por Cristina de la Torre | Ago 4, 2009 | Agosto 2009, Régimen político, Uribismo
Andan todos, a cuál más recursivo, sacándole el jugo a su Estadito de opinión. Césares del trópico, Chávez, Uribe y Correa lo exprimen desde todos los flancos, con ayuda de las encuestas, de los medios y del tesoro público que ellos administran como cosa personal. Ya movilizan al pueblo para montar constituciones que los amarran al poder. Ya amordazan a quienes se extravían del camino que conduce, inexorable, a la aclamación del caudillo. En todo caso, acaban ellos por usar en su favor la esperanza siempre embolatada de las gentes. Y a esto le llaman Estado de opinión. Señuelo de demagogos que deriva en monopolio indefinido del poder.
Uribe anticipa veto a la decisión de un Congreso que negaría su re-reelección e invoca, en su defecto, la voluntad popular. También hace tres años se hizo reelegir abusando del poder, gracias al delito de cohecho y al voto de parlamentarios que quisieron refundar la patria en asocio del paramilitarismo. Hoy chantajea a los amigos que le guardaron fidelidad mientras hubo notarías y embajadas y puestos y contratos. Dizque espera que “las piruetas politiqueras (no) afecten la voluntad popular”. Velada notificación de que hará prevalecer su Estado de opinión sobre el Estado de derecho que consagraba el imperio de la ley –cuya fuente es el Congreso- y la independencia de poderes. As bajo la manga que Uribe lanzó como teoría en su campaña de 2002 y refinó como práctica a lo largo de 7 años. Hoy le sirve para desembozar la disyuntiva suprema de todos los que se atornillaron en el mando azotando las miserias de la “partidocracia”: o Congreso corrompido (¿por quién?), o “voluntad popular”.
También Correa volvió fetiche al pueblo ecuatoriano cuando lo invitó a respaldar una constitución que le daría al Presidente todo el poder, una y otra vez. “¿Se puede esperar algo más democrático?”, inquiría su gobierno; y remataba: “no se trata de disolver ni de pedirle permiso al Congreso sino de acatar la voluntad del pueblo”. A poco, para asegurar mayorías, canceló la licencia a los principales medios de información y anunció la aplicación de esta medida a 229 emisoras de radio y TV. Correa ganó la consulta. La nueva Carta introdujo reformas económicas no más audaces que las de un Carlos Lleras, pero a años luz del conservadurismo económico de Uribe. Y al artífice de esta Carta le entregó un arsenal de poderes comparable al de Hugo Chávez.
De sobra se conocen el rosario de atropellos y el despliegue de exhibicionismo con los que el venezolano se ha afirmado en el puesto. Constitución y Asamblea de bolsillo parecen asegurarle gloria eterna. Así como Correa, Chávez asfixia a la prensa independiente. Se propone encarcelar hasta por cuatro años a quienes divulguen información que pueda atentar contra la estabilidad política y la salud mental o moral pública; y a quienes creen “una matriz de opinión en la sociedad” (¡). Hace un mes amenazó con cerrar 285 emisoras de radio y TV. El 31 de julio clausuró las primeras 34. La SIP habló de “golpe devastador contra lo que queda de democracia en Venezuela”. Uribe se ahorra estas flagrancias, pero ha acusado a periodistas de cohonestar el terrorismo, acaso sin reparar en que donde él pone la injuria otro puede poner la bala.
Así medran estos autócratas en ciernes con delirio de grandeza. Elevan los dolores de sus años mozos a política de Estado y juegan a la guerra, magnificando diferencias de talante. Pero son cuñas del mismo palo que anuncia el regreso al golpismo latinoamericano. No ya militar, sino civil.
por Cristina de la Torre | Jul 21, 2009 | Julio 2009, Régimen político, Uribismo
A su séptimo aniversario de gobierno, el “Estado de opinión” del Presidente Uribe da lecciones a cuanto aprendiz de dictador aparece en la región, llámese Correa o Chávez o Zelaya. So pretexto de representar al pueblo, el novel paradigma invierte el sentido de la democracia. Al amparo de la libertad de pensamiento, las revoluciones liberales habían consagrado la opinión pública como expresión del sentir plural de la sociedad y medio de control sobre el gobernante. Pero ahora, ella funge como instrumento del Príncipe para convertir al pueblo en rebaño, y en “voluntad general”, el personalísimo interés del primero. La propaganda, siempre astuta, no pierde oportunidad para exhibir al caudillo; para presentar como blanco lo que es negro, y negro lo que es blanco; para trivializar lo importante y magnificar lo baladí, para tender velos sobre las “vergüenzas” cuando cae la hoja de parra. Otra condición le presta toda su eficacia al “Estado de opinión”: no se discute. No se discute la voluntad absoluta del caudillo ni la “voluntad” absoluta de la mayoría. Entronque del autoritarismo, que principia por romper dos vértebras de la democracia: la crítica y el debate público sobre las cosas que a todos atañen.
