por Cristina de la Torre | Ene 20, 2009 | Enero 2009, Internacional, Modelo Político, Personajes
No contento con pretenderse reencarnación de Bolívar, a la muerte de Fidel, Hugo Chávez se sentirá también prolongación del líder cubano. Sin la consistencia del que creyó necesario montar una dictadura sólo para darle salud y educación a su pueblo, Chávez se perfila mas bien como síntesis admirable del carácter común a los autócratas de derecha y los de izquierda. Tiene tanto del rústico mesianismo de un Leonidas Trujillo, el “Supremo”, como del dogmatismo irreductible de Lenin. Así lo sugieren la veneración de sí mismo que reverbera en sus intervenciones televisivas, la última de 8 horas; y la brutal descalificación de quien osa cuestionar los simplismos de su Socialismo del siglo XXI. Aunque no es sanguinario como el dominicano ni hereda el genio del ideólogo de la Revolución Rusa, Chávez reproduce en bonsai la simbiosis de las extremas políticas.
Polos que se juntan, para comenzar, en la persecución a los socialdemócratas de la Alemania de Weimar, en la primavera del siglo XX, por comunistas y nazis que desde orillas encontradas se ensañaron al unísono contra los gestores de la democracia de nuestro tiempo. A lo largo de cien años, esta conjunción de equidad y libertades ha debido defenderse sin respiro ya de la cruz gamada, ya de la hoz y el martillo, ya del caudillo puñetero dado también a mandar por eliminación del otro.
Que Chávez empiece a representar esta convergencia de radicalismos opuestos no parece obedecer a una fatalidad de la historia que tendiera a repetir el pasado. En su libro El Poder y el Delirio, nos sorprende Enrique Krauze con la revelación de que el consultor de cabecera y estrecho amigo de Chávez por largos años, el sociólogo argentino Norberto Ceresole, se movía a sus anchas entre la izquierda soviética y la derecha neonazi. Que fue montonero y, después, dirigente del ultraderechista movimiento militar de los “carapintadas” en tiempos de Perón. Que perteneció a la Escuela Superior de Guerra de la URSS y, a renglón seguido, militó en el neonazismo. Que escribió libros de geopolítica explícitamente inspirados por el general del Tercer Reich, Karl Haushofer. Si ello no rubrica a Chávez como fascista, diríase con Petkoff que más de un rasgo lo acerca a tal estereotipo: el culto al héroe, a la tradición y a la violencia, el desprecio por la ley y las instituciones republicanas a título de vocero del pueblo, “su presencia permanente y opresiva en los medios, el discurso brutal contra el adversario”.
Reconocida la obra social de su gobierno, el autoritarismo ideológico de Chávez busca expandirse regalando petróleo y dólares (53 millones a la fecha) mientras la economía de su país desfallece. Tras la expulsión de 22 mil técnicos e ingenieros de la industria petrolera, la producción de crudo se ha reducido a la mitad y los ingresos por ese concepto, a la tercera parte.
Tras la solitaria protesta de Chávez contra el genocidio de Gaza, yace un corazón valiente, cómo negarlo. Pero también la intención de cerrar filas con Irán y Rusia, por ver si resucita la Guerra Fría con Venezuela como nueva cabeza de playa. Meca de un personalismo inflamado, tan peligrosa como absurda es la designación de un veterinario en la cartera de Cultura para la patria de Andrés Bello.
Sobrecoge este renacer de egócratas calentanos que persiguen el poder absoluto y vitalicio torciéndole el cuello a la democracia, sólo porque estiman que “quien ha gobernado bien tiene derecho a repetir… indefinidamente”. Como si José Obdulio asesorara a la vez en la Casa de Nariño y en el Palacio de Miraflores.
por Cristina de la Torre | Ene 13, 2009 | Enero 2009, Internacional, Régimen político
Como en los años 30, también ahora la crisis económica despierta en Europa los populismos autoritarios, con sus componentes de nacionalismo, xenofobia y violencia contra el “otro” que amenaza la identidad propia y usurpa los puestos de trabajo. Judíos entonces, “amarillos” hoy, a instancias del inmigrante extracomunitario sale del clóset en Italia el fascismo larvado que esperaba su segunda oportunidad. Albaneses, rumanos, latinoamericanos, negros y gitanos sufren razzias envolventes de la policía y palizas propinadas por brigadas de choque idénticas a los fascios originarios. Acento racista del nuevo fascismo que busca el poder en el viejo continente, en Italia lo traduce un aviso dirigido a los negros colocado a la puerta de una discoteca de Padua, y reza: “ni crea que puede seguir, sólo porque Obama ganó”.
Con apoyo de toda la derecha –católicos, nostálgicos del Duce, separatistas del Norte que quieren una república blanca, de sangre pura y celta- Berlusconi se fraguó su cuarto mandato exasperando el pánico contra el “invasor” y autopostulándose como único capaz de enfrentar toda amenaza contra la patria, cuyo núcleo serían los inmigrantes. Debutó con un proyecto que convierte en criminales a los inmigrantes que no lleven sus papeles en regla. Su ministro de Gobierno, el presidente de la Cámara y el alcalde de Roma, Gianni Alemanno, son fascistas declarados. El 8 de septiembre pasado, el ministro de Defensa, La Russa, rindió homenaje a tropas pro-nazis.
