciativa del Gobierno perpetúa la estructura actual del sistema: primero, permite la innecesaria mediación administrativa de las EPS en las redes de salud; segundo, mantiene la posibilidad de la integración vertical de las EPS, vale decir, que éstas puedan contratar con sus propias clínicas. Yo con yo, para que todo siga en familia.
La reforma de salud que se avecina ha de ser real alternativa al modelo que la concibió como negocio, rubricado no hace mucho con el paseo de la muerte y el cierre masivo de hospitales públicos. Ojalá que por coquetearles a las EPS no borre el Gobierno con el codo la página memorable que acaba de escribir: la salud no se compra ni se vende. Ni se castra.
por Cristina de la Torre | Feb 25, 2013 | Febrero 2013, Iglesias
Pedofilia, corrupción, complots palaciegos son apenas el detonador de la crisis; su carga de profundidad, el destape de un conflicto latente entre fuerzas políticas que se baten en el seno de la Iglesia desde hace medio siglo y le atribuyen papeles opuestos al cuerpo de Cristo en la tierra. Una, busca sintonizarlo con el mundo de hoy encarando el problema social; otra, lo escamotea huyendo hacia la premodernidad. La fuerza más conservadora, que ha gobernado bajo la mitra de Wojtyla y Ratzinger, acusa crisis de autoridad y de credibilidad, por abandono del rebaño. Acallada su contraparte (la doctrina social de la Iglesia que Juan XXIII depuró en los 60) quedó el pueblo católico librado a la fatalidad de la pobreza, y convertida en delito de lesa divinidad su vida sexual y reproductiva. La renuncia de Benedicto empieza a desembozar este choque de corrientes políticas en la Iglesia, largamente silenciada con guante de hierro y armadura medieval. Dos lecturas del Evangelio, dos teologías que cristalizan en procesos políticos antagónicos.
Por un lado, la Teología de la Liberación desprendida del Concilio Vaticano II accede al poder en Brasil, al lado del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva. Del otro, la prepotente imposición de su poder por estos papas y su apasionada protección a sectas de extrema derecha como los Legionarios de Cristo, el Opus Dei y el Lefebvrismo. No ha mucho invitaba Ratzinger a los fieles a organizarse en partidos para hacer política “sin complejos de inferioridad”. Y convocaba el Vaticano a “una nueva generación de políticos dispuestos a combatir en favor de Cristo, contra el mundo y su príncipe diabólico”, el liberalismo. Discípulo amantísimo del lefebvrismo, nuestro Alejandro Ordóñez pinta como líder espiritual del partido que en Colombia se denomina Voto Católico y va por la “reconquista del Occidente descristianizado”.
En su Carta del 84 contra la Teología de la Liberación, atacaba Ratzinger la politización de la fe en clave de lucha de clases. La juzgó intolerable y herética porque negaba la estructura sacramental y jerárquica de la Iglesia y escindía su cuerpo en una vertiente “oficial” enemiga de otra “popular”. Acertaba. El teólogo brasileño Leonardo Boff reconoce orgulloso que aquella teología era interpretación libertaria y revolucionaria del Evangelio y había derivado en fuerza político-social. También en fuerza política convirtió Ratzinger su credo: guerreó a brazo partido contra quienes militaban con el Vaticano II que, vaya paradoja, había promovido él en su hora.
Avanza decidido el proyecto político de la ultraderecha católica. El padre José María Iraburu reivindica representación parlamentaria de los partidos católicos contra la “bestia liberal”: la del aborto, el divorcio, la eutanasia, la educación laicista. Propone resistencia armada contra los gobiernos sin Dios (así fueran elegidos por el pueblo) a la manera de las órdenes militares del medioevo. Su divisa, derrocar el Estado laico y restaurar el confesional. Pero vuelven a sonar las palabras de Juan XXIII: el lujo desenfrenado de unos pocos contrasta insolente con la extrema pobreza de la mayoría, y clama al cielo. Oscar Rodríguez, cardenal de Honduras, rescata sin miedo la doctrina social de la Iglesia: “tenemos el deber de anunciar la justicia y de denunciar la injusticia”. Cómo pregonar un dios de amor en un mundo plagado de miserables, pregunta. Cambio de tono para redefinir la acción evangelizadora y erradicar la hipocresía del Vaticano. La Iglesia es, de suyo, institución política, pues todos los días se juega el poder. Lo malo es no reconocerlo y perseguir a los contradictores que también hacen política.
