por Cristina de la Torre | May 30, 2018 | Clientelismo, Corrupción, Mayo 2018
Entre la función social del Estado y la ética del beneficio privado a toda costa, EPM han sido dos empresas: la de ayer, orgullo de Antioquia y de Colombia, marcada por una divisa indeclinable de servicio público bajo la batuta de científicos como Darío Valencia; y la de hoy, un grupo económico de encadenamiento empresarial, alucinado en el rédito financiero hasta terminar amenazando la vida de 113.000 personas. Por ganarse una plata. Hoy ocupa la silla de gerente un encuestador a quien vemos en pantalla de televisión siempre perplejo, como agobiado con el premio que recibiera del Alcalde por sus buenos oficios en la campaña que lo llevó al Gobierno de Medellín. Si se rompe la presa, expresó el ingeniero José Hilario López, sobrevendrá la peor tragedia en la historia de la ingeniería después de Chernovil. Y en ese entierro tendrían velas tanto Federico Gutiérrez, burgomaestre que nombra al hombre de nula preparación para el cargo, como el irresponsable que lo acepta.
El desastre deriva de la modificación del diseño para evitarse una multa por incumplimiento en la entrega de la obra y para ganarse el bono de disponibilidad. El cambio, más que estúpido, fue criminal: sellaron los túneles de evacuación del agua, ya inestables, antes de terminar la presa. Prevalecieron los tiburones financieros sobre los ingenieros. Construyeron un tercer túnel sobre dos fallas geológicas y, claro, a poco lo taponó un derrumbe. No eran fallas imprevisibles, como lo dijo el gerente. Ya desde los años 70 se había detectado el deslizamiento Guásimo en la margen izquierda del río, cerca de la represa, pero no se tuvo en cuenta ahora la gravedad de su amenaza. Para Daniel Quintero, exviceministro de TIC, tan graves eran las fallas geológicas que hubieran debido construir la presa en otro lugar. Todo ello lo sabía desde hacía un año por misiva de López el gobernador Luis Pérez, tan agudo para ver en la crisis telenovela, o diluvio universal, o (para consuelo del orbe) diluvio sólo en Colombia.
El hidroeléctrico fue nicho apetitoso entre las empresas públicas que cayeron abrazadas por la fiebre neoliberal de César Gaviria. Beneficiaria mayor de la licitación que otorgaba el proyecto de Ituango fue Camargo-Correa, firma brasileña involucrada en el escándalo de Lava Jato y hoy investigada por presuntas irregularidades en la adjudicación del contrato con EPM. Arrastrada por el vértigo del lucro, torpe frente a los imperativos de la vida humana y del ambiente, reverenciando la valorización del capital como único resultado posible de la inversión, EPM ha dejado de ser empresa prestadora de servicios para caer víctima de su propio invento: la codicia acorrala como el fuego al escorpión, hasta que éste termina por clavarse su propio arpón.
La estructura corporativa de dirigentes insobornables desapareció, para dar lugar al juego de los políticos y a tratativas non sanctas. A cada nuevo alcalde, nuevo gerente en EPM, esté o no dotado para el cargo. Juan Gómez nombra a un Valencia Cosio y, Luis Pérez, a la encargada de una discreta sucursal del Banco de Occidente. Algún gerente salió de EPM para el grupo Argos, una de cuyas compañías es Celsia, competencia de aquella en el mercado de energía. El actual alcalde nombra a Jorge Londoño, un ducho en mercadeo, mientras el poder real descansa en un financiero venido de la banca de inversión.
Pero reina la ley del silencio: dijo Quintero que a los empleados de EPM se les prohíbe sacar sus chiros al sol. (¿Acaso la compra de Orbitel?) Y sugiere que, desvalorizada la empresa, habrá quienes quieran comprarla a precio de huevo. Así se privatizaría EPM, manjar de avivatos, mientras los pobladores de 14 municipios no saben si podrán sobrevivir a la tragedia.
por Cristina de la Torre | May 21, 2018 | Derecha, Elecciones 2018, Izquierda, Mayo 2018, Partidos
Por vez primera en mucho tiempo empiezan las ideas a tomarse el debate político. Insultos y mentiras navegan con menos remos cada vez en los ríos de tinta que registran propuestas de gobierno nacidas de ideologías diferenciadas: de izquierda, de derecha, de centro. Contra toda lógica, en el país más conservador del continente, el 11 de marzo privilegiaron los colombianos el eje derecha-izquierda. Con el desarme de las Farc desapareció, por un lado, la camisa de fuerza que trituraba a la izquierda y al movimiento social; por el otro, se le esfumó a la derecha el pretexto que le permitía prevalecer sin escrúpulos legales o humanitarios. Quedó en paños menores, el cobre a la vista, obligada a cantar las miserias que yacían bajo su épica de Patria y Dios.
