por Cristina de la Torre | Sep 30, 2008 | Izquierda, Partidos, Septiembre 2008
Negros pronósticos se ciernen sobre el Polo. El derrumbe del modelo de mercado lo sorprende con las manos vacías, sin propuesta alternativa, cuando este partido se aboca a la disyuntiva de disputarse el poder en grande o depurarse como secta de oposición perpetua. Sin ideario para la hora, sin programa que le dé norte y lo distinga como opción de desarrollo y democracia, o se revienta, o termina absorbido por el centro liberal. A falta de espina dorsal, la preservación de la unidad termina allí sofocada por la rivalidad de caudillos en ciernes; y la política de alianzas con otras fuerzas querrá trazarse desde la añoranza de las certidumbres perdidas, o bien, desde un pragmatismo sin principios. Las corrientes ideológicas, deseables en toda organización democrática, en el Polo no demorarán en degradarse como alimañas y en copar toda la escena.
Desdibujado en tareas grises de partido tras darle a la izquierda una votación sin precedentes, Carlos Gaviria se ve suplantado por una batalla de tradicionalismos sin imaginación. Firmamento sin color en donde saltan, estrellas fugaces, bocetos de reforma agraria o el ideal miserabilista de la microempresa. Unos, se limitan a emular el asistencialismo de la derecha y hoy improvisarían coaliciones a título de realpolitik. Otros blanden el fundamentalismo maoísta, cuando la China se apresta a contribuir al rescate de Wall Street. Antiimperialistas, nada proponen, sinembargo, en reemplazo del TLC. Habrá todavía quienes se postrarían de hinojos ante la esfinge de Tirofijo en Venezuela. No faltan los que estigmatizan a cuantos propugnan la seguridad como bien público fundamental y reconocen los logros del gobierno en esta materia; los que descalifican a quienes rechazan la lucha armada, aduciendo que así sirven a la reacción. Y habrá quienes imiten el gamonalismo, esta vez trasladado a algún sindicato, para hacerse reelegir al Congreso indefinidamente.
En tal constelación de vicios, alarman los amagos de turbayización en la Alcaldía de Bogotá, bastión del Polo y su prueba de fuego decisiva. Allí empieza a cobrar forma el archiconocido festival de puestos, contratos, cuotas y canonjías. Que fueron precisamente estas prácticas las que aniquilaron al Partido Liberal, se sabe. Pero que la única oferta de izquierda con opción de poder pueda echarse a perder por trasegar el mismo camino, sería una torpeza clamorosa. Apenas naciendo, habría entrado el Polo en la decrepitud.
Brilla en todo ello la ausencia de una ética que proteja al Polo de la influencia envolvente de la corrupción, y de una plataforma madura que lo erija en contrapartida del status quo. Sectarismo esencialista y pragmatismo amenazan convertir la enfermedad senil de los viejos partidos en enfermedad infantil de la nueva izquierda.
Pero no faltan excepciones como la de Gustavo Petro, que de seguro pesarán en las decisiones trascendentales que la colectividad adoptará en febrero. Para él, y para dirigentes como Carlos Vicente de Roux, si el Polo aspira a transformar el país, ha de jugársela por el poder del Estado conquistando las mayorías electorales mediante acuerdos con el centro del espectro político. Y no de cualquier manera. Piensa de Roux que con el centro pueden compartirse los principios de la democracia liberal, una concepción de seguridad que proteja los derechos y el mercado regulado. Pero no puede la izquierda limitarse a ofrecer alimentos y educación. Tendrá que lograr mayores niveles de equidad social, verbigracia, reestructurando la producción de bienes y servicios de interés colectivo. En estas corrientes que maduran propuestas de largo alcance se cifra la esperanza de llenar el vacío del modelo especulativo con el retorno a la economía productiva, única capaz de propiciar el salto al desarrollo.
por Cristina de la Torre | Nov 18, 2007 | Izquierda, Noviembre 2007, Personajes
Un hálito de misterio envuelve su figura. Tímido, al contacto personal, en la controversia de auditorio puede triunfar con una idea incendiaria expresada a sotto voce, y en la plaza pública arrastra multitudes. Su debate contra el presidente Uribe, en el que acusó a familiares del Primer Mandatario de cultivar amistades peligrosas, lo convirtió en figura nacional. Y su crítica sin atenuantes a las FARC lo catapultó al partidor de las candidaturas presidenciales. Pero sus ideas son una incógnita. Parecería imposible imaginar, por ejemplo, que Gustavo Petro pudiera abrevar en la misma fuente de los neoliberales.
