por Cristina de la Torre | Nov 11, 2008 | Conflicto interno, Noviembre 2008
Los miles de ejecuciones extrajudiciales que se le imputan a la fuerza pública, la suspensión de la ayuda norteamericana a tres unidades militares por cohonestarlas e indicios de que Obama desmontaría el Plan Colombia pusieron al descubierto una sorda rivalidad entre dos concepciones de la guerra en el seno de las Fuerzas Armadas. Una, la del General Padilla, piensa la Defensa en términos de desarrollo integral y guerra limpia. En la otra, la del General Bedoya, clonada en el General González que lo sucede en la comandancia del Ejército, la Defensa se resuelve en reducción del enemigo por las solas armas, cueste lo que cueste; en el “ímpetu operacional” que cosecha triunfos pero ha dado lugar también a crímenes que por su número y modalidad evocan los horrores del régimen de Pinochet y la inhumanidad de la guerra del Congo.
La modificación de los énfasis del Plan Colombia en 9 años juega en esta escisión estratégica. El Plan original planteaba soluciones al conflicto armado mediante una política integral enderezada a fortalecer la democracia y atacar las raíces de la exclusión y la pobreza, multiplicadores de la violencia en las zonas afectadas. Habría en éstas inversión para mejorar las condiciones de vida y alternativas de desarrollo a largo plazo, incluidas las zonas de cultivos ilícitos. Ello se traduciría en proyectos productivos de elevado impacto económico y social, con creación de empleo e ingresos.
Pero la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla opacó el componente social del Plan, lo redujo a Familias en Acción y Familias Guardabosques. Todo fueron armas y, para los pobladores, placebos contra el hambre. Armas inadecuadas, costosísimas y peor distribuidas entre las distintas fuerzas militares. Con su aureola de antigüedad, el Ejército acaparó la mejor parte y se llenó de tanques de guerra que se atascarían en la primera cañada de la selva, pero servían, eso sí, para exhibir en las fiestas patrias como rodantes danzarinas sobre las asfaltadas calles de Bogotá.
Se ignora qué proporción de los 6 mil millones de dólares y de las partidas del presupuesto nacional destinadas a Defensa se ha invertido en hinchar con estos juguetes la vanidad de generales que, lejos de responder ante la justicia por su inconcebible laxitud frente a crímenes de lesa humanidad atribuidos a sus subalternos, resultan elevados a los altares de la diplomacia. El General Bedoya no sabe todavía si escoger la embajada de Corea entre las varias que el Presidente le ofreció, magnánimo. Entre tanto, no cabe esperar que González, su subalterno, protagonice en el Ejército el necesario viraje. En vez de esperar resultados que él anuncia, la opinión debe pedirle cuentas sobre los resultados que ya produjo y nunca explicó: sobre los 355 presuntos falsos positivos que se presentaron en Antioquia mientras fue comandante de la Cuarta Brigada.
Sea cual sea el destino del Plan Colombia, la reestructuración del sector Defensa tendrá que equilibrar el poder de las distintas fuerzas militares. Y escoger entre un modelo de guerra que ataca también las causas sociales y económicas del conflicto, respetando los derechos humanos, y otro que busca exterminar al enemigo sin muchos miramientos éticos. Es de temer que termine por prevalecer el último, si este gobierno sigue usando las bajas de la guerra como instrumento de propaganda electoral.
por Cristina de la Torre | Nov 4, 2008 | Noviembre 2008, Régimen político, Uribismo
Le tocó. Arrastrado por las circunstancias y las evidencias, el Presidente Uribe no pudo sino iniciar la purga del ejército, baluarte de la política de seguridad que lo elevó a la gloria. No acababa de declarar que los desaparecidos de Soacha habían muerto en combate, que las denuncias de Amnistía Internacional y Human Rights Watch sobre crímenes de Estado en Colombia eran ardid de la subversión, cuando se destapó un tenebroso mercado de cadáveres de inocentes activado por redes de uniformados, mafiosos y paramilitares. Seis años de guerra comandada por una política oficial que reclama, compulsiva, bajas a granel, descuidando controles sobre la tropa y la oficialidad, resultaron en una mar de falsos positivos que escandalizan al mundo.