Pero ellos no están solos. Pese a que Berlusconi enfrenta más de 20 procesos penales por fraude, corrupción, tráfico de drogas y asociación con la mafia, un amplio movimiento de opinión le hace coro. Proliferan los retratos de Mussolini en puestos de venta callejeros y a casi ningún taxista le falta ese adminículo en su llavero. El portero del Milan, Abbiati, invita a romper el “tabú” del fascismo, acogiendo valores suyos como la patria, el orden social y el catolicismo. Nuevas estrellas del fútbol se le suman todos los días: celebran sus goles con el saludo fascista. El público aplaude el tanto y, buena parte de él, también el saludo.
La historia reciente se ha encargado de demostrar que en situaciones de crisis social y desarraigo emocional florecen el dogma y el autoritarismo. Que el primer demagogo capaz de convocar la unidad del pueblo contra un enemigo diabólico –real o inventado- puede incitar al exterminio del agresor “impuro”. Legitimación moral de la violencia, tan cara al fascismo que vuelve a ofrecerse como solución a la crisis.
Dirán los que saben que tan sorprendente involución a un atavismo en apariencia olvidado no obedece apenas a un anhelo de seguridad en la gente. Que responde también a la sosera ideológica en que cayeron los partidos. Renunciaron ellos a las ideas que los distinguían de los demás, para desplazarse hacia un modelo de consenso que disimula las diferencias y sacrifica el pluralismo. Paraíso de un centro asexuado, democracia de cortesías impostadas a cuyas espaldas creció un vacío que el discurso de derecha vino a llenar.
El populismo autoritario se hizo eco de la pasión política y la canalizó contra un enemigo providencial: allá contra el “peligro amarillo”, aquí contra el terrorismo. Allá contra los inmigrantes, aquí contra la oposición. Contra artistas como Patricia Ariza, aplaudida de todos los públicos, diez veces galardonada en el extranjero, por motivos peregrinos que la ponen, sin embargo, en la mira del fusil. A fuer de popularidad, andan todos saliendo del closet.
por Cristina de la Torre | Dic 23, 2008 | Ciencia
Aplauso cerrado para los parlamentarios Jaime Cuartas y Marta Lucía Ramírez y para el Director de Colciencias, Francisco Miranda, gestores de la ley de Ciencia, Tecnología e Innovación que acaba de aprobarse. Solitaria flor en este desierto de gobiernos que conspiraron siempre contra la cultura, la norma dispone saltar del 0.18 al 1% del PIB para inversión en investigación científica. Monto igual al de Chile para ese rubro. En sentir de sus promotores, ella encaminará la industria nacional hacia un modelo de desarrollo productivo que multiplique el valor de nuestros bienes y servicios; aplicada a la producción de banano, café, carbón o petróleo, la investigación científica elevará el valor de esos productos y creará empleo; en un país con la megadiversidad del nuestro, la biotecnología y la genética despejarán vastísimos horizontes. En suma, la nueva ley nos redimirá del subdesarrollo y potenciará la capacidad de la economía colombiana para competir en el exterior.
Tanto entusiasmo, comprensible por la dimensión del logro alcanzado, puede, sin embargo, rebasar las posibilidades de la realidad. Y derivar en homenaje a la confianza inveterada de los colombianos en la magia de la ley. Acaso no pueda ella arrastrar por sí sola el desarrollo, cuando se carece de planes de largo aliento y de una clase dirigente capaz de jugársela, con sentido de patria, por un modelo de desarrollo que nos ofrezca futuro y dignidad.
Se dirá que al darle a Colciencias rango de Departamento Administrativo ésta tendrá asiento en el Consejo de Ministros y en el Conpes, escenarios llamados a definir las políticas y a situar la inversión. Pero el primero se ha convertido en un órgano asustadizo que se deja irrespetar por la prepotencia del Presidente. Y el Conpes, sin visión estratégica desde cuando se renunció en el país a trazar planes de desarrollo, no sintoniza la acción corriente del Estado con una perspectiva de progreso y equidad. Se limita a menear partidas, en la creencia de que plan de desarrollo es lo mismo que plan presupuestal. En este escenario, Colciencias podrá verse huérfana y sujeta a los vaivenes del inmediatismo, pues tampoco se habrá inscrito el impulso a la ciencia en un modelo de conjunto que tenga a la industrialización por matriz del desarrollo. Pero Miranda confía en que el esfuerzo combinado de empresarios, regiones, universidades y centros de investigación creará la infraestructura suficiente para invertir los nuevos recursos. Ojalá. Aunque el derrumbe del modelo que privilegia la espontánea iniciativa de células sueltas de la sociedad aconseja restituirle al Estado su potestad de pensar y dirigir el desarrollo, de modo que la inventiva individual encuentre cauce, apoyo y control.
