por Cristina de la Torre | Ago 31, 2008 | Actores del conflicto armado, Agosto 2008, Conflicto interno, Modelo Económico en Colombia, Uribismo
El hiperpresidencialismo de la nueva Constitución ecuatoriana es pálido reflejo de los excesos que se practican hoy en Colombia. Allá, la incursión del ejecutivo en los órganos de justicia y de control dizque busca medios para remontar los estragos de 20 años de neoliberalismo. Ver para creer. Pero en Colombia, no sólo va concentrando todos los poderes en la persona del Presidente Uribe, sino que quiere neutralizar la acción de la justicia contra el delito. Dígalo, si no, el rosario de escándalos que rodea al propósito de proteger contingentes del uribismo sindicados de aliarse con el crimen, y de burlar las decisiones de los tribunales contra funcionarios del alto gobierno.
Ultimo fruto del golpe de mano: la operación salvamento del Ministro Palacio, acusado de cohecho, por graciosa intervención del Consejo de la Judicatura donde debutan fichas del Presidente como el inefable Ovidio Claros. 5 de los 7 magistrados de la Sala que se pronuncia son uribistas, y al finalizar el año lo serán todos. Este hecho, unido a la reforma de la justicia que apadrina el ministro del ramo, se propone debilitar a la Corte Suprema (que procesa la parapolítica); abrir un boquete por donde escapen de sus celdas los implicados; y allanarle el camino a un proyecto de largo alcance afirmado en las elites más conservadoras y en nuevos sectores que a veces se disputan a sangre y fuego una posición de mando en la sociedad.
No otra cosa se infiere de la frescura con que el Presidente abraza la causa de su Ministro Valencia, hermano, promotor, jefe político y defensor en la sombra del Director de Fiscalías de Antioquia, sorprendido en andanzas íntimas con la mafia del narcotráfico. “Ni un paso atrás, Ministro”, le dijo Uribe, cuando el país y el mundo se preguntaban atónitos si un demócrata podía mantener en el cargo a un hombre en funciones presidenciales que así despreciaba su responsabilidad política. Pues si, al parecer el Presidente lo sabía todo.
Informa Semana que el alcalde de Medellín, Alonso Salazar, le había advertido sobre graves sospechas de infiltración de la mafia en la Fiscalía de Medellín. Y reafirmó en Cambio que desde 2004 venía insistiéndole en la denuncia. En debate parlamentario memorable, se pregunta el senador Jorge Enrique Robledo por qué el gobierno no le paró bolas. ¿Acaso porque el funcionario viene protegido por su hermano desde Palacio, de la misma manera que el Presidente no actúa frente al Ministro como Jefe de Estado sino “como padrino”?
Pero del ascendiente de los Valencia en el alto gobierno participan los socios de Guillermo, el menor, miembros de “una banda peligrosísima de delincuentes, narcotraficantes y paramilitares”, dice Robledo. De Felipe Sierra, el empresario de aquella cofradía, se dice que se paseaba alegremente por los consejos comunales y de seguridad del Presidente Uribe.
Si en Ecuador se quiere justificar el autoritarismo en aras de “un mejor vivir”, en Colombia el gobierno atropella a los poderes públicos por ansia de gloria y para construir el nicho de poder que la venalidad reclama, por encima de la ley. Si el Presidente no fustiga ya la corrupción y la politiquería, será para no contradecir la entraña misma de su gobierno. Es de temer que tampoco podrá hablar ya contra el delito, que se pasea, desafiante, hasta en la Casa de Nariño.
por Cristina de la Torre | Ago 24, 2008 | Agosto 2008, Ciencia, Clientelismo, Internacional
Hay roscas de roscas; y clientelas de clientelas. Una cosa es el clientelismo como medio de integración social y política; otra, la corrupción administrativa que puede aparejar, con su carga de nepotismo y abuso del patrimonio público; y otra, de reciente factura, la colonización del clientelismo por los bandidos y sus amigos, hoy dueños y señores de la tercera parte del Estado.
Otro es, también, el clientelismo que tuvo su cuna en la Antigua Roma y se proyectó a la modernidad en ámbitos inesperados. Tras siglos de tropezones con la magia, la religión, el dogmatismo y los intereses creados, la ciencia ha logrado brillar con luz propia y convertirse en pivote de sociedades deseables. Mas, para lograrlo, los científicos debieron flirtear con príncipes y mecenas en busca de apoyo, de reconocimiento.
Galileo Galilei es paradigma del recurso desesperado al clientelismo, a la etiqueta cortesana de su época, sin la cual hubieran brillado menos los monarcas y la ciencia hubiera retardado largamente su alumbramiento, apabulladada como andaba por las tinieblas. El profesor Guillermo Pineda rescata este perfil del genio que sobrevivió mediante favores y honores de los poderosos, para caer en desgracia al final, a manos de la Inquisición.
