por Cristina de la Torre | Mar 29, 2011 | Internacional, Marzo 2011, Modelo Político, Personajes
No salió con nada. Se esperaba que su discurso en Chile replicara la envergadura del que pronunciara Kennedy en 1961 al lanzar la Alianza para el Progreso, en perspectiva de cooperación igualitaria con América Latina. Obama se limitó a los cumplidos de rigor y a repetir que apoyaría el TLC con Colombia y Panamá. Precisamente la antípoda de la divisa socialdemocrática de aquella Alianza que propugnaba la industrialización del subcontinente y no la desindustrialización que el libre mercado entre dispares traería. Daño que los tratados “igualitarios” de comercio entre sardinas y tiburones consumarán. Lejos de consagrar el libre mercado, estos tratados legitiman sus defectos; desnaturalizan el modelo ideal de libre cambio, pues en su tremenda asimetría sólo favorecen al más fuerte. Otra cosa había planteado Kennedy: que el comercio internacional dejara de ser un medio para avasallar el desarrollo del aliado y, en cambio, lo impulsara.
Si Obama peca por omisión, Luis Alberto Moreno, presidente del BID, interpreta a su acomodo la propuesta de Kennedy: insinúa que la economía de mercado –tal como se impuso aquí- es fruto y trofeo de la Alianza para el Progreso. (El Espectador, 20-3) No. Sabe él, y todos saben, que aquel mandatario empeñó buena parte de su prestigio en el propósito de rescatar a las mayorías sojuzgadas de América Latina. Preocupación por completo ajena a los promotores de la economía de mercado en la región. En los últimos 20 años, este modelo se orientó a encubrir la desigualdad creciente con asistencialismo. El crecimiento económico sería banquete exclusivo de los ricos. De importadores y banqueros y especuladores, pues la economía productiva languideció. No hay, pues, solución de continuidad entre la Alianza para el Progreso y la economía de mercado que vemos hoy, como Moreno lo quisiera. Antes bien, la ruptura fue radical.
En tiempos de Kennedy -como ahora- la disyuntiva en América Latina se formulaba entre desarrollo y subdesarrollo, entre países ricos y pobres, entre economías tecnificadas y atrasadas. La clave era la industrialización. El recién elegido presidente de los Estados Unidos pensaba que el desarrollo era problema internacional y deber moral de los países avanzados. Pero exigía también cambios en la estructura de la sociedad y de la economía regional. Transformaciones que sólo serían dables con reformas agraria y tributaria llamadas a redistribuir la tierra y el ingreso; con planificación y con un enérgico protagonismo del Estado. Su pareja natural sería una mejoría sustancial en vivienda, educación y salud para toda la población.
Verdad es que entonces la revolución cubana amenazaba extenderse hacia el continente entero. En la iniciativa de Kennedy pesó también la urgencia de salvar el capitalismo, democratizándolo: “si una sociedad libre no puede ayudar a los muchos que son pobres –dijo-, tampoco podrá salvar a los ricos que son pocos (…) Los que hagan imposible la revolución pacífica harán inevitable la revolución violenta”. Sean cuales fueren sus motivos, la reacción de las oligarquías petrificadas en sus privilegios desde la Colonia daría la medida de aquella revolución pacífica. En Colombia, por ejemplo, jamás prosperó la reforma agraria que se ensayaba por doquier.