por Cristina de la Torre | Feb 19, 2013 | Febrero 2013, Iglesias
Renovación no habrá. Menos aún si ya Ratzinger dejó montado el aparato del cónclave que designará a su sucesor. Con mucho, el nuevo papa moderará el encubrimiento de la jerarquía a la pederastia y su hostilidad hacia los jueces que vigilan el lavado de activos del banco Vaticano. Pero endurecerá la nuez de la crisis: el pensamiento único de la Iglesia, mentís del politburó de Roma al espíritu compasivo y libertario del Concilio Vaticano II. Lejos de reconocer la pluralidad de tendencias en el catolicismo –réplica de la pluralidad de los evangelios- Ratzinger se aferra a la fuente de su poder absoluto, el monolito inmutable. Siempre aplicado a depurar la Iglesia como institución dogmática, el llamado del papa a la unidad no persigue otra cosa que seguir purgándola de indeseables. De los que abogan por una iglesia para los pobres, o por el derecho a pensar con neurona propia sin quedar destripados bajo el rojo mocasín de Roma. Como ha sucedido con cientos de teólogos. Hans Kung, verbigracia, y nuestro padre Llano, castigado por señalar la dimensión humana de Jesús. Vergüenza para el superior de los jesuitas que le puso el bozal.
A sus guerras contra la Teología de la Liberación, contra el relativismo (según el cual la moral no es absoluta sino que depende de las circunstancias) y contra el “laicismo” (el Estado de derecho), Wojtyla y Ratzinger suman su negación violenta del derecho a protegerse del sida con condón, el de las mujeres al aborto terapéutico, el de los homosexuales a casarse entre sí, el de los enfermos a un buen morir. Arando sobre la dimensión pública de la moral privada, no ha mucho instó el papa a “hacer política sin timideces” con esas cadenas. El peso muerto de su dogmatismo hunde el barco de la Iglesia mientras la grey emigra. Al parecer, el brillo intelectual de este papa consistió en retroceder a las tinieblas del medioevo, meca de la derecha que desde hace cuarenta años volvió a mandar en Roma a baculazo limpio, sin ver que el mundo es otro y nuevos los anhelos de los fieles. Dígalo, si no, la rehabilitación del arzobispo Lefebvre, viejo defensor de Francisco Franco y del dictador argentino Videla, y mentor de la secta retrógrada que da cobijo a nuestro procurador Ordóñez.
Huele a demagogia la apelación de última hora de Benedicto al Vaticano II. La despótica imposición de sus arcaísmos a la Iglesia toda contradice el principio conciliar de unidad en la diversidad y de vuelta al Evangelio. Como lo contradice la persecución a la Teología de la Liberación, hija dilecta del concilio que hace medio siglo puso la mira en los desheredados. Miles de sacerdotes sufrieron sanciones, cárcel y, no pocos, la muerte, mientras dirigía Ratzinger el Santo Oficio de la Inquisición, entonces rebautizado Congregación para la Doctrina de la Fe. En El Salvador se alió el Vaticano con la dictadura sanguinaria que asesinó a monseñor Romero. Y en 1985, Ratzinger condenó al silencio al teólogo brasileño Leonardo Boff, figura cimera de la Teología de la Liberación en América Latina. En adelante, no podría volver a enseñar, predicar, escribir o hablar en público. Boff abandonó los hábitos, pero siguió en la iglesia de Jesús, “la de los pobres, enfermos y despreciados del poder”. Aunque desde el asesinato de Juan Pablo I en 1978 cayó en desgracia la proyección social del Evangelio, revivió el más ingrato oscurantismo y, en honor a la tradición de simonía del papado, los negocios del Vaticano fueron orgía sin barreras.
