por Cristina de la Torre | Mar 30, 2015 | Internacional, Marzo 2015
No hay pueblo tan humillado como el mexicano que huye de la pobreza hacia Estados Unidos, y la mitad de las veces pierde la vida en el intento. Cientos de ellos se inmolan cada año en muros de seis metros de altura que se levantan sobre mil kilómetros de frontera entre los dos países. O en el desierto, cuando logran franquearlo. Pero, a su turno, la explosión demográfica de no-blancos en ese país, en particular de hispanos, cuyo componente mayor es mexicano, provoca una revolución capaz de llevar un latino a la Casa Blanca. Y no será tanto por los nuevos contingentes de inmigrantes, como por el crecimiento natural de los ya asentados allí. La amenaza que abruma a los opositores de la reforma migratoria de Obama viene de adentro, no de afuera, señala Adriana La Rotta. Síntoma elocuente, que la esposa de un candidato a la presidencia de esa potencia sea oriunda del estado mexicano de Guanajuato. Tal vez ello resulte también del intercambio entre poblaciones fronterizas, contra las cuales los muros de infamia no lo pueden todo. Ni todo lo puede la globalización acomodaticia del neoliberalismo, que dosifica los flujos mundiales de fuerza laboral según el descarnado interés del más fuerte.
Fue en casinos de Tijuana donde saltó a la fama Rita Hayworth hacia los años 30. Nada más natural. Durante décadas, esta ciudad mexicana y la estadounidense San Diego fueron hermanas. Nada impedía entonces cruzar la frontera. Escribe María Antonia García (El Tiempo, 10-4-10) que los californianos pasaban del whisky al tequila con la misma naturalidad con que un mexicano pasa hoy del inglés al español; que se mezclaban tacos y hamburguesas, ‘chicanos’ y ‘gringos’, rancheras y música electrónica. Pero el narcotráfico, el control migratorio de los Bush y el contrabando interpusieron un muro metálico que separó de un tajo territorios.
A lado y lado de la frontera, dos mundos: allá, la aséptica San Diego de anchas avenidas; acá, la tumultuosa Tijuana, tiranizada por los carteles de la droga, sus naturales en trance permanente de cruzar el muro y morir en la estampida. Mas, muro o no, como sucede en zonas de frontera, queda el sincretismo sembrado. Aunque el turismo en Tijuana se desplomó, en cada esquina de la ciudad se siente la presencia del vecino país. Pero “La llanura domesticada de su lado del muro parece un exabrupto estético, una interrupción incomprensible, comparada con el pasto florido y despeinado del lado de Tijuana y su sobrepoblación de casitas (…) La gris muralla se prolonga a lo largo de ambas ciudades y, al final, justo cuando llega al mar, los graffittis de siluetas con cruces en el centro son un grito inútil que evoca el drama de los migrantes que, habiendo cruzado el ‘hueco’, mueren en el desierto”, escribe la cronista. Y registra también el servicio voluntario de gringos que vigilan la frontera y cazan, fusil en mano, a los “invasores”. Con la misma saña, diríase, con que le cercenaron a México en su hora la mitad del territorio.
Hoy en Tijuana a los deportados sólo se les permite ver a sus familiares de lejos, en domingo y muro de por medio. Mas hay aquí un doble rasero: el de la segregación, apenas amortiguada por un precario contacto entre comunidades fronterizas, y el de la potencial amenaza de una población que va teniendo más hijos que los blancos. En 2011, recuerda La Rotta, nacieron más bebés de hispanos, negros y asiáticos que de blancos: la nueva constelación de minorías es ya un hecho. Y agudizará los conflictos. Obama ha comparado la lucha por su reforma migratoria con las justas por los derechos civiles y los de las mujeres. Acaso no tarde mucho ese país en elegir un presidente hispano. Simbolizaría la reconquista de la patria usurpada.
por Cristina de la Torre | Feb 3, 2015 | Febrero 2015, Internacional, Modelo Económico
Un fantasma de carne y hueso recorre a Europa: la amenaza de sublevación de sus países mediterráneos e Irlanda contra los abusos de la gran banca y el paradigma neoliberal que le subyace. Su onda expansiva cobrará forma con el triunfo del izquierdista Tsipras en Grecia. De alcance incierto todavía, la rebelión podría herir el corazón mismo del modelo y hasta fracturar la Unión Europea. O bien, podría forzar un ablandamiento de aquella ortodoxia que sobrevive a la brava. En lo que a Grecia toca, el nuevo Gobierno se inclina por renegociar la deuda o, aún, cesar pagos; por devolverle al Estado la iniciativa perdida, reactivar la economía productiva, crear empleo con salarios decentes y aliviar con medidas de emergencia las carencias más sentidas de la población. Para la severidad cardenalicia de Merkel y sus banqueros es anatema: una revolución.
