Petro huye

por | Oct 7, 2025

Al naufragio de sus reformas y al desbordamiento de la violencia no responde Petro encarando la crisis; se dispara en huida dramática en tres direcciones: hacia el sarcófago del guerrillero heroico, hacia la estratosfera de la política planetaria y, ¡ay!, hacia la imposición a su partido de un convicto consentido de núcleos de derecha como su candidato predilecto. Sabe que con esos votos podrá Daniel Quintero ganar la candidatura del Pacto Histórico este 26 de octubre. Pese a que la Fiscalía lo llamó a juicio por favorecer a particulares con un lote de Medellín avaluado en $2.700 millones y negociado por $48.000 millones. Con su huida hacia la lucha armada invalida Petro la reinserción del M19 a la vida civil, vuelve hilachas la confianza de la izquierda democrática que lleva décadas jugándose el pellejo por la paz y manosea la ilusión del movimiento popular, víctima propiciatoria del conflicto. Vuelve la espalda a quienes lo llevaron al poder.

La exaltación de la guerra en este cruzado por la vida escaló a comedia de equivocaciones la semana pasada en plenaria de Naciones Unidas y en calles de Nueva York. Su consuetudinaria exhibición de la bandera del M19 en actos públicos (con fusil cruzado y leyenda del poder por las armas) se resolvió allí en convocatoria a formar un ejército del mundo para enfrentar a Israel en Gaza, y él mismo se ofreció a ir como combatiente: será “la revolución mundial de los pueblos” contra el tirano. Invitó a los soldados de Estados Unidos a insubordinarse contra su jefe, el presidente. Y, clímax del espectáculo, exhibió la “bandera de guerra a muerte” de Simón Bolívar.

Pero esta bandera -revela Olga Lucía González- fue un símbolo de muerte, no de liberación. La aristocracia criolla de Caracas, a la cual pertenecía el Libertador, celaba el control de los cargos públicos por españoles y además, enriquecida en la esclavitud, temía una revuelta de los esclavos contra sus amos. Parte del pueblo raso se había unido al ejército realista, no al de Bolívar, y éste, que también temía a los “pardos”, les declaró “guerra a muerte”. Fue una matanza de españoles (“aunque sean inocentes”) y de pardos, una guerra civil atroz, de visos raciales y de clase. Tal vez se precipita Petro en su fervor por este Bolívar desalmado. Tampoco sabemos si comulga con su proyecto de dictadura en la Constitución Boliviana de 1826.

¿Son este equívoco bolivarismo del presidente y su glorificación de las armas la coartada de escape a la dura lucha política por sus reformas, al fracaso de su Paz Total, a la inoperancia de su Gobierno, al control de la corrupción que lo carcome, a la rendición de cuentas que es deber del estadista democrático? ¿Cree Petro en la eficacia de la simbología bélica en un país ahíto de guerra? ¿Nada le dice el trabajo de miles de colombianos por la paz? ¿Nada, el Acuerdo de 2016 que él se niega a implementar? Acaso no le resulte fácil escamotear con delirios del antiimperialista coronado, Mesías redentor de la humanidad, la contribución de su administración a la crisis de salud en este paisito perdido entre selvas, esclavistas y sicarios. Ni escamotear la crisis de seguridad y orden público, aupada por la guerra entre bandas armadas dueñas de economías ilegales, en disputa por el territorio de 500 municipios y por la dominación violenta de su población.

Por los rasgos de personalidad que afloran a simple vista, se diría que Petro no huye de sí mismo, de su propia identidad. Huye, con los ojos cerrados, del reto que significa asumir como el primer presidente de izquierda en la historia del país. Él, supremo universal, huye del prosaico compromiso de ser Presidente, de responder al compromiso de gobernar para todos los colombianos, que contrajo en su discurso de posesión; y de aplicarse a luchar en democracia por el programa de reformas que le dio la victoria en las urnas.

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