Nada augura cambios sustantivos. Una mayoría de cardenales afectos a Ratzinger prolongará la hegemonía de la derecha en el Vaticano. Y ya nada detendrá la desbandada de católicos hacia otra fe. Por ejemplo, hacia la Teología de la Liberación.
por Cristina de la Torre | Feb 12, 2013 | Educación, Enero 2013, Sin categoría
Tan imaginativos los estudiantes abrazando policías en sus nutridas manifestaciones de 2011, hoy se quedan cortos en su anteproyecto de reforma a la educación superior. Sólo atacan una de las dos causas de nuestro apartheid educativo: la cobertura, mas no la calidad. Reivindican gratuidad y financiación generosa del Estado a la universidad pública, con lo que se ensancharía la avenida de acceso a las aulas para los más pobres; pero nada dicen de la manera de enseñar, obsesionada en inyectar mares de datos inconexos, inútiles a la hora de identificar y resolver problemas, e inclinada a castrar la pasión creadora del muchacho.
Tal libertad parece alarmar a los maestros, que porfían en recriminar el espíritu crítico del estudiante, en enjaular su imaginación. Salvo en planteles privados exclusivos que ya incorporan elementos de una revolución pedagógica que irrumpe contra ortodoxias que sitúan a Colombia en los peores rangos de calidad de la educación en el mundo. Sabrán los líderes estudiantiles que ampliar la cobertura es apenas parte de la solución. La otra remite a la urgencia de formar ciudadanos capaces de responder con orgullo de sí mismos, de diseñar el desarrollo de su país, de inventar maneras de salvar el planeta. Y esto no se logra sino derribando la educación castradora que prevalece en Colombia. Pugnando porque nuestros jóvenes aprendan a aprender. Con fundamento en las ciencias, en las humanidades, en las artes pero, sobre todo, en su imaginación. Que aprendan a leer, a escribir, a observar, a pensar, a crear, a volar. A formular preguntas en vez de atesorar respuestas políticamente correctas. Entonces un mayor acceso a la universidad no significará simplemente democratización de la mediocridad, sino oportunidad para desarrollar una inteligencia activa y crítica.
En su libro Crear Innovadores (Editorial Norma), el norteamericano Tony Wagner propone revolucionar la educación: desarrollar el potencial creador del estudiante, la pasión y la intuición, el fuego de su imaginación. El nuevo método de enseñanza sacrifica el conocimiento petrificado a la insolente curiosidad del pupilo. Que es la misma del niño, cuya capacidad de asombro le permite lo mismo descubrir el mundo que reconfigurarlo a su manera, jugando. Convertida su pasión en un propósito, esta generación responderá a problemas nuevos, los del siglo XXI, trátese de salvar el planeta, de buscar vida sana o de reorientar una economía que esclaviza en el ideal utilitario y ahonda las desigualdades. Extravagancia, juego, trabajo en equipo, riesgo, empoderamiento de sí mismo y capacidad para enfrentar fracasos serán necesarios para inventar soluciones con los mínimos recursos. Es la hora de los iconoclastas creativos. Es hora de zamarrear la manera de educar.
Más conocido en el mundo que en su país, el científico colombiano Raúl Cuero fundó en Colombia centros de investigación científica para adolescentes que, con aquella filosofía, arrojan ya inventos en tren de patentarse en Estados Unidos. Como un sensor para detectar petróleo con un gramo de suelo y otro para detectar diabetes a temprana edad. Están produciendo la molécula de proteína del Alzheimer para ver de controlarla. Él mismo ha patentado más de 20 inventos y acumula galardones como el de mejor exalumno en toda la historia de la Universidad de Heildelberg. Cuero exalta la invención, que es creación de cosas nuevas, y sus presupuestos: cultivar el pensamiento universal y un sano eclecticismo; sentirse útil, más que importante, y saber que la creación deriva de la práctica. Vuelvan los estudiantes sus ojos hacia hombres como éste, promesa luminosa de que un día la educación no nos impida aprender.