En la inopia programática de la política tradicional; en la inmoralidad y sordidez de sus mentores; en las aflicciones que una guerra infame le dejó a la población inerme, busca la sociedad mejores aires. Aires de ideas claras, sin dobleces. O casi. Más que anarquía, dos fenómenos sugiere el incesante ir y venir de la opinión y de prosélitos de una tolda a otra. Uno, el conocido carrerón de políticos variopintos en busca del sol que más alumbre. Otro, inesperado, hijo a un tiempo del hastío con el estado de cosas y de la esperanza en superarlo, el despertar de anhelos políticos que hibernaban en el miedo y la impotencia. El destape. ¿Qué sería, si no, la multitud que colmó la Plaza de Bolívar en el cierre de campaña del petrismo? Todo ello parece converger en la búsqueda, aun en ciernes, de un nuevo escenario de partidos. En un proceso que nos mueva de la prehistoria a la convivencia civilizada entre organizaciones políticas.
Escenario prometedor pero incierto, si el país persiste en la violencia como medio natural de hacer política. O si se deja arrastrar de nuevo hacia el abuso de poder del demagogo de turno que pasa por caudillo, sea de izquierda o de derecha. Con más veras cuando gobierno y oposición quedarán ahora representados por ideologías y modelos encontrados, la confrontación de ideas, savia de la democracia, se vería arrollada por la enfermedad letal que convierte al adversario en enemigo. A no ser que Estado y sociedad, abocados al posconflicto, concierten la defensa del pluralismo y de la vida. Del derecho a discrepar en materias de reconciliación, modelo económico o moral privada.
Sus razones tendrá Fernando Londoño, ideólogo del uribismo, al evocar imágenes terroríficas de anticomunismo de Guerra Fría contra la naciente revolución cubana para proyectarlas, indistintamente, sobre Ortega, Maduro, Lula, Correa de Ecuador… y Petro. Todos dentro del mismo saco. Pero Petro responde al descontento popular con una propuesta socialdemocrática. Y, sin embargo, tendría que aclarar si va a convocar una constituyente de bolsillo, a la manera de Maduro y Uribe. Si su pareja invocación de López Pumarejo, Gaitán, Galán y Álvaro Gómez no le pinta un lunar fascista a su proyecto progresista. Grave ambigüedad.
Duque propone, por su lado, intervenir la moral sexual y las libertades privadas. Aquí salta al olfato la inspiración oscurantista medieval. Como respira neoconservadurismo su opción por los ricos, a quienes dará nuevas ventajas tributarias dizque para que creen empleo. Mas, se ha demostrado empíricamente que lo uno no va con lo otro. Que desde Reagan y Thatcher, doctrineros a quienes Duque sigue, amplios sectores de la clase media se han pauperizado en Europa y Estados Unidos. Del Tercer Mundo, ni hablar. Lo extraordinario es que tanto Duque como Petro puedan defender sus posturas y azuzar cada uno desde su orilla la lucha de clases, sin que a nadie se le ocurra disparar contra ellos. Es grande motivo de esperanza.
por Cristina de la Torre | May 15, 2018 | Derecha, Mayo 2018, Narcotráfico, Paramilitarismo, Racismo, Uribismo
Amable como su clima y su paisaje, el trato de los medellinenses desarma hasta al más hostil. Al orgullo de patria chica se suma aquí el coraje de quienes se empeñan en recoger las cenizas de una ciudad tiranizada por el narcotráfico. Pero a poco se va revelando doblegada por el que Carlos Patiño llama ethos antioqueño, amasado en discriminación, racismo e integrismo católico. Activadores de la agresión contra los excluidos y caldo de cultivo para las bandas criminales que pueblan las comunas de los “otros”, mientras el espíritu de parroquia aletea invencible sobre una metrópoli de cuatro millones de habitantes.
Más melodrama paternalista que genuina rebelión contra el medio que permite discriminar a don José Lopera en un restaurante de El Poblado, la protesta paisa parecía dar por exótico el incidente: una rareza en Medellín, meca de la igualdad, donde somos todos tan queridos. No. Luis Bernardo Vélez, Secretario de Inclusión Social, declaró que el caso de don José se repite todos los días: en el trabajo, en la escuela, en el espacio público; por motivos sociales, raciales o sexuales. Agua fría a la ficción de sociedad igualitaria.
En entrevista concedida a Natalia Arbeláez (La Silla Vacía, 6, 11, 17) el profesor Patiño describe el modelo social “totalitario” que rige en Medellín, afirmado en el conservadurismo más acendrado, en el racismo, en la vieja moral católica, en la ética al servicio del dinero, en una sociedad endogámica hostil a todo el que viene de afuera, y al de adentro que no responde a ese ideal: negros, mestizos, mulatos, zambos, librepensadores y ateos, vagos, prostitutas, mendigos, los que viven en unión libre, los hijos ilegítimos y las zonas que todos ellos ocupan, las laderas, han sido siempre excluidos en esta ciudad que se modernizó pero se negó la modernidad.
