¿Quién le teme a Gustavo Petro?

Conforme Petro llena plazas, crecen aprensiones en los clubes sociales. Pero, al último drink, se instruye a las campañas de la derecha para trocar en pánico el recelo de las fuerzas vivas de la patria. Su propósito cantado: que el miedo se apodere de la clase media y esta busque refugio en la caverna. Grosero en su simpleza, propaganda al fin, el recurso pega sin dolor en el único país de América Latina que nunca vio a un izquierdista sentado en el solio de los presidentes. País que guerrillas y Manonegras armadas y desarmadas mantuvieron anclado en la Guerra Fría; para perseguir, sin pausa ni matices, a la izquierda legal y al movimiento social, bajo el insidioso remoquete de terrorista o chavista. Pero la ambigüedad del propio Petro es fuente adicional de incertidumbre en la opinión y manjar que ceba y compacta a la reacción. Lo mismo interpreta él en descampado (y sin eufemismos) la rabia de los despojados de tierra y dignidad, que reconoce la Constituyente del dictador Maduro, o presenta en la radio un programa de Gobierno similar al de un Carlos Lleras, que el neoliberalismo echó a perder.

En la plaza de Valledupar, a 40 grados de temperatura, como abrazado por el fuego de su propio discurso, se hace eco del grito de la multitud “¡estamos mamados de comer mierda!” Entonces las élites, indiferentes al hartazgo de los excluidos con aquella dieta de siempre, insinúa que Petro busca un baño de sangre azuzando la “vil” lucha de clases. Y el Centro Democrático, olimpo de Odio y Venganza, de privilegios a los ricos que en el Gobierno de Uribe repotenciaron la lucha de clases- invita en aviso de campaña a conjurar el “odio de clases”.

Con todo, el pronunciamiento de Petro en defensa de la Constituyente de Maduro suscita suspicacias sobre el modelo político que el candidato acaricia. Por más que criticara el “déficit” democrático del Gobierno de Venezuela y le pidiera dialogar con la oposición. De esa constituyente defendió el principio democrático de consulta al pueblo, mas ignoró el atrabiliario procedimiento que la desnaturalizó y convirtió en instrumento de un régimen de fuerza.

Si de calificar a Petro se trata, su paso por la Alcaldía de Bogotá ofrece rico referente. A ella llegó con una idea suya de ciudad: reducir la segregación social, planificar el desarrollo, promover la participación de los marginados y devolverle al Estado el control de los servicios públicos. Dio a los pobres subsidios de agua, transporte y alimentación. Mas, dominado por el repentismo y la intemperancia de su carácter, por la incuria como norma de administración, arrojó una de las peores alcaldías en la historia de la capital.

Lejos del llamado castrochavismo, se proclama seguidor del Estado social de derecho, una versión adelantada del liberalismo. Al modelo monoexportador de hidrocarburos que reina en Venezuela contrapone el del desarrollo de la industria, la agricultura y el turismo. “No voy a expropiar a nadie”, le dijo a Vicky Dávila; “cosa distinta será respetar la función social de la propiedad, introducida en 1936, y su función ecológica”. Agregó que en lugar de estatizar la economía, un modelo fracasado, se proponía democratizar la propiedad, para “desatar la iniciativa privada en millones de colombianos”.  Reducir la escandalosa desigualdad rural. E inducir, con la actualización del catastro, un mercado de tierras que las ponga en manos de quienes las quieren trabajar.

Es hora de que Petro encare los temores que inspira. Que defina con entereza el perfil ideológico y el alcance de sus propuestas: o encabeza un proyecto de izquierda tradicional; o bien, uno de izquierda moderna, socialdemocrática, contraria a anacronismos ominosos como el de Maduro.

 

 

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Rompiendo el cerco del abuso sexual

“Un dedo en la boca, símbolo universal del silencio, fue lo único que necesitó el violador de Claudia Morales para que no lo denunciara”. Desde entonces  ̶ escribe María Antonia García (The New York Times, febrero 12) ̶, Morales ha acudido al silencio como refugio frente a leyes que en Colombia han resultado ineficaces para lidiar con la violencia de género y el acoso. Diríase que el criminal, en el pináculo del poder que entre nosotros se resuelve a menudo en muerte, protege su cobardía imponiéndole a la víctima silencio; y ésta lo asume como única garantía de supervivencia. Por su parte, la patrullera Ana Milena Cruz denuncia acoso sexual de su jefe, Coronel Óscar Pinzón, Comandante de Policía en el Huila. Aunque un colega de la agraviada le aconsejó guardar silencio ya que el padrino del agresor pintaba para Director de la institución, lo que “le daría más poder y habría que temer”. Y esta semana, al ataque de un estudiante contra una condiscípula en la Universidad Pontificia Bolivariana responden las directivas con misiva deshonrosa que revictimiza a la víctima y a todas las mujeres del claustro.

