CARLOS LLERAS: EL PASADO EN PRESENTE

Carlos Lleras no es el personaje del año. Es nuestro hombre en el último medio siglo. Ajeno a la demagogia y al teflón, fue estadista capaz de ofrecerle a su país un proyecto histórico, sin hacerle concesiones a la popularidad construida en el vacío. Sin la reacción que se le interpuso, sus estrategias de desarrollo tendrían hoy a Colombia por émulo de Corea. El desplome del modelo que vino a reemplazar su propuesta de industrialización permite sospechar que no todo pasado fue peor. Pero en su indigencia programática, los partidos –el Polo comprendido- no querrán siquiera ensayar un balance del Estatuto de capitales y comercio exterior de Lleras Restrepo, por ver si algo sirviera de allí para vencer nuestra pobreza vernácula y recuperar la esperanza.

Cuando en 1967 se expidió el Decreto 444, la industria nacional parecía estancada y, para expandirse, necesitaba nuevos compradores. En términos de los especialistas, el modelo de sustitución de importaciones debía saltar hacia la promoción de exportaciones. Para ensanchar mercados e integrarse al mundo, había que exportar, atraer inversión extranjera para sectores productivos, y ordenar el manejo de la política cambiaria y comercial.  Lleras señaló un desequilibrio permanente entre importaciones y exportaciones. Y se propuso equilibrar la balanza de pagos. En sintonía con la CEPAL, dibujó tres estrategias de fondo: ampliar y diversificar exportaciones para no seguir dependiendo del café; controlar el movimiento de divisas y las importaciones; y promover la sustitución de importaciones. A ello agregó el control de capitales y de la inversión extranjera.

Acostumbrado a imponer medidas de choque como la devaluación masiva que había desencadenado aguda crisis en Colombia, no le gustaron al Fondo Monetario Internacional aquellas políticas. Pero el Presidente se le enfrentó. Reclamó el derecho del país a regir sus destinos, pues “creemos que el manejo de la patria se nos confió a nosotros y no a los organismos internacionales”. Consideraba él que no se podía seguir cediendo al chantaje de Estados Unidos de condicionar el crédito externo a la libre importación de sus productos.

Con todo, el salto a las exportaciones debía acompañarse de mayor estímulo a la inversión extranjera, de preferencia en asociación con capitales nativos en grandes empresas productivas. Propugnaba la formación de capitales mixtos, no la preeminencia del capital foráneo, que le daría a nuestra economía “caracteres colonialistas”. Reglamentaba el mercado de capitales, poniendo cortapisa a aquellos que quisieran especular. Por lo visto, Todo aquello parece un mal recuerdo. La balanza cambiaria del Banco de la República muestra un déficit creciente, asustador. Y el endeudamiento crece en forma exponencial.

Idea original de Lleras, el Grupo Andino buscaba ampliar el mercado para darle salida a la producción estancada por la saturación del mercado local. Pero la zaga de tropiezos que frustraron la integración andina culminó con el golpe de gracia de tratados de comercio bilaterales que aniquilan la capacidad negociadora de la región con el mundo desarrollado. Y con las multinacionales, poco dadas a invertir en mercados liliputienses, si se los compara con los de China o el Brasil.

Ceguera imperdonable la de menospreciar tal esquema de integración. Entre tanto, el presidente de Colombia parece más interesado en disputarse el podio del populismo con otros pares andinos; y el expresidente Lleras acaricia desde su tumba la ilusión de que tanta insensatez toque a su fin.

“Hay en Colombia una realidad espeluznante” Afirma Iván Cepeda, mentor de la lucha por los Derechos Humanos

Cuatro veces se abrió paso su mamá en las estaciones de policía para rescatar al adolescente que allí pernoctaba bajo el ribete de “agitador profesional” cuando oficiaba como dirigente de la Juventud Comunista en el colegio. Pero no era ella una madre como las demás. Mientras todas reconvenían a sus hijos por atravesados, Yira Castro, sincelejana de risa abierta, lo cubría de besos. Y manuel Cepeda, el padre, lo premiaba solemne con un apretón de manos. Niño colado en la generación amordazada del Frente Nacional, tres décadas después la aventura de ocasión había derivado en amenaza diaria de morir baleado por atreverse a gritar a los cuatro vientos que miles de colombianos caen asesinados por paramilitares o por agentes del Estado. Como cayó su padre, el último parlamentario vivo de la Unión Patriótica (UP), en una mañana sin sol de 1994.