Cara ha salido la exclusión. Herederas de Pablo Escobar y de Don Berna, las bandas de las comunas se disputan el control del territorio, de la extorsión y el microtráfico, ahora fortalecidas con el Clan del Golfo. En la guerra de este año entre sus 2000 miembros, van 200 muertos. Contrapoderes ilegales que desafían al Gobierno de la ciudad y fuerzan pactos de donbernabilidad, son –según Patiño– la opción que la desindustrialización dejó. Alternativa al todovale con bendición divina que rigió los negocios en más de un grupo de poder en Antioquia, insensible a la diferencia entre economías lícitas e ilícitas, tocadas o no de grupo armado. Diríase que la revolución del narcotráfico lo fue también estética y moral. Y sin fronteras de clase. En ella, el lenguaje traqueto naturalizó el discurso del horror, personificado en el sicario de los 300 muertos que funge como propagandista del Centro Democrático.
Pero habrá siempre quien se atreva contra la dictadura del miedo. “La violencia no nos vence” fue consigna de resistencia que acompañó este 5 de mayo el soberbio concierto que diez grupos de la Comuna 13 interpretaron en defensa de la paz y en recuerdo de las 197 víctimas (entre muertos y desaparecidos) habidos en la toma de la zona por 1000 soldados y 3.000 paramilitares hace 15 años. Otra vez militarizada la comuna, se prometieron los pobladores en pleno no permitir un muerto más.
Entre tanto, en el teatro Metropolitano dirigía Andrés Orozco el Requiem de Brahms, ante un público que contenía el aliento. Al director de música sinfónica, criado en el barrio obrero de Manrique y respetado en el mundo, lo llaman “el milagro de Viena”. Esta ejecución de Brahms en Medellín se alternó con fotografías de Jesús Abad sobre la guerra. Fue una oda a los que se van, pero también a los que se quedan, declaró Orozco. Y rompió en llanto. Dulce resistencia del arte a las crueldades de la inequidad.
por Cristina de la Torre | May 6, 2018 | Acuerdos de paz, La paz, Mayo 2018, Personajes, Proceso de paz, Tierras
Si Santrich, el odiado provocador de sus víctimas, puso de papaya la paz con negocios de narcotráfico –lo cual está por verse-, los adictos a la guerra miden el salto para devorar la blanda fruta a tarascadas, aun antes de haberla desprendido del papayo. Ya el fiscal Martínez ha interpretado, rodilla en tierra ante su alteza real la DEA y a grandes voces, el primer acto de la tragicomedia escrita por aquella. Al aviso de luz-cámara-acción, acusa sin pruebas al exguerrillero de “intentar” un envío de cocaína a los impolutos jíbaros de Nueva York. Tras larga campaña contra la paz, pareciera la ultraderecha congratularse en la coronación de un sueño: extraditar ya al jefe de la Farc. Con consecuencias que podrán ser fatales.
La guerrillerada, abandonada a la incertidumbre por el Presidente que mató el tigre y se asustó con el cuero, insegura ante la ley, volvería al monte para empuñar las armas. Caído el Acuerdo de La Habana y, con él, la reforma rural, en el río revuelto de la guerra expandiría el latifundismo sus dominios contra el campesinado inerme, otra vez a instancias de los paramilitares. Fumigadores y negociantes de armas gringos harían un nuevo agosto. Y el jefe guerrillero, expulsado sin juicio en Colombia, se llevaría para siempre la verdad y la reparación que sus víctimas reclaman. Frutos apetitosos de lo que huele a conspiración urdida a cuatro manos entre la DEA y el fiscal Martínez; para contento y votos del azaroso candidato Duque, tan locuaz en exigir castigo ejemplar para Santrich en Estados Unidos. No aquí.
En pronunciamiento sin eufemismos ni mediastintas, Humberto de la Calle, el valiente, dijo que Uribe y Duque habían elaborado “un tejido de falacias y odios que fueron conduciendo a buena parte de la población a la nostalgia de la guerra”. Y la guerra frena en seco el futuro de Colombia como comunidad solidaria. Invita a Duque a anteponer el país a sus afanes electorales. El tema de la paz –dijo- desborda mi campaña electoral: es un problema de seguridad nacional. De la Calle no propone impunidad para Santrich: pide que se valoren aquí las pruebas, que lo juzgue la Corte Suprema, que pague su pena, si es el caso, y que el Presidente de Colombia decida al cabo si lo extradita o no. Propone, pues, lo que el honor dicta: que la Justicia colombiana se sacuda el yugo de la foránea, que recupere su independencia y dignidad, que sea ella la que juzgue a los ciudadanos de esta nación.
