Uribe, modelo Chávez número uno

Y el número dos, Petro. Contrarios en ideas y programas, un elemento los hermana, sin embargo, en Chávez: el talante mesiánico del populismo latino-americano, desplegado como democracia del aplauso al caudillo. Que no es poca cosa. En Venezuela, el modelo degeneró en dictadura corrupta de civiles y militares. En Colombia, en autoritarismo corrupto de civiles y paramilitares durante el régimen de Seguridad Democrática. Petro ofreció convocar una constituyente de su caletre que disolvería el Congreso. También Chávez convocó referendo para inhabilitarlo y Maduro lo clausuró mediante constituyente de bolsillo. Si no fuera por objeción de la Corte, hubiera reunido Uribe constituyente para disolver el parlamento; que así rezaba el primer proyecto de su referendo en 2003. Por boca de Luis Carlos Restrepo, propondría a poco disolver los partidos, vehículo de la democracia y savia del Legislativo. Los expresidentes más, el exalcalde menos, los tres irrespetan, de palabra o de obra, la división de poderes, las instituciones de la democracia y el derecho de oposición. En discurso redentorista, moralista, envuelven su pasión por la arbitrariedad y la fuerza, hasta imponer una nueva religión secular: la del caudillo.

Pero si comparten el perfil político, en el programa económico difieren radicalmente: Uribe llegó para consolidar el modelo de mercado, erigido sobre la inequidad y la exclusión; Chávez y Petro, para desmontarlo. El venezolano, primero bajo el ala de un capitalismo social, cepalino, cuyos lineamientos son también los de Petro, evolucionó después a modelo comunista, confiscatorio, y destruyó el aparato productivo de la nación. El radicalismo de Petro es más de tono político que de fondo, pero le sirve a la extrema derecha para bautizarlo de expropiador chavista. A ello contribuye, hay que decirlo, el generoso silencio con que el jefe de Colombia Humana justifica, tras defenderla, la dictadura de Maduro. Y el arrebato, como combustible de decisiones impredecibles. Y el atropellamiento como modelo de gobierno, que redujo a fiasco su intento de devolverle al Estado el control de los servicios públicos en Bogotá. Control que todas las socialdemocracias ejercen de oficio.

Si entre Petro y Chávez hay afinidades de personalidad política y coincidencias en el reformismo inaugural del vecino, en el estilo de mando de los expresidentes abundan parecidos. Chávez neutralizó al Congreso y al poder Judicial, cercó a la prensa y a la oposición. El Gobierno de Maduro terminó asesinando cientos de manifestantes en las calles. Uribe cogobernó con la parapolítica; convirtió el DAS, órgano de seguridad del Estado, en policía política para perseguir a la Corte Suprema y a la oposición. Hubo en su Gobierno miles de falsos positivos.

Convirtió el comunitarismo en Estado de opinión, atavismo cooptado en Venezuela. Rige allá el Estado Comunitario, para entronizar su Socialismo del siglo XXI, mientras Uribe incorpora aquí la divisa neoliberal en un comunitarismo premoderno. Desde una base de soviets criollos, allá; acá, mediante consejos comunales que el caudillo manipula, irrespetando las instituciones de la democracia y los órganos del poder local. En persistencia comparable a la de Uribe, recoge Chávez en su programa semanal televisivo Alo Presidente quejas y demandas de la comunidad. De rojo-Chávez el venezolano, de ruana Uribe en sus consejos comunales, así alimentan ambos el Estado comunitario y de opinión como finca particular de napoleoncitos de cartón.

Si gana Petro, si gana Uribe, tendremos chavismo para rato. La esperanza es que no se nos imponga ahora el dilema de decidir cuál de los dos es el chavista bueno y cuál el malo. ¡Vade retro, maniqueos!

 

 

 

¿La hora de los extremismos?

Terminada la guerra, se ha saltado la compuerta que marginaba a muchos del sistema que concentra el poder en una minoría de políticos guardianes de sus privilegios de casta, complacientes con el delito y la violencia. Indignados casi todos, y casi todos seguidores de Petro. La polarización Uribe-Santos que evocaba la fractura entre élites ultramontanas y reformistas en tiempos de López y Laureano, va cediendo espacio al escenario de las democracias maduras, donde se enfrentan derechas, izquierdas y fuerzas de centro –fieles de la balanza. Así lo sugiere el relanzamiento privilegiado de dos candidatos radicales seleccionados este domingo por consulta, al lado de otros que también hoy inician propiamente campaña. En carrera de obstáculos que contempla juego de alianzas, escogencia de nombres para vicepresidente y debates en los medios que terminarán por decantar la reales opciones para la Presidencia. En el desprestigio monumental de los partidos, los premiados en la consulta personifican lo que la tierrita da: aprendices de caudillo, uno a la izquierda, otro a la derecha.

