ORDÓÑEZ: ¿EL TIRO POR LA CULATA?

El desplome definitivo de su máscara justiciera provocó una sacudida capaz de catapultar al centro-izquierda hacia la Presidencia el año entrante. La procaz destitución de Petro y su sentencia de muerte política por débiles motivos desnudan de cuerpo entero los delirios de poder de un procurador que desde el Ministerio Público se sacude a un duro competidor para las elecciones de 2018. Pero –oh sorpresa- revitaliza el proceso de unidad entre izquierda, centro y fuerzas populares que bien podría capitalizar la general indignación por este episodio que sella un largo periplo de abuso de poder. El enojo redoblaría la intención de voto para una tercería que, unificada, derrotaría al uribismo en primera vuelta y le disputaría el poder a Santos en la segunda.

Muchos agradecerán al funcionario que castigó la ineficiencia del alcalde, por supuesto. Otros adorarán al pantalonudo que frenó en seco la carrera política de un hombre de izquierda, por ser de izquierda. Elocuente advertencia a cuanto insurrecto quiera abandonar las armas para hacer política. He aquí el electorado que ha cultivado Ordóñez con esmero, a base de látigo, arrogancia, clientelismo, hipocresía e inmoralidad. Candidato extraído de las tinieblas para llenar el vacío de la extrema derecha cuyo caudillo no podrá ya ejercer en cuerpo propio la Primera Magistratura.

 Pero no todo el 80% de consultados por Caracol Radio que repudió la destitución del Alcalde, ni todos los ofendidos con esta tropelía son petristas. Encarnan, más bien, el gesto primero del destape en un país amedrentado por la concurrencia venenosa de despotismo religioso y complacencia con criminales incrustados en el poder público, que ha prevalecido en la última década. Díganlo, si no, la identidad de Dios y Patria que presidió el Gobierno de Álvaro Uribe y su persecución sin tregua a la Corte que juzgaba la parapolítica, a la cual no escapó Petro por haberla denunciado. Dígalo también el procurador que transforma su función civil en coacción de una secta religiosa. Mientras declara inocentes a parapolíticos y no investiga o indaga con pereza a quienes se robaron a Bogotá, cuyo señalamiento le mereció a Petro la Alcaldía por votación popular que se quiere burlar.

 El aparato venía ya montado y la acción, en marcha. El aparato: miles de empleados sin oficio, encabezados por 776 procuradores que ganan hasta $24 millones; los parlamentarios gobiernistas, que eligieron y reeligieron a Ordóñez; el partido Voto Católico, una tajada sustancial de las altas cortes y la clase dirigente que se caló la levita para engalanar el matrimonio de su hija, cuyo nombre nadie supo. La acción: el exconstituyente Otty Patiño denunció que las sanciones a Petro se habrían pactado de antemano entre el Procurador, Álvaro Uribe y Fernando Londoño. Por su parte Emilio Tapia, testigo principal en el juicio al carrusel de la contratación, reveló que el caos de las basuras fue planeado por los operadores privados para provocar la destitución del Alcalde, como en efecto sucedió. Entre los operadores estarían los hijos del expresidente Uribe.

 Pese al poder de Ordóñez, un centro-izquierda maduro podría orientar la rabia larvada de tantos en función del cambio. Empezando por la elección de congresistas respetables. Pero no bastará con la unidad electoral. Si esta tercera fuerza aspira a convertirse en opción de poder, tendría que renunciar a la tentación caudillista, causa de descalabros como el de la Ola Verde. La indignación va más contra la caverna que en defensa de Petro. Si se canaliza en propuestas para el posconflicto, quizá se dijera entonces que a Ordóñez le salió el tiro por la culata.

IZQUIERDA: ¿DARÁ LA TALLA?

Si el centro-izquierda se uniera como tercería electoral afirmada en un programa mínimo de cambio, no se definiría la justa presidencial en términos de guerra o paz, sino entre banderías de reforma para una Colombia nueva. Una Clara López, un Navarro, quien resultare candidato único de esta tercera fuerza, podría superar en primera vuelta al candidato de la extrema militarista y enfrentar a Santos en la segunda. Con o sin acuerdo en La Habana, se abocaría el electorado por vez primera a escoger entre propuestas para el posconflicto. No entre águilas y palomas. Ni ya tanto en pago de la amarga y el tamal. Para contento de la democracia, los partidos tendrían por fuerza que empezar a decantar ideas y programas. Pero si fracasa en la izquierda el acuerdo, no tendría el Presidente contendor. Porque ésta, tan dada a implosionar, se diluiría en una polvareda de candidatos sin fruto. Zuluaga, por su parte, no convoca el fervor del uribismo y, antes bien, carga con el deshonor de haber llegado a candidato por fraude.

