por Cristina de la Torre | Sep 22, 2009 | Iglesias, Septiembre 2009
“Lapidación mediática contra la mujer”, escribió el profesor Juan Guillermo Londoño, Jefe de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Antioquia, para referirse a la mar de oprobios que la inquisición de Medellín ha lanzado contra una Clínica de la Mujer que la Alcaldía dará al servicio de la ciudad. Doce obispos y un séquito de Torquemadas encabezan la cruzada. Dicen que ésta prepara su clímax en pulpitazo simultáneo de 150 párrocos que sacarán a sus fieles a las calles en manifestación sagrada contra ese “centro abortista” inspirado en sospechosa “ideología de género” que pretende “separar a la mujer de la maternidad”.
Y es que la clínica se propone proteger la salud integral de la mujer, agravada por las variadas formas de violencia que la aplastan. Entre otras, la de negarle el derecho a disponer de su cuerpo, de su vida y de su libertad en aras de un metafísico derecho a la vida del feto. Desenlace fatal de semejante afrenta, miles de colombianas fallecen en la desesperación de abortos practicados a mansalva y sin higiene, como conviene a la clandestinidad y la pobreza. No saben ellas que la ley las ampara, pues el aborto se despenalizó en Colombia a la voz de malformación del feto, embarazo por violación o peligro de muerte para la madre. Mas, si lo saben, pueden dar con un facultativo que se insubordina contra la ley y niega el procedimiento. Si 93% de los delitos sexuales recaen sobre la mujer, se comprenderá por qué el aborto sin seguridad es la segunda causa de muerte entre las colombianas.
Precisamente a esta tragedia respondió aquí la despenalización del aborto. La norma obliga al Estado a “proveer servicios de salud seguros y a definir los estándares de calidad que garanticen el acceso oportuno a los procedimientos de interrupción voluntaria del embarazo. (Si las entidades de salud) no ofrecen estos servicios con calidad y oportunidad, serán objeto de sanciones”. Pero la altanería de la jerarquía católica y de sus amanuenses contra el Estado laico restaura un pasado que no muere. Se pasan ellos la ley por la sotana y descorren el velo de su hipocresía. Ahora la “reina del hogar”, eufemismo que en Antioquia coronó a la mujer como sirvienta de su marido y de la prole, queda reconocida como ser inferior y sin derechos, humillado en el sadismo de una sociedad enferma.
El aborto, escribe Londoño, se practica entre ricas y pobres, entre blancas y negras, solteras y casadas. La diferencia radica en las condiciones en que se practica: el rostro de las madres muertas por aborto inseguro “es joven, es pobre, es marginado y lleva las huellas de una violencia de género que las acompaña por generaciones desde su propia concepción y hasta el último de sus días y de ello es cómplice una sociedad indolente e hipócrita como la nuestra”.
La polvareda moralizante que este proyecto ha levantado, asfixia. Y ofende. Porque no sólo conculca derechos adquiridos sino que degrada, aun más, la condición toda de la mujer colombiana. Negarle servicios especializados para atender sus dolencias físicas y morales cuando la sociedad y la cultura se han ensañado en ella, perpetúa una desigualdad que autoriza todos los excesos. Nos parece ver de nuevo, en cada púlpito, las manitas gesticulantes de Monseñor Builes instando, no ya a la guerra contra liberales y masones en tiempos de la violencia, sino contra las mujeres. Un tal “Juan David”, lector de El Colombiano, habrá acatado la orden, pues escribe: “si hoy permitimos que una madre mate a su hijo, debemos (…) plantearnos la idea de matar madres abortistas para que las cosas se equiparen”.
por Cristina de la Torre | May 5, 2009 | Iglesias, Mayo 2009
Mientras una campaña por el ateísmo anuncia el retorno al equilibrio tras la exaltación de la religiosidad de la era Bush, en Colombia un olor de santidad penetra todas las entretelas del poder. Y a veces convive, indiferente, con olores non-sanctos. En medio de falsos positivos, persecución a jueces y opositores, corrupción y abuso del poder, el ex ministro Arias, voz de hierro de una política de seguridad que terminó maltrecha, hace bendecir su sede de campaña. Cuenta Semana que el Ministro Carlos Uriel le habría recomendado a una funcionaria exorcizar su casa para conjurar los males que la acechan y que, en opinión de Gallego, serían obra del demonio. El procurador Ordóñez torpedea la despenalización del aborto haciendo prevalecer en el Ministerio Público su convicción religiosa, por encima de la ley: Myriam Hoyos, escritora antiabortista subalterna suya, clausura convenio con una ONG que instruye sobre la aplicación de la nueva ley. Ültimos indicios de que agoniza la episódica existencia de un Estado laico en el país.