Si en China, Corea, India y Brasil ciencia y tecnología obraron como motor del desarrollo, fue porque estos países educaron a su gente y negociaron tecnología extranjera en función de un modelo de desarrollo empotrado en la industrialización. Como en el Occidente desarrollado, el Estado protegió a la industria naciente. Pero aquí la aperó con la tecnología más avanzada, negociada tornillo a tornillo con las grandes multinacionales, y cuando fue preciso la adaptó a lo propio. Cuando la industria pudo competir por fuera, el Estado la libró a su suerte. Sola y dispersa, sin una perspectiva abarcadora que le trazara ruta y destino, lánguido hubiera sido el aporte de la ciencia. Así en Colombia, si no se vuelve al desarrollo, la ciencia puede quedar a la deriva.
por Cristina de la Torre | Dic 20, 2008 | Diciembre 2008, Modelo Económico en Colombia, Personajes
Carlos Lleras no es el personaje del año. Es nuestro hombre en el último medio siglo. Ajeno a la demagogia y al teflón, fue estadista capaz de ofrecerle a su país un proyecto histórico, sin hacerle concesiones a la popularidad construida en el vacío. Sin la reacción que se le interpuso, sus estrategias de desarrollo tendrían hoy a Colombia por émulo de Corea. El desplome del modelo que vino a reemplazar su propuesta de industrialización permite sospechar que no todo pasado fue peor. Pero en su indigencia programática, los partidos –el Polo comprendido- no querrán siquiera ensayar un balance del Estatuto de capitales y comercio exterior de Lleras Restrepo, por ver si algo sirviera de allí para vencer nuestra pobreza vernácula y recuperar la esperanza.
Cuando en 1967 se expidió el Decreto 444, la industria nacional parecía estancada y, para expandirse, necesitaba nuevos compradores. En términos de los especialistas, el modelo de sustitución de importaciones debía saltar hacia la promoción de exportaciones. Para ensanchar mercados e integrarse al mundo, había que exportar, atraer inversión extranjera para sectores productivos, y ordenar el manejo de la política cambiaria y comercial. Lleras señaló un desequilibrio permanente entre importaciones y exportaciones. Y se propuso equilibrar la balanza de pagos. En sintonía con la CEPAL, dibujó tres estrategias de fondo: ampliar y diversificar exportaciones para no seguir dependiendo del café; controlar el movimiento de divisas y las importaciones; y promover la sustitución de importaciones. A ello agregó el control de capitales y de la inversión extranjera.
Acostumbrado a imponer medidas de choque como la devaluación masiva que había desencadenado aguda crisis en Colombia, no le gustaron al Fondo Monetario Internacional aquellas políticas. Pero el Presidente se le enfrentó. Reclamó el derecho del país a regir sus destinos, pues “creemos que el manejo de la patria se nos confió a nosotros y no a los organismos internacionales”. Consideraba él que no se podía seguir cediendo al chantaje de Estados Unidos de condicionar el crédito externo a la libre importación de sus productos.
Con todo, el salto a las exportaciones debía acompañarse de mayor estímulo a la inversión extranjera, de preferencia en asociación con capitales nativos en grandes empresas productivas. Propugnaba la formación de capitales mixtos, no la preeminencia del capital foráneo, que le daría a nuestra economía “caracteres colonialistas”. Reglamentaba el mercado de capitales, poniendo cortapisa a aquellos que quisieran especular. Por lo visto, Todo aquello parece un mal recuerdo. La balanza cambiaria del Banco de la República muestra un déficit creciente, asustador. Y el endeudamiento crece en forma exponencial.
Idea original de Lleras, el Grupo Andino buscaba ampliar el mercado para darle salida a la producción estancada por la saturación del mercado local. Pero la zaga de tropiezos que frustraron la integración andina culminó con el golpe de gracia de tratados de comercio bilaterales que aniquilan la capacidad negociadora de la región con el mundo desarrollado. Y con las multinacionales, poco dadas a invertir en mercados liliputienses, si se los compara con los de China o el Brasil.
Ceguera imperdonable la de menospreciar tal esquema de integración. Entre tanto, el presidente de Colombia parece más interesado en disputarse el podio del populismo con otros pares andinos; y el expresidente Lleras acaricia desde su tumba la ilusión de que tanta insensatez toque a su fin.
por Cristina de la Torre | Dic 16, 2008 | Diciembre 2008, Personajes, Política exterior, Uribismo
Como en cualquier republiqueta tropical, en Colombia todos los caminos conducen al gobierno unipersonal. Dos pasos de animal grande consolidan hoy la avanzada del jefe de Estado sobre la constelación entera de los poderes públicos: la designación de Alejandro Ordóñez, su candidato, como Procurador; y la suplantación de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores (CARE) por una comisión suya, sin poder. Salvo el de crear la impresión de que se gobierna de consuno con la sociedad. La verdad es que en seis años el Presidente Uribe ha logrado debilitar la sociedad y las instituciones de la democracia en grados y modos que recuerdan los paternalismos de sable y charretera. A cambio de partidos, el falso poder del pueblo en consejos comunales montados para lucimiento de un gobernante que pulveriza las políticas del Estado en mil nimiedades de parroquia; o en plebiscitos inducidos de apoyo al Príncipe.
Ni hablar de la supremacía que derivó de su primera reelección, con penetración en las órbitas medulares del Estado, sacrificio de la separación de poderes y un estilo de gobierno a menudo dictado por la arbitrariedad, el rencor y el delirio de poder. El Presidente ha podido colocar a sus hombres en la Corte Constitucional, en el Consejo Superior de la Judicatura y la Junta del Banco de la República; puso el Defensor del Pueblo, el Fiscal y el Procurador; controla al Contralor y la Comisión Nacional de Televisión. La semana pasada sugirió que cerraría el Congreso si éste no tramitaba sus proyectos con la debida celeridad. Si la primera reelección fracturó la estructura del Estado y comprometió la independencia de poderes, la segunda sepultará la democracia, pues no se introdujeron las reformas necesarias para defender el sistema de pesos y contrapesos.
