HOLLANDE Y LA PAUTA ARGENTINA

Si el socialista Hollande,  hoy flamante presidente de Francia, intentara la mitad de lo que Argentina hizo en estos años, tal vez la economía europea experimentara un giro capaz de remontar la crisis que se cierne sobre el Viejo Continente. Humillada bajo el fardo de la austeridad que parecía destinado en exclusiva al Tercer Mundo, Europa se ve ahora hermanada con una América Latina que padeció hace cinco lustros la servidumbre de rigores parecidos. Crisis de la misma estirpe, en Argentina tumbó dos jefes de Estado y, en la Unión Europea, diez. Todo bajo el ala del mercado, para cobrarse a garrotazos la deuda de los países e imponer el paradigma neoliberal. Aquí, el Fondo Monetario Internacional y su Consenso de Washington; allá, el Banco Central Europeo (BCE) y su Pacto Fiscal de marzo pasado. Pacto que obligará a los 25 Estados firmantes a castigar el gasto social, salarios y pensiones; y lesionará soberanías, al punto de convertir a algunos de ellos en protectorados europeos.

Acolitada por el hoy derrotado Sarkozy, la canciller de Alemania, Ángela Merkel, se propuso menoscabar los Estados nacionales y eliminar cuanto quedara en ellos del modelo de bienestar. Eco le hace el presidente del BCE cuando afirma que “el modelo social europeo está muerto y quien dé marcha atrás en los recortes presupuestales provocará una sanción inmediata de los mercados” (The Wall Street Journal, 23,3,12, citado en Le Monde Diplomatique, mayo,12). El triunfo resonante de Hollande provocará, sin duda, un viraje en la política económica europea: éste renegociará el Pacto de marras, y enfrentará las medidas de choque que aplastan a la población con otras que promuevan el crecimiento, el empleo y eleven el ingreso de las gentes. Su acción se sentirá allende las fronteras de Francia.

Pero el ejemplo argentino servirá también. Súbdito aconductado  del Consenso de Washington, el entonces presidente Menem ejecutó con primor todas sus órdenes: privatizaciones, apertura económica y el dogma del equilibrio fiscal. Resultado: desempleo, más pobreza, más desigualdad. En 2002 alcanzó la crisis su clímax. El FMI “recomendó” austeridad, vale decir, reducir el gasto público y cercenar el crédito a las empresas. El país se desindustrializó. Recuerda Eduardo Sarmiento (El Espectador, 5,6) que  el gobierno argentino se atrevió entonces a irrespetar el modelo de mercado que hacía su agosto por doquier. A poco, la economía argentina crecía al 10% e importaba tanto como exportaba. Hoy restringe severamente importaciones y estimula el desarrollo de la industria propia. Renacionaliza empresas privatizadas en los 90. Acaba de expropiar con indemnización el 51% de la petrolera YPF, no en favor del Estado sino de empresas argentinas. Dijo la directora de la Cepal en CNN que ello se debió probablemente a que la multinacional no reinvertía allí sus utilidades. La misma Cepal registró una disminución espectacular del desempleo, la pobreza y la desigualdad en el último decenio en la Argentina. Para Sarmiento, ese país demuestra que “la intervención macroeconómica, el abandono del FMI, el control sobre el banco central, la prioridad industrial y la reversión de las privatizaciones conducen a un mejor perfil del desarrollo”. Pauta digna de considerar.

Hollande no es Mitterand, el otro socialista que ganó la presidencia de Francia en 1981. Éste debutó con un programa radical, pero debió  adaptarse a la línea media que prevaleció en Europa durante casi todo el siglo XX: una transacción entre socialismo y economía de mercado. Por ahí van también Argentina y Brasil y media América Latina. Lejos de la revolución, agencian cambios que no obstante hieren la entraña del capitalismo decimonónico. Acá y allá, libando mate o vino, van en pos del mismo fin: vuelta a la socialdemocracia.

MATONEO Y SUICIDIO

“Agobiado por las burlas de sus compañeros de curso”, un estudiante se lanzó en 2006 desde el cuarto piso del colegio Champagnat de Bogotá. Por esos días, otro escolar de 16 años, alumno del Liceo Francés, se arrojó al vacío en las Torres del Parque. Entre enero y mayo de ese año, 64 jóvenes se habían suicidado y en muchos de estos casos mediaba el matoneo. Según la Liga Colombiana contra el Suicidio, aquí 6 de cada 10 jóvenes ha pensado en quitarse la vida. En el otro flanco del fenómeno, acongoja así mismo la muerte de Alexander Larrahondo la semana pasada en Itagüí a causa de una golpiza que tres condiscípulos le propinaron, por haber defendido a una niña víctima de los mismos agresores. Medicina Legal atribuyó la muerte a una infección, pero médicos sostuvieron en El Tiempo y Caracol (4-27) que los golpes habían desencadenado la infección que finalmente produjo el deceso. Entonces, a la más cruda usanza de justicia por mano propia, “combos” (grupos armados) de la zona amenazaron de muerte a los menores responsables. Como si no bastara con balas perdidas y batallas campales y cilindros-bomba y minas antipersona, también el acoso escolar desaparece niños en Colombia: por homicidio o por suicidio inducido.