Merced al sistema de patronazgo que imperaba, muy joven y sin título fue nombrado profesor de matemáticas, gracias al influyente Guidobaldo del Monte, amigo y protector de su familia. Cargo gris, por sueldo y escalafón, pues la matemática no gozaba entonces del prestigio de la filosofía o de la teología, la reina de las ciencias.
A la búsqueda de coloca menos ingrata, fue a dar a Padua como protegido del notablato local. Allí entronizó Galileo el telescopio en la astronomía, innovación trascendental que lo elevaría al estrellato de la ciencia. Escribe Pineda que, en virtud de la generosa y oportuna donación de su instrumento a la Serenísima República de Venecia, logró el científico una pensión vitalicia. El perfeccionamiento del instrumento y sus descubrimientos le dieron, por contera, una valiosa carta de triunfo que se resolvió en ascenso social y le valió el nombramiento como filósofo y matemático de Cosimo de Medicis, Gran Duque de Toscana.
Los hallazgos de Galileo desmitificaban la perfección idílica que la cosmología escolástica les atribuía a los planetas, comprendida la centralidad indiscutible de la tierra. El descubrimiento de los satélites de Júpiter, tan semejantes a un sistema solar en miniatura, le significó a Galileo fortuna y reconocimiento pleno. Sobre todo cuando se le ocurrió bautizarlos como Astros Medíceos, en honor de su protector, el Medici, que acababa de ascender al trono de Florencia.
Bien librado salió Galileo de la primera acusación de herejía que la Inquisición le formuló en 1616, gracias a los buenos oficios del Cadenal Barberini, recién elegido Papa. Esta vez se salvó de la hoguera. En adelante, moderaría su lenguaje copernicano y, bien afirmado en la tierra, tendría el buen sentido de dedicar su última obra al Soberano Pontífice. Pero después, en 1632, a la compilación final, el Papa montó en cólera porque Galileo había puesto en boca de su más deslucido personaje la defensa del pensamiento escolástico. Juzgado y condenado de antemano por el Santo Oficio, en prisión perpetua completó Galileo su obra: sentó las bases de la mecánica, que Newton convertiría, por fin, en el sistema heliocéntrico, hito de la ciencia moderna.
Algo va de este antihéroe, granito de arena en la historia de la ciencia, a los superhéroes de dudosas credenciales que pueblan nuestras oficinas públicas en doce departamentos; y a la chalanería del paso-fino que recibe las preseas de la Cultura y no sabe si echárselas al cuello, montar negocio con ellas, o colgárselas al caballo.
por Cristina de la Torre | Ago 17, 2008 | Agosto 2008, Iglesias
Alguien ha deslizado por debajo de mi puerta una misiva de fina caligrafía y firma ilegible para notificar que mi “alma diabólica” jamás sería “redimida” por el Opus Dei. Protesta su autor contra columna del 27 de julio en la que esta periodista señala la peligrosa aleación de monoteísmo militante y mesianismo político que el Presidente Uribe quiere encarnar. Por respeto al lector, paso por alto los insultos, amenazas y la cobardía del anónimo, pues cabe registrar este incidente como una gota más en el mar de intolerancia que inunda al país, que más de uno quisiera ver convertido abiertamente en dictadura.
Gracias por no convidarme al Opus Dei. Nada atan ajeno a la democracia como el delirio de poder de esta sociedad secreta moldeada al calor del franquismo y que hoy medra como avanzada de la contrarreforma conservadora de la Iglesia y baluarte de gobiernos de derecha. Salvo figuras como la del ex-ministro Octavio Arizmendi, cuya memoria honra a Colombia, poco se sabe de los miembros de la organización en el país. Más se colegirá de lo que esta cofradía representa en Occidente que de su dinámica local, ocultada con celo en la clandestinidad.
En tiempos de Juan XXIII y su opción social por los pobres, andaba el Opus Dei de capa caída. Casi se perdía en el olvido el alineamiento del joven Escrivá, fundador de la orden, con el Pio XII que vio en Hitler un muro de contención “providencial” contra el comunismo, y con Francisco Franco por la misma razón. Alianza memorable gracias a la cual el Opus Dei llegó a tener 12 de los 19 miembros en el gabinete del falangista.
Con el arribo de Juan Pablo II a la silla papal, retoma el Opus Dei su ascenso meteórico. Razones políticas y financieras sellaron el matrimonio del nuevo pontífice con Escrivá de Balaguer. Al financiamiento del sindicato polaco Solidaridad (animado por Wojtyla a horadar la cortina de hierro y acceder por este camino al papado), se sumó la natural identificación de los dos en la divisa anticomunista, cuando hasta en el liberalismo y en el Evangelio veían ellos comunismo. Compartieron también la cruzada que desde entonces y hasta hoy se ha desplegado por restaurar la tradición y acorralar a la tendencia modernizadora de la Iglesia.
