TEMAS / Columnas sobre LA PAZ
No más pactos de silencio
No, no hay que devolverse hasta la Colonia. Si le reconocemos a la verdad histórica poder esclarecedor sobre la guerra, debemos seguir el hilo de la madeja hasta su raíz más próxima y reveladora: la violencia desatada por las dictaduras conservadoras de mediados del siglo XX contra el partido rival. Víctima suya –y del abandono del notablato liberal– fue Pedro Antonio Marín, jefe a la sazón de autodefensas liberales a las que debió convertir después en Farc, al mando del ahora apodado Tirofijo. La Violencia fue cuna del conflicto que se reeditó más adelante en clave de Guerra Fría. Despojo de tierras, desigualdad o exclusión política, violencia oficial, expulsión del campesinado y terror contra la población inerme sobrevivieron casi inalterados hasta hoy, tras breve hibernación a comienzos del Frente Nacional. Verdad es que el narcotráfico y la modalidad de guerra contrainsurgente le imprimieron nuevo sello a la vieja contienda. Pero ello no impidió que el exaltado de derechas y promotor insigne de la Violencia, Laureano Gómez, reencarnara en Uribe Vélez. Compromiso primero de la verdad histórica será descorrer el velo que se cierne sobre la Violencia. Y no callar esta vez, pues el silencio humilla la las víctimas, alimenta el odio y el deseo de venganza.
Verdad e historia no oficial
Se sale Álvaro Uribe de la ropa ante las víctimas, como ocurrió este domingo en el Congreso. Y denigra de la Verdad que atisba, porque ésta derrumba su historia oficial del conflicto: le arroja toda el agua sucia a las Farc y salva de responsabilidad a uniformados, a mafiosos y políticos, a empresarios que lo financiaron voluntariamente. No para defenderse del secuestro y la extorsión —como sucedió a la mayoría de ellos— sino para forrarse de oro y poder, al calor de una guerra que cobró la mar de muertos, desapareció por la fuerza a 60.630 civiles (¡!), desintegró la vida de millones de colombianos y les rompió el alma. Para paliar las secuelas del sufrimiento extremo y darle veracidad a nuestra historia, no basta con rescatar la memoria de las víctimas; se impone además la verdad narrada y reconocida por sus victimarios de todos los colores.
Partidos, a reinventarse
Del neolaureanismo al leninismo, podrá el 3 de octubre empezar a desplegarse una gama variopinta de opciones políticas impensable en esta Colombia de cuasimonopolio del conservadurismo. Con tres perspectivas que nos acercarían a las democracias en regla. Primero, la posibilidad de hacer política sin matar a adversario. Segundo, la de cualificarla en la confrontación de estrategias para construir un país más justo, incluyente y en paz; declinarían el clientelismo y la corrupción en los partidos. Tercero, podría decantarse la tendencia en ciernes al reagrupamiento de fuerzas en dos coaliciones remitidas a los acuerdos de La Habana. Desde las derechas una, la otra, desde el centro-izquierda, juegan ellas desde ya con proyección a las elecciones de 2018.
En pie de paz
En el gran salón de la Alcaldía de Oslo, tocado de claveles, rosas y orquídeas colombianas, hubo honores repartidos: para el líder que clausuraba una guerra de medio siglo; y para las víctimas, pivote de un modelo de paz que es divisa en el mundo. Recibió el Presidente Santos, con ovación de pie, el Premio Nobel de Paz por jugársela con valentía invencible para alcanzarla. Y vítores mereció, entre otros dolientes, Leyder Palacios (dirigente comunitario que perdió a todos los suyos en la masacre de Bojayá), por allanarse al perdón y a la reconciliación con sus victimarios. Mentís a una derecha desangelada y cerril que sigue soñando con la guerra; que se opuso a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras y, vencida en el Capitolio, ejerce sin pausa todas las formas de lucha contra ella.
Galardones a la paz
Sino fatal: a cada abrazo entre contendientes suenan clarines de guerra, a veces a cielo abierto, a veces amortiguados con sordina. En ceremonia que distinguió a Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica, con el premio al liderazgo por la paz, dijo el galardonado: en el compromiso definitivo de superar el conflicto hay un nuevo aliento, una esperanza cierta de paz. Diríase aliento, esperanza ante todo de las víctimas; anhelo de la democracia. Pero al propio tiempo, en su carrera electoral de apuesta por las armas, afianza el Centro Democrático su vocación de derecha irredenta con el nombramiento de Fernando Londoño, doctrinero del boicot a la paz, como director de ese partido.
El modelo Uribe
Se resquebraja en la renegociación del Acuerdo el pretendido liderazgo de Uribe entre los promotores del No; pero el senador cuenta con ellos para una propuesta de largo aliento. Conforme se difunden las reformas de calado liberal y democrático que aquel incorpora, afina él su programa de sabor feudal, en torno al cual aspira a reagrupar las derechas para disputarse el poder en 2018. (No serán de gran calado las coincidencias registradas en sesión con el Gobierno el pasado sábado).
La primavera criolla
Dos expresiones de indignación, de cepas opuestas, protagonizaron la crisis que rodeó a la derrota del Sí en el plebiscito. Una, prefabricada por el uribismo, retorció estratagemas de campaña montadas sobre el miedo y la mentira para mover a votar con rabia contra el...
Descanse en paz la guerra
Para felicidad de millones y millones de colombianos, se selló ayer en Cartagena el fin de la guerra con la insurgencia más feroz y longeva del continente; el cierre de un conflicto degradado en crueldades que desafían la imaginación y arrojó 300.000 muertos. La trascendencia histórica del acontecimiento responde al sufrimiento causado. Cumplido el sueño, nuevas oleadas de colombianos se suman con el paso de las horas a una convicción venturosa: a partir del 3 de octubre podrá el país comprobar la desaparición de las Farc como guerrilla; y disponer de un derrotero de cambio capaz de remontar el atraso y la desigualdad que lo sembraron en un pasado sin esperanza. Le bastaría para ello con ejecutar el ambicioso Acuerdo de La Habana, de casta liberal, no comunista. Entonces será el tránsito hacia la paz.
Impunidad de cuello blanco
No, no todos quieren la paz: la cúpula del uribismo, hija doctrinaria de quienes promovieron hace 70 años la carnicería de la Violencia, toca sin pudor a la guerra. Así diga que también ella busca la paz, para protegerse con el mismo manto de impunidad que sus antecesores se echaron sobre los hombros. Mientras tanto, parece desplomarse el número de quienes por justificado resentimiento hacia las Farc votarán No. Y se multiplican líderes de la comunidad internacional –el Papa comprendido– escandalizados de que haya todavía quien quiera oponerse a la paz en este país, tras medio siglo de guerra crudelísima.
Pretelt al banquillo
Entrañable conmilitón del uribismo, el magistrado Jorge Pretelt evoca, desde la cumbre del poder, la negra marcha de la corrupción en Colombia; y permite adivinar la senda de venalidad que su partido seguirá en adelante. De allí la trascendencia del juicio político que el Senado podrá seguirle, el primero desde cuando declarara indigno al general Rojas Pinilla y lo privara de sus derechos políticos. Es primera vez también que la Comisión de Acusaciones acepta sindicar a un togado por supuesto soborno de $500 millones para fallar en favor de un particular. La plenaria de esta corporación lo halló responsable –pese a la oposición de los 19 representantes del Centro Democrático– y envió el caso al Senado. Con la derrota de los senadores uribistas José Obdulio Gaviria, Paloma Valencia y Alfredo Ramos que pretendieron declarar nulo el proceso, recibe el acusado un golpe letal.
Cristina de la Torre