Las cosas han cambiado, claro. Pero el desafío sigue siendo la industrialización. Y ésta tendrá que recomenzar venciendo la desindustrialización operada al amparo del modelo de apertura, tan caro al presidente del BID. Brasil es buena muestra de un país que supo armonizar su estrategia industrializadora –que nunca desmontó- con las nuevas dinámicas del comercio internacional: resolvió la globalización a su favor. Dura lucha le espera a Obama contra la derecha de su país, para poder emular a Kennedy. La misma que enfrenta todavía al capitalismo democrático con el neoliberalismo vergonzante.
por Cristina de la Torre | Oct 5, 2010 | Internacional, Octubre 2010, Personajes
Mientras en Colombia el latifundismo pensaría reactivar su guerra centenaria contra el reformismo liberal que Santos ha desempolvado, en Brasil, puntal del orden que se abre paso en América Latina, la disputa discurre entre propuestas de industrialización y desarrollo para apurar el salto de ese país a quinta potencia del mundo. Si aquí un liberalismo avanzado nos resulta panacea, en Brasil el conservadurismo ultramontano es hoy apenas eco del pasado. Más aun, los cariocas desbordaron hace rato la anacrónica disputa entre capitalismo y comunismo, para actualizar la versión criolla del Estado de bienestar europeo. Modernizando el modelo de la CEPAL que Brasil supo preservar, armonizaron crecimiento con redistribución e integración a la economía mundial. Dilma Rousseff, cerebro económico del Gobierno de Lula, limó el acoplamiento entre Estado y mercado, a menudo gestado en el muñequeo con empresarios y trabajadores cuando de negociar políticas económicas se trataba. Ex guerrillera torturada durante meses por la dictadura cuando iniciaba su condena de tres años de cárcel, con el marchitamiento de los militares Rousseff evolucionó hacia el socialismo democrático, que deposita en el Estado la dirección del desarrollo sin sacrificar las libertades económicas.
Lula catapultó el crecimiento mediante copiosas exportaciones a mercados nuevos, y dándole a la mitad de los brasileños capacidad de compra de sus propias manufacturas y alimentos. Rescató de la pobreza a 30 millones de personas y creó 14 millones de empleos. Los índices de desigualdad no bajaron sensiblemente, pero ahora se registran en niveles de vida superiores. La industrialización se disparó. Su industria automotriz es totalmente integrada y propia. Brasil produce barcos y aviones y computadores y todas las líneas de la petroquímica. Petrobrás acaba de hacer la mayor emisión de acciones en el mundo, por valor de 74 mil millones de dólares, que vendió en media hora.
Ciencia y tecnología han jugado el papel del rey, como en Corea: Brasil sacó la investigación de las aulas académicas y la metió en las fábricas. Y en las haciendas. Ya en 1973, cuando el país era todavía importador neto de alimentos, el Gobierno creó el primer centro de investigaciones agrícolas. En los seis primeros meses había enviado 1.200 profesionales a especializarse en el exterior. A su regreso, adaptaron ellos variedades agrícolas y pecuarias que redundaron en una verdadera revolución verde, pues en tres décadas la producción creció 150%. Cambiaron el latifundio improductivo por explotaciones modernas de agrocombustibles, sin afectar otros sectores de agroindustria ni la economía campesina. Brasil es hoy el mayor exportador de café, azúcar, carnes y etanol.
Un sano nacionalismo desempeñó también su papel. Si bien Lula prolongó las medidas de su antecesor, Cardoso, para controlar la inflación, pronto se negó a aplicar las medidas de choque que el FMI impuso en el resto del continente. Cuando la IBM le ofreció montar en Brasil su casa matriz, Lula la despachó con un “no, gracias, nosotros producimos los computadores”. Y a Bush le condicionó la firma de un TLC a que Estados Unidos suprimíera los subsidios a sus agricultores. No hubo acuerdo. Dilma Rousseff se muestra orgullosa de haber “renacionalizado” la industria petrolera. Sin los aspavientos de Chávez, Brasil ha sabido preservar para sí los mayores beneficios, sin alienar la asociación con terceros.
