por Cristina de la Torre | Sep 7, 2010 | Izquierda, Personajes, Septiembre 2010
Si el Partido Verde está biche, pasmado, al Polo quieren madurarlo biche: declararlo partido, cuando alcanza a ser apenas coalición de tendencias. Y por no reconocerlo se ve a cada paso en trance de desaparecer, bombardeado por alguna de sus fuerzas que pretende imponerles su propia divisa a las demás, en la ficción de una homogeneidad imposible. Exótico lunar en el concierto continental de la nueva izquierda. El último incidente lo dice todo: Gustavo Petro, brillante candidato de la pasada campaña electoral, se declara vocero de la “Corriente Democrática” del Polo y, a despecho de sus malquerientes, anuncia que permanecerá en él. Al punto, eco de sectas que quisieran hacer prevalecer su izquierdismo puro y duro, Carlos Gaviria insta a Petro a crear un nuevo partido, si tiene incompatibilidades con el Polo. El dirigente Luis Sandoval sostiene, sin embargo, que éste nació como convergencia de grupos disímiles con derecho a expresarse como tendencias. En el ascenso de una derecha extremista, los unía la búsqueda de la democracia y la igualdad, en una economía de mercado, siempre abiertos a nuevos aliados que compartieran ese derrotero, desde la lucha civil y no la armada. Ni la revolución ni el socialismo estaban en la mira. Pero con aliados tan distintos –exguerrileros del M19, sindicalistas, liberales de izquierda, anapistas fieles al General Rojas Pinilla, estalinistas afectos a Mao y al politburó del socialismo soviético- se imponen reglas de convivencia que garanticen la unidad en lo acordado y respeten la identidad de cada cual. Si no, la cohesión quedará sacrificada en el altar de la anarquía.
En los últimos cuarenta años, la izquierda latinoamericana se ha organizado en partidos-coalición. En Chile, en Brasil, en Uruguay, llegaron al Gobierno. El Frente Amplio (FA) de Uruguay cobijó bajo un acuerdo “progresista y democrático” a socialistas, demócrata-cristianos, obreros, comunistas, trotskistas, exguerrilleros y fracciones de los partidos tradicionales (Blanco y Colorado). Treinta y cuatro años después, en 2005, el FA lleva al poder a Tabaré Vásquez y, en 2009, al extupamaro José Mojica. No hubo allí fusión sino coalición de fuerzas dispares unificadas en torno a un programa común y en el respeto de una férrea disciplina cuando de propender a los objetivos de la alianza se trataba. Pero dueñas de sus propias ideas, de sus estructuras y mecanismos de decisión política.
Uruguay es, claro, país de tradición civilista, de migración europea hecha a la democracia, a la experiencia sindical, y dueño de un elevado nivel de vida. No prendieron allá las guerras civiles que signaron la historia de Colombia, ni hubo narcotráfico y, si guerrilla existió, ésta fue efímera. No alcanzó ella a autoproclamarse opción única de izquierda para taponar, como taponó aquí, la acción legal por el cambio. Ni el liberalismo uruguayo cooptó las consignas de la izquierda, dejándola en el limbo.
El Polo anda en pañales. Pretende actuar como partido sin serlo. El peso de la historia y de una izquierda sectaria y arrogante que les hace sombra a sus mejores líderes, puede frustrar una alternativa de oposición unificada, contrapunto a la Unidad Nacional. A falta de reglas que disciplinen la cohabitación de tendencias, no faltará en el Polo el dirigente que actúe por su propia cuenta. Ni la descalificación a hombres como Petro, cuya bandera agraria el nuevo Gobierno no pudo menos que enarbolar. Dura prueba le espera al Polo para conseguir, desde la crítica y las propuestas, que ella se traduzca en hechos. Otra prueba de fuego, vencer la doble moral de quienes en el Polo alternan su pureza cardenalicia con apoyo al Alcalde que corrompió hasta la médula el Gobierno de Bogotá. Y la prueba final: transitar del espíritu de secta al de coalición moderna.
