por Cristina de la Torre | Jul 13, 2015 | Conflicto interno, Iglesias, Izquierda, Julio 2015, La paz, Personajes, Proceso de paz
Murió de un tiro en el acto de recuperar el fusil del soldado caído, como era deber de todo guerrillero raso en el ELN: ganarse el arma en combate. Pero Camilo no era cualquier guerrillero raso. Era el líder creador del Frente Unido que hasta cuatro meses antes movilizaba multitudes con su palabra de cambio. La desaparición de este hombre, incorporado a la lucha armada por presión de esa guerrilla, es hecho fundacional del proceso que contribuyó como pocos a convertir a Colombia en meca continental de la derecha: la invasión simbólica del campo de la izquierda legal por la izquierda armada. Ésta le alienó a la primera el apoyo de la población.
Presumiendo superioridad moral de las armas como respuesta al régimen de democracia restringida, crearon las guerrillas la impresión de que toda manifestación popular llevaba su impronta. Maná del cielo que llenó de argumentos a la derecha. Experimentada en el arte de cercar al adversario, les colgó ella el sambenito de subversivo al movimiento popular y a todo disidente político. Resultado, mordaza, persecución y hasta la muerte para quien reivindicara derechos y reformas. Tragedia al canto, el exterminio del partido legal Unión Patriótica, en parte como represalia en carne ajena por la eliminación de incontables líderes de la política tradicional a manos de las Farc. ¡No de la UP! Hoy se disponen ellas a recoger velas en vista de la paz, a dejar las armas para hacer política, a descolgarle el sambenito siniestro al resto de la izquierda. Pero en el ELN la reincorporación a la vida civil es todavía un decir.
A cincuenta años de la muerte del sacerdote, sociólogo, dirigente político y guerrillero fugaz, se presenta Camilo en el Teatro La Candelaria. Obra potente de Patricia Ariza, cargada de evocaciones y poesía, recupera la memoria del cristiano que se inmoló por amor a los excluidos. Ariza y sus actores penetran en los dilemas de un alma atormentada entre la rebeldía y el misticismo hasta el sacrificio final. Sacrificio inútil, podrá decirse, contraproducente, porque privó a Colombia del líder de izquierda democrática que no se repetiría. Porque su único rédito –deleznable– fue darle un mártir al ELN. Guerrilla precaria, miope y sin pueblo que ahogó en su fantasía de guerra el anhelo de cambio que Camilo despertó en sindicatos, universidades y plazas públicas. Fue su palabra la del concilio Vaticano lI, la de opción social por los pobres, hoy rediviva en boca de Francisco.
Sorprende la afinidad de la plataforma del Frente Unido con el discurso del Papa la semana pasada en Bolivia. Si proponía Camilo unir fuerzas del pueblo para promover desde el poder “un desarrollo socio-económico en función de las mayorías”, Francisco habla de poner la economía al servicio de los pueblos y unirlos en el camino de la paz. Si Camilo advierte sobre el peligro de cifrarlo todo en un líder, de “las camarillas, la demagogia y el personalismo”, Francisco previene contra la tentación del personalismo, el afán de liderazgos únicos y la dictadura. Si invocó Camilo la revolución, Francisco clamó por un cambio revolucionario para superar la grave injusticia que se cierne sobre los pobres.
He aquí el escenario donde empezaba Camilo a convertir su amor eficaz en divisa de acción política. Malograda por los que reverenciaron el credo de las armas, despreciaron la política y permitieron que ese imaginario legitimara la cruzada sin cuartel de la caverna contra la izquierda civilista y el interés popular. Si ha de sumarse el ELN al proceso de paz, también tendrá que pedirles perdón a sus víctimas; y al país, por haber sacrificado la promesa de democracia que Camilo encarnó.
por Cristina de la Torre | Jul 6, 2015 | Iglesias, Julio 2015
Se escandaliza la plutocracia cristiana de Occidente porque musulmanes extremistas acudan a las armas, a la propaganda y al terror para expandir su Estado Islámico (EI) en nombre de Alá. Pero con medios iguales, en nombre de Cristo y contra “el eje del mal”, respondió George Bush a la atrocidad de las Torres Gemelas en 2001. Y no mató a 90 –última cosecha del wahabismo en este ramadán, que se suma a sus incontables víctimas–. Bush pulverizó en su represalia a decenas de miles de “infieles” inocentes en Irak, con bombas de sus aviones de guerra. Nunca se supo cuántos prisioneros padecieron torturas horrendas en Abu Ghraib por soldados del mandatario gringo que gobernaba con una secta protestante tan inflexible, o más, que la del nuevo califato islámico. Tan inflexible, o más, que la lefebvrista de nuestro procurador Ordóñez, nostálgico de guerra santa que no despacha con la Constitución laica sino con su propio Corán: la Biblia.