El detonante no podía ser más dramático: en cinco años, desde cuando el Banco Central Europeo, el FMI y la Comisión Europea (la troika) le impusieron a Grecia medidas draconianas de austeridad y un nuevo paradigma económico como condiciones para refinanciar su deuda, el país perdió la tercera parte del empleo y del aparato productivo; los salarios cayeron 38%; la pobreza aumentó 93%, y la mortalidad infantil, 42%. La divisa fue reducir drásticamente el gasto público para tener con qué pagar deudas siempre renovadas por los acreedores. Hoy la deuda representa en Grecia 175% del PIB. También Italia, España, Portugal e Irlanda transitan el camino de espinas que hace tres décadas provocó catástrofe humanitaria en América Latina, tras parecido tratamiento de la deuda, el desmantelamiento del Estado y la apertura económica indiscriminada, repentina, que el Consenso de Washington forzó en 1989.
A la próspera y sofisticada Europa le llegaría la hora de la humillación que en su momento sufrió el subcontinente Americano, cuando estas sociedades, ya injustas, registraron por añadidura un calamitoso proceso de involución social: se dispararon la pobreza, la desigualdad y la exclusión. El Consenso de marras impuso una estrategia combinada de austeridad radical con otra de cambio del modelo económico y político. Esta se montó sobre el trípode que nuestros economistas de derecha predicaron con místico fervor: libertad absoluta de mercados, privatización de empresas y funciones del Estado, austeridad fiscal. Hubo privatización y apertura económica a marchas forzadas, con desindustrialización y destrucción masiva de empleo. Como en Grecia.
No escapó Colombia a las adversidades del modelo. En 2005 le diagnosticaba la Contraloría General “una crisis humanitaria sin precedentes”: desempleo y miseria alcanzaban los niveles históricos más elevados. El 3 de septiembre de 2003 había declarado el Gobierno que el país seguiría a pie juntillas las disposiciones del FMI para apretar el ajuste fiscal y poder bajar en 10 puntos la deuda pública. Y todavía hoy, la Tercera Vía del presidente Santos es un señuelo. Díganlo, si no, los TLC y el ominoso modelo de salud como negocio que el Gobierno se niega a desmontar.
Inobjetables, las observaciones de Stiglitz: la tal globalización sólo ha producido pobreza. Sustituyó las viejas dictaduras nacionales por la nueva dictadura del capital internacional. Hoy son pocos los que defienden la hipocresía de pretender ayudar a los países subdesarrollados obligándolos a abrir sus mercados a bienes de países más adelantados que protegen los suyos propios. Y asfixiándolos con deudas convenientemente renovadas. Digamos que al austericidio de la troika financiera –fortín del 1% de afortunados que acapara la mitad de la riqueza del mundo– le ha salido su fantasma. Y no parece de cuento de hadas. Enhorabuena.
por Cristina de la Torre | Dic 9, 2014 | Diciembre 2014, Internacional
Víctima de su propio invento, se va quedando solo el chavismo. Terminó por prevalecer en Suramérica una versión remozada de Socialismo Siglo XXI, a leguas del modelo confiscatorio y revanchista que se ofreció en Venezuela como alternativa a la hegemonía de élites que gobernaron en su exclusivo beneficio. A leguas del Leviatán bicéfalo en que derivó la esperada revolución bolivariana, mezcla de Nomenklatura estalinista y dictadura tropical. Quebrada por sus gobernantes la economía del vecino país; envilecido allí el ejercicio del poder hasta emular los más odiosos regímenes de fuerza, hoy brillan por contraste viejos socios del omnipresente Chávez, que escogieron otro camino.
Mientras carecen los venezolanos de todos los bienes básicos, Evo Morales más que duplicó el nivel de vida de los bolivianos y convirtió a su país –antaño el más pobre después de Haití– en el milagro latinoamericano. Bolivia presenta el nivel más bajo de desempleo en la región. En tierra de Maduro se dispara sin escrúpulo sobre los inconformes en las calles, se encarcela o expatria a los líderes de oposición, se arrincona lo que queda de empresa privada. Pero en Bolivia florece una ciudadanía más plena y, no bien reelegido por aplastante mayoría, Morales concierta políticas con la burguesía empresarial que quiso derrocarlo. Mientras Maduro compra con asistencialismo el apoyo popular, hostiliza a las clases media y alta y enriquece al filochavismo corrupto en el poder, Morales gobierna para todos. Sin alienar la divisa de Estado plurinacional que reconoce entidad histórica a todas las etnias y culturas nativas.
