DE MAGIA E INVENCION

No somos Alemania. Ni Corea, ni Brasil. En esos países, el uso intensivo del conocimiento obedece a planes industriales de largo aliento. Nosotros, en cambio, más inclinados al pensamiento mágico, creemos que la ley induce, por sí sola, el desarrollo. Francisco Miranda, Director de Conciencias y uno de los gestores de la Ley de Ciencia y Tecnología, confía en que ella llegue a cambiar el modelo productivo.

Pero en Colombia, dos realidades de bulto conspiran contra tan elevada aspiración. Para comenzar, esta ley no llenará el vacío de un Estado que renunció a pensar, planificar y dirigir el desarrollo. Así se mejore el estatus institucional de Conciencias y se le prometan más recursos. El hecho es que no se le ha definido presupuesto; y el fondo pensado para recibir aportes privados es un fondo sin fondos. Cabe conjeturar que hay aquí más alarde del alto Gobierno que genuina intención de morderle recursos a Familias en Acción o a las Fuerzas Militares, para destinarlos a la ciencia.

El otro escollo es la educación. La calidad de nuestra educación en todos los niveles es deplorable. Gana en extensión pero no penetra en profundidad. Nuestras universidades ni siquiera se mencionan cuando de jerarquizarlas en el mundo se trata. Se crean doctorados, sí, pero casi ninguno alcanza nivel de excelencia. Y los profesionales colombianos que se especializan en el exterior, pragmáticos al fin, prefieren el exilio a la remuneración que aquí se les ofrece. Como en los países más atrasados, en Colombia muchos consideran todavía que “investigar es botar la plata”.

Rodolfo Llinás invita a trastocar la relación entre educación, ciencia y desarrollo. Y arranca con lo primero: no se educa para saber cosas sino para entenderlas. Para situar lo sabido en un “árbol mental” que reúna e integre el conocimiento; en una concepción general que le dé sentido y justiprecie el conocimiento especializado. Alarmado debió quedarse con los resultados del concurso de cuento que promovió el Ministerio de Educación: los estudiantes ensayan oraciones simples, pero “no desarrollan ideas compuestas y por lo tanto no elaboran párrafos con cohesión ni unidad de sentido”. Pues también para hacer ciencia, entenderla y consumirla, hay que revolucionar la educación.

Se calcula que si el país aspira a aplicar la ciencia al desarrollo, debería tener hoy 44 mil científicos y técnicos. Sólo tiene 2.400 doctores. Hace unos años, América Latina aportaba apenas el 1% de los científicos al mundo; y, de aquellos, colombianos no eran sino el 1%. En los países más avanzados, la ciencia ocupa primerísimo lugar en la planificación económica y social, pues la hegemonía en el mundo se definirá cada menos por la guerra que por la invención. Así lo entendió Brasil: en diez años, triplicó sus exportaciones y redujo significativamente la pobreza. Entre nosotros -¡horror!- la guerra absorbe casi la mitad del presupuesto nacional. De 55 billones que el Gobierno “presupuestó” en enero dizque para reactivar la economía, míseros 200 mil millones eran para educación.

Librada a su suerte; sin un proyecto histórico que le dé vida; en la displicencia de una clase “dirigente” angurriosa y sin patria; sola, abandonada y pobre, nos tememos que aquí el papel de la ciencia seguirá siendo lánguido. Otra frustración monumental, aún para el propio director de Conciencias. A no ser que el Estado recupere su función planificadora en perspectiva de industrialización. Entonces esta ley desplegaría todo su potencial. Más allá del efecto fugaz de la ilusión, pues invención no es magia.

EL DESTAPE DE LA POLITICA

Tras una larga noche de polarización por la guerra, empieza a abrirse el abanico de la política. El conflicto armado había confinado la contienda civil a dos extremos, con crecimiento exponencial de la derecha alrededor de Uribe y concentración de la izquierda en el Polo. Con la tonificación del conservatismo, la reorganización del uribismo encomendada a Luis Carlos Restrepo, el despliegue de movimientos independientes como los de Fajardo y Mockus; pero, sobre todo, con el despertar del liberalismo y el abierto pronunciamiento de una izquierda democrática en el Polo, reaparece el espacio del centro y se recompone el escenario de la política con realineamientos de toda laya que anuncian el resurgir del pluralismo.

