Claudia: “queremos un líder, no un agitador”

Claudia: “queremos un líder, no un agitador”

Ante la pequeñez de propuestas de cambio que pululan entre tanto aspirante a presidente, descuellan las iniciativas de Claudia López. Y no porque desdeñe ella el menú de campaña -seguridad, salud, empleo, corrupción. Es porque, con los aderezos que agrega, cambia la vianda: habla del cómo, del cuándo y, sin perder la perspectiva del mediano plazo (propone “cosas realizables a cuatro años”), dibuja el horizonte estratégico de un país “para la gente”. Sobre la medianía de quienes hoy mandan y de los que aspiran al puesto destaca la figura que afinca su criterio en la formación fogueada en experiencia de gobierno. 

Se muestra López capaz de capotear la crisis de salud, pues viene de enfrentar la peor del sector, que la pandemia trajo. Como alcaldesa de Bogotá apretó la rienda contra el desastre anunciado, encaró con eficacia la avalancha y asumió como autoridad nacional en la crisis. Hoy ahoga la corrupción a 77.000 familias en Córdoba, porque en este Gobierno se robaron, a manos llenas, la plata de la entidad diseñada para prevenir esos desastres. Y el alto poder, impávido. Antes bien, gastando $14,8 billones en otro medio millón de contratistas del Estado, activistas en campaña del Pacto Histórico, pese a la crisis fiscal. Ignora olímpico los once millones de votos que recibió una consulta contra la corrupción convocada por Claudia López.

“Yo me he hecho matar por la lucha contra la corrupción”, le dijo López a Daniel Coronell, por el cambio, por la gente. Por derrotar al uribismo con una propuesta de soluciones capaces de poner la casa en orden, defender a los colombianos y hacer que los cambios pasen y duren. Apunta a la autonomía y el desarrollo descentralizado que potencie a las regiones como motor del desarrollo nacional. Y no ofrece milagros; aboga por tres acuerdos de base: uno por la seguridad y la gobernabilidad territorial, otro por la igualdad y la justicia social, y otro por el desarrollo regional hacia una Colombia federal, de la mano de la gente. Para cuidarla y defenderla, y darle, además de seguridad y justicia, calidad de vida: salud, educación, trabajo, protección social. 

Y cuidar la paz. Ésta principia por cumplir los Acuerdos, honrar a las víctimas, darle grandeza a la Fuerza Pública y entender que el conflicto político armado se acabó con la desmovilización de las Farc. Hoy sólo quedan organizaciones criminales que se disputan rentas ilícitas. Garantizar la seguridad y la autoridad legítima del Estado corre parejas con recuperar el control de las finanzas públicas y acabar sin contemplaciones con la corrupción.

Invita a derrotar el 8 de marzo al uribismo, que lleva años poniendo todos los palos en la rueda: que la paz, no. Que reforma agraria, no. Que reforma laboral, no. Que reforma pensional, no. Vamos a defender las conquistas logradas, y a corregir lo necesario para avanzar, afirma: esta condena al asedio de la mafia y la violencia, al desastre de la salud, al despilfarro de recursos públicos y al endeudamiento más caro de la historia.

Lamenta López el rechazo de Fajardo a su propuesta de alianza (que divide al centro en porciones equivalentes), a diferencia de años atrás cuando ella lo acompañó “a cambio de nada”, y sacaron 4’600.000 votos. Para ganar la presidencia le faltaron a Fajardo 200.000 de los 360.000 que Humberto de la Calle sacó, con quien aquél rechazó alianza. Diríase que Fajardo responde al sino trágico del que busca la derrota y funge de inocente, aunque el sacrificado sea el país.

Pero Claudia porfía en lo suyo: cuidar a la gente, trabajar con la gente, respetar a la gente. La gente. Amarre que convierte la palabra en acción, en levadura para el pan. Declara: Colombia no necesita un agitador, de ninguna extrema; necesita un líder. Y ella obra como tal.

Coda. Ver programa de gobierno en claudia-lopez.com.

Y el Centro ¿qué propone?

Y el Centro ¿qué propone?

Medio país ha esperado en vilo una decisión de Sergio Fajardo sobre su participación con Claudia López y otras figuras del Centro en la consulta de marzo. Con inesperada intención inicial de voto, según la encuesta de CNC, y ya jugada en la arena, podría esta fuerza superar a De la Espriella y pasar a segunda vuelta. Todo depende del dubitativo Fajardo. Mas la consulta es apenas una primera definición. La otra será dibujar propuestas emanadas de su particular vocación política, pero también sobre estrategias cruciales de este Gobierno. Para construir sobre lo construido. O para deconstruir.