Morales debutó en 2005 con la renacionalización de la riqueza minera de Bolivia, que se había convertido en pasto de multinacionales. Renegoció con ellas contratos y regalías, y canalizó los nuevos ingresos por impuestos y exportaciones hacia la economía productiva. Industria, agricultura, transporte, vivienda, artesanía han crecido aceleradamente y, con ellas, el empleo. Desde su originaria radicalidad anticapitalista y anticolonialista, tan apetitosa para el fosilizado izquierdismo de Hugo Chávez, ha evolucionado Evo Morales hacia una opción socialdemócrata que produce el cambio sin decapitaciones.
Como en el Uruguay de Tabaré Vásquez y Mujica, en el Chile de Bachelet, en el Ecuador de Correa y en el Brasil de Rousseff, ha logrado Morales niveles sustanciales de inclusión y redistribución sin poner en riesgo la estabilidad de la economía. Y, en política, amplió el espectro. Ahora apunta lo mismo a indígenas y trabajadores que a las clases medias y al mundo empresarial. Su Vicepresidente, García Linera, declaró: “Somos un gobierno socialista, de izquierda y dirigido por indígenas. Pero en este proyecto nacional caben todos”. Liberado de discurso y programa paralizantes de la izquierda arcaica, el más fogoso amigo de Chávez ingresa en las ligas del otro Socialismo Siglo XXI. El que ha probado con creces ser alternativa, mientras el chavismo se hunde en sus miserias.
Coda. Discrepo cordialmente del panegírico que el columnista Plinio Apuleyo Mendoza le dedica a la adaptación teatral de la novela Pantaleón y las visitadoras, por Jorge Alí Triana. Lejos de una “hazaña”, este montaje es un desacierto que nuestro director jamás debió permitirse. Con recurso al teatro de vodevil, no se crean aquí personajes y de ninguno de los “actores” puede decirse que interprete “magistralmente” papel alguno. Ni afirmarse, contra toda evidencia, que “Jorge Alí supo conformar un equipo de primer orden, digno del más exigente ámbito teatral”. Apreciación que debería reservarse a montajes de Triana dignos de las mejores salas. Como su insuperable Muerte de un viajante, de Tennessee Williams.
por Cristina de la Torre | Abr 1, 2014 | Abril 2014, Internacional, Izquierda
No sufrió nuestro país las dictaduras sanguinarias que menudearon en Suramérica; y, sin embargo, es el único de la región donde la izquierda no conquista el poder o lo determina con agendas que los gobiernos deben cooptar. También es Colombia todavía la meca del neoliberalismo, cuando casi todo el vecindario recogió esas velas y escogió otros caminos. Papel protagónico jugaron en este viraje las izquierdas. Templadas en los horrores de la dictadura y desafiadas por el modelo de Reagan y Thatcher, con el retorno a la democracia se adaptaron ellas a realidades inéditas, matizaron sus banderas y saltaron de la revolución a la reforma. Salvo en Venezuela, donde el despotismo asoma su fea cabeza. Y la izquierda colombiana, si dogmática y caudillista, puja no obstante por vencer el doble cerco que la asfixia.
Por un lado, el de guerrillas que, creyéndose vanguardia excelsa de la revolución, desconceptuaron en su prepotencia a la izquierda legal; o quisieron asimilársela, con resultados nulos o irrisorios que la derecha magnificó o se inventó. Tendió así el otro cerco, de eficacia imponderable en un país conservatizado hasta la insania por demagogos expertos en manipular por el miedo. Miedo a los rojos, anacronismo de Guerra Fría. A todo sindicalista o campesino inconforme o ciudadano pensante o gay o militante de algún socialismo la caverna le ha tenido por guerrillero vestido de civil. Si no concurre a las misas del procurador, si no responde a los 72 parlamentarios reelegidos por el partido de Mancuso, sospeche usted. Y proceda como la patria manda para conjurar al Enemigo Malo.
Según Benjamín Arditi (Barditi@unam.mx) el giro a la izquierda en el subcontinente se comprueba en resultados electorales de esta fuerza, en su poder de iniciativa y en su capacidad para redefinir el núcleo de la ideología y la política. Ha pasado de la insurrección de los años 60 a las elecciones y a los frentes amplios que desbordan el solo componente popular. La nueva izquierda es la vieja izquierda que desfetichiza la economía de mercado, la lucha de clases, el imperialismo. En su lugar, habla de reconfiguración de bloques en el mundo; de órganos supranacionales cuyas decisiones aceptan los Estados.