Los últimos acontecimientos dibujan bien el contorno de esta democracia de papel, donde la propaganda lo es todo. Si la orden de captura expedida por un juez del Ecuador contra el ex ministro Santos le sirve a Correa para exacerbar un nacionalismo pródigo en votos, a Uribe le viene de perlas desempolvar un video incautado hace dos meses, que destaparía intimidades ominosas del mandatario vecino con las FARC. Documento providencial para el nuestro, hábil soplador de nubes, cuando su canciller se ve en calzas prietas para explicar un convenio concedido en la sombra que podría comprometer la soberanía del país y autorizaría a una potencia extranjera a desplegar desde nuestro territorio maniobras militares autónomas de alcance continental. Bermúdez le resta trascendencia a esta decisión trascendental. Mas otras declaraciones sugieren implicaciones que desbordan la presentación del convenio como simple prolongación del Plan Colombia. A Uribito se le escapa que este acuerdo “nos va a ayudar a preservar el equilibrio de fuerzas en un vecindario que no es del todo amistoso con los colombianos”. El General ® Velasco argumenta en CMI que las bases obrarán como factor de disuasión para los enemigos de Colombia. Y al Comando Sur de EE.UU. le interesa Palanquero porque desde allá podrá cubrir medio continente con aviones C17. Tamaña audacia, cocinada con sigilo, se ha brincado a la opinión pública, al Congreso, a las Cortes. Cero participación, cero debate. Decisión excluyente y secreta. Pillados sus autores in fraganti, tal vez su impacto no podía amortiguarse sino con una bomba mayor: la imagen de Jojoy, montada o no, revelando que las FARC donaron 100 mil dólares a la campaña de Correa.
Pero éste es apenas el último episodio en siete años de “Estado de opinión”, en cabeza de un mandatario en campaña perpetua por el poder. El penúltimo episodio, la invitación del Presidente a Piedad Córdoba dizque para recibir secuestrados, en el momento mismo en que saldrían a danzar otros 34 Yidis, parlamentarios agraciados con notarías a cambio de su voto por la reelección. Entre humo, pompas de jabón y golpes de opinión, discurre este “Estado de opinión” que entroniza, sin embargo, el delito de opinión. Chávez y Correa cierran cadenas de televisión. Uribe considera traidor a la Patria a quien disiente de su Graciosa Majestad.
por Cristina de la Torre | May 19, 2009 | Mayo 2009, Régimen político, Uribismo
La atmósfera espiritual de una época no se refleja en los grandes acontecimientos sino más bien en pequeños episodios, escribe Stefan Zweig en su autobiografía, El Mundo de Ayer. El escritor austriaco reconstruye una escena fugaz de la que fue testigo, momento anodino en apariencia pero que a él se le antojó cargado de significado. Corría la primavera de 1914. En un cine de barrio de Tours charlaba la gente del pueblo, fumaba y reía, auncuando la proyección había comenzado ya con noticias del mundo. Inesperadamente, a la vista del Káiser de Alemania, “los espectadores empezaron a silbar y patear de un modo desaforado (…) La buena gente de Tours se enloqueció por espacio de un minuto. Me sobresalté. Quedé aterrado hasta el fondo del corazón. Porque sentí hasta qué punto debía haber progresado el envenenamiento causado por la propaganda del odio”. A poco, el 29 de junio de ese año, se disparó el proyectil de Sarajevo que desencadenó la Primera Guerra Mundial.
A lo largo de todo un siglo ha logrado cierta propaganda predisponer los ánimos para la guerra y para plegarse a regímenes que, como el fascismo, se empotraron en el control de la masa mediante la fuerza y el uso de técnicas de persuasión inconsciente. Como quien vende un jabón, aquí se vende una fe. Publicistas y propagandistas condicionan los gustos de la gente y sus actitudes políticas. El secreto: simplificar las ideas (hasta la caricatura?); repetirlas hasta el cansancio; asociarlas a imágenes heroicas y motivos que subviertan las pasiones, el anhelo de poder… aunque también el de someterse a la mano férrea de un padre. Padre implacable, como Dios, pero padre, al fin. Y hallar (o inventar) un enemigo tan temible que consiga compactar al pueblo todo en unidad inquebrantable alrededor del caudillo, también uno, insustituible. Encarnación de un pueblo sin fisuras, será él mismo la voz del pueblo, ergo, la voz de Dios. La patria. Quien la amenace merecerá prisión, destierro o muerte.