Si no se celebra a tiempo la accidentada alianza entre las fuerzas de centro, el respaldo que en consulta obtuvieron Gustavo Petro e Iván Duque podría abocarnos a una disyuntiva trágica en segunda vuelta: la de tener que escoger presidente entre dos mesianismos de vocación autoritaria. Se polarizaría el partidor entre un extremismo de izquierda que diera en la flor de ensayar –por divertimento y a contrapelo de la historia– un socialismo del siglo XXI con más sabor a Maduro y a Daniel Ortega que al moderado Rafael Correa de Ecuador.

En la otra orilla, la archiconocida rudeza de derechas que Uribe encarna en la humanidad de Iván Duque, su discípulo amantísimo. Si el expresidente volviera al poder, haría trizas la paz, átomos la volvería con toda la rabia del revanchismo y el odio que respira. Sabotearía los cambios que el país reclama a gritos desde hace un siglo. La reforma rural, verbigracia, cuyo vehículo sería el catastro multipropósito. O la restitución de tierras arrebatadas a trampa y bala por los paladines de la caverna. A todo ello se opone Duque, como se opusieron siempre su jefe y su partido. Entonces, después de tanta fusta y tanto muerto, ¿tener que allanarse a tan ingrato dilema?

Humberto de la Calle ha visto la realidad feliz que aquellas altisonancias no consiguen ocultar. Crece todos los días el enorme contingente de colombianos saturados de fundamentalismos, de opciones que se ofrecen como fatalidades invencibles, de traficantes con el erario que fungen de patriotas y criminales que pasan por santos. A aquel conglomerado se dirige el candidato, pues él mismo lo personifica, e invita a Fajardo a marchar juntos en coalición de centro que llevaría todas las de ganar. Pero Fajardo, acaso presumiendo superioridad moral de incontaminado, se permite ignorar al estadista de talla moral e intelectual no vista en el país por muchos años: el gobernante que por milagro le llegara a Colombia.

Critica Daniel Coronell los errores de Fajardo, pero lo insta a desempeñarse como opción de éxito frente a los extremismos que amenazan copar la política en esta hora decisiva. Las elecciones se ganan sumando gente, apunta, no rechazándola. Y definiendo posiciones. De tanto proclamarse ni uribista ni santista, “se le olvidó contarle a la gente por qué hacía falta votar por él”. Mas todavía es tiempo, que la campaña apenas despega. Pero sólo rendirá frutos mediante alianza con De la Calle. Si Fajardo mira para otro lado, cargará con la amargura de la derrota; y con el estigma de haber sacrificado a su purismo gratuito una salida salvadora para el país, humillado en la arrogancia de los extremismos.

 

Será el Congreso que Colombia merece

Si la pereza de los quejosos trepa la abstención al 60% este domingo, elegiremos un Congreso más torvo, reaccionario y azaroso que el de los últimos tres lustros. Pues se elige por acción, votando; y por la omisión de los eternos indignados que no se untan de urna y conceden a la contraparte todo el poder de decisión política. El viejo contingente de corruptos y parapolíticos seguiría en su curul, por interpuesta parentela. Y se abriría el abanico de los agraciados hacia otros partidos de la derecha, como Cambio Radical. Este integró en su campaña a la hez de la política, que da línea y pone candidatos desde la cárcel y los estrados judiciales. De 55 dirigentes reclutados por él en el país, 37 andan en malos pasos: hay 8 condenados (Édgar Torres, Julio Acosta, Miguel Pinedo, el Gordo García, Enilse López, Pedro Pestana, Hugo Aguilar y Ramiro Suárez); 16 investigados, 13 en dudosa condición y 18 sin complicaciones legales. Vale decir: 67% de su dirigencia apesta. El hecho es que 20 clanes familiares se tomaron la política en Colombia; con pater familias que deciden en la sombra reemplazos a su antojo y cultivan relaciones non sanctas.

Del Centro Democrático vino el ejemplo: proliferan en sus listas hijos, sobrinos y amigos de gamonales en prisión o investigados por parapolítica y corrupción. Con el proceso que la Corte Suprema acaba de abrirle a Álvaro Uribe por presunta relación con el paramilitarismo, por la masacre de El Aro y por supuesta manipulación de testigos, se creyó que el expresidente mordería el polvo. Más aún, con la sospecha viva todavía de que hubiese violado a una periodista. O con pesquisas por presunta responsabilidad en la muerte de Pedro Juan Moreno, su mano derecha en la gobernación de Antioquia.

