por Cristina de la Torre | Oct 23, 2018 | Derecha, Internacional, Octubre 2018, Racismo
Bolsonaro pinta como aleación de Leonidas Trujillo –depurado ejemplar del déspota latinoamericano– y el no menos siniestro Pinochet, con sus aires prestados de Chicago-boy. El más opcionado candidato a la presidencia del Brasil reencarnaría al dictador que hace 54 años se impuso allá por la fuerza y completaría la figura con el traje neoliberal que el chileno entronizó. Modelo que Brasil había cooptado a medias. El exmilitar adoptaría ahora en su plenitud el ultraliberalismo económico que acompañó a la dictadura de Pinochet. No en vano se declara Bolsonaro ferviente admirador del autócrata chileno. Y Sebastián Piñera, a su turno, del candidato brasilero. En Chile se montó el régimen de fuerza para pulverizar un experimento socialista. En Brasil, para agrietar el Estado promotor del desarrollo que campeaba bajo el ala de una industrialización autóctona y reforma agraria en ciernes.
Pero tampoco esta vez sobreviviría el modelo de mercado a ultranza que Bolsonaro anuncia sin descargar puño de hierro contra la democracia; contra negros, obreros, mujeres, comunistas y homosexuales. A la altura de los sátrapas que lo antecedieron, lamenta Bolsonaro que la dictadura del 64 se limitara a torturar y no pasara a matar. Trujillo, El Supremo, homenajeó un día a presos políticos con opíparo asado tasajeado del cadáver, tibio todavía, de otro opositor caído en desgracia. Y el chileno hizo matar por tortura de largos días y noches al cantautor Víctor Jara; el golpe de gracia, machacar y cercenar las manos del guitarrista excelso.
En previsión del dispositivo político adecuado a su fórmula de poder, convocará el brasileño una “comisión de notables” que redacte la constitución del caso, con instrumentos para disolver el parlamento y las cortes cuando resulte necesario. Promete tortura y pena de muerte para delincuentes, libre porte de armas y la formación de grupos paramilitares. Habrá esta vez en el Congreso un grande contingente de militares y exmilitares. Y el gabinete de Gobierno tendría ahora más uniformados que los hubo en tiempos de la dictadura. Cientos de planteles de educación pública serán militarizados. Y los partidos alertados sobre toda tentación libertaria y de protesta.
Añoso andamiaje de los regímenes de fuerza, cuyo solo anuncio provocó un primer estallido de júbilo en la bolsa de Nueva York, será garantía de crecimiento concentrado en los grandes capitales, sin redistribución. Apertura económica, privatización de empresas y servicios del Estado, rejo a las clases trabajadoras bajo el eufemismo de flexibilización laboral, privilegio para los fondos privados de pensiones, reducción de impuestos a los ricos, amputación del Estado en favor del monopolio de la riqueza.
Brasil conocerá, pues, el modelo neoliberal en bruto y empeloto. Tal como se aplicó en Chile. Recuerda Martín Espinoza que el propio Milton Friedman, su inspirador, acuñó la especie del “milagro chileno” con crédito a Pinochet. Su sueño, retornar al capitalismo puro, despojando al Estado de toda capacidad regulatoria y sin barreras arancelarias al comercio internacional, aun en países que hacían sus primeras armas en industria. Para lograrlo, se impusieron políticas de shock que sólo podían aplicarse mediante una constitución diseñada para proteger el modelo, del movimiento social.
Se dirá que por acogerse a elecciones democráticas no podrá inscribirse a este hombre en la camada de los chafarotes. Discutible. También Hitler y Mussolini llegaron al poder mediante elecciones. Y se erigieron en dictadores. Hoy abundan golpes de Estado que en vez de tanques y bombardeos acuden a la democracia formal. Todo indica que Bolsonaro va en pos del atávico matrimonio entre fascismo y neoliberalismo. ¿Quedará capacidad de reacción en América Latina? ¿Qué esperar del México de López Obrador?
por Cristina de la Torre | Abr 30, 2016 | Abril 2016, Internacional, Modelo Económico, Modelo Político
Con golpe de Estado sin muertos ni cañones se derrocará a Dilma Rousseff, elegida por 55 millones de brasileños, y sin que se le hubiera tipificado delito de responsabilidad o corrupción. De paso, se inflige una estocada letal a la ya debilitada izquierda en Suramérica. Pecado de Dilma, no haber alcanzado a depurar a fondo el partido de gobierno, pese a sus repetidas destituciones de ministros incursos en delitos. Tres efectos persiguen los conspiradores, y mucho indica que los alcanzarán. Primero, encubrir a los corruptos y debilitar la acción penal que contra ellos obra, comprendido el flamante 60% de quienes promueven el juicio político contra la presidenta. Segundo, devolverle el poder político a la derecha. Tercero, desmontar el modelo desarrollista que lleva siete décadas en Brasil, único país de la región poco sensible a los cantos de sirena del neoliberalismo. Ha mantenido la potencia latinoamericana hasta hoy una estrategia de industrialización que todos los gobiernos respetaron, con independencia de su color político.