Tampoco podía ya frenar la tendencia que dentro de las Fuerzas Militares encarna el general Padilla y privilegia en la guerra el apoyo de la población y el respeto a los derechos humanos. Orientación que el ministro Santos comparte y se traduce en el principio de preferir un desmovilizado a un capturado y, éste, a un muerto. Ni le era dable insistir en la estrategia de tierra arrasada del amigo y fiel ejecutor de su política, el general Bedoya, siempre sediento de “estadios llenos de muertos”, según solía decir. No estuvo Montoya en la comisión que el 3 de octubre integró el ministro de Defensa para investigar las desapariciones de Soacha. ¿Acaso andaría arreglando entuertos por la Cuarta Brigada de Medellín, involucrada al parecer en la matanza, cuando se ha sabido que Antioquia ocupa primerísimo lugar en la comisión de los noveles crímenes de Estado?
Vedado le quedaba a Uribe, además, volver a ordenarle a un general que “acabara” con un malhechor y se lo apuntara a su cuenta, frente a las cámaras de televisión, como se lo permitió hace dos meses en un consejo comunal en Medellín.
Es que el cambio de inquilino en la Casa Blanca, probable anverso de Bush, obliga a limar el verbo. Y a serenarse, si nos atenemos a directiva del Departamento de Estado norteamericano expedida el 28 de agosto para reafirmar las condiciones que Estados Unidos le impone a Colombia, si aspira a conservar la ayuda de ese país. Que el documento obró como una orden en la Casa de Nariño se colige de la exactitud con que las medidas adoptadas se ajustaron al texto original. Este insta al Comandante General de nuestras Fuerzas Armadas a retirar a sus miembros, de cualquier rango, que, según el Ministerio de Defensa o la Procuraduría, resulten involucrados en violación de derechos humanos, ejecuciones extrajudiciales comprendidas, o aliados de paramilitares. Recuerda que el Departamento de Estado se documenta en investigaciones a cargo de organismos de derechos humanos con reconocimiento internacional. Lo que no le impidió al Presidente, pataleo de la honrilla, cuestionar la autoridad de Vivanco, vocero de HRW, para calificar al gobierno colombiano en materia de derechos humanos.
Todo sugiere que, si se depura el cuerpo armado y se civiliza la contienda, habrá viraje hacia una seguridad ajustada, por fin, a la ley y a la democracia. El ministro Santos, agente de la rectificación del rumbo que se avecina, ha concentrado en su persona los triunfos de la guerra, y quiere ser Presidente. Para pelearse la silla de Bolívar en 2010 le bastará subirse al carro de la nueva seguridad y, claro, convencer al jefe de que más vale un “putinazo” que purgar culpas ajenas.
por Cristina de la Torre | Oct 28, 2008 | Internacional, Modelo Político, Octubre 2008
Signos contradictorios confunden todos los días los sentimientos de los colombianos. Oscar Tulio Lizcano escapa de las Farc con ayuda de la presión del ejército sobre sus captores, y el país entra en júbilo. Pero también se avergüenza al comprobar que el DAS, órgano de inteligencia del Estado, deriva en policía política del gobierno para perseguir a la oposición desde la sombra. Indigna ver a los corteros de caña humillados por un sistema laboral heredado de enclaves coloniales en república bananera. Y, sinembargo, las consultas internas del Polo, el Partido Conservador y el de la U para escoger dirigentes y candidatos anuncian el renacer de los partidos, una luz al final del túnel. Mas, a la vez, descorazona la pobreza de sus contrapropuestas al modelo de economía que nos rige, exótica reminiscencia del paradigma que naufragó en Wall Street, y causa gorda de nuestras desgracias.
¿Cómo no mirar al lado, verbigracia, hacia el Brasil? Con Rusia, China, India y Suráfrica, configura nuestro vecino el bloque de países llamado a dominar en el mundo dentro de 20 años. Brasil mantuvo siempre el modelo de industrialización de la Cepal y enfrentó con realismo los desafíos de la globalización, para insertarse en el mundo sin empeñar su soberanía. Hoy es la novena potencia del planeta. Controló la inflación, pagó la deuda, rompió amarras con el FMI, logró la autosuficiencia energética y, sólo en el gobierno de Lula, ha creado cerca de 8 millones de empleos en el sector formal.
A más de mantener el equilibrio de la economía, Lula fortaleció la función reguladora del Estado y su capacidad para promover la producción, el empleo y la inversión en los sectores productivos. Pero ha sabido medir su papel de empresario y flexibilizar el proteccionismo mientras combate la exclusión social. En suma, es su modelo el del Estado planificador y promotor del desarrollo con inclusión social, que se da sólidos fundamentos fiscales y monetarios. Para alinear a empresarios y trabajadores hacia el impulso de la competitividad, el partido del Presidente se alió con el centro. Parámetro no negociable del acuerdo es un programa económico edificado sobre la lucha contra la exclusión, la pobreza y la desigualdad. Sobre el desarrollo basado en crecimiento con redistribución del ingreso.