Matoneo es agresión sistemática –física o sicológica- de algún imitador del protomacho que ve en casa, en internet, en televisión o en el vecindario contra una víctima que, impotente, se hunde en pánico. Cubre todo el espectro que va desde la burla hasta el atropello físico y el sometimiento moral y extorsivo. En la adolescencia, cuando para el muchacho el reconocimiento de sus pares es cosa de vida o muerte, esta práctica puede sumirlo en la desesperación y destruir su existencia social. Pero el acosador no es menos infeliz. Procede por lo general de  un hogar del que sólo recibe desprecio y mano dura. Dicen los que saben que, teniéndose por poco, el victimario busca compensar sus carencias y frustraciones ensañándose en el más débil. Señala el afamado siquiatra Miguel de Zubiría que parece existir un nexo entre agredir a otros y agredirse a sí mismo; que de allí podría colegirse la conexión entre depresión y suicidio que “crece en nuestros jóvenes hasta el nivel de la epidemia” (El Espectador, 10-10).

Cadena de maltrato y violencia que, si bien se teje en todas partes, se nutre en Colombia de formas crudelísimas de guerra, tantas veces incorporadas como norma de conducta en todas las esferas del diario vivir. Según la Fiscalía, sólo entre 2006 y 2010 hubo 173.183 inocentes asesinados y 34.467 desaparecidos a manos de paramilitares. Un escándalo. Pero más abrumadora, la indiferencia con que el país registra el hecho. Le resulta “natural”. Natural y hasta heroica les pareció a muchos la apasionada defensa del un Presidente de la República al “buen muchacho” que había puesto en el DAS y resultó sindicado de asesinato. En sociedad tan enferma, natural le resultará a un niño hostilizar a su compañero, aún hasta eliminarlo o llevarlo al suicidio.

En Colombia el matoneo se salió de madre. A maestros y padres de familia y a la clase dirigente parece tenerles sin cuidado. Si se dicta en los colegios cátedra de educación sexual, si se instruye sobre el efecto nocivo de las drogas, ¿por qué no crear una cátedra de convivencia que desarrolle en el niño un sentido moral de respeto a sí mismo y a los demás? ¿Por qué no se vigila en los planteles el juego de los niños y el cumplimiento de sus reglas? ¿Por qué no se divulga la experiencia del colegio José María Carbonell de Cali, donde brigadas de los propios estudiantes median con éxito admirable en los conflictos entre compañeros?¿Hasta cuándo este mutismo frente a hechos tan brutales como que a uno de los agresores de Alexander, de diez años, ya en su barrio lo llamaban “el patrón”?

FLACA = LINDA = FELIZ

Desdeña su papel de primera dama del departamento de Antioquia. Prefiere batirse en primera línea de fuego contra las fuerzas que arrastran a miles de mujeres hasta el límite de su resistencia física y emocional, con la licencia que da el creerlas seres inferiores. Fue primero su campaña en 2008 –de hondo impacto en Medellín y registro en el extranjero- para rescatar a las jóvenes de un ideal de belleza cadavérica que los medios y la industria de la moda venden como paradigma de éxito y felicidad, pero que conduce a la anorexia y, en veces, a la muerte. La médica-siquiatra Lucrecia Ramírez no baja la guardia contra “la censura, los prejuicios, los poderes” de un medio tan hostil a la mujer. De una sociedad que concilia sin dolor el boyante negocio de la moda con la estética del narcotráfico –versado en fabricar y comprar el fenotipo anglosajón-, con la presión social que homogeniza la belleza y con las crueldades de un conservadurismo irreductible. Gimnasios, academias de modelaje, colegios, cirujanos plásticos, medios de comunicación, publicistas, industrias de alimentos y cosmética, ligas deportivas, la familia. Todo se confabula para deificar el modelo inapelable “flaquita = bonita = feliz”. Y, si no muere en el intento, la adolescente de hoy depositará mañana su fe en el Revertrex de alguna Grisales, menjurje que “esquiva la vejez”, cuya “prueba científica soy yo” –dirá la diva.