Descontada la idoneidad de sus integrantes, la Misión de relaciones exteriores será, con todo, un órgano de postín, pues nada de cuanto proponga tendrá carácter vinculante. Ni representa a la nación. Tampoco lo ha atenido la CARE, pero los jefes de Estado acogieron sus recomendaciones siempre que el país se vio en impasses de política internacional, negociaciones diplomáticas, suscripción de tratados y seguridad exterior. Porque la CARE representa los intereses del Estado, que prevalecen sobre partidos y gobiernos. Tan delicados son los asuntos que le competen. Desde hace un siglo es cuerpo consultivo de origen constitucional y reglamentado por la ley. Lo integran los expresidentes y delegados del Congreso y del Presidente.
Colombia recuerda con vergüenza la decisión unilateral del presidente conservador Roberto Urdaneta que adoptó a espaldas de la CARE y del Congreso y redundó en la pérdida de la mitad del petróleo que Venezuela extrae y hoy nos tendría por potencia petrolera. Fue la secreta cesión del Archipiélago de Los Monjes, vecino de la Guajira y asentado sobre un mar de oro negro, en canje por Eliseo Velásquez. El gobierno colombiano quería manduquearse al guerrillero liberal refugiado en Venezuela. Y en efecto sucedió. Venezuela recibió Los Monjes y, Colombia, al rebelde llanero: lo apresó, lo torturó y a los dos días lo mató.
¿Habrá consultado el Presidente Uribe a la CARE sobre nuestra maltrecha relación con Ecuador y Venezuela? ¿O repetirá experiencias nefandas como la de Urdaneta, sea por afinidad ideológica con aquel, o por llevarse el punto de decidirlo todo él solo, zurriago en mano, creyendo que Colombia será por siempre su Patria Boba?
por Cristina de la Torre | Dic 9, 2008 | Diciembre 2008, Iglesias, Modelo Político
Una plaga se tomó a Colombia: la teología de la prosperidad. Justificación religiosa del enriquecimiento repentino, a como dé lugar, ha contribuido a crear un clima que perdona tanto indelicadezas candorosas como el crimen. Hace metástasis ahora con la inversión masiva de dineros en empresas asociadas al narcotráfico para doblar réditos de un día para otro, y con ejecuciones extrajudiciales que se hacían por la paga. Porque no se trata ya de la riqueza amasada con esfuerzo, fruto y síntoma del favor divino, según algunas doctrinas. El nuevo credo introduce un matiz perverso: al buen cristiano la opulencia le llegará por generación espontánea de su comunión con Dios, sin necesidad de trabajar. El obispo norteamericano E. Bernard Jordan escribe: “Si abres tu mente a la palabra y al propósito de Dios… atraes fácilmente la prosperidad… el dinero y las oportunidades llegarán a tus manos sin esfuerzo (Pero) nadie ha alcanzado la prosperidad empujando una cortadora de césped o haciendo trabajos de plomería (…) El dinero es la fuerza del cambio en este mundo, y nunca tendrás suficiente dinero para cambiar las cosas si eres esclavo de un sueldo”.
Esta filosofía ha invadido predios de todas las iglesias en Colombia. Combinada con el espíritu del mercado sin control, en una sociedad excluyente que lleva años de guerra sucia, se volvió una bomba. Más letal aún si el motivo religioso incursionaba en la política y terminaba por acomodarse en el discurso del mandatario más popular de los últimos tiempos, que mezcla órdenes de acción militar con avemarías. Versión criolla de la lucha contra el Mal de Bush en Iraq, cuyo antecedente data de las asambleas de fieles que en la Norteamérica profunda entraban en éxtasis colectivo azuzadas por pastores que lanzaban anatemas a diestra y siniestra y convocaban a la guerra santa. Ronald Reagan introdujo, a la vez, el neoliberalismo con su libertad de mercado y un sitio de honor para la religión en el manejo del Estado. El gobierno fue también de las sectas fundamentalistas. Estas apoyaban a los lobbies de las armas y, en reciprocidad, el Presidente les designaba jueces enemigos del evolucionismo y del aborto en la Corte Suprema. Como si se tratara del magistrado Ordóñez, hoy candidato del Presidente Uribe a la Procuraduría y quien, a no dudarlo, aplicará justicia con arreglo a sus convicciones religiosas.
Entre nosotros, los antecedentes se remontan al narcotráfico. Para no hablar de la alianza de la jerarquía católica con el partido Conservador en tiempos de la Violencia. Hace 20 años, los sicarios de Pablo Escobar se encomendaban a María Auxiliadora para acertar en sus misiones asesinas. Alonso Salazar, alcalde de Medellín, escribe que el narcotráfico afianzó la cultura del consumo, popularizó un fetichismo religioso que violentaba la ética, elevó el dinero y la fuerza a categoría de valores supremos, socavó las instituciones y los controles naturales de la sociedad contra el delito.
Si obispos y pastores bendicen el enriquecimiento fácil de los fieles, no les tiembla la mano para exigirles contribuciones y diezmos. Con ellos aseguran los primeros su prosperidad sin trabajar y los crédulos invierten en salvación eterna, que no terrenal. Pirámide divina de captación ilegal de fondos que el Estado no toca, pues es su aliada. Indigna en todo esto la manipulación política y la explotación económica del más caro sentimiento humano: el sentimiento religioso.
por Cristina de la Torre | Dic 7, 2008 | Diciembre 2008, Izquierda, Personajes
Cuatro veces se abrió paso su mamá en las estaciones de policía para rescatar al adolescente que allí pernoctaba bajo el ribete de “agitador profesional” cuando oficiaba como dirigente de la Juventud Comunista en el colegio. Pero no era ella una madre como las demás. Mientras todas reconvenían a sus hijos por atravesados, Yira Castro, sincelejana de risa abierta, lo cubría de besos. Y manuel Cepeda, el padre, lo premiaba solemne con un apretón de manos. Niño colado en la generación amordazada del Frente Nacional, tres décadas después la aventura de ocasión había derivado en amenaza diaria de morir baleado por atreverse a gritar a los cuatro vientos que miles de colombianos caen asesinados por paramilitares o por agentes del Estado. Como cayó su padre, el último parlamentario vivo de la Unión Patriótica (UP), en una mañana sin sol de 1994.
