EDUCACION: MALA Y EXCLUYENTE

por | Nov 23, 2010

De 37 años, él es científico, con post-doctorado en Estados Unidos y 23 publicaciones internacionales. La madre, faro de su vida, apenas inicia la primaria. Flor exótica de la Comuna Oriental de Medellín, Angel González dirige la Unidad de Micología Médica y Experimental de la Corporación para Investigaciones Biológicas de esa ciudad. Tesón y sacrificio del muchacho, y de esta mujer que hizo de su hijo la excepción a la regla. Porque la educación en Colombia, duele decirlo, es mala y discriminatoria. Aunque llegue a más colombianos. Se universaliza una escuela pobre para pobres, y se preserva el sistema de privilegios y oportunidades educativas para los más pudientes. Pero el rasero general descorazona: 45% de los colegios evaluados este año por el Icfes arrojaron bajo rendimiento en competencias básicas. En las últimas pruebas de PISA, Colombia fue el colero de América Latina en ciencias y matemáticas. Nuestras universidades ni siquiera se mencionan entre las 500 mejores del mundo.

El nuevo Gobierno se propondría mejorar la calidad. Se trataría, sobre todo, de orientar los contenidos hacia la innovación y la productividad. De armonizar la educación con el mundo del trabajo y con el llamado emprendimiento empresarial. Contempla la creación de 880 mil cupos para educación básica y superior, y  225 mil nuevos créditos educativos. Se destinaría 10% de las regalías a ciencia y tecnología. Dice la Ministra Campo que, a la búsqueda de calidad,  se capacitaría a los docentes, de preferencia, en el Sena. Vaya, vaya. El Sena, dispensador de técnicas y oficios, como corazón del sistema educativo para adiestrar fuerza laboral en un país detenido en el atraso y sin perspectiva de industrialización. El politécnico. Sin vuelo científico ni humanístico. Para las mayorías.

Mas, para todos los niveles,  ¿dónde queda el enfoque pedagógico? ¿Y los contenidos?  ¿Qué enseñar y cómo enseñarlo de modo que no castre la imaginación y la inventiva? ¿Cómo dar el vuelco necesario, si educar –se dice- es enseñar a estudiar, a pensar, a interrogarse, a escribir, a criticar, a crear? ¿Cómo transmutar al profesor de  déspota de “la verdad” en guía de inteligencias libres? ¿Y a los estudiantes, de receptáculo pasivo de dogmas, en hervidero de problemas que habrán de resolver? ¿Cómo lograr que los Angel González no sean una flor en el desierto?

En países como Colombia, la calidad de la educación no es el único dilema. También lo es la inequidad que la rodea. Universalizar la educación es garantizar que todos puedan acceder a ella, pero en condiciones de igualdad. Más allá de las diferencias de clase, que tienen su marca de origen: pobreza, discriminación, injusticia. El sistema educativo se resuelve en circuitos diferenciados. Como un sino, la escuela marcará desde la cuna la competitividad  del profesional. Y entonces la meritocracia, mecanismo de selección de concursantes que compiten “en condiciones de igualdad”, es ficción. Ya los elegidos del destino se quedarían con los cupos y los puestos y las becas y los honores. La igualdad de condiciones, que es ideal de la democracia, principia por el goce general de una educación de calidad. Para que en el desierto proliferen los oasis. Es hora de moderar la obsesión de la cobertura, y trazar verdaderos derroteros de calidad en la educación: en los colegios, en el Sena, en la Universidad. No sea que se repita aquí lo sucedido en el sistema de salud: muchos beneficiarios y cero calidad.

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En carta a El Espectador (17-XI), Bernardo Congote (cuyos escritos  respeto) se queja, con razón, de que en mi pasada columna apareciera incompleta la referencia bibliográfica de expresiones tomadas de Gonzalo Sánchez. El texto consultado es el prólogo al libro “La tierra en disputa”.

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