por Cristina de la Torre | Ene 29, 2013 | Enero 2013, Modelo Político
Tal vez se atenta lo mismo contra la libertad de prensa en Colombia que en Venezuela o Ecuador. Si los gobiernos vecinos amordazan medios independientes y buscan monopolizar la información, aquí la liberalidad de la legislación de prensa es a menudo una ilusión. Más fuerza cobran prácticas que darían cartilla a cualquier déspota en ciernes: tentativas legislativas de la caverna para imponer censura; agresión de gobernantes contra periodistas que revelan las perfidias del poder; matoneo judicial que provoca autocensura para salvar el trabajo, la pauta o la vida; amenazas; y el asesinato, que en los últimos 13 años cobró la vida de 127 comunicadores. Esta violencia contra la libertad de expresión, que en democracias suscitaría escándalo y protesta, se resuelve aquí en gesto de tedio por el muerto de cada día que “se la buscó”. Sobre todo en provincia. 78% de periodistas del Pacífico, Valle y Antioquia dijeron a Cifras y Conceptos que la inseguridad obstruye su trabajo. Somos pueblo educado en el credo monocorde de curas y valentones y sabios de pacotilla, donde disentir llegó a ser crimen y, terrorismo, el informar o criticar.
Se ha matizado la atmósfera, si, como lo indica la suscripción de gobernadores a la trascendental Declaración de Chapultepec la semana pasada, en defensa de las libertades de información, de opinión y de crítica. Mas, por otro lado, el año pasado se frenó de milagro un proyecto de ley que desmontaba el derecho de acceso ciudadano a la información oficial, y su capacidad de vigilancia y control del poder público por este medio. Peligroso desliz de mentes torvas.
Ha inventariado Venezuela la clausura de 34 emisoras y del canal RCTV, y persecución contra Globovisión, El Nacional y La Prensa, en virtud de leyes que estrangulan la opinión política disidente. En Ecuador, el presidente demandó al diario El Universo por “calumnias injuriosas”. Sus directivos fueron sentenciados a tres años de cárcel y a pagar 40 millones de dólares. Comparable por la jerarquía de la fuente que así agrede a la opinión libre, magistrados de nuestra Corte Suprema de Justicia anunciaron denuncia penal contra la columnista Cecilia Orozco. No toleraban su crítica al relevo del magistrado Iván Velásquez, estrella del juicio a la parapolítica. Orozco ratificó que este cambio se orientaba a “favorecer un específico sector de la delincuencia”.
Ni hablar del virulento ataque del entonces presidente Uribe a Alejandro Santos, director de Semana, cuando éste le inquiriera sobre el escándalo del DAS que se ensañaba en periodistas, en jefes de la oposición y en la Corte que juzgaba la parapolítica. El país siguió atónito la escena por televisión, sabedor de que el verbo incendiario del presidente, capitán de “los buenos” en una guerra entre fanáticos, podría inducir a disparar contra cualquier recluta involuntario de “los malos”. Versión renovada del regenerador Núñez, Uribe no necesitaba expedir una “ley de los caballos” para silenciar periodistas y opositores con prisión, exilio y supresión de sus derechos políticos. Le bastaba seguir la tradición de un país de leyes donde prevalece, no obstante, la ley ejecutada por mano propia. Ya se trate de incendiar periódicos, de criminalizar la libre expresión del movimiento popular y la izquierda legal o de segar la vida del director de El Espectador.
Una opinión pública autónoma del poder es componente esencial de la democracia, y su medio de expresión es la prensa libre, plural, como plural es la sociedad. Negar la libertad de prensa dándole cariz legal a la censura (como en Venezuela) o matando periodistas (como en Colombia) es negar la democracia. ¿Cuál de los dos se acerca menos a la república bananera?
por Cristina de la Torre | Ene 22, 2013 | Enero 2013, Partidos
Se sacude nuestra precaria democracia: el horizonte de paz y su agenda de discusión en La Habana, y la borrascosa búsqueda de lo público en el gobierno de Bogotá, empiezan a devolverle a la política la fuerza de ideologías que aterrizan como propuestas diferenciadas de partidos. Este destape de intereses encontrados ablanda el tic de la manguala que nos legó el Frente Nacional y presiona un reordenamiento de fuerzas no ya apenas en función de las elecciones que se avecinan sino en perspectiva estratégica. Enhorabuena.