Hilando delgado, eso podría colegirse de artículo suyo que publica la revista Foro, para desconceptuar el Estado nacional y magnificar la globalización. Desde orillas opuestas, claro, ambos parecen concebir la globalización como una fatalidad sin reversa, lo mismo que la desaparición del Estado a manos de poderes mundiales que no respetan fronteras. Esta ideología les ha permitido a las multinacionales avasallar al Tercer Mundo y, al “Socialismo del Siglo XXI”, levantar de su tumba a Bakunin, anarquista inefable del siglo XIX. Ninguno de los dos repara en que, precisamente, la izquierda democrática que hoy se extiende por América Latina empieza a recuperar la autonomía arrebatada a estos países, para trazar sus políticas nacionales. Y a recomponer los Estados maltrechos en la debacle causada por una apertura que postró el desarrollo de la región y generalizó la pobreza.
Estima Petro que, globalizada la producción, la democracia del siglo XXI no puede ser sino global. Si el Estado-nación sirvió para construir un mercado propio, no servirá para ampliar mercados allende nuestras fronteras. No siendo ya pública la planificación, el nuevo Estado nacional deberá limitarse a articular los movimientos sociales, a democratizar los poderes locales y a propiciar la pluralidad económica. En el horizonte se dibujarán realidades supraestatales, acaso la de una civilización latinoamericana que amalgame a los pueblos de este mundo, como lo querían Marx y Lenin; que disuelva la rémora del Estado, como lo quería Bakunin, para que la raza pueda converger toda, en multitud, en una lucha concertada de la humanidad contra el capital. Marxistas y neoliberales coinciden en la concepción del Estado como aparato que oprime a la sociedad. Unos y otros simplemente desearían que el Estado desapareciera, pues éste no sería sino el parásito que ceba a una burocracia inútil y sirve, en todo caso, a intereses privilegiados.
Ideas parecidas formula Heins Dieterich, teórico del Socialismo Siglo XXI y asesor de cabecera de Hugo Chávez. Con la apertura de la sociedad global, dice él, se abre una nueva civilización: la democracia participativa y la abolición del capitalismo. Objetivo final será el de recuperar la sociedad global y apropiársela para convertirla en conglomerado sin discriminación cultural, sin economía de mercado y sin Estado. Utopía carente por completo de originalidad y, peor aún, de poesía. Pasa por alto no sólo la probada inhabilidad del marxismo para enfrentar realidades inéditas, sino la no despreciable experiencia de un siglo de socialdemocracia en Occidente.
Este trabajo de Petro es un desarrollo inesperado de cuanto él mismo registra en su “biografía Autorizada” (Editorial la Oveja Negra). Y sorprende porque se aparta del Ideario de Unidad del Polo, que propugna un Estado y una economía soberanas, para fortalecer la producción nacional y el mercado interno. Quiere el Polo “recuperar la soberanía en el manejo del endeudamiento público, la banca central, la hacienda pública, el control de cambios y la fijación de aranceles”. Carlos Gaviria eleva dos banderas: primero, reivindica la soberanía del país, pues sin ella “no habría dignidad nacional y ni siquiera Estado”; argumenta que integrarse a la globalización no significa abdicar de la soberanía nacional. Segundo, propone recuperar para el Estado colombiano la dirección de la economía.
