por Cristina de la Torre | Oct 27, 2009 | Octubre 2009, Salud
Ni se le acusa de bruja, como en la Edad Media, ni se le incinera en una pira. Los modernos Torquemadas prefieren lapidar a la mujer por los atajos y pueden hasta contemplar su muerte invocando la ley divina. Dígalo, si no, Maribel Paniagua, a quien médicos de Medellín le negaron el aborto de un bebé ya desahuciado desde el vientre. En vez de respetar su derecho, le dieron cátedra de religión y la tildaron de asesina. En una estridente cruzada de atavismos contra la ley que autoriza el aborto en tres circunstancias, el Procurador cambia el estandarte de la ley civil que él encarna por el de la espada y la cruz. El pretexto, una disposición de la Corte Constitucional que obliga a instruir en los colegios sobre derechos sexuales y reproductivos, y prohibe el uso colectivo de la objeción de conciencia para boicotear el aborto legal. Jueces, hospitales y entidades de salud tendrán que acatar la ley, con independencia de sus creencias religiosas o morales. Tampoco podrán sujetar los contratos laborales de sus facultativos al compromiso de no practicar abortos.
La reacción no se hizo esperar. Frente a este plan de enseñanza, el Secretario de la Conferencia Episcopal declaró que los educadores católicos no enseñarían “eso”. El Cardenal Rubiano habló de crimen legalizado. El Procurador Ordóñez pedirá nulidad de la sentencia de la Corte. La senadora cristiana Claudia Rodríguez tramita proyectos de ley para volver a penalizar el aborto y para proteger la objeción de conciencia. Y José Galat convoca a un movimiento de resistencia civil para conjurar el “execrable crimen” que atenta contra la ley natural y la voluntad divina.
El Procurador no improvisa. Ha plasmado en su Ideología de Género (Ediciones Doctrina y Ley, 2007) ideas que explican la intrepidez de su verbo y de su acción. Si, en abierta insubordinación contra la norma, estipula en Directiva 030 de este año que el aborto no es un derecho y ordena proteger el derecho a la vida del feto, ya en su libro denunciaba la marcha de una revolución cultural dirigida contra los valores de la familia cristiana. Contra su carácter heterosexual, monogámico e indisoluble, mediante el divorcio, los contraceptivos y el aborto. Inspiración de esta cruzada sería la que él llama ideología de género. Sus primeras manifestaciones se remontarían al proyecto de ley sobre igualdad de géneros, donde homosexualismo, autoerotismo, amor libre, bestialismo, zoofilia, sodomía y necrofilia podrían darse por normales. Esta cruzada, dice, descalifica los roles que la naturaleza dio al hombre y a la mujer: el primero en el trabajo, la otra, en tareas del hogar. También rompe lanzas contra el Plan Nacional de Educación Sexual, que buscaría la muerte del otro, pues promueve el aborto y el placer hedonista. Y contra el diagnóstico del Plan, en virtud del cual la familia patriarcal estaría en crisis, y habrían surgido nuevas formas de pareja y de familia. En suma, la perspectiva de género se propondría “desmaternizar” a la mujer, eliminar la patria potestad y promover el aborto. Disolver la religión, la familia, el sexo, el idioma, la educación, el derecho; la cultura occidental y cristiana, fundada en un orden natural creado por Dios.
Postulados respetables pero ya caducos. Ojalá los Ministros de Educación y Protección Social persistan en su valerosa defensa de la ley por encima de la fe, pues es mucho lo que está en juego. Educación sexual para elegir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir, son hoy divisa universal que en Colombia, sin embargo, el integrismo cristiano quiere convertir en anatema. Nostalgias de la Inquisición.
por Cristina de la Torre | Feb 17, 2009 | Ciencia, Febrero 2009, Mujer, Personajes
Pecado original comete el oscurantismo al volver a sacar su fea cabeza para anatematizar la teoría de la evolución que el mundo civilizado honra hoy. Y pecado de omisión el de la historia, que ha silenciado el aporte de algunas mujeres a la ciencia. Si Copérnico y Galileo ofendieron el narcisismo de los teólogos que tiranizaban el espacio todo de ideas y costumbres, Darwin remataría con un golpe letal: ya no sólo la tierra se subordinaba al sol, sino que el hombre no era imagen de Dios sino biznieto de un primate. Salto sideral en la paciente construcción de la indagación científica. Pero la historia de la ciencia acusa a veces un narcisismo varonil acaso derivado de la misma Biblia que le endilgó a la mujer el origen de la perversidad e inspiró a aquellos fanáticos de la fe.
Poco se ha hablado, verbigracia, de Emile du Chàtelet, compañera del iconoclasta Voltaire, en el corazón y en el laboratorio de ciencias. Contra todos los obstáculos que la época interponía a las mujeres y excluida de la comunidad científica, ella incursionó en la física para anticipar la existencia de la radiación infrarroja; tradujo a Newton, lo explicó venciendo el hermetismo de su obra y revisó el concepto de energía del genio de la física.