Unas fallidas, como la Paz Total, que demanda borrón y cuenta nueva sin dolor. Otras de gran envergadura como el Plan Nacional de Desarrollo, divisa de transformación estructural hacia el país soñado, flor renacida en un desierto de medio siglo, gestada y engavetada en embrión por el propio Gobierno. O la revolucionaria ley de competencias, abandonada a mitad de camino. O los balbucientes PDET, núcleo del Acuerdo de Paz, apenas matizados por una modesta entrega de tierras. Horizonte decisivo cuando amenaza el desmoronamiento del país desde las regiones a manos de la violencia armada y los negocios ilegales apadrinados por sus socios políticos en el centro y en la periferia. Algo habrá de decir el Centro sobre la reforma a la salud que se desplomó en crisis. Y sobre la corrupción desbordada, santo y seña de esta Administración. Sin perjuicio de suscribir logros históricos, como las reformas laboral y de pensiones y la brillante cifra de desempleo del 8,9% hoy.

La Paz Total se tradujo en expansión de grupos armados y debilidad de la Fuerza Pública. Al guante de seda respondieron aquellos con puño de hierro para multiplicar efectivos, negocios de alcantarilla, control de territorios y avasallamiento de comunidades. Pero un sonoro viraje anuncia Cepeda, de llegar al Gobierno: no me avergüenzan mis esfuerzos por lograr el fin del conflicto armado en Colombia, dijo. Pero a los armados les digo: no habrá diálogos eternos ni retóricos; serán para producir resultados reales. Diálogos “para terminar la guerra, no para fortalecerse económica y militarmente”. Tome nota el Centro.

El Plan de Desarrollo apunta a un nuevo contrato social en cinco grandes estrategias: derecho a la alimentación con aumento de la producción agrícola; ordenamiento del territorio, con entrega de tres millones de hectáreas y catastro multipropósito; cambio productivo mediante industrialización, convergencia regional y reducción de la pobreza para aquilatar la paz. Vuelve el Plan a la planeación concertada con el capital privado y ahora también con las comunidades. Y al Estado, como agente de cambio en el modelo productivo del país, en la creación de riqueza y su distribución bajo los parámetros del capitalismo social. ¿Rescataría el Centro esta estrategia de desarrollo? ¿Cuál, si no?

Los Planes Territoriales en los 170 municipios más golpeados por la guerra, savia del Acuerdo de Paz, van a paso de conga. Agudo sufrimiento de la población, reclutamiento forzado y, de los 1865 asesinatos de líderes sociales en 10 años, el 80% tuvo lugar en estos municipios. Algo se ha logrado, no obstante, en obras públicas, salud y educación. Pero es un eje de la paz librado a su suerte. ¿Qué haría el Centro?

¿Qué, para conjurar la corrupción que reina en este Gobierno? Robo abierto al erario y supuesta manipulación dolosa de recursos públicos que tiene en la cárcel a dos ministros; miles de nombramientos de promotores electorales en el Estado y feria de contratos. ¿Qué propone el Centro, si ya Claudia López había logrado once millones de votos en consulta para frenar la corrupción?

Argumentos sobran para coligar al Centro; y oportunidades a la mano, para honrar los anhelos de la sociedad. ¿Se animará Fajardo a suscribir la iniciativa de Claudia?

Izquierda, entre el populismo y la socialdemocracia

Izquierda, entre el populismo y la socialdemocracia

A Gustavo Petro le cabe el mérito de haber roto el monopolio de élites que hicieron del país su heredad particular y, de toda oposición, el enemigo interno. También demostró Petro que al cambio podía llegarse por las urnas, no por la insurrección armada, mito fundacional defenestrado con el muro de Berlín. Hoy se define la izquierda por la reforma, no por la revolución. Y sus opciones de cambio navegan entre la socialdemocracia y el populismo. Sin sangre en la arena, sin dictadura del proletariado, enfrenta nuestra izquierda el desafío de inventar doctrina y programa para un país de turbamulta de excluidos, desigualdades sin par, violencia y mucha vieja guerrilla trocada en banda armada del narcotráfico y del crimen. Como la de un Calarcá que asesinó esta semana 26 personas a quemarropa.