Hay en Colombia quienes empiezan a coquetearle a un modelo de esa laya, a título de “gobierno de opinión”. No otra cosa sugiere la columna de un asesor presidencial que condensa el ideal de este gobierno en una simplificación grosera, apologética. Pieza rudimentaria de propaganda, menea la guerra como forma excelsa de la política, convoca la unidad del pueblo alrededor de su caudillo sin “división nacional” ni “lucha de clases”, y exhuma todo su odio contra el enemigo malo (en el país de la motosierra). Acaso para evocar las gestas del Cid Campeador, o las de los nobles de la Mesa Redonda, se proclamará primer caballero del Presidente y hasta mariscal de campo en sus batallas.
Cosas le faltan para completar un cuadro que alarma no ya apenas a la oposición liberal y del Polo, sino a contingentes crecientes de los propios amigos del gobierno que ven con horror aproximarse la quiebra de la democracia en este país. Faltaría la inclinación a configurar un Estado policivo con la conversión del DAS en aparato de persecución política; y criminal, con el asesinato sistemático de civiles inocentes; y militarista, con su concepción de seguridad confinada al solo criterio de la guerra; y elitista, por su alianza cerrada con el gran capital. Un Estado que se inmiscuye en la intimidad de la gente para ordenarle con quién irse a la cama y cuándo; para prohibirle fumarse un porro; para burlar la ley que despenaliza el aborto.
Una pregunta salvaría del tremendismo a esta glosa: ¿anda Colombia en el estadio de los pequeños episodios, o ha saltado ya a los acontecimientos de bulto?
por Cristina de la Torre | Abr 14, 2009 | Abril 2009, Régimen político, Uribismo
Con los únicos precedentes de jefes nazis, dictadores argentinos de los años 70 y el yugoslavo Milosevic, han condenado a Fujimori por violación de los Derechos Humanos. “Autoría mediata” de asesinato y secuestro es la figura que se le aplica y compromete a quien comete un delito por interpuesta persona. Siendo Presidente, el peruano contrajo responsabilidad política por la masacre de 25 personas a manos del grupo paramilitar Colina; y por el secuestro de otras dos en instalaciones del servicio de inteligencia del ejército, en desarrollo de la guerra sucia que culminó con la derrota de las guerrillas. Luego se le comprobó al ex-mandatario responsabilidad penal en la eliminación de aquellas personas, asesinadas por simple sospecha de asociación con el terrorismo. El rumor creciente –con origen en medios cercanos al gobierno- de que el Presidente Uribe buscaría una segunda reelección para eludir la acción de la justicia internacional, completaría un cuadro de semejanzas con la experiencia de Fujimori que alarma e invita a reflexión.
Con amplio respaldo de opinión, Fujimori venció la inflación y doblegó a la subversión. Pero con ello se sintió autorizado a cerrar el Congreso y las Cortes, y a cambiar la Constitución de modo que él pudiera aspirar a un tercer período. En Colombia, el anhelo de reducir a las FARC rindió a la sociedad a los pies del primer pantalonudo que las desafió de frente. Tres, cuatro golpes bastaron para que éste fungiera como enviado de Dios y, en ataque perpetuo de ira santa, terminara por brincarse las instituciones de la democracia. También Uribe habrá usurpado todos los poderes públicos con el poder abrumador de su persona y se hará reelegir para un tercer período.
Aunque guardando proporciones, la sentencia del juez peruano aviva el clamor que se ha alzado en Colombia para que el gobierno sanee sus propias filas y mande juzgar a criminales mediatos o inmediatos que, al amparo del poder, cargan ya con numerosas víctimas. En Lima comprobó el fiscal que Fujimori había autorizado “violaciones a los derechos humanos como método para combatir a presuntos guerrilleros (…) en muchos casos sólo civiles inocentes”. Que el grupo paramilitar Colina había participado en aquella estrategia clandestina de Fujimori contra la subversión, de cuyas ejecutorias conocía el mandatario desde su creación como escuadrón de aniquilamiento del ejército. Y que al proyecto se había sumado el propio servicio de inteligencia del Estado.