Hipócritas, magnifican el sacrificio de “herejes” chiítas por fundamentalistas islámicos, de turistas “infieles” en playas de Túnez, de soldados en trincheras enemigas. Anatema, vociferan, que el EI quiera compactar pueblos en una fe incontaminada y exclusiva, fuente del gobierno uno, inquebrantable de los sacerdotes. Ideal de teocracia que todos los monoteísmos persiguieron en la Edad Media, y cuyo campeón fue el cristianismo mediante dos instrumentos que la humanidad evoca con horror: las cruzadas contra mahometanos y judíos, los infieles, de un lado; del otro, la Santa Inquisición. Máquina de formato religioso y propósito político que durante seis siglos torturó, descoyuntó y quemó vivo a todo sospechoso de pensar por su cuenta: el hereje. Purgado así el rebaño, unido en el temor de Dios y sus ejércitos, papas y emperadores, reyes y cardenales compartieron trono, en un brazo la mitra, la espada en el otro.
Como se recordará, la Inquisición ejecutó a todo aquel que representó una amenaza potencial contra la homogeneidad religiosa de la comunidad, corolario del poder del Estado absoluto. La fe era entonces cosa pública, no privada. Escenificada para el público, la muerte del reo fue espectáculo terrorífico que aseguró sumisión sin reservas en la muchedumbre. Hubo también inquisidores protestantes.Calvino, dictador teócrata de Ginebra, mandó al humanista Miguel Servet a la hoguera, por preconizar el regreso al evangelio de Jesús y negar la Trinidad. Inmigrantes puritanos, herederos del ginebrino, replicaron en Norteamérica la teocracia oligárquica del maestro, y fueron a su vez los antecesores de George Bush.
Abruma menos esta historia que su resurrección en pleno siglo XXI. Pues hace siglos las revoluciones liberales separaron a la Iglesia del Estado, enterraron el derecho divino de los reyes y le adjudicaron a la religión el ámbito de la vida privada, lejos del poder público. Es esto acaso lo que debería sorprender. Abundó la Inquisición en decapitaciones que militantes del EI parecen emular hoy; en torturas que soldados gringos imitan en Oriente Medio. Y con mira semejante a la del pasado: juntar política y religión en un mismo haz de poder. ¿No es ese el cometido de los estados que conforman el Corredor Bíblico en Estados Unidos? ¿El del EI? ¿El del lefebvrismo criollo?
Contra el adefesio de una Iglesia que se dice portadora de amor convertida en máquina de terror, ha sabido apañárselas ella misma para recuperar la grey. Entre otras, por su capacidad para generar “deslumbrantes anticipaciones”, diría el escritor Carlos Jiménez. Como la conmovedora encíclica de Francisco que reivindica el grito de la tierra y de los pobres. Antípoda del terrorismo que practicó en su hora, y que el Estado Islámico despliega hoy.
por Cristina de la Torre | Abr 29, 2014 | Abril 2014, Iglesias
Maestro en espectáculo de masas –como su antecesor Juan Pablo Superstar-, con la ruidosa canonización de dos papas antagónicos pretende Bergoglio disolver agua en aceite. Meter en el mismo saco revolución y contrarrevolución. Como si existiera solución de continuidad entre un Juan XXIII que estremeció a la Iglesia con su activa opción por los pobres y la reacción rotunda de un Juan Pablo II que la liquidó con ímpetu de cruzado. Aunque algo indica que el papa quiere devolverle presencia a la Iglesia. Y nada más útil que evocar, si no la ruptura esencial que produjo el papa campesino y su expresión en el activismo cristiano de base y en la Teología de la Liberación, por lo menos la recuperación simbólica de aquella sublevación del espíritu evangélico.
La santificación de Juan XXIII al lado de su contrario sugiere el intento de ostentar un justo medio que saque del ostracismo a la Iglesia pero sin renunciar a sus poderes tradicionales. Tal vez a ello obedezca la calculada ambivalencia de Bergoglio en su campaña de reconquista del rebaño. Del latinoamericano en particular, el más numeroso y apetecido. Si no el cambio, un gesto de readaptación a los tiempos cuando el regreso a la democracia en este continente cogió por el flanco de la izquierda. Aunque no dirá, como lo dijo Juan XXIII, que la Iglesia debía abandonar el gueto sin perder tiempo “tirándoles piedra a los comunistas”.
