por Cristina de la Torre | Sep 10, 2017 | Acuerdos de paz, Izquierda, Modelo Político, Partidos, Posconflicto, Proceso de paz, Septiembre 2017
Por su estatura moral e intelectual, artífice de la Constitución del 91 y del fin de una guerra de 52 años, Humberto de la Calle se ofrece como el más seguro candidato de la paz y del cambio que ella demanda. Crece el número de quienes le auguran la candidatura presidencial en la amplia coalición que se cuece como alternativa a las extremas de izquierda y de derecha: al Centro Democrático y a la Farc. Aunque reñida será la competencia con Claudia López, batalladora implacable contra la corrupción, que coloniza cada día nuevos territorios de opinión.
En conversatorio con Natalia Orozco en Medellín, reafirmó De la Calle sus discrepancias con el Centro Democrático, por porfiar ese partido en hacer trizas los Acuerdos de Paz, abocándonos de nuevo a la guerra. Añicos lo haría por estocada letal, a la Londoño (diría yo); o bien, “corrigiendo” su esencia al negar la participación de los reinsertados en política y al desmontar la Justicia transicional. Censura el candidato la treta uribista de cambiar la reflexión por el insulto, la controversia razonada por la masificación del odio pues, a la manera de la Violencia, los insultos en la capital se convierten en bala en la periferia. Porque, recaba, la Mano Negra no ha muerto. Tampoco transige con amenazas contra la sociedad abierta desde el caudillismo y el populismo, ni con la malévola intención de arrastrarnos a una guerra religiosa. Objeta, además, la repulsa del uribismo a la reforma rural y su descabellada pretensión de sacrificar aun el principio de función social de la propiedad consagrado en Colombia desde 1936.
De la Calle se propone defender el Acuerdo de Paz contra aquella celada. Jugársela por las reformas pactadas, porque ellas atañen a la sociedad entera: estabilizar el campo, garantizar acceso a la tierra para los campesinos, limpiar la política, ampliar la democracia, integrar las comunidades olvidadas, son deudas históricas del Estado que la sociedad no perdona ya. Paso inicial en el camino de la equidad y la inclusión, hacia una sociedad abierta, de filosofía liberal, pluralista, que reconozca la diferencia, que propenda al diálogo y no a la violencia para dirimir contradicciones. Terminada la guerra, dice, en una sociedad tan desigual como la nuestra seguirán vivos elementos del conflicto. Y el paso a la modernidad consiste en tramitarlos por los canales de la democracia, sin apelar a la fuerza. Es la suya una propuesta de cambio que mira hacia el futuro; su antípoda, inmovilismo e involución al pasado.
Si se congratula de que las Farc ingresaran por fin en la política sin armas, guarda De la Calle toda su distancia ideológica frente a ellas. En entrevista concedida hace un mes a Juan Gabriel Vásquez, calificaba al grupo armado de “excrecencia del pasado”: una organización autoritaria en su seno, anacrónica inicialmente en su idea de propiedad agraria (condena a priori de la gran explotación y santificación del microfundio) e ineficaz para mejorar la vida en comunidad. El recurso a la violencia se sumó para convertirla en una carga retardataria. Mas reconoce que el proceso de paz “liquidó una fase anacrónica y superada en todas partes”: la fase del alzamiento en armas.
A la espera del programa de la Farc, acaso ablande el candidato en algo tan duro juicio a una colectividad con la cual habrá de competir en el ejercicio de la política. Política que será ahora “más ideológica y aún más radical: un desafío para los partidos tradicionales”, que deberán ofrecer soluciones de verdad. La apertura política permitirá una participación en aumento de la sociedad por sus derechos, signada por la disyuntiva que Humberto de la Calle ha planteado: reforma o estancamiento.
por Cristina de la Torre | Feb 22, 2016 | Febrero 2016, Izquierda
Guerrilleros, académicos y pueblo raso interpretan tres memorias distintas de Camilo. El ELN lo convirtió en mártir de su causa revolucionaria, recurso del que echó mano fríamente tras la muerte del sacerdote en combate; muerte inducida por la cúpula de esa guerrilla, si damos crédito a testigos de excepción como Ovidio García. Pero intelectuales y dirigentes populares reivindican su largo recorrido como sociólogo y docente, frente al cual palidece su fugaz incursión en el monte. Másque un legado teórico, rehabilitan su innovación en método de ciencias sociales: la convivencia de conocimiento y comunión transformadora con la comunidad. Y deploran la desaparición del líder que, para amargura de las élites, llegó a movilizar multitudes bajo virtual enseña de la Teología de la Liberación. Por último, el odio de los colombianos hacia insurgentes sin discurso y sin reato para la crueldad se proyecta sobre la imagen de Camilo, del “cura-guerrillero”, que el ELN consiguió vender como símbolo de su guerra santa. Cuando una marcha quiso llegarse esta semana al Carmen de Chucurí para conmemorar el aniversario del sacrificado, los pobladores la atajaron, indignados ante aquel intento de “endiosar a un delincuente”.