Que hubiera tenido divergencias ideológicas con él, en público y en privado, no le impidió al hijo librar una lucha sin atenuantes por preservar la memoria del progenitor, de los que han muerto por desafiar las ideas consagradas y de las víctimas inocentes de los ejércitos de todos los colores. Ni héroe de epopeya, ni poeta maldito, Iván Cepeda evoca más bien al antihéroe de la pelea gris, sin esperanza, contra un Príncipe que parece poseído de su propia imagen de grandeza, apenas deslucida por algún audaz; y, sobre todo, contra José Obdulio Gaviria, el poder detrás del trono. Aunque Cepeda no casa riñas personales, se convirtió en contraparte del asesor presidencial y hoy es ícono de la lucha por preservar los Derechos Humanos en Colombia. Anatema para este gobierno que a menudo la asocia al terrorismo.

En particular con ocasión de la marcha del 6 de marzo que Cepeda promovió para reivindicar a las víctimas del Estado, a desplazados, desaparecidos y ejecutados. El Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, del cual es portavoz, denunció más de 20 mil desaparecidos, muchos de ellos asesinados, enterrados en fosas comunes o arrojados, ya cadáveres, a los ríos. El asesor de Palacio declaró que la movilización era obra de las Farc y Cepeda lo responsabilizó de cuanto pudiera ocurrirles a los organizadores de la manifestación. Se acentuó el asedio a líderes sindicales, dirigentes sociales y hombres de izquierda, hasta culminar en el asesinato de seis de los promotores de la marcha. Entonces 63 congresistas de los Estados Unidos instaron al Presidente Uribe a desautorizar a Gaviria. Y este último debió retractarse. Obra de las organizaciones de Derechos Humanos, del cambio de brújula en la política norteamericana y del escándalo de los falsos positivos, el mundo empieza a reconocer que en Colombia hay crímenes de Estado. El 14 de noviembre, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por el asesinato del senador Manuel Cepeda.

Como un bálsamo debió caerle la noticia a Iván; mas no para la revancha. Acaso haya desempolvado su viejo tomo de Dostoievski, rescatado de entre cientos de maravillas diminutas, artesanías y recuerdos de países lejanos que subvierten la uniformidad de la biblioteca y han sitiado a los libros contra la pared: “el ser humano no es violento por naturaleza –dice-. Raskólnikov, protagonista de Crimen y Castigo, me enseñó que al hombre se le presenta siempre la opción de ser violento o no serlo. Está más sujeto a un principio ético  que determinado por la fatalidad”. Cuánto contraste, piensa uno, con el sentencioso lugar común de Spiros Stathoulopoulos, el director de la película PVC-1, para quien “la maldad humana siempre es cruda”. Entre las páginas del ruso o las de Thomas Mann, su otro favorito, puede andar Cepeda haciéndole antesala al lanzamiento de su libro, A las puertas del Ubérrimo, que tendrá lugar pasado mañana. Escrita en compañía del director de Codhes, Jorge Rojas, la obra describe el entorno social del nuevo poder que se ha instalado en Colombia,  y augura acalorada controversia.

Iván Cepeda acumula más vida de la que sus 46 años parecen soportar. Vástago de una pareja en exilio intermitente, ha pasado la tercera parte de sus años en el extranjero. Experimentó en carne propia el régimen del socialismo real y su agonía en  países de la órbita soviética. Vivencia privilegiada que le daría razones para romper, a la caída del muro de Berlín, con el Partido Comunista de Colombia e ingresar a la Alianza Democrática M-19 una vez que el grupo armado se hubo legalizado. Hoy es miembro del Polo Democrático. A la edad de 6 años presenció, con ojos muy abiertos y enfundado en un grueso gabán, la Primavera de Praga, rebelión del pueblo checo contra el guante de hierro de Moscú. A los 19 marchó a Bulgaria, donde estudió filosofía y no cejó en el debate académico sobre la capacidad de la dogmática marxista para dar cuenta de la realidad. Ya había sido Cuba, a los dos años, cuando los primeros pasos fueron también incursión inexorable en la política. “El socialismo era democracia en economía, sí, pero autocracia en política”, concluyó.