Coordinadora del Grupo Académico de Salud de las Mujeres de la Universidad de Antioquia, Ramírez dirigió una investigación que hizo historia. Evaluó el valor social de la delgadez extrema de la mujer, y la actitud frente a la prevención de la anorexbulimia, epidemia que erigió a Colombia en campeona de esta enfermedad en el mundo. La indagación comprobó que dos tercios de las adolescentes escolarizadas de Medellín corrían riesgo de trastorno alimentario. Un estudio adelantado en colegios de Bogotá concluyó que 10% de las estudiantes de bachillerato pesan hasta diez kilos menos de lo normal. Sólo consumen agua.

Para el grupo de científicas, la anorexbulimia es problema sicosocial que pesa sobre nueve mujeres de cada diez enfermos. Deriva de la presión que la publicidad, la economía y la cultura ejercen sobre las mujeres, hasta convertir su cuerpo en mercancía. El patrón de belleza delgada altera la conducta alimentaria de la adolescente, que deja de comer para hallar en aquel su identidad femenina. Todo se teje con la cantinela incesante que reza: ser flaca es ser mejor; más bella, más exitosa, más digna de amor. El dogma se impone como valor universal, imperativo, y deviene necesidad  vital de la adolescente que, temiendo ser excluida, cifra en él todas sus esperanzas de integración social y de amor.

El estudio de Ramírez y su equipo ofrece directrices para prevenir la anorexia y la bulimia. Sostiene que si se modera la presión social sobre la delgadez de las adolescentes, éstas aceptarán mejor sus cuerpos y se reducirán los trastornos alimentarios. Además, se abrirá paso un criterio democrático que acepte la diversidad –gorditas, flaquitas, rubias y morenas- y eduque en la equidad de sexos.

Producto de esta investigación fue una intensa campaña educativa que sacudió a Medellín. Y una red de prevención de la anorexbulimia enderezada a crear una contracorriente de opinión adversa a la tiranía de una estética inventada para servir al dinero, a costa de la salud y la vida de las mujeres. La enfermedad rompió los muros de consultorios y centros de salud mental, para convertirse en asunto de dominio público. Pero la batalla es larga y recia. Como duro es el mazo que se descarga sobre el género femenino en la católica y abnegada Medellín. Única ciudad que vio cerrar su Clínica de la Mujer, al vuelo de las sotanas y bajo el puño inquisitorial del Procurador Ordóñez.

SANTOS: ÁNGEL Y DEMONIO

Unas de cal y otras de arena. Tras cinco Cumbres anodinas, el presidente Santos sorprende al mundo al encarar la política antidrogas de Estados Unidos y su intransigencia frente a Cuba. Pero a la vez corteja al ultraconservador modelo neoliberal. Tenemos que ver –dijo- si lo que hacemos está bien o si hay alternativas más eficaces (que la guerra militar contra las drogas). Por otra parte, señaló que el embargo contra Cuba es “un anacronismo de la Guerra Fría”, y que otra cumbre de las Américas sin la isla será inaceptable. Anatema. Dos cargas de profundidad que contrastan con la predilección del Presidente por el modelo económico acunado en Washington en 1989, evidente en su  empeño por asegurar allí mismo el despegue del TLC: un tratado de adhesión a la potencia del Norte que frustra nuestra industrialización y nos ancla en una economía primaria. Aquellas audacias contrastan también con su repulsa a la candidatura del colombiano José Antonio Ocampo a la presidencia del Banco Mundial. Hombre de sobradas credenciales, el caleño era candidato de los países emergentes denominados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y ofreció reorientar el organismo en perspectiva social y democrática: en contravía del paradigma que impuso la libertad incontrolada de mercados, desmontó la regulación de la economía y suprimió las funciones sociales del Estado. Fue el Banco Mundial su instrumento supremo. Lo son por contera los TLC bilaterales entre tiburón y sardina, en asimetría dramática que se publicita como negocio entre iguales. Santos malogró la aspiración que por vez primera en 40 años prometía un viraje sustancial en el altar del poder financiero mundial.

En medio del debate, el Ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverri, se haría  eco de la religión aperturista en la Cumbre de Cartagena cuando previno contra “los proteccionismos que han anunciado grandes economías de la región”. Algún editorialista señalaría al “feo monstruo del proteccionismo”, que habría retornado elevando barreras en Brasil y Argentina. Felipe Calderón, Presidente de México, declararía que “el progreso sólo se logra con apertura y libertad económica”. Pero Dilma Rousseff, Primera  Mandataria del Brasil, adjudicó los quebrantos que fueron de la economía latinoamericana a “la relación asimétrica entre Norte y Sur”.