Pero no. Ni siquiera la divulgación del kilométrico prontuario de sindicaciones  que obran contra él provocó el más leve rubor en su fanaticada. Antes bien, candidato, cauda y bancada cerraron filas alrededor del “perseguido”. Iván Duque, el Uribito de turno cuya inocencia prestada mueve a risa, se congració con los suyos ensayando una bufonada. Dijo que la decisión de la Corte obedecía a un “acuerdo no escrito (del Gobierno) con las Farc (para) encarcelar a Álvaro Uribe”. Fácil le resultó cohesionar al uribismo en defensa anticipada del jefe: cosechaba en la cultura del protomacho que se hace camino a codazos sin parar mientes en maricaditas de moral. Para escándalo del mundo, y por enésima vez, desafiaba el CD a la justicia. Obra en este partido la solidaridad de cuerpo propia de las organizaciones autoritarias: de ejércitos e iglesias, donde la mística y la sumisión al superior son el pegamento sicológico de la colectividad. Y el político, que va por sus 20 curules de Senado.

Desdichado panorama que podría revertirse si la juventud citadina acudiera este domingo a las urnas. Si escuchara la reconvención de Gramsci contra los apáticos: Deploro, dijo, la indiferencia política y la abulia porque ellas son parasitismo y cobardía. “La indiferencia es el peso muerto de la historia… opera pasivamente, pero opera… el mal que se abate contra todos acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad… desprecio a los indiferentes porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes”.

Votar no es sólo un derecho, es también un compromiso con el país. Para que el escepticismo mute en acción transformadora. Y habrá por quién votar: Por Angélica Lozano, Antonio Sanguino e Iván Marulanda para Senado por los Verdes; en el mismo partido, para Cámara en Antioquia, por Daniel Duque y, en Bogotá, por Juanita Goebertus. Colombia merece un Congreso distinto del de las bancadas maquinadoras y uñonas. ¡A cambiar la historia!

 

¿Quién le teme a Gustavo Petro?

Conforme Petro llena plazas, crecen aprensiones en los clubes sociales. Pero, al último drink, se instruye a las campañas de la derecha para trocar en pánico el recelo de las fuerzas vivas de la patria. Su propósito cantado: que el miedo se apodere de la clase media y esta busque refugio en la caverna. Grosero en su simpleza, propaganda al fin, el recurso pega sin dolor en el único país de América Latina que nunca vio a un izquierdista sentado en el solio de los presidentes. País que guerrillas y Manonegras armadas y desarmadas mantuvieron anclado en la Guerra Fría; para perseguir, sin pausa ni matices, a la izquierda legal y al movimiento social, bajo el insidioso remoquete de terrorista o chavista. Pero la ambigüedad del propio Petro es fuente adicional de incertidumbre en la opinión y manjar que ceba y compacta a la reacción. Lo mismo interpreta él en descampado (y sin eufemismos) la rabia de los despojados de tierra y dignidad, que reconoce la Constituyente del dictador Maduro, o presenta en la radio un programa de Gobierno similar al de un Carlos Lleras, que el neoliberalismo echó a perder.

En la plaza de Valledupar, a 40 grados de temperatura, como abrazado por el fuego de su propio discurso, se hace eco del grito de la multitud “¡estamos mamados de comer mierda!” Entonces las élites, indiferentes al hartazgo de los excluidos con aquella dieta de siempre, insinúa que Petro busca un baño de sangre azuzando la “vil” lucha de clases. Y el Centro Democrático, olimpo de Odio y Venganza, de privilegios a los ricos que en el Gobierno de Uribe repotenciaron la lucha de clases- invita en aviso de campaña a conjurar el “odio de clases”.

Con todo, el pronunciamiento de Petro en defensa de la Constituyente de Maduro suscita suspicacias sobre el modelo político que el candidato acaricia. Por más que criticara el “déficit” democrático del Gobierno de Venezuela y le pidiera dialogar con la oposición. De esa constituyente defendió el principio democrático de consulta al pueblo, mas ignoró el atrabiliario procedimiento que la desnaturalizó y convirtió en instrumento de un régimen de fuerza.

Si de calificar a Petro se trata, su paso por la Alcaldía de Bogotá ofrece rico referente. A ella llegó con una idea suya de ciudad: reducir la segregación social, planificar el desarrollo, promover la participación de los marginados y devolverle al Estado el control de los servicios públicos. Dio a los pobres subsidios de agua, transporte y alimentación. Mas, dominado por el repentismo y la intemperancia de su carácter, por la incuria como norma de administración, arrojó una de las peores alcaldías en la historia de la capital.