Injusto como sería precipitarse en analogías que sacrifican las singularidades de cada proceso, cabe sorprenderse, sin embargo, con el extraordinario parecido del caso peruano con el reciente perfil de la guerra en Colombia. Aquí el DAS, órgano de inteligencia que depende del Presidente, terminó controlado por las mafias y acondicionado como aparato de persecución política. Sectores considerables de las Fuerzas Armadas se aliaron con paramilitares para producir miles de falsos positivos y ejecuciones extrajudiciales. Pero el gobierno hace muy poco para conjurar el horror. No se defiende la democracia asesinando o haciendo la vista gorda frente a los asesinos; ni violentando a la propia democracia.
Lo mismo que Uribe, Fujimori protagonizó en persona todos los actos de su gobierno. En su lucha sin cuartel contra el terrorismo acudió a todos los medios, legales o ilegales. Si de “autoría mediata” se trata, a Fujimori lo habrían castigado por mucho menos de cuanto le cabría a nuestro gobierno. Si el Presidente Uribe rectificara a tiempo, no tendría necesidad de hacerse reelegir.
por Cristina de la Torre | Feb 24, 2009 | Febrero 2009, Izquierda, Partidos, Régimen político
Se ve venir. Una amalgama de conservadurismos se dispone a aplastar en el Polo a la corriente de izquierda democrática que encabezan Lucho, Petro, Maria Emma. Contra ella militan, redivivos, la roca prehistórica del estalinismo; los comandos anapistas del General Rojas Pinilla; el clientelismo que vuelve a instalarse en la Alcaldía de Bogotá, y los escurridizos nostálgicos de la lucha armada. Cofradía de obispos sin grey, estos prohombres del Polo tornan a las capillas de donde nunca terminaron de salir para mostrarse los dientes, cada uno queriendo presidir la misa mayor, mientras la ultraderecha aprieta su marcha hacia un régimen autoritario.
Entre dos dilemas se debate este partido que tanta esperanza abrió y hoy parece naufragar en la ineptitud de su ortodoxia. El primer reto, porfiar como oposición perpetua sin arriesgar un gramo de imaginación política; o bien, batallar por hacerse con el gobierno para entronizar desde allí una democracia social y política. Evento en el cual tendría que abrirse a alianzas de largo aliento, como lo ha hecho la izquierda en Chile o en Brasil, con quienes comparten aquel objetivo supremo aunque piensen distinto. Estima Gustavo Petro que este sería, por añadidura, el único camino hacia la paz.
Y aquí viene el segundo desafío: plegarse a la despótica hegemonía de dos guerreros sin escrúpulos que se retroalimentan, Uribe y las FARC, y pretenden monopolizar el escenario entero indefinidamente. O, en su lugar, devolverles a las Fuerzas Armadas el monopolio de las armas, como en toda democracia que se respete, depurándolas del crimen y la corrupción. Corolario de esta vuelta al Estado de derecho será desconocer de plano todo otro ejército, llámese guerrilla o paramilitares. La paz no se alcanza convirtiendo al Polo en vagón de cola de una eventual negociación entre Uribe y las FARC, sino en mentor de reformas de fondo con el concurso de toda la sociedad. Antes que con la subversión, la paz se hace con la ciudadanía –escribe el dirigente Daniel García-Peña- mediante acuerdo sobre reformas democráticas de fuerzas coligadas que ganen el gobierno en elecciones.
Petro le propone a su partido convertirse en verdadera alternativa frente al proyecto uribista y al de la insurgencia armada. Peligrosa opción de tercería que amenaza el modelo de polarización armada, tan funcional a Uribe como al las FARC. Es que la ruidosa derrota política de esta guerrilla no le ha impedido seguir buscando simpatías en el Polo. Y éste no supera todavía la que muchos consideran causa medular de sus conflictos internos. Y de su ruina, si no deslinda campos en forma radical, inequívoca, con la insurgencia más odiada y con sus métodos.
No será tarea fácil. Síntoma elocuente, la reacción de miembros de las juventudes del Polo que, reunidos en Ibagué, trataron de “gomelos” a seguidores de Petro que discrepaban de su defensa del secuestro como arma política y de la guerra “justa” que las FARC libraban. Les gritaron que merecían “ser fusilados”. Tome nota el señor “Cano” de las palabras del nobel de literatura, José Saramago: “Nadie que se considere humano aprueba el secuestro de personas para alcanzar objetivos políticos… ¿Qué diferencia hay entre los secuestros de Guantánamo, las torturas de las cárceles secretas y lo que (las FARC) hacen?”
Definiciones dramáticas le esperan al Polo. Acaso no pueda cohonestarse por más tiempo aquella ambigüedad, sacrificando el ascenso de una izquierda moderna y democrática, chantajeada como está por un principio de unidad imposible.