por Cristina de la Torre | May 4, 2010 | Internacional, Izquierda, Mayo 2010
Ni comunismo, ni capitalismo salvaje. Cerraron su ciclo las extremas, para dar paso a una nueva izquierda. Sin tropel proletario ni antiimperialismo de campanario ni escaramuzas armadas, esta izquierda se juega en las urnas.
En Colombia, es alternativa a una derecha rabiosa cuya hegemonía expira y evoca tiempos aciagos de la Regeneración y la Violencia. La persecución que se le tendió desde el DAS y desde cuanto micrófono se le ofreció al Presidente para asociarla con el terrorismo, no consiguió liquidarla. José Obdulio tendrá que reconocer que izquierda y derecha sí existen. En el mundo y en Colombia.
En libro que ignora lugares comunes y prejuicios (La nueva izquierda, el poder de la utopía), Bernardo García observa que esta izquierda redefine líneas del Estado de bienestar en el contexto de la globalización y ofrece dos puntales paralelos a la Tercera Vía de Blair y Clinton: China y Brasil. Países en desarrollo restablecen la planeación indicativa aunque, a menudo, su política social burla la distribución de ingresos y se conforma con mitigar el hambre. Tras el desplome aparatoso del modelo soviético en 1989 y del catecismo neoliberal, hoy, esta fuerza se reafirma como búsqueda de nuevos rumbos. Lula consagra la economía mixta, lidera el tránsito hacia un poder multipolar en el mundo y tiende una mano a los marginados con su programa de “Brasil sin hambre”. Pero un principio de equidad y justicia social, ajeno al liberalismo rancio, preside su política social. Lejos anda Lula de creer que la desigualdad es resultado inevitable del mercado, donde unos ganan y otros pierden. Y de los neoliberales, que reducen la justicia social a simple igualdad ante la ley y practican libertad absoluta de mercados. Como se probó, tanta libertad en beneficio de tan pocos trepó la informalidad, el desempleo y la miseria a niveles de escándalo y produjo, entre otros estallidos, el Caracazo. Entonces, para desactivar la bomba, sobrevino el Segundo Consenso de Washington.
Como contemplar criterios de justicia social arriesgaba concesiones en derechos y en distribución del ingreso, el Banco Mundial ideó paliativos, asistencialismo enfocado a los más miserables entre los miserables. Familias en Acción acá y allá. Al fin y al cabo la desigualdad era una fatalidad del destino. Tras décadas de socialdemocracia en Occidente, con elevación espectacular del nivel de vida general sin recurrir a la revolución, se daba marcha atrás a la rueda de la historia. Países como Suecia habían incorporado la política social al crecimiento económico, de modo que salud, educación y servicios públicos eran derechos universales y, a la vez, plataforma del desarrollo. No un negocio. Ni limosna. Así lo entendió Brasil, donde pierden terreno los programas de asistencia social conforme avanza un desarrollo industrial afirmado sobre el mercado interno y el internacional. Lula negocia con multinacionales desde la perspectiva de su plan de desarrollo; no le brinda confianza a cualquier “inversionista”.
En el libro de García, esta problemática es la nuez. Su gran virtud es que no pontifica: discute y abre interrogantes. Acaso no resulten complementarios los modelos de Clinton y Lula, como lo plantea el autor, pues entre ellos media el mismo abismo que separa al asistencialismo, del principio de igualdad. Debate oportuno como el que más, ahora, con el reverdecer del pensamiento libre. Petro aventaja a sus colegas de campaña, pues no discute cómo aliviar la indigencia sino cómo erradicarla. Ni cómo redistribuir el salario por lo bajo sino cómo crear trabajo productivo y bien remunerado. Su norte, justicia social y equidad. Mientras Petro aterriza ideas y programas de izquierda moderna, otros torean en la contraparte su propia radicalidad de conversos.