La ventolera uribista contra la paz viene de vieja data. Ya Sergio Jaramillo recordaba (El Tiempo, I,14) que el uribismo nunca reconoció la existencia de un conflicto armado y, en consecuencia, los líderes de la guerrilla no podían transitar a la política. Su propuesta sigue siendo la del sometimiento, no la de la negociación política. De allí que Iván Duque y su mentor se obstinen en negar el estatus de congresistas a los jefes de la Farc antes de que éstos paguen cárcel. Pero ninguna guerrilla en el mundo ha entregado las armas para que se le niegue el espacio de la política. Luego, la exigencia de la derecha hace trizas la paz.
Sobrecoge esta invitación a reanudar la guerra. Y su corolario natural: una autocracia que si en Nicaragua y Venezuela cobra la vida de cientos de jóvenes en las calles, en Colombia asesinó a 5.000 muchachos que no andaban cogiendo café ni merecían el horror de fungir como “falsos positivos”. Para el laureado escritor Sergio Ramírez, los jóvenes nicaragüenses protagonizaron un levantamiento ético: le devolvieron al país “la moral perdida o silenciada por el miedo”. Fustiga el poder arbitrario que divide, separa, enfrenta, atropella; que se impone con desmesura, cinismo y crueldad. Es el poder que también en Colombia nos espera si dejamos que se tiren la paz.
por Cristina de la Torre | May 2, 2018 | Abril 2018, Clientelismo, Corrupción, Derecha, Elecciones 2018, Modelo Económico, Modelo Político, Política agraria, Política económica, Reforma Agraria, Uribismo
Será joven, pero de ideas caducas. Iván Duque no sólo suscribe el neoconservadurismo que en tiempos de Thatcher-Reagan fue moda y hace estragos todavía, sino, peor aún, el modelo agrario más retardatario y violento que su partido defiende sin escrúpulos. Pero, a más de anacrónico, es temible: dúctil cera en manos del jefe que se prepara para una tercera Presidencia, de venganzas ejemplarizantes y apetitos de guerra; capaz de compartir la complacencia de algún orate por un asesinado. Y, como reafirmándose en el credo del mercado sin controles que aprendió en el BID, se alinea Duque con el capitalismo montaraz que ahora Vargas Llosa hace pasar por democracia liberal. Indiferente al fraude del escritor que por conveniencia asimila comunismo con socialdemocracia (el modelo que logró pleno empleo y niveles irrepetibles de prosperidad en Europa y EE.UU.) Cuando todos conocen el abismo que separa al totalitarismo estalinista del laborismo inglés. El mismo que mediaría entre el castromadurismo y el capitalismo social de un Petro que, también por conveniencia política, se nos oculta aquí: para ganar por pánico las elecciones.
En tersa prosa castellana que emula la del peruano, con la misma vehemencia del converso que salta de una fe a la opuesta, anuncia Plinio Mendoza su voto por Iván Duque, quien “traza una ruta que hoy debe seguir Colombia para no continuar viviendo en los humedales del Tercer Mundo”. Mas, todo indica que Duque convertiría los humedales en pantano. En trazado clásico de neoliberalismo, este concibe el crecimiento sólo para los ricos; ya podrían los pobres con el tiempo recoger las migajas de aquel banquete. Nada de democracia económica, de repartir algo conforme se crece. En impuestos, se muestra el candidato vergonzosamente regresivo: siendo en Colombia los menores del mundo, se los baja, aún más, a los acaudalados. Como le parecen “confiscatorias” las tarifas del predial en el campo –un mísero 2,3 por mil– bloqueará la actualización del catastro y eximirá del gravamen por diez años a los terratenientes.
Blanco principal de su loca ofensiva contra la paz será la Reforma Rural. La hundirá, para preservar el poder ancestral del latifundio, extendido a tierras usurpadas a dos manos con el paramilitarismo. Perdonará a dudosos compradores de buena fe en predios robados a campesinos. Para otro lado miró no ha mucho, cuando urabeños asesinaron a ocho policías que protegían a funcionarios en acto de devolución de un predio en El Tomate. Tampoco ha musitado palabra contra el asesinato de 280 líderes cívicos y de restitución de tierras en 18 meses. ¿Se precia Duque de liberal, de juvenil esperanza de la patria?
No lo es. Por convicción y por ser “el que es”, extraído del cubilete del Divino para que cumpla desde Palacio sus designios. El primero, restaurar el huevito de la confianza inversionista, en cuya virtud eximió Uribe de impuestos a empresas seleccionadas a dedo; lo que en su época le sustrajo al fisco $8,5 billones al año. Suscribió con otras contratos de estabilidad jurídica a 20 años. A compañías de zonas francas les redujo el impuesto de 33% a 15%. Ricos, paras y amigos recibieron $1,4 billones de AIS, destinados en principio a los campesinos. La llamada flexibilización laboral menoscabó la estabilidad y el ingreso de los trabajadores.
