por Cristina de la Torre | Mar 29, 2017 | Iglesias, Marzo 2017, Régimen político
La Inquisición no es patrimonio exclusivo de la Iglesia Católica. De ella echó mano también el calvinismo, para aplastar al disidente e implantar un régimen de terror en olor de religión que tiranizó la vida pública y privada de los asociados. Divergentes en su origen, el curso de la historia fue acercando, no obstante, a las jerarquías católica y evangélica en un mismo ideal de Gobierno de los sacerdotes, en un mismo prevalecer por la violencia. A la multitud de brujas y herejes del siglo XVII se fueron sumando nuevos réprobos cada vez: librepensadores, masones, alquimistas, Copérnicos y Galileos, liberales, comunistas, homosexuales y la mujer –ay, la mujer, adúltera, víbora corruptora del varón, homicida que antepone su vida a la del cigoto deforme– El pastor evangélico Juan Rocha acaba de quemar en una pira a Viviana Trujillo en Nicaragua, para ahuyentarle el demonio del adulterio.
Ayer quemó Calvino en la hoguera al predicador español Miguel Servet, con sus libros, por negar el misterio de la Trinidad; la “Trinidad inmóvil”, diría en Colombia Augusto Ramírez Moreno casi 5 siglos después, y encendió la Violencia. Otra guerra santa. Con el primer asesinato religioso se inauguró en aquella desventurada Ginebra de Calvino la primera quema de libros. En adelante fue práctica de todos los censores que en la modernidad han sido: Robespière, Stalin, Hitler, Pio Nono, Videla. Y nuestro Ordóñez, pueril imitador de aquellos, incineró textos malditos y despachó como procurador de un país laico con la Biblia, en favor de correligionarios suyos. Autoinvestidos de poder divino, cobraron esos déspotas con sangre el delito-pecado de pensar, de sentir y obrar en libertad.
Escribió Calvino la primera guía teológica y política de la doctrina evangélica. Toda crítica a su credo será por fuerza ofensa al poder político que lo representa. Para su secretario, la libertad de conciencia es doctrina del demonio y sus mentores deben morir. Pero este catecismo no es apenas una pauta de fe: ha de erigirse en ley orgánica de Estado. En 1536 se reúnen los ciudadanos de Ginebra en la plaza pública y deciden, por mayoría, vivir “según el evangelio y la palabra de Dios”. Declaran, por referendo, una religión oficial como la única permitida, y asimilada al poder del Estado. A poco sería aniquilada la católica. Hoy pretende Vivian Morales negar por referendo el derecho a la igualdad que asiste a las parejas gay. Querrá imponer por mayoría la ley de su dios particular sobre la ley civil que rige en Colombia para todos.
Dice Castellio, antagonista de Calvino en el conocido libro de Stefan Zweig, que el Estado no puede interferir en la opinión. ¿A qué, se pregunta, ese repugnante delirar con espuma en la boca cuando alguien tiene un modo distinto de ver el mundo? ¿Por qué ese odio mortal? Y reflexiona el autor: cuando un credo se hace con el poder del Estado, pone en marcha la máquina del terror; a quien cuestione su omnipotencia, le corta la palabra y, casi siempre, la garganta. Contra todo hereje (por raza, religión, orientación sexual, o por ideas) “las consignas, los pretextos cambian, pero los métodos de la calumnia, el desprecio y el exterminio son siempre los mismos”. En su Yo Acuso de la época, sentenció Castellio: “Matar a un hombre (por sus ideas) no es defender una doctrina. Es matar a un hombre”.
De persecución y muerte a manos de la intolerancia sabe El Espectador: desde la cuna sufrió cierres, cárcel su fundador, cerco del obispado por “atacar los dogmas de la Iglesia Católica”, y el asesinato de su director. Es milagro humano que sobreviva entre tanto jerarca de república cristiana que quisiera verlo arder en los infiernos.
por Cristina de la Torre | Mar 22, 2017 | Marzo 2017, Régimen político
Dos vertientes religiosas se disputan el protagonismo en las derechas de Colombia. Y se disponen a marchar guiadas por la divisa Dios-Patria-Familia, símbolo tantas veces convertido por el frenesí del poder en guerra santa. En primer lugar, un nutrido enjambre de pastores evangélicos parece respirar el aire de la dictadura de Calvino en Ginebra, fundador de la corriente protestante que castigó en la hoguera la libertad de conciencia, impuso por el terror una teocracia monocrática y catapultó el enriquecimiento de los elegidos de Dios. Como se enriquece hoy con diezmos de pobres nuestro pastor Arrázola y amenaza de muerte al periodista que libremente cuestiona su iglesia. De otro lado, una derivación ultramontana del catolicismo invoca la Inquisición y el fascismo español de Primo de Rivera, cuyo brazo derecho fue la Iglesia. Y su discípula criolla, la dirigencia conservadora-clerical que se dio aquí a la Violencia, en la mira la patria de Cristo-rey elevada a poder del Estado. Fanatismo reavivado por la secta lefebvrista de Alejandro Ordóñez y ensayado en el uribato del Padre Marianito.