por Cristina de la Torre | Oct 6, 2009 | Izquierda, Octubre 2009, Personajes
Un doble desafío enfrenta Petro: remontar la indigencia programática de la izquierda y, de pasada, llenar el vacío de propuestas económicas del gobierno. En sintonía con los tiempos y con el país, éste lanza iniciativas de desarrollo que dejan en paños menores a las extremas: revitalizar el Pacto Andino y emprender una reforma agraria que principie por expropiar las 6 millones de hectáreas malhabidas para devolvérselas a los campesinos que deambulan por el campo o se hacinan, desplazados, en las ciudades. Petro libera a la izquierda moderna del purismo de otros que, sin embargo, enmudecen ante la corrupción de la Alcaldía de Bogotá. Sabe, por otra parte, que Uribe carece de programa económico. Su Plan de Desarrollo, el Estado Comunitario, ni es plan ni es de desarrollo. Se limita a repartir el presupuesto cada sábado en obritas y chequecitos que le reportan, sin falta, nuevos votos. Pantalla y campaña electoral permanente. Mas por debajo van los apoyos y subsidios y regalos y canonjías a los viejos y los nuevos ricos. Entre tanto, lo que queda todavía de industria desfallece en la apreciación del peso y en el deterioro de las exportaciones a Venezuela y Ecuador. Y el Presidente, en vez de cojurar esta amenaza que compromete el desarrollo de la región, sueña con su TLC a la Bush y soporta con pasivo alborozo las andanadas de Chávez que aseguran su reelección.
Petro se proyecta hacia el futuro. Apunta a acuerdos entre fuerzas varias capaces de ganar el gobierno y compartir mínimos enderezados a preservar la democracia y garantizar los derechos económicos y sociales de todos. A la concentración centenaria de la tierra, extremada hasta la tragedia por la contrarreforma de las mafias y los mimos del gobierno a los potentados del campo, Petro contrapone una reforma agraria integral que democratice la propiedad de la tierra y garantice la seguridad alimentaria del país. Propone que el Estado compre los latifundios improductivos y expropie los predios habidos ilícitamente, para darles uso intensivo a los 12 millones de hectáreas cultivables que hoy se destinan a ganadería extensiva. El Estado garantizaría la distribución de alimentos comprando parte de las cosechas, construyendo vías para comercializarlas, abasteciendo de alimentos costeables a los barrios populares. Habría banca de fomento para el sector, crédito accesible y protección arancelaria de nuestros productos hasta cuando los países ricos eliminaran los subsidios a sus agricultores.
En política industrial propone Petro desarrollar sectores de punta con abundante inversión e innovación tecnológica, en la perspectiva de un mercado regional ampliado. Insiste en una planeación permanente para revitalizar la industria y devolverle al Estado su función reguladora y su iniciativa como empresario, sin alienar la libertad de empresa.
Si ideas como estas desnudan por contraste la pobreza y el elitismo de los programas del gobierno, no es seguro que la ortodoxia del Polo las acoja. Inútil será buscar unidad monolítica en una opción de izquierda que nació como coalición de fuerzas distintas, no como partido –y menos como cápsula estalinista. Tal vez pueda preservarse la unidad del Polo si se le aplica el criterio que regiría en una convergencia entre partidos: alianza de fuerzas afines pero no idénticas.
Una incógnita enturbia el brillo de este cuadro, y tiene que ver con el alcance de la convergencia que Petro propone. ¿Su voto por el oscuro Procurador Ordóñez obedeció a convicción de principios, o fue un desliz? La respuesta diría si su ruptura con los tradicionalismos (de izquierda y de derecha) pudiera configurar una verdadera petrostroika.
por Cristina de la Torre | Jun 2, 2009 | Izquierda, Junio 2009, Partidos
No es una tragedia. Ni signo de inmadurez. Antes bien, en la convivencia imposible de socialismo y comunismo, de reforma y revolución, la división del Polo despeja el horizonte de la izquierda. Cancela el esfuerzo inútil de juntar agua y aceite. Y define sin lugar a equívocos las dos opciones que prevalecen hoy allí donde gobierna una izquierda moderna: en España y Chile, en Brasil y el Uruguay. En estos países, la socialdemocracia ha conquistado el poder de consuno con otros demócratas, mientras el estalinismo porfía en su sueño del asalto al poder por una vanguardia de iluminados siempre alerta contra las malas compañías.
En Colombia, el Polo debió sumar a aquella disyuntiva ideológica la de cohonestar o condenar los crímenes de las FARC. El declive inexorable de este partido se precipitó hace un año cuando 8 millones de colombianos se volcaron a las calles en grito unánime contra esa guerrilla y el Polo se hizo el desentendido. Contra el querer originario de sus fundadores, empezaba a prevalecer la ortodoxia en ese partido, y el PC, miembro suyo, se permitía justificar en su programa oficial la lucha armada como forma legítima de hacer política.