por Cristina de la Torre | Jul 6, 2010 | Izquierda, Julio 2010, Modelo Político, Personajes
Ilusiones. El abanico de ideas y programas que en la pasada campaña se insinuó como embrión de pluripartidismo fue flor de un día. Pronto se rindió al abrazo de una hegemonía ancestral: Frente Nacional se llamó primero, unanimismo uribista después, y hoy se rebautiza como gobierno de unidad nacional. En el campo de la oposición, se creyó que los Verdes suplirían la ausencia del liberalismo que, oveja descarriada durante ocho años, regresaba al redil. Otra flor sin retoño: ya está claro que los Verdes no querrán ser oposición, como lo han repetido sus dirigentes. Tampoco podrán serlo, pues no se ofrecerán como alternativa de gobierno. Identificados con el diseño de la economía y de la política social que rige y regirá con Santos, sus propuestas no parecen alterar las condiciones que generan tanta pobreza, tantas desigualdades en este país. La insubordinación clamorosa de millones de colombianos contra el todo-vale que Mockus encarnó amenaza también con diluirse entre iniciativas del nuevo gobierno que se disputarán la bandera de la anticorrupción. Es decir que hasta sus tareas de control político podrán naufragar si Santos enfrenta las crudezas más groseras de la venalidad y el abuso de poder. Sin organización, sin una divisa estratégica que singularice su personalidad política, cifrando la acción política en una oposición casuística, de ocasión, y desplazado del centro hacia la nada por el propio Santos, el movimiento Verde corre el riesgo de desaparecer. Suerte de tantos fenómenos de opinión que, si enérgicos, resultan episódicos.
Quedaría en la oposición un puñado de parlamentarios liberales de inmensa valía, como Cecilia López y Juan Fernando Cristo. Y, por supuesto, el Polo. Pero este Polo, única oposición organizada en partido, es matrimonio desavenido que hace metástasis y podría reventarse en cualquier momento. A la difícil convivencia entre una izquierda conservadora y dogmática y otra más abierta a la democracia contemporánea que lidera Petro, se suman la corriente anapista y la “pragmática” que hoy prevalecen en el gobierno de Bogotá. Motivo de desavenencias internas han sido también la ineficiencia y la corrupción que se apoderaron de la Alcaldía de Samuel Moreno, y comprometen el futuro político del Polo. Ni qué decir tiene la desautorización de las directivas de ese partido al excandidato Petro por reunirse con el presidente electo y comprometerlo en un gran debate nacional sobre manejo del agua, restitución de tierras y reivindicación de las víctimas del conflicto. Petro introduce problemas neurálgicos del país -y sustancia de su campaña- como temas de debate nacional en la agenda del nuevo gobierno. Pero sus contradictores del Polo perciben esta acción como claudicación que lleva a la componenda. Ni oposición “reflexiva” (“deliberante”?) a la manera de las disidencias tácticas de los partidos del Frente Nacional, ni reactiva a toda iniciativa del Gobierno, ni obstruccionista para maniatarlo a falta de contrapropuestas, la que Petro inicia parece armonizar con el estilo de oposición de las democracias maduras.
Pero es frágil estructura la de nuestra democracia: mientras la oposición anda en la cuerda floja, el poder se recompone como una coalición aplastante de centro-derecha. Aunque intente morigerar la corrupción, erradicar los falsos positivos y respetar la autonomía de las Cortes, actuará como aplanadora. La mitad de los sufragantes verdes verán frustrada su esperanza y migrarán a toldas donde se haga política. El Polo se proyecta como eje de la oposición, con amplio protagonismo en la controversia pública (si no embozala a Petro), pero vive en trance de división. Sigue empedrado el camino hacia la democracia. Sin oposición, otros llegarían a ocupar su lugar: las guerrillas.