Que hubiera tenido divergencias ideológicas con él, en público y en privado, no le impidió al hijo librar una lucha sin atenuantes por preservar la memoria del progenitor, de los que han muerto por desafiar las ideas consagradas y de las víctimas inocentes de los ejércitos de todos los colores. Ni héroe de epopeya, ni poeta maldito, Iván Cepeda evoca más bien al antihéroe de la pelea gris, sin esperanza, contra un Príncipe que parece poseído de su propia imagen de grandeza, apenas deslucida por algún audaz; y, sobre todo, contra José Obdulio Gaviria, el poder detrás del trono. Aunque Cepeda no casa riñas personales, se convirtió en contraparte del asesor presidencial y hoy es ícono de la lucha por preservar los Derechos Humanos en Colombia. Anatema para este gobierno que a menudo la asocia al terrorismo.
En particular con ocasión de la marcha del 6 de marzo que Cepeda promovió para reivindicar a las víctimas del Estado, a desplazados, desaparecidos y ejecutados. El Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, del cual es portavoz, denunció más de 20 mil desaparecidos, muchos de ellos asesinados, enterrados en fosas comunes o arrojados, ya cadáveres, a los ríos. El asesor de Palacio declaró que la movilización era obra de las Farc y Cepeda lo responsabilizó de cuanto pudiera ocurrirles a los organizadores de la manifestación. Se acentuó el asedio a líderes sindicales, dirigentes sociales y hombres de izquierda, hasta culminar en el asesinato de seis de los promotores de la marcha. Entonces 63 congresistas de los Estados Unidos instaron al Presidente Uribe a desautorizar a Gaviria. Y este último debió retractarse. Obra de las organizaciones de Derechos Humanos, del cambio de brújula en la política norteamericana y del escándalo de los falsos positivos, el mundo empieza a reconocer que en Colombia hay crímenes de Estado. El 14 de noviembre, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por el asesinato del senador Manuel Cepeda.
Como un bálsamo debió caerle la noticia a Iván; mas no para la revancha. Acaso haya desempolvado su viejo tomo de Dostoievski, rescatado de entre cientos de maravillas diminutas, artesanías y recuerdos de países lejanos que subvierten la uniformidad de la biblioteca y han sitiado a los libros contra la pared: “el ser humano no es violento por naturaleza –dice-. Raskólnikov, protagonista de Crimen y Castigo, me enseñó que al hombre se le presenta siempre la opción de ser violento o no serlo. Está más sujeto a un principio ético que determinado por la fatalidad”. Cuánto contraste, piensa uno, con el sentencioso lugar común de Spiros Stathoulopoulos, el director de la película PVC-1, para quien “la maldad humana siempre es cruda”. Entre las páginas del ruso o las de Thomas Mann, su otro favorito, puede andar Cepeda haciéndole antesala al lanzamiento de su libro, A las puertas del Ubérrimo, que tendrá lugar pasado mañana. Escrita en compañía del director de Codhes, Jorge Rojas, la obra describe el entorno social del nuevo poder que se ha instalado en Colombia, y augura acalorada controversia.
Iván Cepeda acumula más vida de la que sus 46 años parecen soportar. Vástago de una pareja en exilio intermitente, ha pasado la tercera parte de sus años en el extranjero. Experimentó en carne propia el régimen del socialismo real y su agonía en países de la órbita soviética. Vivencia privilegiada que le daría razones para romper, a la caída del muro de Berlín, con el Partido Comunista de Colombia e ingresar a la Alianza Democrática M-19 una vez que el grupo armado se hubo legalizado. Hoy es miembro del Polo Democrático. A la edad de 6 años presenció, con ojos muy abiertos y enfundado en un grueso gabán, la Primavera de Praga, rebelión del pueblo checo contra el guante de hierro de Moscú. A los 19 marchó a Bulgaria, donde estudió filosofía y no cejó en el debate académico sobre la capacidad de la dogmática marxista para dar cuenta de la realidad. Ya había sido Cuba, a los dos años, cuando los primeros pasos fueron también incursión inexorable en la política. “El socialismo era democracia en economía, sí, pero autocracia en política”, concluyó.
En 1987, a los 25 años, cuando la Perestroika hacía mella en la izquierda colombiana, regresó al país. Un hombre de cabello ensortijado, tan versado en tangos como brillante en la crítica, condensó la artillería política que hizo tambalear el sólido edificio de la ortodoxia comunista. Era Bernardo Jaramillo. Iván Cepeda se le unió, discutió con la pasión que el momento exigía y proclamó, ya desde entonces, una condena al secuestro, práctica de horror. “Confieso sin modestia que me llena de orgullo el haberlo hecho, una y otra vez, desde hace 20 años”. Jaramillo siguió liderando la crítica, a distancia sideral de Moscú y de las Farc. Hasta cuando lo mataron, tres años después, en 1990. “Con su muerte se frustró la esperanza de toda una generación –se duele. Jaramillo ofrecía la posibilidad de liderar una transformación de fondo en la izquierda”.
