por Cristina de la Torre | Mar 13, 2018 | Clientelismo, Corrupción, Derecha, Elecciones 2018, Izquierda, Marzo 2018, Partidos
Terminada la guerra, se ha saltado la compuerta que marginaba a muchos del sistema que concentra el poder en una minoría de políticos guardianes de sus privilegios de casta, complacientes con el delito y la violencia. Indignados casi todos, y casi todos seguidores de Petro. La polarización Uribe-Santos que evocaba la fractura entre élites ultramontanas y reformistas en tiempos de López y Laureano, va cediendo espacio al escenario de las democracias maduras, donde se enfrentan derechas, izquierdas y fuerzas de centro –fieles de la balanza. Así lo sugiere el relanzamiento privilegiado de dos candidatos radicales seleccionados este domingo por consulta, al lado de otros que también hoy inician propiamente campaña. En carrera de obstáculos que contempla juego de alianzas, escogencia de nombres para vicepresidente y debates en los medios que terminarán por decantar la reales opciones para la Presidencia. En el desprestigio monumental de los partidos, los premiados en la consulta personifican lo que la tierrita da: aprendices de caudillo, uno a la izquierda, otro a la derecha.
Si no se celebra a tiempo la accidentada alianza entre las fuerzas de centro, el respaldo que en consulta obtuvieron Gustavo Petro e Iván Duque podría abocarnos a una disyuntiva trágica en segunda vuelta: la de tener que escoger presidente entre dos mesianismos de vocación autoritaria. Se polarizaría el partidor entre un extremismo de izquierda que diera en la flor de ensayar –por divertimento y a contrapelo de la historia– un socialismo del siglo XXI con más sabor a Maduro y a Daniel Ortega que al moderado Rafael Correa de Ecuador.
En la otra orilla, la archiconocida rudeza de derechas que Uribe encarna en la humanidad de Iván Duque, su discípulo amantísimo. Si el expresidente volviera al poder, haría trizas la paz, átomos la volvería con toda la rabia del revanchismo y el odio que respira. Sabotearía los cambios que el país reclama a gritos desde hace un siglo. La reforma rural, verbigracia, cuyo vehículo sería el catastro multipropósito. O la restitución de tierras arrebatadas a trampa y bala por los paladines de la caverna. A todo ello se opone Duque, como se opusieron siempre su jefe y su partido. Entonces, después de tanta fusta y tanto muerto, ¿tener que allanarse a tan ingrato dilema?
Humberto de la Calle ha visto la realidad feliz que aquellas altisonancias no consiguen ocultar. Crece todos los días el enorme contingente de colombianos saturados de fundamentalismos, de opciones que se ofrecen como fatalidades invencibles, de traficantes con el erario que fungen de patriotas y criminales que pasan por santos. A aquel conglomerado se dirige el candidato, pues él mismo lo personifica, e invita a Fajardo a marchar juntos en coalición de centro que llevaría todas las de ganar. Pero Fajardo, acaso presumiendo superioridad moral de incontaminado, se permite ignorar al estadista de talla moral e intelectual no vista en el país por muchos años: el gobernante que por milagro le llegara a Colombia.
Critica Daniel Coronell los errores de Fajardo, pero lo insta a desempeñarse como opción de éxito frente a los extremismos que amenazan copar la política en esta hora decisiva. Las elecciones se ganan sumando gente, apunta, no rechazándola. Y definiendo posiciones. De tanto proclamarse ni uribista ni santista, “se le olvidó contarle a la gente por qué hacía falta votar por él”. Mas todavía es tiempo, que la campaña apenas despega. Pero sólo rendirá frutos mediante alianza con De la Calle. Si Fajardo mira para otro lado, cargará con la amargura de la derrota; y con el estigma de haber sacrificado a su purismo gratuito una salida salvadora para el país, humillado en la arrogancia de los extremismos.
