por Cristina de la Torre | Nov 1, 2011 | Izquierda, Noviembre 2011, Partidos
Tan resonante el triunfo de Petro en Bogotá, como desigual la cosecha para el uribismo. Perdió el expresidente gobernaciones y alcaldías importantes, y fue derrotado con estruendo en la capital de la república y en el santuario mismo de su imperio: Antioquia y Medellín. Mas esta mengua parece amortiguada con la victoria de sus prosélitos en un tercio de los municipios, pequeños pero rebosantes de regalías. Beneficiarios privilegiados de la desintegración de los partidos en una turbamulta de candidatos incompetentes, a resultas de dos décadas de campaña contra la “partidocracia”: su divisa fue madurar la democracia destruyendo los partidos. Su cuna, la ideología que inspiró la Carta de 1991. De buena fe, sin duda, confundieron los constituyentes la fiebre con las sábanas y, en vez de aliviar al paciente, lo enfermaron más. Desmontaron el Frente Nacional, sí, pero introdujeron mecanismos que terminaron por anarquizar el sistema político. Se alzó una polvareda de microempresas electorales levantada por la facilidad que la ley ofrecía para formar partidos. Y por la operación avispa. Hoy, pese a las reformas que creyeron cohesionar ese avispero en 12 partidos, y en virtud del voto preferente, perduran cientos de organizaciones de garaje en cabeza de caudillitos de ninguna idea, capitanes de ninguna batalla, como no sea la de apertrecharse bien para saquear.
Rafael Pardo reconstruía casi jubiloso la raíz del fenómeno: la Carta del 91 cambió las reglas del juego político y el modelo de desarrollo. Se desmontó el centralismo intervencionista en favor de las regiones, por un lado y, por otro, se disolvió la verticalidad interna de los partidos. A ello contribuyeron la transferencia de recursos a las regiones y la elección popular de alcaldes. En suma –diríamos aquí- los partidos perdieron su línea de mando nacional y, el gobierno central, el control que ejercía sobre la ejecución de los recursos en provincia. Las colectividades, que fueron confederaciones de dirigentes regionales alrededor de un jefe nacional, derivaron en agregados inorgánicos de extorsionistas del Estado sin ningún control, asociados a menudo con criminales. Y no es que fueran antes la panacea, pero a lo menos se los vigilaba y rendían cuentas. Con la decadencia de las casas políticas en favor de alternativas regionales nació la tendencia a presentar en elecciones opciones uninominales. La nueva Carta aceleró la tendencia, hasta volar en átomos a los partidos.
La Carta abortó una descentralización política que con la elección popular de alcaldes ensayaba sus primeras armas, y para la cual no estábamos preparados. La debilidad institucional puso el poder regional al alcance de los más vivos, que supieron aliarse con los vivos de siempre. Banquete suculento de transferencias y regalías, pues control no hubo y sí, en cambio, fuete y fierro y motosierra. La idea de democracia directa, otra novedad de la Carta, también jugó su parte. Introducida para llenar los vacíos de la democracia representativa, pronto se resolvió, no obstante, en el vértigo plebiscitario que condujo a Uribe hasta el límite mismo de la dictadura. Debilitados partidos y sindicatos, desactivada la sociedad, floreció el personalismo sin ideas que hoy cosechamos a granel.
Mas fueran inocentes estos cambios si tras ellos no medraran nuevos sectores que hallaron en el narcotráfico su fuente de redención. Visionario, cómo negarlo, Uribe interpretó la fuerza histórica de esta revolución social y recibió, sin objetarlo, su caudal electoral. Por su parte, Gustavo Petro se perfila como la contraparte de izquierda democrática capaz de organizar una fuerza alternativa al uribismo que llegó para quedarse. Tendrá que empezar por gobernar bien. Por cohesionar a sus electores en torno a un programa. Por crear el partido de la oposición.