Colombia es el único país del continente que conservó guerrillas marxistas varias décadas después de que éstas se hubieran desmovilizado por doquier. Durante 50 años se vio la izquierda democrática acorralada, no sólo por una ultraderecha acostumbrada a prevalecer a bala, sino por la propia izquierda armada que en su cerril prepotencia degradó por “cobarde” a todo disidente sin fusil, para coronarse como mando único de la revolución. A esta inesperada causa de la debilidad de la izquierda legal, de su marginamiento del poder, se sumó la táctica de combinar todas las formas de lucha, legales e ilegales, que facilitó a su pesar horrores como el genocidio de la Unión Patriótica.

La izquierda legal se debate hoy entre dos corrientes cada vez menos amistosas: por un lado, la versión tradicional, proclive a brincarse la ley, que Petro encarna (y quizá también Cepeda), moviliza al pueblo contra una oligarquía “rapaz” a la que Petro llama “élite que se apropia del país, lo empobrece, vive sin producir” y es subsidiada por el Estado. Esclavista, había dicho. De otro lado, una versión republicana de la izquierda, menos inclinada al referente “pueblo” que al de “ciudadano”, se ciñe a las instituciones de la democracia liberal, propende a la redistribución mediante acuerdos de economía mixta, al fortalecimiento del Estado como hacedor de la política social y moderador del libre mercado. De esta corriente, protagonizaron el despegue del gobierno José Antonio Ocampo, Jorge Iván González y Cecilia López; pero se adoptó después el gobierno de partido. Brilla en su versión populista el personalismo melodramático del presidente, discípulo aventajado del caudillismo latinoamericano. Como Uribe.

Para el analista Iván Garzón, en torno a dos ejes gravita hoy la propuesta de la izquierda. Uno, erradicar o moderar las desigualdades sociales y, dos, devolver al Estado su papel regulador del mercado. Mas tono y proyecto no son unívocos. Mientras la izquierda tradicional magnifica al pueblo y aboga por la democracia directa, la socialdemócrata es gradualista, respeta la norma y busca el cambio mediante el consenso. Pero ambas profesan una convicción rotunda: ningún cambio llegará por la violencia. Barricadas de la revuelta, señala, son la justicia fiscal, el Estado emprendedor y la no violencia. Su divisa, profundizar el Estado de Bienestar hacia un socialismo democrático, descentralizado, mestizo y feminista.

La izquierda podrá ganar estas elecciones, entre otras, por la torpe propuesta de la derecha: reivindicar el pasado que precisamente catapultó la victoria de Petro. O las pierden ambos extremos si Fajardo y Claudia López se alían para aglutinar el 44% del país, que se declara de centro.

Antimperialismo y narcotráfico

Antimperialismo y narcotráfico

Desafiado por Trump, por la crisis de Venezuela y por el sonoro fracaso de la Paz Total, se obliga el presidente Petro a replantear su estrategia de paz y a reconstruir la histórica cooperación contra el narcotráfico en cita con el gringo dentro de dos semanas. Decisiones vitales hoy, cuando contingentes del ELN empezarán a regresar del santuario perdido con Maduro para reposicionarse agudizando la violencia en territorios como el Catatumbo, donde el grupo armado deberá responder por cien civiles muertos en sólo 2025. Se habló ya de lucha a dos manos entre Colombia y Estados Unidos contra el ELN, grupo que abreva también al narcotráfico. Petro lo considera “nuestro mayor factor de violencia, asesino de campesinos, 200 en el Catatumbo”. El viraje es elocuente, pues hace apenas mes y medio porfiaba en dialogar con el ELN, “les digo, hermanos -porque todos somos hermanos- hagan la paz”. Y a una propuesta de acuerdo nacional del grupo armado meneada cuando oteó peligro, respondió: sin abandonar las economías ilícitas, el reclutamiento de menores y su dominio coercitivo de comunidades no habría negociación posible. Tres años y medio tuvieron que pasar para formular condiciones que debieron ventilarse desde el día uno de conversaciones. 