 Verdades de a puño que, sin embargo, nuestra izquierda podría darse el lujo de ignorar. Mientras unos dirigentes forcejean por la unidad, otros se muestran retrecheros y, meñique al aire, sentencian: si no es en mis propios términos, adminículos todos de mi partido, no será; si no soy yo el candidato, ninguno lo será. Ajenos a la historia, la mirarán pasar, sin romperse ni mancharse, desde sus catedrales de naipes.

 Pero no se repetirá esta oportunidad. Así lo entienden –entre muchos- Navarro y Clara López, motores de la celosa brega por  una convergencia de demócratas que ensanche el horizonte de la política y responda a los desafíos de la paz. Para comenzar, listas al Congreso concertadas y designación de candidato único a la Presidencia por consulta entre los partidos de la coalición. Con todo, el proceso parece rezumar más hiel que miel. A la propuesta de Claudia López de conformar lista única respondió Mockus poniéndole nuevas cargas de dinamita a la accidentada empresa de unidad: montó tolda aparte para erosionar la votación independiente. Y Enrique Peñalosa,  candidato verde que marchó con Uribe por la alcaldía de Bogotá, dijo no rotundo a todo acuerdo con otros sectores políticos. De otro lado, tomándose la vocería del Polo y aludiendo a Progresistas, espetó Jorge E. Robledo que su partido “no hará acuerdos con santistas solapados”. Esto de unir las fuerzas alternativas “no está sucediendo -se quejó Navarro-. Cada día parecemos más dispersos, más separados. (El momento histórico) parece escurrírsenos como agua entre las manos”.

 No va sola la enfermedad infantil del narcisismo. También la pretensión de trocar de entrada en partido la tercería en ciernes conspira contra su real posibilidad cuando de fuerzas disímiles se trata. De momento, lo que la tierra da es un frente amplio que comparta principios y reglas de juego básicos para preservar  unidad de propósito general y autonomía organizativa de sus miembros. De su eficacia hablan Brasil, Chile, Uruguay. Lo otro sería repetir el disparate del Polo, que se creyó partido siendo apenas una alianza, e impuso disciplina para perros. Su destino fue la diáspora.

 Catapultadas por un nuevo estado sicológico del país que acusa destape, las tareas del posconflicto despuntan ya. No quiera la izquierda ignorarlas ahora. Pero sólo podrá acometerlas con eficacia si llega unida a elecciones y si trabaja por ellas como bancada parlamentaria de la Tercería. No se cumpla el  vaticinio de Angélica Lozano: que la justicia quede en manos de los congresistas investigados; la salud, en Roy Barreras; la paz, en el uribismo, y la izquierda ahí. Dividida.

IZQUIERDA UNIDA, AHORA O NUNCA

América Latina sigue, expectante, las negociaciones de La Habana. Y es que el fin del conflicto armado le traería a Colombia el espacio de apertura política que desde hace tres décadas impera en casi toda la región. Si las Farc renunciaran a las armas y las amarras de la política cedieran en ésta nuestra democracia de papel, respiraría el centro-izquierda. Momento irrepetible, emergería aquel del extrañamiento que una clase dirigente ramplona, elemental, le impuso, acaso aupada por la arrogancia de la izquierda armada que se autoproclamó opción única de cambio. Mas no sería la izquierda beneficiaria exclusiva de un acuerdo con las Farc. Ahora el terreno de la política se vería copado por la construcción de la paz, de un país sintonizado con el viraje del subcontinente. Todos los partidos tendrían que redefinirse en función de escalar peldaños en democracia y desarrollo; o bien, de porfiar en el estado de cosas que condujo a la guerra. Pero de frente, sin ambigüedades ni temores.

 En este territorio de ideas y propuestas, el centro-izquierda no es mendigo. Brillará, si reconoce que batirse por reformas de fondo exige más imaginación y arrojo que apertrecharse, huidizo, en las altisonancias de una revolución improbable y abstracta; si no se presume partido prematuramente sino coalición de fuerzas; si depone autocomplacencias y dogmas, será opción de poder. En 2014, para comenzar. Que no es utopía lo sugiere la marcha de los diálogos de paz, más afirmativa cada día. Y con nuevos ingredientes que ensanchan la esperanza. Como las conversaciones privadas que las Farc han sostenido en Cuba con excombatientes del IRA y de Centroamérica sobre mecanismos de desmovilización y desarme, sobre el perdón, sobre reconocimiento y reparación a las víctimas. Por su parte, en sentencia que responde a la intención expresa de esa guerrilla de abandonar la guerra y hacer política, el Estado le devuelve a la UP su personería jurídica. Por sustracción de materia -5.000 militantes asesinados a mansalva- la UP es hoy más sigla que partido. Pero sigla cargada de sentido. Y ahora capaz de cobijar bajo su manto a la izquierda dispersa (Farc desmovilizada comprendida), que puja por remontar el umbral del 3% de votos, norma letal para las minorías.

