Nuestro populismo tardío

por | Mar 11, 2026

Abrumado bajo el peso muerto de sotanas y fusiles que lo inmovilizaron por centurias, no imaginó el país lo que podía venir. El período de comicios que arrancó este domingo en Colombia marca las dos caras de una inflexión sustantiva en el sistema político: primero, consolida el arribo iniciático de la izquierda al Gobierno, tras doscientos años de hegemonía conservadora; segundo, afina el populismo que debutara con Álvaro Uribe en 2002 y hoy encarna Gustavo Petro, su antípoda ideológica. Ingresamos, pues, en la galería de los populismos que menudearon en América Latina y cuyo vacío habíamos llenado con el clientelismo. Ahora tenemos aleación de clientelismo con populismo. Pero además toma cuerpo por primera vez la abierta confrontación entre izquierda y derecha, pan comido en la región y puntal de toda democracia, por discreta que sea. 

Ambos usufructuarios de la democracia directa que la Carta del 91 entronizó, en ellos cristalizaron dos variantes del populismo: en Uribe, a la derecha, la belicosa y neoliberal de Fujimori; en Petro, a la izquierda, el reformismo social de un Perón. Se ha depurado el antagonismo en torno a reformas de base que Los Nadies reclaman ahora a voz en cuello y por boca del presidente. En soberbio libro sobre su gobierno, contrasta Hernando Gómez Buendía esta irrupción simbólica de los discriminados -capaces ya de imaginar un Estado de todos los colores- con el orden conservador que somete esta sociedad a la pobreza, la desigualdad, la improductividad, la corrupción y la violencia.

Petro ganó la presidencia porque le dio cauce electoral al estallido social, no porque lo hubiera gestado. Aunque no anula su predilección por la democracia callejera, por la turbamulta presa de milenaria indignación que el caudillo podrá simplificar a veces hasta la caricatura. Lejos del modelo comunista, su norte será la socialdemocracia latinoamericana, tocada de populismo o colonizada por él.

Núcleo del populismo del Cono Sur fue la alianza de gremios y trabajadores, cuyos beneficiarios fueron los sindicalizados, las clases medias. Recuerda Gómez que estos gobiernos combinaron redistribución con autoritarismo y que el peronismo transó derechos laborales y sociales contra lealtad política. En el Brasil de Getulio Vargas, la Constitución de 1937 se inspira en la Carta del Lavoro de Mussolini e instaura el Estado Novo, un régimen autoritario y corporativista que premiaba a gremios y sindicatos, no al votante común. ¿Alguna reminiscencia de esta impronta en el proyecto constituyente de Petro, de parecido elán corporativista?

Para nuestro autor, la fuerza moral que nace del dolor histórico, desde donde Petro habla, no basta para validar la verdad de sus ideas ni la eficacia de sus propuestas: “que una voz venga de abajo no la hace infalible”. En economía, Petro “convierte todo ingreso privado en sospechoso y toda empresa exitosa en culpable. Así, la economía deviene lucha moral entre ‘los que producen’ y ‘los que se enriquecen’”. Esta visión bloquea el desarrollo, castiga el mérito y paraliza la productividad.

El pueblo no es entidad unívoca ni tiene siempre la razón. Dirá Gómez que puede votar por Petro o por Milei o Por Uribe o por Bukele. O por Mussolini, dijéramos, como en efecto sucedió. La narrativa de Petro “emociona pero sacrifica la verdad en nombre de la moral, y eso no construye democracia, construye dogma”. Dos problemas cruciales tendrá que resolver quien llegue a la presidencia: conjurar la violencia y ventilar una propuesta de generación masiva de empleo productivo. ¿Existe el candidato?

Coda. Difícil concebir la inmolación del demócrata Juan Daniel Oviedo como vicepresidente de la ultraderecha uribista.

Lamentable: Angélica Lozano y Jorge Enrique Robledo, luchadores que hicieron historia en el Congreso, desplazados por candidatos procesados.

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