Tres factores parecen jugar en ello. Primero, el desgaste de la seguridad y su degradación en crímenes de Estado y en el envilecimiento de entidades como el DAS, brazo derecho de esta estrategia, hoy convertido en feudo de la mafia y el delito. Segundo, la desazón que en la sociedad despierta el parecido de Uribe con el abominable Chávez, tan empeñosos ambos en atornillarse en el poder, perseguir a la oposición y reírse de la democracia.  Por raro que parezca, algo queda del viejo sentimiento de que Colombia es tierra árida para la aventura autoritaria. Y ese sentimiento, tímido aún, menoscaba la imagen del protomacho que todo lo puede y que tantos votos da. Tercero, la abulia del gobierno para torear la crisis económica. Por ineptitud, o por convicción en el modelo que lo inspira, el Presidente sigue convocando la “confianza inversionista” para capitales foráneos que andan en desbandada buscando mejor postor. O sale con la solución peregrina de activar crédito menos leonino para facilitar la compra de carros y electrodomésticos. Gabela de más a banqueros e importadores, tan parcos en crear empleo.

Tanta incuria para amortiguar el golpe de la recesión sobre las mayorías, tanto desgano para reformular una estrategia de seguridad que se ahorre los falsos positivos sugiere que la autocomplacencia del Presidente en su manera de gobernar le impide responder a desafíos nuevos y perentorios. A prioridades que no parece reconocer, acaso confiado en que la sola bandera antifarc le dará al menos para tres presidencias consecutivas. Que estos factores pueden incidir en la reorientación de la política colombiana se infiere del último sondeo de Gallup: más del 70% de la gente resiente el problema del desempleo y, a la hora de la verdad, sólo el 45.3% votaría por Uribe en un referendo reeleccionista. Porción que corresponde al 80% del 57.6% que concurriría al referendo. Así la simpatía hacia Uribe alcance el 69%, otra cosa es la intención de voto.

En este panorama, la crisis del Polo puede desempeñar un papel crucial. Lejos de configurar una hecatombe, la limpia protocolización de dos izquierdas históricamente irreconciliables, despeja el horizonte, rompe la ambigüedad paralizante y ofrece alternativas definidas, tanto a los militantes del Polo como a su vasto potencial de opinión. Unos, hallarán cobijo en la ortodoxia que protege de toda interferencia externa y quisiera reducir a Carlos Gaviria, hombre superior, a la condición de oficiante de rituales vencidos por el tiempo. En la otra orilla, un socialismo democrático que reivindica a la vez libertades y principio de igualdad, dispuesto a jugársela en el pluralismo y a gobernar. Queda por ver si logra medrar en el “centro”, pantano que todo lo revuelve, sin sacrificar su identidad política.

DAS, LA PERLA DEL REGIMEN

Nada revela mejor el carácter de un régimen político que sus órganos de inteligencia. En las dictaduras, ellos avasallan a la población y suprimen la oposición. Temibles fueron la GESTAPO, la KGB, las sanguinarias agencias de inteligencia del Cono Sur. Organos  en manos de militares que “hacían patria”, ningún poder civil podía controlarlos.

En Colombia, el DAS ha derivado en aleación de policía política que evoca aquellos experimentos y mafias al servicio del crimen. A fuer de velar por la seguridad del Presidente y del Estado -misión de la Inteligencia en las democracias- en este gobierno el DAS  persigue a dirigentes sindicales, a la oposición, a la prensa y a la Corte Suprema de Justicia; desprecia los derechos y libertades del ciudadano; y se ha convertido en mercado negro de información sin orden judicial para miembros del alto gobierno que la soliciten a título personal, para guerrilleros, narcotraficantes, paramilitares y toda suerte de delincuentes. Cuando no son una y misma cosa, en el DAS cohabitan agentes del paramilitarismo y quienes pusieron la seguridad al servicio de la pasión política. Se corrompió la Inteligencia del Estado. Y se politizó. Como se politizó el ejército en el gobierno de Ospina Pérez, para abrir la tronera de la violencia.

Ante el periódico escándalo de “chuzados” a granel, César Gaviria urge “destapar la mafia criminal que se apoderó del DAS”. Y no se sorprende del giro reaccionario que ha dado la entidad. Qué puede esperarse, dice, si el gobierno considera delincuentes a sus opositores y a sus críticos, si los califica de terroristas y aliados de las FARC. El gobierno ha tratado de delincuentes también a los magistrados de la Corte Suprema que llevan los casos de parapolítica. Siete de los nueve magistrados que acometen esos procesos han sufrido todo tipo de amenazas, atropellos y montajes. Aquellos se declaran espiados por miembros del DAS, en un procedimiento que “no les parece inconsulto”, y configura “un complot que busca entorpecer sus labores”. Conminan al Gobierno a revelar quiénes, desde sus propias filas, ordenan chuzar y con qué oscuros propósitos.

