De Petro a Sheinbaum, un abismo

Las amenazas de Trump contra Colombia y México destaparon diferencias de talante entre Petro y Sheinbaum, entre las economías de los dos países y en la idiosincrasia de sus elites. Herido el sentimiento patrio de los colombianos por la humillación infligida a sus inmigrantes, dio Petro en jugar a “el Estado soy yo” de Luis XIV y arriesgó la tercera parte de nuestras exportaciones, que van a Estados Unidos. También la presidenta Sheinbaum acusó la herida al honor de su país y la inminencia del golpe contra él. Pero invocó unidad en la consigna de “cooperación sí, subordinación no (pues) no somos colonia ni protectorado de nadie”. Acudió a la diplomacia y negoció: sabe que no ha de confiar al impulso de su indignación personal la suerte de la economía mexicana. Mientras parte del notablato colombiano se postraba de hinojos ante el déspota, el empresariado mexicano (y la oposición) cerraba filas con su presidenta en defensa de la patria mexicana. ¿Manes de la revolución nacionalista de 1917? Manes del Consenso de Washington y del TLC que nuestra dirigencia suscribió, esos sí, para sacrificar con ellos la incipiente industrialización alcanzada.

Escribe Jaime Acosta Puertas en Razón Pública que ningún producto colombiano es insustituible en Estados Unidos. Considera asombrosa, vergonzosa la debilidad de la economía colombiana, y su precariedad se ha ahondado desde 1991, cuando apostó a la importación de tecnologías y sacrificó su industrialización. Se equivocó. Lo que domina hoy es un enorme déficit comercial, pues sufrimos una doble dependencia, de tecnología y de mercados. Lo que Colombia exporta, dice, depende de la tecnología que importa; y de lo que importa vive el comercio interno. Nuestro empresariado no piensa en términos de productividad, sino de rentabilidad a corto plazo: Colombia, remata, no está en condiciones de librar una guerra de aranceles.

En México, en cambio, se prepara el empresariado para concurrir a la mesa de negociación con Trump. Es que -recuerda Mauricio Vargas- ese país vende el 80% de los buses y camiones que Estados Unidos importa, el 54% de los televisores y equipos de video, el 50% de los vegetales, el 40% de los licores y el 41% de las frutas. Los automotores, motores y partes producidos en México para el mercado estadounidense valen 173.000 millones de dólares al año. 

En los próximos seis años desarrollará el país el Plan México, estrategia de inversión que dará norte a la economía. Iniciativa de Sheinbaum, el plan busca abastecer la mitad del mercado doméstico con producción nacional. Se propone elevar en 15% su producción automotriz, aeroespacial, farmacéutica, electrónica y de semiconductores, entre otras industrias. Proyecta inversiones por 277.000 millones de dólares a 2030, crear millón y medio de empleos y situar a México entre las diez primeras economías del mundo, informa El País. Cuenta la presidenta que en el mes de gracia que logró antes de discutir de nuevo aranceles, está trabajando “a marchas forzadas” para perfeccionar su plan, e invitar de consorte al empresariado que esta semana ovacionó a la mandataria de izquierda que pone al país por encima de toda consideración.

Enorme distancia en desarrollo le lleva México a Colombia, y muy distinta la índole de sus gobernantes y sus dirigentes. Si las diferencias no los hacen mejores ni peores, la presteza de empresarios y opositores para rodear a su gobernanta en momento tan dramático debería sugerirnos a los colombianos la pregunta que repica como un cirirí: ¿si no ahora, cuándo llegará el día para concertar un acuerdo de mínimos que desborde la repartija política, y obre como el proyecto soñado de nación? ¿Cuándo abocar la reindustrialización como estrategia de desarrollo que modere las horribles inequidades de este país y plante cara a la violencia?

Estados Unidos, obra de migrantes

El trato de criminales-mafiosos-asesinos que Trump ha dispensado a migrantes colombianos es apenas parte del que da a los llegados del mundo entero que, a lo largo de dos siglos, levantaron los andamios de la nación del Norte. Pero, en alarde de vanidad sin límites, convirtió Petro la indignación del país en nota altisonante de su ilustre persona: señaló que el enemigo quería “tumbarlo” y que, de lograrlo, debería “responder ante las Américas y ante la humanidad”. Descorrió el proscenio donde Trump pudo teatralizar sus lances ante el mundo y puso nuestra economía al borde del abismo. El déspota naranja hace lo suyo: cacería de latinos en Estados Unidos, como de judíos la hubo en Alemania. Allá y acá, la razón última es racial, contra “invasores” de la patria wasp: del blanco anglosajón protestante, vástago de los primeros migrantes que, huyendo de la persecución religiosa en Europa, arribaron para fundar una dictadura teocrática y exterminar a los indios nativos. Por invasores tiene a los mexicanos que se sumaron a los pobladores originales de la mitad del territorio mexicano que los gringos se apropiaron en 1846 y configura todo el suroccidente de Estados Unidos, el verdadero invasor.

