Pacto con quién y sobre qué

Pese a la embestida de troglodita que el Centro Democrático protagonizó contra el Presidente Duque cuando asumía el cargo —con oda a Álvaro Uribe, descalificación de sus jueces y puñaladas al llamado del ungido mandatario a la unidad— un pacto con el uribismo sobre políticas de Gobierno no ofrecerá obstáculos: serán las mismas del expresidente en la cosa tributaria, laboral, agraria y de seguridad. Distinto sería un compromiso en materias de Estado, como el respeto a la vida y la preservación de la paz: aquí se mostraría esta caverna cuando menos retrechera. La oposición, por su parte, adversario natural del poder en funciones, casi medio país que hoy agradece el estrechón de manos entre Robledo y Petro, espera iniciativas de fondo. Además, respeto a la libre controversia entre propuestas de gobierno. Y a la libertad de prensa, otra vez en peligro por amenazas de muerte contra la periodista que registró reunión secreta de la bancada uribista –gavilla “traidora” de malandrines que despotricaba del Gobierno que ella misma había elegido.

Mas, no es seguro que el Presidente y su partido anden divorciados. Tras el estoicismo con que Duque recibió la avalancha de lodo se habrán cincelado las dos caras de una moneda: cara de Duque, en verso amable, conciliador; sello en ruda prosa del presidente eterno y su bancada de siervos para el debate torticero en el parlamento. Así lo reconoce Nancy Patricia Gutiérrez, ministra del Interior que recibe una de las cinco carteras más importantes del gabinete, entregadas a Uribe. No existe, dijo, distancia real entre uno y otros: el Legislativo tiene que liderar el debate político y el Gobierno tiene que gobernar para todos.

De momento, el pacto se contrae al gran mundo empresarial. Duque ha conformado gabinete con predominio de los gremios, son ellos los que trazan su política económica y liderarán el diálogo social-empresarial. Ellos, quienes derivarán los frutos de trocar la economía campesina en surtidor de asalariados para la agroindustria. Y ahora se los tendrá por punta de lanza de la equidad, exótico papel asignado a capataces y señores que llevan siglos manejando el país como finca de su propiedad. Atavismo que el ministro de Defensa, Botero, recoge  para advertir, indignado, que no permitirá la protesta de minorías alebrestadas contra mayorías indefensas. Y el senador Uribe apunta a sabotear la consulta anticorrupción, como apuntó siempre contra la paz.

Consejo Gremial y ministro Carrasquilla propondrán a dos manos duplicar la base de contribuyentes para cobrar impuesto de renta a quienes devengan desde $1.900.000 y extender el IVA a la canasta familiar de la clase media. Regalos tributarios a las empresas, dizque para elevar la productividad, la competitividad, y las cotas de empleo. Pero demostrado está que estos estímulos, lejos de traducirse en puestos de trabajo, favorecen a un reducido sector de privilegiados. Dígalo, si no, la flexibilización laboral de Carrasquilla-Uribe, con su contratación temporal y de cooperativas; con sus contratos de trabajo a término fijo. Antes que reducirse el desempleo, aumentó el trabajo informal. Y esta política perdura en el nuevo Gobierno.

A las ligas mayores pertenecen las cinco temáticas de Estado que Clara López propone como materia de un pacto de país: respeto a la vida y consolidación de la paz; cumplimiento del Acuerdo con las Farc y apoyo al diálogo con el ELN para terminar definitivamente el conflicto armado; respeto a las libertades públicas, en particular al derecho de movilización y protesta pacífica, defensa de la soberanía nacional y devolución al Estado del valor de la palabra que lo designa. Si el presidente Duque las contempla, ¿incurrirá en traición al padre, para desplomarse bajo su puño de hierro?

De arte, batracios y políticos

Visionaria, Débora Arango pintó hace 70 años como batracios a las élites retardatarias de la política. A jerarcas de la Iglesia que, eternos en su  misoginia, se unieron a la encerrona contra esta pionera del arte moderno en Colombia, por ser ella contestataria y mujer. Acaso vislumbró la artista el renacer de la cruzada, hoy contra la “ideología de género” (eufemismo del odio milenario a la mujer) trocado en arma de guerra. A la campaña se sumó el cardenal Rubén Salazar, tan activo en exhibirse ahora al lado del papa Francisco que sacudió al país con su prédica de paz. Débora Arango forma parte de la reveladora obra Rebeldes, de Myriam Bautista. Reúne la escritora en ella perfiles de seis colombianas del siglo pasado, dechado de las virtudes negadas a las mujeres de su tiempo: talento, carácter y valentía para ocupar el podio de las iconoclastas. Glosamos aquí apartes del capítulo sobre la pintora antioqueña.