El Partido de los Trabajadores (PT) llegó con Lula al poder como promesa de redención de los olvidados. Arrancó de la pobreza a 40 millones de personas, pero se dejó arrastrar por la corrupción que era festín en todos los partidos, y le birló a Petrobrás, empresa madre del Estado, 8.000 millones de dólares. Deshonor para el partido de izquierda que así compartía lecho con lo más venal de la política tradicional. Y crisis de gobierno, agudizada por medidas de ajuste draconianas en el segundo período de Rousseff, para paliar la recesión que vino con la caída de precios de las materias primas. Tocaba a su fin la bonanza económica que había repotenciado a la socialdemocracia en Brasil y en el resto de la región.
Y en este caldo pesca la reacción. No sólo para resolver la crisis en su favor, sino para derrumbar el paradigma de industrialización doméstica, protección a la producción nacional y distancia frente al modelo de mercado, que había instalado al país en el club de las cinco nuevas potencias mundiales. Entre desarrollismo y neoliberalismo, Cardoso, en un extremo, se había inclinado por el segundo, pero sin desmantelar la industria. Apunta Marcelo Falak (Le Monde Diplomatique) que Lula reconcilió después los dos términos de la ecuación: hubo a un tiempo crecimiento económico y redistribución en favor de las clases media y baja. En régimen de economía mixta, concentró al Banco Central en el mercado y a la gestión de gobierno, en el desarrollo.
Pero no es Brasil el único damnificado: en toda la región oscila el péndulo hacia la derecha. Y no apenas por la corrupción y por el desplome de precios de sus exportaciones. En ello pesa también la estigmatización de la oposición por la izquierda en el poder, que polarizó la política moralizando entre buenos (el pueblo) y malos (la oligarquía). Empoderamiento social que no inhibió a los gobernantes, sin embargo, para reeditarse como herederos del enmohecido caudillismo latinoamericano; y para querer eternizarse en el poder.
Todos los vientos soplan otra vez hacia el paradigma de mercado, contra el modelo desarrollista que parecía imbatible en el Brasil. Mas, dicen unos, este golpe blanco sólo fructificará si a Lula se le niega el derecho de postularse para las elecciones venideras pues, según cuentas, llevaría él las de ganar. Desde luego, a condición de que demuestre ante la sociedad y ante los jueces su inocencia. Queda servido el reto de un modelo que regresa sin otra credencial que su desastroso paso por la historia. Tan ruda como la del parlamentario que, al votar contra Dilma, felicitó al militar que la había torturado en las mazmorras de la dictadura.
por Cristina de la Torre | Oct 5, 2010 | Internacional, Octubre 2010, Personajes
Mientras en Colombia el latifundismo pensaría reactivar su guerra centenaria contra el reformismo liberal que Santos ha desempolvado, en Brasil, puntal del orden que se abre paso en América Latina, la disputa discurre entre propuestas de industrialización y desarrollo para apurar el salto de ese país a quinta potencia del mundo. Si aquí un liberalismo avanzado nos resulta panacea, en Brasil el conservadurismo ultramontano es hoy apenas eco del pasado. Más aun, los cariocas desbordaron hace rato la anacrónica disputa entre capitalismo y comunismo, para actualizar la versión criolla del Estado de bienestar europeo. Modernizando el modelo de la CEPAL que Brasil supo preservar, armonizaron crecimiento con redistribución e integración a la economía mundial. Dilma Rousseff, cerebro económico del Gobierno de Lula, limó el acoplamiento entre Estado y mercado, a menudo gestado en el muñequeo con empresarios y trabajadores cuando de negociar políticas económicas se trataba. Ex guerrillera torturada durante meses por la dictadura cuando iniciaba su condena de tres años de cárcel, con el marchitamiento de los militares Rousseff evolucionó hacia el socialismo democrático, que deposita en el Estado la dirección del desarrollo sin sacrificar las libertades económicas.
