por Cristina de la Torre | Dic 13, 2011 | Diciembre 2011, Internacional, Modelo Económico
Dos caminos se han abierto para enfrentar la crisis económica de Europa: el de asfixiar a la gente con recortes draconianos de ingresos y de empleo para pagar la deuda pública al sistema financiero que provocó la hecatombe (como acaban de reafirmarlo en Bruselas los líderes de la Unión Europea). O bien, el de declarar cesación de pagos y meter en la cárcel a los banqueros y funcionarios promotores de la crisis (como lo hizo Islandia, en revolución pacífica celosamente silenciada por la prensa de Occidente). Dos caminos, con su respectivo nervio de interpretación: la mano invisible, por un lado, fatalidad de la naturaleza que subyace a la sentencia de Clinton “es la economía, estúpido”, para indicar la dinámica “inexorable” del mercado que todo lo justifica. Otros apuntan a la gula de encopetados dirigentes que disparan la deuda externa de los países con préstamos para financiar el exceso de importaciones, o con inversiones descabelladas de banqueros que se enriquecen con el dinero de la gente, o a manos de populistas manirrotos que arruinan a sus países. Angurria desatada en miseria y despojo de masas enteras, en lo que ya el derecho internacional registra como crímenes económicos contra la humanidad.
Islandia, ejemplo aleccionador, en vez de premiar a los banqueros artífices de la crisis, los está juzgando. Los que no huyeron, como Sigurdur Einarsson, quedaron entre rejas. La isla había sido literalmente saqueada por un puñado de banqueros, empresarios y políticos –informa El País de Madrid- En su desenfreno, los activos de los bancos llegaron a ser doce veces el valor del PIB, castillo de naipes que a un pastorejo se derrumbó. Movilizado el pueblo, forzó desde las calles y por referendo la renuncia en pleno del Gobierno, la nacionalización de la banca principal, la retención de todo pago a Inglaterra y Holanda y la redacción de una nueva Constitución que blindará a la nación contra los abusos del sistema financiero internacional. “Nos dijeron que si nos negábamos a (sus) condiciones nos convertirían en la Cuba del Norte (con bloqueo económico). Pero de haber aceptado, nos hubieran convertido en el Haití del Norte”, declaró su Presidente.
Ya Grecia se perfilaba como ficha primera de un efecto dominó que indignados de todas partes podrían activar. Después de siete huelgas generales y en la antesala de un referendo para negarse a pagar la deuda, Grecia parecía a punto para seguir los pasos de Islandia. Entonces Merkel estigmatizó en público al Primer Ministro, Papandreu, hasta obligar su renuncia. Pero nada dijo del origen de la crisis en ese país: el doloso ocultamiento de la verdadera cifra de endeudamiento externo, que no era el 3.4%, sino el 12.7% del PIB. Nada hicieron aquí las fuerzas inexorables de la naturaleza y mucho, en cambio, el silencio cómplice del banco Goldman Sachs. Las penurias y sacrificios que al pueblo griego se le impusieron desde septiembre, anunciaban la rudeza de las medidas que acompañan hoy la refundación de la Unión Europea: austeridad y control fiscal extremos, con evidente riesgo de provocar una verdadera crisis de producción; y la promesa incierta de que habrá fondos para refinanciar la deuda de sus miembros en dificultades.
Pan comido: ni democracia, ni solidaridad ni equidad. Aquí el pleito es entre deudores y acreedores, siempre empeñados éstos en vender bien sus mercaderías y en ganar también por financiar al comprador. Pero, codiciosos, se les va la mano y terminan matando a la gallina de los huevos de oro. Destaca Semana que la oposición y la prensa de todo el continente les recriminan a Merkel y Sarkozy la “falta de agallas” para enfrentar a los banqueros. La transformación de la eurozona le deja uña libre a la banca privada que, pese a la crisis, “no abandona su veneración al capitalismo salvaje”.
por Cristina de la Torre | Nov 29, 2011 | Educación, Internacional, Noviembre 2011
Para Ripley. Estudiantes de economía en la Universidad de Harvard violaron esta semana el sagrario del credo neoliberal. Abandonaron sacrílegos el salón de clase, dejando a su profesor con un palmo de narices y una carta entre las manos que debió devorar a trochas y mochas, arrastrado como vio su nombre por el piso. Era el célebre Gregory Mankiw, ex asesor de Bush y gurú del pensamiento único que dio alas a abusos inenarrables de los potentados cuyo desenlace fue la peor crisis económica desde los años 30. Su manual de economía se impuso en las escuelas de esta disciplina en Occidente. Como en su hora se impuso en los países de la Cortina de Hierro la obra de Nikitin, anverso doctrinario de pobreza comparable a la del norteamericano.