Según Cepeda, en la crisis del Partido Comunista y de la UP no pesó únicamente el periclitar del socialismo soviético. Pesó, sobre todo, el exterminio de toda una organización política de izquierda: “Desaparecieron miles de cuadros y líderes que hoy estarían desempeñando papel de primer orden en la política del país. Desapareció una oportunidad privilegiada de democratización de la izquierda. Si con el exterminio pensaba la derecha que eliminaba la subversión, sacrificó fue la parte más avanzada de la izquierda. Y creo que la suprimieron precisamente por eso. No porque fuera el sector más proclive a un proyecto militar, sino por encarnar una propuesta política, civilizatoria, democrática. Bernardo Jaramillo, José Antequera, Leonardo Posada. Era esa la generación llamada a producir un cambio político”.
Objeto que la doctrina de la combinación de formas de lucha convirtió a muchos miembros de la UP en carne de cañón de las Farc; que esta guerrilla usó a muchos de ellos en tareas de logística y luego los abandonó a su suerte. Con vehemencia apenas contenida retoma Cepeda el hilo de la conversación: “Había ambigüedad, sí, y doble discurso en la tesis del uso simultáneo de distintas formas de lucha. Pero la UP no era el proyecto político de las Farc. Su propuesta se orientaba a renovar la democracia desde el municipio, a partir de la elección popular de alcaldes, y desde la formulación de una nueva Constitución.” Pero la propuesta se quedó en el papel –insisto-, pues la dinámica de las Farc y su guerra sucia terminaron por prevalecer. “Eso puede ser cierto, pero sólo en parte. El hecho de bulto es que se apeló al crimen político para eliminar la posibilidad de una izquierda democrática”. También morían liberales y conservadores –apunto. “Si, y esos asesinatos son igualmente horribles. Pero no había razón ética ni política que justificara el genocidio. El secuestro no podía ser excusa para matar líderes sindicales. De haber querido erradicarlo, los paramilitares hubieran buscado a la guerrilla allí donde ella estaba. Pero claro, era más fácil eliminar sindicalistas, líderes sociales, campesinos. Entre otras razones, para acumular tierras y poder político. Los paramilitares no son una autodefensa. No puede serlo una fuerza tan agresiva, tan invasiva, que ha desaparecido a 25 mil personas y monopolizado gigantescas extensiones de tierra. No son un mecanismo de defensa; son un mecanismo de agresión, usurpación y arrasamiento”.
Cepeda piensa que no se ha hecho borrón y cuenta nueva. Los crímenes de Estado, dice, son una constante en nuestra historia contemporánea. Para él, el exterminio de la UP es un genocidio por razones políticas perpetrado por agentes del Estado en colaboración con grupos paramilitares. Los “falsos positivos” serían ejecuciones extrajudiciales precedidas de desapariciones forzadas que se han presentado en el contexto de la política de seguridad democrática. Cree que mientras existan patrones de criminalidad sistemática desde el Estado no se superará el fenómeno. Reconoce Cepeda los logros iniciales de la seguridad democrática; pero cree descubrir tras la retórica de José Obdulio Gaviria “una realidad espeluznante: la corrupción, la desinstitucionalización del país, el enriquecimiento fácil, el empoderamiento de personajes tenebrosos…”
Aseveración que parecería exagerada si no fuera porque la sociedad misma empieza a resentir la que nuestro hombre califica de “catástrofe”. Y entonces declara que “es la hora del Polo”. Con mayor razón si se frustra la reelección del Presidente Uribe. Pero tendría que estar el Polo a la altura del reto, sus dirigentes mirar más allá del ego propio, de sus propias convicciones, y responder al clamor de la sociedad. Y remata: “para ofrecer el cambio social, democrático y pacífico que Colombia requiere hoy, se necesitan generosidad, grandeza, capacidad de decisión y olfato político”. Más de uno se preguntará, no obstante, si el Polo podrá allanar dogmatismos y vencer la inopia programática que pone en entredicho su capacidad para encarar semejante desafío histórico. Si no se dejará arrastrar por clientelismos y tentaciones oprobiosas como la de llevar a la Procuraduría a un inquisidor delirante.
Cepeda coloca la paz en el corazón de sus anhelos. Estima que a ella no puede llegarse sino por medio de la negociación política . Que la guerra no termina con la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas del Estado y de los bandos en contienda. Agrega que “si las Farc aspiran a credibilidad política, tendrán que reparar a la sociedad y liberar, cuanto antes, a todos los secuestrados”.
¿Tiene miedo? le pregunto. Y este hombre que se protege con acompañantes desarmados y puebla su apartamento de relojes (docenas de relojes de todos los tamaños, edades y diseños), que parecen recordarle que la vida se cuenta por minutos, responde con sencillez: “Más miedo me daría de no hacer lo que hago”.
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“El ser humano no es violento por naturaleza. Siempre puede escoger entre ser violento y no serlo. Está más sujeto a un principio ético que determinado por la fatalidad”.
“El socialismo de la Unión Soviética era democracia en economía y autocracia en política”.
“Me llena de orgullo el haber condenado el secuestro, una y otra vez, desde hace 20 años”.