por Cristina de la Torre | Sep 7, 2010 | Izquierda, Personajes, Septiembre 2010
Si el Partido Verde está biche, pasmado, al Polo quieren madurarlo biche: declararlo partido, cuando alcanza a ser apenas coalición de tendencias. Y por no reconocerlo se ve a cada paso en trance de desaparecer, bombardeado por alguna de sus fuerzas que pretende imponerles su propia divisa a las demás, en la ficción de una homogeneidad imposible. Exótico lunar en el concierto continental de la nueva izquierda. El último incidente lo dice todo: Gustavo Petro, brillante candidato de la pasada campaña electoral, se declara vocero de la “Corriente Democrática” del Polo y, a despecho de sus malquerientes, anuncia que permanecerá en él. Al punto, eco de sectas que quisieran hacer prevalecer su izquierdismo puro y duro, Carlos Gaviria insta a Petro a crear un nuevo partido, si tiene incompatibilidades con el Polo. El dirigente Luis Sandoval sostiene, sin embargo, que éste nació como convergencia de grupos disímiles con derecho a expresarse como tendencias. En el ascenso de una derecha extremista, los unía la búsqueda de la democracia y la igualdad, en una economía de mercado, siempre abiertos a nuevos aliados que compartieran ese derrotero, desde la lucha civil y no la armada. Ni la revolución ni el socialismo estaban en la mira. Pero con aliados tan distintos –exguerrileros del M19, sindicalistas, liberales de izquierda, anapistas fieles al General Rojas Pinilla, estalinistas afectos a Mao y al politburó del socialismo soviético- se imponen reglas de convivencia que garanticen la unidad en lo acordado y respeten la identidad de cada cual. Si no, la cohesión quedará sacrificada en el altar de la anarquía.
En los últimos cuarenta años, la izquierda latinoamericana se ha organizado en partidos-coalición. En Chile, en Brasil, en Uruguay, llegaron al Gobierno. El Frente Amplio (FA) de Uruguay cobijó bajo un acuerdo “progresista y democrático” a socialistas, demócrata-cristianos, obreros, comunistas, trotskistas, exguerrilleros y fracciones de los partidos tradicionales (Blanco y Colorado). Treinta y cuatro años después, en 2005, el FA lleva al poder a Tabaré Vásquez y, en 2009, al extupamaro José Mojica. No hubo allí fusión sino coalición de fuerzas dispares unificadas en torno a un programa común y en el respeto de una férrea disciplina cuando de propender a los objetivos de la alianza se trataba. Pero dueñas de sus propias ideas, de sus estructuras y mecanismos de decisión política.
Uruguay es, claro, país de tradición civilista, de migración europea hecha a la democracia, a la experiencia sindical, y dueño de un elevado nivel de vida. No prendieron allá las guerras civiles que signaron la historia de Colombia, ni hubo narcotráfico y, si guerrilla existió, ésta fue efímera. No alcanzó ella a autoproclamarse opción única de izquierda para taponar, como taponó aquí, la acción legal por el cambio. Ni el liberalismo uruguayo cooptó las consignas de la izquierda, dejándola en el limbo.
El Polo anda en pañales. Pretende actuar como partido sin serlo. El peso de la historia y de una izquierda sectaria y arrogante que les hace sombra a sus mejores líderes, puede frustrar una alternativa de oposición unificada, contrapunto a la Unidad Nacional. A falta de reglas que disciplinen la cohabitación de tendencias, no faltará en el Polo el dirigente que actúe por su propia cuenta. Ni la descalificación a hombres como Petro, cuya bandera agraria el nuevo Gobierno no pudo menos que enarbolar. Dura prueba le espera al Polo para conseguir, desde la crítica y las propuestas, que ella se traduzca en hechos. Otra prueba de fuego, vencer la doble moral de quienes en el Polo alternan su pureza cardenalicia con apoyo al Alcalde que corrompió hasta la médula el Gobierno de Bogotá. Y la prueba final: transitar del espíritu de secta al de coalición moderna.