La democracia liberal triunfó del absolutismo hace siglos para asegurar pluralidad de ideas y derechos civiles para todos. Pero los estragos causados por la economía liberal librada a la gula de los más ricos —y el desprecio de un laicismo dogmático por sentimientos religiosos que habitan en multitudes— provocaron la sorpresiva involución: vuelven las derechas a armarse con el atávico expediente de la fuerza y la arbitrariedad como palancas de un gobierno de Dios y para Dios. Calibrado el 2 de octubre su potencial de manipulación contra la paz, contra la libertad sexual y la educación laica, planean reagruparse sin ocultar ahora su más retardataria inspiración.
Fraseología, imágenes y propuestas suyas parecen entresacadas, a la letra, del jefe de la Falange española. Primo de Rivera marcó su fascismo con la impronta católica. Exaltó la violencia y la acción directa, la misma que Laureano llamaría acción intrépida; y enarboló banderas de Dios, patria, familia, propiedad y orden. Todo bajo la égida de un integrismo católico llamado a proteger la tradición contra la modernidad, la democracia y las libertades ciudadanas. Propugnaba en su lugar el regreso al absolutismo y a la Inquisición. Fue su divisa instaurar una república católica y autoritaria.
Lo fue también de Los Leopardos, cepa ideológica de la extrema conservadora que antepuso a las reformas liberales de los años 30 la Violencia. Y las ahogó en sangre. Mientras el episcopado invita a desacatar la Carta del 36 porque “contraría la ley de Dios y la verdad religiosa”, Augusto Ramírez Moreno exclama: “yo quiero una patria justa, grande y moral donde la familia sea respetada […] el concepto de la propiedad intocado [y] la educación inspirada en los principios eternos de Dios”. Y remata: “juramos por la Trinidad inmóvil que dominaremos el temor abyecto de morir en defensa de Dios”. Así honra el llamado de fray Mora Díaz a responder con guerra santa a una Carta que “ataca los derechos espirituales”.
Ya se recordaba aquí que el partido Voto Católico, dilecto seguidor de Ordóñez, difunde consejas contra la “bestia liberal”. Invita, por boca del padre Iraburu, a librar resistencia armada contra los gobiernos que prescinden de Dios. Denosta de la modernidad y de la superstición diabólica de la democracia liberal. Y añora las cruzadas y las órdenes militares. En su tesis de grado como abogado exalta Ordóñez “los alzamientos militares del heroico catolicismo mexicano y español”. Se comprenderá por qué estos amantes de la guerra quieran tumbar el acuerdo de paz que clausuró una conflagración de medio siglo en Colombia.
por Cristina de la Torre | Nov 6, 2016 | Iglesias, Noviembre 2016, Política exterior, POR FECHA, POR TEMA
Gane o pierda la elección, Donald Trump produjo ya un hecho capital: interpretó con exquisita fidelidad la indignación y el conservadurismo de un segmento vital de la clase media estadounidense; su derechismo soterrado en tiempos de prosperidad y, descarnado, en las vacas flacas. Exacerbó la reacción de los golpeados por las precariedades del trabajo, contra el inmigrante advenedizo que se arrima a la ubre exausta. Y removió la gama entera de prejuicios adormecidos en el ADN de aquel segmento social: xenofobia, misoginia, homofobia, fundamentalismo religioso, patrioterismo; y, vergüenza de la primera democracia del orbe, un odio hacia los negros que arde periódicamente desde 1866 en las cruces de fuego del Ku Klux Klan. Héroe de los neonazis en ese país y de David Duke, refundador de la orden de marras en 1974, unos y otro comparten el ideario de Trump. Es éste a un tiempo adalid del racismo agazapado y del confeso, que ha vuelto a apuntarse asesinatos de negros aquí y allá. Luis Cambustón descubre el racismo de Trump también en la sindicación de que Obama no nació en Estados Unidos y es musulmán. En esto lo siguen quienes deploran el Gobierno de un negro, verdadera “afrenta contra la grandeza de América”.
Racismo puro y duro, como el del Ku Klux Klan, que mereció elogios de Trump: un chovinismo anti-negro predicado por la secta homicida, dizque guardiana de la civilización americana. Los negros de ayer y de hoy llevan en el alma el fardo de la esclavitud, la segregación, el linchamiento, la humillación. Sus blues esconden rabia, y el jazz, tan gozoso, rebeldía. La que condujo al sacrificio de miles de negros en ese país, al asesinato de Luther King, pese al compromiso de no-violencia en la lucha. Resistencia pasiva que en 1960 llegó a movilizar 50.000 personas por las mismas calles que 35 años atrás hubieran ocupado 50.000 marchantes del Ku Klux Klan, tocados de cruz y blanca capucha que simbolizó el terror.