La precipitada canonización de Escrivá apenas rubrica el poder hegemónico con que el Vaticano le pagó sus favores al Opus Dei. Poder desafiante que al santo en ciernes le permitió en 1974 invitar a los estudiantes de la Universidad Católica de Chile a apoyar al dictador. No bien se mencionó la sangre derramada, dijo sin vacilar que “aquella sangre (era) necesaria” en la noble cruzada contra el comunismo totalitario.
El Opus Dei actúa como ejército secreto del Papa, como secta que medra donde está el poder, pues estima que es en la política donde se juega la evangelización. Hans Urs Von Balthasar, teólogo amado de Juan Pablo y coautor de libros con el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto, declara que el Opus Dei “es la más fuerte concentración integrista de la Iglesia (para) asegurar (su) poder político y social por todos los medios, visibles y ocultos, públicos y secretos”.
Muchos definen esta sociedad como un grupo de presión signado por el secreto, que cultiva una extensa red de influencias políticas al servicio de los intereses más conservadores. ¿Cómo no sospechar que tal espíritu se proyecte hasta nosotros al incursionar, como incursiona, en los círculos del poder? ¿Cómo no registrar el gesto insólito de un presidente del Consejo de Estado, amigo del gobierno, que mandó reemplazar en el recinto de la Corporación el retrato de Santander por un crucifijo? Difícil creer que el Opus Dei pueda redimir a nadie. Ciego estaría quien tomara por paraíso a una organización ya consagrada como la “mafia blanca”.
por Cristina de la Torre | Ago 10, 2008 | Agosto 2008, Modelo Económico en Colombia, Salud
A medida que el natural de este gobierno “de opinión” se va revelando como el arte de mentir, se disipa el encantamiento de la propaganda y afloran las protuberancias de sus grandes desaciertos. El día mismo que se desveló la mentira que rodeó a la sensacional Operación Jaque y que podría llevar a Colombia ante la Corte Penal Internacional por abusar del símbolo de la Cruz Roja, se anunció la privatización del Seguro Social. Destino cruzado de dos procesos que hacen agua. El primero, por desgaste del golpe de opinión como fundamento de un gobierno obsesionado con el aplauso de la galería. El segundo, desenlace de un proyecto que se gestó con la ley 100 para sustraerle al Estado la función de velar por la salud de los colombianos y convertirla, en cambio, en negocio privado. Una mentira tras otra, cocinadas desde la cumbre del poder, pueden ablandar la fe del pueblo e invitar a contemplar los problemas del diario vivir. Como éste del desbarajuste de la salud pública, que alcanza dimensiones dramáticas.
La crisis del Seguro Social es, en buena medida, inducida. Principió hace 15 años, cuando se obligó al Instituto a competir con empresas privadas, en condiciones de inferioridad. Arrancó con pasivos pensionales y laborales, y un atraso tecnológico, que no pesaban sobre los operadores privados. La Ley 100 benefició de entrada a estos operadores al exonerarlos de tratar enfermedades pre-existentes, mientras le dejaba al ISS los pacientes de alto costo.
Diez años después, en 2003, se decidió que las clínicas del Seguro debían ser autosuficientes financieramente. Muchas no podían serlo, pues los gobiernos mismos habían agravado sus dificultades financieras. Y se precipitó la cascada de cierre de hospitales públicos, estigmatizados por no ser rentables, ni competitivos, ni “viables”, mientras se multiplicaban los pacientes que morían a sus puertas. Se fortalecían a la par las EPS privadas, que hoy sólo esperan acaparar los últimos 1.25 billones que los afiliados le cotizan al Seguro cada año. El Ministro Palacio pasará a la historia por la sádica eficiencia con que desempeñó esta tarea, así se libre de la moción de censura y de la cárcel por el delito de cohecho que se le imputa.
Contra el principio de que la salud es un derecho de todos y un deber del Estado, se impuso el criterio de que ella es un bien que ha de comprarse en el mercado. Manes de las políticas de ajuste que se entronizaron en los 90, para desmantelar el Estado, privatizar la seguridad social en provecho de fondos privados y desproteger a las mayorías. Nos dirán que el Sisbén beneficia a tantos compatriotas como el programa de Familias en Acción. Pero entre el Sisbén y el servicio de salud privado media lo que va de tratar con aspirina una enfermedad mortal y los refinamientos que se les dispensa a las capas pudientes. Sacrificada la universalidad del servicio de salud y seguridad social, en la redistribución de las cargas reciben los pobres asistencialismo barato, un paliativo apenas tasado por su valor electoral.
