por Cristina de la Torre | Sep 8, 2009 | Clientelismo, Internacional, Personajes, Régimen político, Septiembre 2009, Uribismo
No faltará a quién le ofenda la comparación. Exagerada le parecerá, arbitraria. Pero, guardadas proporciones, ella alude a fenómenos del mismo orden. En su escalada sibilina hacia la dictadura, Uribe se ampara en la aritmética de una supuesta mayoría. También a Hitler lo llevó al poder un movimiento de masas y en él lo mantuvo 12 años. Muchos matices separan a estos dos hombres, claro: si el alemán fue genio del mal, el nuestro será simple aprendiz de caudillo para república bananera. Y, en punto al pueblo, destaca otra diferencia de bulto. Hitler lo usó para legitimarse, pero lo redimió en la crisis de los 30: le dio empleo y elevó su nivel de vida, aunque nunca ocultó su desprecio por las muchedumbres. Uribe, por su parte, halaga la soberanía popular, los voticos, y los envuelve en miel para feriar, de golpe, 200 años de una democracia en construcción. Pero, no bien apoltronado en la silla presidencial, gobierna para los ricos: desdeña el desempleo, ignora a los desplazados y el hambre de 8 millones de miserables que se preguntan cuándo los incluirá este Salvador en su categoría de patria. Uribe convierte al pueblo en trampolín para adjudicarse la torta entera del poder y no soltarla. También Hitler avasalló a su pueblo, pero no le mintió y en algo retribuyó su lealtad. Aquí y allá, dondequiera que impera un megalómano, el argumento de la mayoría le da a su egocracia cariz de democracia.
Cuando en 1933 Hitler ganó las elecciones, destruyó las instituciones de la democracia liberal. Cerró el Parlamento, maniató a la Justicia, liquidó a la oposición, degradó el voto a puro repentismo plebiscitario y se declaró dictador-salvador de la patria. Montó un Estado policivo cuya consigna fue el asesinato.
Abunda “Mi Lucha”, su autobiografía, en hipérboles que parecerían inspirar cuanto el uribato dice en exaltación del jefe y su Estado de opinión. Veamos. Hitler injuria a los partidos por carecer de “aquella singular y magnética atracción a la cual las muchedumbres responden sólo apremiadas por una fe indiscutible combinada con un fanático brío combativo. (Ellas serán) las murallas vivientes de hombres y mujeres henchidos de amor a la patria y de fanático entusiasmo nacionalista”. El líder es “la suma viviente de todas las almas anónimas que tienden al mismo fin”. Mas éste sólo existe como corolario de una masa homogenizada en un afecto rudimentario y ciego, la adoración del caudillo. Si Hitler afirmaba en la masa su poder, no ocultaba su desprecio hacia ella. Ni inteligencia ni vocación de heroísmo le concedía, condenada como le parecía a obrar siempre por miedo a lo desconocido y a refugiarse en un líder. La autoridad no podía emanar de la mayoría, ni el Estado sucumbir “bajo el peso abrumador del número”.
Acaso a Uribe le parezca menos inelegante presumirse encarnación de la voluntad general, como en su hora el déspota ilustrado creyó encarnar el Estado. Pero hace siglo y medio advirtió Tocqueville sobre el desenlace que registramos hoy: la tiranía de las mayorías deriva en totalitarismo. Por eso las democracias maduras imponen controles y límites lo mismo al gobernante que a los gobernados.
A fuer de caudillo, Uribe va acaparando todo el poder. Así, de golpe, violentando la ética y las leyes, ahora querrá reducir, de golpe, el censo electoral, y alcanzar el umbral que valide su reelección. Despotismo deslustrado el suyo, que una camarilla sin escrúpulos acolita, para configurar un fenómeno inédito en la historia de Colombia: nunca nadie había concentrado tanto poder en su persona. Ni siquiera el dictador Rojas Pinilla.
por Cristina de la Torre | Ago 25, 2009 | Agosto 2009, Internacional
En su galope desbocado por el liderazgo de América Latina, Chávez afina cuerdas vocales para copar la escena en la cumbre de Bariloche. Mientras tanto, media Venezuela protesta en las calles contra la Ley de Educación que aprieta el paso hacia una dictadura en ese país. Esta reforma convierte a la escuela en instrumento monolítico de la revolución bolivariana. Su fundamento, la censura. Así como veta la enseñanza plural, incorpora la aplazada ley de delitos mediáticos y subordina los medios a los objetivos de la nueva educación. Tras diez años a la búsqueda de un socialismo “endógeno, participativo y protagónico”, burlado por la esquiva originalidad, Chávez no puede sino rendirse a la evidencia. Para mandar a sus anchas, basta acudir al recurso que no falla: imponerse a gritos y blandiendo fierros. El reformismo que alentó sus primeros años terminó arrollado por la improvisación, la arbitrariedad, la corrupción y el revanchismo. Autocomplaciente, huérfano de ideas, el coronel supeditó cuanto se había logrado a la obsesión de consagrarse como el héroe del siglo XXI. Y redujo el socialismo a réplica del modelo cubano que había periclitado ya.