Ovidio García, exguerrillero del ELN, se hallaba al lado del novato combatiente aquel 15 de febrero de 1966 y relató a Los Informantes los momentos finales de la tragedia. Mientras se planeaba la emboscada de Patio Cemento, prestaba guardia Camilo y seguía, subrepticiamente, la conversación entre jefes. A la propuesta de dejarlo en la guardia para no arriesgarlo, habría replicado Fabio Vásquez –jefe del grupo armado–: “A Camilo mandémoslo pa’allá (la emboscada); es que los hombres tienen que formarse es en el combate y tienen que pelear” (reproducido por El Espectador, 15,2,16). Por su parte, Jorge González, oficial retirado del Ejército que entonces participó en los hechos, le refirió a Plinio Apuleyo Mendoza que habiendo caído herido “vio a Camilo, pistola en mano, acercarse a él. Camilo le apuntó, pero al encontrarse con su lánguida mirada, no se atrevió a disparar. Los eternos segundos de aquella indecisión le costaron la vida…”.
A tono con el Concilio Vaticano II, en su apostolado rescató Camilo la dimensión social del Evangelio: el sentido de solidaridad y amor eficaz al prójimo. En su Frente Unido emplazó a la burguesía, responsable de la injusticia que mantenía al pueblo detenido en el hambre y la ignorancia. Si la caridad no alcanza para dar de comer al hambriento, escribió al final, un recurso rápido se impone: la revolución. Y para darle sustento, invocó el postulado de Santo Tomás que justificaba la rebelión contra el tirano. Pero en el Eln la presencia de prelados inflamó el potencial místico de jóvenes que, negado el cambio por las buenas, se alzaron en armas. No sospecharon ellos que, a poco, el grupo armado derivaría en secta que trocó la revolución en religión y terminaría por desplegar todas las violencias de la guerra santa. Ejecución de sus mejores líderes comprendida, para eliminar toda amenaza al mando unipersonal y despótico del jefe, que es norma de fundamentalismos.
Al segundo día de su paro armado, el ELN había matado por la espalda a tres policías y dejado sin energía a cuatro municipios en el sur de Bolívar. Rudo mentís al hombre que, teniendo a tiro a un ser humano, fue incapaz de disparar. Camilo no es del ELN, escribió el columnista Álvaro Jiménez; “pero el secuestro de su ejemplo y memoria en la visión armada es la opción que ha quedado a algunos para justificar los balazos de hoy (…) Celebrar a Camilo y su ejemplo debe hacerse sin la sombra del fusil”.
por Cristina de la Torre | Feb 15, 2016 | Febrero 2016, Internacional, Izquierda, Política exterior
Un siglo tuvo que correr para que volviera a pronunciarse en Estados Unidos la palabra socialismo. Ayer, acicate de trabajadores que marchaban por miles en Denver y Nueva York contra las iniquidades del capitalismo fabril; hoy, bandera del candidato Bernie Sanders contra las villanías del capitalismo financiero que restableció la brutal desigualdad de aquel pasado. Adalid de la juventud, de las clases sojuzgadas y empobrecidas, el insospechado socialista, seductor en su desaliño, amenaza con ganar la presidencia en el país campeón de la justa anticomunista en el mundo y meca del capitalismo. Si predicara Sanders, como los de ayer, el derrocamiento de la burguesía y la dictadura del proletariado, movería a risa. Ya ese paradigma se ensayó y naufragó. Pero su propuesta alarma a multinacionales y banqueros –el ominoso 1% que acapara la riqueza y el poder– porque es viable. Porque es modelo de probada eficacia sobre la tierra: el de la socialdemocracia escandinava; el del New Deal, reforma mediante la cual sorteó Roosevelt la crisis de los años treinta; el del Estado de bienestar de la posguerra en el occidente industrializado, EE.UU. comprendido.
Ya exultante en la desesperación de los oprimidos; ya apagada cuandoquiera que el reformismo desactivó la bomba de la inconformidad, la idea socialista resucita hoy por las tropelías del neoliberalismo, a la vera de un partido demócrata amilanado ante la derecha republicana. En los indignados de Ocupar Wall Street floreció de nuevo, para que Sanders la trocara en desafío monumental al estatus quo. La desigualdad es para él, ante todo, un problema moral. Por eso promete gravar con elevados impuestos a los más ricos, doblar el salario mínimo, brindar salud y educación gratuitas, crear empleo, eliminar la pobreza que pesa sobre 27 millones de estadounidenses. Y poner en cintura al sistema financiero, responsable de la crisis de 1998, con desempleo galopante y cinco millones de hogares destruidos.