Apunta Arditi que cuando el Consenso de Washington se ofreció como modelo económico del conservadurismo, ya casi toda la izquierda parlamentaria aceptaba la necesidad de ajustar la política social a la estabilidad monetaria. Pero el posterior ablandamiento del arquetipo inicial obedeció a la avalancha de protestas en las calles y en las urnas contra las privatizaciones y la brutalidad de las políticas de choque. A poco, el repliegue intelectual y político de la ortodoxia neoliberal creó el espacio propicio al resurgimiento de la izquierda. Fuerza menos ligada hoy al marxismo, menos hostil a la propiedad privada y al mercado, conserva no obstante al Estado como instancia decisiva de regulación y redistribución. Tras el ocaso del neoliberalismo, triunfó como alternativa en torno a la igualdad, la redistribución y la inclusión, sin abolir el capitalismo ni la ciudadanía liberal. Divisas que la derecha ha debido acatar.
Mientras la izquierda latinoamericana ocupa el centro de la política, la nuestra no consigue zanjar sus dilemas existenciales ni integrarse al movimiento popular. Pero sabe que el fin del conflicto romperá la tenaza de las extremas que la ahogan. Que podrá entonces aplicarse a la edificación de un país nuevo. Como lo hicieron sus parientas del vecindario, no bien se desplomó el militarismo de los generales que se hicieron a tiros con el poder; y el de los comandantes guerrilleros, desbordados hace ya tres décadas por el periclitar generalizado de la lucha armada.
por Cristina de la Torre | Feb 18, 2014 | Febrero 2014, Internacional, Modelo Económico
Vuelo de campanas y festones de feria rubricaron el lanzamiento de la Alianza del Pacífico como el paraíso soñado de integración latinoamericana, siendo, precisamente, su antípoda: un torpedo contra el acariciado proyecto de unión autónoma de países para buscar su desarrollo e incorporarse a la economía del globo sin morir en el intento. Los firmantes del nuevo pacto montan la plataforma del continente para la Alianza Transpacífico que EE.UU. lidera, cuando este litoral desplaza al Atlántico y deriva en meca de exportaciones. Pero en Washington resopla es el aliciente expreso de multiplicar las ventajas que el libre comercio ha concedido a las transnacionales. Con la Alianza del Pacífico renace el Alca, asociación de libre comercio para las Américas que Bush-padre había lanzado sin éxito. Su corolario natural, culminar la desindustrialización de los socios menores. Colombia apretará el paso hasta convertirse en exportador neto de servicios, carbón y banano, y en manso importador de bienes industriales y agrícolas. De automóviles, verbigracia, que ahora nos llegarán desde el país azteca, carros gringos o chinos que presumen de mexicanos, con cero arancel. Hábil maniobra de “triangulación”, tan cara a nuestro ministro Cárdenas.
En busca de frutos más jugosos, cierra Mazda su fábrica de ensamblaje en Colombia. Emigra a México, desde donde traerá sus carros al país, ahora libres de arancel. Solución providencial a las afugias del sector, que ha reducido dramáticamente su producción. Tan prolífico en su largueza con los poderosos como avaro con los débiles, el ministro de Hacienda recordó que entre las soluciones a aquellos apremios el Gobierno suprimió la obligación de incorporar en el vehículo 35% de partes nacionales. Podrán ellas adquirirse donde se considere “más atractivo y económico”. Si se importan y no se producen en Colombia, no pagan arancel. “Nos deshicimos –agrega exultante- del viejo modelo del Pacto Andino, una camisa de fuerza que le estaba restando competitividad al sector automotor en Colombia”. ¿Cuántos empleos formales se perderán allí? Desatino vergonzoso.
El cierre inminente de la Compañía Colombiana Automotriz, por su parte, apenas ilustra el drama de la industria nacional, que desde César Gaviria agoniza en el altar de una apertura desatada. Agravada por el TLC suscrito con EE.UU, en cuyo primer año bajó 10% nuestra producción industrial y, las exportaciones, 20%. Pero también la agricultura acusará el golpe. La Alianza Pacífico provocará severas pérdidas a 202 productos agropecuarios; la mitad de la producción del sector podría desaparecer. Y no se trata de impedir la inserción de Colombia en la economía mundial; pero tampoco de aceptar asimetrías que sólo benefician a los países más avanzados. Por tecnología y desarrollo, Colombia está en inferioridad de condiciones, no sólo frente a EE.UU, sino frente a México y Chile, sus socios de la hora.
Tres modelos subyacen a las opciones de integración: uno, de economía abierta y libre mercado, que Colombia suscribe. Otro, socialdemocrático, en cabeza de Brasil, Uruguay y el Chile de Bachelet, con proteccionismo, preeminencia económica del Estado y apertura en función del interés nacional. Y un tercero, el llamado Socialismo de Venezuela y Nicaragua, autoritario y, en política económica, palos de ciego. La disyuntiva para Colombia es de hierro: persistir en el camino de la Alianza del Pacífico hasta convertirse en protectorado norteamericano; o bien, retomar la senda de la industrialización, negociar a derechas su participación en la economía global y elevar la productividad del campo mediante reforma agraria. Lo demás es ruido y confeti. Gato por liebre.