La encrucijada de León XIV

por | May 26, 2025

Monarquía milenaria edificada sobre el poder absoluto, que da a Dios potestad política, la Iglesia Católica se inclina a resolver sus contradicciones más por ruptura institucional que mediante el principio de unidad en la diversidad que León XIV persigue. O por aplastamiento del disidente. Práctica consuetudinaria en los despotismos para asegurar la sucesión del trono deseada: a fierro limpio o con daga siciliana o con poción de mandrágora. Nadie parece haber refutado la versión de David Yallop que adjudicó a asesinato la muerte de Juan Pablo I en 1978, cuando el recién designado papa anunció reformas que sintonizaban a la Iglesia con los tiempos. 33 días gobernó. Entonces asumió Juan Pablo II, para inaugurar los casi cuarenta años de conservadurismo ultramontano y persecución al legado de Juan XXIII y su opción preferencial por los pobres como guía cierta en el quehacer de la Iglesia.

Pero esta lucha intestina no es nueva: se remonta a finales del siglo XIX, cuando la agitación socialista obligó al Vaticano a responder con la Doctrina Social de la Iglesia. A la vera de esta doctrina, producto del catolicismo romántico que denostaba la revolución industrial y tenía a Cristo por líder revolucionario, medró también la ideología de teócratas como De Maistre y Bonald. Para éstos, la misión de la Iglesia no era la redención de los oprimidos sino la defensa de un orden universal que en cabeza del papado luchara contra las herejías de su tiempo: el socialismo, el liberalismo y la Ilustración. En su búsqueda de un equilibrio aséptico entre capitalismo y socialismo, la doctrina social católica jugó papeles menos honorables. Mientras ésta copaba el polo propagandístico de Roma, la diplomacia vaticana abrazaba sin pudor a dictadores: Pio XII a Hitler, Juan Pablo II a Pinochet, casi toda la jerarquía argentina a Videla.

¿Reminiscencias de su propia doctrina social? Es que la Encíclica de León XIII, arrastrada por el aluvión de la política, terminó ante la disyuntiva de resolverse como corporativismo fascista, o bien en el territorio conservador de la Democracia Cristiana. Pero siempre desde el mito fundacional de la sociedad estancada, inmóvil, sin antagonismos ni conflictos, si bien orgánica y jerárquica, que es también nostalgia del fascismo. Muy afín al integrismo católico, el fascismo busca el encuadre unitario de la sociedad; por eso busca disolver el conflicto entre patronos y obreros, subsumir a sindicatos y organizaciones empresariales en organizaciones interclasistas. El fascismo coopta las corporaciones tradicionales -que son independientes- y las convierte en órganos del Estado. Ilustración a la mano, la experiencia de opresión a un tiempo religiosa y laboral de nuestras primeras organizaciones obrero-patronales en la naciente industria textil de Antioquia, creadas por la Iglesia, que no ha mucho reivindicara el expresidente Álvaro Uribe.

A la amenaza de ruptura de la ultraderecha empotrada en el monolito inmutable de la Curia romana, se ofrece León XIV como “pastor capaz de custodiar el rico patrimonio de la fe y responder a los interrogantes y desafíos de hoy”. Llama a la reconciliación y a una unidad que no anula las diferencias, pues “la verdadera autoridad no se basa en el sometimiento, en la propaganda o en el poder; se basa en el amor”. ¡Agua y aceite no se mezclan, es un imposible metafísico! replicarán escolásticamente a la liberalidad pluralista del papa, sospechoso ya por tener más de peruano que de gringo.

Con León XIV se juega la Iglesia el albur de revitalizarse o desbarrancarse en el intento. La derecha no da tregua. Encrucijada del papa será volverse sin atenuantes hacia los desvalidos pero ampliando espacios al debate. Para lo cual deberá comenzar por emanciparse de las ambigüedades doctrinales y políticas de León XIII, su mentor.

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