A Débora Arango la persiguieron, la ocultaron por humanizar a la mujer en sus desnudos; por demoler la estética del eterno femenino, tan conveniente a la supremacía del varón. Por pintar las fealdades de un país que navegaba en sangre y miseria hacia la esquiva modernidad. Por destapar en sus lienzos  el grotesco que reverberaba en el oscurantismo, en la hipocresía y el poder intimidatorio de las fuerzas más retrógradas. Hoy convergen éstas de nuevo para disputarse el poder en 2018 y reavivar el espíritu fascista que acosó a la pintora; retroceso que iniciaba ya el gobierno de Seguridad Democrática.

Discípula de Pedro Nel Gómez, incursionó Débora Arango en el expresionismo con sus desnudos, sus óleos y acuarelas de sátira política y de denuncia social. En 1939 debutó con una exposición que el diario conservador La Defensa consideró “obra impúdica que ni siquiera un hombre debiera exhibir”. El obispo de Medellín, García Benítez, la reconvino por mostrar obra indigna de una mujer (no de un hombre). Pero ella siguió pintando desnudos sabiendo  que un cuerpo puede no ser bello, pero es humano, natural. El arte, dijo, no tiene que ver con la moral: un desnudo el sólo naturaleza sin disfraz, paisaje en carne humana. Como la vida no puede apreciarse desde la hipocresía y el ocultamiento, mis temas son duros, acres, casi bárbaros y desconciertan a quienes quieren hacer de la naturaleza lo que no es.

En animales representó a los protagonistas de la política y de la Violencia. Primera en cuestionar el poder desde la pintura, revolucionaria no de palabra sino de obra, se paseó por el 9 de abril, la dictadura de Rojas y el Frente Nacional. Escribe Santiago Londoño que a la idealización de la antioqueñidad opuso Arango la realidad de los marginales. Y la de la política: “batracios, reptiles, aves de rapiña, sapos, lobos sustituyen a los políticos y a sus aduladores. (Hay también) ratas que arañan el erario, sapos entorchados que se regocijan en su banquete”. Obispos, calaveras y serpientes refrendan el esperpéntico saqueo. Catilinarias le dedicó Laureano Gómez desde el Capitolio. Y Francisco Franco mandó descolgar sus cuadros el día mismo en que se iniciaba una exposición de Arango en Madrid.

Mas ella pintó lo que quiso, contra su tiempo y su medio. Contra las fuerzas de una sociedad paralizada en las tinieblas y en la arbitrariedad. En medio de políticos afectos a la Falange española; de damas de insospechable ferocidad organizadas en ligas de la decencia; de purpurados que reinaban sobre las almas, la escuela y las instituciones públicas. Como a tantas rebeldes, a Débora Arango la aislaron, la abrumaron de consejas y la señalaron todos los dedos de la inquisición. Sólo a los 70 años le llegó la consagración, llevada por mujeres al trono dorado de los blasfemos.

 

Ilva Myriam Hoyos

Siendo ella misma fémina, encarna para muchos sin embargo la venganza bíblica contra la mujer; para otros –reducto beligerante de católicos- personifica a Juana de Arco en cruzada heroica contra el aborto. Práctica que su fe eleva a epítome de la depravación femenina, aunque lleve la venia de los jueces y ella diga respetarlos. Ilva Myriam Hoyos se multiplica como procuradora delegada para infancia, adolescencia, familia y mujer; mas consagra casi todas sus horas a obstaculizar el aborto terapéutico que la Corte autorizó, pues le niega su carácter de derecho. Una idea fija parece poseerla: el derecho a la vida del feto prevalece sobre el de la madre. “Hay que armonizar ambos derechos”, corrige. Pero en la disyuntiva suprema, la sentencia de muerte recae sobre la mujer.

Doctor cum laude en filosofía del derecho de la universidad de Navarra y  decana de Derecho en la universidad de La Sabana, centros académicos del Opus Dei, Hoyos es reciedumbre y rigor metidos en una figura tan frágil como la del angelito de porcelana que preside la inmensidad de su escritorio. “Soy muy estricta conmigo misma, he estudiado toda mi vida”, declara para sellar una alusión a su casa poblada de libros de jurisprudencia. Y sonríe, casi feliz, sin pizca de vanidad. Padres y sobrinos llenan el espacio de sus afectos.