Urge convertir al DAS en una agencia de carácter civil, estratégico, profesional y apolítico que elabore información y análisis enderezados a garantizar la seguridad del Estado y el imperio de la democracia. En abono de esa misión, hay que distribuir el trabajo de inteligencia entre entidades distintas, si bien coordinadas, para evitar la concentración de poder en una sola.  Para prevenir la formación de una policía secreta, es preciso separar la Inteligencia de la policía, y de la investigación criminal. Como agencia civil de inteligencia estratégica, el DAS debe ser independiente de las Fuerzas Militares y de Policía. Delegar en otros las tareas que no sean estrictamente de Inteligencia. Como ésta puede emplearse para bien o para mal pues se basa en el secreto, requiere estricto control democrático y parlamentario. Han de vigilarla el gobierno, la justicia, el congreso, los órganos de control, los partidos, la prensa.

Reforma inaplazable que no se compadece con la paupérrima y descaminada “solución” del Presidente de entregarle a la policía la facultad de chuzar, cuando esa fuerza viene de cometer el mismo delito que hoy pesa sobre el DAS. Más parece un recurso de distracción para no tener que meterle la mano al DAS. Cualquiera se pregunta, entonces, si el caos, la politización y el delito que campean en esta institución son fruto de la indiferencia del Gobierno o si obedecen a una política oficial.

POLO: EL CHANTAJE DE LA UNIDAD

Se ve venir. Una amalgama de conservadurismos se dispone a aplastar en el Polo a la corriente de izquierda democrática que encabezan Lucho, Petro, Maria Emma. Contra ella militan, redivivos, la roca prehistórica del estalinismo; los comandos anapistas del General Rojas Pinilla; el clientelismo que vuelve a instalarse en la Alcaldía de Bogotá, y los escurridizos nostálgicos de la lucha armada. Cofradía de obispos sin grey, estos prohombres del Polo tornan a las capillas de donde nunca terminaron de salir para mostrarse los dientes, cada uno queriendo presidir la misa mayor, mientras la ultraderecha aprieta su marcha hacia un régimen autoritario.

Entre dos dilemas se debate este partido que tanta esperanza abrió y hoy parece naufragar en la ineptitud de su ortodoxia. El primer reto, porfiar como oposición perpetua sin arriesgar un gramo de imaginación política; o bien, batallar por hacerse con el gobierno para entronizar desde allí una democracia social y política. Evento en el cual tendría que abrirse a alianzas de largo aliento, como lo ha hecho la izquierda en Chile o en Brasil, con quienes comparten aquel objetivo supremo aunque piensen distinto. Estima Gustavo Petro que este sería, por añadidura, el único camino hacia la paz.

Y aquí viene el segundo desafío: plegarse a la despótica hegemonía de dos guerreros sin escrúpulos que se retroalimentan, Uribe y las FARC, y pretenden monopolizar el escenario entero indefinidamente. O, en su lugar, devolverles a las Fuerzas Armadas el monopolio de las armas, como en toda democracia que se respete, depurándolas del crimen y la corrupción. Corolario de esta vuelta al Estado de derecho será desconocer de plano todo otro ejército, llámese guerrilla o paramilitares. La paz no se alcanza convirtiendo al Polo en vagón de cola de una eventual negociación entre Uribe y las FARC, sino en mentor de reformas de fondo con el concurso de toda la sociedad. Antes que con la subversión, la paz se hace con la ciudadanía –escribe el dirigente Daniel García-Peña- mediante acuerdo sobre reformas democráticas de fuerzas coligadas que ganen el gobierno en elecciones.

Petro le propone a su partido convertirse en verdadera alternativa frente al proyecto uribista y al de la insurgencia armada. Peligrosa opción de tercería que amenaza el modelo de polarización armada, tan funcional a Uribe como al las FARC. Es que la ruidosa derrota política de esta guerrilla no le ha impedido seguir buscando simpatías en el Polo.      Y éste no supera todavía la que muchos consideran causa medular de sus conflictos internos. Y de su ruina, si no deslinda campos en forma radical, inequívoca, con la insurgencia más odiada y con sus métodos.