Basaba Ocampo el desarrollo exitoso sobre el trípode mercado, Estado y sociedad: sin mercado, se cae en la ineficiencia; sin Estado, en la inestabilidad y la injusticia; sin los actores sociales, las políticas carecen de legitimidad. El desarrollo ha de entenderse como un proceso persistente de cambio estructural –escribió (El Tiempo, 4-7). Su fin es el bienestar humano, ampliar el alcance de la libertad. “Y eso sólo puede lograrse con sistemas universales de educación, salud y protección social”. Más allá del asistencialismo. Para lograrlo, hay que incorporar los objetivos sociales a la política económica, cuyo eje ha de ser la creación de empleos dignos e instituciones para el bienestar. Donde reina la pobreza no puede haber equidad ni inclusión. Clara divisa de cambio para una América Latina que, según la CEPAL, alberga 170 millones de pobres, 70 de los cuales son indigentes. Es, además, la zona más desigual del mundo.

Dijo Santos sentir vergüenza de vivir en un continente tan inequitativo. Pero no será con tratados como el suscrito por Colombia como puedan enmendarse la pobreza y la desigualdad. Ni con el desangelado mentiz a un compatriota que desafiaba precisamente las políticas del Banco Mundial responsables de tanta infamia como se ha cometido entre nosotros. Santos es hombre de paradojas: tan valiente para cuestionar la política antidrogas del imperio, tan manso para plegarse a su interés económico. Ángel y demonio.

DROGA: LA GUERRA POR OTROS MEDIOS

Setenta por ciento de personas encuestadas en Colombia y Estados Unidos no aprueba la guerra antinarcóticos, y el mismo porcentaje rechaza la legalización de la droga. Se reconoce, pues, el fracaso del prohibicionismo armado pero, a la vez, alarma la perspectiva de un mercado libre de drogas en los supermercados. Terceras opciones se abren paso y prometen ventilarse abiertamente, por vez primera en cuarenta años, en la Cumbre de las Américas este fin de semana en Cartagena. Cobra fuerza entre ellas la de marchitar la guerra militarizada y desarrollar en su lugar una guerra preventiva (densa en publicidad y educación). En proceso de reconversión de prioridades que desemboque en la despenalización del consumo, jamás se bajaría la guardia sinembargo contra las siniestras mafias de la droga. Se trataría de invertir las asignaciones de presupuesto: cuanto se le reste al gasto militar en esta guerra deberá sumársele al gasto en salud preventiva. Como ya se ha hecho en Holanda y Portugal, una despenalización responsable, controlada, regulada y evaluada periódicamente –la guerra por otros medios-  sería letal para el narcotráfico. Y para vendedores de armas y banqueros que se han forrado con el producido multibillonario del narcotráfico. Se sabe, aunque no se divulga mucho, que grupos financieros, la banca internacional y los paraísos fiscales lavan ese dinero y lo reciclan en inversiones legales, casi siempre en bolsas de valores. Según la ONU y el FMI, el monto de la lavatija se acerca a 400 mil millones de dólares cada año. De no ser por la protección que estas cuevas de Ali Babá brindan a los grandes narcotraficantes, no disfrutarían ellos de las fortunas a sus anchas.

El negocio está en la guerra tal como se ha llevado. En lógica elemental de oferta y demanda, mientras más droga se decomise, mejores precios alcanza ésta en el mercado. Los distribuidores mayoristas lo saben: tasan sus inventarios de droga para regular el mercado y mantener precios elevados. A ello contribuye la persecución, que dispara la rentabilidad del negocio y, pese a sus sermones, no reduce el número de consumidores. En los últimos 31 años de guerra contra las drogas, el consumo se extendió de 44 países a 130. El problema no estriba apenas en el costo monumental de la represión armada, el grueso del cual recae sobre los países productores, sino en la corrupción y la violencia que el narcotráfico conlleva. Colombia sí que sabe de sus horrores. Lleva décadas llorando a sus muertos, los cuenta por decenas de miles, y tiene que habérselas ahora con mafias formidables que se enquistaron en todas las esferas del poder. Mientras tanto, sus gobiernos aceptaron –hasta hoy- que la nuestra era la misma  guerra antinarcóticos y contra el terrorismo internacional que a los Estados Unidos se les antojó “de defensa nacional”. Como quien dice que, si abdicamos, se nos condena por cohonestar con el narcotráfico y con el terrorismo.

Nunca se ha ensayado una educación masiva e intensa de la demanda. Pero los resultados parciales son alentadores. Y otras experiencias lo ilustran. Según la Comisión Global sobre Políticas de Drogas, “la reducción espectacular del consumo de tabaco (…) demuestra que la prevención y la regulación son más eficientes que la prohibición para cambiar mentalidades y patrones de comportamiento”. Así lo entendió Estados Unidos tras la entrega del Informe Wittersham sobre prohibición del alcohol, cuando el gangsterismo y la corrupción de la policía hundieron en crisis a ese país. No es, pues, original la alternativa de marchitar la persecución policiva en favor de la prevención. Lo nuevo es el destape que se avecina en la Cumbre para proponer una guerra distinta de la que lleva 40 años favoreciendo a narcotraficantes y banqueros.

