por Cristina de la Torre | Jul 20, 2008 | Internacional, Julio 2008, Personajes, Régimen político, Uribismo
La reconciliación de los Presidentes Uribe y Chávez sobrevivirá a la desconfianza que recaerá sobre Colombia por saltarse el derecho internacional y el código penal con el uso del emblema de la Cruz Roja en la Operación Jaque. Si opuestos en ideas y en los bandos del conflicto, lazos más potentes los unen en el estilo de gobernar. Con Fujimori, los mandatarios de Colombia y Venezuela configuran el trío dinámico del nuevo populismo andino. Una abundante dosis de megalomanía, hinchada por la popularidad, los eleva a redentores de los desvalidos, prestos a sacrificarlo todo por la patria. Incluso la democracia, que desfallece acorralada por una legitimidad plebiscitaria tan antigua como la embotadora incandescencia del trópico. Transformada la política en reality de televisión para la masa amorfa, nada parece hermanar tanto a estos caudillos como su talento para el melodrama mediático, de rojo Chávez en Aló Presidente, de ruana Uribe en sus consejos comunales.
Fujimori y Chávez triunfaron por las urnas y, no bien posesionados del cargo, derivaron en autócratas. El peruano, para montar el neoliberalismo; el venezolano, diez años después, para desmontarlo. Trepados sobre el descontento popular, concentraron todo el poder en la persona del gobernante, avasallando el sistema de división de poderes públicos propio de la democracia. Como lo señala el analista peruano Martín Tanaka, al calor del caudillismo socavaron la competencia política e instalaron populismos autoritarios, si bien de signo político contrario. Movilizaron a los excluidos. Y feriaron como cosa propia los recursos públicos entre la pobrecía, ya en consejos comunales el “Chinito”, ya en “misiones” el bolivariano. Pero ambos gracias a la centralización del gasto social en la oficina del Presidente.
Chávez debutó con referendo para convocar una constituyente que envolvió un régimen autoritario en gasas de “democracia directa”: disolvió el Congreso y las asambleas legislativas. Destituyó gobernadores. Clausuró el Consejo del Poder Judicial y la Corte Suprema de Justicia. El “encarnaba” la voluntad popular. Luego, hincó sus garras sobre la renacida Corte Suprema, censuró la prensa, hizo aprobar una ley de reelección indefinida, y acreció la dilapidación populista de la renta petrolera.
Fujimori redujo, de entrada, la hiperinflación que agobiaba al país y derrotó a la guerrilla de Sendero Luminoso. Entonces se propuso monopolizar todo el poder, indefinidamente. Dio autogolpe, y clausuró el Congreso y los órganos supremos del poder judicial. Triunfó sobre los partidos y las instituciones democráticas, gracias al respaldo de las Fuerzas Armadas, de los grandes empresarios, y del pueblo. También él convocó Constituyente mediante referendo, para concentrar el poder en el Ejecutivo y dar vía libre a la reelección del Presidente.
Si bien Uribe comparte con sus homólogos el talante y ejecutorias varias, hay diferencias. Primero, aquí la polarización disolvió el centro y convirtió en país de derecha al que era mayoritariamente liberal. El gobierno, con ayuda de las Farc, terminó por imponer la definición de opciones políticas según parámetros de guerra: se es uribista o antiuribista. Segundo, no se han clausurado el Congreso ni las Cortes. Pero el nuestro es un Legislativo subordinado al Presidente. Y si la Corte sucumbe a la persecución del mismo, terminará por supeditar las decisiones judiciales al interés político del Príncipe. Tercero, pocos gobiernos han desconceptuado como éste a la oposición, y tolerado tanto las malas compañías en el poder.
Justificada la arbitrariedad por sus éxitos contra la guerrilla, Uribe emula el modelo de los vecinos. La diferencia parece ser de grado, no de naturaleza. Dios, que tan de moda está, nos libre de ese mal.
por Cristina de la Torre | Jun 15, 2008 | Junio 2008, Personajes, Régimen político, Uribismo
El veto del General Naranjo a la serie de televisión “El Cartel” parece completar el cuadro que va configurando en Colombia el delito de opinión, propio de los Estados policivos. Equiparado el opositor al indeseable o al terrorista disfrazado, será fácil perseguir al escritor Alfredo Molano por apartarse de la ideología oficial y hacer crítica social. O producir desde Palacio un manual para periodistas que “sugerirá” acoger la noción de dios y patria de un Estado cada día más confesional. O convertir a los 200 mil vigilantes privados en “cooperantes” de los organismos de inteligencia, con la misión de sapear a los vecinos, con fundamento o sin él, pero en la patriótica divisa de la seguridad democrática. Versión de derecha de los ominosos Comités de Defensa de la Revolución Cubana, hoy incrustados también en Venezuela. Red de espionaje a la ciudadanía que aumentará el temor a hablar, a discrepar, a confesar simpatías por opciones distintas del uribismo.
Y ahora el jefe de la Policía, hombre probo, se muestra indignado porque un drama sobre narcotraficantes dizque confunde ficción con realidad, distorsiona la verdad, ridiculiza al Estado y sus instituciones, convierte en villanos a los héroes que enfrentaron a los asesinos, exalta a la delincuencia y confunde a la audiencia al subordinar los valores democráticos a los antivalores delictivos. Como responsable de la seguridad y la convivencia –declara-, rechaza interpretaciones que no distingan entre policías buenos y malos. Considera del caso que la ley impida desfigurar “los principios y valores que deben movilizar a nuestra sociedad”.
Como a cualquier espectador, al General Naranjo le asiste el derecho de opinar sobre esta obra dramática del arte escénico. Otros reaccionarán en contrario o por caminos inesperados, efecto plural que es virtud de la función social del arte. Pero no puede el funcionario imponerle al artista una verdad oficial. Ni la moral consagrada por el Príncipe, tan socorrida de déspotas y sátrapas en la premodernidad. Mandones de duro puño que reencarnan en cada místico de la política, de la religión o de la guerra revestido de un aura divina para ejercer la vigilancia dogmática de la sociedad.
Se debate el General en la falsa dicotomía entre ficción y realidad. Pero todo artista parte de la realidad, y la re-crea a su manera. Convierte su arbitraria interpretación de las cosas en símbolo, en metáfora, en modo único de condensarlas. Que “El Cartel” deforma la historia, es posible. Guardadas proporciones, no se le reprochan a Shakespeare las inexactitudes históricas de sus tragedias. Ni a “Casablanca”, obra excelsa del cine, el que metiera nazis en un Marruecos que no los tuvo. No ha de juzgarse si la obra de arte retrata o no la realidad, si dice o no la verdad, si es buena o mala, sublime o perniciosa. El criterio será si la obra resulta verosímil, si llena la cota de calidad que la inscribe en el territorio del arte.
Estética y moral pertenecen a esferas distintas. El arte no tiene por qué ser edificante, como la vida de los santos y los héroes. De hecho, puede ridiculizarlos, y entonces resultará peligroso para los guardianes del orden. Mas, a su vez, podrá educar el criterio en la diversidad de interpretaciones que ofrece, refinar la perceptividad, echar al vuelo la imaginación. El arte, si lo es, es crítico, arbitrario, heterodoxo. Confronta al espectador con sus propios valores y experiencias, suscita mil sentimientos y posturas. Libera. Y convida al pluralismo. Pluralismo y tolerancia, demonios de censores siempre prestos a conjurar desde la fe la opinión libre. Condenar una obra dramática es como quemar un libro. Y allí donde queman libros, dice Heine, acaban quemando hombres.