TEMAS / Columnas sobre IGLESIAS
VUELVEN LOS MASONES
“Secta diabólica dirigida personalmente por Satanás”, pulpiteaba Monseñor Builes a la masonería. Laureano Gómez denunciaba a la Revolución en Marcha de López Pumarejo como producto de una conspiración internacional “judeo-masónica-comunista”. El Obrero Católico, órgano de la jerarquía católica, vitoreaba en 1939 el triunfo de Franco en España contra aquella supuesta alianza. Y el Opus Dei puso 12 de los 19 ministros en el gabinete del dictador peninsular.
TEOLOGIA DE LA RIQUEZA FACIL
Esta filosofía ha invadido predios de todas las iglesias en Colombia. Combinada con el espíritu del mercado sin control, en una sociedad excluyente que lleva años de guerra sucia, se volvió una bomba. Más letal aún si el motivo religioso incursionaba en la política y terminaba por acomodarse en el discurso del mandatario más popular de los últimos tiempos, que mezcla órdenes de acción militar con avemarías. Versión criolla de la lucha contra el Mal de Bush en Iraq, cuyo antecedente data de las asambleas de fieles que en la Norteamérica profunda entraban en éxtasis colectivo azuzadas por pastores que lanzaban anatemas a diestra y siniestra y convocaban a la guerra santa. Ronald Reagan introdujo, a la vez, el neoliberalismo con su libertad de mercado y un sitio de honor para la religión en el manejo del Estado.
OPUS DEI, SECRETOS A VOCES
Alguien ha deslizado por debajo de mi puerta una misiva de fina caligrafía y firma ilegible para notificar que mi “alma diabólica” jamás sería “redimida” por el Opus Dei. Protesta su autor contra columna del 27 de julio en la que esta periodista señala la peligrosa aleación de monoteísmo militante y mesianismo político que el Presidente Uribe quiere encarnar. Por respeto al lector, paso por alto los insultos, amenazas y la cobardía del anónimo, pues cabe registrar este incidente como una gota más en el mar de intolerancia que inunda al país, que más de uno quisiera ver convertido abiertamente en dictadura.
TARTUFATO A LA VISTA
En Colombia esta teodicea permanece latente, ave fénix que resurge de sus cenizas periódicamente. Una vez, gracias a la derrota del liberalismo por la Regeneración y su Concordato con la Santa Sede. Otra, gracias a la conjura contra el intento de modernización liberal de López Pumarejo. Se impusieron entonces el conservadurismo y la jerarquía más reaccionaria de una Iglesia que había desembarcado aquí en el momento más oscuro del oscurantismo inquisitorial de España.
LA SILLA VACIA DEL CARDENAL
Medellín, 26 de agosto de 1987. La multitud se agolpa frente a la iglesia de Santa Teresita. Al tímpano de los últimos manifestantes apenas llega el eco del coro de la Universidad de Antioquia que canta misa de requiem por el catedrático y defensor de los derechos humanos, Héctor Abad Gómez. Acaba de morir a manos de paramilitares, al lado de su amigo, profesor también, Leonardo Betancur. Mientras el cuerpo acribillado de Abad yace a las puertas del sindicato de maestros de Antioquia, el asesino caza a su segunda presa, tras una carrera infernal, en la última baldosa del largo corredor de aquella casa, y desocupa sobre ella todo el cargador. La ceremonia religiosa tiene lugar por encima de la orden inapelable del entonces Arzobispo de Medellín, Monseñor López Trujillo.
DERECHA SAGRADA
Más de uno se escandalizó. El padre Alfonso Llano, un pensador que supo aterrizar la teología hasta el hombre, esperanza de renovación en la Iglesia Católica, no sólo había mordido el polvo derrotado por una jerarquía cerril que lo amordazó, sino que se volvía ahora más papista que el Papa: abierto mentor de la derecha. En extremismo propio del hereje converso que quiere salvar su alma en la mano que lo estrangula, el ilustre prelado escribió (El Tiempo, marzo 10) que le alegraba ver a Raúl Reyes y a los de su calaña, enemigos de la Patria, “tendidos en medio de la selva”; que se hiciera justicia, pues teníamos derecho a “eliminar a los enemigos de la paz”. Aunque dijo sentir dolor también, rubricó su argumento con una sentencia lapidaria: “privar de la vida a un ser humano es delito grave que, en justicia del Talión, merecería ser privado igualmente del derecho a la vida”.
PAPA NON-SANCTO
Tal el poder financiero del papado, que hasta Colombia llegó cuando el Banco Cafetero se prestó para intermediar una operación de fiducia con el Banco Ambrosiano de Lima, en momentos en que noventa instituciones financieras del mundo acusaban al Ambrosiano y Roberto Calvi era llamado a juicio. Hasta en la Comisión Tercera de nuestro senado se denunciaron los hechos el 9 de noviembre de 1983: “Alrededor de los episodios del Banco Ambrosiano, declaró, se presentó una serie de crímenes, además (de otros delitos) que son de dominio público”. Los manejos del Banco Vaticano eran vox populi.
RELIGIÓN Y POLÍTICA, MEZCLA EXPLOSIVA
Una explosiva aleación parece cocinarse en Colombia, capaz de aniquilar lo que queda de democracia. Mezcla de fanatismo religioso y derecha política alentada cada vez más abiertamente desde el poder, su mayor peligro está en el caldo que la recibe: la naturalidad con que amplios sectores de opinión contemplan extremos de violencia e intolerancia que evocan momentos aciagos de la historia. En las democracias, el verdadero preámbulo a un régimen de fuerza es la predisposición de la opinión a aceptar la arbitrariedad, la injusticia, el horror. Sin ella, nada podría la caprichosa voluntad del Príncipe, siempre interesado en guardar apariencias de libertad y sindéresis. Y hábil, en nuestro caso, para tocar fibras de religiosidad silvestre elevando a mística la política de seguridad.
LA ESPADA Y LA CRUZ, ¿OTRA VEZ?
Parecería un suicidio, pero tal vez no lo sea. El retroceso ideológico de la Iglesia Católica que el Papa Benedicto acaba de formalizar sugiere que Roma decide recuperar identidad de cuerpo en vez de seguir disputándose masas amorfas inclinadas a religiones de empaque más receptivo a sus angustias. Condenar el aborto, el divorcio, la eutanasia, el matrimonio de los clérigos y entre homosexuales en pleno siglo XXI es desandar el camino a zancadas hacia la rancia tradición de los valores “eternos”.
Cristina de la Torre