Se rebelaron los muchachos contra el contenido y el enfoque de la asignatura, “sesgada” hacia la sola doctrina del lesefer (Julia E. Martínez, Starviewer.wordpress.com). En recuerdo de la universalidad que inspiró a los fundadores de universitas en vísperas del Renacimiento, reclaman los de Harvard estudio crítico de las virtudes y defectos que acompañan a la constelación entera de modelos económicos y acceso al conocimiento de todas las teorías. ¿Por qué sólo Smith, reclaman, y no también Keynes, verbigracia? Demandan ellos -como demandaron los sublevados contra todo oscurantismo que embozaló a la ciencia en artículos de fe- “una comprensión amplia y crítica de la economía”. Denostan del “vacío intelectual y la corrupción moral y económica de gran parte del mundo académico, cómplice por acción u omisión de la actual crisis económica”. Reivindican -¡otra vez!- libertad de cátedra, de crítica, y autonomía de las universidades, hoy convertidas por las grandes corporaciones en instrumento de sus intereses y llave maestra de los mercados. Y, en vez de sesión de catecismo, se suman indignados en Wall Street al movimiento “que está cambiando el discurso sobre la injusticia económica”. La insubordinación de Harvard se ha extendido a las universidades de Berkeley y Duke y ya pisa los talones de otras adscritas a la confesión neoclásica.
La fuerza del movimiento estriba en su punto de mira. Aunque embrionaria, esta rebelión de miembros de la elite que se preparan para dirigir el mundo tal vez busque otro mundo: no éste de pobreza general y riqueza creciente en el vértice de la pirámide, doblemente bendecida por exenciones tributarias que J. Sachs califica de inmorales. Investigadores del Swiss Federal Institute of Technology concluyen que sólo 1.318 grandes corporaciones –casi todas del sector financiero- controlan el 60% del poder económico mundial. Depurada la lista, apenas 147 reciben el 40% de las ganancias globales. Maticen los apologistas de este modelo sus diagnósticos, que construyen, a la manera de los propagandistas, por la vía del absurdo: no es el Estado de bienestar el responsable del desastre. Es precisamente en el desmonte de su regulación financiera donde está el origen de la crisis. Y en la insensatez de gobiernos progresistas que se plegaron a las políticas de choque de sus contrarios: de quienes fetichizaron a Smith y enterraron al Keynes que dio la pauta para sortear la crisis de los años 30, hoy proscrito de Harvard.
También de Harvard fue Galbraith, crítico supremo de la sociedad opulenta que el socialismo democrático había instaurado. El bienestar beneficiaba entonces a todos. En proporciones distintas, pero a todos, por el camino de la planificación económica, de la concertación y la inversión social en cabeza del Estado. Ahora se levantan sus pupilos, pero contra el modelo que concentra la opulencia en el uno por ciento. En una minoría inmoral y despiadada que se tomó las universidades y cooptó en sus homólogas de América Latina a obsequiosos prosélitos doctorados en el arte de humillar la cerviz.
por Cristina de la Torre | Sep 27, 2011 | Internacional, Modelo Económico en Colombia, Septiembre 2011
Aflige la comparación. Tras el aplauso al buen éxito del Presidente Santos en Corea se agazapan diferencias colosales entre dos países que hace 50 años compartían el mismo estadio de subdesarrollo y hoy se sitúan en los extremos opuestos del desarrollo: mientras una dirigencia voraz y sin patria mantiene a Colombia detenida en el atraso y la desigualdad, Corea se codea con los países que les compiten a las multinacionales gringas y europeas. Aquí abandonamos en el huevo la industrialización y la rematamos con el Consenso de Washington; allá se porfió en ella, a la manera de las grandes potencias: con proteccionismo, apoyo del Estado y despliegue exportador de sus manufacturas.
Ambos países se abocaron en los 60 a idéntico desafío modernizador, bajo la enseña de la CEPAL. Corea se lanzó en seguidilla de planes estratégicos cada vez más ambiciosos. Colombia avanzó con el Plan Decenal bajo los Lleras hacia una manufactura más compleja, puesta la mira en una unión aduanera con los países andinos. Pero desde los 70 se saboteó este esfuerzo y se fue matando al Grupo Andino por inanición. Por su parte, el país asiático no daba tregua a su avance industrializador. Se concentró primero en fibras sintéticas, petroquímica y equipamiento eléctrico. A la par que aumentaba exportaciones protegía con celo su mercado interno. Avanzó a nuevos territorios en siderurgia, electrodomésticos, construcción naval. Y aterrizó por fin en grandes conglomerados automotrices, producto de inventiva privada con soporte condicionado del Estado. Éste puso casi toda la banca al servicio del desarrollo; dio crédito fácil a las industrias; obligó al capital extranjero a asociarse con capitales nacionales o programas del Estado; y montó un sistema de protección aduanera selectiva, en armonía con el plan de desarrollo, limitado en el tiempo y bajo el compromiso perentorio de exportar.
