por Cristina de la Torre | Jul 27, 2010 | Internacional, Julio 2010, Política exterior
Ni guerra con Venezuela, ni desenlace de trágico destino. En el vértigo de los acontecimientos, ambivalentes, impredecibles, dos hechos descuellan: la sorprendente invitación de Chávez a las guerrillas a deponer las armas y el anuncio del canciller venezolano de que llevará este jueves a la asamblea de Unasur una propuesta de paz para Colombia. Estos hechos sugieren que la ruptura de relaciones con Colombia es apenas accidente de un proceso que viene configurándose y apunta a dos fines: a reconstruir las relaciones bilaterales y, por contera, a buscarle solución política a nuestro conflicto interno. Mientras Monseñor Serna informaba hace un mes que las FARC liberarían sin contraprestación a los últimos 20 militares en su poder, Chávez discurría sobre la posibilidad de reconciliarse con Colombia, deslizaba suavemente su oferta de mediar en el conflicto colombiano, y se preparaba para asistir a la posesión de Santos el 7 de agosto. Sergio de la Torre adivinaba en todo ello la puerta que se abría a un diálogo integral de paz, un tímido agitar de bandera blanca ante la cual no se podía pasar de largo, “llevados por la soberbia, el triunfalismo o el afán de vindicta” (El Mundo, 6-19).
Acaso arrastrado por los celos o por una vanidad sin atenuantes, resintiendo el ocaso de su poder como una ofensa personal y, como traición, el derecho del sucesor a gobernar con mano propia, Uribe aborta en la OEA la revelación de pruebas ya sabidas sobre el amparo de Chávez a las FARC. Sin sentido de oportunidad y poniendo al país en riesgo, amenazaba así el avenimiento en ciernes. Aún a sabiendas de que la denuncia sería en todo caso, hoy o mañana, por boca suya o la de Santos, materia principal de reclamo a Venezuela.
Chávez respondería con incuria parecida pero con sentido inverso de la oportunidad política: trocó la denuncia en afrenta contra su pueblo. Rico maná le venía del cielo, a dos meses de unas elecciones de resultados inciertos para él. Quiso reavivar malquerencias hacia el vecino que se ofrecía, según él, como cabeza de playa para una probable agresión del imperio contra su patria. Convertir el odio y el miedo en votos, a la manera de los dictadores. Pero al parecer la treta no le sirvió esta vez: ni todos sus prosélitos le creen ya, ni las circunstancias favorecen su argumento, ni él mismo querrá usarlo indefinidamente, abochornado como anda hoy con el sol a las espaldas.
Su popularidad se desploma en Venezuela con la misma rapidez con que se disparan la corrupción del gobierno y la violencia en las calles de Caracas, y se paraliza la economía del país. En el concierto internacional, los amigos se le enfrían. Se dijo que, a la ruptura con Colombia, Fidel Castro y Lula lo reconvinieron severamente. España, Francia y Rusia se sumaron al coro de la OEA en pleno que instaba a las partes a superar la crisis por la vía del diálogo. Y Estados Unidos declaró que Venezuela estaba obligada ante la comunidad internacional a investigar a fondo las denuncias de Colombia. Palabras mayores. Chávez ha debido acortar los estadios de su ciclotimia. Tras el estruendo de sus amenazas y la teatralidad de sus rupturas, vuelve siempre a la frase amistosa: no bien rompió relaciones con Colombia, abogó porque “después del 7 de agosto podamos iniciar reuniones de cancilleres, plantear las cosas bajo el respeto mutuo y volver a sentarnos los Presidentes”. Lo nuevo es que el espíritu de diálogo parece imponerse ahora, por fuerza, sobre la belicosidad del Coronel.
Por lo que a nosotros hace, el dilema se dibuja sobre dos caminos opuestos para disolver la alianza Chávez-Farc y para alcanzar la paz en Colombia: o incendiando la pradera, o dialogando sin bajar la guardia. Y, como diría Augusto Ramírez, mucho va de la “plomacia” a la diplomacia.
por Cristina de la Torre | Jul 20, 2010 | Actores del conflicto armado, Conflicto armado, Julio 2010
Devolvió a las Farc contra la selva, desarticuló sus frentes, cercenó sus filas, dio de baja a varios comandantes guerrilleros; y, claro, sembró confianza en vastos sectores de la sociedad. Pero no liquidó a la guerrilla, como tantos lo esperaban. Modesto resultado para una guerra de ocho años, tan onerosa en vidas y en dinero. Decepcionante, además, si el balance contempla la mutación de los ejércitos del narcotráfico en una tercera generación del paramilitarismo que ha trasladado su guerra a las ciudades y multiplicado la violencia en dimensiones y modos de ingrata recordación.