Lejos del llamado castrochavismo, se proclama seguidor del Estado social de derecho, una versión adelantada del liberalismo. Al modelo monoexportador de hidrocarburos que reina en Venezuela contrapone el del desarrollo de la industria, la agricultura y el turismo. “No voy a expropiar a nadie”, le dijo a Vicky Dávila; “cosa distinta será respetar la función social de la propiedad, introducida en 1936, y su función ecológica”. Agregó que en lugar de estatizar la economía, un modelo fracasado, se proponía democratizar la propiedad, para “desatar la iniciativa privada en millones de colombianos”.  Reducir la escandalosa desigualdad rural. E inducir, con la actualización del catastro, un mercado de tierras que las ponga en manos de quienes las quieren trabajar.

Es hora de que Petro encare los temores que inspira. Que defina con entereza el perfil ideológico y el alcance de sus propuestas: o encabeza un proyecto de izquierda tradicional; o bien, uno de izquierda moderna, socialdemocrática, contraria a anacronismos ominosos como el de Maduro.

 

 

Rompiendo el cerco del abuso sexual

“Un dedo en la boca, símbolo universal del silencio, fue lo único que necesitó el violador de Claudia Morales para que no lo denunciara”. Desde entonces  ̶ escribe María Antonia García (The New York Times, febrero 12) ̶, Morales ha acudido al silencio como refugio frente a leyes que en Colombia han resultado ineficaces para lidiar con la violencia de género y el acoso. Diríase que el criminal, en el pináculo del poder que entre nosotros se resuelve a menudo en muerte, protege su cobardía imponiéndole a la víctima silencio; y ésta lo asume como única garantía de supervivencia. Por su parte, la patrullera Ana Milena Cruz denuncia acoso sexual de su jefe, Coronel Óscar Pinzón, Comandante de Policía en el Huila. Aunque un colega de la agraviada le aconsejó guardar silencio ya que el padrino del agresor pintaba para Director de la institución, lo que “le daría más poder y habría que temer”. Y esta semana, al ataque de un estudiante contra una condiscípula en la Universidad Pontificia Bolivariana responden las directivas con misiva deshonrosa que revictimiza a la víctima y a todas las mujeres del claustro.

Amiga de la ideología contra el género femenino que con tanta pasión cultivan Vivian Morales, Alejandro Ordóñez, pastores y curas, la UPB alza su voz desde la veta más retinta del oscurantismo cuando un alumno le levanta la falda a una estudiante y la derriba al piso. Y no para sancionar al malandro sino para culpar a las mujeres del acoso y la violencia masculina contra ellas. Recomienda a las estudiantes evitar el uso de “prendas muy ajustadas… de minifalda, short o escote muy pronunciado”; sugiere llevar “ropa discreta (pues) no hay nada más incómodo que distraer la atención de tus compañeros de clase y profesores…”

Revive la UPB las pastorales de Monseñor Builes, añosas catilinarias dirigidas a la Medellín camandulera, hoy de camándula y Popeye, empeñada en asfixiar  la metrópoli que busca mejores aires. Denostaba Builes todavía en 1963 la falda “a medio muslo” y los “descotes vergonzosos”. Ante “semejante impúdico y escandaloso espectáculo, todos sienten fastidio y vergüenza, tentaciones, pasiones, pensamientos y deseos deshonestos”. Condenó el prelado “la nueva ola de carne inmunda y horrenda corrupción”; la rebelión de la mujer moderna contra lo que Dios dispuso para salvarle el pudor “cubriendo sus vergüenzas”. Tal como lo hizo con Eva en el paraíso. Respira odio esta normativa sobre el vestir; y sugiere bíblico mandato de venganza contra la mujer, víbora que ya desde su creación perdió al varón y lo condenó a la intemperancia. Y la UPB le sigue el paso, sabiendo de dinámicas de agresión en cadena que principian con acoso, escalan a violación y  pueden culminar en feminicidio. Documentado está.

Según Medicina legal, en 2017 hubo en Colombia 565 feminicidios; y más de medio millón de casos de violencia de pareja, en 86% de los cuales la afectada fue la mujer. Cada día, 43 niñas sufren violencia sexual. Pero sólo se denuncia el 10% de los casos, y entre ellos, la impunidad alcanza el 97%. Señala la Fiscalía que de cada 100 mujeres que denuncian, 10 terminan asesinadas por su compañero.

En Colombia es más arriesgado denunciar a un abusador que abusar de una mujer, apunta García, pues el abuso sexual se alimenta del miedo de sus víctimas. Miedo padece Claudia Morales, pero denuncia. Lo siente Ana Milena Cruz, pero denuncia. Lo saben las estudiantes de la UPB, y protestan.  Mientras se decide la Justicia a proteger a la víctima que  pronuncie el nombre de su violador, asestan aquellas mujeres un golpe certero contra el cerco del abuso sexual. Porque enfrentan poderes inmarcesibles que lo afianzan y abrigan: la política, la milicia, la religión.