En 1987, a los 25 años, cuando la Perestroika hacía mella en la izquierda colombiana, regresó al país. Un hombre de cabello ensortijado, tan versado en tangos como brillante en la crítica, condensó la artillería política que hizo tambalear el sólido edificio de la ortodoxia comunista. Era Bernardo Jaramillo. Iván Cepeda se le unió, discutió con la pasión que el momento exigía y proclamó, ya desde entonces, una condena al secuestro, práctica de horror. “Confieso sin modestia que me llena de orgullo el haberlo hecho, una y otra vez, desde hace 20 años”.  Jaramillo siguió liderando la crítica, a distancia sideral de Moscú y de las Farc. Hasta cuando lo mataron, tres años después, en 1990. “Con su muerte se frustró la esperanza de toda una generación –se duele. Jaramillo ofrecía la posibilidad de liderar una transformación de fondo en la izquierda”.

Según Cepeda, en la crisis del Partido Comunista y de la UP no pesó únicamente el periclitar del socialismo soviético. Pesó, sobre todo, el exterminio de toda una organización política de izquierda: “Desaparecieron miles de cuadros y líderes que hoy estarían desempeñando papel de primer orden en la política del país. Desapareció una oportunidad privilegiada de democratización de la izquierda. Si con el exterminio pensaba la derecha que eliminaba la subversión, sacrificó fue la parte más avanzada de la izquierda. Y creo que la suprimieron precisamente por eso. No porque fuera el sector más proclive a un proyecto militar, sino por encarnar una propuesta política, civilizatoria, democrática. Bernardo Jaramillo, José Antequera, Leonardo Posada. Era esa la generación llamada a producir un cambio político”.

Objeto que la doctrina de la combinación de formas de lucha convirtió a muchos miembros de la UP en carne de cañón de las Farc; que esta guerrilla usó a muchos de ellos en tareas de logística y luego los abandonó a su suerte. Con vehemencia apenas contenida retoma Cepeda el hilo de la conversación: “Había ambigüedad, sí, y doble discurso en la tesis del uso simultáneo  de distintas formas de lucha. Pero la UP no era el proyecto político de las Farc. Su propuesta se orientaba a renovar la democracia desde el municipio, a partir de la elección popular de alcaldes, y desde la formulación de una nueva Constitución.”  Pero la propuesta se quedó en el papel –insisto-, pues la dinámica de las Farc y su guerra sucia terminaron por prevalecer. “Eso puede ser cierto, pero sólo en parte. El hecho de bulto es que se apeló al crimen político para eliminar la posibilidad de una izquierda democrática”. También morían liberales y conservadores –apunto. “Si, y esos asesinatos son igualmente horribles. Pero no había razón ética ni política que justificara el genocidio. El secuestro no podía ser excusa para matar líderes sindicales. De haber querido erradicarlo, los paramilitares hubieran buscado a la guerrilla allí donde ella estaba. Pero claro, era más fácil eliminar sindicalistas, líderes sociales, campesinos. Entre otras razones, para acumular tierras y poder político. Los paramilitares no son una autodefensa. No puede serlo una fuerza tan agresiva, tan invasiva, que ha desaparecido a 25 mil personas y monopolizado gigantescas extensiones de tierra. No son un mecanismo de defensa; son un mecanismo de agresión, usurpación y arrasamiento”.

Cepeda piensa que no se ha hecho borrón y cuenta nueva. Los crímenes de Estado, dice, son una constante en nuestra historia contemporánea. Para él, el exterminio de la UP es un genocidio por razones políticas perpetrado por agentes del Estado en colaboración con grupos paramilitares. Los “falsos positivos” serían ejecuciones extrajudiciales precedidas de desapariciones forzadas que se han presentado en el contexto de la política de seguridad democrática. Cree que mientras existan patrones de criminalidad sistemática desde el Estado no se superará el fenómeno. Reconoce Cepeda los logros iniciales de la seguridad democrática; pero cree descubrir tras la retórica de José Obdulio Gaviria “una realidad espeluznante: la corrupción, la desinstitucionalización del país, el enriquecimiento fácil, el empoderamiento de personajes tenebrosos…”

Aseveración que parecería exagerada si no fuera porque la sociedad misma empieza a resentir la que nuestro hombre califica de “catástrofe”. Y entonces declara que “es la hora del Polo”. Con mayor razón si se frustra la reelección del Presidente Uribe. Pero tendría que estar el Polo a la altura del reto, sus dirigentes mirar más allá del ego propio, de sus propias convicciones, y responder al clamor de la sociedad. Y remata: “para ofrecer el cambio social, democrático y pacífico que Colombia requiere hoy, se necesitan generosidad, grandeza, capacidad de decisión y olfato político”. Más de uno se preguntará, no obstante, si el Polo podrá allanar dogmatismos y vencer la inopia programática que pone en entredicho su capacidad para encarar semejante desafío histórico. Si no se dejará arrastrar por clientelismos y tentaciones oprobiosas como la de llevar a la Procuraduría a un inquisidor delirante.