La corte de Luis XIV, despótica si de robustecer a Francia se trataba, acogía, no obstante, a plumíferos y pensadores liberales. El talento proyectó sus luces a los salones, sofisticado refugio de la ciencia que allí medraba entre sedas y perfumes y algún poeta exaltado. Los salones fueron a su vez cuna insospechada de la Revolución. Filósofos y matemáticos presidían la tertulia también en la casa paterna de la Chàtelet. Desde niña, a contrapelo de su madre, Emile hizo de la ciencia su pasión. A los doce años hablaba seis idiomas, practicaba esgrima y alternaba con los científicos más célebres que frecuentaban a su padre. Amante del juego, al que aplicaba su talento matemático para desplumar al rival, invertía las ganancias en libros y equipos de laboratorio.
Terror de los poderes consagrados, impetuoso promotor de la inteligencia, Voltaire le ayudó a acondicionar su casa de campo como estudio, laboratorio y una biblioteca que fue envidia de las universidades. A dos manos escribieron ellos los “Elementos de filosofía newtoniana”. A poco, se entregaría Emile a sus “Fundamentos de física”, para abordar las bases filosóficas de la ciencia e intentar la integración de los postulados de Newton, Leibnitz y Descartes. Madre de tres hijos, un embarazo tardío le cegó la vida, a sólo cuatro décadas del triunfo de la Revolución que cambiara para siempre la historia de Occidente. Méritos le cabían a ella en la rebelión intelectual que animó aquella hecatombe de la tiranía, epifanía de los más.
Científica de quilates opacada por la historia, no faltará la feminista que quiera volverla símbolo y extender sus atributos a todo el género femenino. Craso error. Sara Palin se atraviesa en el intento, provoca más bien rubor: ardorosa militante del creacionismo, es ella paradigma de la involución al cuarto oscuro de la Edad Media, donde a duras penas medró la ciencia, siempre satanizada por el dogma. Palin representa a la Norteamérica profunda, local y chata y roma que, en alarde impecable de democracia directa, sale a batallar contra el progreso en pleno siglo XXI. Si Darwin se levantara de su tumba, abrazaría por igual a la Chàtelet y a la Palin. En la primera reconocería a una estrella de la ciencia; en la segunda descubriría, por fin, el eslabón perdido.
por Cristina de la Torre | Oct 14, 2008 | Mujer, Octubre 2008
El oportunismo y la inconsistencia moral de Monseñor Libardo Ramírez no tienen límites. Cabalgando sobre el repentismo de una sociedad que busca exorcizar sus culpas con cadena perpetua para los asesinos de niños mientras tolera el imperio de la motosierra, el presidente del Tribunal Eclesiástico propone matar en vida a la mujer que aborta: “aprovechar” un referendo para lapidarla por incurrir en “asesinato desde la concepción”. Gracias a una “frasecita” incluida en la consulta, las primeras reas serían el ejército de niñas menores de 14 años que resultan embarazadas por abuso sexual y cuyo número creció 20% en el último año. Tras violadas, condenadas. Les seguiría una multitud de mujeres que desafían los derechos que la religión le atribuye al feto. Esta se ensaña en la libertad, la salud y la vida de millones de féminas, Evas cuya bíblica perversidad avergüenza a la humanidad.
El aborto plantea, desde luego, un problema ético. Para sus enemigos, por ser el feto un ser humano, tiene derecho a la vida; y como el aborto niega ese derecho, resulta moralmente inaceptable. Pero los defensores del aborto sostienen que el feto no es un ser humano; y que, así lo fuera, su derecho a la vida debe subordinarse a los derechos de la madre: el de la defensa propia y el de disponer de su cuerpo. Derechos que prevalecen sobre el derecho a la vida del feto. Disponer a voluntad del cuerpo propio es decisión personalísima que puede incluir la maternidad o excluirla. Y este derecho de propiedad sobre el cuerpo no sólo rige para encintas en peligro de muerte sino para aquellas que llevan embarazo normal. Si contra toda precaución queda preñada la mujer, a ella le asiste el derecho legítimo de negarle al feto el uso de su cuerpo para convertirse en persona. No se le puede obligar a parir un hijo no deseado. El feto no tiene derechos contra su madre, como nadie podría tenerlos. A nadie se le puede exigir el sacrificio de su vida en favor de otra.
Ciudad de México acaba de despenalizar el aborto, con fundamento en el derecho de la mujer a decidir sobre su propia vida. Y ha suscitado enfrentamientos entre fieles de la virgen de Guadalupe que, ataviada con fetos, exclama –“ya me mataron a un hijo, ¿me van a matar más?”, y mujeres que exigen “quitar sus rosarios del mis ovarios”. ¿Son criminales, por defender el derecho a la vida… de la mujer?
El aborto concierne a los derechos de la persona y pertenece al fuero exclusivo de su intimidad. De la misma manera que se escoge una religión, o ninguna, sin que por ello deba el ciudadano perecer en prisión. En democracia, no pueden imponérsele a la vida civil parámetros religiosos. La controversia sobre la legalización del aborto no puede darse sino en términos de la ley civil, lejos de la moral religiosa que ciertos jerarcas de la Iglesia insisten en imponer para provocar resultados de horror: robarle la vida (que en ello consiste la cadena perpetua) a quien defiende su propia vida.