Iván Duque condensa en estado casi puro un proyecto de potente tacada reaccionaria. Si gana, impondrá el peso muerto, ominoso del pasado que las fuerzas más oscuras querrán contraponer a los anhelos de cambio cuando el país daba pasos ciertos hacia la paz. La edad no dice nada: el estadounidense Bernie Sanders, a sus 80, encarna la frescura de la juventud; Iván Duque, a sus 40, da palos de ciego voluntario en las tinieblas de la caverna.
por Cristina de la Torre | Abr 24, 2018 | Abril 2018, Derecha
Muchos en la ultraderecha deben de andar felices. No contentos con los aprietos de la paz, querrán ahora adjudicarse el ominoso mérito de haber creado la reserva más prometedora para su proyecto autoritario: 73% de nuestros adolescentes se allanaría a una dictadura, si ella brindara orden y seguridad; y la mitad se muestra proclive a la corrupción y la violencia (Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadana). Alarmante mentiz a la democracia, cuyo único origen no es el odio que algún caudillo destila y legiones pueden convertir en ganas de matar. Otros huevitos empollan también en el nido de una educación más pensada para el todovale, la acción intrépida y el atentado personal que inclinada a formar ciudadanos dispuestos a la convivencia civilizada y pareja entre gentes de toda condición y capaces de concebir un proyecto de nación.
Empezando por el modelo de familia edificado sobre la autoridad que se descarga como un fierro casi siempre sobre sus miembros más indefensos: sobre la mujer y los niños. El amor parece allí un adorno grotesco, pues cree legitimar toda laceración y vejamen en la violencia intrafamiliar. Por su parte, la escuela no termina de sacudirse el peso muerto de las Iglesias, en su abusivo empeño de salvar almas avasallando la libertad y el pensamiento crítico. Y la guerra –¡ay, la guerra!– con su brutal corolario de narcotráfico, que enfermó a la sociedad y moldeó nuestra manera de sentir, de pensar y de actuar en todas las clases sociales y en cada recoveco de la geografía nacional.
“Educados” en la ignorancia de la historia y las humanidades; ajenos al arte; alelados ante el primer demagogo que funge de Mesías y predica la guerra, ante cada valentón que dispara desde una moto sin fallar el tiro; seducidos por la enseña antioqueña que alcanzó categoría nacional: “consiga plata, mijito, consígala honradamente; pero, si no puede honradamente… consiga plata, mijito!”. Castrada así su capacidad creadora y crítica, hacen nuestros niños sus primeras armas en la escuela. La Fundación Plan estableció que casi la cuarta parte de los estudiantes de colegio había ejercido algún tipo de violencia. Por matoneo, 56%; tres de cada cinco víctimas de este piensa en la venganza o en el suicidio.
Ya mayorcitos, escogerán la dictadura como forma de gobierno si, además de seguridad, ofrece beneficios económicos. En vez de partidos-antro de corrupción, de la justicia inoperante y del Congreso, escogerán la mano dura y el camino del atajo. Su símbolo se habrá insinuado en el hogar inhóspito, en el negociante que tumba al socio, en el maestro de dogmas, en el joven “emprendedor” que se enriquece en un santiamén (y no preguntes cómo), en el sicario endiosado por la televisión, en el guerrillero verdugo del pueblo al que dice defender, en el paramilitar capaz de jugar fútbol con la cabeza de sus víctimas, en el politicastro que miente y ofrece gobernar por siempre, con la espada y sin la ley. Sobre estos moldes vacían la cera de su dictador imaginado. Mas, ¿qué sabrán de dictadores nuestros adolescentes, si en el programa de estudios se suprimió la historia? Ya reivindicarán el derecho de estudiarla siguiendo la divisa de Jorge Orlando Melo: la historia es una forma de aprender a pensar y a no comer cuento.
No está la enfermedad en nuestros niños, está en la sociedad. En el largo camino de reconstruirla, serán decisivos la energía, la inteligencia y el valor que cientos de miles de jóvenes despliegan en otra orilla. Como Julián Rodríguez Sastoque, líder juvenil respetado aquí y en el extranjero por su trabajo en pos de “un mejor país”. Hoy reivindica su honor, mancillado por voceros del uribismo, que acaso mucho esperen de la chiquillada arrojada a las fauces del fascismo.
por Cristina de la Torre | Abr 15, 2018 | Abril 2018, Clientelismo, Elecciones 2018, Partidos
Ah, entonces la jugada apuntaría a entregarse en brazos de la ultraderecha a cambio del ministerio de Hacienda para Simón y de colocarlo a tiro de Presidencia en 2022, señala Cecilia López en El Tiempo. La contraprestación, confirmada por hechos en cadena, hundir a De la Calle; único candidato con credenciales para sacar a Colombia del pantano y asegurarle un futuro en justicia y democracia. Así, el pupilo de Uribe sumaría a su cauda votos decisivos del liberalismo; y se frustrarían las reformas que el país anhela, coco de la caverna. Moñona. Ya un largo rosario de acciones y omisiones en cabeza de César Gaviria revelaba la intención de ahogar a De la Calle en manzanilla. Pero en entrevista que concedió el 8 de abril a Yamid Amat, el jefe del liberalismo escaló de intención a ofertas al adversario, con sabor a traición: en plena brega de campaña por pasar a segunda vuelta, ya da por derrotado al candidato de su partido. Y busca negocio con el mejor postor —con Duque, de preferencia, amiguis de Simón.
