por Cristina de la Torre | Feb 19, 2018 | Febrero 2018, Impunidad, Mujer
“Un dedo en la boca, símbolo universal del silencio, fue lo único que necesitó el violador de Claudia Morales para que no lo denunciara”. Desde entonces ̶ escribe María Antonia García (The New York Times, febrero 12) ̶, Morales ha acudido al silencio como refugio frente a leyes que en Colombia han resultado ineficaces para lidiar con la violencia de género y el acoso. Diríase que el criminal, en el pináculo del poder que entre nosotros se resuelve a menudo en muerte, protege su cobardía imponiéndole a la víctima silencio; y ésta lo asume como única garantía de supervivencia. Por su parte, la patrullera Ana Milena Cruz denuncia acoso sexual de su jefe, Coronel Óscar Pinzón, Comandante de Policía en el Huila. Aunque un colega de la agraviada le aconsejó guardar silencio ya que el padrino del agresor pintaba para Director de la institución, lo que “le daría más poder y habría que temer”. Y esta semana, al ataque de un estudiante contra una condiscípula en la Universidad Pontificia Bolivariana responden las directivas con misiva deshonrosa que revictimiza a la víctima y a todas las mujeres del claustro.
Amiga de la ideología contra el género femenino que con tanta pasión cultivan Vivian Morales, Alejandro Ordóñez, pastores y curas, la UPB alza su voz desde la veta más retinta del oscurantismo cuando un alumno le levanta la falda a una estudiante y la derriba al piso. Y no para sancionar al malandro sino para culpar a las mujeres del acoso y la violencia masculina contra ellas. Recomienda a las estudiantes evitar el uso de “prendas muy ajustadas… de minifalda, short o escote muy pronunciado”; sugiere llevar “ropa discreta (pues) no hay nada más incómodo que distraer la atención de tus compañeros de clase y profesores…”
Revive la UPB las pastorales de Monseñor Builes, añosas catilinarias dirigidas a la Medellín camandulera, hoy de camándula y Popeye, empeñada en asfixiar la metrópoli que busca mejores aires. Denostaba Builes todavía en 1963 la falda “a medio muslo” y los “descotes vergonzosos”. Ante “semejante impúdico y escandaloso espectáculo, todos sienten fastidio y vergüenza, tentaciones, pasiones, pensamientos y deseos deshonestos”. Condenó el prelado “la nueva ola de carne inmunda y horrenda corrupción”; la rebelión de la mujer moderna contra lo que Dios dispuso para salvarle el pudor “cubriendo sus vergüenzas”. Tal como lo hizo con Eva en el paraíso. Respira odio esta normativa sobre el vestir; y sugiere bíblico mandato de venganza contra la mujer, víbora que ya desde su creación perdió al varón y lo condenó a la intemperancia. Y la UPB le sigue el paso, sabiendo de dinámicas de agresión en cadena que principian con acoso, escalan a violación y pueden culminar en feminicidio. Documentado está.
Según Medicina legal, en 2017 hubo en Colombia 565 feminicidios; y más de medio millón de casos de violencia de pareja, en 86% de los cuales la afectada fue la mujer. Cada día, 43 niñas sufren violencia sexual. Pero sólo se denuncia el 10% de los casos, y entre ellos, la impunidad alcanza el 97%. Señala la Fiscalía que de cada 100 mujeres que denuncian, 10 terminan asesinadas por su compañero.