por Cristina de la Torre | Feb 26, 2018 | Elecciones 2018, Febrero 2018, Izquierda
Conforme Petro llena plazas, crecen aprensiones en los clubes sociales. Pero, al último drink, se instruye a las campañas de la derecha para trocar en pánico el recelo de las fuerzas vivas de la patria. Su propósito cantado: que el miedo se apodere de la clase media y esta busque refugio en la caverna. Grosero en su simpleza, propaganda al fin, el recurso pega sin dolor en el único país de América Latina que nunca vio a un izquierdista sentado en el solio de los presidentes. País que guerrillas y Manonegras armadas y desarmadas mantuvieron anclado en la Guerra Fría; para perseguir, sin pausa ni matices, a la izquierda legal y al movimiento social, bajo el insidioso remoquete de terrorista o chavista. Pero la ambigüedad del propio Petro es fuente adicional de incertidumbre en la opinión y manjar que ceba y compacta a la reacción. Lo mismo interpreta él en descampado (y sin eufemismos) la rabia de los despojados de tierra y dignidad, que reconoce la Constituyente del dictador Maduro, o presenta en la radio un programa de Gobierno similar al de un Carlos Lleras, que el neoliberalismo echó a perder.
En la plaza de Valledupar, a 40 grados de temperatura, como abrazado por el fuego de su propio discurso, se hace eco del grito de la multitud “¡estamos mamados de comer mierda!” Entonces las élites, indiferentes al hartazgo de los excluidos con aquella dieta de siempre, insinúa que Petro busca un baño de sangre azuzando la “vil” lucha de clases. Y el Centro Democrático, olimpo de Odio y Venganza, de privilegios a los ricos que en el Gobierno de Uribe repotenciaron la lucha de clases- invita en aviso de campaña a conjurar el “odio de clases”.
Con todo, el pronunciamiento de Petro en defensa de la Constituyente de Maduro suscita suspicacias sobre el modelo político que el candidato acaricia. Por más que criticara el “déficit” democrático del Gobierno de Venezuela y le pidiera dialogar con la oposición. De esa constituyente defendió el principio democrático de consulta al pueblo, mas ignoró el atrabiliario procedimiento que la desnaturalizó y convirtió en instrumento de un régimen de fuerza.
Si de calificar a Petro se trata, su paso por la Alcaldía de Bogotá ofrece rico referente. A ella llegó con una idea suya de ciudad: reducir la segregación social, planificar el desarrollo, promover la participación de los marginados y devolverle al Estado el control de los servicios públicos. Dio a los pobres subsidios de agua, transporte y alimentación. Mas, dominado por el repentismo y la intemperancia de su carácter, por la incuria como norma de administración, arrojó una de las peores alcaldías en la historia de la capital.
Lejos del llamado castrochavismo, se proclama seguidor del Estado social de derecho, una versión adelantada del liberalismo. Al modelo monoexportador de hidrocarburos que reina en Venezuela contrapone el del desarrollo de la industria, la agricultura y el turismo. “No voy a expropiar a nadie”, le dijo a Vicky Dávila; “cosa distinta será respetar la función social de la propiedad, introducida en 1936, y su función ecológica”. Agregó que en lugar de estatizar la economía, un modelo fracasado, se proponía democratizar la propiedad, para “desatar la iniciativa privada en millones de colombianos”. Reducir la escandalosa desigualdad rural. E inducir, con la actualización del catastro, un mercado de tierras que las ponga en manos de quienes las quieren trabajar.