El Procurador no anda solo. Si de fobia contra el aborto y la comunidad homosexual se trata, lo acompañan católicos e iglesias cristianas que cobraron ciudadanía en 1991 con la consagración del pluralismo religioso propio del Estado laico, liberal. El Movimiento de Unión Cristiana (MUC) logró imponer el principio de igualdad religiosa, la supresión de 16 artículos del Concordato y la aprobación de la ley 133 de 1994 que garantiza la libertad de cultos.
Pero pluralismo no siempre entraña liberalidad. Abonado el compromiso de algunas iglesias cristianas con los desheredados, en general ellas ostentan una moral sexual y familiar de tiempos idos. Tal atavismo no les impide militar con la Teología de la Prosperidad, que edifica el reino de Dios sobre el dinero y el poder político. Herederas del calvinismo, que fue coartada ideológica del capitalismo y a la vez mentor del Medioevo, estas iglesias han sabido ensamblar la tradición bíblica con el espectáculo mercantilista de su liturgia. Más aún, en su afán de volcar lo sobrenatural en lo terrenal, convirtieron sus iglesias en partidos, para desandar el camino hacia la fusión de religión y política. “Un fiel, un voto”, es la divisa. Muchos defienden en el MUC la idea de que el universalismo del Estado ha de subordinarse a los particularismos religiosos de las iglesias y que las políticas públicas deben traducir su moral religiosa.
Esta corriente considera enemigos de Cristo a quienes aceptan el aborto, el matrimonio gay, los derechos de la mujer. Tanto rigor le faltó, empero, al pastor Enrique Gómez cuando encabezó la lista de Colombia Viva, a cuya cúpula en pleno se le sindicaba de parapolítica. Ni inhibió al cristiano evangélico Edgar Espíndola para reemplazar en su curul al Luis Eduardo Vives, metido en el mismo saco. Mientras andaba su jefe tras las rejas, Espíndola proponía multar severamente el adulterio. Y Víctor Velásquez, senador de Colombia Viva en Unión Cristiana, quería prohibir el uso de prendas “exhibicionistas” a prostitutas y homosexuales. Sintonía con los pobres, sí. Pero también oscurantismo en moral, pragmatismo en el manejo de sus finanzas y laxitud en la práctica política de algunos pastores cristianos.
La consagración del pluralismo religioso, avance trascendental de nuestra democracia, parece insignificante frente a esta dinámica de tantas confesiones que, codo a codo con el catolicismo, mezclan religión y política y, acaso sin calibrar el nuevo protagonismo de las armas, le están abriendo el camino a una teocracia policiva.
por Cristina de la Torre | Dic 9, 2008 | Diciembre 2008, Iglesias, Modelo Político
Una plaga se tomó a Colombia: la teología de la prosperidad. Justificación religiosa del enriquecimiento repentino, a como dé lugar, ha contribuido a crear un clima que perdona tanto indelicadezas candorosas como el crimen. Hace metástasis ahora con la inversión masiva de dineros en empresas asociadas al narcotráfico para doblar réditos de un día para otro, y con ejecuciones extrajudiciales que se hacían por la paga. Porque no se trata ya de la riqueza amasada con esfuerzo, fruto y síntoma del favor divino, según algunas doctrinas. El nuevo credo introduce un matiz perverso: al buen cristiano la opulencia le llegará por generación espontánea de su comunión con Dios, sin necesidad de trabajar. El obispo norteamericano E. Bernard Jordan escribe: “Si abres tu mente a la palabra y al propósito de Dios… atraes fácilmente la prosperidad… el dinero y las oportunidades llegarán a tus manos sin esfuerzo (Pero) nadie ha alcanzado la prosperidad empujando una cortadora de césped o haciendo trabajos de plomería (…) El dinero es la fuerza del cambio en este mundo, y nunca tendrás suficiente dinero para cambiar las cosas si eres esclavo de un sueldo”.
Esta filosofía ha invadido predios de todas las iglesias en Colombia. Combinada con el espíritu del mercado sin control, en una sociedad excluyente que lleva años de guerra sucia, se volvió una bomba. Más letal aún si el motivo religioso incursionaba en la política y terminaba por acomodarse en el discurso del mandatario más popular de los últimos tiempos, que mezcla órdenes de acción militar con avemarías. Versión criolla de la lucha contra el Mal de Bush en Iraq, cuyo antecedente data de las asambleas de fieles que en la Norteamérica profunda entraban en éxtasis colectivo azuzadas por pastores que lanzaban anatemas a diestra y siniestra y convocaban a la guerra santa. Ronald Reagan introdujo, a la vez, el neoliberalismo con su libertad de mercado y un sitio de honor para la religión en el manejo del Estado. El gobierno fue también de las sectas fundamentalistas. Estas apoyaban a los lobbies de las armas y, en reciprocidad, el Presidente les designaba jueces enemigos del evolucionismo y del aborto en la Corte Suprema. Como si se tratara del magistrado Ordóñez, hoy candidato del Presidente Uribe a la Procuraduría y quien, a no dudarlo, aplicará justicia con arreglo a sus convicciones religiosas.