por Cristina de la Torre | Jun 22, 2010 | Izquierda, Junio 2010, Partidos
“Facundapradera”, lector de este espacio, comenta: los ciudadanos que votamos por Mockus “consideramos válido un cambio en las formas de hacer política, como elemento necesario para enrumbar hacia la equidad, (eliminar) las maquinarias del clientelismo, la corrupción y la parapolítica (…), práctica interiorizada en nuestra cultura política que impone (una respuesta radical de la ciudadanía)”. La respuesta se dio. Aunque derrotados en las urnas, los millones de colombianos inconformes con esta negra noche que quisiera prolongarse más allá del 7 de agosto, podrán ahora expresarse como poder desde la oposición. No será fácil. Está por verse si los líderes de la Ola Verde deciden darse un programa y una organización que eleve la protesta de la coyuntura a movimiento estable o a partido. Si, venciendo tentaciones y halagos de los adversarios, integran con el Polo, con liberales y miembros de Cambio Radical un bloque de oposición a la Unión Nacional y al cobijo que ésta le brinda al PIN. Caso contrario, como ha sucedido en el pasado, media Colombia verá diluirse toda esperanza de cambio en la indefinición política de sus momentáneos intérpretes: en el sí-pero-no que a un Fajardo le valió el descalabro electoral del 14 de marzo; en sus silencios cuando se le pregunta si participaría en el gobierno de Santos. En la ambigüedad de la fórmula de “independencia y cooperación con deliberación” que Mockus anuncia frente al nuevo gobierno. O en la teoría de Peñalosa según la cual los Verdes perderían su vocación de poder si se lanzaran a la oposición. Como si la revuelta del país contra la corrupción y los crímenes de Estado no configurara ya un poder.
A poco, liberados los Verdes de un toque religioso ajeno a la democracia de nuestro tiempo; y sacudido el Polo del cartel de contratistas que rodea a la Alcaldía de Bogotá, la oposición no podrá limitarse a denunciar la corrupción. Habrá de enfrentar la postrer ofensiva jurídica del Presidente Uribe que, obrando sobre cuatro flancos, lo convertiría, no en “responsable de la lucha contra el crimen” -como él lo dijera- sino en su magno encubridor. Son ellos: supeditar la Fiscalía a la Presidencia, golpe mortal contra la separación de poderes; prerrogativa exclusiva del Presidente para extraditar (de modo que los jefes paramilitares terminen de llevarse consigo secretos comprometedores); intervenir en la investigación de parapolíticos (casi todos aliados de su Gobierno); y “blindar” a las Fuerzas Armadas contra la justicia civil (recurso que afectaría el juicio de uniformados por falsos positivos). Que se sepa, Santos avalaría la reforma a la Fiscalía y a la justicia penal militar.
De otro lado, los diez puntos de su plataforma gustan a todos pero no interpretan a la oposición. Enhorabuena. De eso trata la democracia: de banderías encontradas, antípoda del gobernante-uno para el pueblo-uno que tantas veces fue germen del totalitarismo. Dos estrategias en particular le darían a la oposición más norte y cohesión programática. Primero, la industrialización, con mercado ampliado al vecindario. Remedio al desempleo, a la pobreza y la desigualdad por su enorme capacidad para dinamizar la economía y redistribuir el ingreso, sería también alternativa a los TLC que nos condenan al atraso sin remedio. Toda la avanzada de América Latina ha vuelto por estos fueros, mientras Colombia, provinciana, sigue mirándose el ombligo. Segundo, conjurar el narcotráfico, fuente de nuestras mayores desgracias, peleándose la legalización global de las drogas ilícitas.