El reformismo de Santos defraudó; pero este presidente podría dejar dos monumentos para la historia: la paz y la restitución de tierras. Tras la brecha que separa a Uribe de Santos palpita la disyuntiva entre guerra y paz; ésta obra también en los prosélitos de ambos bandos y en la izquierda democrática. No sólo por su arrastre electoral en la coyuntura sino por las implicaciones de largo plazo que traerá en el posconflicto. En particular para el campo, escenario de la guerra y edén del uribismo duro. Un rápido paneo destaca aspirantes que se han lanzado al agua. Santos, el primero, cifra su reelección en la desactivación del conflicto armado. Por contrapartida, el uribismo foguea candidatos adversos al proceso de paz y, en la otra orilla de la oposición, la izquierda democrática se la juega ahora con Navarro Wolf.
José Félix Lafaurie, príncipe del feudalismo irredento que en Córdoba por ejemplo fue amigo de paramilitares, se proclama guardián de sus heredades, descalifica las conversaciones de paz y anuncia que va, con Uribe, por el poder. Miles de organizaciones agrarias piden los cambios que nunca fueron, y las Farc terminan por allanarse a su añosa bandera de lucha contra el latifundio improductivo y por reclamar revisión de los TLC. Ya se habla de refrendación popular de los acuerdos de paz.
Adminículo del procurador, Miguel Gómez desbroza el camino hacia la destitución de Petro que acaso Ordóñez prepare en abuso insólito de poder. Figura incontrastable de la derecha restaurada desde hace diez años, sabe Ordóñez que inhabilitar a Petro será remover un obstáculo enojoso en su carrera hacia la presidencia y lo cubrirá de gloria en la Colombia más conservadora. El resto será obra de su probada habilidad para reinar corrompiendo, y de su amenaza de “vigilar” el proceso de paz.
Antonio Navarro llega al relevo de un Petro que enfrenta la reacción mancomunada de la derecha y sus carteles de contratistas y que se precipita por la pendiente de sus propios errores. Miembro del trípode que selló la Constitución del 91, encarnación de guerrillas lealmente reintegradas a la legalidad, primer gobernador del país cuando lo fuera de Nariño, Navarro es la cara “civilizada” de una izquierda que madura a golpes. Y se perfila ahora como frente amplio de centro-izquierda, al modo del uruguayo, que registra ya dos presidentes en ese país. Respuesta al neoliberalismo, se propone este movimiento luchar contra la desigualdad, por la prevalencia de lo público, por una política económica sensata que revise los tratados de libre comercio, pues la revaluación termina postrando la industria y la agricultura y nos convierte en país importador. Este gobierno –dice- no combate la desigualdad. Prueba, la reforma tributaria que fue incapaz de gravar a los ricos, pues finalmente “Santos es un oligarca”.
De momento, Santos por la coalición en el poder disminuída, Lafaurie u Ordóñez por el uribismo y Navarro por el Frente Amplio se disputarán la presidencia. Y tres titanes –según Semana- se enfrentarán en el Congreso: Álvaro Uribe, Germán Vargas y Jorge Enrique Robledo. Votemos porque todos puedan exteriorizar sus diferencias sin morir en el intento. Que es la hora de cambiar balas por votos.
por Cristina de la Torre | Ene 15, 2013 | Educación, Enero 2012, Enero 2013, Iglesias, Mujer, Régimen político, Salud
No hay en la Iglesia unidad de doctrina moral sobre el aborto. En grosera simplificación del pensamiento católico, el procurador Ordóñez se arroga la vocería de todos los fieles y presenta como única su particular visión del problema: la invocación ultraconservadora de los Papas Pío XI y Pío XII, contraria a la de millones de bautizadas que, como “Católicas por el derecho a decidir” sobre el aborto, se ven hostilizadas por la corriente más reaccionaria que se ha impuesto a baculazos en la iglesia de Roma. Más atormentados por la vida de los no nacidos que por las legiones de nacidos que mueren todos los días de abandono, de hambre o de guerra santa, mentores suyos terminan en su dogmatismo por degradar a manipulación electoral este debate de filosofía moral.