Aunque reconoció que el grupo guerrillero en el que militó “hizo tonterías”, Rousseff dijo sentirse orgullosa “de haber tenido la valentía de querer un país mejor”. Ahora lo es. A ello contribuyó su paso por la vida y por el poder. Pero, sobre todo, que Brasil no sufriera ya del latifundismo virulento que padecemos aquí.
por Cristina de la Torre | Ago 17, 2010 | Agosto 2010, Corrupción, Internacional, Modelo Económico
Bajo tierra, en cajas fuertes a prueba de bombas, acorazadas de tecnología, la banca suiza brinda abrigo y secreto a miles de tarjetitas de papel que representan a otros tantos clientes cuyos nombres no coinciden con el número de su cuenta bancaria. Así se protegen el producto monumental del narcotráfico y capitales de tamaño parecido que huyen de sus países para evadir impuestos. Clientes del mundo entero confían sus haberes bajo cuerda a banqueros de la honorable Suiza: caballeros de dos metros y manos pulcras que, no obstante, acusaron manchas cuando se descifraron cuentas cifradas y nombres y el santo y seña de quince mil magnates norteamericanos. Fue hace dos años. Traicionando a UBS, Banco insignia de Suiza, el norteamericano Bradley Birkenfeld, ex funcionario de la entidad, destapa los secretos de éste, el rey de los paraísos fiscales. Michael Bronner registra en el Global Post los hilos de la trama que había burlado a todos los órganos de seguridad en Occidente: información sobre cuentas clandestinas de terroristas, dictadores, traficantes de armas y de drogas. Y de potentados que evaden impuestos y especulan a sus anchas, mimetizados en el torrente financiero que hace treinta años viaja sin control por el planeta.
El fraude fiscal al gobierno de Estados Unidos alcanzaba en 2007 unos 20 mil millones de dólares en cuentas no declaradas que al UBS le reportaban ganancias de 200 millones de dólares al año. El descubrimiento le abrió la primera tronera al secreto bancario en 150 años. Le dio a Obama argumentos para acometer la más audaz reforma financiera que su país conociera en un siglo. Desencadenó un terremoto político en la comunidad internacional: en momentos de hecatombe financiera, el G20 exigió intervención de los Estados en el sector y descorrer el velo de la banca que medraba a la sombra de los paraísos fiscales. Se dijo, además, que el intento de erradicar el narcotráfico despenalizándolo no prosperaría si no se caía sobre la meca de su producido, los paraísos fiscales. Que en este caso, la neutralidad, el silencio o el desprecio por el origen de los fondos allegados configuraban complicidad con el crimen. Y es que gran parte de ellos son lavado de dinero del narcotráfico. El Fondo Monetario Internacional calcula en 350 mil millones de dólares al año el monto de la lavatija en los 17 santuarios más reputados por su verticalidad en la preservación del secreto bancario.
Indicio de que muchos capitales colombianos se habrían fugado hacia allá sería la respuesta atronadora que en 1992 se le dio a la amnistía patrimonial y tributaria que el gobierno de Gaviria ofreció por repatriación de bienes ocultos. Millones llegaron de Panamá, de Islas Caimán y las Bahamas. Pero estrategias de industrialización no había ya, o eran precarias. Ni las hubo más. A qué tener el dinero aquí, se preguntarán industriales que derivaron en importadores y, tantos, en rentistas o en especuladores. Mientras tanto, Santos anuncia un plan de choque para “motivar” a los empresarios a crear empleo. Medidas para reorientar el destino de las regalías regionales. Y, tal vez, revisar las exenciones y gabelas que en estos años se les concedieron a grandes empresarios. Enhorabuena. Pero si de conjurar la pobreza y la desigualdad se trata, una mirada más abarcadora se impone. ¿Acaso el desarrollo no requiere un plante de capital de inversión en sectores productivos que las multinacionales se ahorran? ¿Habrá recursos de colombianos en los paraísos fiscales? ¿Dónde anda la plata? Y, sobre todo, ¿habría voluntad política para revivir el IFI (Instituto de Fomento Industrial) que Eduardo Santos creó cuando en este país se pensaba en crear oportunidades de inversión?