“Vehemente” como la practica el Polo, o “justa” como la quieren los Verdes, ancha oposición se ofrece en Colombia por primera vez en décadas. Su buen éxito dependerá de que logre expresarse como fuerza organizada de la sociedad.
por Cristina de la Torre | Jun 15, 2010 | Iglesias, Izquierda, Junio 2010, Personajes
Mucho va de la teoría a la práctica. Botón de muestra, la efímera ilusión de los Verdes, que se ofrecen como democracia “deliberante”, sin partidos, para que ciudadanos cultos, puros, racionales cambien argumentos civilizadamente, en un país de menesterosos, que no van a la universidad ni al sicoanalista, pues han de batirse en el diario desafío de sobrevivir. La erguida protesta de millones de colombianos contra la corrupción desbordada de estos años, amenaza diluirse por obra de un régimen que seguirá trabajando para sí, mediante el bien montado aparato de políticos que llevan a las urnas a la contraparte de la “decencia”: los votos contaminados, clientelistas, pecaminosos, premodernos de Familias en Acción y Madres y Guardabosques en Acción y Viejitos en Acción (que ya anuncia Juan Manuel). Hay en esta Ola excluyente quienes ignoran que los propios sufragantes del uribismo son las primeras víctimas del gran Dador que les dispensa migajas del presupuesto oficial, como larguezas suyas y no como derechos. Pero el mayor enemigo de la Ola Verde es ese hálito de indignación moralizante que los más vociferantes entre ellos despliegan. Y el ingrediente religioso, ¡ay! Si al moralismo elevado a la categoría de política se agrega la sacralización de la ley y de los recursos públicos, ya podríamos ver a la promotora de la cadena perpetua contra abusadores de niños vestida de cartuja lapidando adúlteras al lado del Procurador que no despacha con los códigos sino con la Biblia.
Y es que Mockus ha cambiado. Abandonó el espíritu cívico de su pasado y ahora se propuso rescatar la ética pública desde las honduras de la culpa y el arrepentimiento, de cuya impronta religiosa se libró hace siglos el Estado laico. “Aquellos que quieran corregir su camino”, (serán los únicos en merecer alianza con los Verdes), declaró el 20 de abril. Nadie calificó. Ni el Polo, ni el progresismo liberal. Nada que oliera a partido. Los escogidos vendrán del abstencionismo y de otras filas pero, eso sí, nada oficial.
En la moda –ya pasada- de la antipolítica, Mockus asimila partido a clientelismo y corrupción. Y ésta es otra arista de su inmaculada democracia deliberante. Heredero tardío del espíritu antipartido de los constituyentes del 91, le disputa a Uribe el terreno de una sociedad sin colectividades políticas o reducidas al puro cascarón. Una sociedad desactivada, pasto del liderazgo personalista. “El voto libre, de opinión, ha dicho, puede decidir el rumbo del país. La democratización del voto facilita la democracia deliberativa. En lugar de doctrinas dogmáticas, hay argumentos; en vez de partidos cazapuestos, tendremos meritocracia”. Razón le sobraría al profesor si esta declaración no excluyera, por contera, a los partidos, como opción organizada de la política sin la cual no se concibe la democracia. Cosa distinta es la crítica a los partidos colombianos, dechado de vicios que clama una terapia de choque. Pero no su disolución. Como no ha de cerrarse el Congreso, por descompuesto que esté, pues es institución de la democracia. Merecerá también tratamiento y cirugía, pero no la muerte. Por otra parte, ¿quién garantiza que el voto desorganizado, “libre”, sea siempre el de una ciudadanía deliberante? ¿Acaso aquel no lleva ocho años reducido a masa amorfa, sin horizonte y manipulado por la propaganda del gobierno?