Tan frágil el razonar de estos purpurados, como cruel fue su incitación a linchar gente en nombre de Cristo-Rey, en tiempos de la Violencia. Salvo a los cientos de fosas comunes, a todo en Colombia lo han vuelto crimen. Mediante algún articulito, pronto nos dirán que abortar es cortar el cogollo de los hombres que nos darán seguridad contra el Mal. Pecado de lesa Patria.
por Cristina de la Torre | Ene 12, 2008 | Enero 2008, Movimiento social, Mujer
Tras medio siglo de voto femenino en Colombia, nuestras mujeres no descuellan en particular como políticas ni por las luchas «de género» que las feministas promueven.
Valen, más bien, por el callado heroísmo de enfrentar sin alardes los desafíos del diario vivir cuando todo parece conspirar contra ellas. Y porque son ellas las primeras en poner la cara para defender la vida, manoseada por pragmatismos y vanidades de celebridades que, ya en Venezuela, ya en Colombia, presumen de estadistas sin ofrecer a sus pueblos horizonte ni futuro. Incapaces de emular a doña Clara de Rojas, personificación de inteligencia, pundonor y valor, se reducen ellos a políticos de oportunidad que sacrifican las razones del corazón al vértigo del poder bruto. Olvidan, precisamente, la carga política que en nuestros días se le reconoce al principio humanitario.
En todas las democracias siguen las mujeres luchando por salvar distancias entre leyes que consagran derechos iguales para hombres y mujeres, y una cultura tarda y remisa que confunde todavía diferencia con inferioridad. Pero en Colombia la paradoja resulta dramática. Doña Clara representa el agudo contraste de un país en guerra a cuyas crueldades responden muchas mujeres con brazo firme, pero donde no ceden la discriminación, la exclusión, la violencia contra ellas. Desapareció de nuestros códigos el ominoso articulito que autorizaba el asesinato de la mujer por su marido, si se hallaba éste “en estado de ira e intenso dolor”. Mas, en la práctica, siguen la ira y el intenso dolor avasallándola.
Leyes como las de paternidad responsable y despenalización del aborto allanan el camino hacia la igualdad de derechos. Claro. Menos lo logra la legislación que protege a mujeres y niños de la violencia en familia, ni la llamada a garantizar igualdad de oportunidades y de remuneración en el trabajo.
Leemos en la prensa que a Gleidis Durán le cogieron 47 puntos en pleno rostro tras un ataque de su compañero con el pico de una botella. Salió él de la cárcel antes de que ella abandonara el hospital. Sofía Pérez, empleada de aseo, fue violada por su padre desde los cuatro años; el marido la cela hoy con el argumento de que ya desde niña era coqueta y, por lo tanto, culpable de que su propio papá no pudiera controlarse. Que se sepa, en Colombia han sido violadas 722 mil mujeres, a manos de familiares, amigos o vecinos. En el 85% de los casos de lesiones por maltrato de pareja, la víctima es la mujer.
Una verdadera revolución silenciosa se produjo en Colombia con la incursión masiva de las mujeres en fábricas y universidades. Su participación en el mundo laboral pasó del 19% en 1950 al 55,8% en 2000. La desaparición de la brecha educativa y ocupacional entre géneros no redunda, sin embargo, en salario igual por trabajo igual. Entre profesionales, ellas ganan 30% menos que ellos. Además, crece la participación femenina en el mundo laboral, paro aumenta a la par el número de mujeres cabeza de familia. Es decir, de las que cumplen al menos dos jornadas de trabajo cada día. Las estadísticas engañan: según ellas, mientras el 92% de los hombres trabaja, apenas el 60% de las mujeres lo hace. La verdad es que no se pagan los servicios domésticos, ni de protección y educación de la prole que la mujer asume. No se reconoce la “economía del cuidado”, ni se remunera.
Como en todas partes, las colombianas incursionan de lleno en la política, con la consagración del sufragio femenino. Pero han de enfrentar un mar de dificultades y obstáculos. No se crea, empero, que sean por ello inferiores a sus colegas varones. Con el mismo arrojo de Piedad Córdoba para lidiar por un acuerdo humanitario, Cecilia López persigue un nuevo modelo de desarrollo, Martha Lucía Ramírez lucha por una base respetable de ciencia y tecnología y Gina Parody enfrenta la corrupción y el paramilitarismo. No han llegado ellas al Congreso por ser mujeres, sino por ser capaces, meritorias y combativas.
Las demandas de las mujeres no son cosa de mujeres; traducen problemas de interés general. Exclusión, discriminación y violencia son problemas públicos que la democracia resuelve extendiendo hacia los afectados —esta vez las mujeres— todos los derechos y la protección del Estado. Tampoco es cosa de mujeres la batalla que doña Clara libra. A ella la acompañan millones de corazones masculinos que han sabido sacudirse el mito de que los hombres no lloran, baluarte de tanto bravucón que pasa por político.