Precariedad de la salud de la población, desigualdad entre regiones, desastre de la red hospitalaria, abandono de la salud pública, renacimiento de enfermedades endémicas que se habían erradicado… y Pila. Son estos los elementos de la crisis de la salud en Colombia. Carlos Gaviria propone resolverla mediante enmienda constitucional que reconozca la salud como derecho fundamental, bien público, deber del Estado y responsabilidad social. Hay que buscar un modelo de seguridad social integral y universal, sin que cuente la capacidad de pago. Como en el Estado de bienestar, coco del Ministro Zuluaga. Ojalá no nos monten ahora algún falso positivo para ocultar el desastre de un sistema de salud que ha entrado en coma.
por Cristina de la Torre | Jul 27, 2008 | Iglesias, Julio 2008, Régimen político, Uribismo
Alvaro Uribe no montará una teocracia en Colombia. Tampoco lo logró Bush en Estados Unidos. Pero ambos convirtieron el renacer de la religiosidad en arma política, por la vía del fanatismo y la exclusión. Uribe, además, transforma su exhibicionismo católico en religión oficial que anuncia la resurrección del Estado confesional; y en metáfora del pensamiento único. Evoca tiempos aciagos del monoteísmo militante que se resuelve en exterminio de herejes, así como las autocracias mesiánicas aplastan al disidente político. Imperio de la fe única, así en religión como en política; del dogma bíblico secularizado, traducido en supresión de toda impureza y diferencia, desde el jacobinismo hasta los totalitarismos de nuestros días.
Una paradoja singulariza lo nuestro: este misticismo se apodera tanto de un gobierno que tolera a delincuentes en su seno, como de un genocida confeso, Mancuso, que ha dado en menear ahora, sin pudor, la imagen de Dios ante sus víctimas. Larga historia le antecede. Sus símbolos más recientes, el de Monseñor Builes pulpiteando a muerte a masones, liberales y libertinos, escoria de la sociedad llamada a desaparecer bajo la espada sagrada del gobierno azul; y el de los sicarios de Pablo Escobar que se encomendaban a la Virgen para no errar el tiro asesino.
En Colombia esta teodicea permanece latente, ave fénix que resurge de sus cenizas periódicamente. Una vez, gracias a la derrota del liberalismo por la Regeneración y su Concordato con la Santa Sede. Otra, gracias a la conjura contra el intento de modernización liberal de López Pumarejo. Se impusieron entonces el conservadurismo y la jerarquía más reaccionaria de una Iglesia que había desembarcado aquí en el momento más oscuro del oscurantismo inquisitorial de España.
Raíces análogas presentan las sectas que le imprimieron su sello al gobierno de Bush. Si el catolicismo se sembró aquí en el pasado, en Estados Unidos el calvinismo montó una teocracia oligárquica que gestó la industrialización. Perseguidores de brujas y de disidentes tenidos por herejes, intolerantes hasta el paroxismo en moral sexual, marcharon en pos de la riqueza, Biblia en mano, sacrificando boato y placer, como lo enseñara Calvino. Entre puritanos, ascetismo y oro van de la mano. No han cambiado. Al fundamentalismo del islam respondió Bush con una guerra del “Bien” contra el “Mal” en tierras del petróleo que enriqueció a su familia. El reverendo Mike Huckabee, pastor evangélico que casi ganó la candidatura republicana, se enfrentó a un candidato mormón, no por razones política sino religiosas. Cuando lo acusó de hereje, de aprobar el aborto y de haberse casado tres veces, su popularidad se disparó.
En la Biblia; en las guerras de religión y la Inquisición; en la pureza revolucionaria de Robespiérre que reencarna en Hitler y en Stalin y en Mao, yace la legitimación moral de la crueldad. El monoteísmo, fuente religiosa del poder unipersonal, contribuyó a la tragedia de la civilización occidental. Y va incrustado en el corazón mismo de la democracia, que debe luchar por hacer prevalecer el politeísmo y el pluralismo: Liberatad de cultos y libertad de partidos.
Mucho le ha costado a Colombia ingresar en la modernidad. No bien se afirmaba como Estado laico, le baja del cielo un caudillo que convierte sus políticas en religión y amenaza tornar al Estado confesional. Inaceptable. Tanto más cuando la arrogancia puñetera del poder bruto se disfraza de tul mariano, e imita la comedia del falso pío de Moliére. Se nos viene un tartufato.