La doctrina de la Iglesia prohíbe eliminar el feto, por ser –según ella- un humano inocente e indefenso, persona desde su concepción cuya vida le viene de Dios. Abortar es, pues, asesinar. Al extremo, la madre deberá sacrificar su derecho a la vida al derecho a la vida del feto. Aún en casos de violación, malformación del feto y peligro de muerte para la mujer. Como se observa en el sistemático boicot del aborto terapéutico que los extremistas ejercen en Colombia. Pero otra versión de la teología católica justifica el aborto en legítima defensa de la vida de la madre. Y comparte la teoría de que el feto sólo deviene persona cuando su sistema neurocerebral se ha desarrollado, no al momento de la concepción. Si la bellota no es todavía roble, tampoco el cigoto es persona. La Corte Interamericana de Derechos Humanos acaba de estipular que al embrión no le asisten aquellos derechos, pues ellos se concibieron para personas nacidas. Y el derecho a la vida se adquiere con el desarrollo del feto, cuando éste pasa de simple organismo vivo a persona humana y autónoma.
Decisión trascendental que remarca el choque de posiciones en el seno de la Iglesia. Por un lado, Pio XI no justifica el “asesinato directo del inocente” aunque comprometa la vida de la madre (Encíclica sobre el matrimonio cristino). Y en Carta a la Sociedad Católica de Comadronas, escribe Pío XII: El feto “recibe el derecho a la vida directamente de Dios. Por consiguiente, no existe hombre, ni autoridad humana, ni ciencia, ni indicación médica, eugenética, social, económica o moral que (permita disponer de la vida) de un inocente”. Por otro lado, el Catecismo Católico prohíbe matar a un inocente, pues la vida humana es sagrada, creación divina. Pero admite excepciones como la de la legítima defensa. Ya en este espacio citábamos el Artículo 2264 que consagra el amor a sí mismo como principio esencial de la moralidad, de donde se desprende el legítimo derecho de hacer respetar la vida propia. No es homicida el que por defender su vida se ve obligado a eliminar a su agresor. El Código de Derecho Canónico señala atenuantes para la persona que así actúa, si movida por el miedo o por necesidad o para evitar un perjuicio grave. No es la vida un absoluto que peda resolverse en blanco o negro. Para el caso del aborto, sólo cuenta la conciencia de la mujer.
La moral privada del aborto cobra dimensión social y de salud pública. De allí la importancia de la controversia ideológica. Manifestaciones al canto, el irresponsable recurso al aborto como medio de control natal. O, en el extremo opuesto, el sabotaje al aborto terapéutico que se resuelve en práctica clandestina y es causa de muerte de miles de mujeres acorraladas por la pobreza y la violencia. En el trasfondo, el pugilato entre posiciones encontradas a las cuales no escapa la Iglesia. Bien haría ella en reconocerlo, si aspira a sobrevivir como institución espiritual para un mundo de carne y hueso.
por Cristina de la Torre | Dic 23, 2012 | Diciembre 2012, Mujer
En carta publicada por El Espectador el 23 de diciembre, Ilva Myriam Hoyos, procuradora para Infancia, Familia y Mujer, expresa su malestar por el perfil que sobre ella escribí el 8 de diciembre, como una de las celebridades que despertaron este año el interés de la opinión nacional. Se siente ella estigmatizada en su fe católica, desdeñada en sus acciones como funcionaria pública y tergiversada en sus afirmaciones. Se queja de que insinúo como suyas cosas que no dijo. En punto al aborto, sobre la eventualidad de tener que escoger entre la vida de la madre y la del feto, la viceprocuradora aboga por defender la vida de los dos. Y así lo expresa la nota. Mas ésta no la exime en forma expresa de la extendida percepción de que en aquel dilema lleva la mujer las de perder. Rendidas disculpas por la omisión involuntaria.
Acaso lo que resienta ella sobre todo sea que esta semblanza no buscara exaltar un modelo de virtudes morales sino interpretar la idea –ambivalente- que amplios sectores de opinión se han formado sobre personaje tan controversial y cuyas ejecutorias son, de suyo, objeto de escrutinio público. En particular de mujeres por miles que, en uso de su derecho al aborto terapéutico, reciben el puño de hierro de esta Procuraduría. Segunda al mando en una institución que ha sacrificado territorios del Estado de derecho a un principio religioso, aquella política segrega, por añadidura, a los no católicos.
