por Cristina de la Torre | Dic 24, 2013 | Diciembre 2013, Mujer, Salud
Se toma mucho en navidad y mucho se agrede a otros; a las mujeres, en particular. Al calor de esta fiesta pagana de cuna religiosa, inspecciones de policía y hospitales se atiborran de heridas que disparan en este día el pico estadístico de la violencia intrafamiliar. En el curso de 2012, registró la Fiscalía 87.385 casos, en mayoría abrumadora contra mujeres y por mano de sus compañeros. Pero allá sólo llegan los casos de violencia física. La violencia moral, sutil y difusa, se ejerce minuto a minuto y resulta devastadora. Porque se afirma en la idea de la inferioridad de la mujer; y en su recíproca, que cifra la virilidad en la disposición del hombre para oprimirla, humillarla y golpearla. Pero además, para esconder los sentimientos, que son “cosa de mujeres”. Violencia en bruto de la cultura que se resuelve en tiranía de un sexo sobre el otro y en atrofia de la capacidad emocional del varón.
La violencia moral y simbólica, antesala de la física, mantiene a la mujer en estado de subordinación y vulnerabilidad permanentes. Es mecanismo eficientísimo de control social y validación de desigualdades inventadas. Violencia moral hay en la descalificación intelectual y profesional de la mujer. Cuando se le impone dependencia económica del cónyuge, bien porque se cercene su libertad de trabajo fuera del hogar, bien porque no se le remuneren los oficios domésticos y de crianza de los hijos. Pago que en Colombia representaría $160 billones al año, la quinta parte del PIB, por trabajo que asumen, gratis, 9 de cada 10 mujeres. También hay violencia en el menosprecio físico y sexual de la mujer, o en su anverso de simple objeto sexual, elevados a valor universal en forma chistes e insultos humillantes.
Los investigadores Javier Pineda y Andrés Hernández apuntan a la necesidad de cambiar la mentalidad masculina, los valores que sojuzgan a la mujer. Han de entender los varones que masculinidad no equivale a dominio, violencia y control; ni a embozalamiento de los afectos. Se les niegan a los hombres virtudes y cualidades que la cultura cataloga como mujeriles: modestia, ternura, pasividad, sensibilidad, entrega, espíritu de colaboración. Al dechado de lo masculino, por su parte, concurren inteligencia, valentía, competitividad y carácter. Notas que riñen con el “eterno femenino”.
Mas no se repara en el costo emocional y vital que tan artificiosa división de caracteres engendra. Ser hombre, escriben nuestros autores, se asocia con el trabajo duro, con roles de proveedor económico y ser sexualmente activo, aunque también con el derecho de apelar a la violencia. Va su puño contra la mujer si no responde ésta al estereotipo que la cultura le asigna. Y contra los otros hombres, con quienes sólo puede relacionarse desde la competencia, el poder y la agresión. De eso mueren muchos hombres: en Colombia, viven ellos siete años menos que ellas. Parte de la solución estribaría en desechar la familia patriarcal –erigida sobre el autoritarismo- y renegociar el contrato de familia hacia relaciones equitativas y democráticas. En “fracturar” la relación de los hombres con el poder y permitirles participar en la lucha por la igualdad entre sexos.
El documental Sin Tiempo para Llorar, del Centro de Memoria Histórica –que todos merecemos ver en cines-, testimonia la tragedia de nuestra violencia de medio siglo, y su particular ensañamiento en la mujer convertida en trofeo de guerra. Esta obra potente y hermosa reconcilia con la verdad, y por lo mismo abre las puertas de la reconciliación entre adversarios. Principie por casa el pacto de no agresión. Y mientras se firma la paz de La Habana, haya navidad amable en los hogares.