Por su parte, insiste Iván Cepeda en reactivar la mesa con el ELN sin revisar el modelo de negociación. Y muchos se preguntarán si, pese a reconocer errores y ejecuciones infortunadas en la Paz Total, no daría alas el candidato a una descalificación prematura de la ofensiva que se gesta contra el grupo, otro blanco inescapable de la lucha contra el narcotráfico. (Según Jorge Mantilla, el ELN controla el 15% de la coca que se consume en el mundo). Más aun, cabe preguntarse si la izquierda dogmática no usaría el pronunciamiento de Cepeda en Pasto contra el imperialismo para atacar el acuerdo posible con EE.UU. Y si, apoyándose en su noble búsqueda de una paz dialogada, no terminen otros por justificar la absurda deriva de identificar antimperialismo con defensa del ELN. Un grupo que hace décadas sacrificó su propuesta revolucionaria a negocios ilícitos y a la violación de derechos humanos.

A los desatinos de la Paz Total obedece en buena medida la arrogancia del ELN. Gloso apartes del diagnóstico descarnado del profesor Armando Borrero, para quien la Paz Total avanzó entre errores de diagnóstico, improvisación y debilitamiento del Estado frente a actores armados. “Pocas veces se ha asistido a un proceso político en el que todo se hace mal”, escribe. De entrada, se abandonaron las condiciones básicas de una negociación. Se olvidó la necesidad de presentarse como capaz de doblegar a la contraparte; antes bien, se debilitaron los recursos de fuerza: el Ejército y la Policía. Nunca se planteó la estrategia negociadora. Los ceses el fuego bilaterales resultaron ser unilaterales: quedó la Fuerza Pública maniatada y, los armados, en libertad de controlar territorio y población. Entre otros, el ELN se despolitizó. Con el ingreso de las guerrillas al narcotráfico, se enriquecieron y se olvidaron de la política. La moral revolucionaria se hundió en esa Babel de narcotráfico, secuestro y extorsión. Viudos de una revolución política, se incorporaron al crimen organizado transnacional.

Una nota descuella en el discurso antimperialista de Cepeda: busca reforzar en la izquierda su originaria identidad ideológica. Pero la historia suplantó hace tiempo ortodoxias doctrinarias por divisas de acción política y de cambio calibradas en la realidad. Como las de Sheinbaum en México, Lulla en Brasil e incursiones de la democracia colombiana, que dijeron: contra el narcotráfico, apoyo financiero, cooperación operativa e intercambio de inteligencia entre Estados; pero jamás tropa extranjera en nuestro territorio. Alianzas sí, pero jamás injerencia del imperialismo.

Trump-Maduro o la fuerza bruta

Trump-Maduro o la fuerza bruta

La escena discurre sin anestesia: un tirano derriba, mazo en mano, a otro tirano que ha molido su pueblo a mazazos. Pero el garrote no aparece ahora barnizado de rosadito-democracia, se exhibe sin pudor en su ruda desnudez. Es timonazo de 180 grados en una historia de expansionismo desde la ley de la selva presentada como mandato que premia a los elegidos de Dios. Después de tanta hipocresía, de tanta ocupación militar y masacre y bombardeo para robarse la riqueza ajena pretextando defensa de la libertad, se agradece la franqueza. Gracias, Donald Trump, por hundir la impostura de sus antecesores, cruzados de la dominación estadounidense que en América Latina, solo en el siglo XX, perpetró -según Connecta– 55 intervenciones de ocupación militar, despliegue de tropas, golpe de Estado, apoyo armado o remoción de gobernante. Por vez primera sin eufemismos, instala Trump un protectorado en Venezuela y proclama a grandes voces que no va por la democracia, va por el petróleo. Como del petróleo se lucró la nueva oligarquía de ese país, empotrada en una satrapía despiadada de tortura, asesinato y cárcel para la oposición, usurpación del poder, expulsión por hambre y opresión de la cuarta parte de su población y desamparo para los que quedan.

En dos planos se desenvuelve el espectáculo: en aspavientos triunfalistas y desafíos que escandalizan al mundo; y en la realpolitik que planifica la toma de riquezas y de gobierno en Venezuela mientras insinúa paces con Petro. El griterío va en catarata y asusta porque armoniza con la acción: la “extracción” del dictador. Declara Stephen Miller, asesor mayor de Trump, que “vivimos en el mundo real, gobernado por la fuerza y a la fuerza (…) Somos una superpotencia y con el presidente Trump actuaremos como tal”. Y el propio mandatario afirma: “Estados Unidos es el jefe de este hemisferio. No vamos a permitir que Rusia, China o Irán tengan presencia en nuestro patio trasero. El nuestro es el ejército más poderoso y lo usaremos para proteger nuestros intereses”. Anuncia que será él quien gobierne Venezuela.