No fue poco lo sacrificado. El chavismo debutó con redistribución del ingreso mediante programas de salud y educación gratuitas para los olvidados de siempre. Recuperó para Venezuela el petróleo que la fiebre privatizadora había entregado al capital foráneo. Nacionalizó el sector eléctrico, estratégico, como lo hicieran siempre las democracias de occidente. Intentó una reforma agraria liberal que obligaba a trabajar el latifundio subexplotado y entregaba tierra a los campesinos bajo la figura de propiedad cooperativa. Quién dijo miedo. Aunque el agro en Venezuela representa apenas el 6% del PIB, se alzaron las elites, todas a una en Confecámaras, y dieron golpe de Estado.
De regreso al Palacio de Miraflores, Chávez se emborrachó de poder y de petrodólares. Con la renta del crudo financió “lo social” a manos llenas, aunque los fondos empezaron a desfondarse sobre las arcas de los amigos y a privilegiar a sus prosélitos. A la conquista de la hegemonía del continente, el chorro de oro negro regó también la sedienta economía de Cuba, las de Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Convertida en alcancía del gobierno, PDVSA redujo su producción de 3.150.000 barriles diarios a 2.400.000. Por acuerdo con la OPEP, es cierto. Pero también porque cientos de experimentados profesionales de la empresa fueron reemplazados por activistas del chavismo, que mucho saben de sisa y de votos y de propaganda, pero nada de industria petrolera. Resultado: la firma estatal que es corazón de la economía venezolana, fue todo ineficiencia y corrupción. A tanta incuria se suman la drástica reducción de los precios del crudo y el hecho insólito de que en los tres últimos años, 40% del ingreso petrolero nutriera fondos que Chávez maneja a su arbitrio personal y sin control. La economía se derrumba.
Chávez desperdició una oportunidad dorada: convertir la bonanza en riqueza productiva. Malogró la posibilidad del socialismo en su país. El suyo es un régimen siempre transitorio, dominado por el dogma de un hombre que considera “burgués” propender al equilibrio entre libertad e igualdad, entre liberalismo y socialismo. En su afán por descubrir el agua tibia, olvida que hubo ya socialismo democrático; y, por supuesto, también dictaduras que se impusieron a nombre del socialismo. Cuando América Latina se debate entre democracia redistributiva y dictadura, Chávez se inclina por la dictadura. Dictadura para un socialismo de opereta.
por Cristina de la Torre | Ago 11, 2009 | Agosto 2009, Internacional
El acoso a la prensa en Venezuela no viene solo. Lo acompaña un proyecto de ley de educación que precipita a ese país hacia un autoritarismo confesional. No contento con perseguir a la oposición, Chávez insiste ahora en aconductar a la sociedad mediante el control del pensamiento. Tapada, en sesión relámpago de medianoche, una comisión de la Asamblea Nacional aprobó el proyecto, para alarma de medio país y de la academia en pleno, que lo considera traslapo del modelo cubano, monolítico; un atentado contra la pluralidad de ideas y la libertad de pensamiento. El gobierno busca “adecuar” la educación a su plan socialista, a los valores que lo inspiran, a los requerimientos de la “democracia protagónica”. Nada de malo tendría defender el socialismo (o el liberalismo), a condición de no imponerlo como ideología oficial y única. El rector de la Universidad Central advierte que esa ley servirá para vetar a quien se aparte del ideario del gobierno. Será medio de adoctrinamiento oficial. Tanto más eficaz por el lazo que la une a la censura de prensa que arreció con el cierre de 34 emisoras y el asalto armado de Globovisión por un grupo chavista.
El artículo 49 hermana a la Ley de Educación con la de “delitos mediáticos”: deposita en los medios y en los consejos comunales un rol educativo sobre la ciudadanía, según estrictos parámetros del socialismo bolivariano. Como se sabe, la ley mediática manda a prisión a cualquiera que, en sentir del gobierno, divulgue información atentatoria de la paz social, la salud mental y la seguridad del Estado. Para el editorialista de El País, ésta acerca más a Chávez a la dictadura; “su gobierno –apunta- ha construido (…) un imperio mediático adicto, que a su vez reprime implacablemente la información adversa”. Y Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual, cataloga la iniciativa como “el texto legal más salvaje y brutal de la Venezuela contemporánea”, un verdadero “engendro totalitario”.