por Cristina de la Torre | Nov 19, 2013 | Mujer, Noviembre 2013, Personajes
Por boca de Andrés Jaramillo habló el sátiro milenario que violenta a la mujer y, encima, le adjudica el crimen a ella, criatura despreciable, inacabada, a media falda apenas. Pero hablaron también tantas mujeres que, habituadas a la humillación, suman su voz a la del bruto que prevalece a coces: por miedo y sin saberlo, pisan la trampa que convierte su diferencia biológica en inferioridad, y terminan por allanarse a la discriminación y a la violencia que de allí emanan. Las hay también –una minoría- que maltratan al hombre y éste, prisionero del ridículo estándar de virilidad que el machismo impone, calla por temor a confesarse frágil. Otras, como la senadora Liliana Rendón, apuntan al poder político desde la desgracia de sus congéneres, en un país donde se asesina a cuatro mujeres por día o se las agrede sexualmente cada media hora. Donde la violación y el abuso son práctica consuetudinaria, armas de guerra y brutal iniciación sexual en alarmante proporción de nuestras niñas. Pues la Rendón defendió a zurriago limpio la paliza que Bolillo Gómez le propinara a una señora. La de la culpa es ella, argumentó, pues de seguro lo provocó. Si mi marido me pega –remató casi feliz- es porque me la gané. Sacará más votos de esclavas.
El machismo femenino –fruto del legado bíblico que deposita en el varón todo el poder- resulta de cooptar la mirada y los usos del macho cabrío contra el sexo opuesto, y se manifiesta de mil maneras: ya porque se acepte la mujer como estereotipo sexual o como sirvienta del marido; ya porque censure a la que despliega su feminidad y disfruta del sexo (una “puta”); ya porque a la vista de la violación mire para otro lado, una manera de justificarla. Y la violación es epidemia. Para Olga Amparo Sánchez, directora de la Casa de la Mujer, la agresión contra las mujeres en Colombia configura una verdadera crisis humanitaria y casi nunca se castiga (la impunidad es del 86%). La ley ampara a las mujeres, explica, mas “en la vida real no sucede lo mismo”.
Se dirá que la incursión masiva de nuestras mujeres en fábricas y aulas desde los años 50 produjo una revolución silenciosa; que la píldora y el divorcio y el matrimonio civil y la ley de paternidad responsable y las leyes de protección femenina de 2008 completaron la gesta. Si. Pero iglesias y atavismos enfermizos la frenan a mitad de camino o la devuelven. Como puja la procuraduría por pulverizar el derecho adquirido al aborto terapéutico. Así que la orgullosa emancipación femenina se ha traducido en doble jornada para la mujer: la del trabajo, mal remunerada; y la del hogar, no remunerada. Porque, además, no cambian, o cambian sólo de empaque los roles de hombres y mujeres en la sociedad y la división del trabajo por sexos de la familia patriarcal. Y así se acepta en general. No logra, pues, la cultura cogerle el paso al cambio social y jurídico. Rezago no desmentido siquiera por el hecho de que la mitad de los universitarios sean mujeres.
La sindicación de Jaramillo contra una joven que pudo ser violada en sus predios no parece ser inocente desliz. Es sabido que desde los albores del negocio se les pedía a las meseras –niñas bien y bellas- vestirse “más ceñidas”. Se popularizó allí el gracejo de usar “body propinero”. En su moral acomodaticia, bien podría Jaramillo suscribir el ideal de esposa de Cochice Rodríguez: una mujer virtuosa, hogareña, que no use minifalda. (¿E indiferente a la violación?). Los cambios jurídicos y sociales sólo podrán respirar a pleno pulmón con una justicia operante y al calor de una revolución cultural, educativa capaz de trocar en vergüenza el feminazismo que anida en amplios sectores de ellos y ellas.
por Cristina de la Torre | Ene 15, 2013 | Educación, Enero 2012, Enero 2013, Iglesias, Mujer, Régimen político, Salud
No hay en la Iglesia unidad de doctrina moral sobre el aborto. En grosera simplificación del pensamiento católico, el procurador Ordóñez se arroga la vocería de todos los fieles y presenta como única su particular visión del problema: la invocación ultraconservadora de los Papas Pío XI y Pío XII, contraria a la de millones de bautizadas que, como “Católicas por el derecho a decidir” sobre el aborto, se ven hostilizadas por la corriente más reaccionaria que se ha impuesto a baculazos en la iglesia de Roma. Más atormentados por la vida de los no nacidos que por las legiones de nacidos que mueren todos los días de abandono, de hambre o de guerra santa, mentores suyos terminan en su dogmatismo por degradar a manipulación electoral este debate de filosofía moral.