IRA SANTA CONTRA PETRO

Incompetente. Improvisador. Necio. Contradictorio. Provocador de pánico económico. Izquierdista de dudoso color de piel y cuna sin pergaminos. Demonio empeñado en descalabrar la capital y destruir su joya, Transmilenio. Cantinflas. No ha faltado quien deslice solapadamente consejas de alcoba sobre este hombre que, “cosa rara, tiene tantos hijos”. Muestra al azar de la roña que señorones  de postín arrojan a la cara de Gustavo Petro, alcalde elegido en franca lid. Ira santa de elites ofendidas por la mala pasada del destino que plantó en sus predios al intruso. No le perdonan el triunfo electoral y, habituadas al monopolio del poder, ven con horror en el futuro político de Petro una amenaza letal. Pero envilecen en el insulto el ejercicio legítimo de oposición. En la pretención de cobrarle lo ajeno. En sus silencios interesados.

No preguntan, verbigracia, por qué archivaron investigación de la Contraloría contra Enrique Peñalosa por omisión en la vigilancia de los contratos de Transmilenio que cambiaron las especificaciones técnicas de las losas, yerro que está en el origen mismo del desastre y, en inversión gratuita de responsabilidades, quieren endilgarle al nuevo burgomaestre. La Red de Veedurías Ciudadanas, cuyo estudio retoma Libardo Espitia (Razón Pública, 3-25), pone el dedo en la llaga. En 2003, a sólo tres años de inaugurado el Transmilenio,  se abrieron las primeras grietas en las troncales. La sociedad Steer Davies & Gleave había optado a contrato con estudios que contemplaban relleno granular como material de nivelación en los carriles de los buses. Pero, ganada la licitación, se cambió este material por relleno fluido. A sabiendas, la resistencia se redujo a la mitad. Y la vida útil de las losas, calculada en 20 años, bajó en picada pues desde hace una década éstas muestran fauces cada vez más hondas. Además, como aquella Administración no le exigió al contratista el mantenimiento de las troncales, a marzo de 2011 el Distrito había tenido que invertir 57 mil millones en rehabilitación de losas; y deberá destinar 300 mil millones para reconstruir las 20 mil pendientes. La Contraloría abrió en 2004 procesos de responsabilidad fiscal por valor de 79 mil millones. Pero hoy duermen el sueño de los justos. ¿A son de qué?

No contentos con querer cobrarle a Petro lo que no debe, se han regodeado en la intemperancia verbal del Alcalde. Papaya caída del cielo para poder ocultar las razones verdaderas de su descontento: el Plan de Desarrollo del Distrito. Es que el nuevo modelo de ciudad busca reducir la segregación social, ordenar el desarrollo respetando el ambiente, ampliar la participación política de la ciudadanía. Ruptura no por modesta menos intolerable para una derecha que no se aviene con restablecer la preeminencia de lo público y combatir la corrupción, vale decir, con poner en riesgo sus negocios. Derecha complaciente con el entonces alcalde Moreno, hoy preso, porque gobernó con él y se lucró de la contratación dolosa que entonces imperó.

La sana crítica, siempre deseable, se ve aquí avasallada por el ataque soez a la persona. Por la arbitraria adjudicación de culpas ajenas. Como lo indicarían las omisiones (¿deliberadas?) de Peñalosa desde los orígenes mismos de Transmilenio, una de las causas gordas de la debacle en el transporte de Bogotá. Pero también Petro deberá sacrificar locuacidad en favor de la sindéresis: no dar pretextos de forma a una derecha que odia en él el proyecto de izquierda democrática. Y no confundir liberalidad política con venias a algún recóndito laureanismo del corazón. Reemplazar a Navarro Wolf con un vástago de aquella casa, como se especula, moderaría la vocinglería de la derecha. Pero enterraría la coherencia ideológica que su nuevo modelo de ciudad reclama