“Los paramilitares no son una autodefensa; son un mecanismo de agresión, usurpación y arrasamiento”.
por Cristina de la Torre | Dic 2, 2008 | Conflicto interno, Corrupción, Diciembre 2008, Impunidad, Narcotráfico, Política exterior
El levantamiento del Putumayo señala el fracaso del Plan Colombia. Abonada la incierta derrota de las Farc, éste no logró erradicar los cultivos ilícitos, ni acabó con el paramilitarismo, ni ofreció un desarrollo alternativo al de la economía de la droga. Antes bien, en la cadena del negocio, se avanzó del cultivo de la coca al estadio de la especulación financiera que DMG ofreció. Cuando Mucia sentó sus reales en el Putumayo, la pobreza rural alcanzaba el 79%, y las plantaciones de coca, 80 mil hectáreas en el Departamento; hoy son 2 mil. La reducción sólo es mérito de la rentabilidad que DMG ofrecía. Pero bastó un toque de diana para devolver a la gente del común a su cruda realidad: el enriquecimiento, lícito o ilícito, le será siempre esquivo, prerrogativa de los más astutos en toda la escala social. Uribe querrá apagar el incendio abriéndoles los bancos a menesterosos que nada tendrán para depositar en ellos y reforzando Familias en Acción para no tener que idear soluciones de fondo. Y por ver si así recupera la popularidad perdida. Veintiun puntos hoy. Se teme que la gente torne al viejo cultivo en tierra de nadie. Menguada la ayuda militar norteamericana, narcotraficantes, paramilitares y guerrilleros volverían a pasearse por esos territorios como Job por la Casa de Nariño.
Acaso por entender la dimensión del fiasco, el gobierno norteamericano reformula el financiamiento del Plan Colombia reduciendo montos e invirtiendo énfasis: debilitar la inversión militar, en favor de los programas de desarrollo alternativo que se habían propuesto como complemento a la erradicación de cultivos ilícitos y a la guerra contra los grupos armados. En informe de 2008 a Joe Biden, entonces director del Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano, la GAO (Govermente Accountability Office) reconoce que con el Plan Colombia el gobierno de nuestro país “mejoró la seguridad”, pero no logró las metas de reducción de cultivos ilícitos. En consecuencia, propone mermar la ayuda militar e iniciar el proceso de “nacionalización” del Plan. Vale decir, que Colombia termine por asumir la responsabilidad operativa, administrativa y financiera del mismo.
Aportes como los seis billones de dólares de Estados Unidos para estos fines serán cosa del pasado. Con más veras si, como lo dice el informe, el gobierno colombiano decidió negar la ejecución de todo proyecto de desarrollo alternativo allí donde se encontrara algún cultivo de coca o de amapola. O sea que no hubo iniciativa económica y social precisamente donde más se requería, y sí, en cambio, señuelos electoreros como Familias en Acción. Por añadidura, el propio Departamento de Estado notificaba el mismo cambio de prioridades en la ayuda: reducir programas de erradicación de cultivos, interdicción y ayuda militar en favor de programas de desarrollo económico y social y preservación de los Derechos Humanos.
No hay que hacerse ilusiones. Primero, porque en esta guerra el desarrollo alternativo del Plan Colombia funge apenas como acólito de la acción militar. Lejos de una Alianza para el Progreso, que incluía reforma agraria, democratización y estrategias de industrialización nacional. Segundo, porque la ruina del Sur desnuda la estolidez milagrera de un mandatario que insiste en reemplazar su nula concepción del desarrollo con los fuegos artificiales del gobierno “de opinión”. Aunque sufra la rebelión de sus más ardorosos prosélitos.
por Cristina de la Torre | Nov 25, 2008 | Corrupción, Narcotráfico, Noviembre 2008, Uribismo
En Colombia, país del Sagrado Corazón, sólo otro Mesías podrá hacerle chico al Presidente. Y he aquí que un “indio igualado”, como la idiotez de cierta oligarquía cataloga a David Murcia, amenaza trocar a Uribe de salvador en verdugo de su pueblo. Si en vez de desmontar la política que permite a militares asesinar inocentes éste invoca para evitarlo al Espíritu Santo, el nuevo potentado rubrica su poder con el lema de “creer en Dios y en David Murcia Guzmán”. Con aval divino, reparte él migajas del narcotráfico para blindar con apoyo popular la más grande operación de lavado de activos en el mundo. Y extiende sus tentáculos hacia esferas del poder a veces receptivas. Así lo sugiere la repentina premura con que se intervino a DMG y se puso a su dueño tras las rejas, después de años de sospechosa inacción, casi en el momento mismo en que los hijos del Ejecutivo parecían enredados en tratos con esa firma, y el promotor del referendo reeleccionista no acertaba a explicar por qué le aceptó ayuda en el acopio y transporte de las firmas.
Los habitantes de La Hormiga, Putumayo, riegan con llanto todos los días una oración a Dios y otra al apresado. El cura salta en su primer sermón del Apocalipsis a David Murcia, a su amparo para construir la nueva parroquia y dar mercados a los pobres. Todos le oran en trance místico, elevando hacia el cielo manos y ojos y grandes voces. Patetismo comparable al de tantos compatriotas que no se figuran al Presidente sino en olor de santidad.