Es hora de que Petro encare los temores que inspira. Que defina con entereza el perfil ideológico y el alcance de sus propuestas: o encabeza un proyecto de izquierda tradicional; o bien, uno de izquierda moderna, socialdemocrática, contraria a anacronismos ominosos como el de Maduro.
por Cristina de la Torre | Feb 6, 2018 | Banca, Elecciones 2018, Febrero 2018, Izquierda, Partidos, Uribismo
Como si el uribismo no representara la fuerza más caracterizadamente reaccionaria del país, Iván Duque se siente “in” negando la existencia de la dupla izquierda-derecha. Argucia pueril ésta de negar la cuna, savia y razón de ser del Centro Democrático: su contraparte, la izquierda armada que las Farc encarnaron en su hora. Enemigo providencial, ellas le permitieron librar una guerra menos contra el comunismo que contra el campesinado, para repotenciar la ya injuriosa concentración de la tierra. Y para instaurar un régimen de fuerza. Huyéndole por cálculo electoral a la propia sombra de su partido –forjado en un historial de corrupción, ilegalidad y violencia– intenta Duque su presentación en sociedad. Consiste en impostar candor juvenil cuando calla sobre restitución de tierras o actualización del catastro; cuando propone bajar más impuestos a los ricos, resucitar las mortíferas Convivir y negarles a la Farc el derecho ganado de hacer política, por ver si esta vuelve a la guerra. En otra orilla, Gustavo Petro personifica la alternativa más vigorosa de izquierda legal. Mas, pese a su carisma, parece condenado por contrapropaganda de la derecha a correr en solitario por la Presidencia.
Con moderados que recelan de las extremas, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, la trilogía derecha-izquierda-centro (presupuesto de la democracia) se depura por fin en Colombia, tras la resaca del Frente Nacional. Y son las ideas de igualdad, libertad y paz las que trazan fronteras en el abanico de la política. Si a la ultraderecha la desigualdad se le antoja fatalidad inmóvil, la izquierda busca eliminarla o atemperarla. Se afirma ella en los valores de la democracia: equidad, pluralismo, Estado laico y Gobierno de leyes, no de caudillos autoinvestidos de tales.
Ni la izquierda ni la derecha ni el centro se presentan como opciones puras, homogéneas. En este último rivalizan por ahora progresistas en alianza con partidos contestatarios, para dibujar propuestas de centro-izquierda. Pero también Fajardo niega la disyuntiva entre izquierda y derecha. Parece interpretar que centro es neutralidad, ambigüedad, vacilación, mutismo ante problemas que demandan acometida precisa. Como la de renegociar el TLC, que el Polo, su aliado, ventilaba. Prestada de su otra aliada, Claudia López, concentra energías en la consigna anticorrupción, acaso desdibujada ya por el manoseo de todos, uribismo comprendido, ¡válgame, Dios!
Bien definida, en cambio, la alianza de Humberto de la Calle con Clara López acopla reformismo liberal e izquierda moderada. Fórmula fogueada en viejas lides, no esconde sus propósitos: defender la paz de los embates de la Mano Negra y de quienes prometen “perfeccionarla” destruyendo los acuerdos que pusieron fin a la guerra. Construir un país que rompa la inequidad con un modelo social y económico cimentado en la igualdad de oportunidades; en la industrialización que apunta al desarrollo con pleno empleo; en la solidificación del Estado laico y su preservación contra toda tentación autoritaria.
Mientras vuelve De la Calle al reformismo liberal que no pudo ser, nada en el discurso de Clara evoca la revolución proletaria ni el imperialismo yanqui ni la lucha de clases. Nada en ella evoca a la izquierda tradicional, confiscatoria. Pero sí permite esta convergencia soñar con el modelo socialdemócrata en su versión cepalina, latinoamericana, de Estado industrializante, promotor del desarrollo. ¿Serán posturas tan sensatas las que frenan la indispensable alianza entre coaliciones de centro-izquierda? ¿Será la corrosiva vanidad, indiferente a la catástrofe que un Gobierno de derechas traería? En democracias pluralistas, por imperfectas que ellas sean, el porvenir no es de los extremistas de izquierda o de derecha; es de los moderados.