Migración esclava de negros africanos; migración de chinos que llegaron a ser 10% de la población de California; migración de indios, del sur y el oriente de Europa, de irlandeses y latinoamericanos. Migración de 1.118.000 niños comprados a sus padres o secuestrados en sus países de origen en la década de 1880, para imponerles crueles jornadas de trabajo, según el historiador Howard Zinn. Fueron todas ellas brazo y motor del progreso material y de la riqueza cultural en ese país. Hoy son casi 50 millones los migrantes, 15% de la población, parte vital del trabajo en agricultura, construcción, servicios, medicina, tecnología e innovación empresarial.

El salto a la gran plantación capitalista de algodón y tabaco se apuntaló en el contingente de esclavos negros que entre 1790 y 1860 creció de 500.000 a 4.000.000 de personas. En la población negra, en los inmigrantes europeos y chinos se afirmó el huracán del crecimiento económico que despuntó hacia finales del siglo. Pulularon contratistas que importaban chinos en masa, ocupados en la construcción del ferrocarril Transcontinental. 33.000 chinos e irlandeses trazaron sus dos grandes líneas, con elevado costo en vidas y padecimientos y miserable remuneración.

La derrota de México en 1846-48 significó la anexión a EE.UU. de Texas, Utah, Wyoming, Nevada, Arizona, California, Nuevo México, Kansas y Oklahoma, y muchos de sus pobladores adoptaron la ciudadanía estadounidense. Con las leyes migratorias de los años 60 se disparó la ola de inmigrantes mexicanos y centroamericanos. Hay hoy en EE.UU. 39.9 millones de personas de origen mexicano (de primera, segunda y tercera generación). Los inmigrantes mexicanos son 12 millones, un cuarto del total. En la década de los 90, la globalización y el traslado de empresas al extranjero golpearon el empleo y a los mexicanos se les ha acusado de desplazar del trabajo obrero a los estadounidenses. Ya desde entonces autoridades de ambos partidos se ensañan en esta población.

Trump aplica terapia de choque para asegurarle a esa potencia en decadencia su hegemonía en el planeta. Para ello, tritura valores e instituciones vitales de la democracia liberal. Vuelve por los fueros del destino manifiesto para amenazar países y arrasar desde el poder de una plutocracia insaciable. Expulsar inmigrantes en masa ayudará a dislocar a esa nación antes de que pueda sortear la crisis, pues no se extirpan impunemente órganos vitales del cuerpo social. Ni se revierte el declive que el supremacismo triunfalista se niega a contemplar, empeñado como está en violentar las fuerzas que edificaron esa nación.

Con Trump vuelven los “barones ladrones”

La ilusión de los trabajadores que votaron por Trump será efímera. Se avizora ya embestida contra la democracia por los “barones ladrones” del bronco capitalismo norteamericano de hace un siglo, sueño dorado de la Great America que reencarna en el potentado Elon Musk. Una oligarquía de empresarios y usureros que apuntaló el despegue industrial de ese país en el crecimiento colosal de su fortuna, amasada en el hambre y el agotamiento de miles y miles de inmigrantes, de negros y de blancos pobres. No se contentarán Trump en la presidencia y Musk en el poder con exprimir hasta la última gota de las ventajas que el neoliberalismo ofrece. Van por todo: por el viejo capitalismo también, inoculado sin anestesia y debidamente atornillado a un régimen de fuerza.

Si sus excesos gestaron la Gran Depresión de los años 30, los de la oligarquía neoliberal cocinaron la crisis financiera de 2008. Franklin D. Roosevelt encaró la primera con intervencionismo de un Estado empresario, redistributivo y con planificación concertada para cifrar el progreso en empleo bien remunerado. Trump-Musk enfrentan la crisis del neoliberalismo -provocada a dos manos por republicanos y demócratas- mas no para disolver las desigualdades creadas por la orgía de libertades económicas sin control. Será para imponer el gobierno totalitario de la plutocracia, sin máscaras ni remordimientos por el prestigio vuelto añicos de la que fuera primera democracia del mundo. Trump construyó su victoria sobre el desastre social que el neoliberalismo produjo, pero gobernará extremándolo. Su evocación de las glorias del pasado ignora la democracia que deslumbró a Tocqueville, para quedarse con la fuerza bruta de la riqueza acaparada.