También en EE.UU. se montó la economía fabril sobre la explotación inclemente de la mano de obra. Jornadas de 14 horas y salarios de miseria dieron lugar al sindicalismo bajo la enseña socialista, a la protesta multitudinaria de obreros en las calles, donde no faltaban los muertos. En los excesos del sistema se gestó la crisis de los treinta, que dejó cesante a un tercio de la fuerza laboral. El New Deal elevó a 80% el impuesto a los mayores ingresos, invirtió recursos ingentes en obras públicas, descentralizó, creó empleo y capacidad de compra. La conflagración mundial completó la tarea: la economía de guerra masificó el empleo, el Estado se entrenó en nuevas funciones económicas y preparó el terreno a la prosperidad de tres décadas que vendría en la posguerra. Pero a su lado debutó el más fiero anticomunismo. Hacia adentro, el ominoso macartismo. Hacia afuera, aquel encubrió el apetito de poder de la nueva potencia en el orbe: en nombre de la democracia, EE.UU. invadió países, montó dictadores y se adueñó de lo ajeno. Hasta desembocar en la guerra de Vietnam. Entre los críticos que le dieron sepultura política, Bernie Sanders, hoy héroe de la muchachada que no irá a ninguna guerra. En este periplo histórico emergió, hibernó y resucitó el socialismo en EE.UU.
Ha dicho Sanders que las circunstancias favorecen su revolución democrática. Y el ejecutivo en jefe de Goldman Sachs ve en él un peligro letal para la patria. Naturalmente. No son los banqueros los amigos de Sanders; son los humillados y ofendidos de la base social. Si no llega Sanders a la Casa Blanca, la presión popular obligará a Clinton a acometer reformas sustantivas. Lo que sería ya un triunfo resonante del socialismo renacido.
por Cristina de la Torre | Nov 30, 2015 | Internacional, Izquierda, Modelo Económico, Noviembre 2015
Lo que se derrumba en el subcontinente no es la opción socialdemocrática con que la izquierda replicó al neoliberalismo; es su envilecimiento en caudillismo y corrupción. A menudo también en ruindades autoritarias como la de truncar la libertad de prensa. Venezuela es caso aparte. Allí se desploma con estruendo una charada de comunismo hirsuto, apolillado, que destruyó el aparato productivo del país y degeneró en dictadura. Grosso modo, había vuelto la región por los fueros del modelo cepalino, con Estado social promotor del desarrollo. Se trataba de cerrar las heridas infligidas por las inclemencias de mercados sin control y de revivir la economía productiva, ahora en condiciones de globalización.
Con bonanza de precios en materias primas y trocando doctrinarismo por realismo político, la nueva izquierda en el poder protagonizó cambios de fondo. Para escándalo de los pontífices del mercado, se le devolvió al Estado el control de la banca central y autonomía para trazar la política económica. Muchas empresas de actividades estratégicas tornaron al sector público. Y recuperó su impulso la política social. Entonces cayó la pobreza, subió el empleo y la mortalidad infantil se redujo 70%. Mas el nuevo pragmatismo fue derivando en venalidad y nepotismo. Se reeditó el añoso mesianismo que hizo del gobernante latinoamericano un semidios… de barro. Y cayeron los precios de los productos primarios.
Hoy se cosecha lo sembrado. Tras 18 años de gobiernos de izquierda en la región, Argentina da el primer paso en la destorcida que se insinúa, estancada allá la economía y su presidenta investigada por lavado de activos. Le seguirá Venezuela este domingo con triunfo de la oposición –haya fraude o no–. En todo caso, Maduro anunció que ganará la Asamblea “como sea”; que, si la pierde, instaurará gobierno cívico-militar. Con todo, que 85% de venezolanos no vean horizonte en su país es ya derrota colosal del llamado socialismo del siglo XXI. Debacle del chavismo que debutó con la renacionalización de su petróleo –hito admirable contra los capitales privados que se merendaban Pedevesa–. Otros llegarían después con idéntico apetito de merienda, hasta reducir la gran empresa en tienda deleznable de república bananera. Se derivó en ese país en gobierno de una camarilla de indeseables que ejerce para peculio propio. Transparencia Internacional cataloga a Venezuela como el país más corrupto del continente. Se apoya el régimen en paramilitares motorizados, mientras encarcela a los líderes de oposición y cree comprar popularidad con dádivas que no le alcanzan ya al pueblo para sobrevivir.