A Tumaco y Medellín, verbigracia, y en decirlo no hay ofensa. A despecho de editorial de El Colombiano (julio 15), que protesta –entre otras- contra preocupaciones de la suscrita porque la capital antioqueña derive de nuevo en “Metrallo”, registradas en columna de la semana anterior. Ni afrenta, ni la torcida intención de irrespetar a Antioquia, tierra que no será más amable porque su periódico exacerbe para defenderla un regionalismo ha tiempo superado. Todo el país está sufriendo los rigores del narcotráfico, añade el editorial de marras. Es verdad. Aunque el flagelo no se ensañe contra todos por igual, si hemos de creer al concejal de Medellín Federico Gutiérrez, para quien la escalada criminal “está aniquilando (allí) a toda una generación”.
El gobierno que termina dejó a medio camino la desmovilización de los paramilitares. Les recibió las armas que ellos dijeron tener, pero no desmontó su estructura militar y política, ni afectó su negocio, el de estupefacientes. Embrión de la nueva organización militar son las Bacrim (bandas emergentes criminales), hechas a un narcotráfico que se ha fragmentado, le imprime nuevas dinámicas al conflicto y tiende a concentrarse en las ciudades. Docenas de jefes y mandos medios desmovilizados en 2006, y otros que permanecieron agazapados o reincidieron, se reorganizaron en aquellas bandas. Narcos y poderes locales aprovecharon la transición para fortalecer sus grupos armados, hasta articularlos al narcotráfico.
Según la Fundación Ideas para la Paz, las Bacrim son la recomposición armada del narcotráfico. Y cita pruebas al canto: La banda de Urabá, antes a cargo de “don Mario”, hoy la encabezan los desmovilizados Usuga. Desmovilizado es también “Cuchillo”, comandante de Erpac que en 2008 evadió un operativo, gracias a la complicidad de autoridades militares. Como se sabe, el hecho provocó la airada protesta del Presidente Uribe. En julio de 2009. La Fiscalía acusó al teniente de la Policía César Bejarano y a otros diez uniformados de colaborar con la Oficina de Envigado. Producto tenebroso de concierto con miembros del Ejército son los falsos positivos, que superan los 2.000. Hasta la guerrilla han llegado las alianzas. En Cauca y Nariño, “Los Rastrojos” compartieron con el ELN patrullaje y control del territorio. En Meta y Guaviare, las Farc les venden a “Los Zarcos” insumos para la producción de cocaína. La guerra entre estas bandas por el control de territorios urbanos se despliega con particular ferocidad en Medellín.
Dice bien Elsa Tobón: los ríos de dinero del narcotráfico traen ríos de sangre. No menos rojos, los de la guerrilla. Uribe represó los primeros, pero pronto rompieron compuertas y volvieron a su cauce natural. Quiso desaparecer a los segundos, mas logró apenas represarlos. Balance agridulce éste de la seguridad democrática.
por Cristina de la Torre | Jul 13, 2010 | Conflicto interno, Julio 2010, Narcotráfico
Miles de espectadores se apiñan en teatros y parques para escuchar, lelos, a poetas de cinco continentes. Mientras tanto, en las comunas hierve una tercera generación de bandas organizadas para vender seguridad y territorio al mejor postor, sea narcotraficante o proxeneta o tratante de cualquier negocio, si es rentable. Acaso la imagine algún turista que suba en metrocable a contemplar la flor exótica de la pobrecía asentada sobre el gran mirador de la ciudad: Medellín. Tres masacres con 19 muertos en una semana se registraron allí, al estilo ruidoso y ejemplarizante de Pablo Escobar. Pero los bardos siguen llegando, con la antigua sospecha de que sus poemas redimen al humano y desarman los espíritus, en el nuevo despertar de cientos de grupos armados que se encomiendan a la Virgen antes de disparar. Cada poeta, cada aficionado renueva la inspiración de este Festival, que nació para conjurar el horror que el narcotráfico había regado por la urbe entera.
Con el desplazamiento de la guerra del narcotráfico del campo a la ciudad, se abrió un nuevo capítulo de violencia urbana. En el último año se duplicaron los homicidios en Medellín. Si en 2008 fueron 1066, a diciembre de 2009 se proyectaban a 2000. No obstante la prohibición del porte de armas y el aumento del pie de fuerza pública. Las modestas bandas de barrio evolucionaron a ejércitos con armamento pesado, fusiles y subametralladoras. Y, peor aún, no recuperó el Estado el monopolio sobre el uso de la fuerza ni su exclusividad como dispensador de la seguridad ciudadana. Otros lo suplantaron y hoy se alternan el poder en zonas enteras de la ciudad. Paz y guerra se suceden, conforme reine algún jefe de la mafia o venga otro a disputársela.