Por último, ¿estará este moralismo exquisito a la altura de los anhelos de cambio de tantos colombianos, ricos y pobres, blancos y negros, educados e iletrados, de la ciudad y del campo? ¿Piensan los líderes de la Ola Verde organizarse como oposición? ¿Por qué Fajardo se va por el atajo para no responderle a la periodista Andrea Forero cuando ella inquiere si los Verdes participarían en un eventual gobierno de Santos?
por Cristina de la Torre | May 18, 2010 | Izquierda, Mayo 2010, Personajes
Gane Mockus o gane Santos, Colombia no será ya la misma. Aunque sólo sea porque bajen las cotas de crímenes de Estado y robos al erario público. El nuevo mandatario habrá recibido como una orden de cambio la insubordinación de la opinión contra una corrupción que en este gobierno alcanzó dimensiones monumentales y se tiñó de sangre. Y habrá tomado nota de que, roto el dique del despotismo, florecieron fuerzas que venían represadas y fracturaron la hegemonía del uribismo. La talla de sus candidatos, en particular las de Petro, Vargas y Pardo comprometió la resistencia del monolito que se fraguó en el abuso del poder. Catarsis de libertad, alegoría de la Primavera de Praga, lo que se avecina es, sin embargo, poco. Si Santos, el Presidente no podría sino arañar la cáscara de la corrupción, pues la nuez seguiría viva en la clase política que le dio la victoria. Aunque insobornable en este territorio de la moral pública, Mockus no lograría mucho más. No es su proyecto reemplazar las políticas sociales y económicas, que dan lugar a la corrupción, sino mantenerlas. O maquillarlas. Falta ver si su recurso a la cultura puede batirse contra el pesado fardo de los Uribito y los Valencia Cossio, o recuperar los espacios que el narcotráfico ha ganado en el poder del Estado.
Por lo pronto, es de temer que Mockus se corone, no ya como Mesías populista sino como el Mesías posmoderno que estira nuestra democracia refrendaria hasta cuando mi Dios agache el dedo sobre mayorías alebrestadas contra la oposición. “Antipolítico” de la hora que acumula larga brega por el poder, mucho en Mockus parece responder a juego preconcebido para impresionar a la muchchada, más susceptible a símbolos e imágenes que a programas. Con un aire Light de intrascendencia y la fuerza emotiva de sus vacilaciones, aspira a capitalizar para sí la servidumbre voluntaria que la misma masa de facebook le había prodigado a Uribe. Masa tan amorfa como las montoneras electorales de los partidos de antaño. Cardumen irreflexivo que se presume voto calificado, sólo la anima la fe. Ayer vibró contra todo opositor que al Mesías se le antojó terrorista, hoy aplastará a quien discrepe de Mockus, por corrupto.
Al maestro que le antecede en el Solio de Bolívar se parece también por su repelencia agreste hacia la izquierda democrática. Omitiendo deliberadamente la dura batalla de Petro contra algún nostálgico de la lucha armada en su partido, buscando votos en la derecha, descalifica al líder que por fin representa una alternativa de cambio sin sangre, dizque por justificar la violencia. La equidad social no legitima la violencia, respondería Petro, sino que es el instrumento para superarla. A Mockus le parece, en cambio, que la inequidad se resuelve con instrumentos del uribismo como la Ley 100 que convirtió en negocio la salud y la ley laboral, responsable –entre otros factores- de nuestro altísimo desempleo, pobreza y desigualdad.
Pero no todo es simbiosis con Uribe. Si bien el principio que inspira en Mockus su reivindicación de la legalidad desconceptúa la arbitrariedad en el ejercicio del poder, su inflexibilidad frente a la ley bendice el estatus quo. Niega toda posibilidad de cambio, así sea por el solo camino de reformar leyes nocivas para la sociedad. Por otra parte, su obediencia ciega a la autoridad niega el derecho de oposición. Ni siquiera se aviene con el derecho que esgrimiera el propio Santo Tomás de rebelión contra el tirano. Más papista que el Papa, en este terreno resulta Mockus más conservador que el propio Uribe. Y eso, ya es mucho decir.
Triste destino será el de esta revolución de los girasoles si se contrae a reciclar el uribismo, así reduzca la corrupción. Ojalá no resulte ser Mockus otro egócrata místico empujado por el duro hierro de una idea fija.