por Cristina de la Torre | Jul 27, 2010 | Internacional, Julio 2010, Política exterior
Ni guerra con Venezuela, ni desenlace de trágico destino. En el vértigo de los acontecimientos, ambivalentes, impredecibles, dos hechos descuellan: la sorprendente invitación de Chávez a las guerrillas a deponer las armas y el anuncio del canciller venezolano de que llevará este jueves a la asamblea de Unasur una propuesta de paz para Colombia. Estos hechos sugieren que la ruptura de relaciones con Colombia es apenas accidente de un proceso que viene configurándose y apunta a dos fines: a reconstruir las relaciones bilaterales y, por contera, a buscarle solución política a nuestro conflicto interno. Mientras Monseñor Serna informaba hace un mes que las FARC liberarían sin contraprestación a los últimos 20 militares en su poder, Chávez discurría sobre la posibilidad de reconciliarse con Colombia, deslizaba suavemente su oferta de mediar en el conflicto colombiano, y se preparaba para asistir a la posesión de Santos el 7 de agosto. Sergio de la Torre adivinaba en todo ello la puerta que se abría a un diálogo integral de paz, un tímido agitar de bandera blanca ante la cual no se podía pasar de largo, “llevados por la soberbia, el triunfalismo o el afán de vindicta” (El Mundo, 6-19).
Acaso arrastrado por los celos o por una vanidad sin atenuantes, resintiendo el ocaso de su poder como una ofensa personal y, como traición, el derecho del sucesor a gobernar con mano propia, Uribe aborta en la OEA la revelación de pruebas ya sabidas sobre el amparo de Chávez a las FARC. Sin sentido de oportunidad y poniendo al país en riesgo, amenazaba así el avenimiento en ciernes. Aún a sabiendas de que la denuncia sería en todo caso, hoy o mañana, por boca suya o la de Santos, materia principal de reclamo a Venezuela.
Chávez respondería con incuria parecida pero con sentido inverso de la oportunidad política: trocó la denuncia en afrenta contra su pueblo. Rico maná le venía del cielo, a dos meses de unas elecciones de resultados inciertos para él. Quiso reavivar malquerencias hacia el vecino que se ofrecía, según él, como cabeza de playa para una probable agresión del imperio contra su patria. Convertir el odio y el miedo en votos, a la manera de los dictadores. Pero al parecer la treta no le sirvió esta vez: ni todos sus prosélitos le creen ya, ni las circunstancias favorecen su argumento, ni él mismo querrá usarlo indefinidamente, abochornado como anda hoy con el sol a las espaldas.
Su popularidad se desploma en Venezuela con la misma rapidez con que se disparan la corrupción del gobierno y la violencia en las calles de Caracas, y se paraliza la economía del país. En el concierto internacional, los amigos se le enfrían. Se dijo que, a la ruptura con Colombia, Fidel Castro y Lula lo reconvinieron severamente. España, Francia y Rusia se sumaron al coro de la OEA en pleno que instaba a las partes a superar la crisis por la vía del diálogo. Y Estados Unidos declaró que Venezuela estaba obligada ante la comunidad internacional a investigar a fondo las denuncias de Colombia. Palabras mayores. Chávez ha debido acortar los estadios de su ciclotimia. Tras el estruendo de sus amenazas y la teatralidad de sus rupturas, vuelve siempre a la frase amistosa: no bien rompió relaciones con Colombia, abogó porque “después del 7 de agosto podamos iniciar reuniones de cancilleres, plantear las cosas bajo el respeto mutuo y volver a sentarnos los Presidentes”. Lo nuevo es que el espíritu de diálogo parece imponerse ahora, por fuerza, sobre la belicosidad del Coronel.