Cepeda coloca la paz en el corazón de sus anhelos. Estima que a ella no puede llegarse sino por medio de la negociación política . Que la guerra no termina con la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas del Estado y de los bandos en contienda. Agrega que  “si las Farc aspiran a credibilidad política, tendrán que reparar a la sociedad y liberar, cuanto antes, a todos los secuestrados”.

 ¿Tiene miedo? le pregunto. Y este hombre que se protege con acompañantes desarmados y puebla su apartamento de relojes (docenas de relojes de todos los tamaños, edades y diseños), que parecen recordarle que la vida se cuenta por minutos, responde con sencillez: “Más miedo me daría de no hacer lo que hago”.

Destacados

“El ser humano no es violento por naturaleza. Siempre puede escoger entre ser violento y no serlo. Está más sujeto a un principio ético que determinado por la fatalidad”.

“El socialismo de la Unión Soviética era democracia en economía y autocracia en política”.

“Me llena de orgullo el haber condenado el secuestro, una y otra vez, desde hace 20 años”.

“Los paramilitares no son una autodefensa; son un mecanismo de agresión, usurpación y arrasamiento”.

AMERICA: SUEÑOS QUE MATAN

El sueño americano no es uno sino dos. Ambos proceden de los “padres fundadores”, pero describen trayectorias opuestas. Uno, es el de la democracia liberal que Estados Unidos llevó por momentos a estadios dorados y que Obama rescata hoy como convivencia multirracial  e igualdad de oportunidades hecha carne. Retorno al origen libertario, ajuste de cuentas con la barbarie que duerme solapada en el mismo lecho de la civilización norteamericana: con la esclavitud y el linchamiento de negros hasta no hace mucho;  con la persecución de liberales y comunistas en tiempos del macartismo, discípula aventajada del recién sepultado fascismo; con la arrogancia de un fanático iletrado que legalizó la tortura, arrasó pueblos y condujo el suyo propio al desastre económico y moral.

El otro sueño es el del espejismo de la felicidad cifrada en un confort prestado que aísla, aniquila las fuerzas y termina por matar toda ilusión. “América”, meca de cuanto europeo sufrió hambre, se trocaba, sin embargo, en una sociedad tiranizada por el dinero; por el vértigo del consumo sin pausa, pues él era pasaporte de bonhomía y prestigio social. De seguro Benjamín Franklin, el otro fundador, no imaginó que sus “Consejos a un joven comerciante”, escrito para allanar el ingreso a la modernidad por la puerta del capitalismo, avasallarían a su pueblo. Máximas suyas fueron que el tiempo es oro y el dinero, fértil; que quien lo malgasta “asesina” (¡) la riqueza que hubiera producido con él. Filosofía de la avaricia, llamó Weber a tal doctrina, una ética cuya infracción constituye estupidez y olvido del deber. Ya Calvino, padre del puritanismo, había hecho coincidir al elegido de Dios con el rico, y al pobre, con el condenado. De donde se comprende por qué allá, ser “ganador” es poco menos que ser santo, y ser “perdedor”, una desgracia. Se pregunta uno cuán incrustada llevarían en el alma esta filosofía los ejecutivos de la especulación que de tanto acumular riqueza quebraron la economía del mundo.

Nadie ha penetrado como Arthur Miller en la entretela humana de este drama. Vimos en Bogotá por estos días La muerte de un viajante, obra del dramaturgo norteamericano que se robó por décadas el aplauso de todos los públicos. Comprendido el nuestro, que contemplaba sin pestañear el montaje de Jorge Alí Triana, pues el director volcaba  todo su talento en ésta que tantos consideran obra cumbre de la dramaturgia contemporánea. No se quedó atrás la interpretación de Luis Fernando Montoya, veraz, intensa, prodigiosa; ni las de Jennifer Steffans y Juan Sebastián Aragón.