Ni qué decir tiene la degradación clientelista de la Alcaldía de Moreno. En menos que canta un gallo, la vieja Anapo del General Rojas, el Moir y el PC hicieron mayoría y comenzaron a ejercer como mayoría monolítica. Lucho y Petro, la minoría azotada. En curiosa aleación de favoritismo a la criolla y concentración del poder según usanza de los partidos comunistas, Bogotá derivó en una colmena burocrática que administra una bolsa de corrupción clientelista, versión tropical de la Nomenklatura. Una tal administración no podía sino castrar todo impulso transformador, todo espíritu de lucha y de innovación. Y un partido que así obraba, sin democracia interna y sin controles, terminaba aplastado por la hegemonía de una camarilla. Nuestro politburó.
Por fuera Lucho, y Petro en disidencia, el Polo deberá precaverse contra la tradición de los aparatos comunistas que, sin émulos, terminaron presa de la corrupción. Como en el caso de Ceausescu en Rumania. O convertidos en dictaduras hereditarias, caso de Corea, donde gobierna el hijo de Kim Il Sung y ahora su hijo se prepara para asumir. Habrá de precaverse también contra el espíritu mesiánico de creerse vocero único de la pobrecía pues el resto, Lucho y Petro comprendidos, el sello del pecado sobre la frente, serían “socialtraidores”. Como lo dijera algún dirigente del Polo.
Si todo no va en función del momento electoral, sumando fuerzas para la coyuntura bajo los apremios del umbral y con olvido de un proyecto perdurable, a Petro y Lucho se les ofrece la ocasión privilegiada de liderar la construcción de un verdadero partido socialdemócrata en Colombia. Más allá de la mecánica electoral, podrían catapultar su acto de rebeldía hacia una opción estratégica que redima a las mayorías y les abra un futuro de paz y dignidad. En igual perspectiva empieza a proyectarse el uribismo. Plinio Mendoza se queja de que el Presidente no hubiera creado un partido que le diera soporte a su política; Uribe sería “un gran líder sin partido”. El mismo Carlos Gaviria, Presidente del Polo, juega a dejar un partido consolidado, que no sea flor de un día, “pero con la gente que sigue convencida de (nuestros) propósitos”. Es decir, con la ortodoxia que lo rodea. Enhorabuena. Fórmese un partido uribista, otro socialdemócrata, y consolídese el viejo mamertismo, bien apertrechado en su Biblia y en su santoral: San Stalin, San Fidel, San Mao.
por Cristina de la Torre | Feb 24, 2009 | Febrero 2009, Izquierda, Partidos, Régimen político
Se ve venir. Una amalgama de conservadurismos se dispone a aplastar en el Polo a la corriente de izquierda democrática que encabezan Lucho, Petro, Maria Emma. Contra ella militan, redivivos, la roca prehistórica del estalinismo; los comandos anapistas del General Rojas Pinilla; el clientelismo que vuelve a instalarse en la Alcaldía de Bogotá, y los escurridizos nostálgicos de la lucha armada. Cofradía de obispos sin grey, estos prohombres del Polo tornan a las capillas de donde nunca terminaron de salir para mostrarse los dientes, cada uno queriendo presidir la misa mayor, mientras la ultraderecha aprieta su marcha hacia un régimen autoritario.
Entre dos dilemas se debate este partido que tanta esperanza abrió y hoy parece naufragar en la ineptitud de su ortodoxia. El primer reto, porfiar como oposición perpetua sin arriesgar un gramo de imaginación política; o bien, batallar por hacerse con el gobierno para entronizar desde allí una democracia social y política. Evento en el cual tendría que abrirse a alianzas de largo aliento, como lo ha hecho la izquierda en Chile o en Brasil, con quienes comparten aquel objetivo supremo aunque piensen distinto. Estima Gustavo Petro que este sería, por añadidura, el único camino hacia la paz.
Y aquí viene el segundo desafío: plegarse a la despótica hegemonía de dos guerreros sin escrúpulos que se retroalimentan, Uribe y las FARC, y pretenden monopolizar el escenario entero indefinidamente. O, en su lugar, devolverles a las Fuerzas Armadas el monopolio de las armas, como en toda democracia que se respete, depurándolas del crimen y la corrupción. Corolario de esta vuelta al Estado de derecho será desconocer de plano todo otro ejército, llámese guerrilla o paramilitares. La paz no se alcanza convirtiendo al Polo en vagón de cola de una eventual negociación entre Uribe y las FARC, sino en mentor de reformas de fondo con el concurso de toda la sociedad. Antes que con la subversión, la paz se hace con la ciudadanía –escribe el dirigente Daniel García-Peña- mediante acuerdo sobre reformas democráticas de fuerzas coligadas que ganen el gobierno en elecciones.