Por lo que a nosotros hace, el dilema se dibuja sobre dos caminos opuestos para disolver la alianza Chávez-Farc y para alcanzar la paz en Colombia: o incendiando la pradera, o dialogando sin bajar la guardia. Y, como diría Augusto Ramírez, mucho va de la “plomacia” a la diplomacia.
por Cristina de la Torre | Jun 10, 2010 | Internacional, Junio 2010, Modelo Económico en Colombia
Fue fulgor de un instante. La frase terminó extraviada entre la maraña de promesas que adornan la antesala del nuevo gobierno. Que su modelo es el de la Tercera Vía, le dijo Santos a Darío Fernando Patiño y el anuncio, soltado al desgaire, sólo suscitó interrogantes. Manoseado hasta el cansancio, el término puede acomodarse lo mismo a una socialdemocracia modernizada, al neolaborismo que acaba de periclitar ruidosamente en Inglaterra, al Estado social industrialista de un Lula o al modelo neoliberal que rige en Colombia hace dos décadas y Santos porfía en mantener ataviado ahora con galas de “progreso”. Para el presidente electo, el criterio cardinal de la Tercera Vía consiste en acudir al mercado hasta donde sea posible y, al Estado, hasta donde sea necesario. Versión vicaria del más rancio principio del laissez-faire, según demuestra la práctica.
Si Tony Blair, mentor de Santos, propugnaba hace tres lustros un punto medio entre dos fundamentalismos, el del mercado y el del estatismo soviético, pronto recogió el paradigma manchesteriano que Thatcher le heredaba y éste terminó por prevalecer en el seno del laborismo. Llegado al poder, Blair ablandó en materia grave la posición clásica de la socialdemocracia y se plegó al modelo más conservador. Profesó devoción a los banqueros, fragmentó los servicios sociales del Estado y los privatizó, agudizó las desigualdades. En 13 años, la militancia de su partido se redujo a la mitad. Para congraciarse con el capital privado y con la banca, Brown suavizó todos los controles del gobierno sobre el sector financiero, hasta cuando éste terminó por autorregularse, exultante sobre un torrente de beneficios que otros sectores de la economía ni soñaron. En medio del boom financiero, la industria decreció del 20 al 12%. Bajó el empleo. Y, al cabo del experimento, había en los hospitales 13 mil camas menos. Los Planes de Iniciativa Financiera habían hipotecado porción sustancial del los fondos del Estado para pagar –con creces- a inversionistas privados de obras públicas. Si, se entregaba al mercado cuanto se podía y al Estado se le hurtaba lo esencial.
En tímida evocación de la concertación que las socialdemocracias practican en Europa para trazar la política económica y social, Angelino Garzón anuncia diálogo entre Gobierno, empresarios y trabajadores enderezado a aliviar, si cabe, la dura vida de quienes laboran. A mayores ingresos de la empresa –sostiene-, mejores salarios. Así en el sector financiero, que el año pasado obtuvo 7 billones de utilidades. Bienvenido su propósito. Pero mayor justicia haría si tocara el corazón de la nuez: el artículo 373 de la Constitución, fuente de la bonanza gratuita de un sector más dado a expoliar que a servir a la producción de riqueza. Este artículo prácticamente le prohíbe al Banco de la República prestarle plata al Gobierno, si no es por intermediación (costosísima) de la banca privada. ¡Vaya Tercera Vía!
Brasil sería ejemplo de Tercera Vía en estos lares. Su modelo busca erradicar la pobreza retornando al desarrollo: para crear empleos dignos, aumentar la inversión, expandir mercados (dentro y fuera del país), multiplicar las exportaciones de bienes industriales, garantizar salud y educación para todos, promover la ciencia y la tecnología. Y propender a un nuevo orden económico mundial, con libre comercio, pero con reciprocidad entre países.
Cabe preguntarse cómo hará el Ministro Juan Carlos Echeverry para crear en cuatro años tres millones de empleos formales sin estrategias de industrialización. ¿Recogiendo las cenizas del neolaborismo inglés? ¿Porfiando en el modelo de mercado y de privilegio a los banqueros que ha coronado a Colombia como campeona del desempleo y la desigualdad en el continente? ¿Cuál Tercera Vía?