La muerte de un viajante rompe la ilusión del sueño americano. Penetra en la intimidad de una familia de clase media donde el fracaso en los negocios se percibe como derrota vergonzosa,  y entonces, se presenta como triunfo. Piadosa o brutal, pero siempre refugio de la desesperación, la mentira revienta los lasos de sangre. Soledad, frustración, humillación, pánico al qué dirán por falta de medios para ostentar el buen vivir, se extienden como la sombra sobre una vida ingrata. Dignidad y honor dependen de la futilidad del dinero, del éxito convencional. El desenlace, la muerte.

Si Balzac desveló las pequeñas y grandes mezquindades de la burguesía francesa, Miller captó el lado oscuro del sueño americano: la deshumanización de la sociedad, antípoda de la democracia, a cuyos valores no podía volverse sino por los caminos del talento: por la increpación adolorida del artista, para recriminar el utilitarismo, con Miller;  por el acierto del visionario, para rescatar los valores libertarios, con Obama.

OBAMA, UNA REVOLUCION RACIAL

Aunque Obama no ganara la  Presidencia de los Estados Unidos, habría protagonizado el desenlace de una revolución racial impensable hace 50 años en una democracia que porfiaba todavía en sojuzgar a su población negra. Si en tiempos de Luther King ésta debió batallar por sus derechos, hoy goza de las mismas libertades y prerrogativas de los blancos. Así perviva algún sentimiento de repulsa al negro y éste siga ocupando, en general, los niveles más bajos de la escala social y sufra de pobreza, a veces extrema. Pero Obama encarna la utopía de igualdad convertida en realidad. Y su discurso rompe fronteras. Alexander Ulloa, activista de las negritudes en Colombia, declaró: “Obama nos ha dado autoestima (…) Ha cambiado la manera del negro de mirarse a sí mismo”.

El de Obama no parece ser fenómeno episódico. Sugiere un punto de inflexión en la política estadounidense, de repercusión comparable a la dura historia que le precede. Vienen a la memoria la guerra de secesión y la liberación de los esclavos que rubricó el ingreso pleno de los Estados Unidos a la democracia. Al menos formalmente, pues los linchamientos de negros en el Sur fueron cosa de todos los días y confirmaron que la guerra civil, lejos de resolver la segregación racial, la había agudizado. Se abolió la esclavitud, pero no el problema racial.

Nada hubiera cambiado sin el movimiento negro que debutó en 1955 con el boicot al transporte público en Montgomery, donde era rabiosa la costumbre de negarles los asientos a los de color. Paso inicial de una marejada que crecía con la determinación del Presidente Kennedy de extender a los negros los derechos civiles. En 1963, año de su asesinato, no había en Alabama, Mississippi y Carolina del Sur una sola escuela integrada. En Alabama, epicentro de la discriminación racial del Sur, empezaron a multiplicarse las protestas, brutalmente reprimidas por la fuerza pública. En una sola manifestación hubo 3.300 detenidos. Nunca se supo cuántos fueron los de la manifestación de 200 mil personas frente al monumento de Abraham Lincoln en Washington. Robert Kennedy recogió las banderas del mandatario sacrificado y también murió asesinado.

Con la aprobación de la ley de derechos civiles en 1964, recrudeció la violencia. El Ku Kux Klan actuaba en la sombra, pintada la cruz en el pecho y el tiro siempre certero. Hasta el Norte llegó la protesta, a menudo como anarquía, en medio de incendios y saqueos. En una semana de locura en 1965 hubo en Los Ängeles 35 muertos y más de mil heridos. Así, de motín en motín, se afianzaba el Poder Negro. Su momento estelar, el de los atletas norteamericanos que ganaron todas las medallas en los Juegos Olímpicos del 68 y acapararon, el puño en alto, la mirada incrédula del mundo entero. Imagen imborrable de las Panteras Negras.

Tras recibir el premio Nobel de Paz en 1968, moría asesinado Martin Luther King, artífice de la revolución negra cuyo legado recoge Obama, así en la palabra como en el color de la piel. No reivindica ya el “país de las maravillas” también para los niños de color sino la unidad de la nación, en sus diferencias, y alrededor de la paz.

Pasó a la historia la teoría de Stephens, Vicepresidente de la Confederación durante la guerra civil de 1860, según la cual la esclavitud, la subordinación a la “raza superior” es natural, una verdad física, filosófica y moral. Acaso también la de Luther King contra la segregación, “una insensatez económica y una imbecilidad política; pero, sobre todo, una inmoralidad”.