EL LIBERTARIO

En la democracia parapléjica que nos tocó en suerte, curtida en la tradición de silenciar a gritos –o a bala- la sana crítica y el libre examen, brilla El Espectador por no haber hincado la rodilla. Punto de honor para un periódico que aventuró todos los riesgos y padeció todos los golpes de un Estado confesional irreductible, violento, apenas amansado a ratos desde los tiempos de la Regeneración. Ha gobernado en él la jerarquía católica a baculazo limpio y de consuno con el poder civil. En tiempos de la hegemonía conservadora, por interpuestos Presidentes que el Cardenal Primado, Perdomo, escogía de antemano del ramillete de candidatos que la jerarquía conservadora le ofrecía. Como el periódico encarnara la oposición política, sería un político purpurado, Monseñor Builes, quien sentenciara después a grandes voces que leerlo era pecado mortal. A poco se preguntaría éste, desde el púlpito también, en misas de domingo, si matar liberales sería pecado mortal o venial. No ha mucho, los sicarios de Pablo Escobar segaron la vida de don Guillermo Cano. Dicen que, a la usanza de sus pares, la víspera del magnicidio se postraron de hinojos ante la imagen de María Auxiliadora para pedirle fuerza, puntería, tiro certero. Religiosidad equívoca que acaso eche raíces en la convivencia de tonsurados con propagandistas de la acción intrépida y el atentado personal, en épocas de la Violencia. Y ahora, entrado el nuevo milenio, no fue el Presidente el interpuesto sino el Padre Marianito quien rodeó de hálito divino al Primer Mandatario, hizo de su gobierno imitación de la teocracia de Núñez, restableció la cátedra obligatoria de religión en los colegios y trocó en guerra santa el enfrentamiento con la subversión y con la oposición legal. Secuela de este ensayo, un procurador que no despacha con los códigos sino con la Biblia.

Había dicho el regenerador de 1886 que las repúblicas deben ser autoritarias, so pena de aniquilarse. Y entronizó la paz armada. Otra cosa pensaba don Fidel Cano Gutiérrez quien, pese al asedio del régimen, esgrimió contra él “la paz como táctica, las plumas como armas únicas (…). ¿Guerra quieren? Pues la tendrán; pero no tal como la desean sino tal como nos han dejado conocer que la temen: tendrán la guerra de la paz…” Ante la ley de los Caballos que facultaba al gobierno para perseguir opositores, ordenar destierros, arrebatar los derechos políticos y amordazar la prensa, don Fidel instó a “rendir culto a las grandes ideas proscritas hoy por el odio, por la apostasía o por la debilidad”.  A la educación católica que el gobierno impuso y su disposición a reprimir con guante de hierro a quien “propague ideas contrarias al dogma católico y al respeto y veneración debidos a la Iglesia”, el director de El Espectador respondió en defensa de la libertad de pensamiento. Abogó por la escuela  amplia y generosa; al maestro que dogmatiza, opuso el maestro que respeta la conciencia de sus discípulos y la suya propia.

Pero la educación confesional era sólo uno de los látigos de la dictadura clerical que los gobiernos conservadores  prolongaron hasta 1930. Gustavo Samper relata los atropellos electorales que tenían lugar. En sus giras políticas, el Obispo Crespo de Medellín negaba la absolución a los liberales que no renegaran de sus ideas políticas. Y en Manizales, el padre Márquez “pronunció un encendido sermón contra la memoria de don Fidel Cano”. Después vendría la Violencia, con sus 300 mil muertos.

El Espectador  ha sobrevivido a cierres, multas, encarcelamientos, excomuniones, saqueos, censuras, asesinatos, bombardeos, bloqueos financieros. Pero mantiene en alto la bandera de la libertad. Sabe cuánto pesa la conciencia crítica en una sociedad domesticada. Pura valentía, no es estridente ni libertino. Es libertario.

HINESTROSA O LA SAGA RADICAL

“Los radicales son el más horrible cáncer de la sociedad, y como el mal ha llegado al último grado, no hay otro remedio que la completa amputación de esos seres cuya putrefacción inficiona el aire (…) para que fructifique la era de la Regeneración fundamental, tal como lo ha concebido el eminente político que hoy nos gobierna con aplauso general” (Nicolás Pontón, El Recopilador, marzo 2, 1885). Así escribía el vocero del régimen de Núñez en el periódico de marras contra los liberales derrotados en la última guerra civil y perseguidos por la dictadura clerical que se daría forma constitucional un año después. Les parecía a los heraldos de aquella república católica que los portadores de tal epidemia debían ser “aniquilados”. Y al aniquilamiento del adversario se llamó, una y otra vez, en el siglo que siguió. Desde los púlpitos, desde los cuarteles, desde los directorios políticos, desde los refugios de guerrilleros y paramilitares.

Con la muerte de Fernando Hinestrosa, rector del Externado, desaparece uno de los últimos bastiones del radicalismo que desde 1886 mantiene en alto la bandera de la libertad. Que no es poca cosa en esta Colombia de sable y sotana, cuyo más reciente estadio es el uribato. Versión postrera de la Regeneración, en una mano el fierro, el rosario en la otra. Así como el Externado nació en desafío del unanimismo que el régimen imponía y para dar cobijo a todos los perseguidos, a los expulsados del Rosario y de la Universidad Nacional que no comulgaban con la escolástica y el derecho canónico, tampoco su último mentor transigió con la tiranía ni con afrenta alguna contra la libertad de pensamiento. En aquel entonces, era la educación religiosa la arista más saliente del Estado confesional. Quien educara, mandaría. Afirmada en el yugo del Concordato con la Santa Sede, la Regeneración entregó la educación a los curas, instituyó cátedras obligatorias de religión, segregó a los tibios y fundió en uno solo los poderes de la Iglesia y el Estado.