Mas la cosa no para ahí. A la manera de Castro y de los fascios de Mussolini, ha lanzado Chávez las “escuadras revolucionarias de lectura”. Operativo de comandos que persiguen dizque la democratización del libro para construir una visión ceñida a la ideología en el poder. Su arma de combate, una Biblioteca Popular que alterna textos de Bolívar con discursos de Hugo Rafael. Tras el ridículo, no ya el fantasma sino la rehabilitación de instrumentos que las dictaduras del Cono Sur aplicaron sin temblar. En 1976, el General Videla anunciaba en Argentina reclusión para quien divulgara información que perturbara o desprestigiara al gobierno militar. El director del Instituto Nacional de Cine, capitán Bitlestone, sólo autorizaba las películas que exaltaran la lucha del hombre contra el materialismo y por la religión. Las quemas de libros se sellaban con comunicados rubricados con la esquela “Dios, Patria, Hogar”. El decreto 3155 del 77 prohibió 3 relatos infantiles por tratarse de cuentos de “adoctrinamiento subversivo”.
Como se ve, las tiranías confesionales (y sus imitadores) no distinguen color político; las separan diferencias sólo de grado o de matiz. A la misma constelación de desafueros pertenece el espionaje que el tenebroso DAS le tendió aquí a la profesora Sonia Urrea por recomendar a sus alumnas escritores que no siempre llevan sotana ni charreteras ni rubrican sus textos con los vocablos Dios y Patria. Y el acoso vergonzoso del G3 contra periodistas en el país. Saltan las diferencias, claro. En Venezuela se escala hacia un régimen de fuerza; se agrede de frente, a la Videla. En Colombia, sibilinamente.
por Cristina de la Torre | Jul 7, 2009 | Internacional, Julio 2009
Le madrugaron. Cuando le faltaba la última zancada para quedarse en el cargo, contra la Constitución, contra todos los poderes públicos y la mayoría de hondureños, le echaron mano los militares y lo deportaron. En aquella madrugada del 28 de junio, sorprendido en paños menores, el Presidente Zelaya añoró sus botas y su sombrero alón de fauno latinoamericano. Pero enmudeció. La contundencia del gesto armado malograba su propio golpe civil, edificado paso a paso, sin estridencia de sables, como se estila hoy en el continente. El episodio insinúa un desencuentro de los caminos por donde América Latina rescata su más cara tradición autocrática: por la vía del cuartelazo (así sea benévolo), o bien, a instancias de la democracia plebiscitaria.
Autoelegido el mandatario por la fuerza, o reelegido por abuso de poder y estrangulamiento de la norma para adaptarla a su ambición desmedida, en ambos casos se arriba a la misma paradoja: a fuer de popularidad, se sacrifica la democracia. Aunque no siempre es clara la frontera entre estas dos salidas. Hugo Chávez, campeón del reeleccionismo, se parece cada día más al dictador dominicano Leonidas Trujillo, “El Benefactor”; y, aunque el lustre no le alcanza para emular a Fidel Castro, imita también los aires del dictador cubano.
Con todo, entre el viejo dictador latinoamericano y su aprendiz de hoy existen diferencias de origen, de grado y de tempo. Al golpe de mano tradicional le siguió siempre derogatoria de la Constitución, cierre o defenestración del Congreso y de las Cortes, cesación de partidos y libertades, control de los medios de información para sitiar la opinión libre y buscar aprobación con propaganda sin tregua, asistencialismo, persecución a la oposición, y violencia tasada entre atropello menor y baño de sangre. La nueva modalidad acude a los mismos expedientes pero en grado menor, y no a posteriori sino como antesala del paraíso buscado: la reelección, paso seguro para quedarse en el poder. Afrenta de entrada contra la democracia, pues niega la rotación del poder. El dictador golpea primero y a renglón seguido monta los dispositivos de un régimen de fuerza. El reeleccionista va acondicionando los mismos dispositivos, con nadadito de perro y disimulo, hasta empotrar un gobierno de factura similar.
Zelaya alarga la cadena de vanidades inflamadas que pasan por caudillos, y trafican con la idea de que buscan poder ilimitado y eterno por darle gusto al pueblo. ¡Por demócratas! Como si democracia fuera sólo votos, pueblo encandilado por el Príncipe mediático para que éste pueda decir que el suyo es un gobierno “de opinión”. La democracia contempla también respeto del gobernante a la ley, a los demás poderes públicos, a las libertades, a la oposición.