Con Trump colapsa la mascarada que encubría a la clase dirigente de Estados Unidos y su falsa adscripción a la democracia. Pero él es a un tiempo coautor y producto de la impostura que se resuelve en desindustrialización, desregulación, monopolio de grandes corporaciones, guerras, desigualdad social y, sobre todo, en un sentimiento de traición en las clases trabajadoras que se vuelven contra las élites y contra las instituciones que aquellas trocaron en instrumento de su poder. Y chilla el contraste de su vociferación contra el establishment con las líneas de su gobierno: exención de impuestos para los multimillonarios, expulsión masiva de latinoamericanos cuyo trabajo ha enriquecido a ese país, desmonte del seguro médico, elevación de aranceles (con perjuicio del empleo y de los consumidores domésticos), violencia contra sus opositores y renacimiento de la política imperial. Ay, la desigualdad: hace 60 años, un empresario de ese país ganaba 20 veces lo que pagaba en salario promedio; hoy gana 220 veces más. Peor que el neoliberalismo, será un modelo de capitalismo sólo para los poderosos. Un desastre.

Desastre cimentado en la violencia y en la arbitrariedad del poder concentrado en la persona del egócrata que se proyecta como dictador mientras su copresidente, Musk, insulta al gobernante laborista de Inglaterra, apoya al partido neonazi alemán AFD y a su correlato italiano, la señora Meloni. Autorizado se sentirá por el propio Trump, en cuya historia figura como asesor suyo el abogado Roy Cohn, el mismo que lo hubiera sido de McCarthy, el siniestro perseguidor de opositores que en los 50 se le antojaban comunistas o “liberales”.

El neoliberalismo, discípulo del capitalismo hirsuto que prevaleció en Estados Unidos hace más de un siglo y hoy resucita en la dupla Trump-Musk, destruye las regulaciones del Estado de derecho y convierte la democracia en un leviatán corporativo. Una plutocracia sin hígados asciende al poder para formular un régimen autocrático, dirá Augusto Trujillo: el de los potentados, que privilegia el derecho de la fuerza sobre la fuerza del derecho.

Maduro-ELN, la encrucijada mayor

Silencio atronador. Entre las razones que Petro expone para preservar las relaciones con Venezuela se escabulle una principalísima: el poder que Maduro ejerce sobre las negociaciones con el ELN, puntal de la Paz Total en este gobierno. Papel preponderante juega este factor sobre el control de una larga frontera dominada por criminales (exguerrilleros entre ellos), sobre el renacido comercio binacional o los 3 millones de inmigrantes venezolanos. Calla el presidente acaso por temor a menoscabar una mediación que fue siempre funcional, o a tener que reformularla ahora ante una dictadura sangrienta como pocas se vieran en la Edad Negra de América Latina. ¿Osará Petro exigirle al sátrapa distancia frente al grupo armado que en Colombia violenta a la población para hacerse con el control de economías ilícitas, mientras obra en Venezuela como fuerza paramilitar del régimen que despliega todos los recursos del terrorismo de Estado contra su pueblo? Aunque repudiado por el mundo, querrá Maduro mantener a Petro en la postura de subordinación que ha signado su negociación con el ELN.

Reconstruye la periodista Cindy Morales las circunstancias que han convertido a Venezuela en actor estratégico de la paz en Colombia, al punto que podría alterar la dinámica de nuestro conflicto y definir su desenlace. La influencia de ese país en los diálogos con el ELN trasciende, según ella, los límites de la diplomacia convencional y se sitúa en un terreno complejo determinado por la geografía compartida -2.217 kilómetros de frontera que al ELN le ha servido de trinchera-, los intereses políticos y una densa red de relaciones históricas y sociales. 

La usurpación del poder mediante golpe de Estado por Maduro este 10 de enero, le impone a Petro un intrincado dilema político y diplomático. Pero no estriba éste en romper o no romper con Venezuela (que una cosa es la relación entre Estados y otra el señalamiento de un gobierno ilegítimo) sino en cómo replantear su participación como garante de paz con los elenos; empezando porque no podrían ellos seguir siendo socios del gobierno en ese país, menos si se erige en dictadura militar.