Indigna, no obstante, la pretensión de Bergoglio de romper el gueto canonizando a un hombre como Wojtyla. Un papa que, en su manía ultraconservadora, desprotegió a sabiendas a monseñor Romero, obispo de El Salvador; y cuando un escuadrón de la muerte lo mató en plena misa de un disparo en el corazón, el pontífice miró para otro lado. Para el lado de la estrella polar, hasta terminar abrazado a Pinochet en un balcón de Santiago. Como abrazado se le vio, una y otra vez, a Marcial Maciel, obispo emblema de la pederastia atrincherada en la disciplina del silencio que el Vaticano impuso para cuidar, hipócrita, su imagen. Wojtyla abandonó a Romero, amado de su pueblo, y encubrió a Maciel, el miserable. Pregunta: ¿el perdón por estos pecadillos que con tanta largueza concede el papa a Juan Pablo se extiende a la iglesia argentina por su connivencia con el dictador Videla cuando el propio Bergoglio oficiaba como obispo de Buenos Aires?
Si el propósito es revivir el Concilio Vaticano II que Juan XXIII promovió, ardua tarea le espera a Francisco. Porque aquello de modernizar la Iglesia y ponerla al servicio del cambio amenaza el oscurantismo y el autoritarismo de Roma. Anatema será convertir en práctica cotidiana la opción por los pobres, y el principio que ata la salvación cristiana a la liberación económica, social y política de los oprimidos. Punto de inflexión histórico que la Conferencia Episcopal de Medellín remarcó en 1968. Pero la oposición del Vaticano desanduvo el camino. En cabeza de Juan Pablo, el Celam de Puebla declaró la contrarreforma en 1972. Desde entonces, todo fue persecución contra los cristianos que trabajaban por la justicia social. Y, claro, contra las corrientes que en la Teología de la Liberación no vieron cómo disociar aquella práctica de su sentido político. Sentido inverso con el que Wojtyla impregnaba la suya.
El gesto de Francisco podrá ser flor de un día. Contingentes enormes de católicos desesperan de que este papa pase de las palabras a los hechos. De sonrisas benevolentes ante las cámaras a un timonazo que cuestione la raíz de la injusticia y la pobreza. Pero fracasará todo intento por resucitar la obra de Juan XXIII bajo la divisa de Juan Pablo II, su enemigo supremo. Por un camino seguirá el papa santo; por otro, el papa non-sancto.
por Cristina de la Torre | Feb 11, 2014 | Febrero 2014, Iglesias
Queda en entredicho la canonización de Juan Pablo II; y en peligro, la imagen de renovador que con tanta habilidad y paciencia se ha forjado Francisco. El emplazamiento de la ONU a la Iglesia para que entregue a la justicia civil a todos los curas pedófilos y a sus purpurados encubridores, coloca al papa en una encrucijada dramática. En la contundencia sin antecedentes del organismo internacional contra la iglesia de Roma y el torrente de víctimas que exigen justicia, tendrá el pontífice que encarar este delito infame que la Iglesia cohonestó siempre por inacción o por desgana. Y romper su código de silencio.
No resultará fácil, para comenzar, la elevación de Wojtyla a los altares, habiendo protegido como protegió a Marcial Marciel, el emblemático abusador de niños, sus propios hijos comprendidos, y fundador de los Legionarios de Cristo. Hoy pretenden los nuevos jefes de la orden borrar todo delito con un acto de contrición impostada, sin comparecer en los tribunales y echándole a Maciel toda el agua sucia. Nadie de su círculo íntimo parece libre de culpa. 30 legionarios denunciados por abuso sexual siguen, no obstante, en la organización. Pero a ellos “ni los tocan”, apunta el investigador Fernando González. Que Robles, el nuevo director, perteneciera a aquella rosca, no inhibió a Francisco para darle de nuevo luz verde a la orden.
Se defiende el Vaticano diciendo haber creado una comisión contra la pederastia. Pero Sue Cox la tiene por maniobra de distracción porque los tonsurados “no pueden vigilarse a sí mismos… el Vaticano ha de ser monitoreado por un organismo independiente y secular”. Y señalar a los obispos que protegieron curas pedófilos. Miles de víctimas exigen abordar el caso como crimen de Estado y que el Vaticano sea juzgado por Naciones Unidas. Entre muchos, el ex sacerdote Alberto Athie pide detener la ceremonia de santificación de Juan Pablo II, hasta cuando las autoridades judiciales establezcan el grado de complicidad con los abusos de su amigo Maciel.
El lazo es político de origen, y financiero. Se remonta a los tiempos del sindicato Solidaridad que, al lado del papa Wojtyla, dio en tierra con la dictadura comunista en Polonia. A lo cual contribuyeron en grande los fondos de Maciel. Bajo el ala del nuevo pontífice, su orden creció como la espuma. En reciprocidad, Maciel logró que el gobierno de México invitara al papa a su país, y desde entonces cayó en desgracia también la Teología de la Liberación. Como era secreto a voces y escándalo en la prensa mundial, Juan Pablo conocía las denuncias por pedofilia contra Maciel. Pero nada vio, nada oyó, ni movió un dedo. Antes bien, alabó la “fecundidad espiritual y misionera” de su amigo. Cuando en 1999 el obispo mexicano Talavera inquirió ante el entonces cardenal Ratzinger por este caso de abuso sexual, éste le respondió: “No podemos abrir el caso del padre Maciel porque es una persona muy querida del Santo Padre y ha ayudado mucho a la Iglesia…” En 2011 fue demandado Ratzinger ante la Corte Penal Internacional por “encubrir miles de delitos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia” (El Espectador II, 6).