Iniciativa del Brasil, Unasur acaba de debutar como alternativa a la anquilosada OEA, neutralizando la guerra civil que amenazaba a Bolivia. Tal vez ninguna opción de integración en el subcontinente había augurado tanto. Unasur promete transitar de una planeación integral del territorio hacia una planificación suramericana del desarrollo. Con ella puede reverdecer la integración regional que la Cepal propuso en su hora, para reducir la dependencia abriéndole mercados amplios a la industrialización, puntal del desarrollo.
Pasan cosas en América Latina. Pueda ser que la democratización de los partidos se acompañe de verdaderas propuestas de desarrollo. A ver si un día dejamos de navegar entre la renacida ferocidad del paramilitarismo, la criminal estupidez de las Farc y la chifladura de bogotanos que empiezan a comprar en las calles la figurita del Presidente Uribe para darle en su pesebre de navidad el lugar que ocupaba el Niño Dios. Pobre Colombia, tan zarandeada en esta bipolaridad de chiste cruel, entre la tragedia y el ridículo.
por Cristina de la Torre | Oct 21, 2008 | Movimiento social, Octubre 2008
Experto en resolver las crisis a su favor, a Uribe podría favorecerle la agitación social que su gobierno presenta como instrumento del terrorismo, para atornillarse en el poder. Una protesta popular manejada con rudeza y artificiosamente asociada a las Farc se complicaría hasta configurar la anhelada hecatombe en sus planes de reelección. Embolatados como parecen los mecanismos de referendo para repetir en 2010 y reforma política para hacerlo también en 2014, no resulta descabellada la hipótesis de un Plan C, cada día más franca en los mentideros políticos: convocar, al amparo de la conmoción interior, una constituyente de bolsillo que resuelva en forma expedita el trámite legal del articulito.
Ya saltan a la vista las dificultades de trámite del referendo en el Congreso y las de los otros siete debates que requiere la aprobación inicial de la reelección para el 2014. Son dos legislaturas, preñadas de conflictos, chantajes, oportunismos y deslizamientos de parlamentarios cuya única divisa es mantener la curul a toda costa. Así lo anuncia la primera insubordinación de la bancada uribista contra la reforma de la justicia, que el gobierno debió enterrar. Ni qué decir tiene la gallada de convertir la popularidad del Presidente, difusa por definición, en 7 millones 200 mil votos, umbral necesario del referendo.
La conmoción interior no sólo servirá para criminalizar el movimiento social y laboral, a la manera del Ministro Arias, para quien bloquear una carretera es un acto terrorista; o como la insólita protesta del Ministro Palacio, el del cohecho, porque tras los paros él adivina la intención de “oponerse al gobierno”. La caverna, negación ramplona de toda democracia. Honrando nuestra particular tradición de avasallar también a jueces y legisladores, el gobierno guardará formas de la democracia, para que no se diga que en Colombia manda un chafarote. Pero ahora se suman tres ingredientes nuevos. Primero, el Presidente anuncia que “aprovechará” el estado de emergencia para proponer cambios en el poder judicial que se conviertan en norma permanente, por encima del Congreso. Vaya uno a saber (y aquí lo nuevo) si ellos persiguen todavía salvar de los tribunales a parapolíticos, a funcionarios acusados del cohecho que lo reeligió la primera vez y a miembros de las fuerzas militares acusados de crímenes de Estado.
Segundo, la conmoción interior no hará sino acelerar el proceso de absorción de la Justicia y del Congreso por la Casa de Nariño. A pesar de la denuncia de Vivanco, vocero de HRW, en el sentido de que el gobierno de Uribe obstaculiza las investigaciones de la justicia contra la mafia paramilitar y sus cómplices en el Congreso. Tercero, si damos crédito al presentimiento de quienes andan en la pomada política, la conmoción interior será el trampolín de la reelección en 2010, en 2014, y sabe Dios hasta cuándo.