En Colombia es más arriesgado denunciar a un abusador que abusar de una mujer, apunta García, pues el abuso sexual se alimenta del miedo de sus víctimas. Miedo padece Claudia Morales, pero denuncia. Lo siente Ana Milena Cruz, pero denuncia. Lo saben las estudiantes de la UPB, y protestan. Mientras se decide la Justicia a proteger a la víctima que pronuncie el nombre de su violador, asestan aquellas mujeres un golpe certero contra el cerco del abuso sexual. Porque enfrentan poderes inmarcesibles que lo afianzan y abrigan: la política, la milicia, la religión.
por Cristina de la Torre | Sep 20, 2017 | Arte, Mujer, Personajes, Septiembre 2017
Visionaria, Débora Arango pintó hace 70 años como batracios a las élites retardatarias de la política. A jerarcas de la Iglesia que, eternos en su misoginia, se unieron a la encerrona contra esta pionera del arte moderno en Colombia, por ser ella contestataria y mujer. Acaso vislumbró la artista el renacer de la cruzada, hoy contra la “ideología de género” (eufemismo del odio milenario a la mujer) trocado en arma de guerra. A la campaña se sumó el cardenal Rubén Salazar, tan activo en exhibirse ahora al lado del papa Francisco que sacudió al país con su prédica de paz. Débora Arango forma parte de la reveladora obra Rebeldes, de Myriam Bautista. Reúne la escritora en ella perfiles de seis colombianas del siglo pasado, dechado de las virtudes negadas a las mujeres de su tiempo: talento, carácter y valentía para ocupar el podio de las iconoclastas. Glosamos aquí apartes del capítulo sobre la pintora antioqueña.
A Débora Arango la persiguieron, la ocultaron por humanizar a la mujer en sus desnudos; por demoler la estética del eterno femenino, tan conveniente a la supremacía del varón. Por pintar las fealdades de un país que navegaba en sangre y miseria hacia la esquiva modernidad. Por destapar en sus lienzos el grotesco que reverberaba en el oscurantismo, en la hipocresía y el poder intimidatorio de las fuerzas más retrógradas. Hoy convergen éstas de nuevo para disputarse el poder en 2018 y reavivar el espíritu fascista que acosó a la pintora; retroceso que iniciaba ya el gobierno de Seguridad Democrática.
Discípula de Pedro Nel Gómez, incursionó Débora Arango en el expresionismo con sus desnudos, sus óleos y acuarelas de sátira política y de denuncia social. En 1939 debutó con una exposición que el diario conservador La Defensa consideró “obra impúdica que ni siquiera un hombre debiera exhibir”. El obispo de Medellín, García Benítez, la reconvino por mostrar obra indigna de una mujer (no de un hombre). Pero ella siguió pintando desnudos sabiendo que un cuerpo puede no ser bello, pero es humano, natural. El arte, dijo, no tiene que ver con la moral: un desnudo el sólo naturaleza sin disfraz, paisaje en carne humana. Como la vida no puede apreciarse desde la hipocresía y el ocultamiento, mis temas son duros, acres, casi bárbaros y desconciertan a quienes quieren hacer de la naturaleza lo que no es.
En animales representó a los protagonistas de la política y de la Violencia. Primera en cuestionar el poder desde la pintura, revolucionaria no de palabra sino de obra, se paseó por el 9 de abril, la dictadura de Rojas y el Frente Nacional. Escribe Santiago Londoño que a la idealización de la antioqueñidad opuso Arango la realidad de los marginales. Y la de la política: “batracios, reptiles, aves de rapiña, sapos, lobos sustituyen a los políticos y a sus aduladores. (Hay también) ratas que arañan el erario, sapos entorchados que se regocijan en su banquete”. Obispos, calaveras y serpientes refrendan el esperpéntico saqueo. Catilinarias le dedicó Laureano Gómez desde el Capitolio. Y Francisco Franco mandó descolgar sus cuadros el día mismo en que se iniciaba una exposición de Arango en Madrid.