Lula catapultó el crecimiento mediante copiosas exportaciones a mercados nuevos, y dándole a la mitad de los brasileños capacidad de compra de sus propias manufacturas y alimentos. Rescató de la pobreza a 30 millones de personas y creó 14 millones de empleos. Los índices de desigualdad no bajaron sensiblemente, pero ahora se registran en niveles de vida superiores. La industrialización se disparó. Su industria automotriz es totalmente integrada y propia. Brasil produce barcos y aviones y computadores y todas las líneas de la petroquímica. Petrobrás acaba de hacer la mayor emisión de acciones en el mundo, por valor de 74 mil millones de dólares, que vendió en media hora.
Ciencia y tecnología han jugado el papel del rey, como en Corea: Brasil sacó la investigación de las aulas académicas y la metió en las fábricas. Y en las haciendas. Ya en 1973, cuando el país era todavía importador neto de alimentos, el Gobierno creó el primer centro de investigaciones agrícolas. En los seis primeros meses había enviado 1.200 profesionales a especializarse en el exterior. A su regreso, adaptaron ellos variedades agrícolas y pecuarias que redundaron en una verdadera revolución verde, pues en tres décadas la producción creció 150%. Cambiaron el latifundio improductivo por explotaciones modernas de agrocombustibles, sin afectar otros sectores de agroindustria ni la economía campesina. Brasil es hoy el mayor exportador de café, azúcar, carnes y etanol.
Un sano nacionalismo desempeñó también su papel. Si bien Lula prolongó las medidas de su antecesor, Cardoso, para controlar la inflación, pronto se negó a aplicar las medidas de choque que el FMI impuso en el resto del continente. Cuando la IBM le ofreció montar en Brasil su casa matriz, Lula la despachó con un “no, gracias, nosotros producimos los computadores”. Y a Bush le condicionó la firma de un TLC a que Estados Unidos suprimíera los subsidios a sus agricultores. No hubo acuerdo. Dilma Rousseff se muestra orgullosa de haber “renacionalizado” la industria petrolera. Sin los aspavientos de Chávez, Brasil ha sabido preservar para sí los mayores beneficios, sin alienar la asociación con terceros.
Aunque reconoció que el grupo guerrillero en el que militó “hizo tonterías”, Rousseff dijo sentirse orgullosa “de haber tenido la valentía de querer un país mejor”. Ahora lo es. A ello contribuyó su paso por la vida y por el poder. Pero, sobre todo, que Brasil no sufriera ya del latifundismo virulento que padecemos aquí.
por Cristina de la Torre | Feb 3, 2009 | Febrero 2009, Internacional, Régimen político
A 50 años de comunismo en Cuba, se mezclan en el balance la contundencia de los hechos con los mitos y fantasmas que presidieron el debate entre los apologistas de la revolución y sus detractores. Heroica resistencia de un pueblo acorralado por el bloqueo de su economía, para unos; anverso rojo del dictador Batista, para otros, dos titanes vuelven sobre las líneas maestras de este duelo, cuando la vida de Fidel toca a su fin. La revista Foreign Policy ofrece la última contienda entre Ignacio Ramonet y Carlos Alberto Montaner, cruzados del cara y sello de este experimento que se ofrecerá como alternativa al modelo de capitalismo que hoy naufraga.
Debuta Montaner con una ácida premonición: cuando falte Fidel caerá el régimen, pues no podría ya sobrevivir, en pleno siglo XXI, una dictadura anacrónica que viola sistemáticamente los derechos humanos. Aunque Castro profesa la ideología comunista, él “pertenece a la misma especie antropológica de Franco en España o Rafael Trujillo en República Dominicana”. A lo que Ramonet responde que hace tiempo no gobierna Fidel y, sin embargo, el sistema sigue en pie. Es que Cuba no es Hungría, apunta. Mientras allá se impuso la revolución por invasión militar de la URSS, la de la isla caribeña es una revolución autóctona y popular, nutrida en un anhelo secular de independencia. A pesar del bloqueo, seguirá ofreciéndose como modelo social que supo masificar la educación y la salud.
En su origen, replica Montaner, la revolución se dirigió contra la dictadura de Batista enarbolando la bandera de la democracia; la idea no era montar un comunismo de corte soviético. Si ese sistema porfía todavía aquí, será por obra de una dictadura tan despiadada y personalista como la anterior. Por eso, dos millones de cubanos debieron exiliarse, y el gobierno de Castro registra alrededor de 5.700 ejecuciones, 1.200 asesinatos extrajudiciales y 77.800 balseros muertos o desaparecidos.
Por otra parte, discrepa de su antagonista que atribuye al embargo norteamericano las penurias de los cubanos. Según él, olvida el efecto devastador del colectivismo y de la supresión de las libertades económicas.