Una investigación de la Casa de Paz, coordinada por Fernando Valencia (“Medellín, un modelo de seguridad cuestionable”) sostiene que, si aquí bajan los indicadores de delincuencia, no será por intervención de las autoridades. Ello responde casi siempre a “la hegemonía de algún sector del narcotráfico o del paramilitarismo (que produce) una temporal, frágil y peligrosa estabilidad en las condiciones de seguridad, que se rompe (cuando) se altera la cadena de mando”. En la antesala del fenómeno se presenta la Operación Orión, acción militar sin precedentes que desalojó a las milicias guerrilleras de las comunas de Medellín y situó en su lugar al Bloque Cacique Nutivara de las AUC. Dice el informe a la letra que la cercanía de esta facción del paramilitarismo con sectores de la fuerza pública y la Fiscalía se resolvió en sometimiento de todas las organizaciones de delincuentes a la autoridad de su máximo jefe, alias “don Berna” y, por disposición suya, se redujeron sustancialmente todas las formas de delito en Medellín. Un año después, la desmovilización de este bloque fracasó y explotó una nueva lid por el control de la violencia y los negocios ilícitos. Todo fue caos, anarquía, guerra abierta. Hasta el triunfo de un nuevo cabecilla que ponga orden, bajo la mirada impotente del Estado.
Pero el recrudecimiento de la violencia en Medellín no procede sólo de la guerra directa entre narcotraficantes que se disputan la sucesión del mando. Intervienen también la disputa de territorios y rentas por bandas de delincuentes variopintos, casi siempre al servicio de los narcos; la dinámica económica de los negocios turbios, la tolerancia social hacia la privatización de la justicia y su recurso al crimen. Tal vez no baste con el arte para derrotar la violencia que en su hora le mereció a Medellín el mote de “Metrallo”, y ahora parece regresar. Volverá, sin duda, si el país sigue autocomplaciéndose con políticas de seguridad que apenas tocaron la epidermis del narcotráfico, la más corrosiva entre las fuentes de violencia.
por Cristina de la Torre | Jul 6, 2010 | Izquierda, Julio 2010, Modelo Político, Personajes
Ilusiones. El abanico de ideas y programas que en la pasada campaña se insinuó como embrión de pluripartidismo fue flor de un día. Pronto se rindió al abrazo de una hegemonía ancestral: Frente Nacional se llamó primero, unanimismo uribista después, y hoy se rebautiza como gobierno de unidad nacional. En el campo de la oposición, se creyó que los Verdes suplirían la ausencia del liberalismo que, oveja descarriada durante ocho años, regresaba al redil. Otra flor sin retoño: ya está claro que los Verdes no querrán ser oposición, como lo han repetido sus dirigentes. Tampoco podrán serlo, pues no se ofrecerán como alternativa de gobierno. Identificados con el diseño de la economía y de la política social que rige y regirá con Santos, sus propuestas no parecen alterar las condiciones que generan tanta pobreza, tantas desigualdades en este país. La insubordinación clamorosa de millones de colombianos contra el todo-vale que Mockus encarnó amenaza también con diluirse entre iniciativas del nuevo gobierno que se disputarán la bandera de la anticorrupción. Es decir que hasta sus tareas de control político podrán naufragar si Santos enfrenta las crudezas más groseras de la venalidad y el abuso de poder. Sin organización, sin una divisa estratégica que singularice su personalidad política, cifrando la acción política en una oposición casuística, de ocasión, y desplazado del centro hacia la nada por el propio Santos, el movimiento Verde corre el riesgo de desaparecer. Suerte de tantos fenómenos de opinión que, si enérgicos, resultan episódicos.
Quedaría en la oposición un puñado de parlamentarios liberales de inmensa valía, como Cecilia López y Juan Fernando Cristo. Y, por supuesto, el Polo. Pero este Polo, única oposición organizada en partido, es matrimonio desavenido que hace metástasis y podría reventarse en cualquier momento. A la difícil convivencia entre una izquierda conservadora y dogmática y otra más abierta a la democracia contemporánea que lidera Petro, se suman la corriente anapista y la “pragmática” que hoy prevalecen en el gobierno de Bogotá. Motivo de desavenencias internas han sido también la ineficiencia y la corrupción que se apoderaron de la Alcaldía de Samuel Moreno, y comprometen el futuro político del Polo. Ni qué decir tiene la desautorización de las directivas de ese partido al excandidato Petro por reunirse con el presidente electo y comprometerlo en un gran debate nacional sobre manejo del agua, restitución de tierras y reivindicación de las víctimas del conflicto. Petro introduce problemas neurálgicos del país -y sustancia de su campaña- como temas de debate nacional en la agenda del nuevo gobierno. Pero sus contradictores del Polo perciben esta acción como claudicación que lleva a la componenda. Ni oposición “reflexiva” (“deliberante”?) a la manera de las disidencias tácticas de los partidos del Frente Nacional, ni reactiva a toda iniciativa del Gobierno, ni obstruccionista para maniatarlo a falta de contrapropuestas, la que Petro inicia parece armonizar con el estilo de oposición de las democracias maduras.