Si el segundo mandato de Uribe atestigua el desastre que la reelección ha causado en las instituciones republicanas, las que le sigan darán al traste con la democracia. Y no se crea que Uribe flaqueará porque empiece a sentir el calor del sol a sus espaldas. O porque se le rebote el pueblo. Antes bien, en sicologías como la suya, tocadas de divinidad, podría dar sin pestañear el salto olímpico de la presidencia imperial a la dictadura electiva.
por Cristina de la Torre | Oct 14, 2008 | Mujer, Octubre 2008
El oportunismo y la inconsistencia moral de Monseñor Libardo Ramírez no tienen límites. Cabalgando sobre el repentismo de una sociedad que busca exorcizar sus culpas con cadena perpetua para los asesinos de niños mientras tolera el imperio de la motosierra, el presidente del Tribunal Eclesiástico propone matar en vida a la mujer que aborta: “aprovechar” un referendo para lapidarla por incurrir en “asesinato desde la concepción”. Gracias a una “frasecita” incluida en la consulta, las primeras reas serían el ejército de niñas menores de 14 años que resultan embarazadas por abuso sexual y cuyo número creció 20% en el último año. Tras violadas, condenadas. Les seguiría una multitud de mujeres que desafían los derechos que la religión le atribuye al feto. Esta se ensaña en la libertad, la salud y la vida de millones de féminas, Evas cuya bíblica perversidad avergüenza a la humanidad.
El aborto plantea, desde luego, un problema ético. Para sus enemigos, por ser el feto un ser humano, tiene derecho a la vida; y como el aborto niega ese derecho, resulta moralmente inaceptable. Pero los defensores del aborto sostienen que el feto no es un ser humano; y que, así lo fuera, su derecho a la vida debe subordinarse a los derechos de la madre: el de la defensa propia y el de disponer de su cuerpo. Derechos que prevalecen sobre el derecho a la vida del feto. Disponer a voluntad del cuerpo propio es decisión personalísima que puede incluir la maternidad o excluirla. Y este derecho de propiedad sobre el cuerpo no sólo rige para encintas en peligro de muerte sino para aquellas que llevan embarazo normal. Si contra toda precaución queda preñada la mujer, a ella le asiste el derecho legítimo de negarle al feto el uso de su cuerpo para convertirse en persona. No se le puede obligar a parir un hijo no deseado. El feto no tiene derechos contra su madre, como nadie podría tenerlos. A nadie se le puede exigir el sacrificio de su vida en favor de otra.
Ciudad de México acaba de despenalizar el aborto, con fundamento en el derecho de la mujer a decidir sobre su propia vida. Y ha suscitado enfrentamientos entre fieles de la virgen de Guadalupe que, ataviada con fetos, exclama –“ya me mataron a un hijo, ¿me van a matar más?”, y mujeres que exigen “quitar sus rosarios del mis ovarios”. ¿Son criminales, por defender el derecho a la vida… de la mujer?
El aborto concierne a los derechos de la persona y pertenece al fuero exclusivo de su intimidad. De la misma manera que se escoge una religión, o ninguna, sin que por ello deba el ciudadano perecer en prisión. En democracia, no pueden imponérsele a la vida civil parámetros religiosos. La controversia sobre la legalización del aborto no puede darse sino en términos de la ley civil, lejos de la moral religiosa que ciertos jerarcas de la Iglesia insisten en imponer para provocar resultados de horror: robarle la vida (que en ello consiste la cadena perpetua) a quien defiende su propia vida.
Tan frágil el razonar de estos purpurados, como cruel fue su incitación a linchar gente en nombre de Cristo-Rey, en tiempos de la Violencia. Salvo a los cientos de fosas comunes, a todo en Colombia lo han vuelto crimen. Mediante algún articulito, pronto nos dirán que abortar es cortar el cogollo de los hombres que nos darán seguridad contra el Mal. Pecado de lesa Patria.
por Cristina de la Torre | Oct 7, 2008 | Corrupción, Octubre 2008, Uribismo
El hiperpresidencialismo de la nueva Constitución ecuatoriana es pálido reflejo de los excesos que se practican hoy en Colombia. Allá, la incursión del ejecutivo en los órganos de justicia y de control dizque busca medios para remontar los estragos de 20 años de neoliberalismo. Ver para creer. Pero en Colombia, no sólo va concentrando todos los poderes en la persona del Presidente Uribe, sino que quiere neutralizar la acción de la justicia contra el delito. Dígalo, si no, el rosario de escándalos que rodea al propósito de proteger contingentes del uribismo sindicados de aliarse con el crimen, y de burlar las decisiones de los tribunales contra funcionarios del alto gobierno.