– En Cuba, argumenta Ramonet, hay pleno empleo y todo el mundo hace tres comidas diarias. Cosa impensable en América Latina, el Brasil de Lula comprendido. Además, hecho elocuente, no hubo en la isla levantamientos contra el régimen, como sí los registraron incluso otros países comunistas.
– Ah, ¿no?, se enfurruña Montaner. ¿Y qué fue, entonces, el levantamiento de campesinos en el Escambray en los años 60, si no resistencia popular contra la dictadura? En las dos primeras décadas de la revolución, el número de presos políticos bordeó los 90 mil.
Discusión sin fin en cuyo fondo se adivinan, no obstante, dos problemas formidables: primero, Cuba es una economía inviable; segundo, es una dictadura oprobiosa. Si al modelo de planificación autoritaria y nacionalización de todo se agrega la pobreza del país en recursos naturales, se diría que la isla no tiene futuro. Condenada al desequilibrio, su balanza comercial la mantiene en endeudamiento perpetuo.
Autoritarismo desembozado el de Cuba, la derecha colombiana querrá renovar su diatriba contra él. Como si aquel régimen de partido único no fuera aquí régimen de caudillo único. Como si sus 1.200 ejecuciones extrajudiciales no replicaran nuestros “falsos positivos”. Como si la quinta parte de nuestra población no se acostara con hambre. ¡Oh, hipocresía inmarcesible!
por Cristina de la Torre | Oct 28, 2008 | Internacional, Modelo Político, Octubre 2008
Signos contradictorios confunden todos los días los sentimientos de los colombianos. Oscar Tulio Lizcano escapa de las Farc con ayuda de la presión del ejército sobre sus captores, y el país entra en júbilo. Pero también se avergüenza al comprobar que el DAS, órgano de inteligencia del Estado, deriva en policía política del gobierno para perseguir a la oposición desde la sombra. Indigna ver a los corteros de caña humillados por un sistema laboral heredado de enclaves coloniales en república bananera. Y, sinembargo, las consultas internas del Polo, el Partido Conservador y el de la U para escoger dirigentes y candidatos anuncian el renacer de los partidos, una luz al final del túnel. Mas, a la vez, descorazona la pobreza de sus contrapropuestas al modelo de economía que nos rige, exótica reminiscencia del paradigma que naufragó en Wall Street, y causa gorda de nuestras desgracias.
¿Cómo no mirar al lado, verbigracia, hacia el Brasil? Con Rusia, China, India y Suráfrica, configura nuestro vecino el bloque de países llamado a dominar en el mundo dentro de 20 años. Brasil mantuvo siempre el modelo de industrialización de la Cepal y enfrentó con realismo los desafíos de la globalización, para insertarse en el mundo sin empeñar su soberanía. Hoy es la novena potencia del planeta. Controló la inflación, pagó la deuda, rompió amarras con el FMI, logró la autosuficiencia energética y, sólo en el gobierno de Lula, ha creado cerca de 8 millones de empleos en el sector formal.
A más de mantener el equilibrio de la economía, Lula fortaleció la función reguladora del Estado y su capacidad para promover la producción, el empleo y la inversión en los sectores productivos. Pero ha sabido medir su papel de empresario y flexibilizar el proteccionismo mientras combate la exclusión social. En suma, es su modelo el del Estado planificador y promotor del desarrollo con inclusión social, que se da sólidos fundamentos fiscales y monetarios. Para alinear a empresarios y trabajadores hacia el impulso de la competitividad, el partido del Presidente se alió con el centro. Parámetro no negociable del acuerdo es un programa económico edificado sobre la lucha contra la exclusión, la pobreza y la desigualdad. Sobre el desarrollo basado en crecimiento con redistribución del ingreso.
Iniciativa del Brasil, Unasur acaba de debutar como alternativa a la anquilosada OEA, neutralizando la guerra civil que amenazaba a Bolivia. Tal vez ninguna opción de integración en el subcontinente había augurado tanto. Unasur promete transitar de una planeación integral del territorio hacia una planificación suramericana del desarrollo. Con ella puede reverdecer la integración regional que la Cepal propuso en su hora, para reducir la dependencia abriéndole mercados amplios a la industrialización, puntal del desarrollo.
Pasan cosas en América Latina. Pueda ser que la democratización de los partidos se acompañe de verdaderas propuestas de desarrollo. A ver si un día dejamos de navegar entre la renacida ferocidad del paramilitarismo, la criminal estupidez de las Farc y la chifladura de bogotanos que empiezan a comprar en las calles la figurita del Presidente Uribe para darle en su pesebre de navidad el lugar que ocupaba el Niño Dios. Pobre Colombia, tan zarandeada en esta bipolaridad de chiste cruel, entre la tragedia y el ridículo.