Todo comenzó, como se sabe, en 1866. Con la derrota en la guerra de cesesión, surgió en el Sur la sociedad secreta que se propuso restarurar la primacía blanca-protestante y tornar a la esclavitud matando negros. Fundamentalismo racista sustentado en el asesinato y la violencia, hoy se extiende con parecidos expedientes a la población latina de Estados Unidos. Brutales como el Ku Klux Klan, empiezan a manifestarse los supremacistas raciales. Por poco matan a toda una familia de hispanos el 28 de febrero en un parque del Valle del Antílope, mientra vociferaba Trump contra los mexicanos, por “violadores y ladrones”. Ya el Klan se había revestido de religión y apuntaba contra los extranjeros, que “pervierten” las costumbres. Dios, Raza y Nación reza su escudo. Diríase esculpido por los neonazis que veneran al candidato republicano.
Contrapartida de negros y latinos, esta población blanca responde a sus propias raíces. Entre fundadores de la nueva nación, organizaron los calvinistas la sociedad sobre la autoridad de los elegidos de Dios. Fundió la congregación puritana poder político y religión, para configurar una dictadura teocrática tan inclemente como la que instaurara Calvino en Ginebra. Crudo precedente cuya impronta se percibe en la sistemática reanimación del Ku Klux Klan, la expansión del neonazismo, el franco abrazo de medio país al arcaísmo más discriminatorio y belicoso. Y la emergencia misma de un Trump capaz de disolver la democracia.
Los votantes de Trump deploran la crisis económica pero, sobre todo, que su país derivara en tierra de migrantes. Temen la arremetida de una opción pluricultural contra la suya, blanca y protestante. No es sólo Trump el que asecha, escribe Cambustón; son también el racismo y el miedo.
por Cristina de la Torre | Oct 22, 2016 | Acuerdos de paz, Iglesias, Mujer, Octubre 2016, POR FECHA, POR TEMA
No se trataba sólo de derrotar la paz; había también que compactar el bloque estratégico de los inquisidores. Desbordando la renegociación del Acuerdo y con pretexto de que éste “hiede” a ideología de género, apuntan los coligados a restaurar un Estado de confesión religiosa sustentado en la exclusividad de la familia patriarcal. Se proponen suprimir la legislación que reivindica a la mujer y ordena respeto a la diversidad sexual, normas que escandalizan a la Colombia fanatizada y violenta: a la minoría que votó “berraca”, biblia en mano, por seguir la guerra. Ya la coalición de uribismo impetuoso, iglesias evangélicas, jerarquía católica –con notables excepciones– y el exprocurador había pavimentado el camino de su triunfo agónico en el plebiscito.
Despegó la campaña por el No con movilización de padres asustados con la bufonada de que el Gobierno volvería homosexuales en los colegios a los niños. Hubo entonces intercambio de falacias en el haz de las derechas: castrochavismo, colectivización del campo, ideología de género caerían en lenguas de fuego sobre la rosada patria de los ancestros, para instaurar una dictadura comunista, atea y gay. Con verbosidad de iluminado iniciático, exclamó el pastor Miguel Arrázola: “El acuerdo de La Habana [se pactó] con brujería… ¡Fuera el enemigo! Decretemos juicio de Dios Santísimo contra los hijos del comunismo y quienes pervierten el diseño de justicia del Rey”. Desperdicio. No consigue la hipérbole disimular la razón mundana que anima a tanta iglesia evangélica: el vil metal. Arrancados sin clemencia a la feligresía, estas iglesias amasan $10 billones por año. Para gloria y prosperidad del Señor encarnado en sus pastores.
A la Santa Alianza se sumó la jerarquía católica, diestra en la siniestra aleación de religión y política. Si ayer promovió la violencia entre partidos desde el púlpito, desde él instaron hoy cientos de curas a votar No en un plebiscito convocado para sellar la paz. Dizque por sindéresis y respeto a la libertad de conciencia, había decretado el Cardenal Rubén Salazar neutralidad ante aquella consulta. Como si neutralidad cupiera cuando se juega la vida de tantos. Como si se pudiera permanecer quieto y mudo, neutral, a la vista del hombre que, vendado, amaga el paso hacia el abismo. Más atento al interés político que al mandato evangélico de defender la vida, descalificó el prelado al obispo Darío Monsalve por invitar a refrendar la paz.
Postura absurda, mas no casual. Es solución de continuidad de la batalla compartida no ha mucho entre pastores, ensotanados y el padre Marianito en las carnitas de Uribe contra la vilipendiada ideología de género. Eufemismo que designa, sin nombrarlos, el odio milenario a la mujer, el miedo a la diferencia y la diversidad. Toda una plataforma para pelearse el poder en el siglo XXI con ideas extraídas de los socavones de la Edad Media, cuando renace, impetuoso, el fanatismo religioso.