Ultimo fruto del golpe de mano: la operación salvamento del Ministro Palacio, acusado de cohecho, por graciosa intervención del Consejo de la Judicatura donde debutan fichas del Presidente como el inefable Ovidio Claros. 5 de los 7 magistrados de la Sala que se pronuncia son uribistas, y al finalizar el año lo serán todos. Este hecho, unido a la reforma de la justicia que apadrina el ministro del ramo, se propone debilitar a la Corte Suprema (que procesa la parapolítica); abrir un boquete por donde escapen de sus celdas los implicados; y allanarle el camino a un proyecto de largo alcance afirmado en las elites más conservadoras y en nuevos sectores que a veces se disputan a sangre y fuego una posición de mando en la sociedad.
No otra cosa se infiere de la frescura con que el Presidente abraza la causa de su Ministro Valencia, hermano, promotor, jefe político y defensor en la sombra del Director de Fiscalías de Antioquia, sorprendido en andanzas íntimas con la mafia del narcotráfico. “Ni un paso atrás, Ministro”, le dijo Uribe, cuando el país y el mundo se preguntaban atónitos si un demócrata podía mantener en el cargo a un hombre en funciones presidenciales que así despreciaba su responsabilidad política. Pues si, al parecer el Presidente lo sabía todo.
Informa Semana que el alcalde de Medellín, Alonso Salazar, le había advertido sobre graves sospechas de infiltración de la mafia en la Fiscalía de Medellín. Y reafirmó en Cambio que desde 2004 venía insistiéndole en la denuncia. En debate parlamentario memorable, se pregunta el senador Jorge Enrique Robledo por qué el gobierno no le paró bolas. ¿Acaso porque el funcionario viene protegido por su hermano desde Palacio, de la misma manera que el Presidente no actúa frente al Ministro como Jefe de Estado sino “como padrino”?
Pero del ascendiente de los Valencia en el alto gobierno participan los socios de Guillermo, el menor, miembros de “una banda peligrosísima de delincuentes, narcotraficantes y paramilitares”, dice Robledo. De Felipe Sierra, el empresario de aquella cofradía, se dice que se paseaba alegremente por los consejos comunales y de seguridad del Presidente Uribe.
Si en Ecuador se quiere justificar el autoritarismo en aras de “un mejor vivir”, en Colombia el gobierno atropella a los poderes públicos por ansia de gloria y para construir el nicho de poder que la venalidad reclama, por encima de la ley. Si el Presidente no fustiga ya la corrupción y la politiquería, será para no contradecir la entraña misma de su gobierno. Es de temer que tampoco podrá hablar ya contra el delito, que se pasea, desafiante, hasta en la Casa de Nariño.
por Cristina de la Torre | Sep 30, 2008 | Izquierda, Partidos, Septiembre 2008
Negros pronósticos se ciernen sobre el Polo. El derrumbe del modelo de mercado lo sorprende con las manos vacías, sin propuesta alternativa, cuando este partido se aboca a la disyuntiva de disputarse el poder en grande o depurarse como secta de oposición perpetua. Sin ideario para la hora, sin programa que le dé norte y lo distinga como opción de desarrollo y democracia, o se revienta, o termina absorbido por el centro liberal. A falta de espina dorsal, la preservación de la unidad termina allí sofocada por la rivalidad de caudillos en ciernes; y la política de alianzas con otras fuerzas querrá trazarse desde la añoranza de las certidumbres perdidas, o bien, desde un pragmatismo sin principios. Las corrientes ideológicas, deseables en toda organización democrática, en el Polo no demorarán en degradarse como alimañas y en copar toda la escena.
Desdibujado en tareas grises de partido tras darle a la izquierda una votación sin precedentes, Carlos Gaviria se ve suplantado por una batalla de tradicionalismos sin imaginación. Firmamento sin color en donde saltan, estrellas fugaces, bocetos de reforma agraria o el ideal miserabilista de la microempresa. Unos, se limitan a emular el asistencialismo de la derecha y hoy improvisarían coaliciones a título de realpolitik. Otros blanden el fundamentalismo maoísta, cuando la China se apresta a contribuir al rescate de Wall Street. Antiimperialistas, nada proponen, sinembargo, en reemplazo del TLC. Habrá todavía quienes se postrarían de hinojos ante la esfinge de Tirofijo en Venezuela. No faltan los que estigmatizan a cuantos propugnan la seguridad como bien público fundamental y reconocen los logros del gobierno en esta materia; los que descalifican a quienes rechazan la lucha armada, aduciendo que así sirven a la reacción. Y habrá quienes imiten el gamonalismo, esta vez trasladado a algún sindicato, para hacerse reelegir al Congreso indefinidamente.