Brasil, por su parte, joya de la corona en la nueva izquierda latinoamericana, que había convertido en clase media a 40 millones de pobres, enfrenta su peor crisis económica en muchos años y a su presidenta sólo la respalda un décimo de la población. El Partido de los Trabajadores, gloria y amparo de los desfavorecidos, dio en los peores delitos de corrupción como partido en el poder. Triste desenlace para una organización que supo adaptarse al reformismo de Getulio Vargas y asimilar sus secretos para llegar al corazón del pueblo. Fue Brasil el único país de la región donde el desarrollismo de la Cepal tuvo solución de continuidad hasta hoy.
Si los gobiernos de izquierda tuvieran el valor de la autocrítica y la energía para resignificarse en la adversidad, podrían evitar el efecto dominó que muchos temen desde la victoria de Macri en Argentina; y el nuevo aire que éste le daría al neoliberalismo en la región. No sólo sería involución al negro pasado, sino pretexto para tratar de levantar de sus cenizas a la revolución bolivariana.
por Cristina de la Torre | Nov 2, 2015 | Actores del conflicto armado, Conflicto interno, Izquierda, La paz, Noviembre 2015, Proceso de paz
Hace treinta años, el 14 de noviembre de 1985, un comando del ELN asesinó en una calle de Barrancabermeja a Ricardo Lara Parada, cofundador, segundo al mando y disidente político de esa guerrilla. Dijeron haberlo ejecutado por traición. Pero su expediente judicial y testimonios como el del general Valencia Tovar, su archienemigo, probaron que a nadie delató cuando en 1973 cayó preso en manos del enemigo. A Lara lo mataron, como a otros dirigentes del ELN, por discrepar del militarismo que aislaba a esa guerrilla de las masas y la blindaba contra los desafíos de la realpolitik. Belicismo que, además, encubría la debilidad de un jefe por el poder absoluto, sólo dable allí sobre un grupo escurridizo en la selva. Lo liquidaron por abandonar las armas para convocar inconformes desde su Frente Amplio del Magdalena Medio (FAM) y como concejal de discursos memorables en Barranca. Guerrilla mesiánica autocalificada vanguardia del pueblo, en el ELN menudearon purgas y calladas rebeldías, acicateadas por el desencanto ante una revolución reducida a supervivencia en el monte. Se pronunció primero Ricardo Lara; a poco, Replanteamiento y, en 1994, la Corriente de Renovación Socialista.
Hoy se encuentra esa guerrilla a las puertas de una negociación de paz. Enhorabuena. La esperanza es llegar a buen puerto. Pero se agolpan signos que siembran dudas sobre su voluntad para lograrlo. Primero, el aval de su dirigencia a la masacre de doce soldados la semana pasada humilló a los colombianos. Segundo, su insistencia en imponer reformas estructurales en la mesa de diálogo, en forzar su “revolución por decreto”, puede malograr la negociación. Y el ELN lo sabe. ¿Quiere esa guerrilla el fin del conflicto, o sólo jugar a conversar como estrategia de guerra? ¿Su novel crítica de las armas responde a un genuino viraje y al propósito de conceder razón a los ajusticiados por discrepancia ideológica? ¿Renunciará al cínico aprovechamiento de la figura de Camilo como emblema y mártir de una guerrilla que no ha reconocido su parte de responsabilidad en el sacrificio inducido del gran líder de masas?
En entrevista concedida a esta periodista (Revista Trópicos, 1980), retirado ya del RLN, dice Lara que los referentes de su entrenamiento en Cuba en 1962 quedaron desvirtuados por los hechos: si el foco guerrillero incendió la pradera de Cuba, en el resto de América Latina fracasó. Colombia era distinta, no podía pelechar aquí el foco insurreccional. También el Che fracasó en Bolivia, Béjar en Perú, Cendic en Uruguay, Mariguella en Brasil, Lima en Guatemala… Balance contundente, se diría, que informó el desmoronamiento de todas las guerrillas del continente; menos de las nuestras. Revaluada la teoría del Che en el continente, remarca Lara, se impone la política de masas. ¿Querrá el ELN respirar por fin aquellos aires?
Aires que también Replanteamiento trajo, aquella disidencia que reivindicó la primacía de la política sobre la confrontación militar. Según Alonso Ojeda, su mentor más saliente, la nueva corriente abrevó en dos retos: el de sobreponerse a la desaparición de todo un frente guerrillero en Anorí, y el de sintonizarse con el movimiento social en alza de comienzos de los años setenta. Se extendió a toda la organización el imperativo de revisar métodos de organización y de lucha, para sentar la preeminencia de la política y apuntar a un Frente Político Amplio.
El país espera que el ELN se allane a la paz, a la reconciliación con la sociedad y con sus víctimas. Que preste oídos al llamado de Mónica Lara, la hija del sacrificado, a “luchar desde la no-violencia, a emprender el camino pionero que inició mi padre treinta años atrás con la creación del FAM”.