No será tarea fácil. Síntoma elocuente, la reacción de miembros de las juventudes del Polo que, reunidos en Ibagué, trataron de “gomelos” a seguidores de Petro que discrepaban de su defensa del secuestro como arma política y de la guerra “justa” que las FARC libraban. Les gritaron que merecían “ser fusilados”. Tome nota el señor “Cano” de las palabras del nobel de literatura, José Saramago: “Nadie que se considere humano aprueba el secuestro de personas para alcanzar objetivos políticos… ¿Qué diferencia hay entre los secuestros de Guantánamo, las torturas de las cárceles secretas y lo que (las FARC) hacen?”

Definiciones dramáticas le esperan al Polo. Acaso no pueda cohonestarse  por más tiempo aquella ambigüedad, sacrificando el ascenso de una izquierda moderna y democrática, chantajeada como está por un principio de unidad imposible.

URIBE Y CANO EN SU LEY

Parece furioso. Mientras todos celebran la liberación de seis secuestrados, el presidente Uribe se sale de la ropa. No es para menos. El destape inesperado de una corriente de opinión proclive al acuerdo humanitario y a la solución política del conflicto pone a tambalear su esquema de confrontación entre el Bien y el Mal, tan auspicioso para él cuando de votos se trata. Iniciada la campaña electoral, Uribe vuelve a desenvainar su espada justiciera contra el terrorismo que busca enseñorearse de la patria. Y contra un supuesto “bloque intelectual de la Far” que no atacaría de frente la seguridad democrática pero, al hablar de paz, terminaría defendiendo a la guerrilla (¡) Reiteración del principio maniqueo según el cual “quien no está conmigo está contra mí”.

Tal vez nadie niega en Colombia la necesidad de mantener la ofensiva contra la guerrilla. Ni el hecho incontrovertible de que la política de seguridad haya sembrado confianza e introducido control militar en territorios olvidados. Pero llamar la atención sobre el envilecimiento de esta estrategia en miles de ejecuciones extrajudiciales y falsos positivos no puede ser óbice para señalar a los críticos como aliados del terrorismo. Menos aún a quienes reclaman un horizonte de paz, sólo porque las FARC se montan ahora en el carro del intercambio humanitario.

Como es costumbre cuando están golpeadas, también esta vez buscan las FARC oxígeno político y algún pretexto de negociación con la pausa necesaria para resarcirse militarmente. Sólo que hoy se hallan más azotadas que nunca. La gran pregunta es si, fiel a la tradición, convertiría Cano en arma de guerra cualquier acercamiento de paz; si subordinaría el diálogo de hoy a la estrategia mítica de la toma del poder por las armas. O si, más bien, se aplicaría a recomponer la cohesión interna de su organización, maltrecha como está, dispersa, tentada por las recompensas del enemigo, huérfana de sus líderes históricos y despreciada por la opinión que con justicia la tiene por horda de criminales.

Como Cano, también Uribe sabe que el triunfo militar no es dable para ninguna de las partes. Cano juega con la guerra para restablecer el orden y la moral en sus tropas; y con audacias políticas como la de liberar secuestrados cuando más de un candidato agita ya banderas blancas. Uribe, por su parte, no puede sino encarnar la mano dura y el corazón de piedra que le dieron fama y poder y lo atornillan en la silla de Bolívar mientras dure la guerra; es decir, hasta cuando mi Dios agache el dedo. Es su manera de cohesionar al uribismo y cuidar su popularidad. Destino fatal, Uribe no podrá sino hacer la guerra. Hablar sin vociferar, controvertir sin herir, dialogar, negociar, hacer la paz, todo le está vedado, pues con ello evaporaría su razón de ser. Tendrá que salvar la polarización que hoy se ve amenazada por una tercera fuerza que reivindica más política y menos armas y hace mella también en el uribismo. Alan Jara acusa a tirios y troyanos: “hemos sido rehenes y víctimas de una omisión, pues mientras el verdugo (las FARC) dispara… el gobierno no hace nada para evitarlo”. Sindicación terrible que la asombrosa Piedad Córdoba ha sabido interpretar, para replantear el terreno de la disputa. La pelea será cada día menos entre terroristas y antiterroristas, y más entre quienes persiguen la libertad de los secuestrados y quienes la obstruyen. Alístese Piedad para batirse contra un enemigo formidable, encarnación suprema de la libido imperandi que la escolástica tradujo por concupiscencia del poder.