En tal constelación de vicios, alarman los amagos de turbayización en la Alcaldía de Bogotá, bastión del Polo y su prueba de fuego decisiva. Allí empieza a cobrar forma el archiconocido festival de puestos, contratos, cuotas y canonjías. Que fueron precisamente estas prácticas las que aniquilaron al Partido Liberal, se sabe. Pero que la única oferta de izquierda con opción de poder pueda echarse a perder por trasegar el mismo camino, sería una torpeza clamorosa. Apenas naciendo, habría entrado el Polo en la decrepitud.
Brilla en todo ello la ausencia de una ética que proteja al Polo de la influencia envolvente de la corrupción, y de una plataforma madura que lo erija en contrapartida del status quo. Sectarismo esencialista y pragmatismo amenazan convertir la enfermedad senil de los viejos partidos en enfermedad infantil de la nueva izquierda.
Pero no faltan excepciones como la de Gustavo Petro, que de seguro pesarán en las decisiones trascendentales que la colectividad adoptará en febrero. Para él, y para dirigentes como Carlos Vicente de Roux, si el Polo aspira a transformar el país, ha de jugársela por el poder del Estado conquistando las mayorías electorales mediante acuerdos con el centro del espectro político. Y no de cualquier manera. Piensa de Roux que con el centro pueden compartirse los principios de la democracia liberal, una concepción de seguridad que proteja los derechos y el mercado regulado. Pero no puede la izquierda limitarse a ofrecer alimentos y educación. Tendrá que lograr mayores niveles de equidad social, verbigracia, reestructurando la producción de bienes y servicios de interés colectivo. En estas corrientes que maduran propuestas de largo alcance se cifra la esperanza de llenar el vacío del modelo especulativo con el retorno a la economía productiva, única capaz de propiciar el salto al desarrollo.
por Cristina de la Torre | Sep 23, 2008 | Internacional, Personajes, Septiembre 2008
Aunque Obama no ganara la Presidencia de los Estados Unidos, habría protagonizado el desenlace de una revolución racial impensable hace 50 años en una democracia que porfiaba todavía en sojuzgar a su población negra. Si en tiempos de Luther King ésta debió batallar por sus derechos, hoy goza de las mismas libertades y prerrogativas de los blancos. Así perviva algún sentimiento de repulsa al negro y éste siga ocupando, en general, los niveles más bajos de la escala social y sufra de pobreza, a veces extrema. Pero Obama encarna la utopía de igualdad convertida en realidad. Y su discurso rompe fronteras. Alexander Ulloa, activista de las negritudes en Colombia, declaró: “Obama nos ha dado autoestima (…) Ha cambiado la manera del negro de mirarse a sí mismo”.
El de Obama no parece ser fenómeno episódico. Sugiere un punto de inflexión en la política estadounidense, de repercusión comparable a la dura historia que le precede. Vienen a la memoria la guerra de secesión y la liberación de los esclavos que rubricó el ingreso pleno de los Estados Unidos a la democracia. Al menos formalmente, pues los linchamientos de negros en el Sur fueron cosa de todos los días y confirmaron que la guerra civil, lejos de resolver la segregación racial, la había agudizado. Se abolió la esclavitud, pero no el problema racial.
Nada hubiera cambiado sin el movimiento negro que debutó en 1955 con el boicot al transporte público en Montgomery, donde era rabiosa la costumbre de negarles los asientos a los de color. Paso inicial de una marejada que crecía con la determinación del Presidente Kennedy de extender a los negros los derechos civiles. En 1963, año de su asesinato, no había en Alabama, Mississippi y Carolina del Sur una sola escuela integrada. En Alabama, epicentro de la discriminación racial del Sur, empezaron a multiplicarse las protestas, brutalmente reprimidas por la fuerza pública. En una sola manifestación hubo 3.300 detenidos. Nunca se supo cuántos fueron los de la manifestación de 200 mil personas frente al monumento de Abraham Lincoln en Washington. Robert Kennedy recogió las banderas del mandatario sacrificado y también murió asesinado.
Con la aprobación de la ley de derechos civiles en 1964, recrudeció la violencia. El Ku Kux Klan actuaba en la sombra, pintada la cruz en el pecho y el tiro siempre certero. Hasta el Norte llegó la protesta, a menudo como anarquía, en medio de incendios y saqueos. En una semana de locura en 1965 hubo en Los Ängeles 35 muertos y más de mil heridos. Así, de motín en motín, se afianzaba el Poder Negro. Su momento estelar, el de los atletas norteamericanos que ganaron todas las medallas en los Juegos Olímpicos del 68 y acapararon, el puño en alto, la mirada incrédula del mundo entero. Imagen imborrable de las Panteras Negras.