*********
Duele en el alma la muerte de Luis Villar Borda. Duele la orfandad de nuestro pobre país, que así pierde a sus mejores hombres mientras se llena de ilustres insignificancias.
por Cristina de la Torre | Jul 20, 2008 | Internacional, Julio 2008, Personajes, Régimen político, Uribismo
La reconciliación de los Presidentes Uribe y Chávez sobrevivirá a la desconfianza que recaerá sobre Colombia por saltarse el derecho internacional y el código penal con el uso del emblema de la Cruz Roja en la Operación Jaque. Si opuestos en ideas y en los bandos del conflicto, lazos más potentes los unen en el estilo de gobernar. Con Fujimori, los mandatarios de Colombia y Venezuela configuran el trío dinámico del nuevo populismo andino. Una abundante dosis de megalomanía, hinchada por la popularidad, los eleva a redentores de los desvalidos, prestos a sacrificarlo todo por la patria. Incluso la democracia, que desfallece acorralada por una legitimidad plebiscitaria tan antigua como la embotadora incandescencia del trópico. Transformada la política en reality de televisión para la masa amorfa, nada parece hermanar tanto a estos caudillos como su talento para el melodrama mediático, de rojo Chávez en Aló Presidente, de ruana Uribe en sus consejos comunales.
Fujimori y Chávez triunfaron por las urnas y, no bien posesionados del cargo, derivaron en autócratas. El peruano, para montar el neoliberalismo; el venezolano, diez años después, para desmontarlo. Trepados sobre el descontento popular, concentraron todo el poder en la persona del gobernante, avasallando el sistema de división de poderes públicos propio de la democracia. Como lo señala el analista peruano Martín Tanaka, al calor del caudillismo socavaron la competencia política e instalaron populismos autoritarios, si bien de signo político contrario. Movilizaron a los excluidos. Y feriaron como cosa propia los recursos públicos entre la pobrecía, ya en consejos comunales el “Chinito”, ya en “misiones” el bolivariano. Pero ambos gracias a la centralización del gasto social en la oficina del Presidente.
Chávez debutó con referendo para convocar una constituyente que envolvió un régimen autoritario en gasas de “democracia directa”: disolvió el Congreso y las asambleas legislativas. Destituyó gobernadores. Clausuró el Consejo del Poder Judicial y la Corte Suprema de Justicia. El “encarnaba” la voluntad popular. Luego, hincó sus garras sobre la renacida Corte Suprema, censuró la prensa, hizo aprobar una ley de reelección indefinida, y acreció la dilapidación populista de la renta petrolera.
Fujimori redujo, de entrada, la hiperinflación que agobiaba al país y derrotó a la guerrilla de Sendero Luminoso. Entonces se propuso monopolizar todo el poder, indefinidamente. Dio autogolpe, y clausuró el Congreso y los órganos supremos del poder judicial. Triunfó sobre los partidos y las instituciones democráticas, gracias al respaldo de las Fuerzas Armadas, de los grandes empresarios, y del pueblo. También él convocó Constituyente mediante referendo, para concentrar el poder en el Ejecutivo y dar vía libre a la reelección del Presidente.
Si bien Uribe comparte con sus homólogos el talante y ejecutorias varias, hay diferencias. Primero, aquí la polarización disolvió el centro y convirtió en país de derecha al que era mayoritariamente liberal. El gobierno, con ayuda de las Farc, terminó por imponer la definición de opciones políticas según parámetros de guerra: se es uribista o antiuribista. Segundo, no se han clausurado el Congreso ni las Cortes. Pero el nuestro es un Legislativo subordinado al Presidente. Y si la Corte sucumbe a la persecución del mismo, terminará por supeditar las decisiones judiciales al interés político del Príncipe. Tercero, pocos gobiernos han desconceptuado como éste a la oposición, y tolerado tanto las malas compañías en el poder.
Justificada la arbitrariedad por sus éxitos contra la guerrilla, Uribe emula el modelo de los vecinos. La diferencia parece ser de grado, no de naturaleza. Dios, que tan de moda está, nos libre de ese mal.
por Cristina de la Torre | Jul 13, 2008 | Internacional, Julio 2008, Régimen político, Uribismo
La “operación jaque” cubrió con un manto de gloria al Presidente Uribe. Pero en este gobierno “de opinión”, meticulosamente enderezado a cautivar a la galería, el manto puede convertirse en sombra. Sombra de olvido que la manifestación del 20 de julio ayudará a extender sobre los políticos uribistas sub judice por colincharse con paramilitares; sobre delincuentes que fungen como funcionarios de Estado; sobre el cohecho que habilitó un segundo período presidencial, sobre el oscuro episodio de Tasmania.