FALDAS EN LA CIENCIA

Pecado original comete el oscurantismo al volver a sacar su fea cabeza para anatematizar la teoría de la evolución que el mundo civilizado honra hoy. Y pecado de omisión el de la historia, que ha silenciado el aporte de algunas mujeres a la ciencia. Si Copérnico y Galileo ofendieron el narcisismo de los teólogos que tiranizaban el espacio todo de ideas y costumbres, Darwin remataría con un golpe letal: ya no sólo la tierra se subordinaba al sol, sino que el hombre no era imagen de Dios sino biznieto de un primate. Salto sideral en la paciente construcción de la indagación científica. Pero la historia de la ciencia acusa a veces un narcisismo varonil acaso derivado de la misma Biblia que le endilgó a la mujer el origen de la perversidad e inspiró a aquellos fanáticos de la fe.

Poco se ha hablado, verbigracia, de Emile du Chàtelet, compañera del iconoclasta Voltaire, en el corazón y en el laboratorio de ciencias. Contra todos los obstáculos que la época interponía a las mujeres y excluida de la comunidad científica, ella incursionó en la física para anticipar la existencia de la radiación infrarroja; tradujo a Newton, lo explicó venciendo el hermetismo de su obra y revisó el concepto de energía del genio de la física.

La corte de Luis XIV, despótica si de robustecer a Francia se trataba, acogía, no obstante, a plumíferos y pensadores liberales. El talento proyectó sus luces a los salones, sofisticado refugio de la ciencia que allí medraba entre sedas y perfumes y algún poeta exaltado. Los salones fueron a su vez cuna insospechada de la Revolución. Filósofos y matemáticos presidían la tertulia también en la casa paterna de la Chàtelet. Desde niña, a contrapelo de su madre, Emile hizo de la ciencia su pasión. A los doce años hablaba seis idiomas, practicaba esgrima y alternaba con los científicos más célebres que frecuentaban a su padre. Amante del juego, al que aplicaba su talento matemático para desplumar al rival, invertía las ganancias en libros y equipos de laboratorio.

Terror de los poderes consagrados, impetuoso promotor de la inteligencia, Voltaire le ayudó a acondicionar su casa de campo como estudio, laboratorio y una biblioteca que fue envidia de las universidades. A dos manos escribieron ellos los “Elementos de filosofía newtoniana”. A poco, se entregaría Emile a sus “Fundamentos de física”, para abordar las bases filosóficas de la ciencia e intentar la integración de los postulados de Newton, Leibnitz y Descartes. Madre de tres hijos, un embarazo tardío le cegó la vida, a sólo cuatro décadas del triunfo de la Revolución que cambiara para siempre la historia de Occidente. Méritos le cabían a ella en la rebelión intelectual que animó aquella hecatombe de la tiranía, epifanía de los más.

Científica de quilates opacada por la historia, no faltará la feminista que quiera volverla símbolo y extender sus atributos a todo el género femenino. Craso error. Sara Palin se atraviesa en el intento, provoca más bien rubor: ardorosa militante del creacionismo, es ella paradigma de la involución al cuarto oscuro de la Edad Media, donde a duras penas medró la ciencia, siempre satanizada por el dogma. Palin representa a la Norteamérica profunda, local y chata y roma que, en alarde impecable de democracia directa, sale a batallar contra el progreso en pleno siglo XXI. Si Darwin se levantara de su tumba, abrazaría por igual a la Chàtelet y a la Palin. En la primera reconocería a una estrella de la ciencia; en la segunda descubriría, por fin, el eslabón perdido.

LOS LAUREANOS

Chávez y Uribe pasarán a la historia por el empeño que pusieron en embocar sus países hacia la dictadura. A contrapelo de los tiempos, exhumaron el pensamiento de sus mentores de hace casi un siglo, Laureano Vallenilla en Venezuela, Laureano Gómez en Colombia. En su parábola del retorno hasta las raíces, no rescataron de Bolívar las ideas de la Ilustración sino sus veleidades de autócrata: aquellas que en el continente animaron a caudillos, caudillitos y matones de barrio que, deslumbrados por las charreteras, gobernaron a empellones, se reputaron líderes a fuerza de propaganda y dejaron siempre en el camino su estela de muertos.

