Uribe y Petro: tan lejos, tan cerca

por | Oct 14, 2025

Agua y aceite en economía, en política los hermana el populismo. Uribe lo acopla al neoliberalismo, a la manera de Fujimori; y Petro evoca el reformismo de un Perón, pero más para acicalar el discurso que para obra de gobierno. Soñándose caudillos en un Estado de opinión, se regocijan ambos en la democracia directa y en la debacle de los partidos que derivaron de la Carta del 91. Se dicen demócratas pero conspiran contra la democracia: van en pos del unanimismo, no toleran al adversario, asedian los poderes organizados de la sociedad y de representación política, desinstitucionalizan el Estado, reducen el poder público a su enhiesta persona.  Debilitan la sociedad -ya en el comunitarismo premoderno de los conservatismos socialcristianos, ya en la turbamulta amorfa- manipulada por la propaganda del gobierno. Mítica voluntad general que Rousseau definió como única, inalienable, indivisible e infalible. Curioso: las mismas notas que califican al Estado absolutista de Hobbes. Uno y otro pensador buscaban la sociedad homogénea, sin fisuras, que será presupuesto del totalitarismo.  

Y sus elegidos obedecen. Maria Fernanda Cabal quisiera ilegalizar a la izquierda y De la Espriella promete destriparla. En el otro flanco, Quintero anuncia la clausura del Congreso, si gana la elección. Discípulos aconductados del Uribe que en su guerra contrainsurgente apuntó también contra opositores a quienes llamó guerrilleros vestidos de civil; del Petro que tiene a los suyos por esclavistas y nazis, frente a quienes menea también banderas de guerra a muerte. Denostaba Carlos Lemos “la nueva estirpe de gobernantes sin partidos, sin raíces ni centro de gravedad, donde las ideas son sustituidas por la frivolidad, la arrogancia, la demagogia y la improvisación (…) Napoleoncitos de cartón”.

Con la “nueva democracia” que siguió a la caída de las dictaduras del Cono Sur renacía la economía de mercado, una religión contra el Estado burocrático, la partidocracia, el clientelismo y la corrupción. La confianza inversionista de Uribe suprimió derechos laborales, privatizó la salud, cerró hospitales públicos por no ser rentables. Quiso Petro devolverle al Estado su iniciativa en política social, mas fue flor de un día: logró la reforma laboral y entonces cedió al capricho de sus fantasías en extramuros de la patria.

En tres escenarios desplegó Uribe su democracia directa: en consejos comunales, en su referendo de 2003 y en campaña por la reelección presidencial. Los primeros eran sesiones semanales de día entero con delegados de algún municipio y transmisión directa por radio y televisión para ventilar problemas de la comunidad y asignar partidas del presupuesto   como dádiva del presidente, aunque se hubieran ya negociado con políticos de la región. El contacto con la gente operaba por encima de partidos, Concejos, alcaldes y ministros, por encima de las instituciones de la democracia; pero favorecía la imagen benevolente del caudillo.

Su primera propuesta de referendo revocaba el Congreso. La Corte dijo que la medida encubría un plebiscito, exigía un procedimiento reglado y resultaba “contraria a la idea más elemental de Estado de derecho”. De la mano del referendo vino la campaña por la reelección presidencial, un virtual plebiscito de apoyo a la persona del presidente. Sin parar mientes en la tiranía de las mayorías, puesta la mira en la voluntad general, el ministro Pretelt llegó a pedir la reelección por veredicto popular, obviando la norma constitucional.

Astutos de nación, Uribe y Petro han ordeñado la democracia plebiscitaria sin molestarse, el uno, en ofrecer una propuesta de país distinta del estatus quo; y el otro se extravía en provocaciones y en su propia retórica para no tener que gobernar. ¿Convocaría Petro una consulta popular sobre la corrupción en su Gobierno?

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