por Cristina de la Torre | May 18, 2010 | Izquierda, Mayo 2010, Personajes
Gane Mockus o gane Santos, Colombia no será ya la misma. Aunque sólo sea porque bajen las cotas de crímenes de Estado y robos al erario público. El nuevo mandatario habrá recibido como una orden de cambio la insubordinación de la opinión contra una corrupción que en este gobierno alcanzó dimensiones monumentales y se tiñó de sangre. Y habrá tomado nota de que, roto el dique del despotismo, florecieron fuerzas que venían represadas y fracturaron la hegemonía del uribismo. La talla de sus candidatos, en particular las de Petro, Vargas y Pardo comprometió la resistencia del monolito que se fraguó en el abuso del poder. Catarsis de libertad, alegoría de la Primavera de Praga, lo que se avecina es, sin embargo, poco. Si Santos, el Presidente no podría sino arañar la cáscara de la corrupción, pues la nuez seguiría viva en la clase política que le dio la victoria. Aunque insobornable en este territorio de la moral pública, Mockus no lograría mucho más. No es su proyecto reemplazar las políticas sociales y económicas, que dan lugar a la corrupción, sino mantenerlas. O maquillarlas. Falta ver si su recurso a la cultura puede batirse contra el pesado fardo de los Uribito y los Valencia Cossio, o recuperar los espacios que el narcotráfico ha ganado en el poder del Estado.
Por lo pronto, es de temer que Mockus se corone, no ya como Mesías populista sino como el Mesías posmoderno que estira nuestra democracia refrendaria hasta cuando mi Dios agache el dedo sobre mayorías alebrestadas contra la oposición. “Antipolítico” de la hora que acumula larga brega por el poder, mucho en Mockus parece responder a juego preconcebido para impresionar a la muchchada, más susceptible a símbolos e imágenes que a programas. Con un aire Light de intrascendencia y la fuerza emotiva de sus vacilaciones, aspira a capitalizar para sí la servidumbre voluntaria que la misma masa de facebook le había prodigado a Uribe. Masa tan amorfa como las montoneras electorales de los partidos de antaño. Cardumen irreflexivo que se presume voto calificado, sólo la anima la fe. Ayer vibró contra todo opositor que al Mesías se le antojó terrorista, hoy aplastará a quien discrepe de Mockus, por corrupto.
Al maestro que le antecede en el Solio de Bolívar se parece también por su repelencia agreste hacia la izquierda democrática. Omitiendo deliberadamente la dura batalla de Petro contra algún nostálgico de la lucha armada en su partido, buscando votos en la derecha, descalifica al líder que por fin representa una alternativa de cambio sin sangre, dizque por justificar la violencia. La equidad social no legitima la violencia, respondería Petro, sino que es el instrumento para superarla. A Mockus le parece, en cambio, que la inequidad se resuelve con instrumentos del uribismo como la Ley 100 que convirtió en negocio la salud y la ley laboral, responsable –entre otros factores- de nuestro altísimo desempleo, pobreza y desigualdad.
Pero no todo es simbiosis con Uribe. Si bien el principio que inspira en Mockus su reivindicación de la legalidad desconceptúa la arbitrariedad en el ejercicio del poder, su inflexibilidad frente a la ley bendice el estatus quo. Niega toda posibilidad de cambio, así sea por el solo camino de reformar leyes nocivas para la sociedad. Por otra parte, su obediencia ciega a la autoridad niega el derecho de oposición. Ni siquiera se aviene con el derecho que esgrimiera el propio Santo Tomás de rebelión contra el tirano. Más papista que el Papa, en este terreno resulta Mockus más conservador que el propio Uribe. Y eso, ya es mucho decir.