En la dialéctica del “quien no está conmigo está contra mí”, Uribe les lanzó a los colombianos la disyuntiva de “ser solidarios o encubridores”, para instarlos a volverse informantes del Ejército. El eufemismo reedita la divisa de su gobierno: “ser uribistas o terroristas”. Simplificación brutal que se resuelve, por fuerza, en respaldo a un gobierno arbitrario, corrupto, elitista, intolerante, con vocación de eternidad y rodeado de indeseables cuyos votos no ha sabido rechazar. Tampoco en Venezuela escampa. El coronel de la boina roja anuncia que se quedará en el cargo hasta 2030. Ingresará en la galería de los Trujillo y los Somoza y los Castro, que gobernaron por décadas. Hay allá cientos de miles de ciudadanos convertidos en paraejército del régimen, violencia contra la oposición, corrupción, clausura de la televisión independiente y todos los signos de un autoritarismo tropelero. Y consejos comunales, como aquí. Como en Venezuela, en Colombia han cerrado la revista Cambio, modelo de órgano independiente que destapaba las alcantarillas del poder. Sus directores, Rodrigo Pardo y Maria Elvira Samper, sospechan que hubo en ello mano política de alto vuelo. Como sucede, de oficio, en cualquier despotismo que se respete.

Nada nuevo bajo el sol. Ya Vellenilla, ideólogo del dictador venezolano Juan Vicente Gómez, había defendido la figura del “gendarme necesario”, único capaz de gobernar en naciones impreparadas para la democracia; donde las constituciones escritas dizque no interpretan la realidad sino las constituciones “orgánicas”, y el “César democrático” se impone como necesidad fatal. Nada pueden las abstracciones de la Enciclopedia, ni la libertad del sufragio, ni la libertad de prensa, ni la alternabilidad del gobernante. Todo emana del caudillo, cuyo poder deriva de “los más profundos instintos políticos de nuestras mayorías populares”. Bolívar fue  encarnación suprema de su modelo. Y si, en  1815 escribía el Libertador que “las instituciones perfectamente representativas no se adecúan a nuestro carácter; en cambio sí los gobiernos “paternales”. En 1821 proclamó la dictadura y después su constitución boliviana propuso un régimen de presidencia vitalicia, centralista y de magra independencia de poderes. Santander se quejaba: “nuestra patria, escribió, está regida no constitucionalmente sino caprichosamente por Bolívar”.

También Laureano Gómez denostó del sufragio universal, “madre de todas las calamidades”. En 1952 propuso un modelo corporativista de inspiración fascista, con senado vitalicio, aristocrático, integrado por elección de segundo grado, como lo fuera el de Núñez. En 1954 propuso la instauración de un Estado autoritario que reordenara la educación según el dogma católico. Años atrás había rendido homenaje a Franco, el protector del naciente Opus Dei, y a sus falanges. “Bendecimos a Dios, dijo, porque podemos exclamar ¡arriba España católica e imperial!” Con el desmoronamiento de las dictaduras del Cono Sur se creyó superado el dilema entre autoritarismo y democracia. Falta ver si no lo revive la negra sombra de los Laureanos que hoy aletea sobre Colombia y Venezuela.

CUBA PETRIFICADA

A 50 años de comunismo en Cuba, se mezclan en el balance la contundencia de los hechos con los mitos y fantasmas que presidieron el debate entre los apologistas de la revolución y sus detractores. Heroica resistencia de un pueblo acorralado por el bloqueo de su economía, para unos; anverso rojo del dictador Batista, para otros, dos titanes vuelven sobre las líneas maestras de este duelo, cuando la vida de Fidel toca a su fin. La revista Foreign Policy ofrece la última contienda entre Ignacio Ramonet y Carlos Alberto Montaner, cruzados del cara y sello de este experimento que se ofrecerá como alternativa al modelo de capitalismo que hoy naufraga.

Debuta Montaner con una ácida premonición: cuando falte Fidel caerá el régimen, pues no podría ya sobrevivir, en pleno siglo XXI, una dictadura anacrónica que viola sistemáticamente los derechos humanos. Aunque Castro profesa la ideología comunista, él “pertenece a la misma especie antropológica de Franco en España o Rafael Trujillo en República Dominicana”. A lo que Ramonet responde que hace tiempo no gobierna Fidel y, sin embargo, el sistema sigue en pie. Es que Cuba no es Hungría, apunta. Mientras allá se impuso la revolución por invasión militar de la URSS, la de la isla caribeña es una revolución autóctona y popular, nutrida en un anhelo secular de independencia. A pesar del bloqueo, seguirá ofreciéndose como modelo social que supo masificar la educación y la salud.

En su origen, replica Montaner, la revolución se dirigió contra la dictadura de Batista enarbolando la bandera de la democracia; la idea no era montar un comunismo de corte soviético. Si ese sistema porfía todavía aquí, será por obra de una dictadura tan despiadada y personalista como la anterior. Por eso, dos millones de cubanos debieron exiliarse, y el gobierno de Castro registra alrededor de 5.700 ejecuciones, 1.200 asesinatos extrajudiciales y 77.800 balseros muertos o desaparecidos.