 

 

ELN: ¿patada final a la mesa?

No le suplican. Decenas de intelectuales le exigen al ELN parar su “insensatez asesina, suicida”, y mostrar genuina voluntad de paz. Deploran en carta abierta que esta guerrilla volviera al terror tras un cese el fuego de cien días. Sordo al clamor de los colombianos –reza el texto– inmerso en su ensimismada imagen de vanguardia iluminada que sólo se escucha a sí misma, el ELN pretende a la vez hablar en nombre de ‘la sociedad’. Pero no es así como avanza la revolución social: lo prueba el medio siglo de su guerra costosa, sin gloria y contraproducente, que sólo ha dejado un rastro de sangre y de lágrimas. Que ha fortalecido a la reacción retrógrada y debilitado a la izquierda democrática. Exhortan los firmantes a esa guerrilla a volver a la mesa de conversaciones “con intención sincera de abandonar sus armas manifiestamente inútiles que hoy se han convertido en un estorbo para la construcción pacífica de la justicia social en Colombia”.

No son los únicos: Defensor del Pueblo, prelados, dirigentes políticos de centro izquierda, 28 organizaciones sociales de Antioquia y asociaciones populares sabedoras de que en la guerra son ellas las primeras víctimas, todos claman porque prime la cordura. Pero el ELN no se mosquea. Le llegan a Quito líderes de Derechos Humanos, de negritudes e indígenas que piden parar la violencia, y mira con desdén para otro lado.

Lleva esta guerrilla 26 años aprovechando conversaciones de paz como pausa táctica para tomar aliento militar y darse tono político reclamándose vocera de la sociedad. De organizaciones populares a las que ha infiltrado a la brava y pretendido representar. Siempre con la fatal consecuencia de exponerlas a la brutalidad de las derechas (armadas y desarmadas) y a la impiedad de la Fuerza Pública. Recuérdese la contribución de esta guerrilla precaria, torpe y sin pueblo al aniquilamiento de la Asociación de Usuarios Campesinos (ANUC) en los años 70. Haciendo gala de hombría prestada por la exhibición de un fusil, “heroicos” guerrilleros del ELN –entre otros– salpicaban movilizaciones de los que reclamaban tierra. Agregaron así eficiente pretexto para ahogar en sangre el más formidable movimiento campesino que Colombia registrara en mucho tiempo.

Y no dan los elenos su brazo a torcer. Señala Tatiana Acevedo “continuidades”  que sugieren marcas de origen en ese grupo armado. Aparecen ellas, cobre sin barniz, en declaraciones recientes de la Asociación Campesina del Catatumbo que expresan, hoy como ayer, “desacuerdos entre movimientos sociales civiles y el ELN que pretende intervenir en sus luchas”. Esta organización le pide “mantenerse al margen de la discusión entre el campesinado y el pueblo de Bari”, no ha mucho violentado por el ELN.

En los años 80 libró esta guerrilla en Barrancabermeja bronca disputa por las bases del Movimiento Amplio del Magdalena Medio que dirigía el excomandante y disidente político del ELN, Ricardo Lara Parada. Pretextando traición a la revolución, sus viejos conmilitones lo asesinaron de seis balazos a la vera de su casa y a la vista de sus hijos, niños aún. Todos los barrios y veredas  señalados como partidarios del ELN –escribe Acevedo-  fueron arrasados en la arremetida policial, militar y paramilitar de mediados de los 90.

Con acciones de terror, huyéndole al combate con el enemigo, cree este grupo  ganar fuerza para imponer  condiciones en los diálogos de Quito y para eternizar su pantomima de negociación. Mientras tanto, devora la caverna el plato suculento que el ELN le ha servido, la población civil teme impotente una nueva escalada de violencia, y el ELN se solaza triunfal en su ley: sin política, sin pueblo, sin valor para sumarse a la paz, ¿dará su patada final a la mesa?

 

Izquierda, derecha y centro

Como si el uribismo no representara la fuerza más caracterizadamente reaccionaria del país, Iván Duque se siente “in” negando la existencia de la dupla izquierda-derecha.  Argucia pueril ésta de negar la cuna, savia y razón de ser del Centro Democrático: su contraparte, la izquierda armada que las Farc encarnaron en su hora. Enemigo providencial, ellas le permitieron librar una guerra menos contra el comunismo que contra el campesinado, para repotenciar la ya injuriosa concentración de la tierra. Y para instaurar un régimen de fuerza. Huyéndole por cálculo electoral a la propia sombra de su partido –forjado en un historial de corrupción, ilegalidad y violencia– intenta Duque su presentación en sociedad. Consiste en impostar candor juvenil cuando calla sobre restitución de tierras o actualización del catastro; cuando propone bajar más impuestos a los ricos, resucitar las mortíferas Convivir y negarles a la Farc el derecho ganado de hacer política, por ver si esta vuelve a la guerra. En otra orilla, Gustavo Petro personifica la alternativa más vigorosa de izquierda legal. Mas, pese a su carisma, parece condenado por contrapropaganda de la derecha a correr en solitario por la Presidencia.