Pinochet en Chile y sus compinches de sable y casaca en la región protagonizaban el viraje neoliberal. Se impuso por doquier la nueva fe, hasta culminar en el Consenso de Washington que distinguió con todos sus blasones la involución hacia el modelo de mercado puro. En él se embarcó Colombia, hasta apuntarse un éxito clamoroso en la estrategia de desindutrialización. Gabriel Misas demuestra que la participación de nuestra industria en el PIB decreció y algunas ramas desaparecieron. La proeza se afirmó sobre la apertura comercial de César Gaviria, que el TLC con Estados Unidos magnificará. Golpeado el arancel, no pudo nuestra incipiente industria competir. De eso se trataba. Y a eso se prestó humillando la cerviz nuestra clase dirigente. Entonces se nos dijo que, negados por Dios y por natura para producir bienes industriales, debíamos aplicarnos sólo a aquello con lo que pudiéramos competir: minerales, florecitas, bananitos. A una economía primaria, de riqueza engañosa y empleo irrisorio. El tan ponderado boom minero será apenas una economía de enclave.
Dos “insignificancias” separan a estos países, que oteaban el mismo horizonte pero emprendieron caminos opuestos: primero, Corea sustituyó importaciones y coronó el proceso con ímpetu exportador; Colombia sucumbió al embate del conservadurismo económico. Segundo, tiene Corea una clase dirigente con sentido de patria; la nuestra, ay, es una dirigencia siempre lista a golpear a los más débiles entre los suyos y a doblar la rodilla ante los monos. No obstante el ruidoso fracaso de sus ejecutorias, los gestores de la debacle quieren seguir mandando y no rinden cuentas. Desde su prepotencia inmarcesible, esta secta va dando baculazos a diestra y siniestra, bien acomodada como anda en la locomotora minera, cuyo estrépito no logra, sin embargo, ocultar la ausencia de aquella que ellos jamás echarían a andar: la de la industria.
por Cristina de la Torre | Ago 2, 2011 | Agosto 2011, Internacional
Rubio, hermoso, cristiano y bien nacido. Ario. Y sin embargo Breivik disparó sin pestañear sobre 80 compatriotas suyos en la idílica Noruega, meca del Nobel de Paz, refugio de perseguidos. Ni negro ni musulmán, la blanca piel del asesino magnificó el horror, pues violentaba la estética política de un continente exquisito que hoy padece los estragos del mercado, tras décadas de bienestar sin precedentes. En crisis de identidad y desempleo, media Europa se indigna contra la opulencia de los banqueros, labrada en la desgracia de muchos y en menoscabo de sus clases medias. La otra mitad se agita en populismos de derecha y apunta contra la raza de los invasores: islamitas, africanos, latinoamericanos. El “peligro amarillo” hecho carne. Si después de la Segunda Guerra aportaron ellos su cultura a una sociedad plural y su trabajo a la prosperidad, hoy son Belcebú, el enemigo bíblico que inca sus garras en los oficios manuales que ya sus anfitriones quieren. Ahora son migrantes que buscan destino en el Viejo Continente, tras perderlo en sus países de origen por la invasión de mercaderías europeas a costa de las suyas propias.
Europa se descompone bajo el peso de la crisis económica. Unos se revuelven contra medidas de choque que en América Latina pasaron como un ciclón y ahora se les imponen allá. Recortes al gasto público, privatización de los servicios públicos y la seguridad social, austeridad draconiana, flexibilización laboral. Otros como Breivik van por una deriva del modelo: la competencia cobriza por los puestos de trabajo presentada como amenaza a la cultura cristiana occidental. El fanático de marras declaró con frialdad digna de Torquemada que obraba en protesta contra los musulmanes, los migrantes y el multiculturalismo. Manes de las más vergonzosas profilaxis raciales y culturales que en el mundo han sido: siete siglos de cruzadas contra el Islam, la cremación de judíos en los hornos de Hitler, las leyes anti inmigración de Berlusconi. En España, los jóvenes demandan democracia económica y política. En Noruega, el Partido del Progreso de nuestro tronante mono predica mano dura contra el extranjero. Del mismo jaez, el Tea Party en Estados Unidos persigue inmigrantes, despliega un discurso tan incendiario como el del Ku Kux Klan, e inspira adefesios como el del centro de indoctrinamiento ultraconservador y racista, la Tampa Liberty School.