Tras recibir el premio Nobel de Paz en 1968, moría asesinado Martin Luther King, artífice de la revolución negra cuyo legado recoge Obama, así en la palabra como en el color de la piel. No reivindica ya el “país de las maravillas” también para los niños de color sino la unidad de la nación, en sus diferencias, y alrededor de la paz.
Pasó a la historia la teoría de Stephens, Vicepresidente de la Confederación durante la guerra civil de 1860, según la cual la esclavitud, la subordinación a la “raza superior” es natural, una verdad física, filosófica y moral. Acaso también la de Luther King contra la segregación, “una insensatez económica y una imbecilidad política; pero, sobre todo, una inmoralidad”.
Obama simboliza el paso decisivo hacia la igualdad de la raza negra en Estados Unidos, mientras se configura una nueva minoría: la de los hispanos, con el muro de infamia que mandó levantar el Presidente Bush para segregar a los mexicanos y a los de parecido jaez.
por Cristina de la Torre | Sep 14, 2008 | Internacional, Septiembre 2008
Se equivocó Fukuyama. Con la caída del muro de Berlín no murieron las ideologías. Hoy asistimos a un nuevo despertar de doctrinas y creencias en la confrontación que signa la campaña electoral en Estados Unidos. Por vez primera en décadas, ocupan los contendores orillas antagónicas. Se enfrentan, sin atenuantes, un conservadurismo afirmado en seguridad y mano dura, y un liberalismo fundado en la democracia social y política.
Pese a sus coqueteos de última hora con la contraparte, el candidato republicano representa los valores más conservadores de una clase media que delira ante la imagen conmovedora de “Sarah, los niños y John”. Atavismo sublime de reverencias a la familia y a la tradición que no le impide, sin embargo, marchar a la primera diana de guerra contra el demonio musulmán o el liberal. La conmemoración de este 11 de septiembre aguzó el miedo sobre el cual trabaja su electorado McCain, haciéndole la segunda, también en esto, al Presidente Bush. Los nuevos amagos de Guerra Fría le caerán asimismo como del cielo para trocar la vieja disputa entre “libertad” y “totalitarismo” en batalla de Jehová contra Lucifer, a tono con la ultraderecha evangélica que ha gobernado a ese país durante los últimos ocho años.
La Palin, eficiente dispositivo de la maquinaria republicana activada mediante organizaciones religiosas de enorme penetración ideológica como Focus on the Family, sostuvo en la iglesia de su pueblo que la guerra de Irak era “misión divina”. Heroína de la derecha rabiosa, le echa más leña al fuego del fundamentalismo en su cruzada contra el aborto. Campaña inspirada dizque en el derecho a la vida (del feto), mas no en el derecho a la vida de la madre. Ni en el de los jóvenes norteamericanos que mueren, por miles, en Irak. Ni en el de los iraquíes inocentes que mueren, por millones, en conflagración inventada por un fanático que dispara órdenes desde la Casa Blanca creyendo que juega al nintendo.
A este conservadurismo de salmo y cañón se le enfrenta un negro, sospechoso en religión, que arranca de su letargo el “sueño americano”, cuando un pueblo acostumbrado a ser potencia ve avanzar contra sí una crisis económica que evoca la catástrofe de los años 30. Y este sueño no es otro que el de los “Padres Fundadores” de la democracia que en su hora deslumbró a Tocqueville, edificada sobre la libertad, la justicia y la igualdad de oportunidades. Sueño de Luther King, quien reivindicó como derecho la libertad soñada del negro que, tras cien años de abolición de la esclavitud, seguía humillado, en la trastienda de la ciudadanía. Sueño de los genuinos valores del liberalismo que el partido demócrata encarnó, y que en estos tiempos se traducen en un Estado bien distinto del que Bush preside. Las políticas en salud lo simbolizan todo. Para los republicanos, ella es prerrogativa de quien pueda costearla; para los demócratas, derecho universal, como corresponde al Estado que garantiza no sólo las libertades sino los derechos sociales y económicos de toda la población.
Obama representa, arrollador, el lado liberal-social de la ecuación, y amenaza triunfar sobre el otro, mentor de los grandes poderes económicos y del fundamentalismo al servicio de la guerra. Despiertan dos imaginarios latentes en el alma del pueblo norteamericano y se enrumban por caminos distintos que señalan prioridades irreconciliables de momento: el cambio, en Obama; la seguridad, en McCain.