Prontuario frente al cual el Presidente reacciona con agravios contra el poder Judicial. Y con un llamado a referendo que lo ratifique en el mando, aduciendo su predilección por las mayorías de avemaría y alpargatas. Acaso la improcedencia del tal referendo le parezca un tecnicismo jurídico, salvable, pues se trata es de ambientar la reelección de 2010; de salir airoso de la acción de la justicia por el atajo de la “democracia popular”. Recurso archisabido de cuanto valentón tropical se erigió en caudillo. El editorialista de El Espectador teme que este peligroso juego que avasalla a los otros poderes públicos degenere en tiranía.
La sombra querrá ocultar también las inequidades de un modelo que ha redistribuido la pobreza por lo bajo y considera el desempleo un mal necesario. El 64% de los compatriotas del Presidente Uribe son pobres y más de la cuarta parte de los nuestros vive en la miseria. El crecimiento no favorece sino al los ricos. Colombia se acerca al primer lugar de inequidad económica en el mundo y sus niveles de desempleo son los más altos de América Latina. Cuatro millones de emigrados en el extranjero y otros tantos desplazados configuran un vergonzoso 19% de colombianos sin patria.
Nuestro editorialista invita a poner de nuevo en primer plano el problema del desarrollo, borrado, tiempo ha, de nuestra vida pública. En 1963, recuerda, el PIB de Colombia era 10 veces el de Corea; hoy el ingreso per cápita del país asiático es 10 veces el de Colombia.
Aleccionadora la experiencia del Sudeste Asiático. Economías agrarias hace medio siglo, saltaron ellas a un modelo industrial exportador que las situará a poco andar en primerísimo lugar del concierto del mundo. Modelo coetáneo del de la Cepal en América Latina, el Sudeste Asiático perseveró en invertir en industria; en negociación de tecnología extranjera; en preparación de la mano de obra para el desarrollo, en planeación de largo plazo para lograr un crecimiento capaz de elevar el nivel general de vida. Corea monta un Estado empresario que, además, controla la banca y apoya a grandes conglomerados domésticos, mientras eleven la productividad, las exportaciones y el empleo. Son los del Sudeste Asiático Estados fuertes, pero sin sofocar la empresa privada ni la libre competencia. Hacia 1979, ya economías solventes y capaces de competir, empiezan a desmontar la protección, a abrirse al libre comercio. No antes, como es norma absurda en Colombia desde 1990.
Nuestros profetas del laissez-faire se reirán del Sudeste Asiático. El gobierno no tocará los mercados, ni creará empleo productivo. Multiplicará su asistencialismo queriendo presentar como inversión social lo que no es sino inversión electoral del Príncipe en el gobierno a perpetuidad de su Graciosa Majestad. Caridad televisada que, al lado de sus golpes a las Farc, mantendrá todavía adormecidas las tensiones sociales de un sistema que ahonda las desigualdades y mina la democracia.
Colombia no ha sido una democracia madura. Pero hoy se nos invita a desandar, aún más, el camino, hacia un populismo rupestre. La liberación de secuestrados, gloria de una victoria memorable lograda en la guerra, queda al servicio de un hombre que marcha sin vacilar hacia un autoritarismo declarado.
por Cristina de la Torre | Jul 6, 2008 | Conflicto interno, Julio 2008, Proceso de paz
Al gobierno le debemos los colombianos la felicidad de ver libres a Ingrid y sus compañeros de cautiverio. Vaya para él nuestro reconocimiento. Producto de una asombrosa operación militar, esta liberación se le aparece como la Virgen al presidente Uribe, en el momento más dramático de sus seis años de mandato: cuando la Corte Suprema cuestiona la legalidad del acto que autorizó su reelección y, para burlar la justicia, el Primer Magistrado pone la democracia al borde del abismo. Mas la contundencia del golpe a las Farc cambia la ecuación de la guerra y le permite al Presidente un replanteamiento de fondo: ahora “la seguridad democrática no es un fin en sí mismo sino un camino hacia la paz total”.
También Ingrid ve abrirse la puerta de la paz. Pero, a diferencia de Uribe, ella estima que en el origen del conflicto colombiano anidan problemas sociales nunca resueltos, y que las transformaciones que se imponen no pueden darse sino en democracia. En suma, sin democracia no puede construirse la paz. Planteamiento prometedor en una figura que podría cohesionar las fuerzas adversas a la reelección en 2010 reivindicando el principio democrático de la rotación en el poder; y convidar a debatir programas en este desierto de la política colombiana plagado de partidos sin dientes y sin carne.
Hablando de programas, si Obama ganara la presidencia de EEUU, nos pondría a pensar en la Alianza para el Progreso, estrategia de centro-izquierda que él espera reeditar. A pesar de sus abriles, aquella propuesta aportaría a la resolución de nuestros problemas de base, siempre represados por una derecha intransigente, altanera, y una izquierda apocada que teme desaparecer al primer contacto con la realidad.