Por otra parte, discrepa de su antagonista que atribuye al embargo norteamericano las penurias de los cubanos. Según él, olvida el efecto devastador del colectivismo y de la supresión de las libertades económicas.

– En Cuba, argumenta Ramonet, hay pleno empleo y todo el mundo hace tres comidas diarias. Cosa impensable en América Latina, el Brasil de Lula comprendido. Además, hecho elocuente, no hubo en la isla levantamientos contra el régimen, como sí los registraron incluso otros países comunistas.

– Ah, ¿no?, se enfurruña Montaner. ¿Y qué fue, entonces, el levantamiento de campesinos en el Escambray en los años 60, si no resistencia popular contra la dictadura? En las dos primeras décadas de la revolución, el número de presos políticos bordeó los 90 mil.

Discusión sin fin en cuyo fondo se adivinan, no obstante, dos problemas formidables: primero, Cuba es una economía inviable; segundo, es una dictadura oprobiosa. Si al modelo de planificación autoritaria y nacionalización de todo se agrega la pobreza del país en recursos naturales, se diría que la isla no tiene futuro. Condenada al desequilibrio, su balanza comercial la mantiene en endeudamiento perpetuo.

Autoritarismo desembozado el de Cuba, la derecha colombiana querrá renovar su diatriba contra él. Como si aquel régimen de partido único no fuera aquí  régimen de caudillo único. Como si sus 1.200 ejecuciones extrajudiciales no replicaran nuestros “falsos positivos”. Como si la quinta parte de nuestra población no se acostara con hambre. ¡Oh, hipocresía inmarcesible!

URIBE-CHAVEZ: ¿GEMELOS ENEMIGOS?

Más allá de la rivalidad personal entre Uribe y Chávez, comprensible en mandatarios que comparten el estilo de gobernar y una misma ambición de poder, otras razones explican el desencuentro permanente entre Colombia y Venezuela. Por ejemplo, el choque de modelos económicos, de ideologías que se repelen y se resuelven en visiones opuestas de política internacional y alineamientos distintos en el concierto mundial. Imaginativos para repotenciar el viejo populismo a través de la radio y la televisión, estos hombres llegaron a encarnar, no obstante, dos anacronismos que todo lo veían en blanco y negro: la ortodoxia capitalista y la ortodoxia socialista. Mientras Chávez desmontaba el modelo neoliberal en Venezuela, Uribe lo consolidaba en Colombia. Quizás imaginaron ambos a sus países como teatro posible de una nueva guerra fría. Colombia, como aliado solitario de Estados Unidos en un continente que recelaba del agresivo conservadurismo de Bush; Venezuela, como cabeza de playa de la no menos agresiva troica conformada por Rusia China e Irán.

Así las cosas, la simpatía declarada del caribeño hacia las FARC, su pereza para impedir que esta guerrilla cruzara libremente la frontera y montara campamentos en territorio venezolano, fueron más que un símbolo. En su búsqueda del liderazgo en el continente, agitando  chequera de petrodólares por ver de extender su socialismo hacia el vecindario, acaso se le ocurrió al coronel aliarse con una fuerza armada legendaria ya y apadrinada en su hora por Moscú. Del coqueteo con una insurgencia que feriaba la revolución por la guerra sucia y el secuestro se contagió el Presidente Correa de Ecuador. Papaya formidable le brindó Uribe con su incursión militar en tierra ajena para liquidar al segundo de las FARC, violando los más elementales principios del derecho internacional. Ahora se pincha Correa y exige y bloquea y vocifera que Colombia no controla la frontera.

Nuestras fronteras son “porosas”. Se cuelan por ellas narcos y guerrillos hacia Ecuador y Venezuela, porque estuvieron siempre abandonadas. Tierra de nadie donde la ilegalidad impera y les da a los gobiernos vecinos argumentos contra el nuestro, mientras ellos hacen la vista gorda. Uribe ha querido arrancar del olvido a las fronteras. Si no con políticas integrales de desarrollo que asocien economía y población a ambos lados de la línea, al menos como solución de seguridad y defensa con la fuerza armada. El Ministro Santos anuncia el refuerzo de la frontera con Ecuador con 27 mil militares, 7 elementos de combate fluvial y una nave nodriza. Se descarga toda la política de seguridad y defensa sobre los hombros de los uniformados. Golpeada a fondo la guerrilla, la consolidación del territorio recuperado ha de ser ya menos militar y más social y económica. En la integración fronteriza, el militarismo debe ceder el paso a estrategias de desarrollo y poblamiento.