Entre nosotros, los antecedentes se remontan al narcotráfico. Para no hablar de la alianza de la jerarquía católica con el partido Conservador en tiempos de la Violencia. Hace 20 años, los sicarios de Pablo Escobar se encomendaban a María Auxiliadora para acertar en sus misiones asesinas. Alonso Salazar, alcalde de Medellín, escribe que el narcotráfico afianzó la cultura del consumo, popularizó un fetichismo religioso que violentaba la ética, elevó el dinero y la fuerza a categoría de valores supremos, socavó las instituciones y los controles naturales de la sociedad contra el delito.
Si obispos y pastores bendicen el enriquecimiento fácil de los fieles, no les tiembla la mano para exigirles contribuciones y diezmos. Con ellos aseguran los primeros su prosperidad sin trabajar y los crédulos invierten en salvación eterna, que no terrenal. Pirámide divina de captación ilegal de fondos que el Estado no toca, pues es su aliada. Indigna en todo esto la manipulación política y la explotación económica del más caro sentimiento humano: el sentimiento religioso.
por Cristina de la Torre | Ago 17, 2008 | Agosto 2008, Iglesias
Alguien ha deslizado por debajo de mi puerta una misiva de fina caligrafía y firma ilegible para notificar que mi “alma diabólica” jamás sería “redimida” por el Opus Dei. Protesta su autor contra columna del 27 de julio en la que esta periodista señala la peligrosa aleación de monoteísmo militante y mesianismo político que el Presidente Uribe quiere encarnar. Por respeto al lector, paso por alto los insultos, amenazas y la cobardía del anónimo, pues cabe registrar este incidente como una gota más en el mar de intolerancia que inunda al país, que más de uno quisiera ver convertido abiertamente en dictadura.
Gracias por no convidarme al Opus Dei. Nada atan ajeno a la democracia como el delirio de poder de esta sociedad secreta moldeada al calor del franquismo y que hoy medra como avanzada de la contrarreforma conservadora de la Iglesia y baluarte de gobiernos de derecha. Salvo figuras como la del ex-ministro Octavio Arizmendi, cuya memoria honra a Colombia, poco se sabe de los miembros de la organización en el país. Más se colegirá de lo que esta cofradía representa en Occidente que de su dinámica local, ocultada con celo en la clandestinidad.
En tiempos de Juan XXIII y su opción social por los pobres, andaba el Opus Dei de capa caída. Casi se perdía en el olvido el alineamiento del joven Escrivá, fundador de la orden, con el Pio XII que vio en Hitler un muro de contención “providencial” contra el comunismo, y con Francisco Franco por la misma razón. Alianza memorable gracias a la cual el Opus Dei llegó a tener 12 de los 19 miembros en el gabinete del falangista.
Con el arribo de Juan Pablo II a la silla papal, retoma el Opus Dei su ascenso meteórico. Razones políticas y financieras sellaron el matrimonio del nuevo pontífice con Escrivá de Balaguer. Al financiamiento del sindicato polaco Solidaridad (animado por Wojtyla a horadar la cortina de hierro y acceder por este camino al papado), se sumó la natural identificación de los dos en la divisa anticomunista, cuando hasta en el liberalismo y en el Evangelio veían ellos comunismo. Compartieron también la cruzada que desde entonces y hasta hoy se ha desplegado por restaurar la tradición y acorralar a la tendencia modernizadora de la Iglesia.
La precipitada canonización de Escrivá apenas rubrica el poder hegemónico con que el Vaticano le pagó sus favores al Opus Dei. Poder desafiante que al santo en ciernes le permitió en 1974 invitar a los estudiantes de la Universidad Católica de Chile a apoyar al dictador. No bien se mencionó la sangre derramada, dijo sin vacilar que “aquella sangre (era) necesaria” en la noble cruzada contra el comunismo totalitario.
El Opus Dei actúa como ejército secreto del Papa, como secta que medra donde está el poder, pues estima que es en la política donde se juega la evangelización. Hans Urs Von Balthasar, teólogo amado de Juan Pablo y coautor de libros con el entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto, declara que el Opus Dei “es la más fuerte concentración integrista de la Iglesia (para) asegurar (su) poder político y social por todos los medios, visibles y ocultos, públicos y secretos”.