Por violar la Constitución y por abuso de autoridad sería encarcelado Zelaya. De Alvaro Uribe dijo César Gaviria que “pretende perpetuarse en el poder cometiendo toda clase de acciones arbitrarias en el Congreso Nacional para impulsar un referendo violatorio de la Constitución”. Y el congresista norteamericano Eliot Engel ve en esta tendencia a violentar la Carta para hacerse reelegir “el (verdadero) gorila del que nadie quiere hablar”.
Vamos cosechando los efectos de la democracia directa que la “Tercera Ola Democrática” antepuso a la representación política y a los partidos. Ella degeneró en un populismo plebiscitario que manipula a la masa e invierte el sentido de la realidad. Tal el absurdo que el contragolpe de Honduras creó: la súbita transfiguración de un golpista en ciernes en mártir de la democracia.
por Cristina de la Torre | Jun 30, 2009 | Internacional, Junio 2009
Tras la caída del fundamentalismo de Bush, la democracia liberal se anima a librar nuevas batallas. La última, en Irán, desnuda una teocracia agreste montada sobre la exaltación de la identidad islámica para tiranizar al pueblo. Rabia ciega de una secta que convirtió la religión en el látigo del Poder. Pero millones de iraníes marchan al grito de libertad desafiando a la Policía Moral del gobierno de Ahmadinejad, que ya cobra varias decenas de muertos. El fraude electoral del 12 de junio rompió el dique de un inconformismo que crecía desde cuando la “revolución” islámica de 1979 derrocó al Sha, un mandatario más proclive al Estado laico, moderno, que al gobierno de los sacerdotes. La revolución derivó en involución hacia el despotismo oriental que los hombres de la Ilustración francesa menearon como metáfora vergonzosa del absolutismo de Luis XIV. La brutalidad contra la prensa y la Universidad dice, una vez más, del celo con que defienden el pensamiento único todos los dictadores que en el mundo han sido.
El enfrentamiento político entre esta república islámica, ultrarreaccionaria, y la corriente reformista, liberalizante, entraña el lastre de dos concepciones distintas de identidad nacional. La historia del conflicto se remonta a los años 70, cuando la elevación de los precios del petróleo quintuplicó el producto interno del país y el Sha se lanzó a una modernización desbocada. Pero la inflación devoró esta bonanza y el gobierno perdió toda legitimidad: la tradicional, por su enfrentamiento con el sanedrín chiíta; la nacional y patriótica, por su marcada inclinación hacia occidente. De regreso del exilio, el Ayatola Jomeini capitalizó la insurrección que también nacionalistas y marxistas habían apoyado, persiguió a la izquierda o la eliminó, suprimió las libertades, se ensañó en la mujer y montó un régimen de inspiración divina. Vino, vio y venció. El nacionalismo tornó a su cauce originario, para volverse patrimonio del comunitarismo autoritario que ha gobernado hasta hoy. Su signo, la intolerancia que apadrina una secta enferma de misión sagrada.
Ha recordado Touraine que antirrevoluciones como esta de Irán contra una modernización extranjerizante que amenaza la identidad propia se apertrechan en un Estado absoluto, en una cultura excluyente, hija del encierro comunitario. El movimiento identitario deriva en secta. Sacerdotes y mesías se vuelven cruzados de una comunidad idealizada, intimidada por la pluralidad y la secularización. Destino de todo fundamentalismo, como el nazismo, que invocó a su turno la identidad nacional, la voluntad del pueblo y la raza, pilares de una nueva religión.
Mas no parece que la crisis de Irán traduzca en puridad una lucha entre oriente y occidente. También Europa y Norteamérica padecen las fiebres del Irán. Dígalo, si no, la beligerancia de la ultraderecha gringa, la de Bush, nostálgica de la teocracia que el puritanismo montó en ese país en el siglo XVII y que Obama, protestante-musulmán, debe capotear todos los días. O la versión racista del nuevo nacionalismo que en Italia se resuelve hoy en razias fascistas contra los inmigrantes de color cobrizo. ¿No es éste el mismo odio contra el “otro”, enemigo externo que invade, usurpa y amenaza lo propio? ¿No es el viejo expediente biológico de “superioridad natural” de los viejos amos sobre los colonizados? Pero, proporciones guardadas, occidente exhibe también una tradición democrática que invita a añorar el advenimiento de una primavera en Teherán. Y no como la de Praga, frustrada por el fundamentalismo estalinista.