Como presagiando con el deseo, le dijo Gaviria a Amat que si su candidato no pasaba a la final, el nuevo presidente tendría que contar con el Partido Liberal para gobernar. Que “nos tocará decidir entre los candidatos que queden…”. Que Duque no es el coco, es hombre de centro-derecha, como lo es su partido, el Centro Democrático. Que él no haría una “oposición sistemática”, si fuera el caso, pero que, “obviamente”, siempre será mejor gobernar que hacer oposición. Ya desde el principio, agregó, “no fui amigo de vetar al CD o a su candidato. No lo quise hacer y no lo voy a hacer”.
Claridad meridiana que parece sellar un ciclo de boicot abierto o soterrado a la candidatura del estadista hacedor de gestas que harán historia. Ya se atravesaba Gaviria en la conformación de una coalición de Centro cuando todo le auguraba el triunfo a esta opción; y chantajeaba al candidato con negarle los fondos de campaña, si insistía en ella. Ya se ausentaba por vacaciones cuando más se le requería, faltaba al lanzamiento del programa y a los actos de campaña. Para terminar convocando a la bancada liberal en apoyo a De la Calle, tras seis meses de soledad, a la hora de nona, cuando ya la mayoría de parlamentarios liberales había negociado en secreto con Duque y, los menos, con Vargas. Alardeando independencia, promueve Gaviria una tardía adhesión de bancada al candidato hasta primera vuelta, sólo para tener con qué negociar en segunda con quien toque.
¿Reminiscencias del Gaviria que fuera viceministro de Desarrollo de Turbay, el patrón que abrió en este país la tronera de la corrupción con la bien usada palanca del clientelismo? ¿No le resulta natural buscar ahora al emisario de Uribe, hijo de Iván Duque Escobar, prominente turbayista de Antioquia? ¿O hacerle coquitos al propio Uribe, protagonista de desafueros sin nombre? Como el espectáculo de indignidad de esta semana en pleno recinto del senado, donde cubrió de escarnio, a grito herido, el puño en alto, al senador Galán, porque aludiera éste a lo que todo el mundo sabe: que los hijos del expresidente compraron por $180 millones un predio cuyo precio se disparó en meses a $54.000 millones, gracias a argucias legales y mientras ejercía su papá la presidencia.
Fresca todavía la tinta de la Constitución del 91 que se ambientó en apasionada cruzada contra el clientelismo y la corrupción, en aparente meaculpa con su propio pasado, declaró el entonces presidente Gaviria: “la política tradicional, viciada por el clientelismo, es rebasada ahora por un estilo político purificado de las prácticas que todos rechazamos”. Por lo visto, no todos; y, ahora, tampoco él, paladín de añeja manzanilla. Su campaña contra aquellas taras de la política fue flor de un día.
por Cristina de la Torre | Abr 8, 2018 | Abril 2018, Acuerdos de paz, La paz, Modelo Económico, Modelo Económico en Colombia, Política agraria, Posconflicto, Reforma Agraria, Seguridad social, Tierras
No se trata apenas de redistribuir la tierra, sino también la población en el territorio: rediseñar el minifundio en unidades de tamaño rentable y desconcentrar la gran propiedad de tierras feraces pero subexplotadas en la frontera agrícola. Cambio de fondo que implicará reubicación de pequeños propietarios sobrantes en poblados aledaños a zonas de minifundio, y traslado a la frontera agrícola de colonos arrojados a lejanías inhóspitas, sin más horizonte que el de la coca. La mira en el largo plazo, propone el agrarista Absalón Machado un modelo de desarrollo alternativo fundamentado en la agricultura familiar que podrá convivir con la agroindustria. Un paso adelante de la reforma rural suscrita en el Acuerdo de Paz, no pasará inadvertido este modelo de repoblamiento y recomposición del minifundio, si de pedirles definiciones a los candidatos se trata. En particular a los inmovilistas, obscenos en su defensa del estatus quo y de la contrarreforma agraria apuntalada por el paramilitarismo.
Nueva ruralidad para un nuevo campesinado, el modelo preliminar apunta a aumentar el tamaño de la pequeña propiedad, mínimo hasta una Unidad Agrícola Familiar, suficiente para sostener con dignidad a una familia. De donde resultarían microfundistas sobrantes que podrán ubicarse en poblados vecinos, confiar su tierra al Estado a cambio de una renta y emplearse, por ejemplo, en actividades de turismo ecológico y de naturaleza. Resultado: habrá menos productores pero con mayor capacidad productiva y nivel de vida. Y se mantendrá esta población en el entorno rural.