Como a todo ciudadano, también a ella la asiste el derecho de profesar una fe. O ninguna. Pero no el de burlar el Estado laico que nos rige, desde la instancia misma llamada a preservar el ordenamiento jurídico. Empeño en hacer prevalecer la ley divina sobre la civil mediante presión política disfrazada de defecto administrativo, como lo registró con estupor el país cuando la Curia, la Procuraduría y la cofradía Provida frustraron la creación de una Clínica de la Mujer en Medellín. O mediante insubordinación contra la orden constitucional de instruir sobre derechos sexuales y reproductivos. Como se sabe, esta acción sacudió a la opinión y provocó reconvención de la Corte contra ella, figura estelar del Ministerio público.
Bienvenido el debate sereno y pacífico que la doctora Hoyos convoca. Principie la Procuraduría por equiparse de benevolencia hacia las mujeres, primeras víctimas de la violencia moral que nos asfixia.
por Cristina de la Torre | Dic 18, 2012 | Diciembre 2012, Iglesias
Ave Fénix resucitada de las tumbas de Laureano Gómez y Francisco Franco, se forma en Colombia un partido confesional de nombre Voto Católico que responde al odio de Alejandro Ordóñez a la mujer (motivo aborto), a los homosexuales y a todo el que anhela un buen morir. Los cinco millones de firmas que un reducto fundamentalista de católicos dijo reunir para revertir la norma que autoriza el aborto terapéutico es acción abiertamente política de cruzados que, en voz de Ordóñez, abominan de la “ideología de género” y del “laicismo militante” que alimenta “la agresión a nuestras tradiciones cristianas”. En su ofensiva por la reconquista del Occidente descristianizado, rescatan de los socavones más oscuros de la Iglesia medieval fósiles de moral y de política que piden votos, en momentos en que las religiones cosechan en las carencias de la democracia liberal.
Nadie les niega su derecho a darse figura de partido. Pero alarma el integrismo que funde en una misma bandera la espada y la cruz. En esta Colombia cuya guerra de hoy reedita la pasión silvestre de aquella que el partido católico desencadenara a mediados del siglo pasado, planificada en directorios conservadores y animada desde los púlpitos por tonsurados que invitaban a matar a los enemigos de Cristo-Rey. Imagen de identidad entre poder terrenal y divino, que vuelve a agitarse por apelación del Vaticano a una “nueva generación de políticos dispuestos a combatir a favor de Cristo y contra el mundo y su príncipe diabólico”. Benedicto los anima a comprometerse en política “sin complejos de inferioridad”.
La página web de Voto Católico incorpora tratado del padre José María Iraburu sobre militancia de católicos contra la degradación moral que ha resultado de la perversión de la política. Sus más terribles manifestaciones, la legalización del aborto, de la eutanasia y el matrimonio igualitario, hechura de la “bestia liberal”. Hoy se agudiza –escribe- la batalla entre los hijos de la luz y los de las tinieblas secundados por el diablo. Como todos los gobiernos que prescinden de Dios son intrínsecamente perversos, se justifica la guerra contra ellos, la resistencia activa y armada. Para enfrentarlos, “el pueblo cristiano debe en conciencia levantarse en armas y echarse al monte”. En la mira el Estado confesional, Iraburu denosta de la modernidad, desde el Renacimiento y la Revolución Francesa hasta la “superstición diabólica” de la democracia liberal. Porque ésta niega que, aún donde el pueblo elige a sus gobernantes, el poder viene de Dios. El partido católico –puntualiza- respeta las leyes que no contradigan la ley divina. Por eso invita a desobedecer la del aborto. Y añora los tiempos en que santos lideraron las Cruzadas y las órdenes militares del Medioevo, “luz estimulante” para los católicos de hoy.