 Tal vez por el peso de los símbolos, el renacimiento de la UP contagió de optimismo a la izquierda toda, que no ha cesado de invitar a la unidad, a coligarse en torno a la bandera de la paz. Clara López, del Polo; Antonio Navarro, de Progresistas; Omer Calderón, de la UP, Carlos Lozano del PC, los Independientes de Angelino Garzón, Marcha Patriótica, Verdes, Indígenas, hasta Iván Márquez declaró que su sueño es la unidad. Navarro  presiona la expedición de una ley que autorice coaliciones para cuerpos colegiados, y Clara López aboga por un estatuto de oposición que garantice participación equitativa en política. E insiste en la formación de un frente político que desborde las organizaciones de izquierda. Viene a la memoria el Frente Amplio de Uruguay, que ha llevado a la presidencia a dos hombres de izquierda. Integrado por rebeldes y demócratas de los partidos tradicionales, lejos de fusionarse, se aliaron en torno a un programa mínimo y se obligaron a respetarlo sin sacrificar la identidad política de cada uno. Pasó también en Chile y en Brasil.

 Un acuerdo de paz sería el logro estelar de Colombia en medio siglo. En propuestas para reconstruirla, la izquierda unida podrá sobresalir. Y en votos, sorprender. Si su supervivencia electoral depende de una ley, su supervivencia histórica dependerá de la desaparición de todo brazo armado de partido: los de derecha y los de izquierda. Dependerá de que haya paz.

IZQUIERDA: ¿FRENTE AMPLIO O COGOBIERNO?

Critican algunos a la izquierda –moralista, irresoluta, inmadura- porque, habiendo decidido la elección del Presidente, en vez de exigir participación en el Gobierno tornó a sus cuarteles de invierno como oposición a las políticas que le repugnan; aunque también como aliada de la paz y sus reformas. A la voz de terminación del conflicto y en la inminencia del retorno al autoritarismo, sorprendió el centro-izquierda con un reagrupamiento en Frente Amplio por la Paz, que no parece apuntar al cogobierno con Santos sino al poder local-regional el año entrante, y a la Presidencia como fuerza alternativa en 2018. Unidad insospechable en agrupaciones celosas a veces hasta la autoinmolación por preservar la pureza de una idea abstracta y la autoridad irreductible del líder que la encarna. Una verdadera sublevación contra este conservadurismo. Mas, pese al poder electoral que acaba de probar, la nueva coalición está en pañales.

Vulnerable en su cuna, se debate ella de seguro en una delicada disyuntiva: o uno de los suyos se deja nombrar ministro a título personal o en nombre de su grupo, lo que podría dinamitar en el huevo la unidad de un Frente que no estaría todavía en condiciones de hacerse representar como un todo en el Gobierno central. O bien, se consolida como proyecto estratégico de tercería de centro-izquierda, donde deberá caber eventualmente un aliado ideal: el liberalismo de avanzada. Será su momento sicológico, será su historia, serán sus aprehensiones. Pero es lo que da la tierra da. Tal vez obre allí el impulso de una izquierda que, cooptada históricamente por el reformismo liberal, aspire por ahora a brillar con luz propia.

Aunque podrá suscribir ya pacto formal con el Jefe de Estado para materializar las transformaciones que el propio reelegido ofreció. Y hacerlo respetar como minoría decisoria en el Congreso, cuando de legislar se trate; y como animador del movimiento civil extraparlamentario. Parte sustancial del pacto sería recomponer el gabinete de ministros con figuras excelsas y dispuestas a jugársela por un país nuevo. Un Moisés Wasserman, verbigracia, en Educación. Y hallar antípodas para ministros tan reaccionarios como los de Hacienda, Agricultura y Defensa, de inocultable impronta uribista. Ojalá el nuevo bloque termine por abrazar también a demócratas de los partidos tradicionales y amplíe una opción socialdemócrata capaz de emular a la extrema derecha, que se hará sentir.

Mucho enseña la experiencia del Frente Amplio de Uruguay. Integrado hace 43 años y llegado hace una década al poder, rebeldes, reformistas y demócratas de la política tradicional se aliaron en torno a un programa mínimo, se obligaron a respetarlo sin sacrificar la identidad política de cada agrupación y a dirimir sus discrepancias en casa. El más variado espectro de reformistas y radicales –exguerrilleros comprendidos- se obligaron a la unidad de acción, a respetar los compromisos suscritos y los mecanismos de solución de conflictos entre ellos. Pero sin sacrificar la identidad histórica, filosófica y de principios de las distintas fuerzas. Explica Clara Lucía Rodríguez que ellas mantienen su estructura, sus estatutos, sus decisiones autónomas, pero preservando la unidad básica pactada. Y el respeto por los compañeros de viaje.