por Cristina de la Torre | Dic 8, 2017 | Actores del conflicto armado, Acuerdos de paz, Conflicto armado, Conflicto interno, Corrupción, Derecha, Diciembre 2017, Izquierda, Justicia, La paz, Narcotráfico, Paramilitarismo, Proceso de paz, Uribismo
A tono con el amparo que los poderosos brindan a delincuentes de cuello blanco, con su exaltación de criminales o su indulgencia hacia ellos, proliferan en este país sepelios apoteósicos de jefes paramilitares. Como marchando en la misma dirección, 5.000 lugareños acompañan entre vítores el féretro de alias Inglaterra; y el Congreso exonera virtualmente de culpa a empresarios y funcionarios que fueron sus aliados en atrocidades de la guerra. Reserva el juicio sólo para las Farc, el otro responsable del horror.
Con flores, bombas, narcocorridos, aguardiente, pólvora, lágrimas, disparos al aire, desfile de carros y motos e invitaciones a la venganza se honra en Carepa al homicida y violador de niñas, mando del Clan del Golfo. La mayoría parlamentaria, por su parte, celebra a carcajadas el estropicio que salva el pellejo a los señorones de la guerra: no a quienes debieron pagar para protegerse del secuestro de las Farc, sino a 57 empresas sindicadas por Tribunales de Justicia y Paz de coligarse con frentes de las AUC. Deja a las víctimas sin verdad ni representación política. Descuellan en este parlamento taimado Rodrigo Lara y Carlos Galán, hijos indignos de quienes se inmolaron por enfrentar al narcoparamilitarismo, cuyos socios ayudaron estos sinvergüenzas a salvar.
Coincidencia terrible que mueve a preguntarse si la desfachatez de las elites no estará proyectándose como mandato ético desde arriba hacia comunidades marginadas, que no se reconocen en su historia y su cultura; pasto seco para el primer incendiario que meta miedo y pase por benefactor de pobres. Mas el mensaje no es nuevo. A la voz que asimila librepensador con terrorista, levitando en la laxitud de las derechas frente al historial de la mafia, se sintió Popeye autorizado a fungir como estrella en manifestación uribista de abril. Cómo no, si el expresidente Pastrana, el exvicepresidente Francisco Santos y la exministra Martha Lucía Ramírez disculpaban blandamente la exhibición en el evento del sicario que se reclama autor de 300 asesinatos y auspiciador de otros 3.000. Fue Samuel Hoyos, congresista del Centro Democrático, el único de ese partido en rechazar la participación del matón, a quien calificó de sicario y criminal.
En la saga de condescendencia con los violentos, cuyo impacto deberá calibrarse en un país donde el protomacho es rey y la política procede a bala, viene a la memoria una célebre columna publicada en 2006 por el ideólogo del uribismo, Fernando Londoño. Argumenta él, con algo de razón, que las autodefensas nacieron como respuesta a la guerrilla. Y que Carlos Castaño, “intelectual hecho a pulso” cuyo ideario debería resucitar, hubo de plegarse al narcotráfico como fuente de financiación de las AUC; pero sin perder “su naturaleza política antisubversiva y anticomunista”. Dos omisiones graves: primera, el carácter “político” de las AUC pronto se reveló como fachada funcional del negocio maldito del narcotráfico. Segunda: ya desde 1988 y hasta 2002 a Castaño se le sindicaba de decenas de masacres y asesinatos individuales. Lo que no impedía que señoras “divinamente” suspiraran en sus clubes por el sujeto de marras. Pobres por necesidad, ricos por interés en el negocio compartido, simpatizaron (y simpatizan) con el paramilitarismo. Y acuden a los sepelios de sus jefes.