El Externado fue flor solitaria en aquel desierto de finales del siglo XIX. Juan Camilo Rodríguez, miembro de número de la Academia de Historia, recuerda que hasta la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional estableció en 1890 que “la religión del Instituto es la católica, apostólica y romana. En sus enseñanzas y en sus prácticas, no se apartará de las doctrinas de la Iglesia”. Pese al asedio político, el Externado fue refugio de “malhechores”, que así les llamaban los regeneradores. Pero en sus aulas –escribe Rodríguez- “resurgiría el pensamiento moderno proscrito en otros establecimientos de educación por el régimen de la Regeneración. La consigna del padreel radicalismo liberal a las claudicaciones de un partido que no se sacude el sopor heredado del Frente Nacional y su alinderamiento con la derecha uribista¡ Cosa distinta sería que iniciativas como la restitución de tierras empezaran a devolverle a Margallo en 1825 ‘Jesucristo o Bentham’, se cambiaría entonces por una más amplia en el púlpito incendiario del obispo de Pasto, Ezequiel Moreno, y repetida por muchos: ‘Jesucristo o liberalismo’”. Para asombro general, el procurador Ordóñez despacha según la ominosa disyuntiva. Y Simón Gaviria, jefe del Liberalismo, respalda su reelección en el cargo. ¡Cuánto va d ese partido raigambre histórica y sintonía con el pueblo. Entonces se acercaría al radicalismo del siglo XIX.

La Regeneración vive. Con sus más densas telarañas, mutada la religión en política, y su ferocidad para negar el pensamiento libre. Por eso, la máxima de Fernando Hinestrosa que en otras latitudes es práctica consuetudinaria,  resulta en Colombia revolucionaria: “El Externado es libre, abierto, independiente y laico. Es educación para la libertad, no para la obediencia”.

POLO: PALOS DE CIEGO

Como si Petro marchara en la caverna y éstos en la izquierda heroica, dirigentes de lo que queda del Polo le declararon al alcalde guerra abierta. Tras cuatro años de mutismo frente a la mayor defraudación que esquilmara a Bogotá; habiendo avalado contratos que entregan a particulares casi todo el producido de Transmilenio, habrían promovido la jornada que colapsó el transporte, paralizó a la capital y degeneró en vandalismo. “El Moir terminó rodeado de ladrones que roban las cajas” del sistema, dijo Petro. Se propusieron ellos debilitar al burgomaestre justo cuando éste se dispone a apretar a los operadores privados, acaso guiado por el criterio de que servicios como el transporte público deben reposar en el Estado. Como se estila en las democracias maduras. O en fórmulas de economía mixta que protejan el derecho ciudadano de las fauces de los negociantes. El detonante fue este pequeño 9 de abril en 9 de marzo, que mezcló ingredientes explosivos: asonada, de un lado, y, del otro, señalamiento del alcalde contra el núcleo duro del Polo, al que le adjudicó responsabilidad en los hechos. Según él, detrás de ellos está “un grupo de la administración pasada que no dijo nada cuando firmaron a 23 años la concesión de zonas integradas de transporte público”. Y elevó la tarifa de los articulados la víspera misma de entregar el mando. Transmilenio se diseñó para 800 mil pasajeros diarios; pero hoy transporta más del doble, con la misma infraestructura. Y la sobrecarga no es responsabilidad de Petro. Resulta de la negligencia de una administración que, por andar en malos pasos, no abrió las nuevas troncales ni reparó las losas de la Caracas.

La semana anterior el alcalde reafirmó su plan de renegociar contratos con los operadores del sistema, bajar tarifas, aumentar la flota de buses y promover la organización de los usuarios del transporte, víctimas de un modelo que hizo agua. Es su idea reducir las utilidades de los privados, llegar a que los buses sean eléctricos, operados por el Distrito y de su propiedad. Se comprenderá por qué se había echado a andar un plan tortuga. Es que el contrato de concesión financia con dineros públicos a un puñado de privilegiados, mientras la ciudad sólo recibe 5% del recaudo. En últimas, Petro se orienta por el principio socialdemocrático de que los servicios públicos —derechos constitucionales de la ciudadanía— deben recaer en el Estado. O en un modelo público-privado sujeto a todos los controles.