Petro le propone a su partido convertirse en verdadera alternativa frente al proyecto uribista y al de la insurgencia armada. Peligrosa opción de tercería que amenaza el modelo de polarización armada, tan funcional a Uribe como al las FARC. Es que la ruidosa derrota política de esta guerrilla no le ha impedido seguir buscando simpatías en el Polo. Y éste no supera todavía la que muchos consideran causa medular de sus conflictos internos. Y de su ruina, si no deslinda campos en forma radical, inequívoca, con la insurgencia más odiada y con sus métodos.
No será tarea fácil. Síntoma elocuente, la reacción de miembros de las juventudes del Polo que, reunidos en Ibagué, trataron de “gomelos” a seguidores de Petro que discrepaban de su defensa del secuestro como arma política y de la guerra “justa” que las FARC libraban. Les gritaron que merecían “ser fusilados”. Tome nota el señor “Cano” de las palabras del nobel de literatura, José Saramago: “Nadie que se considere humano aprueba el secuestro de personas para alcanzar objetivos políticos… ¿Qué diferencia hay entre los secuestros de Guantánamo, las torturas de las cárceles secretas y lo que (las FARC) hacen?”
Definiciones dramáticas le esperan al Polo. Acaso no pueda cohonestarse por más tiempo aquella ambigüedad, sacrificando el ascenso de una izquierda moderna y democrática, chantajeada como está por un principio de unidad imposible.
por Cristina de la Torre | Dic 7, 2008 | Diciembre 2008, Izquierda, Personajes
Cuatro veces se abrió paso su mamá en las estaciones de policía para rescatar al adolescente que allí pernoctaba bajo el ribete de “agitador profesional” cuando oficiaba como dirigente de la Juventud Comunista en el colegio. Pero no era ella una madre como las demás. Mientras todas reconvenían a sus hijos por atravesados, Yira Castro, sincelejana de risa abierta, lo cubría de besos. Y manuel Cepeda, el padre, lo premiaba solemne con un apretón de manos. Niño colado en la generación amordazada del Frente Nacional, tres décadas después la aventura de ocasión había derivado en amenaza diaria de morir baleado por atreverse a gritar a los cuatro vientos que miles de colombianos caen asesinados por paramilitares o por agentes del Estado. Como cayó su padre, el último parlamentario vivo de la Unión Patriótica (UP), en una mañana sin sol de 1994.
Que hubiera tenido divergencias ideológicas con él, en público y en privado, no le impidió al hijo librar una lucha sin atenuantes por preservar la memoria del progenitor, de los que han muerto por desafiar las ideas consagradas y de las víctimas inocentes de los ejércitos de todos los colores. Ni héroe de epopeya, ni poeta maldito, Iván Cepeda evoca más bien al antihéroe de la pelea gris, sin esperanza, contra un Príncipe que parece poseído de su propia imagen de grandeza, apenas deslucida por algún audaz; y, sobre todo, contra José Obdulio Gaviria, el poder detrás del trono. Aunque Cepeda no casa riñas personales, se convirtió en contraparte del asesor presidencial y hoy es ícono de la lucha por preservar los Derechos Humanos en Colombia. Anatema para este gobierno que a menudo la asocia al terrorismo.
En particular con ocasión de la marcha del 6 de marzo que Cepeda promovió para reivindicar a las víctimas del Estado, a desplazados, desaparecidos y ejecutados. El Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, del cual es portavoz, denunció más de 20 mil desaparecidos, muchos de ellos asesinados, enterrados en fosas comunes o arrojados, ya cadáveres, a los ríos. El asesor de Palacio declaró que la movilización era obra de las Farc y Cepeda lo responsabilizó de cuanto pudiera ocurrirles a los organizadores de la manifestación. Se acentuó el asedio a líderes sindicales, dirigentes sociales y hombres de izquierda, hasta culminar en el asesinato de seis de los promotores de la marcha. Entonces 63 congresistas de los Estados Unidos instaron al Presidente Uribe a desautorizar a Gaviria. Y este último debió retractarse. Obra de las organizaciones de Derechos Humanos, del cambio de brújula en la política norteamericana y del escándalo de los falsos positivos, el mundo empieza a reconocer que en Colombia hay crímenes de Estado. El 14 de noviembre, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado colombiano por el asesinato del senador Manuel Cepeda.