McCain recoge la tradición de la política del garrote, hoy en versión de guerra santa contra el terrorismo, y los lineamientos del Consenso de Washington. Obama rescata la doctrina del Buen Vecino de F. D. Roosevelt y la Alianza para el Progreso de Kennedy. Orador inspirado, de audiencia fervorosa y creciente, el demócrata propone combatir “la globalización de los estómagos vacíos”, los tratados comerciales que sólo favorecen a los poderosos. Le ofrece a América Latina más desarrollo económico y social que apoyo militar. Revertirá la tendencia ultraconservadora y neoliberal de Bush, e irrespetará el dogma del mercado.
Kennedy persiguió el desarrollo acelerado para estos países, pero acompañado de un cambio social que superara la miseria y el atraso. Almendrón de su propuesta eran reforma agraria, industrialización, redistribución del ingreso y universalización de los servicios sociales del Estado. Su política exterior fue flor de un día. Sus sucesores convirtieron la ayuda de la Alianza en inversión militar o en créditos condicionados. Obama sostiene que democracia social y económica corre parejas con libertad política. Atribuye la crisis de nuestra democracia y el renacer del populismo al auge de la pobreza.
La oferta de paz del presidente Uribe no podrá consultar apenas la relación militar de fuerzas sino la pléyade de inequidades que, de persistir, seguirán generando conflicto y violencia. Tendrá que acometer también una reforma enderezada a consolidar la democracia política: garantizar el derecho a disentir para que la oposición no se convierta en insurgencia; respetar la independencia de los poderes públicos; fortalecer los partidos y protegerlos contra los embates de la delincuencia; garantizar la alternación en el poder.
Pero así como Uribe ha podido gobernar por dos períodos gracias a la guerra contra las Farc, ahora tienen éstas la pelota: o aceptan la imposibilidad de tomarse el poder por las armas, y reconocen el repudio universal al secuestro, o seguiremos en la paz de los sepulcros.
por Cristina de la Torre | Jun 29, 2008 | Internacional, Junio 2008, Política económica, Política exterior
España peló el cobre. Admitida en la Unión Europea acaso por graciosa concesión a un país que no parecía ya africano, hincó la rodilla para suscribir la criminalización de inmigrantes en ese continente. La medida formaliza la ley del embudo de la globalización: libre circulación de capitales y talanqueras a la circulación del trabajo.
A nosotros nos resulta doblemente ofensiva la decisión de España. No contenta con habérselo llevado todo, con imponernos su fe y su raza a tiros de arcabuz, España se ha lanzado a la reconquista d´estas tierras. A fuer de inversión, se hace ahora con la propiedad de patrimonio público nuestro, y retuerce incisos en los contratos que suscribe con el Estado para esquilmarle hasta el último peso. Mientras tanto, se dispone a perseguir colombianos indocumentados entre los 900 mil que viven en su país, cotizan en impuestos y seguridad social el doble de lo que reciben en subsidios y trabajan a menos precio en oficios que los españoles no desempeñan. Hay entre ellos unos 180 mil profesionales universitarios.
Aunque allá y acá leemos lo mismo a Silva que a García Lorca, mestizos como somos ambos pueblos, presume España de temer al “otro”, la invasión de la “raza amarilla” que amenaza su identidad y su seguridad. Miedo atávico al “diferente” que termina por legitimar el racismo, la xenofobia, la discriminación y la violencia contra el inmigrante extracomunitario. Léase inmigrante del Tercer Mundo, pues al canadiense, verbigracia, ellos le rinden pleitesía.
España no es ajena a las nuevas dinámicas del capital extranjero, que el gobierno colombiano tolera en la divisa de crear “confianza inversionista”. No monta aquí empresas nuevas, compra las ya existentes. Como incursiona en sectores intensivos en capital, no crea empleo. Ni riqueza. Se limita a comprar a huevo nuestras empresas estatales, a explotar el nuevo mercado y a repatriar sus utilidades; no reinvierte. A eso se le llamó siempre saqueo. La inversión española en nuestro país ocupa el segundo lugar después de la estadounidense y se concentra en los sectores energético y financiero.
Pero no desprecia las obras públicas. Como la del metro de Medellín, el mayor descalabro financiero que registre nuestra historia en esa suerte de proyectos. El tal metro es el segundo más costoso del mundo por pasajero. En 1983 se le adjudicó la obra a un consorcio hispano-alemán por 656 millones de dólares. En 1995 ya valía 1.903 millones, casi tres veces su valor original, para terminar en 2.400 millones. Cifra escandalosa que resulta de un truco legal aplicado con siniestra habilidad por abogados de la talla de un Fernando Londoño Hoyos.