Bienvenida la lucha ideológica, savia de la contienda civilizada por el poder. Hagamos votos por que en esa democracia, admirable en mil aspectos aunque también pródiga en magnicidios, no se cumpla el temor de Doris Lessing. Asegura la escritora que si Obama ganara la Presidencia de los Estados Unidos, “lo matarían en el acto”. Por ser negro.
por Cristina de la Torre | Sep 7, 2008 | Conflicto interno, Personajes, Régimen político, Septiembre 2008
El primero en degradar el lenguaje ha sido el Presidente. Si ofende la frase “le rompo la cara, marica”, sobrecoge la que ordena, en público, “acabar” con alguien “por mi cuenta, no se preocupe”. Procacidad y amenaza no simplemente subvierten las buenas maneras, de señoritos perfumados, sí, pero también de los millones de colombianos que formamos el montón. Es que ellas denotan, además, la insolencia del poder que quiere ejercerse sin límites ni control. Alega el Presidente que no es bueno echarle tierra al debate. Enhorabuena. Mas en el debate, como en el cohecho, se necesitan por lo menos dos. Qué polémica puede haber, se pregunta uno, si a menudo el que acapara micrófonos y luces descalifica de entrada a su adversario, lo amordaza, lo intimida y lo cubre de ignominia. Antes que hablar de cancelar la controversia habría que restablecerla. Deber de la democracia es instaurarla, expandirla, protegerla en libertad. Y no de cualquier manera.
Saturado el país de este tono bochornoso, devuelto a la rudeza de tiempos que dábamos por idos, se echan de menos la invectiva política elevada a arte, la ironía elevada a poesía. León de Greiff le cantó al amor, pero también satirizó la hipocresía consagrada en una sociedad de prohombres iletrados y politicastros de postín. Como quien hace música, escribió su Balada del Abominario para increpar a aquellos “bausanes estridentes (…)/ supercríticos morosos hartos de suma fatuidad,/ arlequinescos figurines/ pletóricos de vulgaridad,/ de vicios fáciles y tontos/ y de la unánime verdad,/ y de ideales consagrados,/ y de vacua sinceridad/ (…) Andad al Limbo figurines,/ turba de lo sacramental, / inocuos y zurdos y vacuos,/ solemnes y zafios y tal…”
Y José María Vargas Vila, terror de dictadores, de la reacción purpurada que edificó la República Conservadora sobre los pilares la Regeneración, alcanzó la gloria en diatribas que parecen escritas hoy. Borges lo consideró maestro del oprobio, la sátira y la ofensa: “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo. Ahí está vivo después de haber fatigado la infamia”, había escrito el santafereño. Si a veces extravagante, y hasta cursi, suya es la invectiva veraz e ingeniosa contra los déspotas latinoamericanos, césares “voluptuosos”, “sanguinarios”, “vanidosos hasta la estupidez”.
Se ensañó en los artífices de la Regeneración que sepultaron la revolución liberal. “Rafael Núñez, escribió, pertenecía a la raza triste de los tiranos filósofos; era déspota por hastío (…) Sin ilusiones sobre los hombres, ni sobre las cosas, era hecho para pastor de pueblos porque despreciaba profundamente el rebaño humano, tan tumultuoso, tan terrible y tan vil (…) Su obra no fue estéril; la impotencia del Talento engendró la Omnipotencia de la Fuerza; ya no hay Patria, pero aún hay Tiranía: esa es su obra”.
De Caro dijo que pertenecía “a la raza enojosa de los tiranos letrados y a la legión rencorosa de los tiranos austeros (…) Rencoroso y vengativo, con más pasión que virtud, odiando a los hombres más que a las ideas, no usó del poder sino para empequeñecerse (…) Llevó al gobierno, todas las pasiones de la plaza pública, y después de ser Catón, en el foro, no fue sino un faccioso en el poder (…) Hizo del gobierno una polémica a mano armada (…) Era un hombre ebrio de absoluto. Falto de grandeza, tuvo el culto de la insolencia; confundió la fatuidad con la dignidad; la energía con la violencia; e incapaz de levantarse hasta la generosidad, fue cruel hasta la bajeza y vengativo hasta el oprobio. Pudo haber sido un gran ciudadano y no fue sino un pequeño déspota”.
Algo ofrece el panfleto, como género, para rescatar la injuria de las alcantarillas, darle vuelo literario y encaminarla hacia el arte. Se respiraría mejor.