Pero en el Putumayo, como en tantas partes, no todo son rezos y lamentos. Hay también parálisis de la economía, desórdenes y protestas contra el gobierno que le arrebata el pan a la gente. Y es que Murcia y las pirámides llenaron el vacío de ingresos que la fumigación de los cultivos ilícitos dejó. No bien se quedaron los cultivadores sin oficio y sin qué comer, cuando DMG les cayó como maná del cielo. Hasta hace diez días, 85% de la población del Putumayo era clientela suya. Ya se prepara marcha desde el sur hasta Bogotá en reivindicación de la última alternativa económica que les quedaba.
Comedia de equivocaciones en la que ha derivado este gobierno, el de las pirámides es epílogo de una larga cadena de escándalos que ha terminado por atrofiar el juicio de los colombianos. De tanto mirarnos el ombligo, provincianos, no sabemos ya medir las proporciones de barbaridades que llenan de asombro al extranjero.
Tras la defensa del Presidente a su director del DAS, cuando se le acusó de asociarse con el crimen; tras la permanencia en el cargo del Ministro del Interior, no obstante que a su hermano se le incrimina por vínculos con la mafia, y la del Ministro de Hacienda en el suyo habiéndose quedado quieto frente a la estafa colosal de las pirámides; tras el alegre paseillo de los emisarios de don Berna en Palacio, cabe exigir explicaciones convincentes a miembros del círculo íntimo del Presiedente que tuvieron amistad, contactos, tratos, negocios o proyectos con el más grande lavador de dólares que se conozca, o con sus socios.
La corrupción ha dado en Colombia un salto cualitativo. A la mordida, el soborno, el peculado, el nepotismo, el favoritismo en los contratos agrega hoy la avanzada del crimen que quiere incrustarse en la entraña del poder. Y el gobierno ahí: o no se percata, o no quiere saberlo. En todo caso sirve, y mucho, ser Mesías. Unas veces, para nadar en oro habido con sangre; otras, para pasar de agache.
por Cristina de la Torre | Nov 18, 2008 | Arte, Internacional, Noviembre 2008, Personajes
El sueño americano no es uno sino dos. Ambos proceden de los “padres fundadores”, pero describen trayectorias opuestas. Uno, es el de la democracia liberal que Estados Unidos llevó por momentos a estadios dorados y que Obama rescata hoy como convivencia multirracial e igualdad de oportunidades hecha carne. Retorno al origen libertario, ajuste de cuentas con la barbarie que duerme solapada en el mismo lecho de la civilización norteamericana: con la esclavitud y el linchamiento de negros hasta no hace mucho; con la persecución de liberales y comunistas en tiempos del macartismo, discípula aventajada del recién sepultado fascismo; con la arrogancia de un fanático iletrado que legalizó la tortura, arrasó pueblos y condujo el suyo propio al desastre económico y moral.
El otro sueño es el del espejismo de la felicidad cifrada en un confort prestado que aísla, aniquila las fuerzas y termina por matar toda ilusión. “América”, meca de cuanto europeo sufrió hambre, se trocaba, sin embargo, en una sociedad tiranizada por el dinero; por el vértigo del consumo sin pausa, pues él era pasaporte de bonhomía y prestigio social. De seguro Benjamín Franklin, el otro fundador, no imaginó que sus “Consejos a un joven comerciante”, escrito para allanar el ingreso a la modernidad por la puerta del capitalismo, avasallarían a su pueblo. Máximas suyas fueron que el tiempo es oro y el dinero, fértil; que quien lo malgasta “asesina” (¡) la riqueza que hubiera producido con él. Filosofía de la avaricia, llamó Weber a tal doctrina, una ética cuya infracción constituye estupidez y olvido del deber. Ya Calvino, padre del puritanismo, había hecho coincidir al elegido de Dios con el rico, y al pobre, con el condenado. De donde se comprende por qué allá, ser “ganador” es poco menos que ser santo, y ser “perdedor”, una desgracia. Se pregunta uno cuán incrustada llevarían en el alma esta filosofía los ejecutivos de la especulación que de tanto acumular riqueza quebraron la economía del mundo.
Nadie ha penetrado como Arthur Miller en la entretela humana de este drama. Vimos en Bogotá por estos días La muerte de un viajante, obra del dramaturgo norteamericano que se robó por décadas el aplauso de todos los públicos. Comprendido el nuestro, que contemplaba sin pestañear el montaje de Jorge Alí Triana, pues el director volcaba todo su talento en ésta que tantos consideran obra cumbre de la dramaturgia contemporánea. No se quedó atrás la interpretación de Luis Fernando Montoya, veraz, intensa, prodigiosa; ni las de Jennifer Steffans y Juan Sebastián Aragón.
La muerte de un viajante rompe la ilusión del sueño americano. Penetra en la intimidad de una familia de clase media donde el fracaso en los negocios se percibe como derrota vergonzosa, y entonces, se presenta como triunfo. Piadosa o brutal, pero siempre refugio de la desesperación, la mentira revienta los lasos de sangre. Soledad, frustración, humillación, pánico al qué dirán por falta de medios para ostentar el buen vivir, se extienden como la sombra sobre una vida ingrata. Dignidad y honor dependen de la futilidad del dinero, del éxito convencional. El desenlace, la muerte.
Si Balzac desveló las pequeñas y grandes mezquindades de la burguesía francesa, Miller captó el lado oscuro del sueño americano: la deshumanización de la sociedad, antípoda de la democracia, a cuyos valores no podía volverse sino por los caminos del talento: por la increpación adolorida del artista, para recriminar el utilitarismo, con Miller; por el acierto del visionario, para rescatar los valores libertarios, con Obama.