Entre las tendencias que conviven en el Polo, Petro encarna la del Socialismo del siglo XXI. En el sano debate ideológico que anima a este partido, es de esperar que el joven líder vaya aclarando los misterios que le permiten conciliar el marxismo más añejo con una teoría que bien puede convertirse en tributaria del neoliberalismo. Aunque puede vislumbrarse desde ya un elemento común: la anarquía en política sería corolario feliz de la anarquía del mercado.
por Cristina de la Torre | Sep 23, 2007 | Internacional, Izquierda, Partidos, Septiembre 2007
Hace cuatro décadas, 20 años antes de la caída del muro de Berlín, escribió Teodoro Petkoff un libro que hizo historia: “Proceso a la izquierda”. El autor rompía allí con el estalinismo en armas de Venezuela, y presentaba su Movimiento al Socialismo (MAS), fuerza de izquierda democrática que se disputó el poder, de tú a tú, con los partidos tradicionales. La “crisis” del Polo en Colombia no es sino el desenlace tardío de idéntica disyuntiva entre las que Petkoff hoy llama “dos izquierdas”. El divorcio de la hora en América Latina es entre la búsqueda de una democracia redistributiva con mercado regulado (Brasil, Uruguay, Chile, Argentina), y una aleación de ortodoxia comunista con populismo bolivariano que Chávez encarna, seguido de Bolivia y Ecuador.
En Colombia se enfrentan, de un lado, la alternativa socialdemocrática, que se remonta al Frente Unido de Camilo Torres y al Firmes de Gerardo Molina, resucitada por la incorporación del M-19 a la vida civil y ahora organizada en el Polo Democrático. En la otra orilla juegan las FARC: resaca de guerrilla liberal transformada en insurgencia marxista cuando la Unión Soviética libraba su guerra fría contra los Estados Unidos, por interpuesta persona y en tierra ajena. Y cuando en el país volvía a naufragar la reforma agraria que, mal que bien, se ejecutaba en el resto del subcontinente. Pero, arrebatadas por una guerra que se vuelve contra el pueblo mismo, las FARC no son ya opción. Sobran. Estorban la consolidación de una tercera fuerza frente a partidos reducidos a defender privilegios de casta política, con o sin paramilitares, y alelados en mística contemplación del Mesías que más votos da.
Por la seducción de lo desconocido, el chavismo se ha vuelto prueba de fuego para la izquierda colombiana. Primero, porque a Chávez no le ha temblado la mano para renacionalizar las industrias eléctrica y de telecomunicaciones; para devolverle a Venezuela el control sobre su petróleo. Para intentar una reforma agraria llena de improvisaciones y traspiés, apenas liberal como la de López Pumarejo y Carlos Lleras, sí, pero que da sus primeros pasos.
Mas también porque su “Socialismo del siglo XXI” respira ambigüedad, inconsistencia, vanidosa pretensión de inventar el agua tibia. Propone sustituir el capitalismo y la economía de mercado dizque por una economía de “equivalencias” (de trueque); por políticas públicas adoptadas en democracia popular directa, mediante voto electrónico. Y, sin embargo, sueña el sueño que el Sudeste Asiático hizo realidad, el de crear multinacionales poderosas con tecnologías de punta, ya estatales, ya mixtas, capaces de batirse en el mercado global.
Incógnita mayor se abre con la proclividad de Chávez hacia el caudillismo militarista que con tanta facilidad pelecha en nuestro medio. Súmense a esa propensión reformas como la educativa que anuncia, a todas luces, la aplicación de un mecanismo de indoctrinamiento de la población paralelo al de la propaganda oficial intensiva, tan caros a los totalitarismos de entreguerras. Y el hostigamiento a intelectuales y periodistas de oposición, como a los del diario Tal Cual.
Allá y acá asoma el macartismo su fea cabeza. Movería a hilaridad, si no fuera porque en Colombia, donde discrepar es anatema, al disidente se le declara fácilmente objetivo militar. Ya desde los años 30, vaya paradoja, la socialdemocracia se vio aprisionada entre dos fuegos (el del radicalismo comunista y el del partido nazi). Desde entonces, ha resultado ella silenciada con frecuencia por el dogma y por su argumento final, el fusil. Así venga la bala desde ideologías contrarias.
El debate es un derecho. Y el único camino para preservar la unidad del Polo. Debate público, pues sus comités leninistas son minoría irrisoria frente a los millones de colombianos que votan por el Polo, a la búsqueda de un socialismo democrático distinto del chavismo hirsuto y, por supuesto, de la lucha armada y los métodos criminales de las FARC.