Con moderados que recelan de las extremas, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, la trilogía derecha-izquierda-centro (presupuesto de la democracia) se depura por fin en Colombia, tras la resaca del Frente Nacional. Y son las ideas de igualdad, libertad y paz las que trazan fronteras en el abanico de la política. Si a la ultraderecha la desigualdad se le antoja fatalidad inmóvil, la izquierda busca eliminarla o atemperarla. Se afirma ella en los valores de la democracia: equidad, pluralismo, Estado laico y Gobierno de leyes, no de caudillos autoinvestidos de tales.

Ni la izquierda ni la derecha ni el centro se presentan como opciones puras, homogéneas. En este último rivalizan por ahora progresistas en alianza con partidos contestatarios, para dibujar propuestas de centro-izquierda. Pero también Fajardo niega la disyuntiva entre izquierda y derecha. Parece interpretar que centro es neutralidad, ambigüedad, vacilación, mutismo ante problemas que demandan acometida precisa. Como la de renegociar el TLC, que el Polo, su aliado, ventilaba. Prestada de su otra aliada, Claudia López, concentra energías en la consigna anticorrupción, acaso desdibujada ya por el manoseo de todos, uribismo comprendido, ¡válgame, Dios!

Bien definida, en cambio, la alianza de Humberto de la Calle con Clara López acopla reformismo liberal e izquierda moderada. Fórmula fogueada en viejas lides, no esconde sus propósitos: defender la paz de los embates de la Mano Negra y de quienes prometen “perfeccionarla” destruyendo los acuerdos que pusieron fin a la guerra. Construir un país que rompa la inequidad con un modelo social y económico cimentado en la igualdad de oportunidades; en la industrialización que apunta al desarrollo con pleno empleo; en la solidificación del Estado laico y su preservación contra toda tentación autoritaria.

Mientras vuelve De la Calle al reformismo liberal que no pudo ser, nada en el discurso de Clara evoca la revolución proletaria ni el imperialismo yanqui ni la lucha de clases. Nada en ella evoca a la izquierda tradicional, confiscatoria. Pero sí permite esta convergencia soñar con el modelo socialdemócrata en su versión cepalina, latinoamericana, de Estado industrializante, promotor del desarrollo. ¿Serán posturas tan sensatas las que frenan la indispensable alianza entre coaliciones de centro-izquierda? ¿Será la corrosiva vanidad, indiferente a la catástrofe que un Gobierno de derechas traería? En democracias pluralistas, por imperfectas que ellas sean, el porvenir no es de los extremistas de izquierda o de derecha; es de los moderados.

La ciencia, en la olla

Paradoja colosal: el mismo mandatario que conjuró contra viento y marea una guerra atroz, ha hundido la ciencia hasta el último centímetro del fondo de la olla. Como si el conocimiento y su proyección en desarrollo riñeran con el país de la paz. La crisis de Colciencias (8 directores en 8 años, presupuesto de hambre, fondos feriados en politiquería, subordinación de la ciencia a la competitividad) descorre el telón de un drama montado en la insolencia de funcionarios desavisados y sin sentido de patria. Los Gobiernos de Santos han cercenado sin pausa el presupuesto de Colciencias. De 41,5% fue el último recorte: para este año, contará la entidad con recursos franciscanos que paralizarán casi toda su actividad científica. El año pasado, reasignó el Gobierno $1,3 billones a construcción de vías, del fondo de regalías que había destinado para Ciencia y Tecnología en las regiones. Estos dineros habían llegado a los gobernadores y, claro, pronto terminaron financiando proyectos de bolsillo de todos los Ñoños que en Colombia han sido.

Construida, mal que bien, una institucionalidad para la ciencia, no obstante la rémora del atraso y la timidez de las élites para encarar el desarrollo, todo se degrada ahora bajo la tiranía de la política menuda. Hoy se nombra director de Colciencias por filiación política, no por mérito científico. Y su tarea parece contraerse a la de propaganda: maquillar cifras que presenten a Colombia bien vestidita para suplicar, con quejido lastimero que deshonra, ingreso en los salones de la OCDE. En suma, se trocó una política de Estado para Ciencia y Tecnología en instrumento político de Gobierno.