Por otra parte, revirtiendo la ominosa tradición de colonización consistente en expulsar el campesinado a los extramuros de la patria o a metrópolis sin empleo, se habrá completado un fin medular: reubicar a esos pobladores en la frontera agrícola, cerrarla, y mantenerlos también a ellos en la ruralidad. Porque se buscaría, como se ha dicho, redistribuir extensas propiedades subexplotadas entre el campesinado nuevo, mediante tres instrumentos que las leyes consagran desde 1936 y 1994: extinción de dominio, expropiación con indemnización y compra de tierras. La política de poblamiento y redistribución agraria se habrá traducido en proceso de recampesinización o acomodamiento de la agricultura familiar en el paisaje rural; y en ubicación de población excedente en espacios urbanos de la ruralidad.
El nuevo paradigma supone concertación del Estado con el sector privado. Además, una política integral de tierras con restitución, formalización de la propiedad, creación de una jurisdicción agraria y, elemento principalísimo, una política de reducción de precios de la tierra. En ello resulta decisivo tasar en justicia el impuesto predial, para quitarle a la tierra el potencial especulativo y rentístico que incrementa artificialmente su valor: la vuelve inaccesible al comprador y dispara los costos a la inversión productiva.
La redistribución de la tierra –explica Machado- operará en perspectiva de industrialización, de descentralización hacia centros menores, de construcción de infraestructura y suministro de bienes públicos. Pero supone, sobre todo, cierre de la frontera agrícola y freno a la titulación de baldíos en la periferia. Demandará así mismo instituciones que estrechen lazos entre lo rural y lo urbano, y activa participación de la comunidad. Entonces crecerán corredores de producción agrícola alrededor de las áreas urbanas, para garantizar seguridad alimentaria y protección del medio ambiente.
Brillante hipótesis que proyecta la discusión a nuevos ámbitos, mientras el Congreso prepara debate a la Ley de Tierras, corazón de las reformas sin las cuales no habría paz. Esta propuesta promete un vuelco rural, sin sangre. Una revolución pacífica.
por Cristina de la Torre | Abr 1, 2018 | Corrupción, Derecha, Elecciones 2018, Impunidad, Justicia, Marzo 2018, Modelo Económico en Colombia, Modelo Político, Política económica, Régimen político, Tierras
Se desboca el uribismo hacia la restauración de la autocracia. Jefe, candidato y partido del Centro Democrático van anticipando los trazos archisabidos de los regímenes de fuerza. Con la insolencia del que se siente ya sentado en el solio de Bolívar, anuncia Uribe venganza contra la prensa libre. Mientras tanto Duque, cinco en disciplina, recita en jaculatorias el plan de gobierno de su “presidente eterno”: disolver las Cortes que juzgan al expresidente y sus amigos, para fundirlas en órgano único que, en un régimen arbitrario, personalista, no podría sino caer bajo la égida del gobernante. Bajar aún más impuestos a los ricos y multiplicarles las gabelas. Herir de muerte la restitución de tierras, la reforma rural y sabotear el catastro llamado a ordenar el territorio, a planificar la producción y a fijar en justicia el impuesto predial. En abrazo a conmilitones involucrados en atrocidades de guerra, desmontará (o cercenará) el tribunal de Justicia Especial de Paz; y echará por tierra los acuerdos que condujeron a la desmovilización de la guerrilla más antigua del mundo ¿No es esto hacer trizas la paz, logro espléndido? ¿No es volver a la guerra?
Tras persecución implacable que siendo presidente protagonizó contra la Corte que juzgaba a su bancada de parapolíticos, Álvaro Uribe se sinceró por fin el 31 de agosto de 2017: propuso revocar las Cortes y armar en su lugar una sola. Duque recogió el guante: a desmontar la Constitucional que le negó a Uribe una segunda reelección (para eternizarse, como Evo, como Ortega, como Maduro, en el poder); y la Suprema que hoy le sigue 28 procesos por supuestas manipulación de testigos, masacres, y creación de grupos paramilitares. Abierto ahora el de falsos testigos, “denunció” el flamante candidato la existencia de “un pacto entre el Gobierno y las Farc Para encarcelar a Uribe”; gastada monserga de quien ha burlado así la ley.
De la mano de la persecución a los jueces vino –y vendría– la encerrona a los periodistas que informan con rigor y opinan en libertad: Matador, Daniel Coronell, Yolanda Ruiz, Cecilia Orozco, Yohir Akerman, Daniel Samper, para mencionar los de la hora. Sostuvo Edison Lanza, relator para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que, en lides de asedio a la prensa, fue Trump el que aprendió de Nicolás Maduro, de Diosdado Cabello, de Álvaro Uribe. Ya antes que el gringo, estos habían dado a periodistas trato de subversivos, de enemigos del pueblo y –agregaríamos aquí– de terroristas.