Fraseología militar que resultaría inofensiva si no hubiera encendido tantas guerras en la historia. Y en el siglo XX, con recurso al fascismo. Dígalo nuestro Laureano, prosélito de Franco que galvanizó en una y misma cosa a jefes conservadores y jerarcas de la Iglesia. En rebelión contra la ley civil que contrariaba la divina, llamó en 1940 (como Santo Tomás) a eliminar al tirano que en la Carta del 36 negaba a Dios como fuente de toda autoridad. Llamó a la guerra contra quienes atropellaban “la sacrosanta religión”, contra el “Estado impío y ateo”. Llamó a la acción intrépida y al atentado personal, a hacer invivible la república. Llamó a la guerra santa. Recurso pavoroso cuando a la fe se le suma el sentido inapelable del poder absoluto. Ojalá que Ordóñez, laureanista intérprete del partido católico que renace no propicie en su restauración del orden medieval otra guerra.
por Cristina de la Torre | Dic 11, 2012 | Diciembre 2012, Modelo Económico en Colombia
Ilusiones o mentiras, lo mismo da. La ruidosa fanfarria del Gobierno para hacernos creer que la inversión extranjera y las exportaciones convertirán a Colombia en potencia económica a la vuelta de la esquina no oculta el nubarrón que se agolpa sobre el horizonte; al contrario, será el sector externo el encargado de arrastrarnos al abismo. Así lo demuestra el economista Mauricio Cabrera en foro de la revista Semana y la universidad Sergio Arboleda sobre perspectivas de la economía colombiana para 2013. Resulta que importamos más de lo que exportamos y los extranjeros que invierten en Colombia se llevan más dinero del que traen, o le arrebatan los compradores colombianos a la industria nacional. De todo ello resulta un nuevo envión de desindustrialización, como asevera la ex ministra Marta Lucía Ramírez. Mientras tanto, la Junta Directiva del Banco de la República exhibe desde su olimpo los laureles del triunfo sobre la inflación. Victoria de pandereta, empotrada sobre el sacrificio del empleo de los colombianos.
Cabrera estima que el sector externo frenará el crecimiento. No sólo porque caigan los precios internacionales de materias primas y alimentos, sino porque las importaciones se han doblado mientras el volumen de exportaciones sigue estacionario. La balanza comercial registraba hace un año un déficit que equivale al 5% del PIB, uno de los mayores del mundo. Y la apertura, ahora potenciada al infinito con los TLC, acentúa la tendencia. Se ha cuadruplicado la inversión extranjera directa, pero las remesas de utilidades al exterior superan ese monto de inversión. En 2011 ingresaron 13 mil millones de dólares y se remesaron 14 mil en utilidades de las empresas foráneas. Los giros de dividendos son mayores que las regalías. Además, aquellas no crean empresas nuevas sino que compran las ya existentes y terminan colonizando el mercado nacional. A lo cual se suma la proporción creciente de productos importados que los colombianos compramos, gracias también a la revaluación del peso. Campeona mundial en revaluación, Colombia acusa este golpe letal sobre su industria y su agricultura.
Marta Lucía Ramírez advierte sobre la tendencia a la desindustrialización que ya registra el país. Y critica la ausencia de estrategia de desarrollo para el sector, que sería pilar de un crecimiento competitivo. Aboga por crear industrias de nueva generación, como producción de maquinaria y equipos para el sector minero-energético y empujar desde allí el desarrollo en otras industrias. Pero la locomotora de Ciencia y Tecnología no despega y la inversión con destino al aparato productivo es irrisoria. En viraje sorprendente desde su reivindicación de la industria desprotegida, barquilla a la deriva en el proceloso mar del libre comercio mundial, Ramírez no cree que los TLC puedan hoy favorecer las exportaciones de nuestras manufacturas, pues ya otros países coparon los mercados externos. La apertura indiscriminada del mercado, señala en Confidencial Colombia (9, 27), es inconveniente: mientras llenamos los requisitos de Corea para recibir nuestro café pasarán cinco años, durante los cuales nos inundará el socio de productos electrónicos y perderemos lo logrado en autopartes y ensamble de automóviles.
Se sabe que el exceso de importaciones y la apertura que las prohija mantienen baja la inflación pero destruyen el aparato productivo y el empleo del país. Sin locomotora industrial, jamás se revertirá la desindustrialización ni habrá desarrollo. Podrá el Gobierno seguir entonando los cantos de sirena de la década, pero el país tambalea en la cuerda floja. Y se pregunta si insistir en política tan absurda no configura traición a la patria.