Pero deja montado todo el aparato de poder de la dictadura, para que le desbroce el camino del negocio. Mata así toda presunción de superioridad moral y de coherencia política. Se allana al régimen comunista mientras él acepte la hegemonía de esa potencia en el continente. Arrojados al caneco los principios, usará a Delcy Rodríguez, mano derecha de Maduro autoproclamada presidenta, para asegurarse el negocio. Será lo primero prevenir el caos, ajustar poderes y legitimar la transición, no digamos a la democracia, sino a un protectorado vergonzante. Con suerte, habría algún día elecciones libres.

En la antesala de la comunicación telefónica con Petro, amenazó el gringo a nuestro presidente, mandatario legítimo de una democracia. Cualquier apoyo a operación militar contra Colombia, escribió El Espectador, es complicidad con un golpe de Estado y traición a la patria. Lo saben la derecha que acaricia aquella fantasía y su jefe Uribe cuando eleva el golpe de mano a Maduro a acción de legítima defensa contra el narco. Abogó por un cambio de gobierno en Colombia que derrote al narcotráfico. ¿Olvida que su Gobierno quiso dar estatus político al paramilitarismo y que prácticamente toda su bancada parlamentaria resultó ser su aliada? La verdad es que la distención con Petro busca una posible mediación con Venezuela, recuperar la certificación del país, combatir con Estados Unidos al narcotráfico y al ELN.

El ataque a Venezuela marca la suplantación del derecho por la fuerza, cuando aquel busca evitar la guerra y proteger a los débiles del abuso de los poderosos. En Venezuela urge restaurar la democracia y evitar, con apoyo multilateral, la reafirmación de su dictadura ahora con patrocinio de Trump y despliegue de la fuerza bruta.

Esclavitud sexual infantil, ¿hasta cuándo?

Esclavitud sexual infantil, ¿hasta cuándo?

No pierde la sociedad su capacidad de reacción. Ni muda ni maniatada ante la violencia sexual que se ejerce contra nuestras niñas y niños, rechaza la opinión el nombramiento de Daniel Mendoza, supuesto instigador de ese delito, como embajador en Tailandia. En esta Colombia del Sagrado Corazón que naturalizó al narcotráfico como medio de ascenso social y lo incorporó al poder del Estado, reconforta la oleada de voces que se alzan contra el principio de hacer plata como sea, ahora robustecido por la ética que asocia sin dolor negocio y crimen. Enriquecimiento regado de muertos en cada operación de narcóticos que corona, también destruye la vida de miles de infantes esclavizados en explotación sexual. El Instituto Nacional de Salud documenta 34.842 casos de violencia sexual, la tercera parte contra niñas menores de doce años. En Bogotá, en Cartagena, en Cali, en Palmira, en Medellín, ciudad donde se detiene Carol Ann Figueroa, editorialista de La Píldora, para auscultar la desgarradora realidad. 

Contra el nombramiento de Mendoza debuta Iris Marín, defensora del pueblo, por haberse mostrado él reiterada y públicamente afecto a relaciones sexuales con niñas. En la contraparte, defiende el presidente a su elegido y, en nombre de la libertad de amar, lo llama “emancipador”. Soy un demócrata radical, dice Petro, no un fascista; ¿cómo esperan que un Gobierno libertario y progresista prohíba el amor? Complacerse en relaciones sexuales con niñas o con adultas previamente drogadas no es amor, replica Marín, son modalidades de violencia sexual. Nuestro Estado, remata, no puede convertirse en dolorosa caricatura de la cultura violenta.

Acompañan a la defensora Laura Gil, embajadora ante la ONU para Política Global de Drogas, y Arlene Tickner, embajadora para Asuntos de Género y Política General Feminista. Estiman ellas que las publicaciones de Mendoza constituyen violencia de género y que bien haría el agraciado con renunciar al cargo ofrecido. Y Francia Márquez, vicepresidenta de la República, condena la misoginia de Mendoza, otra de las violencias patriarcales.