Amiga de la ideología contra el género femenino que con tanta pasión cultivan Vivian Morales, Alejandro Ordóñez, pastores y curas, la UPB alza su voz desde la veta más retinta del oscurantismo cuando un alumno le levanta la falda a una estudiante y la derriba al piso. Y no para sancionar al malandro sino para culpar a las mujeres del acoso y la violencia masculina contra ellas. Recomienda a las estudiantes evitar el uso de “prendas muy ajustadas… de minifalda, short o escote muy pronunciado”; sugiere llevar “ropa discreta (pues) no hay nada más incómodo que distraer la atención de tus compañeros de clase y profesores…”

Revive la UPB las pastorales de Monseñor Builes, añosas catilinarias dirigidas a la Medellín camandulera, hoy de camándula y Popeye, empeñada en asfixiar  la metrópoli que busca mejores aires. Denostaba Builes todavía en 1963 la falda “a medio muslo” y los “descotes vergonzosos”. Ante “semejante impúdico y escandaloso espectáculo, todos sienten fastidio y vergüenza, tentaciones, pasiones, pensamientos y deseos deshonestos”. Condenó el prelado “la nueva ola de carne inmunda y horrenda corrupción”; la rebelión de la mujer moderna contra lo que Dios dispuso para salvarle el pudor “cubriendo sus vergüenzas”. Tal como lo hizo con Eva en el paraíso. Respira odio esta normativa sobre el vestir; y sugiere bíblico mandato de venganza contra la mujer, víbora que ya desde su creación perdió al varón y lo condenó a la intemperancia. Y la UPB le sigue el paso, sabiendo de dinámicas de agresión en cadena que principian con acoso, escalan a violación y  pueden culminar en feminicidio. Documentado está.

Según Medicina legal, en 2017 hubo en Colombia 565 feminicidios; y más de medio millón de casos de violencia de pareja, en 86% de los cuales la afectada fue la mujer. Cada día, 43 niñas sufren violencia sexual. Pero sólo se denuncia el 10% de los casos, y entre ellos, la impunidad alcanza el 97%. Señala la Fiscalía que de cada 100 mujeres que denuncian, 10 terminan asesinadas por su compañero.

En Colombia es más arriesgado denunciar a un abusador que abusar de una mujer, apunta García, pues el abuso sexual se alimenta del miedo de sus víctimas. Miedo padece Claudia Morales, pero denuncia. Lo siente Ana Milena Cruz, pero denuncia. Lo saben las estudiantes de la UPB, y protestan.  Mientras se decide la Justicia a proteger a la víctima que  pronuncie el nombre de su violador, asestan aquellas mujeres un golpe certero contra el cerco del abuso sexual. Porque enfrentan poderes inmarcesibles que lo afianzan y abrigan: la política, la milicia, la religión.

 

 

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ELN: ¿patada final a la mesa?

No le suplican. Decenas de intelectuales le exigen al ELN parar su “insensatez asesina, suicida”, y mostrar genuina voluntad de paz. Deploran en carta abierta que esta guerrilla volviera al terror tras un cese el fuego de cien días. Sordo al clamor de los colombianos –reza el texto– inmerso en su ensimismada imagen de vanguardia iluminada que sólo se escucha a sí misma, el ELN pretende a la vez hablar en nombre de ‘la sociedad’. Pero no es así como avanza la revolución social: lo prueba el medio siglo de su guerra costosa, sin gloria y contraproducente, que sólo ha dejado un rastro de sangre y de lágrimas. Que ha fortalecido a la reacción retrógrada y debilitado a la izquierda democrática. Exhortan los firmantes a esa guerrilla a volver a la mesa de conversaciones “con intención sincera de abandonar sus armas manifiestamente inútiles que hoy se han convertido en un estorbo para la construcción pacífica de la justicia social en Colombia”.

No son los únicos: Defensor del Pueblo, prelados, dirigentes políticos de centro izquierda, 28 organizaciones sociales de Antioquia y asociaciones populares sabedoras de que en la guerra son ellas las primeras víctimas, todos claman porque prime la cordura. Pero el ELN no se mosquea. Le llegan a Quito líderes de Derechos Humanos, de negritudes e indígenas que piden parar la violencia, y mira con desdén para otro lado.

Lleva esta guerrilla 26 años aprovechando conversaciones de paz como pausa táctica para tomar aliento militar y darse tono político reclamándose vocera de la sociedad. De organizaciones populares a las que ha infiltrado a la brava y pretendido representar. Siempre con la fatal consecuencia de exponerlas a la brutalidad de las derechas (armadas y desarmadas) y a la impiedad de la Fuerza Pública. Recuérdese la contribución de esta guerrilla precaria, torpe y sin pueblo al aniquilamiento de la Asociación de Usuarios Campesinos (ANUC) en los años 70. Haciendo gala de hombría prestada por la exhibición de un fusil, “heroicos” guerrilleros del ELN –entre otros– salpicaban movilizaciones de los que reclamaban tierra. Agregaron así eficiente pretexto para ahogar en sangre el más formidable movimiento campesino que Colombia registrara en mucho tiempo.