Recuerda Moisés Wasserman que cuando en 2014 Alemania financiaba 30.000 proyectos de investigación con 3.000 millones de euros, Colciencias financiaba 431 con 50 millones de euros. Ya la Comisión de Sabios creada en 1994 registraba cifras que poco han cambiado: 94% de los científicos pertenece al Primer Mundo, América Latina aporta sólo el 1% de ellos y, entre el vecindario, Colombia pone apenas el 1%.

No cesa Jaime Acosta Puertas de insistir en la idea revolucionaria: investigación e innovación son factores determinantes del desarrollo económico y social. Los países de vanguardia retienen a sus investigadores, favorecen su trabajo y su libertad en función de un proyecto de nación. Impiden su diáspora al extranjero. Nuestro país necesita investigación básica “amparada en una potente infraestructura de investigación pública para hacer lo que los privados nunca harán”. Como proceden Estados Unidos, Alemania, Japón, Corea, Brasil y todo país inteligente. Necesitamos, dice, una potente investigación aplicada donde la innovación resulte de la investigación básica y de una estrategia de desarrollo productivo con alta tecnología en sectores de punta. Tenemos que lograr que la educación y la ciencia prevalezcan sobre nuestro feudalismo depredador, sobre  nuestra industrialización estancada, sobre las instituciones políticas que aupan la corrupción y la informalidad.

Aleccionadoras también las palabras de Rodolfo Llinás: “El futuro de Colombia (estará) profunda y directamente relacionado con la capacidad que los colombianos tengamos de organizar la educación; la hija de la educación, la ciencia; y la hija de la ciencia, la tecnología. Este entrelazamiento será uno de los ejes principales del futuro de nuestro país en el siglo XXI (…) A los países se los defiende de dos maneras: con su ejército y con su ciencia. Si no hay ciencia, no hay país, le pertenece a otro”.

El desafío, elegir un Gobierno dispuesto a corregir el rumbo. A rescatar  Colciencias de la indigencia y la politiquería. Con jefe a la altura de su misión científica. Y nombrar a Moisés Wasserman ministro de Educación.

¿Avispero a primera vuelta?

En vez de formar coaliciones, parece más probable que once candidatos concurran en solitario a primera vuelta presidencial. Hace unos meses se postulaban 49. Insólito. Mas no es éste el avispero de 2002, cuando hubo más partidos que curules en el Senado: 68 colectividades inscritas y 82 esperando personería jurídica. Polvareda de microempresas electorales que derivó, primero, de la pérdida de mando nacional en los partidos y, después, de la Constitución del 91. Hoy vuelve la dispersión, sí, pero ostentosa en la elección presidencial y con un ingrediente inesperado: hace coquitos la ideología, que se había extraviado en la politiquería y el delito. Terminados el conflicto y el señuelo electorero de las Farc, salen de su encierro los problemas que demandan a gritos solución, estrategias y programas de gobierno que ningún candidato podrá ya burlar. Laudable comienzo de repolitización de la política acicateado por adversarios de la otra orilla y por la sociedad que, tras el infierno de la guerra, se despabila.

La atomización de los partidos se gestó en los 80 con la decadencia de las casas políticas y la desaparición de las jefaturas nacionales que habían cohesionado a los partidos como identidades políticas tan potentes que suplantaron la ciudadanía: antes que ciudadano, se era liberal o conservador. Se instaló en su lugar una federación de barones que se hicieron con el poder en su región;  rompieron las jerarquías de mando; se apoderaron del erario, muchos terminaron mezclados con el narcotráfico o cooptando a guerrilleros y paramilitares para consolidar su dominio. Turbay Ayala perfeccionó el clientelismo como sistema, desde la capital hasta las regiones más apartadas, donde imperaron los barones y su notablato local.

A la atomización de la política contribuyó, acaso sin buscarla, la Carta del 91. Quiso este admirable catálogo de derechos fomentar el surgimiento de nuevas fuerzas políticas. Pero la generosidad de la norma para crear partidos, la circunscripción nacional de Senado, una descentralización precipitada y sin salvaguardias y, sobre todo, la entronización de una democracia que, a fuer de lucha contra el clientelismo, se resolvía en destrucción de los partidos, produjo el efecto contrario. Se fueron los constituyentes del 91 lanza en ristre contra aquellos, hasta poner al país ante el peligro de saltar de un Estado de partidos a una sociedad sin partidos. Pasto para el primer demagogo con ínfulas de caudillo que instaurara por decreto su Estado de opinión. Como en efecto sucedió.

El reconocimiento de todo matiz personalista como partido sin desprenderse de su colectividad desinstitucionalizó la política y desintegró los verdaderos partidos. La circunscripción nacional para Senado, en lugar de ampliar el abanico, dejó a medio país sin representación en la Cámara Alta y prolongó el bipartidismo. El propio De la Calle diría que la diáspora de listas descuartizaba los partidos; y que la Constituyente no le había cerrado el paso a su disgregación.