Obama simboliza el paso decisivo hacia la igualdad de la raza negra en Estados Unidos, mientras se configura una nueva minoría: la de los hispanos, con el muro de infamia que mandó levantar el Presidente Bush para segregar a los mexicanos y a los de parecido jaez.

INJURIA COMO ARTE

El primero en degradar el lenguaje ha sido el Presidente. Si ofende la frase “le rompo la cara, marica”, sobrecoge la que ordena, en público, “acabar” con alguien “por mi cuenta, no se preocupe”. Procacidad y amenaza no simplemente subvierten las buenas maneras, de señoritos perfumados, sí, pero también de los millones de colombianos que formamos el montón. Es que ellas denotan, además, la insolencia del poder que quiere ejercerse sin límites ni control. Alega el Presidente que no es bueno echarle tierra al debate. Enhorabuena. Mas en el debate, como en el cohecho, se necesitan por lo menos dos. Qué polémica puede haber, se pregunta uno, si a menudo el que acapara micrófonos y luces descalifica de entrada a su adversario, lo amordaza, lo intimida y lo cubre de ignominia. Antes que hablar de cancelar la controversia habría que restablecerla. Deber de la democracia es instaurarla, expandirla, protegerla en libertad. Y no de cualquier manera.

Saturado el país de este tono bochornoso, devuelto a la rudeza de tiempos que dábamos por idos, se echan de menos la invectiva política elevada a arte, la ironía elevada a poesía. León de Greiff le cantó al amor, pero también satirizó la hipocresía consagrada en una sociedad de prohombres iletrados y politicastros de postín. Como quien hace música, escribió su Balada del Abominario para increpar a aquellos “bausanes estridentes (…)/ supercríticos morosos hartos de suma fatuidad,/ arlequinescos figurines/ pletóricos de vulgaridad,/ de vicios fáciles y tontos/ y de la unánime verdad,/ y de ideales consagrados,/ y de vacua sinceridad/ (…) Andad al Limbo figurines,/ turba de lo sacramental, / inocuos y zurdos y vacuos,/ solemnes y zafios y tal…”

Y José María Vargas Vila, terror de dictadores, de la reacción  purpurada que edificó la República Conservadora sobre los pilares la Regeneración, alcanzó la gloria en diatribas que parecen escritas hoy. Borges lo consideró maestro del oprobio, la sátira y la ofensa: “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo. Ahí está vivo después de haber fatigado la infamia”, había escrito el santafereño. Si a veces extravagante, y hasta cursi, suya es la invectiva veraz e ingeniosa contra los déspotas latinoamericanos, césares “voluptuosos”, “sanguinarios”, “vanidosos hasta la estupidez”.

Se ensañó en los artífices de la Regeneración que sepultaron la revolución liberal. “Rafael Núñez, escribió, pertenecía a la raza triste de los tiranos filósofos; era déspota por hastío (…) Sin ilusiones sobre los hombres, ni sobre las cosas, era hecho para pastor de pueblos porque despreciaba profundamente el rebaño humano, tan tumultuoso, tan terrible y tan vil (…) Su obra no fue estéril; la impotencia del Talento engendró la Omnipotencia de la Fuerza; ya no hay Patria, pero aún hay Tiranía: esa es su obra”.

De Caro dijo que pertenecía “a la raza enojosa de los tiranos letrados y a la legión rencorosa de los tiranos austeros (…) Rencoroso y vengativo, con más pasión que virtud, odiando a los hombres más que a las ideas, no usó del poder sino para empequeñecerse (…) Llevó al gobierno, todas las pasiones de la plaza pública, y después de ser Catón, en el foro, no fue sino un faccioso en el poder (…) Hizo del gobierno una polémica a mano armada (…) Era un hombre ebrio de absoluto. Falto de grandeza, tuvo el culto de la insolencia; confundió la fatuidad con la dignidad; la energía con la violencia; e incapaz de levantarse hasta la generosidad, fue cruel hasta la bajeza y vengativo hasta el oprobio. Pudo haber sido un gran ciudadano y no fue sino un pequeño déspota”.

Algo ofrece el panfleto, como género, para rescatar la injuria de las alcantarillas, darle vuelo literario y encaminarla hacia el arte. Se respiraría mejor.