Y no dan los elenos su brazo a torcer. Señala Tatiana Acevedo “continuidades”  que sugieren marcas de origen en ese grupo armado. Aparecen ellas, cobre sin barniz, en declaraciones recientes de la Asociación Campesina del Catatumbo que expresan, hoy como ayer, “desacuerdos entre movimientos sociales civiles y el ELN que pretende intervenir en sus luchas”. Esta organización le pide “mantenerse al margen de la discusión entre el campesinado y el pueblo de Bari”, no ha mucho violentado por el ELN.

En los años 80 libró esta guerrilla en Barrancabermeja bronca disputa por las bases del Movimiento Amplio del Magdalena Medio que dirigía el excomandante y disidente político del ELN, Ricardo Lara Parada. Pretextando traición a la revolución, sus viejos conmilitones lo asesinaron de seis balazos a la vera de su casa y a la vista de sus hijos, niños aún. Todos los barrios y veredas  señalados como partidarios del ELN –escribe Acevedo-  fueron arrasados en la arremetida policial, militar y paramilitar de mediados de los 90.

Con acciones de terror, huyéndole al combate con el enemigo, cree este grupo  ganar fuerza para imponer  condiciones en los diálogos de Quito y para eternizar su pantomima de negociación. Mientras tanto, devora la caverna el plato suculento que el ELN le ha servido, la población civil teme impotente una nueva escalada de violencia, y el ELN se solaza triunfal en su ley: sin política, sin pueblo, sin valor para sumarse a la paz, ¿dará su patada final a la mesa?

 

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Izquierda, derecha y centro

Como si el uribismo no representara la fuerza más caracterizadamente reaccionaria del país, Iván Duque se siente “in” negando la existencia de la dupla izquierda-derecha.  Argucia pueril ésta de negar la cuna, savia y razón de ser del Centro Democrático: su contraparte, la izquierda armada que las Farc encarnaron en su hora. Enemigo providencial, ellas le permitieron librar una guerra menos contra el comunismo que contra el campesinado, para repotenciar la ya injuriosa concentración de la tierra. Y para instaurar un régimen de fuerza. Huyéndole por cálculo electoral a la propia sombra de su partido –forjado en un historial de corrupción, ilegalidad y violencia– intenta Duque su presentación en sociedad. Consiste en impostar candor juvenil cuando calla sobre restitución de tierras o actualización del catastro; cuando propone bajar más impuestos a los ricos, resucitar las mortíferas Convivir y negarles a la Farc el derecho ganado de hacer política, por ver si esta vuelve a la guerra. En otra orilla, Gustavo Petro personifica la alternativa más vigorosa de izquierda legal. Mas, pese a su carisma, parece condenado por contrapropaganda de la derecha a correr en solitario por la Presidencia.

Con moderados que recelan de las extremas, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, la trilogía derecha-izquierda-centro (presupuesto de la democracia) se depura por fin en Colombia, tras la resaca del Frente Nacional. Y son las ideas de igualdad, libertad y paz las que trazan fronteras en el abanico de la política. Si a la ultraderecha la desigualdad se le antoja fatalidad inmóvil, la izquierda busca eliminarla o atemperarla. Se afirma ella en los valores de la democracia: equidad, pluralismo, Estado laico y Gobierno de leyes, no de caudillos autoinvestidos de tales.

Ni la izquierda ni la derecha ni el centro se presentan como opciones puras, homogéneas. En este último rivalizan por ahora progresistas en alianza con partidos contestatarios, para dibujar propuestas de centro-izquierda. Pero también Fajardo niega la disyuntiva entre izquierda y derecha. Parece interpretar que centro es neutralidad, ambigüedad, vacilación, mutismo ante problemas que demandan acometida precisa. Como la de renegociar el TLC, que el Polo, su aliado, ventilaba. Prestada de su otra aliada, Claudia López, concentra energías en la consigna anticorrupción, acaso desdibujada ya por el manoseo de todos, uribismo comprendido, ¡válgame, Dios!

Bien definida, en cambio, la alianza de Humberto de la Calle con Clara López acopla reformismo liberal e izquierda moderada. Fórmula fogueada en viejas lides, no esconde sus propósitos: defender la paz de los embates de la Mano Negra y de quienes prometen “perfeccionarla” destruyendo los acuerdos que pusieron fin a la guerra. Construir un país que rompa la inequidad con un modelo social y económico cimentado en la igualdad de oportunidades; en la industrialización que apunta al desarrollo con pleno empleo; en la solidificación del Estado laico y su preservación contra toda tentación autoritaria.

Mientras vuelve De la Calle al reformismo liberal que no pudo ser, nada en el discurso de Clara evoca la revolución proletaria ni el imperialismo yanqui ni la lucha de clases. Nada en ella evoca a la izquierda tradicional, confiscatoria. Pero sí permite esta convergencia soñar con el modelo socialdemócrata en su versión cepalina, latinoamericana, de Estado industrializante, promotor del desarrollo. ¿Serán posturas tan sensatas las que frenan la indispensable alianza entre coaliciones de centro-izquierda? ¿Será la corrosiva vanidad, indiferente a la catástrofe que un Gobierno de derechas traería? En democracias pluralistas, por imperfectas que ellas sean, el porvenir no es de los extremistas de izquierda o de derecha; es de los moderados.

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