Hostilizar al alcalde cuando éste prepara batalla contra los operadores privados es hacerles a éstos el favor. Magnificar con artificios los avatares de la restitución de tierras es hacerles el favor a los despojadores. La rabiosa radicalidad de estos dirigentes, ¿es resentimiento, es revancha, es el pánico que abraza al moribundo? Al garete, buscando a tientas la identidad perdida, rugen y cierran el puño y se reconfortan en el ejercicio de una oposición que exige lo imposible para no tener que habérselas con lo posible. Obstruir. Tal como lo hicieron con la Ley de Víctimas. Tanta altisonancia contra el reformismo radical de Progresistas encubre el más sutil conservadurismo. Corona la máxima de Lampedusa: que todo cambie para que nada cambie. Con exalcalde amigo tras las rejas y el desplome de su votación de 900 mil sufragios a 31 mil, difícil guardar compostura. Serénense los cardenales antes de romper lanzas contra el primer exguerrillero que depone las suyas para acceder por sufragio al gobierno de Bogotá. No sea que terminen por extraviarse sin remedio dando palos de ciego desde la catedral de su menguado poder.

LA TERCERA GUERRA DE LAS FARC

Mientras no cese la batalla mundial contra las drogas, epílogo de la Guerra Fría; y mientras no renuncien las Farc al narcotráfico, esta guerrilla podría seguir viva indefinidamente. Como ejército o como eclosión de bandas criminales. Que la restitución de tierras abriría senderos de paz porque apunta al corazón del conflicto, no se discute. Pero quedaría suelta la otra rueda de nuestra perdición: el narcotráfico. Negocio que absorbió a las Farc y las trocó de rebeldes con causa en organización plagada de malhechores. Por contera, la perversidad incalificable del secuestro. En las tres fases bélicas que marcan la historia de esta guerrilla (la violencia liberal-conservadora, la guerra contrainsurgente y la del narcotráfico) esta última trastorna su natural político. Y deposita en la contraparte el desafío de conjurarla apostando a la despenalización de la droga.

Las Farc -brazo armado que fueron del Partido Comunista- se gestan en la Violencia, eco de la Guerra Civil española signada por el choque agreste entre laicistas y clericales. Tras el asesinato de Gaitán, ambientado en el torrente cavernario que llegaba del Norte, también aquí convergen guerrillas  comunistas y liberales, Tirofijo al mando de una de estas últimas. Las unen el imperativo de esquivar las balas del régimen conservador y reminiscencias de viejas luchas por la tierra.

Después vendría la disputa en patio ajeno entre el Bloque Soviético y EE.UU. por prevalecer en el orbe, no ya con armas atómicas sino con guerritas de baja intensidad en el Tercer Mundo. Tras bambalinas, la doctrina Truman que instaba a levantarse contra “la agresión de minorías armadas o presión exterior”. En 1964, el presidente Valencia bombardea Marquetalia, reducto de autodefensas campesinas de orientación comunista. Y nacen las FARC. Y el EPL afecto a Mao y el ELN, a Fidel Castro. Trilogía doméstica apadrinada por los tres centros del socialismo internacional: la Unión Soviética, China y Cuba, respectivamente. Diez años después nacería el M19, esta vez con el sello de los Montoneros peronistas y del sandinismo. Papel crucial jugaría la revolución cubana, catalizador de la Guerra Fría en América Latina. Mecha incendiaria de los soviéticos en este continente hundido en el atraso y la desigualdad. Epílogo de la Guerra Fría serían las dictaduras de militares anticomunistas y neoliberales en los años 70 y 80.

Entre tanto, el narcotráfico se toma a Colombia. Las FARC ingresan de frente en la internacional de la coca. Quedan inscritas en la guerra contra las drogas que Estados Unidos lidera. Ya en 1982 el grupo armado regulariza el cobro de impuestos a productores y narcotraficantes. Por desacuerdo con la mafia sobre montos del “gramaje” y en una escalada de secuestros a hacendados, estalla el conflicto con el capo mafioso Rodríguez Gacha. En 1994 el paramilitarismo se organiza en AUC. La Unión Patriótica, partido legal creado por las FARC al calor de los acuerdos de paz suscritos con Belisario Betancur, ha sido exterminada.

Derribado el muro de Berlín, clausurada la Guerra Fría. Los EE.UU. elevan el narcotráfico a categoría de seguridad nacional. Pastrana suscribe el Plan Colombia, iniciativa de ellos que apunta al narcotráfico, ergo, también a las Farc. Uribe aprieta el paso obsequiándoles siete bases militares. Ahora Santos pone la mira en la paz y las Farc ofrecen no volver a secuestrar. Anuncio histórico. Conforme el Gobierno devuelva tierras y ofrezca instrumentos de justicia transicional para la paz, si la insurgencia los acoge tendrá que renunciar al narcotráfico. Y Santos, aplicarse a fondo por la despenalización de la droga; en la Cumbre de las Américas, verbigracia. Si nuestras guerras llevan la impronta internacional, que la paz la lleve también.