Pero se le va a Petro la mano en indulgencias con el ELN, como en requiebros se le va con Maduro; y compromete así sus posibilidades de éxito en el diálogo que propone para transitar a la democracia en Venezuela. No sólo acude el embajador Rengifo a la posesión de Maduro sino que se excede en venias. Petro dice que la elección de julio no fue libre por causa del bloqueo económico y, lejos de reconocer el resultado que le dio la victoria a González, propone nuevas elecciones. Y termina por cooptar el grosero mentís del régimen sobre la detención de Machado, para calificarla de “fake news”.

Tal vez por haber caído esta dictadura bajo la égida del imperialismo ruso y no bajo la del imperialismo yanqui, se revuelve nuestra derecha contra ella. Y no ahorra hipocresías. Marta Lucía Ramírez, corresponsable de la Operación Orión que arrojó decenas de muertos y 96 desaparecidos (probablemente arrojados a la Escombrera) acusa al “régimen que viola derechos humanos, tortura y comete crímenes de lesa humanidad”. Iván Duque, en cuyo gobierno se contaron por docenas los manifestantes muertos, pide una “intervención humanitaria” en Venezuela: una invasión armada extranjera, como las de Iraq, Afganistán, Siria y Yemen. Y Álvaro Uribe, bajo cuyo gobierno hubo 6.402 falsos positivos certificados, pide intervención militar internacional para tumbar la dictadura y restablecer la democracia en Venezuela. Pide sangre.

A semejante despropósito, que evoca a Ucrania y Gaza, responde el presidente Petro con un lacónico “dejen de pensar en muerte”. Mas si lo suyo es el diálogo, diálogo a derechas: sacudón de garrote y zanahoria con el ELN y bríos frente al gobierno de Maduro.

U.S.A: vuelco en los partidos

Los comicios que en 2016 eligieron a Trump revelaron cambios insospechados en la sociedad estadounidense, que trastocaron la composición de fuerzas en los partidos y reconfiguraron el mapa político. Y ese punto de inflexión persiste en esta elección de 2024. En colectividades de maleable ideología porque reúnen intereses muy diversos, a veces opuestos, de una sociedad más y más segmentada y compleja, grandes franjas de militantes invierten valores y posturas políticas: sectores que votaban siempre por su partido emigran al ideario contrario. Así lo registra Juan Negri en Le Monde Diplomatique.

En la elección de 1932 el Partido Demócrata, que había expresado los intereses del racismo y del esclavismo, se trocó en partido de los afrodescendientes; abandonaron estos el Partido Republicano, victorioso en la guerra civil de 1861 que abolió la esclavitud. Realineamiento parecido, pero de signo contrario, tuvo lugar en el seno de los demócratas esta vez, cuando chocaron la elite tradicional y una base popular anti establishment económico, nacionalista y xenófoba, hostil al modelo de mercado que la había empobrecido. Millones de trabajadores resintieron la desindustrialización de regiones enteras provocada por los tratados de libre comercio que Bill Clinton había suscrito y la supresión de regulación financiera que desembocó en la crisis de 2008.

Azuzó Trump el malestar del viejo proletariado, de franjas enormes de operarios del cordón industrial que vieron reducirse sus ingresos, después de haber sido pivote del Partido Demócrata y sujeto del modelo socialdemócrata que el New Deal de Roosevelt creara en los años 30. Se alzaron contra la globalización neoliberal y suscribieron el conservadurismo social que Trump agenciaba, mientras se erigía en adalid de la confrontación entre élite y pueblo, para reorganizar el juego político “desacoplando fuerzas que antes estaban alineadas”, dirá Negri.

No contento con su perorata contra el capitalismo salvaje, cuya paradójica, brutal encarnación es él mismo, reanimó los valores sociales y culturales más retardatarios que hibernaban en los entresijos del puritanismo secular desde tiempos del May Flower: racismo, homofobia, xenofobia, misoginia, educación confesional, anticomunismo, patriarcalismo y religión como santo y seña de ciudadanía. Y todo llevado a extremos del fundamentalismo que potencia la violencia. Trump revitaliza el conservadurismo en su rechazo al multiculturalismo, al progresismo de demócratas citadinos atentos al medio ambiente, al feminismo, a las minorías. Exacerba el odio a los “liberales”, voz peyorativa con la que se designa allá a los socialdemócratas. 

Hoy rubrica Trump su involución a la caverna con la opresión a la mujer, apunta María Antonia García (El Tiempo, 10, 19). Suspira él, como en tiempos idos, por su sumisión, por confinarla a la celda doméstica, por la maternidad forzada. En el júbilo revanchista de sus áulicos (ominoso homenaje a ultrajes sepultados por la modernidad) Trump no solo ofrece generalizar la prohibición del aborto, sino que pone en entredicho los derechos de la mujer a la educación, al trabajo, a la autonomía financiera, al sufragio. Y todo ello en la complacencia de bases obreras que fueron otrora bastión de los demócratas.