Consiste el ardid en torcer el sentido original del contrato suscrito ranchándose en una coma, en un inciso, para demandar al Estado por incumplimiento o por daños y perjuicios. Embaucadores de profesión, exigen el oro y el moro para transarse por menos, en civilizado proceso de conciliación, a instancias de algún tribunal de arbitramiento internacional. Fuera del alcance de la justicia colombiana, ya se sabe con cuánta frecuencia los miembros de esos tribunales “arreglan” en la sombra con la firma extranjera. Historia sin fin la del metro de Medellín, pues hoy dizque quieren volver a conciliar, a pedido del Presidente de Colombia y del Canciller de España.
Inconmovible el gobierno colombiano ante la suerte de sus compatriotas en el exterior, no le aplicaría a España una directiva de retorno a sus inversiones aquí. Vuelve a alinearse, solitario, con el más fuerte, ciego a la protesta que se alzó en toda América Latina. Nuestro gobierno imita la sicología autoritaria de una madre-patria que derivó en madrastra: es despiadado con los débiles y genuflexo con los poderosos.
por Cristina de la Torre | Jun 22, 2008 | Junio 2008, Modelo Económico en Colombia, Salud
TODO EL MUNDO LO SABE, MENOS el Ministro de Agricultura. Sostiene él que no puede culparse a los biocombustibles por la carestía de alimentos que reduce al hambre a 862 millones de personas, 95% de ellas en el Tercer Mundo. Pero ya nadie niega que en la crisis pesa, y de qué manera, una política global enderezada a crear escasez ficticia de alimentos. Política de desabastecimiento que rueda por dos caminos: primero, sustituyendo la producción de comida por la de agrocombustibles; y segundo, especulando en los mercados mundiales de granos.
Cada día aumentan las siembras de soya y maíz transgénicos para biocombustibles, porque ello resulta más rentable que llevar esos productos a la mesa. Aunque tanquear una camioneta con etanol demande tantos granos como la alimentación de una persona durante un año. Por añadidura, los grandes fondos de inversión se desplazan de la especulación financiera e inmobiliaria hacia el control de la comida, creando precios ficticios que resultan prohibitivos para dos tercios de países que dependen de la importación de granos.
Agricultura para biocombustibles y especulación en los mercados de futuros agrícolas convergen en una integración de los mercados de energía y alimentos, en una economía mundial librada a la angurria de los más fuertes. Allí ponen también su roca de arena los elevadísimos subsidios de Estados Unidos a la producción de maíz convertible en etanol.
So capa de defender el ambiente, se despliega una gigantesca campaña en favor de los biocombustibles. Que nada tendrían de malo si no se les antepusiera a la supervivencia de media humanidad. Es que, para ganar más, las mismas multinacionales que desarrollan los transgénicos prodigio de la ciencia que daría de comer al mundo entero multiplican todos los días sus inversiones en biocombustibles. Y en venenos. Monsanto y Bayer producen tanto semillas transgénicas como agrotóxicos. Desplazada la producción de maíz comestible por la de maíz convertible en etanol, se dispara el precio del primero, con un resultado dramático: queda en vilo la seguridad alimentaria de los países pobres.
En la próxima década, la producción de biocombustibles causará la tercera parte del incremento de precios de los alimentos. Nestlé, Quaker, General Foods, las compañías que monopolizan el negocio de alimentos, son las grandes beneficiarias. Cargill controla un tercio del mercado mundial de granos; sus utilidades han crecido 170%.
Colombia no es inmune a estas tendencias. En los últimos seis años, el país duplicó sus importaciones de maíz gringo, a precios de oro. La tonelada que en 2002 valía 96 dólares, se ha trepado a 249. Aquí producimos 600 toneladas anuales de maíz y consumimos 3,2 millones. La palma de aceite se cultiva hoy en 50 mil hectáreas que lo fueron de arroz. La palma africana es el huevito de una política agraria que sacrificará, aún más, la alimentación de los más a las agallas de los menos.
Panorama tan desolador no podía resultar sino de 30 años de desregulación de la producción y el comercio de alimentos. Antes de que el grueso de la humanidad bese el límite de su resistencia, habrá que volver a un sistema de comercio que busque desarrollo, empleo y seguridad alimentaria. Que estabilice la producción y comercialización de alimentos. La soberanía alimentaria bandera que ondea, esa sí, en terrenos de la seguridad nacional depende en gran medida de proteger la producción nacional. Principio que practican los países desarrollados mientras les exigen a los pobres apertura comercial plena.
Bien haría el ministro Arias en despejarse de falacias y asumir algún día su deber: velar por nuestra seguridad alimentaria, en lugar de soñar con convertir a Colombia en una sola Carimagua.