Como un bálsamo debió caerle la noticia a Iván; mas no para la revancha. Acaso haya desempolvado su viejo tomo de Dostoievski, rescatado de entre cientos de maravillas diminutas, artesanías y recuerdos de países lejanos que subvierten la uniformidad de la biblioteca y han sitiado a los libros contra la pared: “el ser humano no es violento por naturaleza –dice-. Raskólnikov, protagonista de Crimen y Castigo, me enseñó que al hombre se le presenta siempre la opción de ser violento o no serlo. Está más sujeto a un principio ético que determinado por la fatalidad”. Cuánto contraste, piensa uno, con el sentencioso lugar común de Spiros Stathoulopoulos, el director de la película PVC-1, para quien “la maldad humana siempre es cruda”. Entre las páginas del ruso o las de Thomas Mann, su otro favorito, puede andar Cepeda haciéndole antesala al lanzamiento de su libro, A las puertas del Ubérrimo, que tendrá lugar pasado mañana. Escrita en compañía del director de Codhes, Jorge Rojas, la obra describe el entorno social del nuevo poder que se ha instalado en Colombia, y augura acalorada controversia.
Iván Cepeda acumula más vida de la que sus 46 años parecen soportar. Vástago de una pareja en exilio intermitente, ha pasado la tercera parte de sus años en el extranjero. Experimentó en carne propia el régimen del socialismo real y su agonía en países de la órbita soviética. Vivencia privilegiada que le daría razones para romper, a la caída del muro de Berlín, con el Partido Comunista de Colombia e ingresar a la Alianza Democrática M-19 una vez que el grupo armado se hubo legalizado. Hoy es miembro del Polo Democrático. A la edad de 6 años presenció, con ojos muy abiertos y enfundado en un grueso gabán, la Primavera de Praga, rebelión del pueblo checo contra el guante de hierro de Moscú. A los 19 marchó a Bulgaria, donde estudió filosofía y no cejó en el debate académico sobre la capacidad de la dogmática marxista para dar cuenta de la realidad. Ya había sido Cuba, a los dos años, cuando los primeros pasos fueron también incursión inexorable en la política. “El socialismo era democracia en economía, sí, pero autocracia en política”, concluyó.
En 1987, a los 25 años, cuando la Perestroika hacía mella en la izquierda colombiana, regresó al país. Un hombre de cabello ensortijado, tan versado en tangos como brillante en la crítica, condensó la artillería política que hizo tambalear el sólido edificio de la ortodoxia comunista. Era Bernardo Jaramillo. Iván Cepeda se le unió, discutió con la pasión que el momento exigía y proclamó, ya desde entonces, una condena al secuestro, práctica de horror. “Confieso sin modestia que me llena de orgullo el haberlo hecho, una y otra vez, desde hace 20 años”. Jaramillo siguió liderando la crítica, a distancia sideral de Moscú y de las Farc. Hasta cuando lo mataron, tres años después, en 1990. “Con su muerte se frustró la esperanza de toda una generación –se duele. Jaramillo ofrecía la posibilidad de liderar una transformación de fondo en la izquierda”.
Según Cepeda, en la crisis del Partido Comunista y de la UP no pesó únicamente el periclitar del socialismo soviético. Pesó, sobre todo, el exterminio de toda una organización política de izquierda: “Desaparecieron miles de cuadros y líderes que hoy estarían desempeñando papel de primer orden en la política del país. Desapareció una oportunidad privilegiada de democratización de la izquierda. Si con el exterminio pensaba la derecha que eliminaba la subversión, sacrificó fue la parte más avanzada de la izquierda. Y creo que la suprimieron precisamente por eso. No porque fuera el sector más proclive a un proyecto militar, sino por encarnar una propuesta política, civilizatoria, democrática. Bernardo Jaramillo, José Antequera, Leonardo Posada. Era esa la generación llamada a producir un cambio político”.