La doctrina de la Iglesia prohíbe eliminar el feto, por ser –según ella- un humano inocente e indefenso, persona desde su concepción cuya vida le viene de Dios. Abortar es, pues, asesinar. Al extremo, la madre deberá sacrificar su derecho a la vida al derecho a la vida del feto. Aún en casos de violación, malformación del feto y peligro de muerte para la mujer. Como se observa en el sistemático boicot del aborto terapéutico que los extremistas ejercen en Colombia. Pero otra versión de la teología católica justifica el aborto en legítima defensa de la vida de la madre. Y comparte la teoría de que el feto sólo deviene persona cuando su sistema neurocerebral se ha desarrollado, no al momento de la concepción. Si la bellota no es todavía roble, tampoco el cigoto es persona. La Corte Interamericana de Derechos Humanos acaba de estipular que al embrión no le asisten aquellos derechos, pues ellos se concibieron para personas nacidas. Y el derecho a la vida se adquiere con el desarrollo del feto, cuando éste pasa de simple organismo vivo a persona humana y autónoma.
Decisión trascendental que remarca el choque de posiciones en el seno de la Iglesia. Por un lado, Pio XI no justifica el “asesinato directo del inocente” aunque comprometa la vida de la madre (Encíclica sobre el matrimonio cristino). Y en Carta a la Sociedad Católica de Comadronas, escribe Pío XII: El feto “recibe el derecho a la vida directamente de Dios. Por consiguiente, no existe hombre, ni autoridad humana, ni ciencia, ni indicación médica, eugenética, social, económica o moral que (permita disponer de la vida) de un inocente”. Por otro lado, el Catecismo Católico prohíbe matar a un inocente, pues la vida humana es sagrada, creación divina. Pero admite excepciones como la de la legítima defensa. Ya en este espacio citábamos el Artículo 2264 que consagra el amor a sí mismo como principio esencial de la moralidad, de donde se desprende el legítimo derecho de hacer respetar la vida propia. No es homicida el que por defender su vida se ve obligado a eliminar a su agresor. El Código de Derecho Canónico señala atenuantes para la persona que así actúa, si movida por el miedo o por necesidad o para evitar un perjuicio grave. No es la vida un absoluto que peda resolverse en blanco o negro. Para el caso del aborto, sólo cuenta la conciencia de la mujer.
La moral privada del aborto cobra dimensión social y de salud pública. De allí la importancia de la controversia ideológica. Manifestaciones al canto, el irresponsable recurso al aborto como medio de control natal. O, en el extremo opuesto, el sabotaje al aborto terapéutico que se resuelve en práctica clandestina y es causa de muerte de miles de mujeres acorraladas por la pobreza y la violencia. En el trasfondo, el pugilato entre posiciones encontradas a las cuales no escapa la Iglesia. Bien haría ella en reconocerlo, si aspira a sobrevivir como institución espiritual para un mundo de carne y hueso.
por Cristina de la Torre | Dic 23, 2012 | Diciembre 2012, Mujer
En carta publicada por El Espectador el 23 de diciembre, Ilva Myriam Hoyos, procuradora para Infancia, Familia y Mujer, expresa su malestar por el perfil que sobre ella escribí el 8 de diciembre, como una de las celebridades que despertaron este año el interés de la opinión nacional. Se siente ella estigmatizada en su fe católica, desdeñada en sus acciones como funcionaria pública y tergiversada en sus afirmaciones. Se queja de que insinúo como suyas cosas que no dijo. En punto al aborto, sobre la eventualidad de tener que escoger entre la vida de la madre y la del feto, la viceprocuradora aboga por defender la vida de los dos. Y así lo expresa la nota. Mas ésta no la exime en forma expresa de la extendida percepción de que en aquel dilema lleva la mujer las de perder. Rendidas disculpas por la omisión involuntaria.
Acaso lo que resienta ella sobre todo sea que esta semblanza no buscara exaltar un modelo de virtudes morales sino interpretar la idea –ambivalente- que amplios sectores de opinión se han formado sobre personaje tan controversial y cuyas ejecutorias son, de suyo, objeto de escrutinio público. En particular de mujeres por miles que, en uso de su derecho al aborto terapéutico, reciben el puño de hierro de esta Procuraduría. Segunda al mando en una institución que ha sacrificado territorios del Estado de derecho a un principio religioso, aquella política segrega, por añadidura, a los no católicos.