Conforme se agudiza la crisis y nuevos migrantes pisan tierra europea, se multiplican allí los partidos de extrema derecha. En Escandinavia, en Austria y Ungría, en Francia y Bélgica; En Holanda, Italia y Dinamarca cogobiernan. La civilizada Europa torna al populismo –de derecha-, “anacronismo” que se creía exclusivo de la silvestre América Latina: la pasión desnuda, mentís del ciudadano excelso que habría de venir con la economía de mercado. Aventuraba Chantal Mouffe que estos movimientos venían a llenar el vacío de opciones que la mimetización de los partidos tradicionales en el centro del espectro político había creado: a partidos asexuados en el consenso, partidos beligerantes en el disenso. Razón tendría. Mas en estos años -como en los años 30 cuando a la crisis del capitalismo el nazi-fascismo opuso políticas de choque, violencia, odio racial y ultranacionalismo- los populismos de derecha responden a nuevos motivos.
Variopinta es la respuesta a la presente crisis. Los indignados reclaman la nuez del Estado de bienestar. Devolución al poder público de su función social. Intervención en la economía. Empleo. Los Breivik, por su parte, denostan de la liberalidad de la socialdemocracia con el extranjero, practicante de costumbres sospechosas, creyente de otros dioses y usurpador de su empleo. Es la respuesta atávica a la crisis de una Europa que se desvertebra en el mercado.
por Cristina de la Torre | Jun 28, 2011 | Internacional, Junio 2011, Modelo Económico en Colombia
Envuelta en pétalos de rosa, la Constitución del 91 validó un modelo económico ultraconservador que frustró en el huevo la divisa del desarrollo y su dirección por el Estado. Catapultó a una elite de importadores y banqueros sin patria, glotones, indiferentes a la miseria que dejaban a su paso por el poder. Entre los panegíricos que proliferan por estos días –merecidos, digamos, por la consagración del Estado laico y el entierro del Frente Nacional- poco se habla de la realidad económica que se impuso sobre la letra (a menudo reformista) de la Carta. Si Colombia es hoy campeón en desigualdad, pobreza y violencia en América, no será porque la norma escrita tardara en transformar la realidad. Es, precisamente, por lo contario: parte de sus disposiciones no podía sino producir tan vergonzoso resultado. El principio neoliberal que prevaleció en su inspiración y cobró cuerpo en el articulado se engulló el “derecho a la vida digna”, hasta convertirlo en rey de burlas. A medias contuvo la tutela la ofensiva del “nuevo” paradigma contra los derechos económicos y sociales de la población. Más papistas que los papas del Consenso de Washington, los nuestros tornaron al rudo lesefer que en el capitalismo de los siglos XVIII y XIX había animado la revolución industrial en Inglaterra. Ms no para hacer aquí industria, sino para desmontarla.
Todo ello al calor de una apertura comercial y financiera que quebró al campo, noqueó a la precaria industria y hoy insiste en potenciarse a la ene con teelecés que nos niegan de entrada un futuro de industrialización. Al calor de la fiebre privatizadora, se despojó al Estado de su prerrogativa como promotor del desarrollo; y de la función social que el bien común aconseja. La trocó en negocio de malandrines, dizque por ser éstos más eficientes e incorruptibles que el Estado. ¿Saludcoop? ¿Los Nule? ¿Los beneficiarios de las concesiones de Andrés Uriel? Finalmente, el Banco de la República quedó reducido a batallar –batalla enana- contra la inflación. Olvidó el desempleo, al que tuvo por “mal necesario”. Y su tarea medular como banco de fomento del desarrollo. El desarrollo, una “antigualla”. Entonces se le concedió a la banca privada una gabela descomunal: en adelante sería ella y no el Banco Central la que le prestara (carísimo) al Gobierno, ¡con dineros del propio Banrepública! Se forzó así la intermediación de los banqueros, para que en esta vuelta absurda colmaran sus arcas. Pésimo negocio para las finanzas públicas, de oro para las privadas. De eso se trataba.
Mientras Suramérica desmonta el modelo de mercado sin controles que las dictaduras del Cono Sur habían cooptado; mientras torna al desarrollo propio paladeando a los amos de la globalización, Colombia porfía en la fórmula sin esperanza del siglo XIX: exportar oro, carbón, florecitas, bananitos, e importar computadores. Productos primarios que pagan salarios irrisorios, contra bienes que han incorporado toda una cadena de trabajo bien remunerado. He allí la prosperidad que nos espera. Sellada con broche del más rancio neoliberalismo. La norma de sostenibilidad fiscal, afincada en la Constitución. Ella canta victoria sobre los derechos económicos y sociales de los colombianos, sobre la tutela, tan tímida sin embargo con el derecho al trabajo.
Carta contradictoria ésta del 91, donde termina ganando siempre la disposición conservadora. La negra mano del mercado, cargada sin atenuantes a favor de los poderosos, pues no se afirma sobre competencia verdadera, no crea oportunidades iguales para todos. Cómo andaremos de mal que el ex ministro Alberto Carrasquilla –hombre no propiamente de izquierda- proclama su desilusión con “la Constitución cavernaria que (de hecho) nos rige en lo económico y social”.