Para la analista Figueroa, ser mujer aquí es correr más riesgo de vender por la fuerza la virginidad, o una relación sexual, o una fantasía sexual actuada ante una cámara. 93% de las 4.921 víctimas que han denunciado ante la Fiscalía de Antioquia explotación sexual infantil en los últimos catorce años vieron periclitar su caso judicial sin pena ni gloria; sólo un 7% fructificó. Señala informe de Cuestión Pública que el fenómeno se ha salido aquí de control, y las autoridades hacen poco o nada por detenerlo. Sorprende el perfil de los empresarios que montan la red del negocio: un padre de familia, un político, un trabajador social, un profesor de deporte, un policía.

Informó La República que la industria webcam estaría reportando 600 millones de dólares en ganancias al año por el trabajo de 10.000 estudios instalados en Medellín, Cali y Bogotá. Si Cartagena se lleva las palmas, afirma Figueroa que en Antioquia la cultura traqueta se camufla con la cultura de la familia, la religión y las buenas costumbres, mientras parte sustancial de sus dirigentes y de la población saca pecho por considerarse “prueba viviente de la pujanza, la innovación y la berraquera” que atraen al extranjero que invade sus ciudades. El narcotráfico, concluye nuestra analista, dejó más que dinero: una cultura que, más allá de la cosa estética o musical, cierra los ojos para no ver la tragedia de sus niñas, niños y adolescentes y deslumbrarse, en cambio, en el fulgor del oro.

Sea la renuncia de Daniel Mendoza al cargo ofrecido otra cortina que se descorre al escenario de dignidad que el país reclama. Y a la autocrítica del presidente Petro.

Coda. Esta columna reaparecerá en enero. Felicidades a los amables lectores.

Petro o el cambio que no fue

Petro o el cambio que no fue

Para millones de colombianos el arribo de Petro a la presidencia fue una epifanía, pero ésta derivó en fiasco. Puso el mandatario en boca del pueblo la palabra cambio y dio vuelo ideológico a sus anhelos; pero la desvalida, caótica, irresponsable gestión de su Gobierno no dio la talla. Sí, la oposición interfirió y ayudó al fracaso. Pero aquí se llevan las palmas la impericia, el narcisismo de quien tanto ha sacrificado a su vanidad, y estrategias fallidas del partido en el poder. Reclamará la historia por la corrupción que había prometido conjurar pero emuló; y por políticas de paz y seguridad que, lejos de vencer riesgos para el Estado y la sociedad, los agudizaron. 

En corrupción, el solo caso del asalto a la UNGRD compromete, entre otros funcionarios de gobierno, a dos exministros y dos directivos del Dapre prófugos de la justicia. Imputó la Fiscalía a los exmiembros del gabinete por haber dirigido “una organización delincuencial para destrabar proyectos del Gobierno ofreciendo a parlamentarios contratos por $612.000 millones […] se instrumentalizó el presupuesto de la nación para comprar gobernabilidad”. Aliados suyos han sido clanes cuestionados y miembros de su círculo de poder sindicados de violencia de género. Marcela Restrepo, directora del Foro por Colombia, cita esta afirmación de Petro: “Voy a hacer un pacto… a la antigüita, con corrupción y abuso de poder”. ¿Justificaba el recurso a expedientes de otros gobiernos, esta vez dizque para favorecer al pueblo?

El escándalo de la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) desnuda purulencias insospechadas en la seguridad estratégica del Estado. Los archivos de Calarcá divulgados por Caracol revelarían la existencia de un pacto secreto de no agresión y entrega de información reservada del Estado a su organización delictiva, mediante un general de la república y un alto funcionario de la ANI, mientras el Gobierno adelantaba diálogos con ella. El trato apuntaría a eludir controles y acción militar contra el grupo armado, a suministrar información clasificada y códigos de radio, y a crear una falsa empresa de seguridad que le permitiera adquirir armas “legales”. Modelo Convivir del Gobierno Uribe y modelo DAS de esa Administración, la ANI estaría asociada con criminales. ¿Otra vez la seguridad nacional convertida en policía política del presidente y de su partido? ¿Otra vez la maña del Gobierno de Ospina Pérez, que rompió la neutralidad de las Fuerzas Armadas para que terminaran catapultando la Violencia?