Pero no la tendrá fácil. La lucha por una integración activa, libre e igualitaria de la mujer parece imparable. Se revuelve ella contra prácticas ancestrales que la discriminan y violentan, en sociedades regidas por hombres. Apunta Ana Cristina González: “lo que pretenden los líderes que representan la más recalcitrante derecha es mantener un orden desigual, ‘natural’, dictado por su Dios e impuesto por sus pastores; no un orden que nos incluya y nos permita ser libres”. Respuesta a la ideología cavernaria que rodea este proyecto de derecha ultramontana, semejante a la dictadura teocrática que una oligarquía puritana instauró en Estados Unidos en el siglo XVII. No permitirán las colombianas borrar el trato igualitario que el Acuerdo de La Habana le dispensa la mujer.
por Cristina de la Torre | Ago 24, 2016 | Agosto 2016, Iglesias, Partidos, POR FECHA, POR TEMA
Carambola a tres bandas quiso anotarse el renacido integrismo católico. Acaso sueña la Iglesia en volver a controlar cada resquicio de la sociedad a golpes de Biblia. Flanqueada por evangélicos de idéntico propósito, aquella transmutó el legítimo derecho de los padres a intervenir en la educación de sus hijos –que nadie negaba– en batahola de creyentes desinformados. Y el uribismo, en arma de guerra. Degradando el derecho a la igualdad en “ideología de género”, las fuerzas de nuestra Colombia cerril reaccionaron en proporción a las conquistas legales de la población LGBTI. “Mi hijo, antes muerto que marica”, rezaba la pancarta de un manifestante. Aunque una cosa diga la norma escrita y otra la manera de sentir y de pensar entre incautos de comunidad cerrada, unívoca, inmóvil, ya nada podrá arrebatarle sus victorias a aquella minoría. Por su parte, el Centro Democrático apuntó a trocar la celada contra la Constitución en votos por el no a la paz. No permitiremos que se negocie la política de género con lafar, apostrofó Álvaro Uribe en el Senado. Como si al debate le faltaran disparates, oportunismo y ruindad. Y, pretensión descabellada, ambientaron ellos, todos a una, el retorno a la educación confesional, eje del integrismo católico.
Lastre vergonzoso de la república, apenas ablandado en 1872 y en 1936, desde 1991 gana sin embargo terreno la escuela laica en el país. Pese a los esfuerzos del episcopado por preservar desde las aulas su poder sobre el sentimiento religioso de la gente. Poder multiplicado con su pericia en política, en negocios, en violencia, que sacó a relucir la semana pasada en la Casa de Nariño. Y el presidente Santos, hacedor de paz contra viento y marea, dobló la rodilla al primer taconeo de los purpurados en Palacio, insubordinados como venían contra la disposición constitucional de conjurar en los colegios toda discriminación por raza, clase, religión u orientación sexual e identidad de género. Brilló, por contraste, la enhiesta ministra Parody, que ni inclinó la testa ni se postró de hinojos.
Y es que venía la jerarquía católica habituada a prevalecer sobre el Estado y sobre la sociedad colombiana. A la más ambiciosa reforma educativa que el llamado radicalismo liberal introdujo en 1872 respondió con la guerra. La nueva escuela prescindía de la escolástica regentada por la Iglesia y entronizaba, en su lugar, la “ciencia útil”. Se instituyó la educación obligatoria, neutra en materia de religión, abierta a la libertad personal, a la independencia crítica y al respeto entre condiscípulos. Quiso reemplazar la iglesia por la escuela y el cura por el maestro. Anatema. El obispo Bermúdez sentenció: “No importa que el país se convierta en ruinas y escombros, con tal que se levante sobre ellos triunfante la bandera de la religión”.
A intento parecido de introducir la escuela laica y despojar a la Iglesia del monopolio sobre la educación, respondieron ésta y su aliado, el Partido Conservador, con otra guerra: la Violencia de mediados del siglo XX. Había declarado Laureano Gómez que “de ningún modo se debe obedecer a la potestad civil cuando manda cosas contrarias a la ley divina”. Dijéranse palabras en boca de Ordóñez, de Álvaro Uribe o del cardenal Rubén Salazar, hoy cabezas de la subversión contra la democracia en la escuela.
Hay miedo en la caverna y ella lo azuza entre los más vulnerables, porque las conquistas de los estigmatizados son una realidad palpitante. Como realidad es el mandato constitucional de respetar en la escuela toda diferencia, la sexual comprendida. Tan radical la reacción del conservadurismo como desafiantes le resultan la diversidad y el pluralismo. Un peligro para la idílica uniformidad del integrismo católico.