Alma de misa diaria, esta mujer –breve de estatura, prolija de palabra, indoblegable- no vaciló en urdir el naufragio de la Clínica de la Mujer en Medellín. Vislumbró un centro “abortista”. Su intervención alentó  levantamiento de la curia y del ultraconservadurismo antioqueño que, con aplauso de la Procuraduría, redundó en campaña para derogar la norma que autoriza el aborto en tres casos de excepción. Aunque la nuestra es Constitución de un Estado laico, quiere contravenírsela por razones religiosas y desde la instancia misma llamada a defender el orden jurídico. No ha mucho, la Corte la conminó a rectificar declaraciones suyas que se entendieron enderezadas a boicotear la información sobre derechos sexuales y reproductivos. “Fueron días muy duros”, confiesa. Pero algo de razón le asiste, por incuria en la instrucción que algunos imparten sobre la materia. El Estado debe tomar cartas en el asunto –puntualiza- pero la sociedad también.

Difícil adivinar qué fuerza misteriosa arrastra a esta mujer al sacrificio de sus congéneres. ¿Acaso la mística, siempre pródiga en llenar vacíos? ¿Flagelo en la otra orilla de las mismas espinas que atormentan a la mujer que aborta: soledad, tristeza, miedo?

Angélica Lozano: la revelación

“¡Tengo el ego alborotado!”, musitó venciendo el pudor, mientras se deleitaba en su taza de chocolate en leche de almendras. No sería para menos. Entre miles de líderes de opinión consultados en el país, Angélica Lozano acababa de clasificar como mejor representante a la Cámara, a sólo un año de estrenarse en la corporación. Otra rareza en esta Colombia, meca continental del conservadurismo, que así exaltaba a la iconoclasta forjada desde sus años mozos en las mil batallas que irritan al monolito del poder. Pero, ¿ego? No. Dueña de verbo vivaz, preciso, madurada prematuramente a golpes de rigor y valentía, no asoma en esta dirigente de 40 años una pizca de vanidad.

Ni siquiera se adjudica la renuncia del superministro de Presidencia y preceptor de la plutocracia, Néstor Humberto Martínez, cuando el país todo lo vio derrumbarse a instancias de su antagonista, en el debate sobre equilibrio de poderes. Ella le probó que había pacto de favores mutuos con las Altas Cortes para malograr la democratización del mando en la Justicia. Y él, víctima de su propio reto, abandonó el cargo. A poco se la vio enfrentar, con la misma vehemencia, al superfiscal Montealegre. Primero, por querer sabotear el tribunal de aforados llamado a investigarlo; después, por proponerse abortar el derecho pleno al aborto. Sin consideración del proyecto integral en ciernes, pluripartidista, donde el aborto es apenas parte de la educación sexual. La iniciativa del Fiscal, dice Lozano, es una burla al aborto y puede causarle daño irreparable.

Tras estos episodios, muestra al canto en su recorrido de audacias, hubo una niña tímida, confinada en su propia alma. Pasó en la infancia por once colegios de barrio, donde hacer amigos fue lujo de otros. Hasta cuando ingresó en el internado del colegio salesiano de Madrid, Cundinamarca. Entonces despertó toda su vitalidad represada y echó al vuelo la imaginación. Notas que sellarían su paso por la universidad, donde se hizo abogada; y por Opción Colombia, antesala de las lides que le esperaban. En la patria olvidada de Puerto Nariño, Amazonas, vivió ella “la experiencia más importante” de su vida.

“Soy hija del embarazo adolescente”, expresa sin rencor, de seguro por su familiaridad con el drama de miles de jóvenes incautos cuya educación sexual reivindica ella con pasión. Embarazada siendo casi niña, debió su madre abandonar el pueblo; y su padre, adorador de los toros, “se voló para España”. La crianza de Angélica corrió por cuenta de tías y abuelos.

En política debutó siguiendo el expediente del Proceso 8.000. Ha transitado desde entonces por toda la gama de opciones distintas de las ortodoxias de izquierda y de derecha, con una divisa poderosa en su simplicidad: no robar, no matar, respetar las reglas del juego, en un partido que persiga inclusión, equidad y democracia. Cofundadora del Polo, a esa agrupación renunció el día en que oyó a sus dirigentes legitimar por la radio el asesinato de 12 diputados del Valle por sus secuestradores, las Farc.