El escándalo de la ANI podrá ser el puntillazo final a la agonizante Paz Total. Esta se montó en la presunción de que se seguía negociando con insurgentes, no con bandas o guerrillas añosas que habían cambiado el ideal político por el enriquecimiento violento. El conflicto armado es cosa del pasado. Lo que hoy tenemos son bandas entregadas a economías ilegales, a la virulenta ocupación de territorios, a agredir a la población para someterla a crueles dictaduras. Grave equivocación de la estrategia de paz y seguridad en este gobierno, de blanda mano tendida a hombres sin honor que traicionan la palabra empeñada y usan el cese el fuego para expandirse a sangre y fuego sobre las abultadas alforjas del negocio maldito.

Si Petro desilusionó a la izquierda democrática, Iván Cepeda ofrece la integridad y la determinación necesarias para prolongar su programa y, no obstante, salir airoso de dos pruebas de fuego que el país impondrá: erradicar la corrupción en el Gobierno y hacer de las políticas de paz y seguridad borrón y cuenta nueva. Podrá así inscribir las reformas económicas y sociales en hojas de ruta trazadas ya en el Plan de Desarrollo y en el Acuerdo de Paz. Su fuerte, el acuerdo nacional que le de vida al cambio que sí será.

Coda. Feliz año a los amables lectores. Esta columna reaparecerá en enero.

La cantinela anticomunista

La cantinela anticomunista

Enrique Peñalosa lo dice sin vacilar: en el fondo de nuestra controversia política obra la puja entre Estado y mercado. Pero agrega que Petro resuelve esta dicotomía en estatismo comunista. Desenterrando cadáveres de Guerra Fría, convierte la disputa entre neoliberalismo y socialdemocracia en guerra de la libertad contra el “neocomunismo”, que Uribe se acaba de inventar. A falta absoluta de propuestas, anda nuestra derecha al rescate del doctrinero Hayek que, en maroma tramposa, asimiló Estado social a socialismo: en el Estado de bienestar -escribió- los efectos del socialismo cristalizan con más lentitud y menos rigor, pero “el resultado final tiende a ser exactamente el mismo”. Es decir que Estado social equivale a comunismo; y, aunque el mercado librado a la codicia de unos cuantos llevó a su clímax las desigualdades, se le santifica.

Si críticas mereciera el programa de Petro, no sería por extremista sino por la incapacidad del gobernante para hacerlo valer. Y para concertar acuerdos mínimos con sus adversarios, capaces de devolverle al poder público la iniciativa en política social y el control de sus recursos, asaltados a dentelladas y a la vista de todos por funcionarios, empresarios y políticos. Como se ha visto también en este Gobierno. Rescatar al Estado de esta sangría y reformular su relación con el capital privado dentro del modelo de economía mixta que rige no es estatismo. Ni lo es reordenar los medios públicos necesarios para garantizar los derechos de salud, educación, pensión, servicios públicos, trabajo y medio ambiente que toda democracia moderna consagra.

Es momento histórico de escoger entre estatización a ultranza y economía de mercado, declaró Peñalosa. Y la sociedad del privilegio aplaudió, pues sacar a danzar el fantasma del comunismo puede valerle el triunfo electoral para perpetuar su poder y su riqueza. Es bandera siempre eficaz contra la izquierda democrática que busca la reforma, no la revolución, y que la derecha asimiló siempre a guerrilla marxista. Apetitoso recurso para evadir respuestas en un país que presenta el más elevado índice de Gini en el mundo, pertenece a los tres países más desiguales y donde 16 millones de sus ciudadanos tuvieron que sobrevivir el año pasado con menos del ingreso mínimo vital, mientras grandes empresarios registraban utilidades sin precedentes.

Si la democracia liberal está en crisis será también porque este capitalismo vandálico usurpó su nombre y bloqueó el principio solidario del capitalismo social. Entre los valores liberales, privilegió el de libertad (de mercado) que predominó en el siglo XIX y agudizó el descontento social, y menospreció el principio de igualdad. Poniendo en ella el acento, respondió el liberalismo a la amenaza de revolución a principios del XX. Se instauró el Estado social, convertido en Estado de bienestar en la posguerra. Este resultó de transacción entre capitalismo y socialismo, para presidir medio siglo de prosperidad y pleno empleo en Europa y Norteamérica. Desde los años 80 se involucionará al laissez-faire decimonónico que por boca de Peñalosa reclama hoy la derecha colombiana.