Escribe el editorialista de El Colombiano: no pueden ser los pabloescobares, carloscastaños, inglaterras y otrora timochenkos quienes nos sirvan de ejemplo. Pero Rafael Nieto anuncia que “estamos listos a asumir los costos de la continuación de la guerra con las Farc”. Quiénes: ¿sus hijos? ¿O seguirán las víctimas como carne de cañón de nuestros héroes de barro y sangre, y de sus socios?
por Cristina de la Torre | Nov 13, 2017 | Actores del conflicto armado, Acuerdos de paz, Impunidad, Izquierda, La paz, Noviembre 2017
El ELN parece repetirse como víctima sin remedio de su propio invento: la compulsión a disparar contra los suyos por diferencias de ideas, y contra ciudadanos inermes. Envilecimiento del levantamiento armado que algunos siguieron a la búsqueda de un país mejor, tal sello reapareció esta vez en el asesinato del gobernador indígena Isarama, y amenaza con agrietar, aún más, a esta guerrilla, en el trance mismo de su nacimiento a la política. Precisamente cuando, en viraje encomiable, se acercaba ella a la paz y pactaba por vez primera en su historia un cese el fuego y de hostilidades. Contra la versión mentirosa del ELN que sugería accidente porque la víctima opusiera resistencia, Medicina Legal concluyó que no hubo forcejeo, que el líder embera murió de disparos a quemarropa y por la espalda. Arrogante, provocador resulta su mea culpa reducido a “error” que invita a “reflexión” en esa organización. Pero no habrá castigo. No matar no requiere mucha reflexión, escribió el editorialista de este diario.
Autocomplacido en la fantasía pueril de un supuesto heroísmo tantas veces desbocado como violencia bruta, lleva el ELN 50 años cosechando vergüenzas. “Errores”. A error redujo Gabino el infierno de Machuca: 84 civiles calcinados entre un bombardeo de bolas de fuego y un río en llamas, cuando estos paladines del edén socialista dinamitaron –por enésima vez– el oleoducto Colombia. La semana pasada dejaron esperando en Medellín a pobladores de Machuca en escenario dispuesto para el perdón y la reconciliación. El grupo armado “dio la cara” como eco lánguido de una voz grabada en Quito que reconocía a desgana su responsabilidad, pero la descargaba también en otros. Lamento insincero con sabor a desplante, no hizo sino repetir eventos parecidos para dar la cara sin darla, en 2008 y 2011.
Como error catalogaron la ejecución de un contingente de fundadores de esa guerrilla, entre otros, de Víctor Medina, Julio César Cortez, Heliodoro Ochoa, Hermidas Ruiz y Carlos Uribe. Fusilados, a la manera de Stalin y de Leonidas Trujillo, por discrepar del credo político y del militarismo del jefe, Vásquez Castaño, más celoso de preservar la rugiente supremacía de su persona que cualquier divisa ideológica. Por error tuvieron el asesinato de Jaime Arenas, hereje de alto vuelo, asesinado por la espalda a poco de publicar una historia crítica de esa guerrilla que hizo historia: resultó premonitoria del horror en que se convertiría aquel grupo armado precario, miope y sin pueblo. Por error tuvo el asesinato de Ricardo Lara, cofundador y segundo al mando que fuera del ELN, también por pensar con cabeza propia y por el pecado mortal de hacer política.
Error les pareció el secuestro, tortura y “ajusticiamiento” de monseñor Jesús Emilio Jaramillo, dizque por delitos contra la revolución y por no suscribir el comunismo. Jamás reconocieron responsabilidad en la muerte de Camilo Torres, sometido a la regla militar que obligaba a todo guerrillero recién incorporado a ganarse el arma en combate. Pero Camilo no era cualquier recluta. Era líder político que venía de movilizar multitudes. Eso sí, se dieron el mártir que necesitaban. Y al cabo de muchos años, algún dirigente del ELN reconoció en esta tragedia… un error del grupo armado.
Para esta guerrilla, como para las Farc, la guerra fue religión y sus grupos armados, iglesias. Pero un abismo las separa hoy: las Farc se desarmaron, saltaron a la política y van en el camino de dignificar a sus víctimas. Acaso deba el ELN invertir el recorrido en sus diálogos de paz que el país aplaude: empezar por honrar a sus víctimas, pedirles perdón de corazón. Y aceptar la distancia insondable que media entre un crimen y un error.