Triste destino será el de esta revolución de los girasoles si se contrae a reciclar el uribismo, así reduzca la corrupción. Ojalá no resulte ser Mockus otro egócrata místico empujado por el duro hierro de una idea fija.
por Cristina de la Torre | Oct 6, 2009 | Izquierda, Octubre 2009, Personajes
Un doble desafío enfrenta Petro: remontar la indigencia programática de la izquierda y, de pasada, llenar el vacío de propuestas económicas del gobierno. En sintonía con los tiempos y con el país, éste lanza iniciativas de desarrollo que dejan en paños menores a las extremas: revitalizar el Pacto Andino y emprender una reforma agraria que principie por expropiar las 6 millones de hectáreas malhabidas para devolvérselas a los campesinos que deambulan por el campo o se hacinan, desplazados, en las ciudades. Petro libera a la izquierda moderna del purismo de otros que, sin embargo, enmudecen ante la corrupción de la Alcaldía de Bogotá. Sabe, por otra parte, que Uribe carece de programa económico. Su Plan de Desarrollo, el Estado Comunitario, ni es plan ni es de desarrollo. Se limita a repartir el presupuesto cada sábado en obritas y chequecitos que le reportan, sin falta, nuevos votos. Pantalla y campaña electoral permanente. Mas por debajo van los apoyos y subsidios y regalos y canonjías a los viejos y los nuevos ricos. Entre tanto, lo que queda todavía de industria desfallece en la apreciación del peso y en el deterioro de las exportaciones a Venezuela y Ecuador. Y el Presidente, en vez de cojurar esta amenaza que compromete el desarrollo de la región, sueña con su TLC a la Bush y soporta con pasivo alborozo las andanadas de Chávez que aseguran su reelección.
Petro se proyecta hacia el futuro. Apunta a acuerdos entre fuerzas varias capaces de ganar el gobierno y compartir mínimos enderezados a preservar la democracia y garantizar los derechos económicos y sociales de todos. A la concentración centenaria de la tierra, extremada hasta la tragedia por la contrarreforma de las mafias y los mimos del gobierno a los potentados del campo, Petro contrapone una reforma agraria integral que democratice la propiedad de la tierra y garantice la seguridad alimentaria del país. Propone que el Estado compre los latifundios improductivos y expropie los predios habidos ilícitamente, para darles uso intensivo a los 12 millones de hectáreas cultivables que hoy se destinan a ganadería extensiva. El Estado garantizaría la distribución de alimentos comprando parte de las cosechas, construyendo vías para comercializarlas, abasteciendo de alimentos costeables a los barrios populares. Habría banca de fomento para el sector, crédito accesible y protección arancelaria de nuestros productos hasta cuando los países ricos eliminaran los subsidios a sus agricultores.
En política industrial propone Petro desarrollar sectores de punta con abundante inversión e innovación tecnológica, en la perspectiva de un mercado regional ampliado. Insiste en una planeación permanente para revitalizar la industria y devolverle al Estado su función reguladora y su iniciativa como empresario, sin alienar la libertad de empresa.
Si ideas como estas desnudan por contraste la pobreza y el elitismo de los programas del gobierno, no es seguro que la ortodoxia del Polo las acoja. Inútil será buscar unidad monolítica en una opción de izquierda que nació como coalición de fuerzas distintas, no como partido –y menos como cápsula estalinista. Tal vez pueda preservarse la unidad del Polo si se le aplica el criterio que regiría en una convergencia entre partidos: alianza de fuerzas afines pero no idénticas.
Una incógnita enturbia el brillo de este cuadro, y tiene que ver con el alcance de la convergencia que Petro propone. ¿Su voto por el oscuro Procurador Ordóñez obedeció a convicción de principios, o fue un desliz? La respuesta diría si su ruptura con los tradicionalismos (de izquierda y de derecha) pudiera configurar una verdadera petrostroika.
por Cristina de la Torre | Nov 18, 2007 | Izquierda, Noviembre 2007, Personajes
Un hálito de misterio envuelve su figura. Tímido, al contacto personal, en la controversia de auditorio puede triunfar con una idea incendiaria expresada a sotto voce, y en la plaza pública arrastra multitudes. Su debate contra el presidente Uribe, en el que acusó a familiares del Primer Mandatario de cultivar amistades peligrosas, lo convirtió en figura nacional. Y su crítica sin atenuantes a las FARC lo catapultó al partidor de las candidaturas presidenciales. Pero sus ideas son una incógnita. Parecería imposible imaginar, por ejemplo, que Gustavo Petro pudiera abrevar en la misma fuente de los neoliberales.