Mas ella pintó lo que quiso, contra su tiempo y su medio. Contra las fuerzas de una sociedad paralizada en las tinieblas y en la arbitrariedad. En medio de políticos afectos a la Falange española; de damas de insospechable ferocidad organizadas en ligas de la decencia; de purpurados que reinaban sobre las almas, la escuela y las instituciones públicas. Como a tantas rebeldes, a Débora Arango la aislaron, la abrumaron de consejas y la señalaron todos los dedos de la inquisición. Sólo a los 70 años le llegó la consagración, llevada por mujeres al trono dorado de los blasfemos.
por Cristina de la Torre | May 30, 2017 | Mayo 2017, Mujer
Parece complacerse nuestra cultura en la violencia que hiere todos los días a las mujeres y los niños. En un país que ha “domesticado” su población más indefensa a fuete y a puñal, la mayoría ni se entera de que éste compite por la corona mundial en feminicidio, y las cifras le resbalan: los cinco últimos años registran 345 asesinatos de mujeres por su condición sexual; sólo en los tres primeros meses de 2017 fueron asesinadas 104 mujeres, según Medicina Legal. La estadística de maltrato infantil y violencia doméstica da escalofríos, mientras el matoneo y la represión en la escuela se atemperan con pereza. Mas, en generalización optimista que tantos quisiéramos dar por cierta, el psicoanalista Guillermo Carvajal saluda gozoso un supuesto derrumbe de la estructura política, social y psicológica que sostenía la pedagogía del miedo infundido por violencia en la educación. Más aún, dizque “Dios desapareció del contexto punitivo”. ¡Dios lo oiga!
Porque ya podríamos esperar el vuelco de una saga milenaria a tiro de una generación. No serán muchos los niños que gocen de educación sin sufrimiento y, en todo caso, ninguno escapa al asedio de padres, curas, maestros, Malumas, publicistas y seriados de televisión que enseñan la feminidad como impotencia y daguerrotipo de muñeca deseable; y la masculinidad como ferocidad, miedo a la ternura y a la furtiva, que es “cosa de nenas”. ADN del aire que se respira desde la cuna, para troquelar relaciones de poder entre padres e hijos, y entre géneros, que sólo se resuelven en brutalidad. Aún en las familias más distinguidas. Y quien creció en la violencia, violencia podrá ejercer después.
Excepciones habrá, claro, como el movimiento de Nuevas Masculinidades. Como padres y colegios que apalancan, contra el medio, una educación en libertad y sentido de equidad. Pero son contados. No existe todavía este “mandato colectivo (instalado) en la mente de casi todos los adultos” que el doctor Carvajal acaricia. Para alcanzarlo, habrá que escarbar antes en las raíces culturales que moldean las relaciones entre hombres y mujeres. Así lo propone en Razón Pública la antropóloga Myriam Jimeno, cuyo texto nos permitimos glosar:
Aquella cultura echa raíces en un pasado remoto y camina lerdo con relación al cambio laboral y educativo de la mujer. Tres ejes culturales parecen explicar la violencia contra ella. Primero, el ideal sublime y eterno del amor romántico; a salvo de contradicciones, encarna la idea que ensambla a dos en uno, dos medias naranjas no admiten diferencias. La mujer deviene aquí propiedad del varón y éste lo mismo premia su sumisión que castiga todo conato de rebelión. Baladas, vallenatos y boleros cantan a la propiedad privada, “para que sepan todos que tú me perteneces, con sangre de mis venas te marcaré la frente”. Otro confiesa: “tuve que matar al ser que quise amar”.
Segundo, se tiene a la crueldad contra la mujer como acto de locura. El agresor resulta justificado en un descontrol humano y presentado como insania su plan deliberado de matar. Por último, la idea de que razón y emoción son ríos separados. Así, se legitima la violencia que da cauce a los celos, a la rabia, al miedo de perder la pareja. La exaltación del sentimiento –escribe nuestra autora– recupera la vieja idea del honor que se defiende con el crimen. Sólo un cambio profundo en esos ejes, agrega, infundido a hombres y mujeres desde la primera infancia les darán eficacia a las leyes contra el feminicidio y equidad a la relación amorosa. “Hay que dejar de criar princesas indefensas y machitos violentos”. No educar el niño a golpes, ni predisponerlo a agredir después a su pareja. Que al feminicida se lo hace desde la cuna.