Más exigente que ostentar vuelta al Nazareno será la decisión que Francisco adopte en el trance que la ONU le presenta. Si ya el compromiso con los pobres supondría un timonazo en doctrina y en acción, éste de la pedofilia será un reto mayúsculo: o repite la mascarada de sus predecesores -promesas vacías de apretar a los abusadores- o produce una ruptura mandando a la cárcel a la jerarquía responsable. Y aplaza la canonización de un papa cuya flacidez moral supera con creces la sospecha. Será ésta su verdadera prueba de fuego.
por Cristina de la Torre | Ene 21, 2014 | Enero 2014, Iglesias
Fue la gota que rebosó la alcantarilla: la brutal agresión de la Iglesia de Dios Ministerial contra los discapacitados desnudó la sórdida trama de este reino de superstición al servicio del poder y del dinero malhabidos. Astucia que envilece la libertad de cultos que se ofrecía como una epifanía en medio de las tinieblas. Y salió a danzar el dios bíblico que convenía al interés de doña Maria Luisa Piraquive y su familia, terror de los fieles que osen birlar el diezmo o el voto para los candidatos del Mira, su partido. Dios-azote de homosexuales, del propio hijo de la papisa madre, cuya expulsión convirtió aquella en teatro de escarnio público. Dios-látigo de mujeres que abortan, sin que ello la inhibiera para ultrajar a la odiada nuera en público por negarse a abortar el fruto de su otro hijo. Corolario de esta pasión silvestre, la compra de votos que Carlos Baena, su senador y pastor estrella, promueve. Y la apropiación de los dineros del culto por una familia que amasa óbolos de pobres para comprar propiedades en La Florida por valor de 13 millones de dólares. Estafa y abuso de confianza. Delitos adicionados a los presuntos de lavado de activos y enriquecimiento ilícito que la Fiscalía le investiga.
En buena hora la Carta del 91 introdujo la libertad de cultos y rompió, con ella, el odioso monopolio de la Iglesia Católica; pero fortaleció al tiempo el Estado de derecho. De donde ninguna iglesia puede brincarse la ley, pues su autonomía para organizarse y alcanzar sus fines llega hasta los límites de la Constitución y la Ley. Ninguna podrá aspirar a montar una dictadura teocrática como la de Calvino en Ginebra, porque la nuestra es una república democrática. Ni violar la norma civil que rige para todos. Las sectas satánicas podrán hacer del diablo su dios, mas no sacrificar niños porque el asesinato es crimen castigado por la ley. La iglesia de los Piraquive podrá creer en un dios astuto y vengador, pero no constreñir el voto, ni forzar la entrega de donaciones, ni lavar dineros del narcotráfico, si fuera el caso.
Abundan los pastores protestantes que extreman hasta el delito alguna evocación fundacional del calvinismo que asocia riqueza y salvación. En su versión simplista, la señal primera del elegido de Dios sería el goce anticipado de bonanza en la tierra. Y otra arista de esta ética es un conservadurismo delirante que, proyectado al poder público, configura a menudo tiranías. Destino de tantos regímenes donde el catecismo fue a la vez norma de fe y ley del Estado. Qué pasaría –se pregunta uno- si nuestro partido lefebvrista o el Mira llegaran al poder: ¿respetarían el orden jurídico, o derivarían en régimen de fuerza justificado en la autoridad inapelable del Creador? México, verbigracia, paradigma de la separación entre Iglesia y Estado, conjuró la incertidumbre y el peligro que representa la mezcla explosiva de religión y política prohibiendo a las iglesias hacer política.
Tarde nos llega en Colombia la tolerancia, llave maestra del pluralismo religioso y político que hace tres siglos y medio zanjó en Europa las guerras de religión. Pero muchas de nuestras nuevas iglesias, lejos de honrarla, la mancillan y se dan –como ésta de los Piraquive- a delinquir. A imitación de la Iglesia Católica, se suman a la ofensiva renovada que se despliega ahora contra el Estado de derecho. No es su lucha la de los purpurados católicos que hicieron durante dos siglos su propia guerra política. La de la Iglesia de Dios Ministerial parece peor aún, pues procede por discriminación, estafa y extorsión de su propia feligresía. Caigan los jueces sobre estos mercaderes de la fe, como paso inicial para salvar la libertad de cultos.