Pero es frágil estructura la de nuestra democracia: mientras la oposición anda en la cuerda floja, el poder se recompone como una coalición aplastante de centro-derecha. Aunque intente morigerar la corrupción, erradicar los falsos positivos y respetar la autonomía de las Cortes, actuará como aplanadora. La mitad de los sufragantes verdes verán frustrada su esperanza y migrarán a toldas donde se haga política. El Polo se proyecta como eje de la oposición, con amplio protagonismo en la controversia pública (si no embozala a Petro), pero vive en trance de división. Sigue empedrado el camino hacia la democracia. Sin oposición, otros llegarían a ocupar su lugar: las guerrillas.
por Cristina de la Torre | Jun 22, 2010 | Izquierda, Junio 2010, Partidos
“Facundapradera”, lector de este espacio, comenta: los ciudadanos que votamos por Mockus “consideramos válido un cambio en las formas de hacer política, como elemento necesario para enrumbar hacia la equidad, (eliminar) las maquinarias del clientelismo, la corrupción y la parapolítica (…), práctica interiorizada en nuestra cultura política que impone (una respuesta radical de la ciudadanía)”. La respuesta se dio. Aunque derrotados en las urnas, los millones de colombianos inconformes con esta negra noche que quisiera prolongarse más allá del 7 de agosto, podrán ahora expresarse como poder desde la oposición. No será fácil. Está por verse si los líderes de la Ola Verde deciden darse un programa y una organización que eleve la protesta de la coyuntura a movimiento estable o a partido. Si, venciendo tentaciones y halagos de los adversarios, integran con el Polo, con liberales y miembros de Cambio Radical un bloque de oposición a la Unión Nacional y al cobijo que ésta le brinda al PIN. Caso contrario, como ha sucedido en el pasado, media Colombia verá diluirse toda esperanza de cambio en la indefinición política de sus momentáneos intérpretes: en el sí-pero-no que a un Fajardo le valió el descalabro electoral del 14 de marzo; en sus silencios cuando se le pregunta si participaría en el gobierno de Santos. En la ambigüedad de la fórmula de “independencia y cooperación con deliberación” que Mockus anuncia frente al nuevo gobierno. O en la teoría de Peñalosa según la cual los Verdes perderían su vocación de poder si se lanzaran a la oposición. Como si la revuelta del país contra la corrupción y los crímenes de Estado no configurara ya un poder.
A poco, liberados los Verdes de un toque religioso ajeno a la democracia de nuestro tiempo; y sacudido el Polo del cartel de contratistas que rodea a la Alcaldía de Bogotá, la oposición no podrá limitarse a denunciar la corrupción. Habrá de enfrentar la postrer ofensiva jurídica del Presidente Uribe que, obrando sobre cuatro flancos, lo convertiría, no en “responsable de la lucha contra el crimen” -como él lo dijera- sino en su magno encubridor. Son ellos: supeditar la Fiscalía a la Presidencia, golpe mortal contra la separación de poderes; prerrogativa exclusiva del Presidente para extraditar (de modo que los jefes paramilitares terminen de llevarse consigo secretos comprometedores); intervenir en la investigación de parapolíticos (casi todos aliados de su Gobierno); y “blindar” a las Fuerzas Armadas contra la justicia civil (recurso que afectaría el juicio de uniformados por falsos positivos). Que se sepa, Santos avalaría la reforma a la Fiscalía y a la justicia penal militar.
De otro lado, los diez puntos de su plataforma gustan a todos pero no interpretan a la oposición. Enhorabuena. De eso trata la democracia: de banderías encontradas, antípoda del gobernante-uno para el pueblo-uno que tantas veces fue germen del totalitarismo. Dos estrategias en particular le darían a la oposición más norte y cohesión programática. Primero, la industrialización, con mercado ampliado al vecindario. Remedio al desempleo, a la pobreza y la desigualdad por su enorme capacidad para dinamizar la economía y redistribuir el ingreso, sería también alternativa a los TLC que nos condenan al atraso sin remedio. Toda la avanzada de América Latina ha vuelto por estos fueros, mientras Colombia, provinciana, sigue mirándose el ombligo. Segundo, conjurar el narcotráfico, fuente de nuestras mayores desgracias, peleándose la legalización global de las drogas ilícitas.