Como a todo ciudadano, también a ella la asiste el derecho de profesar una fe. O ninguna. Pero no el de burlar el Estado laico que nos rige, desde la instancia misma llamada a preservar el ordenamiento jurídico. Empeño en hacer prevalecer la ley divina sobre la civil mediante presión política disfrazada de defecto administrativo, como lo registró con estupor el país cuando la Curia, la Procuraduría y la cofradía Provida frustraron la creación de una Clínica de la Mujer en Medellín. O mediante insubordinación contra la orden constitucional de instruir sobre derechos sexuales y reproductivos. Como se sabe, esta acción sacudió a la opinión y provocó reconvención de la Corte contra ella, figura estelar del Ministerio público.
Bienvenido el debate sereno y pacífico que la doctora Hoyos convoca. Principie la Procuraduría por equiparse de benevolencia hacia las mujeres, primeras víctimas de la violencia moral que nos asfixia.
por Cristina de la Torre | Sep 25, 2012 | Iglesias, Mujer, Septiembre 2012
Sorpresa. A la cruzada revitalizada del procurador contra el aborto le salió al paso inesperadamente Lucifer. No ya la pecadora bíblica, víbora en carne de mujer perseguida hasta la muerte por devotos que prevalecen a golpes de crucifijo. Es que ahora se revela el mismísimo demonio en figura de ministerio. Del ministerio de Justicia, que propone no sólo respetar el aborto terapéutico sino extenderlo a todos los casos, pues la prohibición induce el aborto clandestino, insalubre, causa de muerte en miles de nuestras mujeres cada año. En bumerán se trocó la falsa retractación del procurador, que se le impuso por violar la Constitución para sabotear este derecho: Ordóñez mintió sobre la píldora del día después, sobre “promoción del aborto” por la Corte y sobre la objeción de conciencia. Pero eludió, astuto, la orden y anunció que redoblaría su campaña contra el derecho al aborto en los casos prescritos por la Corte.
Cuesta arriba le quedará desde hoy, cuando el Consejo de Política Criminal abre debate sobre la iniciativa del ministerio enderezada a la despenalización amplia del aborto, más allá del terapéutico, consagrado ya. La restricción del aborto –argumenta la ministra Ruth Stella Correa- aumenta los casos de riesgo. Se trata de evitar el aborto clandestino y de asegurar los derechos de la mujer. 400.412 procedimientos se practican en Colombia cada año, la mayoría ilegales y de alto riesgo. Y concluye: en vez de perseguir a las mujeres que abortan, hay que masificar las campañas de prevención y educación sexual, servicios gratuitos de salud y asesoría en planificación.
Si, no todo va en despenalizar el aborto, medida dolorosa que la mujer adopta como solución extrema a un embarazo no deseado o peligroso. Mucho depende de la prevención del embarazo, sobre todo del adolescente, que es tragedia; porque afianza el círculo de la pobreza, frustra la educación, las oportunidades y la movilidad social de la joven. El sacerdote Carlos Novoa reafirma que a aquél contribuyen también la violencia intrafamiliar y la precaria o nula educación sexual. En acontecimiento notable, cientos de jovencitas presentan esta semana al Gobierno sus propuestas para prevenir el embarazo adolescente. Con apoyo de Naciones Unidas y del Gobierno nacional, del evento se esperan remedios a un drama que afecta a una de cada cinco niñas entre los 15 y 19 años de edad. Está visto que el riesgo disminuye con educación – en particular sobre vida sexual y reproductiva-, con servicios de salud universales y amables, con un abanico desplegado de formación y oportunidades de vida. Más vale prevenir que reprimir.
Si el ex jefe conservador José Darío Salazar declaró patético que la propuesta del ministerio es “el crimen más cobarde de todos”, para el jurista Eduardo Cifuentes la despenalización amplia del aborto es “absolutamente necesaria, (una) opción de libertad y de respeto por los derechos reproductivos de la mujer”. Y Sonia Gómez escribe en El Tiempo: abortar no riñe con la vida, es afirmar que la vida de la mujer está por encima de cualquier funcionario o credo religioso.
La iniciativa promete una revolución de sentido común en esta pobre Colombia estrangulada por exaltados que la devuelven periódicamente a la Colonia, al gobierno de la mitra, mientras el Estado de Derecho es pan comido en el mundo. Como el debate no atañe a la moral religiosa sino a los derechos civiles, no podrá dirimirse entre Dios y Lucifer, sino entre Estado laico y teocracia. Así nuestros rosaditos querubines del Congreso, monaguillos del procurador, se presten para horadar la ciudadanía de la mujer y para quemarla en la pira medieval. Por bruja.