El fracaso económico del modelo de mercado fue también el fracaso de la democracia sometida a sus designios. Ante el patriciado autocomplaciente que porfía en ellos, una misión se impone: recoger el legado de la socialdemocracia. Las reformas de Petro darían cuerpo a este propósito, pero aquellas se diluyen. Según Jorge Iván González, Petro ha desperdiciado la oportunidad de avanzar hacia cambios estructurales en la sociedad colombiana y consolidar un proyecto socialdemócrata ambicioso. Por incapacidad para gobernar, no se están logrando las metas anunciadas.

Coda. Gravísimo el aparente contubernio de la Inteligencia del Estado con un grupo criminal; al punto que podría configurar traición a la patria.

La saga del franquismo en Colombia

La saga del franquismo en Colombia

Sucedáneo de Hitler y Mussolini, Francisco Franco montó en España una dictadura sanguinaria; alargó sus tentáculos con singular eficacia hacia los promotores de la Violencia en Colombia, y sus ideas renacen en oscuros extremismos que ganan espacio en el mundo. El cincuentenario de su muerte es una alerta contra los erdogan y los trump y los ortega y los bukele que lo emulan hoy. Escoltado por sotanas y fusiles, el ideario del franquismo reposa en élites siniestras que se han adaptado a los tiempos. Pese a la transición a la democracia que acaeció en España, el franquismo no ha muerto. Ni allá ni acá. Fue potente motor de la reacción en nuestra conflagración conservadora- liberal; y su corporativismo (amancebamiento coercitivo y asimétrico de patronos y trabajadores dizque para suprimir la lucha de clases) sobrevive en líderes como Álvaro Uribe.

Al trípode familia, patria y religión añadió este fascismo español el nacional catolicismo, el anticomunismo y el concepto de hispanidad, tan caro a nuestra muy criolla dirigencia azul en los años 30 y 40. Con ellos ganó Franco su guerra contra la república y a Laureano Gómez le alcanzaron para librar la suya contra la reforma liberal de López Pumarejo, a la que catalogó de comunista.

Pero la reforma de López tenía mucho de New Deal y nada de estalinismo. Se inscribía en la modernización liberal en boga y comprendía reforma agraria, función social de la propiedad so pena de expropiación con indemnización, intervencionismo de Estado para dirigir la industrialización, separación de Iglesia y Estado y educación laica. Contra esta “amenaza” escribió el líder conservador: “las masas desencantadas de la actividad democrática terminarán por buscar en métodos fascistas la reivindicación de los derechos conculcados”. Fueron casi 300.000 los muertos.

En 1938, mientras Franco cosechaba en campaña decenas de miles de muertos, le elevó Gómez un panegírico: “Se levantó el paladín y volvió a correr sangre impetuosa… reapareció la purificadora llama del heroísmo… el torrente revolucionario estaba detenido. ¡Arriba España, católica e imperial!”. Venía de rendir homenaje a Franco y sus falanges, “en las cuales inscribimos nuestros nombres con gozo indescriptible”. Un lustro después, como presidente, propuso una reforma constitucional corporativista, a instancias de Franco, Mussolini y Oliveira Salazar. El régimen fascista del portugués había cooptado la doctrina social de la Iglesia. Y la derecha católica lo permitió.

Salvo Juan XXIII, cuando el Vaticano no se alineaba con los más sórdidos dictadores (Pío XII con Hitler, Juan Pablo II con Pinochet) jugaba a la sociedad inmóvil, sin antagonismos ni conflictos, que es también nostalgia del fascismo. Este coopta corporaciones y sindicatos para convertirlos en órganos del Estado, con bendición divina. En la naciente industria textil de Antioquia, las primeras organizaciones obrero-patronales fueron creadas por la Iglesia. Rige la tutela de la Iglesia como control disciplinario sobre las operarias que desfallecen en el temor de Dios… y del patrón. La religión al servicio del capital.

Corporativismo, recurso paralelo de nuestra derecha más rancia, que predicaba la acción intrépida y el atentado personal hasta “hacer invivible la república”. Como en efecto lo logró. Décadas después, pero en idéntica invocación, abogará Uribe por una economía cristiana “sin odio de clases”, por un país fraterno, sin confrontación entre empleadores y trabajadores. Mas el asalto a los derechos laborales y el asesinato de 6.402 engañados con señuelo de trabajo perpetrados en su gobierno son contracara de la impostura.

Sí, el franquismo es también una impostura, disfraza de gesto viril o divino la cobardía: caída la máscara, ruge, exhibe garras y colmillos, infla el peludo pecho y mata a mazazos a seres indefensos.