Objeto que la doctrina de la combinación de formas de lucha convirtió a muchos miembros de la UP en carne de cañón de las Farc; que esta guerrilla usó a muchos de ellos en tareas de logística y luego los abandonó a su suerte. Con vehemencia apenas contenida retoma Cepeda el hilo de la conversación: “Había ambigüedad, sí, y doble discurso en la tesis del uso simultáneo de distintas formas de lucha. Pero la UP no era el proyecto político de las Farc. Su propuesta se orientaba a renovar la democracia desde el municipio, a partir de la elección popular de alcaldes, y desde la formulación de una nueva Constitución.” Pero la propuesta se quedó en el papel –insisto-, pues la dinámica de las Farc y su guerra sucia terminaron por prevalecer. “Eso puede ser cierto, pero sólo en parte. El hecho de bulto es que se apeló al crimen político para eliminar la posibilidad de una izquierda democrática”. También morían liberales y conservadores –apunto. “Si, y esos asesinatos son igualmente horribles. Pero no había razón ética ni política que justificara el genocidio. El secuestro no podía ser excusa para matar líderes sindicales. De haber querido erradicarlo, los paramilitares hubieran buscado a la guerrilla allí donde ella estaba. Pero claro, era más fácil eliminar sindicalistas, líderes sociales, campesinos. Entre otras razones, para acumular tierras y poder político. Los paramilitares no son una autodefensa. No puede serlo una fuerza tan agresiva, tan invasiva, que ha desaparecido a 25 mil personas y monopolizado gigantescas extensiones de tierra. No son un mecanismo de defensa; son un mecanismo de agresión, usurpación y arrasamiento”.
Cepeda piensa que no se ha hecho borrón y cuenta nueva. Los crímenes de Estado, dice, son una constante en nuestra historia contemporánea. Para él, el exterminio de la UP es un genocidio por razones políticas perpetrado por agentes del Estado en colaboración con grupos paramilitares. Los “falsos positivos” serían ejecuciones extrajudiciales precedidas de desapariciones forzadas que se han presentado en el contexto de la política de seguridad democrática. Cree que mientras existan patrones de criminalidad sistemática desde el Estado no se superará el fenómeno. Reconoce Cepeda los logros iniciales de la seguridad democrática; pero cree descubrir tras la retórica de José Obdulio Gaviria “una realidad espeluznante: la corrupción, la desinstitucionalización del país, el enriquecimiento fácil, el empoderamiento de personajes tenebrosos…”
Aseveración que parecería exagerada si no fuera porque la sociedad misma empieza a resentir la que nuestro hombre califica de “catástrofe”. Y entonces declara que “es la hora del Polo”. Con mayor razón si se frustra la reelección del Presidente Uribe. Pero tendría que estar el Polo a la altura del reto, sus dirigentes mirar más allá del ego propio, de sus propias convicciones, y responder al clamor de la sociedad. Y remata: “para ofrecer el cambio social, democrático y pacífico que Colombia requiere hoy, se necesitan generosidad, grandeza, capacidad de decisión y olfato político”. Más de uno se preguntará, no obstante, si el Polo podrá allanar dogmatismos y vencer la inopia programática que pone en entredicho su capacidad para encarar semejante desafío histórico. Si no se dejará arrastrar por clientelismos y tentaciones oprobiosas como la de llevar a la Procuraduría a un inquisidor delirante.
Cepeda coloca la paz en el corazón de sus anhelos. Estima que a ella no puede llegarse sino por medio de la negociación política . Que la guerra no termina con la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas del Estado y de los bandos en contienda. Agrega que “si las Farc aspiran a credibilidad política, tendrán que reparar a la sociedad y liberar, cuanto antes, a todos los secuestrados”.
¿Tiene miedo? le pregunto. Y este hombre que se protege con acompañantes desarmados y puebla su apartamento de relojes (docenas de relojes de todos los tamaños, edades y diseños), que parecen recordarle que la vida se cuenta por minutos, responde con sencillez: “Más miedo me daría de no hacer lo que hago”.
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“El ser humano no es violento por naturaleza. Siempre puede escoger entre ser violento y no serlo. Está más sujeto a un principio ético que determinado por la fatalidad”.
“El socialismo de la Unión Soviética era democracia en economía y autocracia en política”.
“Me llena de orgullo el haber condenado el secuestro, una y otra vez, desde hace 20 años”.
“Los paramilitares no son una autodefensa; son un mecanismo de agresión, usurpación y arrasamiento”.