“Vehemente” como la practica el Polo, o “justa” como la quieren los Verdes, ancha oposición se ofrece en Colombia por primera vez en décadas. Su buen éxito dependerá de que logre expresarse como fuerza organizada de la sociedad.
por Cristina de la Torre | Jun 15, 2010 | Iglesias, Izquierda, Junio 2010, Personajes
Mucho va de la teoría a la práctica. Botón de muestra, la efímera ilusión de los Verdes, que se ofrecen como democracia “deliberante”, sin partidos, para que ciudadanos cultos, puros, racionales cambien argumentos civilizadamente, en un país de menesterosos, que no van a la universidad ni al sicoanalista, pues han de batirse en el diario desafío de sobrevivir. La erguida protesta de millones de colombianos contra la corrupción desbordada de estos años, amenaza diluirse por obra de un régimen que seguirá trabajando para sí, mediante el bien montado aparato de políticos que llevan a las urnas a la contraparte de la “decencia”: los votos contaminados, clientelistas, pecaminosos, premodernos de Familias en Acción y Madres y Guardabosques en Acción y Viejitos en Acción (que ya anuncia Juan Manuel). Hay en esta Ola excluyente quienes ignoran que los propios sufragantes del uribismo son las primeras víctimas del gran Dador que les dispensa migajas del presupuesto oficial, como larguezas suyas y no como derechos. Pero el mayor enemigo de la Ola Verde es ese hálito de indignación moralizante que los más vociferantes entre ellos despliegan. Y el ingrediente religioso, ¡ay! Si al moralismo elevado a la categoría de política se agrega la sacralización de la ley y de los recursos públicos, ya podríamos ver a la promotora de la cadena perpetua contra abusadores de niños vestida de cartuja lapidando adúlteras al lado del Procurador que no despacha con los códigos sino con la Biblia.
Y es que Mockus ha cambiado. Abandonó el espíritu cívico de su pasado y ahora se propuso rescatar la ética pública desde las honduras de la culpa y el arrepentimiento, de cuya impronta religiosa se libró hace siglos el Estado laico. “Aquellos que quieran corregir su camino”, (serán los únicos en merecer alianza con los Verdes), declaró el 20 de abril. Nadie calificó. Ni el Polo, ni el progresismo liberal. Nada que oliera a partido. Los escogidos vendrán del abstencionismo y de otras filas pero, eso sí, nada oficial.
En la moda –ya pasada- de la antipolítica, Mockus asimila partido a clientelismo y corrupción. Y ésta es otra arista de su inmaculada democracia deliberante. Heredero tardío del espíritu antipartido de los constituyentes del 91, le disputa a Uribe el terreno de una sociedad sin colectividades políticas o reducidas al puro cascarón. Una sociedad desactivada, pasto del liderazgo personalista. “El voto libre, de opinión, ha dicho, puede decidir el rumbo del país. La democratización del voto facilita la democracia deliberativa. En lugar de doctrinas dogmáticas, hay argumentos; en vez de partidos cazapuestos, tendremos meritocracia”. Razón le sobraría al profesor si esta declaración no excluyera, por contera, a los partidos, como opción organizada de la política sin la cual no se concibe la democracia. Cosa distinta es la crítica a los partidos colombianos, dechado de vicios que clama una terapia de choque. Pero no su disolución. Como no ha de cerrarse el Congreso, por descompuesto que esté, pues es institución de la democracia. Merecerá también tratamiento y cirugía, pero no la muerte. Por otra parte, ¿quién garantiza que el voto desorganizado, “libre”, sea siempre el de una ciudadanía deliberante? ¿Acaso aquel no lleva ocho años reducido a masa amorfa, sin horizonte y manipulado por la propaganda del gobierno?
Por último, ¿estará este moralismo exquisito a la altura de los anhelos de cambio de tantos colombianos, ricos y pobres, blancos y negros, educados e iletrados, de la ciudad y del campo? ¿Piensan los líderes de la Ola Verde organizarse como oposición? ¿Por qué Fajardo se va por el atajo para no responderle a la periodista Andrea Forero cuando ella inquiere si los Verdes participarían en un eventual gobierno de Santos?
por Cristina de la Torre | Jun 10, 2010 | Internacional, Junio 2010, Modelo Económico en Colombia
Fue fulgor de un instante. La frase terminó extraviada entre la maraña de promesas que adornan la antesala del nuevo gobierno. Que su modelo es el de la Tercera Vía, le dijo Santos a Darío Fernando Patiño y el anuncio, soltado al desgaire, sólo suscitó interrogantes. Manoseado hasta el cansancio, el término puede acomodarse lo mismo a una socialdemocracia modernizada, al neolaborismo que acaba de periclitar ruidosamente en Inglaterra, al Estado social industrialista de un Lula o al modelo neoliberal que rige en Colombia hace dos décadas y Santos porfía en mantener ataviado ahora con galas de “progreso”. Para el presidente electo, el criterio cardinal de la Tercera Vía consiste en acudir al mercado hasta donde sea posible y, al Estado, hasta donde sea necesario. Versión vicaria del más rancio principio del laissez-faire, según demuestra la práctica.