por Cristina de la Torre | Jun 20, 2016 | Junio 2016, Mujer
Miles de hombres y mujeres se sublevarían contra la elección de Néstor Humberto Martínez como Fiscal, si la Corte Suprema cometiera este miércoles el desliz de asignarle el cargo. Como si no bastara con la indolencia de jueces y policías frente a la brutalidad doméstica que se cierne sobre las mujeres, propone Martínez despenalizar el feminicidio y la violencia intrafamiliar. Porque criminalizarla, dice, atentaría contra el núcleo familiar. Alude, sin duda, a la familia patriarcal, una entre las muchas modalidades de esa institución que hoy existen. Pero es aquella, precisamente, fuente primera de las agresiones y crímenes que se busca conjurar. Preservarla es perpetuar su razón de ser, el ejercicio del poder vertical, inapelable del patriarcalismo sobre la mujer, instalado en el inconsciente del varón. Y su instrumento, la violencia física, moral o económica, de recio poder disuasivo, pues viene consagrado por la religión y la cultura para situar a cada uno en su lugar: al hombre, en su pedestal de amo y señor que desde niño desprevenido el medio le asignó; a la mujer, en el oscuro rincón de la servidumbre doméstica.
Ya la Biblia definía prioridades entre sexos: “Tus deseos serán los de tu marido, y él mandará sobre ti”, se le dijo a la mujer. Sentencia terrible que sellaba la victoria del monoteísmo, del patriarcado sobre el matriarcado, del dios-varón sobre las diosas de la fecundidad. E iba contra natura: no nacía ya el hombre de la mujer, era ésta la que nacía de una costilla de Adán. Y la imagen del dios viril se proyectó a cada figura de autoridad masculina: al padre, al marido, al sacerdote, al juez, al rey, al Estado.
Mas no todo en la familia patriarcal es violencia desembozada. Tras una acumulación de sutiles humillaciones diarias que minan la dignidad de la mujer, su autonomía y su libertad, aquella va ascendiendo de agresión física a violación y, aún, al asesinato. El feminicidio es desenlace de una violencia moral alimentada por micromachismos o manipulaciones a menudo maquinales. Como relegar en la mujer las tareas domésticas, pues ella “las hace mejor”. O prohibirle salir, estudiar, trabajar, para “ahorrarle esfuerzo”. O descalificar sus opiniones porque a su intelecto le basta con las delicias de la maternidad. Con el tiempo, los micromachismos causan daño irreparable contra el cual no hay defensa porque son imperceptibles. O ejecutados con manecita rosadita.
Tras el amor romántico entre príncipe azul y princesita se agazapa el más sórdido ejercicio de poder que trueca las diferencias de sexo en desigualdad y asigna roles a conveniencia del varón: a él le adjudica el mundo e ímpetus para desafiarlo; a ella, el reino del hogar, edén del sometimiento, el aislamiento y, cómo no, del silencio. De transgredirlo, obrará su compañero con energía suficiente para reducirla por la fuerza. 83.000 casos de violencia doméstica se denunciaron en Colombia en el último año y medio, la mayoría, contra mujeres. La cifra sólo recoge la cuarta parte del fenómeno, pues la mayoría de víctimas no denuncia. Y el 97% de los casos queda en la impunidad.