Está maduro el Polo para ventilar ideas, programas y decisiones claras. El dilema de Petkoff sigue vigente. Mas para resolverlo en Colombia hay que escapar a la vez a la tenaza de la extrema derecha y la extrema izquierda confabuladas.
por Cristina de la Torre | Jul 29, 2007 | Izquierda, Julio 2007, Partidos
Si el Polo no destapa ante el país sus debates internos, corre el riesgo de desaparecer como primera fuerza de oposición legal. Una minoría irrisoria, resaca de credos atávicos y soterradas fidelidades a las FARC, podría dar al traste con un capital político inmenso. No sólo por lo que se ha visto – la alcaldía de Garzón, los 2 millones 800 mil votos de Carlos Gaviria- sino por lo que augura: la esperanza creciente de ver consolidarse en Colombia una izquierda capaz de trocar la revolución por la reforma, de gobernar para las mayorías y romper sin vacilar con quienes defienden todavía la lucha armada y justifican veladamente los crímenes de la guerrilla.
Máxime ahora, cuando la Corte Suprema reafirma la imposibilidad de confundir delito común con delito político. Imposible encontrarle sentido político al secuestro, al asesinato, la extorsión o el narcotráfico. El asesinato de los diputados por las FARC es un delito atroz, crimen de lesa humanidad que el Polo cometió el error de no condenar sin reservas cuando el país todo se levantó contra él. Incalculable el daño causado, cuyo primer efecto fue, sin duda, el desgano de la ciudadanía para participar en la consulta electoral de una organización que de buenas a primeras parecía simbolizar el más descarnado militarismo y la tozudez de sectas ciegas a los cambios operados en los últimos 40 años. Reductos de una izquierda ahistórica, petrificada, que quisiera avasallar al contingente mayoritario del Polo y malograr la simpatía de tantos y tantos otros que buscan un auténtico socialismo democrático.
Porque no otra cosa se logra con callar frente al secuestro practicado como arma de guerra. Frente al hecho de que a ELN y FARC se les atribuya la mitad de los 23.144 secuestros efectuados en la última década. Frente a la muerte en cautiverio de unos 600 de sus plagiados. Frente a la revelación de que, sólo por extorsión, los ingresos de las guerrillas pueden sumar 7 millones de dólares al año. O aquella de que sólo en el año 2006 hubo en Colombia 1.107 víctimas de las minas antipersonales sembradas por aquellas.
Al lado de este debate viene el de la organización del Polo, fuerza que desborda ya a los grupos de sus orígenes, para situarse en la arena de las grandes ligas. Y aquí sale a danzar de nuevo el espíritu conspirativo tan afecto a los núcleos de iluminados que desde las sombras de su aislamiento se sintieron más de una vez a las puertas del asalto final del poder. Militantes de ideas fijas organizados en una red de nodos inexpugnables y alerta contra todo peligro de contaminación exterior. En la contraparte, quienes registran el fenómeno del Polo como una suerte de “nebulosa” o movimiento de círculos concéntricos que abrazan sectores amplios de una sociedad cada vez más diversa y compleja, en la perspectiva de bifurcarse entre un populismo de derechas y un reformismo socializante y democrático.
Los partidos de comités, comunistas y burgueses, entraron en barrena hace más de medio siglo. Fueron ocupando su lugar organizaciones más flexibles, abiertas a compaginar intereses y programas variopintos, aunque con afinidades esenciales. Caso estelar, los partidos socialdemócratas de Europa, cuya solidez se funda en una transacción entre socialismo y democracia. Y en su disposición a interpretar realidades impronunciables en blanco o negro.
Discutible, pues, el diagnóstico de Maria Elvira Samper, para quien el Polo ha de escoger entre “construir identidad propia y un partido organizado”, y una dinámica de alianzas electorales. Identidad puede haber en un horizonte de coaliciones sin tener que acudir al expediente conservador del partido de clase o de gremio. Faltaría, claro, un ingrediente esencial: qué piensa el Polo y qué propone.
Tremenda responsabilidad enfrenta el Polo. Bien hace en tratar de preservar su unidad, pero no hasta el punto de morir en el cadalso del dogmatismo armado y doctrinario. Como ha sido historia repetida en Colombia.