Si Tony Blair, mentor de Santos, propugnaba hace tres lustros un punto medio entre dos fundamentalismos, el del mercado y el del estatismo soviético, pronto recogió el paradigma manchesteriano que Thatcher le heredaba y éste terminó por prevalecer en el seno del laborismo. Llegado al poder, Blair ablandó en materia grave la posición clásica de la socialdemocracia y se plegó al modelo más conservador. Profesó devoción a los banqueros, fragmentó los servicios sociales del Estado y los privatizó, agudizó las desigualdades. En 13 años, la militancia de su partido se redujo a la mitad. Para congraciarse con el capital privado y con la banca, Brown suavizó todos los controles del gobierno sobre el sector financiero, hasta cuando éste terminó por autorregularse, exultante sobre un torrente de beneficios que otros sectores de la economía ni soñaron. En medio del boom financiero, la industria decreció del 20 al 12%. Bajó el empleo. Y, al cabo del experimento, había en los hospitales 13 mil camas menos. Los Planes de Iniciativa Financiera habían hipotecado porción sustancial del los fondos del Estado para pagar –con creces- a inversionistas privados de obras públicas. Si, se entregaba al mercado cuanto se podía y al Estado se le hurtaba lo esencial.
En tímida evocación de la concertación que las socialdemocracias practican en Europa para trazar la política económica y social, Angelino Garzón anuncia diálogo entre Gobierno, empresarios y trabajadores enderezado a aliviar, si cabe, la dura vida de quienes laboran. A mayores ingresos de la empresa –sostiene-, mejores salarios. Así en el sector financiero, que el año pasado obtuvo 7 billones de utilidades. Bienvenido su propósito. Pero mayor justicia haría si tocara el corazón de la nuez: el artículo 373 de la Constitución, fuente de la bonanza gratuita de un sector más dado a expoliar que a servir a la producción de riqueza. Este artículo prácticamente le prohíbe al Banco de la República prestarle plata al Gobierno, si no es por intermediación (costosísima) de la banca privada. ¡Vaya Tercera Vía!
Brasil sería ejemplo de Tercera Vía en estos lares. Su modelo busca erradicar la pobreza retornando al desarrollo: para crear empleos dignos, aumentar la inversión, expandir mercados (dentro y fuera del país), multiplicar las exportaciones de bienes industriales, garantizar salud y educación para todos, promover la ciencia y la tecnología. Y propender a un nuevo orden económico mundial, con libre comercio, pero con reciprocidad entre países.
Cabe preguntarse cómo hará el Ministro Juan Carlos Echeverry para crear en cuatro años tres millones de empleos formales sin estrategias de industrialización. ¿Recogiendo las cenizas del neolaborismo inglés? ¿Porfiando en el modelo de mercado y de privilegio a los banqueros que ha coronado a Colombia como campeona del desempleo y la desigualdad en el continente? ¿Cuál Tercera Vía?
por Cristina de la Torre | Jun 1, 2010 | Corrupción, Junio 2010, Uribismo
El director del DAS, Felipe Muñoz, me dirige carta para discrepar de mi afirmación aparecida en este espacio el 11 de mayo, según la cual cerrar esa entidad en este momento sería “ahogar la investigación de crímenes que conducen a la Casa de Nariño”. Estima el funcionario que tal aseveración “dista de la realidad”. Que forma parte de ideas erróneas que el proyecto de crear una nueva agencia civil de inteligencia ha suscitado, como ésta de atribuirle la intención de “tapar” o afectar la investigación de la Fiscalía por las interceptaciones ilegales. Al contrario, dice, “hemos prestado la máxima colaboración a las autoridades competentes para esclarecer lo sucedido e individualizar las responsabilidades; corresponderá a la justicia fallar en derecho”. Por otra parte, Muñoz propende a la creación de una nueva entidad que, despojada de funciones que no le competen, se concentre en su misión real de inteligencia y contrainteligencia.
Loable propósito el suyo, dice de la buena fe que lo anima e informa la diligencia del alto funcionario en su colaboración con la justicia que adelanta las pesquisas del caso. Pero mi afirmación no dista de la realidad. Es conclusión inevitable de hechos revelados por la propia Fiscalía y que, al lado de la parapolítica y los falsos positivos, configuran el mayor escándalo que haya convulsionado a Colombia en décadas. Porque la cadena de implicados no se contrae a mandos medios o a dos exdirectores del DAS sino que penetra hasta la casa de Gobierno. En el último debate de Caracol con los candidatos presidenciales, Vargas Lleras habló de “una organización criminal orquestada desde la Presidencia”. Rafael Pardo señaló que la conspiración montada contra otro poder público, la Justicia, congregaba al DAS, la UIAF y la Presidencia, en un abuso inaudito de poder. Mockus señaló “una responsabilidad que la sociedad no le ha cobrado al Presidente”.