También el personalismo fractura hoy proyectos políticos llamados a unirse por afinidad en coalición. ¿Acaso Ramírez, Duque y Ordóñez no comparten (de palabra y de obra) una misma vocación de derecha? ¿Acaso no comulgan De la Calle y Fajardo con un mismo principio ético y democrático? Pero éste discrimina a De la Calle. ¿Volará tan alto su ego que termine por cederle el triunfo a la caverna? Hoy repican otras campanas: Colombia merece al estadista capaz de sintonizarse con los grandes problemas del país y de ofrecer respuestas a la altura de las demandas sociales. ¿No será hora de definir candidaturas por voto temático; de premiar no a la avispa que más vuele sino a la que mejores propuestas ofrezca?

Héroes de barro y sangre

A tono con el amparo que los poderosos brindan a delincuentes de cuello blanco, con su exaltación de criminales o su indulgencia hacia ellos, proliferan en este país sepelios apoteósicos de jefes paramilitares. Como marchando en la misma dirección, 5.000 lugareños acompañan entre vítores el féretro de alias Inglaterra; y el Congreso exonera virtualmente de culpa a empresarios y funcionarios que fueron sus aliados en atrocidades de la guerra. Reserva el juicio sólo para las Farc, el otro responsable del horror.

Con flores, bombas, narcocorridos, aguardiente, pólvora, lágrimas, disparos al aire, desfile de carros y motos e invitaciones a la venganza se honra en Carepa al homicida y violador de niñas, mando del Clan del Golfo. La mayoría parlamentaria, por su parte, celebra a carcajadas el estropicio que salva el pellejo a los señorones de la guerra: no a quienes debieron pagar para protegerse del secuestro de las Farc, sino a 57 empresas  sindicadas por Tribunales de Justicia y Paz de coligarse con frentes de las AUC. Deja a las víctimas sin verdad ni representación política. Descuellan en este parlamento taimado Rodrigo Lara y Carlos Galán, hijos indignos de quienes se inmolaron por enfrentar al narcoparamilitarismo, cuyos socios ayudaron estos sinvergüenzas a salvar.

Coincidencia terrible que mueve a preguntarse si la desfachatez de las elites no estará proyectándose como mandato ético desde arriba hacia comunidades marginadas, que no se reconocen en su historia y su cultura; pasto seco para el primer incendiario que meta miedo y pase por benefactor de pobres. Mas el mensaje no es nuevo. A la voz que asimila librepensador con terrorista, levitando en la laxitud de las derechas frente al historial de la mafia, se sintió Popeye autorizado a fungir como estrella en manifestación uribista de abril. Cómo no, si el expresidente Pastrana, el exvicepresidente Francisco Santos y la exministra Martha Lucía Ramírez disculpaban blandamente la exhibición en el evento del sicario que se reclama autor de 300 asesinatos y auspiciador de otros 3.000. Fue Samuel Hoyos, congresista del Centro Democrático, el único de ese partido en rechazar la participación del matón, a quien calificó de sicario y criminal.

En la saga de condescendencia con los violentos, cuyo impacto deberá calibrarse en un país donde el protomacho es rey y la política procede a bala, viene a la memoria una célebre columna publicada en 2006 por el ideólogo del uribismo, Fernando Londoño. Argumenta él, con algo de razón, que las autodefensas nacieron como respuesta a la guerrilla. Y que Carlos Castaño, “intelectual hecho a pulso” cuyo ideario debería resucitar, hubo de plegarse al narcotráfico como fuente de financiación de las AUC; pero sin perder “su naturaleza política antisubversiva y anticomunista”. Dos omisiones graves: primera, el carácter “político” de las AUC pronto se reveló como fachada funcional del negocio maldito del narcotráfico. Segunda: ya desde 1988 y hasta 2002 a Castaño se le sindicaba de decenas de masacres y asesinatos individuales. Lo que no impedía que señoras “divinamente” suspiraran en sus clubes por el sujeto de marras. Pobres por necesidad, ricos por interés en el negocio compartido, simpatizaron (y simpatizan) con el paramilitarismo. Y  acuden a los sepelios de sus jefes.

Escribe el editorialista de El Colombiano: no pueden ser los pabloescobares, carloscastaños, inglaterras y otrora timochenkos quienes nos sirvan de ejemplo. Pero Rafael Nieto anuncia que “estamos listos a asumir los costos de la continuación de la guerra con las Farc”. Quiénes: ¿sus hijos? ¿O seguirán las víctimas como carne de cañón de nuestros héroes de barro y sangre, y de sus socios?