Hilando delgado, eso podría colegirse de artículo suyo que publica la revista Foro, para desconceptuar el Estado nacional y magnificar la globalización. Desde orillas opuestas, claro, ambos parecen concebir la globalización como una fatalidad sin reversa, lo mismo que la desaparición del Estado a manos de poderes mundiales que no respetan fronteras. Esta ideología les ha permitido a las multinacionales avasallar al Tercer Mundo y, al “Socialismo del Siglo XXI”, levantar de su tumba a Bakunin, anarquista inefable del siglo XIX. Ninguno de los dos repara en que, precisamente, la izquierda democrática que hoy se extiende por América Latina empieza a recuperar la autonomía arrebatada a estos países, para trazar sus políticas nacionales. Y a recomponer los Estados maltrechos en la debacle causada por una apertura que postró el desarrollo de la región y generalizó la pobreza.
Estima Petro que, globalizada la producción, la democracia del siglo XXI no puede ser sino global. Si el Estado-nación sirvió para construir un mercado propio, no servirá para ampliar mercados allende nuestras fronteras. No siendo ya pública la planificación, el nuevo Estado nacional deberá limitarse a articular los movimientos sociales, a democratizar los poderes locales y a propiciar la pluralidad económica. En el horizonte se dibujarán realidades supraestatales, acaso la de una civilización latinoamericana que amalgame a los pueblos de este mundo, como lo querían Marx y Lenin; que disuelva la rémora del Estado, como lo quería Bakunin, para que la raza pueda converger toda, en multitud, en una lucha concertada de la humanidad contra el capital. Marxistas y neoliberales coinciden en la concepción del Estado como aparato que oprime a la sociedad. Unos y otros simplemente desearían que el Estado desapareciera, pues éste no sería sino el parásito que ceba a una burocracia inútil y sirve, en todo caso, a intereses privilegiados.
Ideas parecidas formula Heins Dieterich, teórico del Socialismo Siglo XXI y asesor de cabecera de Hugo Chávez. Con la apertura de la sociedad global, dice él, se abre una nueva civilización: la democracia participativa y la abolición del capitalismo. Objetivo final será el de recuperar la sociedad global y apropiársela para convertirla en conglomerado sin discriminación cultural, sin economía de mercado y sin Estado. Utopía carente por completo de originalidad y, peor aún, de poesía. Pasa por alto no sólo la probada inhabilidad del marxismo para enfrentar realidades inéditas, sino la no despreciable experiencia de un siglo de socialdemocracia en Occidente.
Este trabajo de Petro es un desarrollo inesperado de cuanto él mismo registra en su “biografía Autorizada” (Editorial la Oveja Negra). Y sorprende porque se aparta del Ideario de Unidad del Polo, que propugna un Estado y una economía soberanas, para fortalecer la producción nacional y el mercado interno. Quiere el Polo “recuperar la soberanía en el manejo del endeudamiento público, la banca central, la hacienda pública, el control de cambios y la fijación de aranceles”. Carlos Gaviria eleva dos banderas: primero, reivindica la soberanía del país, pues sin ella “no habría dignidad nacional y ni siquiera Estado”; argumenta que integrarse a la globalización no significa abdicar de la soberanía nacional. Segundo, propone recuperar para el Estado colombiano la dirección de la economía.
Entre las tendencias que conviven en el Polo, Petro encarna la del Socialismo del siglo XXI. En el sano debate ideológico que anima a este partido, es de esperar que el joven líder vaya aclarando los misterios que le permiten conciliar el marxismo más añejo con una teoría que bien puede convertirse en tributaria del neoliberalismo. Aunque puede vislumbrarse desde ya un elemento común: la anarquía en política sería corolario feliz de la anarquía del mercado.