Enhorabuena, la crisis económica trae vientos de cambio. Para paliar su impacto, Uribe y Chávez se dieron la mano en Cartagena. Decidieron normalizar el comercio bilateral, fortalecer la integración fronteriza y aplicarse a la reanudación de relaciones diplomáticas. Pueda ser que a la voz de recesión se ablanden los modelos y los espíritus. Que desaparezca la vieja clasificación que hacía de Quito el convento, de Caracas el cuartel y de Bogotá la escuela de leyes, pues los tres centros tienen hoy mucho de convento y de cuartel y casi nada de ley.

DE CLIENTELISTAS Y MALEANTES

No es un decir de almas sombrías. Es la hecatombe. Colombia se despeña por el desfiladero de la corrupción. Y la dirigencia del país, su principal artífice, su Celestina, no ve ni oye ni hace nada contra ella. Capataces en su finca, a presidentes, congresistas, políticos, jueces y empresarios que deslizan los fondos públicos al bolsillo de su pantalón, hoy se suman guerrilleros y mafiosos para agregarle crimen a la felonía. Del discreto serrucho del Frente Nacional (la corrupción reducida “a sus justas proporciones”), hemos saltado al Estado de Corrupción. El narcotráfico colonizó media administración pública, contratos, puestos y presupuestos comprendidos. De otro lado, veinte años de descentralización del gasto a la buena de dios, han puesto también su grano de arena.

Cuatro hechos tomados al azar en la última semana indican las proporciones del desmadre. Veamos. Juan Manuel Galán dice sospechar que la multimillonaria financiación de las campañas del PIN y ADN procede del narcotráfico. Según Rafael Pardo, si el paramilitarismo financió campañas en 2006, hoy los fondos circulan abiertamente desde entidades del Estado y quienes deben controlar dejan hacer, dejan pasar. El uribismo estaría recibiendo apoyos mediante contratos y convenios suscritos con entidades oficiales como Fasecon y Acción Social. Tal la orgía de dineros públicos, que Pardo vaticina el advenimiento de un escándalo mayor que el proceso 8.000 y la parapolítica. El Presidente, –dice-, “no quiere dar la única garantía que importa: que no se roben el Estado para financiar campañas”.

Juan Manuel Dávila, rico beneficiario de AIS, revela que el ex ministro Arias quiso concertar con agraciados del programa para que no declararan antes de unificar criterios, cuando ya la Fiscalía había iniciado indagación formal contra los implicados. Compincharía y obstrucción de la justicia. El presidente del Senado, Javier Cáceres, resulta involucrado en una red de sobornos de mil millones al mes, tendida desde Etesa hacia propietarios de casinos, máquinas tragamonedas y juegos de azar. En fin, el zar anticorrupción denuncia que en 2009 el Estado pagó sobornos por 4 billones de pesos, equivalentes a 13% del presupuesto de inversiones de la nación.

Aunque goza de amplia aceptación, la corrupción sigue siendo en puridad un monopolio. Y viene aupada por la seguidilla de cambios políticos, institucionales y fiscales que despegó en los 80. Entre 1985 y 2005, en 50 localidades de Cundinamarca los ingresos municipales crecían a una tasa del 32% pero las Necesidades Básicas Insatisfechas se degradaban a un ritmo de -4%. Ineficiencia. Corrupción. Precipitada desconcentración de funciones y recursos hacia los municipios, amnistías tributarias, virtual supresión de las personerías, adelgazamiento del Estado a favor de la contratación privada y un principio de participación ciudadana convertido en demagogia abonaron el terreno donde los grupos armados amedrentaron, mataron, sobornaron, cosecharon y reinaron.

Álvaro Uribe conquistó la Presidencia gracias a sus ofertas de seguridad y lucha contra la corrupción. Pero pronto se vio que su catilinaria regeneradora hería, los primeros, a sus grandes electores. Después vino la reelección, pase al poder ilimitado que disparó su ambición y todo lo pervirtió. Si doblegó al Congreso cuando lo instó a votar sus proyectos antes de irse a la cárcel, éste terminó por avasallar también al Jefe de Estado, pues tenía entre el bolsillo las balotas de la reelección. Favores y chantajes van y vienen, de lado y lado. Su medio de cambio, una corrupción que ha roto todos los diques de la ley y la moral. Su destino final, el gobierno compartido entre clientelistas y maleantes.