El último hecho conocido es la declaración de Germán Ospina, exdirector del Goni en la entidad, para indicar que se filtró información contra la Corte para neutralizarla, “por orden de Presidencia”. El fiscal delegado ante la Corte declaró que el alto Gobierno recibía informes contra ella y “los direccionaba”. Según la Fiscalía, el DAS sustrajo expedientes reservados e información personal de los magistrados y grabó ilegalmente sesiones de la Sala Plena con destino al Gobierno. Informó que en 2008 hubo dos reuniones en la Casa de Nariño para discutir estos pormenores con funcionarios de Palacio.
Se sabe de autos que en los últimos años el DAS derivó en policía política y funcionarios suyos resultaron asociados con paramilitares. La entidad destinada a velar por la seguridad del Estado se consagró a espiar y perseguir a quienes en ejercicio de la ley o de las libertades ciudadanas se apartaban de los intereses políticos de un gobernante en particular. El asedio tendido sobre jueces, periodistas y opositores rubricó el renacimiento de la politización de la Inteligencia del Estado, cuyo clímax tuvo lugar en tiempos aciagos de la Violencia.
Si, razón le asiste a Felipe Muñoz: hay que convertir al DAS en una entidad de carácter civil, profesional y apolítico que produzca información y análisis enderezados a garantizar la seguridad del Estado y la democracia. Pero darle ahora “cristiana sepultura”, de sopetón, como lo propone Santos, pondría en riesgo la existencia de expedientes y pruebas que desaparecerían en el remolino de la disolución. Antes ha de aparecer el director de esta orquesta, el que daba las órdenes, el responsable político. Así lo pide el Presidente de la Corte. Y el país, que se ha alzado contra la tropelía. Y quiere elegir a Mockus Presidente, para que ningún Job vuelva jamás a conspirar desde la Casa de Nari contra el poder Judicial.
por Cristina de la Torre | May 25, 2010 | Mayo 2010, Modelo Económico en Colombia
En el descrédito que rodea el balance final de este gobierno, el Presidente Uribe acude al recurso desesperado de torcer la realidad: presenta la firma del TLC con la Unión Europea como victoria que le asegura a la patria un rosado porvenir, cuando el acuerdo la condena al atraso sin remedio. Primer damnificado entre los productores colombianos que desaparecerán son las 465 mil familias que viven de la leche. Este tratado, como el suscrito con EE UU, destruye en el huevo nuestra industria, arrasa con la producción agropecuaria no subsidiada y bloquea el surgimiento de nuevas industrias. Mata lo que existe y esteriliza lo porvenir. Abrir nuestro mercado a la riada de manufacturas extranjeras y productos agropecuarios subsidiados es imposición de países que alcanzaron el desarrollo porque supieron proteger su industria mientras ella se formaba. Pero ahora disfrazan de libre comercio entre “iguales” una agresiva política de promoción de exportaciones europeas a apetitosos mercados del Tercer Mundo.
Mientras Centroamérica y MERCOSUR negocian con Europa a lo bravo y en bloque, Colombia se pliega reverente al otro, que le ofrece, magnánimo, un mercado inmenso. Mas, ¿para exportarle qué? Florecitas, frutas, hortalizas, café, alguito de plásticos y textiles y, claro, el petróleo y los minerales que sus multinacionales extraen de nuestro suelo para mandarlos a sus países, sin apenas crear empleos en Colombia o reintegrar divisas. Petro, Pardo y Noemí anunciaron su oposición en el Congreso a los términos en que se suscribió el tratado. A otros les pareció una ventaja que “ahora los países sabrán en qué especializarse”. ¡Pero si desde hace siglos se sabe! Los países desarrollados, en la gama infinita de productos de la industria moderna y en agricultura subsidiada. Los subdesarrollados, en alimentos, en materias primas, en minas y petróleos. Mientras Europa y EE UU colonizan nuestros mercados con manufacturas sofisticadas que Colombia podría llegar a producir de contar con el “período de aprendizaje” que aquellos se concedieron, nosotros tentamos a sus compradores con algún clavel.
¿Qué industria nueva podrá surgir en Colombia, asediada como se verá por la competencia de países altamente industrializados? Pequeñas y medianas empresas nacen aquí todos los días y mueren al siguiente, pues los consumidores de alimentos y bebidas y camisas tienen ya a quien comprarle. Industrias nuevas, ninguna. A despecho del ministro Plata, tan ilusionado con este ribete del tratado, la inversión extranjera que aquel nos traiga no será para montar fábricas ni abrir plazas de trabajo ni modernizar la economía. Se irá, como se ha visto en veinte años, en especulación financiera o en la compra de nuestras empresas más rentables. Como Isagén, envidia del vecindario, que se le venderá al extranjero para llenar el hueco fiscal de una economía que se ha manejado con los pies.