Líder feminista, como alcaldesa de Chapinero creó Lozano un Centro de atención a la comunidad y de orientación para la población LGBTI, piedra angular del movimiento que se aboca a su última conquista, el matrimonio igualitario. Mas su lucha desborda el interés particular de los homosexuales: apunta al derecho de millones de colombianos a ser libres de discriminación racial,  religiosa,  social o sexual. Invoca la igualdad de todas las comunidades históricamente excluidas.

No les teme Angélica Lozano a los poderosos: los enfrenta. Pero sí le asusta perder la asignatura de Desarrollo Sostenible en maestría que cursa en la universidad. Ella, que demandó el Plan Nacional de Desarrollo con ponencia exhaustiva, la lleva perdida. Porque el profesor privilegia la participación en clase; y ella, discreta, para no hacerles sombra a sus condiscípulos, apenas participa. Así es ella. En las más duras batallas, lo arriesga todo; y en otras, por delicadeza, puede ceder a la derrota.

Camilo Torres o el sacrificio inútil

Murió de un tiro en el acto de recuperar el fusil del soldado caído, como era deber de todo guerrillero raso en el ELN: ganarse el arma en combate. Pero Camilo no era cualquier guerrillero raso. Era el líder creador del Frente Unido que hasta cuatro meses antes movilizaba multitudes con su palabra de cambio. La desaparición de este hombre, incorporado a la lucha armada por presión de esa guerrilla, es hecho fundacional del proceso que contribuyó como pocos a convertir a Colombia en meca continental de la derecha: la invasión simbólica del campo de la izquierda legal por la izquierda armada. Ésta le alienó a la primera el apoyo de la población.

 Presumiendo superioridad moral de las armas como respuesta al régimen de democracia restringida, crearon las guerrillas la impresión de que toda manifestación popular llevaba su impronta. Maná del cielo que llenó de argumentos a la derecha. Experimentada en el arte de cercar al adversario, les colgó ella el sambenito de subversivo al movimiento popular y a todo disidente político. Resultado, mordaza, persecución y hasta la muerte para quien reivindicara derechos y reformas. Tragedia al canto, el exterminio del partido legal Unión Patriótica, en parte como represalia en carne ajena por la eliminación de incontables líderes de la política tradicional a manos de las Farc. ¡No de la UP! Hoy se disponen ellas a recoger velas en vista de la paz, a dejar las armas para hacer política, a descolgarle el sambenito siniestro al resto de la izquierda. Pero en el ELN la reincorporación a la vida civil es todavía un decir.

A cincuenta años de la muerte del sacerdote, sociólogo, dirigente político y guerrillero fugaz, se presenta Camilo en el Teatro La Candelaria. Obra potente de Patricia Ariza, cargada de evocaciones y poesía, recupera la memoria del cristiano que se inmoló por amor a los excluidos. Ariza y sus actores penetran en los dilemas de un alma atormentada entre la rebeldía y el misticismo hasta el sacrificio final. Sacrificio inútil, podrá decirse, contraproducente, porque privó a Colombia del líder de izquierda democrática que no se repetiría. Porque su único rédito –deleznable– fue darle un mártir al ELN. Guerrilla precaria, miope y sin pueblo que ahogó en su fantasía de guerra el anhelo de cambio que Camilo despertó en sindicatos, universidades y plazas públicas. Fue su palabra la del concilio Vaticano lI, la de opción social por los pobres, hoy rediviva en boca de Francisco.

Sorprende la afinidad de la plataforma del Frente Unido con el discurso del Papa la semana pasada en Bolivia. Si proponía Camilo unir fuerzas del pueblo para promover desde el poder “un desarrollo socio-económico en función de las mayorías”, Francisco habla de poner la economía al servicio de los pueblos y unirlos en el camino de la paz. Si Camilo advierte sobre el peligro de cifrarlo todo en un líder, de “las camarillas, la demagogia y el personalismo”, Francisco previene contra la tentación del personalismo, el afán de liderazgos únicos y la dictadura. Si invocó Camilo  la revolución, Francisco clamó por un cambio revolucionario para superar la grave injusticia que se cierne sobre los pobres.

He aquí el escenario donde empezaba Camilo a convertir su amor eficaz en divisa de acción política. Malograda por los que reverenciaron el credo de las armas, despreciaron la política y permitieron que ese imaginario legitimara la cruzada sin cuartel de la caverna contra la izquierda civilista y el interés popular. Si ha de sumarse el ELN al proceso de paz, también tendrá que pedirles perdón a sus víctimas; y al país, por haber sacrificado la promesa de democracia que Camilo encarnó.