Se adivina en el Frente colombiano la intención de fortalecerse en la unidad para negociar con buen éxito una agenda mínima de reformas, como fórmula intermedia entre la independencia y el cogobierno. Acaso le llegue después la hora de participar en el Gobierno. Y abre una esperanza: ingresar, por la vía del Frente Amplio, en las ligas de la nueva izquierda latinoamericana que lideran Uruguay, Chile y Brasil.

LA CLEPTOCRACIA DE SAMUEL

Los Nule son migaja en sólo uno de los 35 frentes de contratación que el “gobierno en la sombra” de Samuel Moreno habría abierto para robarse a Bogotá. En informe que hará historia, revela Semana la inmensidad del latrocinio, a cuya cabeza se habría puesto por vez primera el alcalde mismo de la capital. Una junta secreta administraba desde Miami el saqueo a 35 entidades o contratos, de cuyo valor se extraía hasta la mitad. Mordidas había para los contratistas, mientras éstos les garantizaran su porcentaje a los hermanos Moreno. El contrato de recaudo del Sistema Integrado de Transporte, negocio de 64 billones, dejaría mordida de 56 millones diarios para los Moreno y Tapia durante 16 años. Un edificio en Miami que aquellos compraron en remate por US25 millones representaría sólo el 5% del “producido” de Bogotá. Con la plata de los bogotanos se enriquecieron hampones de la empresa privada, y de la gama entera de los partidos.

 Muestra al canto, la Fiscalía indaga a 17 concejales de todo el espectro político: 6 de la U, 3 de Cambio Radical, 2 del Polo, 2 del Partido Liberal, 2 verdes, 1 del PIN y otro del partido Conservador. Queda su autoridad en entredicho para ejercer control político sobre el gobierno distrital. La  oposición en el Concejo al proyecto de endeudamiento del Distrito sin cuyos recursos se paraliza el desarrollo de Bogotá huele a retaliación contra Petro, por su espantable denuncia del cartel de la contratación. Huele a revanchismo contra la persona del burgomaestre, así  apareje boicot a obras indispensables para desatascar el tráfico de la ciudad. De tal envión obstruccionista se infieren a la vez la dimensión del desafuero y la talla de la muralla que la derecha le levanta a una opción progresista. Los errores de Petro y su agreste personalidad le vienen a aquella providencialmente para tenderle la encerrona, cuando la campaña electoral despega y más de uno teme ir a la cárcel.

 Va in crescendo la campaña. Informa La Silla Vacía sobre reunión de concejales de Cambio Radical en casa de Julio César Argote –uno de los investigados- para improbar el proyecto de endeudamiento, o cercenarlo. “No podemos permitir –se dijo- que con recursos públicos haga Petro sus dos campañas: la de la presidencia, y otra para evitar que lo revoquen”. Lo que en cristiano significa: si una buena alcaldía le da prestigio a Petro, entonces mejor que se hunda la ciudad. Mezquindad comparable a la de sus colegas que se habrían robado los recursos de la salud en Bogotá.

 Frente jugosísimo del asalto a la capital fue el de los hospitales, que concejales habrían exprimido hasta la última gota de sangre. Consistía el negocio en inflar astronómicamente los gastos, y en construir nuevos hospitales donde la sisa podía llegar al 30%. Según el informe de marras, así se habrían repartido en Bogotá: el hospital de Kennedy para el concejal José Juan Rodríguez, el de Santa Clara para Jorge Salamanca, el de San Rafael para Jorge Durán, los de Chapinero y Fontibón para Andrés Camacho, el de San Blas para Darío Fernando Cepeda y el de Meissen para el ex secretario de Salud Héctor Zambrano.

 Los contratos de servicios pasaron en la capital de 12 mil a 38 mil entre 2010 y 2011. ¿Acaso esta explosión de nómina paralela reblandeció el espíritu crítico de los jefes del Polo hasta provocar, incluso, su ruidosa defensa del ya cuestionado alcalde que lo eximía de toda responsabilidad política? Aquellos dirigentes les deben explicaciones al país y a sus prosélitos por alcahuetear los presuntos delitos de un mandatario que gobernaba en nombre de su partido. Y si es su divisa unir fuerzas para el cambio, urge su repudio sin atenuantes a la cleptocracia de Samuel.