El programa económico de Duque es calco esmerado del de su mentor. En modo Trump, concedería ventajas tributarias exorbitantes a los millonarios. Con lo que extremaría la inequidad: reduciría la inversión pública y desfinanciaría el gasto social en educación, salud e infraestructura. Sin impuesto a la riqueza y a los dividendos, imposible moderar la desigualdad en un país donde el 1% de la gente recibe el 22% del ingreso. Ha expresado Duque en todos los tonos su oposición a la restitución de tierras –6.800.000 hectáreas arrebatadas a sangre y fuego– y a la reforma rural, pretextando “vacíos jurídicos” en la ley. Más expresivo, su vecino de bancada y converso, Alfredo Rangel, desconceptúa la Ley de Tierras, que “sólo da incertidumbre jurídica a los inversionistas”; y, en sibilina amenaza, advierte que los propietarios “de buena fe” se irían a las armas. Ese mismo día, Duque anuncia que eximirá de impuesto de renta por diez años a grandes inversionistas del campo.
¿No configura todo aquello un clásico programa de ultraderecha, adobado con dudas sobre la pulcritud del candidato? ¿O no estuvo Duque presente en el Brasil cuando se negociaba la entrega ilegal de $US1,6 millones para la campaña de su partido?
por Cristina de la Torre | Mar 27, 2018 | Ciencia, Educación, Mujer
Un fresquito se coló de pronto en el aire cargado de incertidumbres en este país donde la esperanza es tacaña. A la rectoría de la Universidad Nacional llegaba una mujer, la primera en 150 años. ¡En 150 años! Miles y miles de colombianas se congratularon orgullosas de ver su valía representada en la científica Dolly Montoya, hoy cabeza del primer centro de educación superior. Y nuestras niñas podrán volver desde ya la mirada hacia este ejemplo poderoso de que sí se puede. Acontecimiento memorable tras una eternidad de medrar las mujeres en la sombra, ninguneadas, invisibilizadas por la tiranía del prejuicio y el miedo de verlas ocupar lugar equivalente al del varón.
Cero afectación, cero humos, sabedora de que la excelencia es hija del esfuerzo sostenido venciendo obstáculos, no necesita Dolly Montoya el espectáculo de la vanidad. No la nombraron a ella rectora por ser mujer. La escogieron por su elevada formación académica; por sus ejecutorias; por porfiar en ampliarle al país horizontes de desarrollo, mediante aplicación de la biotecnología a la industria, en un país cuya biodiversidad el mundo envidia. Es magíster en ciencias biomédicas en la UNAM de México, y doctora en ciencias naturales con mención magna cum laude de la universidad de Múnich. Fundó el Instituto de Biotecnología que la universidad presenta complacida, y una maestría interdisciplinaria para alimentarlo. Pero sus méritos son también –dice ella– mérito de los hombres y mujeres con quienes ha formado siempre equipo.
De niña, desbarataba ella sus juguetes para inspeccionarlos por dentro; pocas veces lograba rearmarlos, pero siempre lo intentaba. Luego, a lo largo de la vida, siguió descomponiendo y recomponiendo cosas, ideas, teorías, fenómenos, experimentos… Sí. De esa curiosidad inagotable, siempre a la búsqueda de sorpresas en el laboratorio o en el trabajo de campo, surgió la investigadora en ciencia que creó instrumentos institucionales para darle vuelo, motivó durante tres décadas a sus discípulos en el amor al conocimiento, escribió tres libros y 62 artículos que circulan entre la comunidad científica del mundo.
Mas la curiosidad no lo era todo. Previsiva, rompió desde un principio la dinámica de subordinación femenina en el ejercicio de la profesión. Estudió química farmacéutica, porque en la época las ingenieras químicas terminaban como secretarias de sus compañeros. “Cuando salían al mundo laboral –explica– había selectividad de género: las empresas preferían a los hombres”. Apenas comenzando carrera se casó y a los 21 tenía ya dos hijos. La abrumadora transición de “emancipación” femenina (que no termina), se resolvió en triple jornada, en sueño de tres horas al día, si corría con suerte.
Otras niñas, que triunfaron del silencio de la historia, le antecedieron. Emile du Chatelet, verbigracia, segregada de la comunidad científica por ser mujer, anticipó la existencia de la radiación infrarroja; tradujo a Newton, lo explicó y revisó su concepto de energía. Se había iniciado en la infancia. Entre sedas y perfumes y notas de violín, en medio de plumíferos, pensadores y poetas, medró la ciencia en los salones de la casa paterna. En su obra de adulta abordó los presupuestos filosóficos de la ciencia e hizo el primer intento de integrar los postulados de Newton con los de Leibnitz y Descartes.
Guardadas proporciones y diferencias, Dolly Montoya se aboca a aventura semejante a la de aquella Chatelet. Se propone erigir a la Nacional en líder del Sistema Nacional de Educación; volcarla hacia la paz; y empujar desde la ciencia, la tecnología y la innovación, la formación de un proyecto de nación que arranque a Colombia del atraso y la inhumanidad. Bueno, ya el primer paso se dio: la designación de una señora rectora.