Muchos definen esta sociedad como un grupo de presión signado por el secreto, que cultiva una extensa red de influencias políticas al servicio de los intereses más conservadores. ¿Cómo no sospechar que tal espíritu se proyecte hasta nosotros al incursionar, como incursiona, en los círculos del poder? ¿Cómo no registrar el gesto insólito de un presidente del Consejo de Estado, amigo del gobierno, que mandó reemplazar en el recinto de la Corporación el retrato de Santander por un crucifijo? Difícil creer que el Opus Dei pueda redimir a nadie. Ciego estaría quien tomara por paraíso a una organización ya consagrada como la “mafia blanca”.
por Cristina de la Torre | May 4, 2008 | Iglesias, Mayo 2008
Medellín, 26 de agosto de 1987. La multitud se agolpa frente a la iglesia de Santa Teresita. Al tímpano de los últimos manifestantes apenas llega el eco del coro de la Universidad de Antioquia que canta misa de requiem por el catedrático y defensor de los derechos humanos, Héctor Abad Gómez. Acaba de morir a manos de paramilitares, al lado de su amigo, profesor también, Leonardo Betancur. Mientras el cuerpo acribillado de Abad yace a las puertas del sindicato de maestros de Antioquia, el asesino caza a su segunda presa, tras una carrera infernal, en la última baldosa del largo corredor de aquella casa, y desocupa sobre ella todo el cargador. La ceremonia religiosa tiene lugar por encima de la orden inapelable del entonces Arzobispo de Medellín, Monseñor López Trujillo. En acto de hipocresía milenaria, no bien expresa el purpurado su pésame a la hija mayor de Abad, opone todo su poder para impedir que se le rinda homenaje religioso a un “comunista” que “no va a misa”.
Ofensa mayor si se recuerda que por aquella época el tonsurado hacía la vista gorda frente a curas suyos que se hacían retratar con Pablo Escobar, acolitaban la Medellín sin Tugurios de aquel cartel y le recibían plata para sus obras “de caridad”. Historia pública jamás desmentida por los implicados, que no le impidió a López Trujillo increpar al ex-presidente Pastrana por salir fotografiado con Tirofijo, “el criminal más grande del mundo”.
Ilustra este episodio, no sólo la doble moral de cierta jerarquía eclesiástica, sino la postura de quienes encarnaron la violenta reacción de la Iglesia contra el compromiso con los pobres que había afirmado el concilio Vaticano II. La Teología de la Liberación representó esta corriente que revolucionó a la Iglesia y, a partir del Celam de Medellín en 1968, se extendió como pólvora por América Latina. Miles de sacerdotes se volcaron a las comunidades de base, en la convicción de que la pobreza es un pecado social y que, sin justicia, no hay evangelio posible. El auténtico socialismo –decían- es el cristianismo vivido a plenitud.
Pero no podía sacudirse impunemente a la pétrea institución de Roma. Menos aún si este cristianismo socializante se desplegaba en medio de dictaduras y regímenes de fuerza. Entre 1964 y 1978, 41 sacerdotes fueron asesinados, 11 desaparecieron, 485 fueron encarcelados, 46 torturados y 253 expulsados de sus países. Miles de laicos activos en estos menesteres fueron asesinados. La opción por los pobres había derivado en pública confrontación entre curas y obispos. Juan Pablo II atacó a los curas de base por atentar contra la unidad de la Iglesia, la intangibilidad del dogma y la moral cristiana. Hasta cuando López Trujillo, aliado del Papa y del entonces Cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, se tomó la conferencia del Celam en Puebla, en 1979. Y fue otro cantar.
Fue una sacudida neoconservadora de la Iglesia que invirtió el signo político de la doctrina y reconquistó el dominio sobre la moral privada. Por encima del Estado laico, volvió la Iglesia a metérsele al rancho a la gente. Y a la cama. La rabiosa intolerancia contra quienes no hincan la rodilla ni conocen el incienso se proyectó como condena irrestricta del condón, del aborto, del matrimonio civil (heterosexual u homosexual). López Trujillo blandió el báculo de la excomunión y del extrañamiento. Así llegó a Roma, para aplicarse a la Congregación para la Doctrina de la Fe –conocida antes como de la Inquisición- y, después, al Consejo para la Familia. Al morir, hace dos semanas, había acumulado un poder enorme, más aconsejado por la astucia y el pragmatismo que abre caminos a codazo limpio que por la humildad de un discípulo de Cristo. Atavismos gestados siglos ha, para dejar ahora la silla vacía. Silla de oro, vaticana, antípoda del rústico asiento donde recibe el desgalonado obispo Fernando Lugo, viejo practicante del cristianismo asociado a los humildes y hoy Presidente de Paraguay, para rabia de dictadores y rivales de la Teología de la Liberación.
No se quedó callado López Trujillo por el asesinato de Héctor Abad. Antes bien, hizo cuanto pudo para prolongar el odio de sus asesinos hasta el momento mismo del funeral. Pueda ser que a la jerarquía de la Iglesia se le ocurra hoy alertar a tiempo sobre las amenazas que se ciernen contra la vida de otro demócrata cuyas investigaciones han resultado cruciales en el proceso de la parapolítica: León Valencia.