En la creencia de que Colombia no podrá integrarse al mundo sino suscribiendo tratados leoninos que se le ofrecen como fatalidad inexorable, el Gobierno se pliega al modelo que Europa les impuso a sus viejas colonias africanas durante 70 años. Luchan ellas por negociar en bloque, no en la relación de David a Goliat, que es la de los tratados bilaterales cuya moda impusieron los Bush. Uribe no. Obsequioso hasta la humillación con el foráneo, este Titán de la guerra en su tierra celebra el tratado como “un paso muy importante para la economía colombiana”. Acaso no se confiese que este acuerdo, como el suscrito con EE UU, legitima todas las imperfecciones de un mercado asimétrico: consagra una apertura unilateral, como la de los años 90, pero elevada a la ene. Tampoco los dos candidatos punteros admitirán que con el TLC nos habremos empacado un autogol olímpico.
por Cristina de la Torre | May 18, 2010 | Izquierda, Mayo 2010, Personajes
Gane Mockus o gane Santos, Colombia no será ya la misma. Aunque sólo sea porque bajen las cotas de crímenes de Estado y robos al erario público. El nuevo mandatario habrá recibido como una orden de cambio la insubordinación de la opinión contra una corrupción que en este gobierno alcanzó dimensiones monumentales y se tiñó de sangre. Y habrá tomado nota de que, roto el dique del despotismo, florecieron fuerzas que venían represadas y fracturaron la hegemonía del uribismo. La talla de sus candidatos, en particular las de Petro, Vargas y Pardo comprometió la resistencia del monolito que se fraguó en el abuso del poder. Catarsis de libertad, alegoría de la Primavera de Praga, lo que se avecina es, sin embargo, poco. Si Santos, el Presidente no podría sino arañar la cáscara de la corrupción, pues la nuez seguiría viva en la clase política que le dio la victoria. Aunque insobornable en este territorio de la moral pública, Mockus no lograría mucho más. No es su proyecto reemplazar las políticas sociales y económicas, que dan lugar a la corrupción, sino mantenerlas. O maquillarlas. Falta ver si su recurso a la cultura puede batirse contra el pesado fardo de los Uribito y los Valencia Cossio, o recuperar los espacios que el narcotráfico ha ganado en el poder del Estado.
Por lo pronto, es de temer que Mockus se corone, no ya como Mesías populista sino como el Mesías posmoderno que estira nuestra democracia refrendaria hasta cuando mi Dios agache el dedo sobre mayorías alebrestadas contra la oposición. “Antipolítico” de la hora que acumula larga brega por el poder, mucho en Mockus parece responder a juego preconcebido para impresionar a la muchchada, más susceptible a símbolos e imágenes que a programas. Con un aire Light de intrascendencia y la fuerza emotiva de sus vacilaciones, aspira a capitalizar para sí la servidumbre voluntaria que la misma masa de facebook le había prodigado a Uribe. Masa tan amorfa como las montoneras electorales de los partidos de antaño. Cardumen irreflexivo que se presume voto calificado, sólo la anima la fe. Ayer vibró contra todo opositor que al Mesías se le antojó terrorista, hoy aplastará a quien discrepe de Mockus, por corrupto.
Al maestro que le antecede en el Solio de Bolívar se parece también por su repelencia agreste hacia la izquierda democrática. Omitiendo deliberadamente la dura batalla de Petro contra algún nostálgico de la lucha armada en su partido, buscando votos en la derecha, descalifica al líder que por fin representa una alternativa de cambio sin sangre, dizque por justificar la violencia. La equidad social no legitima la violencia, respondería Petro, sino que es el instrumento para superarla. A Mockus le parece, en cambio, que la inequidad se resuelve con instrumentos del uribismo como la Ley 100 que convirtió en negocio la salud y la ley laboral, responsable –entre otros factores- de nuestro altísimo desempleo, pobreza y desigualdad.
Pero no todo es simbiosis con Uribe. Si bien el principio que inspira en Mockus su reivindicación de la legalidad desconceptúa la arbitrariedad en el ejercicio del poder, su inflexibilidad frente a la ley bendice el estatus quo. Niega toda posibilidad de cambio, así sea por el solo camino de reformar leyes nocivas para la sociedad. Por otra parte, su obediencia ciega a la autoridad niega el derecho de oposición. Ni siquiera se aviene con el derecho que esgrimiera el propio Santo Tomás de rebelión contra el tirano. Más papista que el Papa, en este terreno resulta Mockus más conservador que el propio Uribe. Y eso, ya es mucho decir.
Triste destino será el de esta revolución de los girasoles si se contrae a reciclar el uribismo, así reduzca la corrupción. Ojalá no resulte ser Mockus otro egócrata místico empujado por el duro hierro de una idea fija.