Placas tectónicas se mueven en Estados Unidos, y colisionan ahora como fuerzas antagónicas entre democracia y totalitarismo. Mas el modelo económico mismo, que dio lugar a la crisis, apenas si se menea en campaña: reverbera en la trastienda, mientras avasalla el extremismo político de un orate que ejecutaría sin vacilar amenazas de reprimir a sus contradictores con el ejército, deportar en masa a los inmigrantes y rodearse de generales “como los de Hitler”. Sí, el fascismo a las puertas del poder.

Coda: Maria Antonia García es mi hija.

Izquierda: ni lucha armada ni neoliberalismo

A sesenta años de recorrido, más fértil en crueldades que en aciertos, se consagra el Eln como fenómeno protuberante de irrelevancia histórica. Lejos de renunciar al secuestro y allanarse a la meta de deponer las armas que la paz demanda, se ratifica esa guerrilla en su principio de origen y sella una declaración con el desafiante “¡ni un paso atrás, liberación o muerte!”. En agudo, sugerente ensayo titulado “La revuelta post neoliberal, el horizonte intelectual de la nueva izquierda progresista”, señala Iván Garzón que con la caída del socialismo real en 1989 las propuestas de revolución armada periclitaron: anacronismo que, de toda Iberoamérica, solo subsiste en Colombia con el Eln, el EMC y la Segunda Marquetalia. 

Esa revolución -escribe- quedó en el pasado como figura retórica, como metáfora al uso de panfletos. Mientras rompe el progresismo con la mitología del fusil, los nuevos movimientos contra el capitalismo son antiautoritarios, igualitarios. El proyecto intelectual de la izquierda progresista busca hoy, de un lado, limar desigualdades y darle al Estado un rol activo frente al mercado: es la revuelta anti neoliberal, de reformismo socialista y democrático, ecológica, mestiza y feminista. Y, del otro, el fin de las utopías del siglo XX trajo una convicción rotunda: cualquier nuevo mundo imaginado no será ya alumbrado con una revolución violenta. Desde estos dos flancos enfrenta la izquierda el duro trance de reinventarse y darse una teoría unificadora.

El siglo XX concluyó con el desplazamiento del Estado de bienestar por el neoliberalismo, y el proceso de igualación económica que había despuntado en la posguerra se revirtió abruptamente. Este capitalismo agresivo, de avanzada financiera, es el nuevo paradigma. Tan desafiantes sus excesos – diría uno- que la nueva izquierda, liberada de la fantasía insurreccional, echa mano en su perplejidad de la divisa socialdemócrata. Que tiene en nuestros países su historia como Estado promotor del desarrollo, primeros intentos redistributivos y hoy ampliado al abigarrado cuadro del movimiento social. Fresco de industrialización precaria o frustrada, donde la tensión burguesía-clase trabajadora y su revolución proletaria apenas se insinúa. Otro símbolo prestado a nuestra vieja izquierda, diluido en sueños.

Señala nuestro autor que el capitalismo mutó de modelo económico a un tipo de sociedad: el ethos de la sociedad neoliberal. La nueva izquierda sazona su alternativa desde las barricadas de su revuelta: justicia fiscal, Estado emprendedor, ecología, no violencia y un buen vivir. Paradoja: es revuelta, no revolución.

Inquietudes. Uno: afirma Garzón que nuestra izquierda no está en sintonía con su pasado. Es que no fue unívoca esta fuerza. Franjas de la izquierda democrática habían ya librado batallas ideológicas con guerrillas que quisieron imponer su discurso al espectro entero de la oposición contestataria. Y el establecimiento cabalgó encantado sobre la impostura que graduaba de insurgente a todo adversario. La infló para endurecer, aún más, el sistema de privilegio. No podía esta izquierda triunfar en aquel lance, acorralada como se vio entre los fusiles de la izquierda armada y los del régimen.

Dos: Instala el autor al presidente Petro en la corriente de izquierda popular que enfrenta a la plebe con la elite, y desdeña la democracia liberal. En la otra orilla estaría el reformismo socialdemócrata que busca el consenso. Pero Petro acude lo mismo al populismo que a los rigores del Estado de derecho. Mientras agita el poder constituyente (del pueblo) convoca un acuerdo republicano sobre reformas democrático-liberales. Apunta contra el neoliberalismo y contra la violencia, desde el Congreso y con la turbamulta.