Lejos de ablandar o suprimir normas de protección a la mujer, hay que revolucionar la Fiscalía para que se apliquen a cabalidad. Revaluar la concepción de familia, su organización jerárquica, autoritaria, monolítica. Y los estereotipos de género que condenan a la mujer a la esclavitud; y al hombre, a violentar su natural humano con la exigencia de fungir siempre de macho-proveedor y dómine sin el femenil derecho al llanto. Porque aquello de llorar “es de nenas”. Pueda ser que no apadrine la Corte al candidato que se ofrece como enemigo jurado de la mujer.
por Cristina de la Torre | Mar 21, 2016 | Marzo 2016, Mujer
Ni Macondo es fantasía pura, ni ha muerto la maldición del paraíso al género femenino. Contra eruditos que ven mujer fuerte en la obra de García Márquez, estiman otros que madre, virgen, rebelde, santa o libertina, las mujeres en aquel entorno encarnan una femineidad moldeada a rajatabla por la necesidad de dominio del varón. Que en la obra prevalece un pasado apelmazado en discriminación y violencia sobre la mujer. Como prevalece en casi toda pareja, rica o pobre, de este Macondo extendido que es Colombia, donde no falta quien contemple el feminicidio como cosa natural. Secuela de una cultura acuñada en el relato más oscuro de la Escritura, que curas y pastores propalan, y descarga sobre la hembra –ser ponzoñoso– las culpas todas de la humanidad.
Mercedes Ortega y Nadia Celis estudian a la mujer en la obra del Nobel, como personificación de los imaginarios culturales que nutren la pluma del escritor. Exploran la relación entre el mundo de la ficción y la cultura regional en torno a la mujer, su cuerpo y su sexualidad, en personajes femeninos de creación literaria como representaciones del medio que la rodeó.
Según ellas, en Cien años de soledad es mito el poder de la madre y el de la fémina que libera su deseo, pues una y otra definen su sexualidad en función exclusiva de las expectativas del hombre. Como la define también la mujer virgen, candidata a la dignidad de esposa y madre. Pero la de la madre es una sexualidad asexuada, meramente reproductiva, sujeta al fin de preservar el linaje, domesticada para la respetabilidad del espacio doméstico. Hasta Pilar Ternera y Petra Cotes, “hembras libres”, subordinan su sexualidad al dominio masculino. En términos de prestigio y de estatus, muy costoso les resulta el margen de libertad que se conceden. Aquellos parecen reservados sólo a la esposa, jamás a la libertina. Macondo invisibiliza a la mujer inconforme, dueña de su libertad, a la iconoclasta que desafía el ideal patriarcal. La violenta. O la desaparece, como a Remedios la Bella, greñuda enfundada en un camisón, antítesis del “eterno femenino”.
Mas esta desapacible condición de mujer entraña una antiquísima violencia moral de las iglesias contra ella, antesala del ataque físico y hasta del homicidio que la ley le permitía al marido, si obraba “en estado de ira e intenso dolor”. Y se extiende a la patria entera del Sagrado Corazón. Apunta la investigadora Ana Catalina Reyes que la Iglesia fundamentó “un arquetipo de mujer sometida al hombre pero dignificada en su papel de madre e imitadora de la Virgen María. Esta ‘angelización’ le permitía ocupar el trono del hogar a cambio de practicar las virtudes de castidad, abnegación, sumisión, negación de sus deseos y, aun, de su propio cuerpo”. Pero ninguna en el entorno exterior de la modernidad que despuntaba en la Medellín de 1920. Reina del hogar, bajo la égida del marido. También Úrsula Iguarán. Y todavía hoy. En tal desdén por la figura femenina, menudeaba el padre Ulpiano Ramírez advertencias a la esposa de obedecer al marido porque “él es superior”. Palabras de hace un siglo que monseñor Alejandro Ordóñez acotaría hoy con el versículo del Génesis: “Tu deseo será para tu marido, y él te dominará”. Y lo recitaría en estado de ira e intenso dolor.
Literatura y religión: dos flancos que dicen casi todo de la cultura que humilla a la mujer en Colombia hasta provocar 34 mil investigaciones por feminicidio en la última década. Pero una luz inesperada brilla en el horizonte: el movimiento de Nuevas Masculinidades. Hombres en rebeldía contra el patriarcalismo que los convierte en cómplices de la violencia de género, contra el estereotipo de machos sin derecho a rasgo alguno de humanidad.